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Full text of "Cervantes; revista hispano-americana"

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REVISTA  HISPANO-AMERICANA 


CERVANTES 


Madrid,  Enero  1919. 


liminarV(M 


Al  honrarme  con  la  dirección  de  la  sección  lite- 
raria española  las  fue-rzas  espirituales  que  auspician 
esta  Revista,  ¿he  de  imitar  a  los  académicos  en  el 
obligado  y  piadoso  panegírico  a  los  predecesores 
cuyos  nombres,  por  lo  general,  necesitan  de  estas 
divulgacisnes  postumas?  Andrés  González-Blanco, 
que  hasta  aquí  dirigió  esta  sección,  donde  su  au- 
sencia será  siempre  lamentada,  y  que  ahora  nos  deja 
para  dirigir  un  gran  diario — La  Jornada — que  abre 
prúdigamente  sus  amplias  páginas  a  la  literatura, 
tiene  una  personalidad  ya  suficientemente  definida 
en  múltiples  libros.  Su  nombre  tiene  una  significa- 
ción clara  en  nuestras  letras.  El  que  ahora  le  suce- 
de, también  tiene  un  sentido:  el  de  la  absoluta  de- 
voción a  todo  lo  nuevo,  sincero  y  personal.  La  Re- 
vista Cervantes,  cuyas  páginas  se  prestaron  siempre 
a  ser  moldeadas  por  las  manos  juveniles  en  todos 
los  modelos,   será  ahora  aún  más   dúctil  y  ñexible 


2  CERVANTES 

para  las  inspiraciones  nuevas.  La  intención  de  un 
ultraísmo  indeterminado,  que  aspira  a  rebasar  en 
cada  zona  estética  el  límite  y  el  tono  logrados,  en 
busca  siempre  de  nuevas  formas,  será  la  que  estas 
páginas  adopten.  Y  la  colaboración  más  juvenil — 
según  los  tiempos  del  espíritu — será  la  que  en  este 
edificio  de  arte  hallará  la  mejor  acogida. 

*  *  * 

Por  lo  demás,  este  anhelo  de  renovación  es  tan 
intenso,  que  por  primera  vez  la  juventud  literaria, 
rompiendo  el  retraimiento  de  los  cenáculos,  ha  di- 
rigido a  la  Prensa  el  siguiente  manifiesto,  que  han 
reproducido  casi  todos  los  periódicos: 

^V  "ULTRA 

ek7G.v<3-Un  manifiesto  de  la  juventud  literaria. 
abx 

Los  que  suscriben,  jóvenes  que  comienzan  a  rea- 
lizar su  obra,  y  que  por  eso  creen  tener  un  valor 
pleno,  de  afirmación  futura,  de  acuerdo  con  la  orien- 
tación señalada  por  Cansinos-Assens  en  la  interviú 
que  en  diciembre  último  con  él  tuvo  X.  Bóveda  en 
El  Parlamentario^  necesitan  declarar  su  voluntad  de 
un  arte  nuevo  que  supla  la  última  evolución  litera- 
ria: el  novecentismo. 

Respetando  la  obra  realizada  por  las  grandes 
figuras  de  este  movimiento,  se  sienten  con  anhelos 


CERVANTES  O 

de  rebasar  la  meta  alcanzada  por  estos  primogéni- 
tos, y  proclaman  la  necesidad  de  un  «ultraísmo», 
para  el  que  invocan  la  colaboración  de  toda  la  ju- 
ventud literaria  española. 

Para  esta  obra  de  renovación  literaria  reclaman, 
además,  la  atención  de  la  Prensa  y  de  las  revistas 
de  arte. 

Nuestra  literatura  debe  renovarse;  debe  lograr  su 
«ultra»  como  hoy  pretenden  lograrlo  nuestro  pen- 
samiento científico  y  político. 

Nuestro  lema  será  «ultra»,  y  en  nuestro  credo  ca- 
brán todas  las  tendencias,  sin  distinción,  con  tal 
que  expresen  un  anhelo  nuevo.  Más  tarde  estas 
tendencias  lograrán  su  núcleo  y  se  definirán.  Por 
el  momento,  creemos  suficiente  lanzar  este  grito  de 
renovación  y  anunciar  la  publicación  de  una  Revis- 
ta, que  llevará  este  título  de  Ultra^  y  en  la  que 
sólo  lo  nuevo  hallará  acogida. 

Jóvenes,  rompamos  por  una  vez  nuestro  retrai- 
miento y  afirmemos  nuestra  voluntad  de  superar  a 
los  precursores. 

Xavier  Bóveda. — César  A.  Comet.  —  Guillermo 
de  Torre. — Fernando  Iglesias. — Pedro  Iglesias  Ca- 
ballero. Pedro  Garfias. — ^J.  Rivas  Panedas. — ^J.  de 
Aroca.^ 

La  parte  de  incitación  inspiradora^'^que  en  ese  ma- 
nifiesto se  me  atribuye ,  me  incita  aún  más  — 
sin  esa  circunstancia,  todo  movimiento  nuevo  ten- 
dría mis  simpatías — a  auspiciar  esas  tendencias  re- 
novadoras, desde  las  páginas  de  esta  Revista,  mien- 
tras la  hermana  anunciada  Ultra  cumple  su  período 


4  CERVANTES 

de  gestación.  Kasta  ahora  la  nueva  tendencia  pro- 
pulsora se  ha  manifestado  exclusivamente  en  la  Re- 
vista sevillana  Grecia,  cuyo  nombre  debe  marcar 
un  largo  e  interesante  momento  en  los  anales  de  las 
evoluciones  literarias.  Ahora  ya  el  grito  de  unión 
está  lanzado  y  todas  esas  tendencias  que  hasta  aquí 
se  denominaron  con  diversos  nombres,  pueden 
acogerse  a  este  lema  «Ultra»,  que,  como  dice  el 
manifiesto,  no  es  el  de  una  escuela  determinada, 
sino  el  de  un  renovador  dinamismo  espiritual... 

R.  C.-A. 


Curvantes 


LOS  POEMAS  DEL  ULTRA 


Desde  la  entrada  del  viaducto 
ávido  y  quieto 
lancé  mi  anhelo  al  otro  lado 
como  una  flecha  aguda 
que  quedó  clavada  en  los  vientos 
y  dibujó  esta  palabra: — Ultra. 
Muchos  jóvenes  siguieron  su  vuelo 
y  leyeron  la  osada  palabra 
que  de  las  nubes  hizo  un  lábaro. 
Asombrados  me  preguntaron: 
— ¿qué  quiere  decir  esto? 
¿se  ha  de  fundar  un  arte  nuevo? — 
Yo  les  dije: — ¡oh,  jóvenes! 
El  arte  está  en  el  tiempo: 
ni  nuevo  ni  viejo  hay  en  él, 
porque  él  es  como  el  tiempo. 
Mas  nosotros  hemos  de  ser  jóvenes, 
desnudándonos  de  nuestra  piel, 
en  miles  de  primaveras. 
Después  de  salir  de  los  desiertos 
donde  nos  hemos  encontrado 
a  nosotros  mismos, 
hemos  de  asomarnos  a  las  ciudades 
con  una  mirada  atónita  y  nueva 
de  ojos  lavados  en  las  cisternas. 
Hemos  de  mirar  a  las  cosas 
como  se  contempla  una  cuna. 


CERVANTES 

Nuestros  brazos  hemos  de  ofrecer 

a  todas  las  abejas  voraces 

para  que  se  embriaguen  jocundas. 

Hemos  de  saltar  atrevidos 

sobre  el  reguero  de  los  instantes, 

como  una  mujer  salta  alegre 

sobre  el  recuerdo  de  su  himen. 

Nuestra  mirada  se  ha  de  fijar 

taladrada  y  heroica 

sobre  esas  perspectivas  ilimitadas 

sostenidas  por  columnatas  de  hogueras, 

donde  muchedumbres  inmensas 

se  mueven  a  un  guiño 

de  las  estrellas  que  sonríen, 

en  cada  punto  del  horizonte. 

Hemos  de  asomarnos  a  la  vida, 

con  un  gesto  resuelto 

para  que  ella  nos  hiera 

en  todas  nuestras  venas  henchidas; 

hemos  de  sustentar  su  belleza 

sobre  nuestra  frente 

como  un  gran  candelabro  de  más  de  siete  brazos; 

hemos  de  recibir  en  nuestros  labios 

los  surtidores  de  sus  luces. 

Nos  hemos  de  prometer  a  ella, 

olvidados  de  todo, 

de  la  madre  y  del  padre 

y  de  la  casa  en  que  nacimos, 

aunque  el  corazón  se  nos  salte  de  pena. 

Al  contrario  de  Ulises 

¡Hemos  de  oir  a  todas  las  sirenas! 

Hemos  de  buscar  la  verdad 

y  la  nueva  palabra  intacta: 

pasando  a  cada  instante  una  mano 


CERVANTES 


sobre  la  frente  que  se  hace  antigua 

y  quiere  tornar  a  la  escultura  clásica. 

Hemos  de  lanzar  nuestro  anhelo, 

cada  vez  más  allá, 

hacia  el  límite  que  no  se  alcanza  nunca, 

pero  que  hemos  presentido 

y  festejamos  ya  como  una  conquista. 

Hemos  de  ser  como  hijos  nuestros, 

en  cada  instante  que  pasa; 

hemos  de  vaciar  nuestras  venas, 

como  se  escurre  una  colmena, 

para  llenarla  nuevamente. 

Hemos  de  seguir  con  nuestro  pecho 

el  vuelo  de  nuestra  mirada; 

hemos  de  mirarnos  temblando 

en  el  espejo  de  las  nubes  blancas, 

que  pasan  sin  detenerse. 

Nuestro  camino  serán  los  viaductos 

que  tiemblan  sobre  los  abismos, 

entre  las  colinas  y  las  ciudades, 

entre  los  desiertos  y  las  muchedumbres, 

ultras  para  todos  los  ojos, 

que  cruzan  sus  miradas 

como  cohetes  encontrados 

por  encima  de  sus  largas  barandas, 

— los  viaductos  que  tiemblan 

de  su  propia  emoción,  en  la  noche, 

como  si  en  ellos  estallasen  bengalas... 

y  que  un  día  se  elevaron  audaces 

con  el  vuelo  de  los  ascensores... 

Este  es  el  sentido  ¡oh,  jóvenes! 

de  la  flecha  indeterminada 

que  lanzo  más  allá  de  las  nubes 

y  de  todas  las  columnas  antiguas... 


CERVANTES 


ELEGÍA  DE  LAS  MADRES 

Sobre  las  colinas  del  crepúsculo, 
vi  a  las  madres  arrodilladas, 
abiertas  como  cruces 

ante  las  súplicas  de  los  hijos  que  las  imploraban. 
Vi  el  dolor  de  las  madres, 
que  se  retorcían  acongojadas, 
más  afligidas  que  los  hijos, 
más  pobres  que  los  hijos, 
porque  a  ellas  se  les  pide  todo. 
Vi  el  dolor  inmenso  de  las  madres, 
culpables  de  haber  sido  diosas 
una  vez  y  haber  dado 
a  los  hijos  la  vida 
y  haber  inclinado  sobre  sus  cunas 
una  mirada  llena  de  promesas 
y  unos  senos  que  se  desbordaban. 
Los  hijos  se  acostumbraron  a  mirarlas, 
como  a  diosas,  capaces  de  todo  prodigio; 
y  ahora  fijaban  en  ellas 
sus  miradas  devoradoras, 
capaces  de  secar  los  cauces  de  los  ríos. 
Se  lo  pedían  todo 
porque  una  vez  les  dieron  la  vida: 
y  ellas  se  retorcían  acongoiadas 
míseras  en  sus  pobres  vestidos, 
aun  más  pobres  que  ellos... 
Habían  agotado  toda  dulzura  en  sus  bocas; 
habían  exprimido  hasta  la  última  gota 
de  sus  senos,  que  pendían  lacios; 
habían  exprimido  hasta  la  última  lágrima 


CERVANTES 

de  SUS  lagrimales  henchidos 
para  calmar  la  avidez  de  los  hijos 
y  curar  las  llagas  de  sus  mil  deseos... 
Se  hablan  despojado  de  sus  zarcillos  de  oro 
para  ellos; 

y  de  sus  ajorcas  de  oro 
y  el  viento  entraba  y  salía 
por  sus  orejas  traspasadas. 
De  tal  adorno  se  habían  desposeído 
hasta  guardar  tan  sólo  sus  cabellos, 
que  eran  las  humaredas  de  la  tarde: 
Y  ellos  aun  pedían  más;  engañados 
por  el  nombre  de  madre  y  por  la  inmensa 
promesa  que  leyeron  en  sus  ojos 
el  día  del  natalicio: 
por  la  inmensa  abundancia  fabulosa 
con  que  durante  tanto  tiempo  los  nutrieron 
sobre  el  regazo  pródigo... 
Aun  les  pedían  más;  y  ellas,  las  tristes 
se  retorcían  acongojadas 
dejando  ver  el  gran  hoyo  profundo 
de  su  garganta  enflaquecida 
y  evitando  mirarles  con  los  ojos 
para  que  el  gran  amor  de  su  mirada 
no  engañase  a  los  miseros 
y  lo  tomasen  por  una  promesa. 
En  otro  tiempo  se  lo  dieron  todo, 
más  ahora  no  podrían  añadir  nada 
a  la  dádiva  antigua: 
no  podrían  repetir  el  milagro 
del  día  del  natalicio, 
ni  siquiera  podrían 
volverles  a  su  vientre  escurrido, 
que  por  siempx*e  se  cerró  para  ellos. 


10  CERVANTES 

como  una  celda  cuyas  puertas 

se  hicieron  pequeñas  detrás  de  nosotros... 

En  otro  tiempo  se  lo  dieron  todo: 

sus  venas  les  colmaron  de  sangre, 

con  tendones  ataron  sus  visceras 

para  que  no  se  relajasen: 

con  su  soplo  les  formaron  el  paladar, 

con  sus  manos  cortaron  el  lazo 

que  les  unía  a  ellas 

y  ya  no  pueden  hacerles  nada  más. 

Ya  no  podrían  siquiera 

restañar  la  herida  por  la  que  so  desangran, 

con  sus  labios  como  en  otro  tiempo, 

porque  es  demasiado  profunda 

y  el  alma  se  les  iría  por  ella; 

ahora  no  pueden  nada 

por  el  pobre  hijo  mísero: 

y  en  las  colinas  del  ocaso, 

se  enternecen  adoloridas, 

traspasadas  por  la  inmensa  plegaria; 

y  se  arrepienten  de  haber  sido 

diosas  un  día  y  de  haber  encendido 

en  el  alma  de  los  hijos  la  esperanza: 

y  míseras  más  que  ellos, 

incapaces  de  tomarles  el  alma 

que  les  dieron 

y  absorber  así  su  dolor 

como  en  otro  tiempo  absorbían  su  sangre 

en  sus  manos  picadas  por  las  abejas, 

evitan  el  mirarles 

para  que  no  lean  en  sus  ojos 

dilatados  por  el  gran  amor 

una  numerosa  promesa 

y  una  vez  más  se  vuelvan  exigentes 


CERVANTES  ^* 


contra  su  miseria... 

Y  así  miran  tan  solo 

el  ocaso  lejano 

y  el  cielo  que  sus  ojos 

no  consiguen  abrir, 

e  imploran  a  las  madres, 

a  las  madres  eternas, 

las  verdaderas  madres 

de  las  que  ellos  no  son  sino  instrumento, 

hijas  también 

que  a  los  dolores  prestaron  su  cuerpo, 

por  conocer  la  gloria  sobrehumana 

de  la  maternidad 

y  sentirse  divinas... 

Ahora  ellas  increpan  a  las  madres 

con  su  enorme  silencio, 

y  en  silencio  les  dicen, 

con  las  venas  hinchadas  de  gritos: 

— ¡oh,  madres  verdaderas,  socorrednos; 

tomad  al  hijo  que  nos  disteis: 

colmad  sus  mil  deseos; 

curadle  sus  mil  llagas... 

Vosotras,  las  verdaderas  madres, 

las  todopoderosas, 

de  las  cuales  nosotras 

solo  fuimos  las  siervas 

cumplidoras  de  vuestros  designios. 

Tomad  al  hijo  ahora, 
vosotras  las  intactas  e  ilesas, 
que  nunca  por  él  sufristeis  nada, 
en  vuestros  cuerpos  invulnerados 
y  sólo  gozasteis  la  alegria 
de  ser  madres. 


12  CERVANTES 

Nosotras  os  prestamos 
nuestros  débiles  cuerpos 
para  que  en  él  tomase  vida 
vuestro  maternal  pensamiento: 
nosotras  nos  desgarramos, 
nutrimos  al  hijo  vuestro 
con  toda  nuestra  sangre', 
le  miramos  con  el  gran  amor 
que  es  como  una  promesa  infinita, 
nos  mostramos  a  sus  ojos  infantiles 
demasiado  pequeños  para  abarcaj  nuestra  imagen 
como  diosas  omnipotentes; 
porque  vosotras  hacíais 
inmensa  nuestra  mirada. 
Durante  mucho  tiempo  nos  ufanamos 
de  la  gloria  de  ser  madres, 
de  ser  adoradas  por  los  hijos, 
que  se  contentaban  con  dones  fáciles: 
pero  ahora  nos  lo  piden  todo 
y  sus  plegarias  nos  desgarran 
más  que  en  otros  tiempos  sus  manos 
impacientes  por  asir  la  vida; 
nos  extenúan  y  agotan 
y  no  podemos  resistir  sus  ojos 
que  nos  llenan  de  hoyos  la  carne. 
Ahora  nos  arrepentimos 
de  haber  sido  diosas  una  vez: 
y  os  restituímos  al  hijo, 
llagado  de  deseos 
al  que  ya  todo  se  lo  dimos, 
y  que  clava  en  nosotras,  miseras, 
la  mirada  que  sólo  a  vosotras, 
madres  universales 
os  debe  herir: 


13 

CERVANTES 

al  hijo  cuya  frente 

ni  siquiera  podemos  mirar 

para  complacernos  en  la  semejanza, 

por  temor  de  ceñirla 

con  promesas  que  no  podemos  cumplir... 

R.  Can  SINOS- AssENS. 


14  CERVANTES' 


POETAS  ESPAÑOLES 


POEMAS 


Con  su  llanto  de  rosas  blancas, 

el  Invierno, 

ha  florecido  los  árboles 

en  una  Primavera  más  tierna... 

¡Qué  suave  la  nieve 

sobro  los  tejados  dormidos! 

Con  su  lluvia  de  pétalos  blancos, 

el  Invierno, 

ha  rociado  de  estrellas 

tus  cabellos. 

Amada, 

todas  las  cosas  hoy 

sueñan 

ruborizadas, 

bajo  sus  vestiduras  candidas 

esperando  su  fiesta  nupcial. 


CERVANTES 


n 

Mientras  el  niño  duerme,  la  madre, 
inclinada  sobre  la  cuna 
mirando  su  sueño  tranquilo, 
inefablemente 
sonríe... 

Mientras  el  niño  duerme 

— el  niño, 

que  cabe  holgadamente  en  la  cuna 

tan  pequeña — , 

la  madre,  olvidada  de  todo: 

de  su  vida  miserable, 

falta  de  amor  y  de  cuidados 

y  sobrada  de  privaciones; 

de  su  cuerpo,  deformado  y  marchito 

por  una  vejez  prematura; 

de  su  alma  pura,  hundida  en  su  existencia 

como  en  un  rio  cenagoso, 

olvidada  de  todo, 

inefablemente 

sonríe 

y  sueña... 

Sueña  la  madre,  mientras  el  niño  duerme, 

ser  una  de  esas  esposas  castas, 

dulces  y  tímidas, 

que  aguardan  anhelantes  la  llegada 

del  esposo  amado 

para  salirle  a  abrir,  brindándole 

en  la  más  dulce  bienvenida 

la  gracia  fresca  de  sus  labios; 

y  para  conducirle 


^"  CERVANTES 

de  la  mano, 

por  las  estancias  soleadas  y  limpias, 

hasta  el  cuarto, 

tibiamente  abrigado, 

donde  reposa  el  hijo, 

advirtiéndole,  dulcemente: 

«¡Con  cuidado!...  No  le  despiertes.» 

Mientras  el  niño  duerme,  la  madre, 

olvidada  de  todo 

mirando  su  sueño  tranquilo, 

inefablemente 

sonríe... 

De  pronto, 

se  alza  sobresaltada  de  la  silla 

y  condensa  su  espanto  en  un  grito, 

que  no  llega  a  salir 

y  se  deshace  en  su  garganta 

y  en  sus  mejillas  lívidas. 

Jurando, 

tambaleándose, 

entra  el  borracho  en  la  estancia  pura. 

Entre  la  cuna  y  él,  sin  decir  nada, 
temblorosos  los  labios,  contraídos, 
se  ha  interpuesto  la  madre,  decidida^ 
para  que  no  despierte  al  niño. 


CERVANTES  17 

m 

Abre,  amada,  la  ventana; 
quiero  beber  la  mañana 
a  tu  lado. 

Borracho  empedernido, 
mi  cuarto  bebe  el  sol  a  grandes  tragos 
por  la  ventana  abierta ,  como  un   vino 
espumoso  y  dorado. 

¡La  Primaveral  ¡La  Primavera 
ha  Uegadol 

¿Cantas,  amada? 

Canta  un  jilguero 
en  el  alero 
de  un  tejado. 

¡La  Primavera!  ¡La  Primavera! 

Vestida  de  sol  te  quiero, 
vestida  de  sol,  mi  amor. 
Vestida  de  sol  te  quiero, 
cantando  como  un  jilguero 
en  una  jaula  de  sol. 


18 


CERVANTES 

IV 

¡Qué  risa 

aquella  uoche  de  feria 

entre  la  muchedurübre,  con  la  amada 

que  aún  ei^a  dulce  para  mí 

porque  ignoraba  mi  amor!  < 

La  tristeza  había  huido  de  mi  pecho, 
como  un  pájaro  asustado 
de  los  gritos  de  la  multitud. 

Y  una  alegría  inmensa, 

una  desconocida  alegría, 

se  desbordaba  en  mí 

y  me  hacía  retozar 

y  reir  de  todo: 

del  chiquillo  goloso,  que  comía 

dulces  polícromos  de  feria; 

y  del  payaso,  que  desde  un  tablado 

anunciaba  la  próxima  función, 

y  uel  gracioso  charlatán, 

que  embaucaba  a  los  bobos 

vendiéndoles  sus  drogas  maravillosas; 

y,  sobre  todo, 

de  los  que  paseaban  con  la  novia, 

chillando  locamente  cada  vez 

que  los  hacía  encogerse  el  vértigo... 

Todo  me  hacía  reir,  con  una  risa 
fresca  de  agua  de  manantial. 

Y  la  multitud,  enloquecida, 
gritando  y  atropellúndose; 


CERVANTK9  19 

y  los  claros  puestos  de  juguetes, 

intensamente  iluminados 

para  atraer  las  miradas  de  los  niños; 

y  la  amada,  mirándolo  todo, 

muy  abiertos  los  ojos  verdes; 

y  las  estrellas,  sabedoras  de  mi  amor, 

guiñándome  en  promesa  del  secreto; 

y  la  luna  y  la  noche, 

todo,  todo  me  bacía  reir, 

con  una  risa  loca, 

cada  vez  más  estrepitosa. 

Y  al  alba  ya,  lejos  de  ella, 
roto  de  los  costados,  aún  reía 
tambaleándome  por  las  calles  desiertas, 
embriagado  de  risa. 


A  los  hermanos  del 
sábado  y  a  los  que,  le- 
jos de  nosotros,  comul- 
gan espiritualmente  en 
nuestra  misa  lírica. 

Las  noches  de  los  sábados 
el  diván  rojo  del  café 
se  hace  lírico, 

mientras  en  torno  del  mármol  candido 
y  del  Maestro  dulce 
se  agrupan  ávidos  y  plenos 
los  divinos  pescadores  de  perlas. 
Como  UD  poeta,  que  sólo  los  sábados 
pudiese  dar  al  aire  sus  melenas, 
el  diván  rojo 


20  CERVANTES 

grato  como  la  noche  maravillosa 

se  hace  lírico,  y  sueña, 

mudo  como  el  discípulo  más  tierno, 

todo  encogido  de  timidez 

— él,  amplio  y  descarado 

para  las  cocottes. 

Se  hace  lírico,  y  sueña, 

y  discípulo  de  mejillas  frescas 

nos  retiene  prendidos  de  su  gracia 

atados  a  la  noche 

indefinidamente... 

Y  es  como  el  vino  rojo 

que  consumimos  en  la  misa  lírica, 

al  fuerte  vino  rojo 

de  nuestras  libaciones  de  belleza, 

el  rojo  vino  que  nos  embriaga 

y  hace  más  viva  nuestra  sed  de  estrellas. 

Pedro  Garfias. 


Los  poemas  románíicos  del  ULTRA 

MI  CASA 

Si  entra  un  burgués  me  dice: 
«Su  casa,  poeta,  es  pobre.» 
Perdone — le  respondo — 
señor,  mi  casa  es  rica. 
Esa  mesa,  esa  silla, 
son,  señor,  por  lo  viejas, 
muy  dignas  del  respeto 
de  las  casas  antiguas. 


CERVANTES 


21 


«Si — dice — ,  pero,  ahora 
de  otra  forma  se  estilan...» 
(Es  verdad...  Y  otras  almas 
también  se  necesita.) 
Cuando  él  se  marcha 
yo — todo  se  justifica 
viniendo  de  quien  viene — , 
de  la  necia  visita 
desagravio,  contrito, 
a  la  mesa  y  la  silla. 
Lagar — el  gran  planista — 
la  elogió:  «¡qué  sencilla 
y  qué  buena  y  qué  noble 
es  tu  casa!»  Se  habita 
ella  sola;  pues  yo, 
con  la  mesa  y  la  silla, 
soy,  en  ella,  otro  mueble 
del  que  ella  necesita. 

AÑO   NUEVO 

Adiós,  año  viejo,  adiós; 

tu  muerte  no  me  emociona 

ni  me  congratula.  Yo 

soy  escéptico — lo  sabes — 

y  no  gozo  si  es  que  no 

me  satisface  el  suceso 

(que  es,  casi  siempre,  el  contrario 

del  que  satisface  a  todos). 

No  comeré  yo  las  uvas 

clásicas,  ni  así,  tampoco, 

con  tu  muerte,  veré  al  nuevo 

niño,  salir  de  las  horas. 

Todos  sois  iguales:  todos 


22 


CERVANTES 


salís  del  vientre  de  Gronos; 
todos  tenéis  igual  cara, 
al  par  que  los  mismos  modos. 
Por  eso,  año  viejo,  yo 
no  iré  a  tu  sepelio,  pues 
pudiera  que  en  el  osario 
cogiese  un  poco  de  polvo. 
Y  así  me  hundiré  en  mi  casa, 
o  bien  yo  me  iré  a  un  café 
donde,  entre  cristales,  pueda 
ver  el  desfile  de  toda 
la  gente  que  se  divierte 
porque  tiene  un  año  más, 
aun  cuando,  dentro  de  pocos, 
se  ponga  doce  de  menos. 

¿QUIÉN,  SEÑOR,  ME  PINTARA. 

Ese  azul  del  mosaico 
talavereño,  era 
— ese  azul  tan  antiguo — 
mi  azul  «verdad». 

El  que 
fingiera  mi  alma  para 
su  cielo  de  poeta, 
cuando  yo  hacía  versos 
al  modo  de  Espronceda. 
¿Quién,  Señor,  me  pintara 
el  retrato  de — Ella 
en  ese  azul  antiguo 
que  tuvo  Talavera? 


CERVANTES  23 

«CASO» 

No  hacer  nada  y  tener  en  el  cerebro  «algo» 

que  quiere  «hacerse»  y. no  puede  «hacerse»  tampoco... 

Pasan  horas  fugaces... 

V  más  horas...  más  horas... 

4/ 

Muere  el  día... 

El  nocturno... 

Al  fin,  se  hace  la  noche. 
Sólo  yo  estoy  parado 
sin  «hacer»;  aunque  quiero 
«hacer»,  y  pu^no  y  lucho 
por  realizar  «ese»  hecho. 

INTERROGACIONES 

Dios  está  en  mí: 

¿En  mi  conciencia? 

No. 
Dios  está  en  mí: 

¿En  mi  cerebi'o? 

No. 
Dios  está  en  mi: 

¿Está  en  mi  cuerpo? 

No. 
¿Pues  en  qué  parte  mía  está  mi  Dios? 
¿Está  en  mi  corazón? 

¡Está  en  mi  corazón! 
¡Ah!,  pues,  entonces, 
mi  Dios  no  es  otro  que  mi  propio  «Yo». 

PINOS 

Pinos...  Pinos...  Pinos. .. 
Vuestro  nombre,  evoca, 
venerables  pinos. 


24 


CERVANTES 


una  cumbre  y  una 

larga  caravana 

de  suaves  y  dulces 

melenas  verdosas. 

Viejos  compañeros  del  romanticismo 

que  os  erguís,  estoicos, 

¡cuántos  fenecidos 

poetas  os  cantaron! 

¡Viejos  compañeros 

de  los  poetas  muertos! 

¡Hierofantes  dulces 

de  un  más  dulce  arcano! 

¡Dios  os  guarde,  abuelos! 

¡Paz  a  vuestros  campos! 

¡Paz  a  Vuestros  frutos! 

¡Paz  a  vuestros  ramos!... 

(Mi  espíritu  plañe: 

¡Luz  y  Vida,  hermanos!) 

(Mi  espíritu  tiene, 

pinos,  vuestros  años.) 


I 

I 


Xavier  Bóveda 


CJSaVANTKS 


25 


ORTOS  LATINOS 


ATARDECER 

Cantaban  las  cigarras  en  los  campos  latinos 
ebrias  de  sol,  de  brisas,  de  aromas  y  de  vinos: 

cantaban  en  las  cepas  que  en  aquellos  vergeles 
brindaban  nueva  sangre  con  nuevos  moscateles. 

Ardía  el  sol,  cegaba.  Como  un  cráter  de  fuego 
al  mismo  girasol  dejaba  aquél  sol  ciego. 

Flameaba  el  poniente  sus  rojos  estandartes. 
Disparaban  sus  flechas  de  sol  a  todas  partes, 

en  aquel  cataclismo,  los  rojos  sagitarios 
sobre  la  tierra  ebria.  Purpúreos  estuarios, 

vastas  selvas  ardiendo  bajo  un  fuego  del  trópico^ 
islas  de  nubes  rojas,  ciudades  de  un  utópico 

país,  donde  había  abismos  inmensos  y  profundos 
u}ari?.s  de  apocalipsia  donde  brotaban  mundos, 


26  CKiiVAKTKS 

y  allá,  por  el  oriente  azul,  surgía  una  estrella, 
en  reino  de  satanes  temblorosa  doncella, 

hasta  llegar  la  noche,  en  que  un  Mediterráneo 
de  astros  se  desbordaba  de  un  modo  subitáneo... 


II 


AMANECER 

Vuela  una  estrella  de  oro  del  arco  de  un  arquero 
y  se  pierde  temblando  entre  el  silencio  y  entre 
la  sombra  luminosa,  como  un  dardo  viajei'o, 
hasta  llegar  al  mar,  que  tiembla  como  un  vientre. 

Sobre  un  meandro  arde  la  antorcha  de  un  lucero 
y  el  río  azul,  ansioso  de  que  en  su  reino  entre, 
el  alma  de  una  ondina  le  da  de  candelero 
hasta  que  la  mañana  su  claridad  concentre. 

¡Una  palpitación  de  estrellas  el  nocturno, 
de  pájaros  borrachos  de  músicas  de  Italia, 
de  pájaros  despiertos  al  roce  de  un  coturno, 

o  de  un  chapín  de  raso,  o  una  alada  sandalia, 
mientras  llega  la  Aurora  entre  el  canto  diurno 
de  sus  alondras  ebrias  del  vino  de  Castalia! 

Adriano  del  Valle. 

Sevilla,  1919. 


-JURVANTiSS 


27 


FRISO   ROTO 


Y  el  manto  del  siglo, 

de  este  siglo  de  un  sólo  día 
eterno,  como  un  río  de  sangre 
que  va  cegando  rosas  y  pupilas... 

Y  los  mares  abiertos 
por  esquifes  encastillados, 

de  proras  desiguales  y  torcidas... 
Rotos  los  picos  de  las  estrellas, 
pájaros  de  la  noche... 

Rotas  las  líneas 
de  los  horizontes...  Y  las  estatuas, 
en  sus  bellezas  únicas,  extintas, 
desfiguradas,  como  desnudos 
de  blancas  mujeres  recién  paridas... 
Y  los  cetros  quebrados, 
hechos  astillas, 
bajo  las  nubes  lentas, 
inU.amadas  de  púrpura,  que  se  agitan 
y  ruedan  a  las  sombras,  derramando 
sobre  el  azul  borroso 
sus  cabelleras  negras  y  lisas... 

Y  las  regias  testas,  coronadas 
de  claras  lises,  abatidas, 
dobladas  bajo  el  peso 
de  las  recias  coronas  de  amatista, 


28 


CERVANTES 


y  atadas  a  las  colas 

de  los  blancos  caballos  de  Atila, 

de  cascos  de  oro 

y  de  crines  vibrantes  a  la  noche  infinita.. 

El  manto  del  siglo 
tendido  a  las  campiñas, 
a  las  llamas  verdes  de  los  mares 
y  a  las  ciudades  sepultadas 
en  sus  propias  ruinas... 

El  manto  «siglo  veinte»,  recamado 
de  manos  crispadas  y  de  ciegas  pupilas, 
de  castillos  de  acero, 
de  escudos  de  carne  viva, 
y  al  fondo  el  sol,  un  sol  cansado 
que  marca  una  roja  estría 
de  fuego  y  de  sangre.. 
¡Europa,  cómo  el  sol  está  encendida...! 


Pedro  Iglesias  Caballero. 


CERVANTES 


29 


EN   EL   CORAZÓN 
DE  LA  EPOPEYA 

Visitando   La    Rábida 


Desde  los  primeros  albores  de  mi  infancia,  siempre 
que  en  la  escuela  sacábase  a  relucir  la  excelsa  figura 
de  Cristóbal  Colón,  mi  corazón  palpitaba  de  alborozo 
en  el  pecho.  Sentía  yo  una  cosa  muy  extraña,  que  no 
podía  explicármela  en  aquella  temprana  edad  en  que 
las  puertas  de  mi  inteligencia  estaban  entornadas  al 
raciocinio.  Luego,  un  poco  más  tarde,  cuando  mis 
ojos  hambrientos  de  cultura  acariciaron  revistas  y  pe- 
riódicos, pude  percatarme  de  que  una  fuerza  descono- 
cida, a  la  que  no  podía  resistirme,  hacía  que  me  de- 
tuviera ante  los  epígrafes  americanistas. 

Las  informaciones  del  Nuevo  Continente  tenían 
para  mi  joven  y  aventurero  espíritu  un  incentivo  su- 
premo prometedor  de  bienandanzas  futuras.  Los  nom- 
bres sacrosantos  de  sus  libertadores  llegaron  a  serme 
familiares  cual  si  fuesen  héroes  de  nuestra  historia. 
¡Amaba  a  América,  como  se  ama  a  una  prometida  di- 
fícil y  desconocida,  porque  sabía  que  era  joven,  her- 
mosa y  rica,  como  la  creación  de  un  poeta  oriental! 
Me  cupo  la  dicha  de  conocerla,  oh,  amigos;  Amóric 


ao 


:;í.¡;vamxes 


se  me  oíreció  cerno  un  hada  de  leyenda  fabulosa, 
deslumbradora,  obsesionante,  sublime...  Ingenuo  y 
romántico  le  abrí  mi  pecho,  confesándole  que  antes 
de  conocerla  la  había  deseado  en  secreto,  que  estaba 
enamorado  de  ella  como  un  paje  discreto  pudiera  es- 
tarlo de  una  gentil  princesa.  ¡Nunca  olvidaré  la  gen- 
tileza con  la  cual  respondió  a  mi  galantería  por  boca 
de  uno  de  sus  subditos!  Ello  fué  así:  Recuerdo  que  en 
ocasión  de  encontrarme  en  la  metropolitana  capital 
de  México,  en  torno  de  una  mesa  en  animado  coloquio 
con  un  grupo  de  aztecas,  suscitó  la  conversación  so- 
bre la  eficacia  de  la  unión  hispanoamericana,  por  en- 
tender que  de  dicha  alianza  depende  el  porvenir  de 
ambos  pueblos.  La  epopeya  del  descubrimiento  de 
América  tuvo  la  culminación  más  unánime;  la  figura 
del  lírico  argonauta  irradió  nuestras  almas.  Cristóforo 
Colombo  fué  adorado  por  nosotros  como  el  sol  del 
Inca. 

Uno  de  los  amigachos,  que  en  la  apología  de  los  he- 
chos históricos  había  permanecido  mudo  como  una 
esfinge,  levantóse  al  fin  de  su  asiento,  y  con  la  voz  ve- 
lada por  la  emoción,  al  mismo  tiempo  que  mostraba 
un  relicario  que  pendía  de  su  cuello,  habló  y  dijo: 
— En  verdad,  amigos,  que  la  magnitud  de  los  hechos 
ha  elevado  nuestros  corazones  a  uua  altura  paradisia- 
ca; España  y  América,  por  un  momento  de  serena  y 
diáfana  cordialidad,  se  han  comprendido,  se  han  per- 
donado y  se  han  amado;  pero  he  aquí,  oh  ibero  ami- 
go, cómo  ama  a  la  madre  fecunda  este  pobre  indio; 
¿acaso  alguno  de  vosotros  conoce  La  Rábida?  Yo  he 
visitado  aquel  sagrado  monasterio,  y  como  recuerdo 


CtKVANTKS  31 

imperecedero  de  aquella  jornada,  conservo  arcilla 
arrancada  por  mis  propias  manos  del  pie  de  la  Cruz, 
donde  seguramente  imploró  Colón  la  ayuda  de  Dios 
para  realizar  su  empresa  gigante  y  atrevida. 

El  relicario  donde  conservara  la  tierra  bendita,  co- 
rrió de  mano  en  mano  como  una  antorcha  triunfal; 
para  mi  tuvo  el  raro  prestigio  de  un  amuleto  tauma- 
túrgico. La  lección  de  Patria  que  el  mexicano  me 
diera,  dejó  en  mi  alma  un  indeleble  sedimento  de 
nostalgia  y  de  remordimiento,  porque  yo  desconocía 
el  sitio  de  donde  partieron  las  carabelas  gloriosas; 
aquello  fué  como  si  me  dijera:  — Español,  no  desde- 
ñes tu  Patria,  venera  y  visita  los  lugares  inmortales. 

Heme  aquí,  como  por  obra  de  encantamiento,  en 
una  clara  tarde  de  invierno,  en  la  fértil  Andalucía,  en 
la  carretera  que  conduce  a  Puerto  de  Palos  de  Mo- 
guer.  La  típica  manóla  que  nos  conduce  se  detiene  a 
la  entrada  del  pueblo,  frente  a  una  iglesia  gótica. 
— Aquí  fué  donde  se  leyeron  las  Pragmáticas — nos 
dice  uno  de  los  amigos  ciceroni  que  me  acompañan. 

El  carruaje,  una  vez  contemplado  el  edificio,  reanu- 
da su  marcha  por  la  calle  principal  de  Palos;  pero  ob- 
servo que  a  los  pocos  pasos  se  detiene  nuevamente. 
¡Una  nueva  sorpresa  me  espera!  — La  casa  de  Alonso 
Niño — musitan  a  mi  oído. 

La  emoción  de  tanto  venerando  recuerdo  empieza 
a  conmoverme;  pero  la  tarde  es  eglógica  y  el  sol  luce 
con  inusitado  brillo  en  el  horizonte... 


32  CERVANTES 

Palos  lo  dejamos  atrás,  con  sus  casas  albúreas  y  su 
cielo  de  azur. 

A  nuestra  vista  está  el  Monasterio  de  Santa  María 
de  La  Rábida,  en  lo  sumo  de  una  prominente  colina, 
circundado  de  alegres  viñedos,  de  pinares  que  exha- 
lan un  perfume  balsámico  y  de  tomillos  y  rústicas 
flores.  Ante  la  Cruz,  he  dado  gracias  y  he  pedido  in- 
dulgencia, porque  he  debido  llegar  hasta  allí  como 
un  peregrino,  polvoriento,  muerto  de  sed  y  de  can- 
sancio, con  el  bordón  enguirnaldado;  ni  siquiera  mis 
rodillas  han  tocado  la  tierra  por  temor  a  la  crítica 
de  mis  acompañantes.  ¡Oh,  prosaísmo  de  nuestros 
tiempos ! 

Pero  por  mi  mente  ha  pasado  de  una  manera  fugi- 
tiva la  sombra  de  Colón,  envuelta  en  un  resplandor 
de  gloria. 

He  recorrido  el  Monasterio,  que  se  encuentra  en 
restauración  y  por  lo  cual  ha  perdido  mucho  de  su 
prístino  carácter.  Hay  pinturas  murales,  de  buen 
gusto,  en  deplorable  estado  de  conservación,  en  la  ca- 
pilla; un  patio  enarcado,  semejante  a  un  acueducto, 
del  más  puro  y  sencillo  estilo  gótico,  donde  conver- 
gen las  celdas  que  antaño  ocuparon  los  francisca- 
nos. 

En  la  parte  alta  se  encuentra — según  opinión  del 
conserje — el  auténtico  refectorio;  pero  una  vez  arriba 
observo  que  esta  parte  es  muy  posterior  al  siglo  xv, 
época  en  que  se  construyera  el  citado  edificio,  que 
sólo  se  componía  de  un  cuerpo;  así  es  que,  todo  cuan- 
to voy  viendo  después,  apenas  si  me  interesa  por  no 
ser  de  la  época.  Al  pasar  por  la  necrópolis  he  notado 


CERVANTES  33 

un  característico  olor  pútrido,  no  obstante  hacer  si- 
glos que  no  se  practican  enterramientos. 

¡Desde  uno  de  los  miradores  he  contemplado  el 
paisaje:  de  un  lado,  la  inmensa  llanura,  colmada  de 
pámpanos  que  retoñan,  y  de  otro,  el  mar,  el  mismo 
mar  donde  estuvieron  ancladas  La  Pinta ^  La  Niña  y 
La  Santa  María/  Mis  sentidos  se  embriagan  de  luz 
mirando  en  derredor,  del  oro  del  sol,  del  verde  de 
los  pinares  y  viñedos  y  del  azul  infinito  del  cielo  y 
del  mar.  ¡He  llegado  a  comprender,  y  hasta  sentir,  el 
éxtasis  de  la  luz  de  que  nos  habla  D'Annunzio  en 
La  Gioconda,  siguiendo  con  mi  vista  vlhibi.  pareja  pes- 
quera, cuyo  velamen  simula  las  alas  de  un  arcáug?)! 

*  *  * 

En  la  tierra  de  los  Pinzones,  en  Moguer,  los  ami- 
gos que  me  acompañaron  a  la  inolvidable  excursión 
a  La  Rábida,  han  extremado  su  galantería  llevándome 
a  las  Clarisas,  donde  he  admirado  las  esculturas  ya- 
centes de  alabastros  de  los  Portocarrero;  la  superiora 
de  dicho  convento  me  mostró,  con  una  sonrisa  ama- 
ble, la  cabeza  del  Bautista  en  una  bandeja  de  plata, 
que  sin  duda  ha  de  ser  obra  maestra  de  un  artífice 
del  Renacimiento  italiano. 

Del  pueblo  moguereño,  que  es  de  lo  más  pintoresco 
y  feudal  que  pueda  decirse,  conservaré  siempre  una 
eterna  gratitud:  Moguer  es  un  hidalgo  empobrecido. 

Isaac  del  VANDO-VILLAR 


34 


CERVANTES 


CUENTOS  ESPAÑOLES 


LA  ROSA  DESHOJADA 


La  blanca  flor  tiene  sus  pies  en  lodo, 
y  en  el  placer  hay  melancolía. 

Rubén  Darío. 


Fué  un  noviazgo  ingenuo,  de  noches  de  luna  y  de 
«tuyo  hasta  la  muerte». 

Uno  para  el  otro  fueran  el  primer  amor.  Se  querían 
con  una  exaltación  romántica  de  novela. 

Ella,  María  Luisa,  tenía  una  flexible  elegancia  de 
palma  pascual,  y  su  palabra  era  armoniosa  y  acari- 
ciante. 

Tenia  una  belleza  fragante,  de  juventud,  de  rosa 
abierta,  de  manzana  roja. 

El  era  casi  un  niño.  Un  adolescente  enfermo  de  sue- 
ños y  loco  de  amor. 

Ya  sentía  en  sí  el  lento  martirio  de  aquel  hierro 
enrojecido... 

Ya  sentía  el  cansancio  de  ser  un  escogido,  y  sus 
pupilas,  enigmáticas  flores  de  la  noche,  estaban  rodea- 


CERVANTRS 


35 


das  de  las  ojeras  profundas,  que  tenían  el  encaíito  de 
violetas  dolorosas  o  el  prestigio  de  unos  labios  frimo- 
ratados  por  la  muerte... 


¡í^  v  -F 


¡El  martirio  lento  y  bárbaro,  maldito  e  inefable  de 
la  sensibilidad! 

¿Para  qué  tenemos  sensibilidad? 

Ella  nos  hace  envejecer  y  nos  hace  más  tristes  en- 
tre los  amigos  fraternales. 

Y  ella  nos  hace  crear  con  un  intimo  dolor  «esas  co- 
sas tan  tristes  que  algunos  llaman  versos» . 

Nos  hace  sentir  la  extraña  armonía  interior,  encen- 
dida en  las  cenizas  de  nuestra  propia  alma. 

Sensibilidad,  maldita  como  una  vampiresa,  inefable 
como  una  paloma,  que  vienes  a  anidar  en  nuestro  es- 
pií'itu,  ¿para  qué  vienes  a  nuestro  espíritu? 

¡Oh,  la  inconsciencia  y  el  no  sentir!  ¡Oh,  el  no  tener 
alma  nunca! 

Somos  eternamente  un  cadáver  doliente,  sin  el  op- 
timismo auroral. 


El  estaba  envenenado  de  sensibilidad . 

Quería  a  María  Luisa  con  unción  mística  unas  veces 
y  otras  ardorosamente. 

En  altísimos  versos  le  había  dicho  su  iniciación. 

Para  ella,  sólo  para  ella,  había  creado  infinitos  ver- 
sos dolorosos  y  apasionados. 


36  CERVANTES 

Muchos  se  los  enviaba,  y  entonces  María  Luisa  le 
decía: 

— Pero  si  yo  no  soy  tan  bonita  ni  merezco  tanto... 
¡Qué  loquiño  estás! — y  eran  sus  palabras  una  amorosa 
reconvención. 

Cuando  le  hablaba  de  besos  o  de  caricias,  se  sonro- 
jaba... Y  quedaban  los  dos  en  silencio. 

*  *  * 

Aquel  loco  amor  adolescente,  de  noches  de  luna,  de 
«no  te  olvida»  y  de  «tuyo  hasta  la  muerte»,  duró  muy 
poco  tiempo. 

El,  demasiado  egoísta,  por  quererla  mucho,  de  los 
demás  que  recogían  las  sonrisas  de  María  Luisa,  un 
poco  fdvola  y  banal.  Y  por  un  fútil  motivo  hicieron 
que  reñían. 

Después  él  marchó  muy  lejos,  a  la  ciudad  soñada, 
a  conquistar  la  gloria  efímera. 

Llevaba  consigo  todo  el  amor  acendrado  a  la  vieja 
ciudad  mística  y  un  amor  romántico  por  aquella  novia 
que  había  puesto  un  pasaje  sentimental  en  su  adoles- 
cencia prematuramente  triste . 

*  *  * 

Había  envejecido  sobre  los  libros,  como  un  Fausto 
joven. 

Le  dolía  la  frente. 

Si  caminaba  mucho,  sentía  un  gran  cansancio. 

Y  en  los  instantes  pesimistas  del  crepúsculo,  un  do- 
loroso hastío  de  todo. 


CERVANTES  b7 

Su  alma,  sin  ilusión,  ni  amor,  ni  ideal,  era  como  un 
erial,  como  páramo  sin  flor. 

Si  cuando  tenia  la  juventud  comprendiese  que  la 
gloria  era  «eso»  —  una  vida  maldita  y  errante  y  uu 
dolor  eterno — ,  él  no  hubiera  soñado  tanto... 

Pero  las  barcas  van  tras  la  ilusión  del  horizonte. 

Y  quisieran  ir  más  allá... 


*  *  * 


Le  pesaba  la  vida  sobre  los  hombros. 

Su  amargura  acerba  era  más  grande  en  la  soledad 
de  la  noche. 

Estaba  enfermo  de  nostalgia,  de  demasiado  amor, 
de  un  no  sé  qué,  que  no  comprendía  ni  adivinaba. 

El  candor  de  su  vida  lejana  le  hacia  sonreir  leve- 
mente. 

Pensó  en  marcharse  a  la  ciudad  mística,  rodeada  de 
paisajes  de  sol. 

La  madre,  resignada  y  buena,  lo  acogería  como  al 
hijo  pródigo,  que  vuelve  miserable  y  pobre,  sin  sus 
tesoros  de  ilusión. 


»(•    •!•    f" 


¡Hacía  tanto  tiempo  que  habia  pasado  por  aquellas 
llanuras! 

Eran  las  llanuras  malditas  de  Castilla.  Eran  las  tie- 
rras sembradas  de  sol.  Las  tierras  rojas  y  duras,  sobre 
las  que  había  caído  el  anatema:  «¡Sobre  ti  no  nacerá 
flor  ni  ornamento!» 


38  CERVANTES 

Eran  las  llanuras  estériles,  sobre  las  que  se  erguían 
las  milenarias  ciudades  de  lodo. 

Al  pasar,  en  el  tren,  pensativo,  adivinando  el  alma 
de  aquellos  paisajes  áridos  y  eternos,  frunció  el  ceño 
con  un  gesto  fosco. 

Sólo  con  un  ceño  duro  o  con  un  rictus  se  puede  con- 
templar a  Castilla. 

Nunca  nos  harían  sonreír  las  llanuras  estériles. 


*  *  * 


Los  amigos  de  otro  tiempo  no  lo  conocían.  Entre 
ellos  era  un  extraño. 

Volvía  viejo  y  cansado. 

La  madre,  resignada  y  buena,  y  los  hermanos  jó- 
venes, sabían  de  sus  triunfos  clamorosos,  que  a  él  le 
costaran  -tantas  luchas. 

Sóio  para  ellos  volvía  rodeado  de  nimbo. 

Los  amigos,  o  aquellos  que  tan  sólo  conocían  ,-ju 
nombre,  habían  ido  olvidándolo  poco  a  poco. 

La  ciudad  mística,  en  el  retorno,  tenía  para  él  un 
encanto  nuevo  de  ciudad  desconocida. 

Recorrió  los  viejos  paseos  de  acacias  donde  pasea- 
ban los  retirados  y  los  niños  cantaban;  las  calles,  obs- 
curas y  silenciosas,  queriendo  reconocer  los  lugares 
amados  e  inolvidables,   donde  él  había  soñado  tanto. 

Los  alrededores,  donde  se  había  sentido  optimista 
al  ponerse  ante  los  paisajes  maravillosos. 

Recorrió  la  ciudad  milenaria. 

Cada  recuerdo  de  su  adolescencia  le  daba  una  nueva 
alegría. 


CERVANTES 


39 


Después  la  madre  y  los  hermanos  jóver.es,  al  llegar 
a  la  casa,  le  rodeaban  cariñosos,  con  un  contento  infi- 
nito. 

Asi,  rodeado  de  los  que  bien  le  querían,  él  sentía 
algo  nuevo  en  sí,  como  una  insólita  floración  de  su  ju- 
ventud. 


*  *  * 


Una  tarde,  yendo  por  una  de  aquellas  calles  mise- 
rables y  pobres,  oyó  una  voz  conocida,  una  vez  de 
otro  tiempo: 

— Don  Pascual. 

Volvió  la  cabeza.  Era  una  mujer  que  llevaba  un 
Diño,  gordo  y  rubio,  en  los  brazos. 

Conocía  aquella  mujer,  sin  recordar  de  dónde. 

Con  un  acento  humilde  le  dijo: 

— Non  me  astrevía  al  verlo  pasar.  Me  pareció  que 
era  vosté...  ¿Non  me  recuerda?  ¡Ay,  Don  Pascual,  cuái.^ 
to  tiempo  pasó! 

Mientras  ella  le  hablaba,  él  quería  recordar. 

Sigaió  contando  ella: 

— ¡Cuántas  cartas  le  tengo  llevado  para  la  señorita! 

|Ah!  Era  la  criada  de  María,  Luisa,  la  que  le  llevara 
las  cartas,  los  regalos  y  las  palabras  de  amor  para  la 
novia... 

La  pobre,  como  si  estuviera  interesada  en  aquel 
amor,  llevaba  con  alegría  los  mensajes,  hablándole  a 
María  Luisa  en  su  favor . 

Al  reconocerla,  recordó  las  líricas  efemérides  le- 
janas. 


40  CERVANTES 

— ¡Hola,  Manuela!  ¿Y  la  señorita? 

Fuera  la  primera  persona  que  había  traído  hasta  él 
el  recuerdo  amado. 

Ya  era  en  su  alma  un  recuerdo  vago,  demasiado  es- 
fumado. 

Había  pasado  muchas  veces  por  la  calle  donde  de 
adolescente  dijera  promesas  románticas,  y  para  él  no 
tenía  encanto  alguno,  como  si  hubiese  perdido  la  me- 
moria del  tiempo  feliz. 

Para  él  la  rúa  Traviesa  era  una  calle  desconocida  de 
una  de  esas  ciudades  muertas  que  había  encontrado 
en  sus  peregrinaciones. 

Pero  ahora  la  criada  le  recordaba  el  amor  apasionado. 

— ¿Y  la  señorita?  Di... 

— ¡Cuántas  veces  me  hablaba  de  usted  la  pobre!  ¡Si 
viera  qué  bonita  estaba,  así  de  luto,  cuando  tuvo  la 
desgracia  de  morirle  la  madre!  La  pobre,  era  una  san- 
ta... Cuando  yo  me  casé  fué  mi  madrina.  Después, 
del  niño.  Le  puso  un  nombre...  su  nombre.  Le  quería 
de  verdad. 

— ¿Y  dónde  está? — Pascual  González  tenía  la  cabe- 
za inclinada. 

— Trasladaron  a  su  padre  a  un  pueblo  de  muy  lejos. 
No  recuerdo  bien.  Es  un  pueblo  de  cerca  de  Madrid. 

— Di,  mujer,  di.  ¿Hace  mucho  tiempo  que  marchó? 

— Hace  mucho  tiempo.  Un  año  o  dos.  Cuando  se 
naarchó,  ¡cómo  lloraba  la  pobre!  Yo  no  tenía  palabra* 
para  consolarla.  ¡Ay,  Don  Pascual,  a  usted  le  quería 
de  verdad!  Un  día  que  fui  a  verla  estaba  llorando  so- 
bre un  libro.  Me  dijo  que  era  de  usted.  Yo  no  lo  creía. 
¿Es  de  verdad? 


CERVANTES  41 

— Si,  mujer,  sí. 

— Pues  como  le  decía...  Usted  fué  muy  malo  en  de- 
jar eu  olvidauza  a  la  pobre.  Y  eso  que  la  cortejaban. 
¡Ay,  eso  sí! 

Pascual  González  seguía  con  la  cabeza  inclinada. 

Ahora  comprendía  que  María  Luisa  no  era  tan  fri- 
vola y  banal,   que  lo  había  recordado  muchas  veces... 

La  buscaría  para  volver  a  urdir  el  antiguo  amor. 

Quizá  María  Luisa,  pensando  en  él,  habría  enveje- 
cido como  las  rosas  blancas... 

¡Oh,  pobre  amor  sin  esperanza! 


*  *  * 


Cuando  de  nuevo  atravesaba  las  llanuras  yermas, 
no  le  parecían  tan  desoladas. 

Y  es  porque  si  nos  acompaña  la  canción  de  la  ilu- 
sión al  caminar,  el  horizonte  lejano  es  bello  y  el  de- 
sierto maldito  florece  en  un  divino  espejismo... 

Llevemos  ilusión  al  caminar. 

Y  él  llevaba  esa  ilusión,  ilusión  grata,  esa  fe  y  es- 
peranza de  encontrarla  un  día... 

En  algunos  momentos  era,  más  bien,  una  inquietud 
dolorosa,  una  duda  secreta,  una  incertidumbre  ine- 
fable. 

¿Dónde  podría  encontrarla? 

No  buscaba  él  a  aquella  mujer  por  haberla  amado 
eu  otro  tiempo,  ni  porque  su  recuerdo  hubiese  hecho 
el  milagro  de  encender  la  nostalgia,  ardiente  como 
una  brasa,  en  las  cenizas  de  su  alma. 

La  buscaba,  porque  ella  era  la  encarnación  de  la 


42  CEUVANTES 

posible  felicidad,  porque  era  ilusión  aún,  porque  sería 
un  remanso  de  amor  en  su  vida  desbocada  y  árida, 
porque  era  su  vida  futura. 


^  ^  4= 


La  silueta  de  las  casas  negras,  de  las  torres  leviti- 
cas,  de  las  murallas,  destacábase  en  el  cielo. 

Aquella  ciudad  tenía  un  gesto  implorante. 

Era  como  un  santo  en  penitencia,  de  hinojos  en  la 
tierra,  mirando  eternamente  al  cielo. 

Estaba  asentada  en  una  lejana  colina,  siluetada  en 
el  claro  y  puro  añil. 

Mientras  caminaba  hacia  ella,  la  ciudad  iba  agran- 
dándose y  solemnizándose  las  piedras  antiguas. 

Al  acercarse  acentuábase  en  ella  aquel  gesto  místi- 
co que  tenía  desde  la  lejanía. 

Sentíanse  las  campanadas  de  voces  graves  y  pro- 
fundas. En  los  intervalos  había  un  silencio  que  pesaba 
sobre  todas  las  cosas  y  que  se  hacía  más  martirizante 
en  aquel  ambiente  negro. 

Los  viajeros  que  llenaban  el  coche  del  hotel  pro- 
vinciano, comenzaron  a  hablar  del  viaje.  Si  otra  vez 
tardara  menos  el  tren,  si  la  parada  del  túnel,  si  la  má- 
quina, si  el  carbón... 

(¿Qué  deseo  es  éste  de  llegar  más  pronto  y  de  con- 
tar las  horas  que  tardamos  en  llegar?) 

Pascual  GoDzález,  ensimismóle  contemplando  la 
polvareda  que  dejaba  el  coche  destartalado  en  la  ca- 
rretera, a  cuyos  bordes  había  unos  álamos  secos . 

Después  el  coche  comenzó  a  ir  más  despacio.  Las 


CERVANTES  43 

herraduras  de  los  caballos  daban  un  sonido  metálico 
al  hacer  fuerza  sobre  las  baldosas  de  la  calzada. 

Al  poco  tiempo  pasaban  por  una  de  las  puertas  de 
la  ciudad,  sobre  la  que  había  un  santo  de  piedra  en 
una  hornacina  labrada  en  la  piedra  antigua. 


♦  *  * 


Aquella  era  la  ciudad  sin  nombre,  la  ciudad  román- 
tica y  milenaria  que  no  existía  ya. 

La  ciudad  muerta  bajo  el  cielo  bárbaro. 

Porque  toda  la  ciudad  tenía  esa  quietud  de  la 
muerte. 

Y  era  toda  ella  negra  de  pátina.  Bajo  la  lluvia  era 
tan  negra  como  las  ruinas  donde  han  caído  los  anate 
mas  de  los  siglos  y  de  los  rayos. 

Y  el  sol,  sobre  las  piedras  negras,  sólo  hacía  el  mi- 
lagro de  darles  un  suave  tono  gris,  y  un  dorado  anti- 
guo, ya  borroso  y  desconchado. 

¡Ciudad  muerta! 

Siempre  aquella  color  trágica  bajo  el  cielo  obsesio- 
nante lleno  de  nubes  de  plomo  que  pesaban  sobre  el 
espíritu. 

Y  en  aquel  ambiente  negro,  el  silencio  inacabable 
y  eterno,  y  la  quietud  paralítica  y  esa  soledad  inquie- 
tante... 


Las  ciudades  de  barro  hacen  a  los  espíritus  más 
fuertes,  más  duro^,  más  energéticos. 


44  CERVANTES 

¡Cómo  nace  en  estas  almas  duras  nacidas  en  la  lla- 
nura, en  el  corazón  de  las  ciudades  de  barro,  la  flur 
sencilla  e  ingenua  del  misticismo! 


Las  ciudades  pétreas  pesan  sobre  el  espíritu. 

Y,  sin  embargo,  no  es  esa  imposición  mística  de  las 
ciudades  de  tierra. 

Dan  un  sentido  más  sensual  y  más  litúrgicamente 
pagano  de  las  cosas. 


Las  ciudades  que  anidan  junto  al  mar  como  las 
gaviotas,  son  aventureras  y  emigrantes  inconsciente' 
mente. 

E.-?  por  ver  el  mar  todos  los  días;  por  ver  el  mar  que 
en  el  horizonte  nos  hace  adivinar  la  cariciosa  curva 
del  mundo,  porque  quisieran  volar  también  como  las 
gaviotas. 


Y  las  ciudades  de  fábricas  son  optimistas  a  pesar 
de  irse  ahornando. 

Es  un  optimismo  y  una  alegría  dinámica,  que  no 
cesa  nunca,  como  los  ríos  que  tienen  siempre  agua  y 
que  da  el  sol  del  oro... 


*  *  * 


CERVANTES  45 

Pascual  Goczález  miraba  insistentemente  a  todas 
las  mujeres  que  pasaban. 

¡Ya  llevaba  tres  días  mirando  a  todas  las  mujeres  y 
a  todos  los  balcones! 

Nada  había  encontrado  aún. 

Buscó  en  todas  las  iglesias,  él,  ¡que  ya  no  sabía  per- 
signarse! 

Dio  varias  vueltas  en  un  paseo,  uno  de  esos  paseos 
que  consiste  en  subir  y  bajar,  subir  y  bajar  a  la  som- 
bra de  unas  acacias  tísicas. 

Todo  al  son  de  una  banda  municipal,  que  tenía  una 
voz  bronca  y  recordaba  las  bandas  de  las  aldeas.  , 

¡Y  todo  por  buscarla!  ¡SI  que  nunca  había  aguanta- 
do las  sencillas  tonterías  provincianas! 

Cada  día  que  pasaba  le  daba  más  ánimo  para  en- 
contrarla por  fin. 

Le  dijeron  que  la  encontraría  allí,  y  allí  la  encon- 
traría. 


*  *  * 


Era  una  larga  calle  oscura  y  arcaica. 

Siguió  por  aquella  calle  pobre  y  sucia,  tejiendo 
como  una  maravillosa  tela  de  Penélope,  la  armonía 
de  los  versos. 

Iba  solo. 

En  la  calle  había  un  cantar,  amargo  y  doloroso: 

Las  eatrellitas  del  cielo 
y  las  arenas  del  mar, 
ae  parecen  a  mis  penas 
en  lo  largas  de  contar... 


4.6  CERVANTES 

Había  tal  amargura  en  aquella  copla,  humilde  y  ar- 
diente, que  él  la  oyó  emocionado. 

De  pronto,  vio  sentada  a  la  puerta  de  un  prostíbu- 
lo, una  mujer  pálida  y  fina. 

Era  la  que  lloraba  el  cantar. 

El  crepúsculo  derramaba  sus  violetas  y  sus  sombras 
lentas. 

El,  la  observó  tristemente.  Se  miraron  a  los  ojos. 

Ella  bajó  la  cabeza  y  comenzó  a  llorar... 

Se  conocieron.  Ella... 


^  :<:  ^ 


Y  le  contó  con  voz  pausada,  llena  de  desilusión  y 
de  amargura: 

— Mi  padre  enfermo,  mi  única  familia,  y  yo  sola.. 

Un  amigo  de  él,  un  viejo  caduco  y  repugnante,  nos 
visitaba. 

Llegó  un  día  en  que  no  tuvimos  que  comer,  ni  para 
médico  ni  para  medicinas. 

Yo,  sin  saber  qué  hacer,  lloraba. 

Cuando  venía  el  viejo  a  vernos,  yo  fingía,  pero  un 
día  me  dijo: 

— Ya  sé  cómo  estáis...  ¡Si  tú  quieres! 

— Si  quiero  yo,  ¿qué? 

Y  me  miraba  con  unos  ojos...  Yo  le  tenía  miedo. 
No  comprendí  aquella  mirada  hasta  el  fin... 

Era  un  viejo  pequeño,  barbudo,  repugnante  y 
zambo. 

Otro  día  insistió: 


GERV ANTES  47 

— Hoy  tendrá  que  ir  para  el  Hospital  tu  padre.  Ya 
sabes...  ¡Si  tú  quieres! 

Y  chasqueaba  los  dientes  y  me  miraba... 

Yo  le  tenía  miedo. 

— Vendrán  por  él  hoy  mismo.  No  puede  morir  de 
hambre. 

Mi  padre  dormía. 

Yo,  entonces,  le  imploré,  con  los  brazos  en  alto: 

— ¡Que  no  vengan!  ¡Que  no  vengan! 

— No  vendrán,  si  tú  quieres — me  dijo  misteriosa- 
mente. 

¡Que  no  vengan  por  el!  ¡Que  no  vengan  por  él! 

De  repente,  me  cogió  por  el  talle  con  sus  brazos  pe- 
ludos y  me  besó  en  los  labios. 

¡Qué  asco! 

Mi  padre  despertó  y  vio  aquello. 

Quiso  retorcerse,  erguirse,  y  en  un  estertor  cerró 
los  párpados... 

Entonces,  el  viejo  me  agarró  y  me  echó  sobre  un 
catre. 

Yo  lloraba  y  gritaba,  frenéticamente. 

Estaba  sola.  Nadie  me  oía. 

Allí  dejó  de  ser  lirio  y  de  ser  rosa... 

El  viejo  se  retorcía,  se  engarabitaba  su  cuerpo, 
como  en  un  ataque  de  epilepsia,  babeando... 

¡Qué  horror! 

Quisiera  tener  garras  para  arrancar  los  ojos  a  aquel 
sátiro  lúbrico. 

Después  el  viejo  salió  con  una  sonrisa  satánica  en 
el  rostro,  mientras  yo  me  arrastraba  de  dolor... 

¡Cómo  abracé  y  besé  a  mi  padre! 


48  CERVANTES 

Y  besándolo  me  quedó  dormida. 

A  la  media  noche  desperté.  La  lluvia  era  música  en 
la  pobre  ventana  de  nuestra  bohardilla.  No  había  es- 
trellas. 

Mi  padre  estaba  frío  como  si  fuese  de  piedra. 

...  Y  después...  el  Hambre,  un  día  y  otro  día,  y  la 
Lujuria  de  los  hombres,  como  dos  sombras  negras 
tras  de  mí... 

:ic  4:  * 

El,  oyó  aquella  historia  desgarradora,  en  silencio. 
María  Luisa  bajó  la  cabeza  tristemente,  llorando. 

Y  él  le  dijo: 

— Vente.  Vente  conmigo. 

— Eres  muy  bueno,  pero  yo  ya  no  soy  aquella... 

— Para  mí  serás  siempre  pura  y  celeste,  como  en 
nuestra  juventud... 

— No,  ya  no  soy  aquella...  Mis  besos  en  tus  labios 
serán  fríos  y  helados.  Así  mis  besos  en  tus  labios  ar- 
dientes. 

Si  mis  brazos  cansados  te  acariciasen  y  abrazasen, 
creerías  que  eran  caricias  y  abrazos  vendidos,  siendo 
por  amor... 

Así,  mis  abrazos  y  caricias. 

Mis  pupilas  tienen  la  tristeza  de  los  otoños  y  mi 
voz  desfallece,  sin  eco,  y  ya  siento  el  cansancio  de  la 
muerte... 

— Vente  conmigo.  Yo  te  redimiré.  Estás  purificada 
por  el  dolor. 

— No  puedo  ir.  A  tu  lado  seré  siempre  un  estigma. 

— Vente. 


CERVANTES  49 

— No  puedo  ir.  Pronto  sería  para  ti  una  desilusión. 
Cuando  te  quise,  era  yo  lirio  y  rosa;  ahora,  soy  una 
pobre  rosa  deshojada  que  arrastran  los  vientos... 

Del  interior  venían  los  gritos,  las  carcajadas  y  los 
cantares  de  una  orgía  plebeya. 

— Vente  conmigo.  Tengo  celos  de  todos  los  hom- 
bres. ¡Oh,  no  importa  que  seas  una  rosa  deshojada! 
Llenarás  de  un  aroma  de  recuerdo  las  páginas  estéri- 
les y  áridas  de  mi  vida.,.  ¿Si  estás  para  mí  llena  de 
ilusión,  no  serás  como  en  aquel  tiempo?  Vente...  ¡Qué 
bello  es  ir  recogiendo  las  hojas  que  se  han  ido  desho- 
jando sobre  el  remanso  claro  e  irlas  besando  una  a 
una  y  sentir  al  besarlas  aquel  divino  perfume  lejano! 

Correa-Calderón  . 


50  CERVANTES 


INTROSPECCIÓN  ULTRAISTA 

El  Peligroso  Silenciario 


— Siempre  el  obscuro  comien- 
zo, siempre  el  crecimiento,  la 
vuelta  íntegra  del  círculo, 

La  cumbre  siempre  y  el  de- 
rrumbe final,  para  resurgir  fatal- 
mente. ¡Imágenes,  imágenes! 

Walt  Whitman. 


Fué  al  promediar  la  jornada  de  su  intenso  vivir» 
cuando — mi  raro  camarada  Juan  Rodrigo,  destacado 
en  mi  recóndita  galería  de  figuras  espiritualmente  te- 
ratológicas  y  sugerentes — se  sintió  cruentamente  heri- 
do por  psiquico  y  lancinante  desgarramiento,  a|la  ocre 
videncia  acerba  de  su  epótico  y  asolador  influjo  fa- 
talista de  Silenciario. 

Antes,  al  transitar  en  comunismo  homuncular  exe- 
crable, ya  tuvo  la  sospecha  en  insinuación  de  su  ava- 
sallador imperio  esotérico  por  cómo  a  su  aparecer 
pacifico  e  irremisible  en  los  núcleos  cordiales,  trans- 
mutábase los  cálidos  efusivismos  irradiantes  de  sonó. 


CERVANTES  51 

rosidades,  en  gelideces  disgregadoras   y  opacidades 
ambiguas,  disociantes,  corrosivas...! 

Así,  al  advenir  rotundo,  en  exterioridad  ÍLtimal  dis- 
lacerante de  su  imperativo  poderío  disolvente,  dióse 
raudo  a  desentrañar  rememorativamente  la  raigambre 
y  génesis  evolutiva  de  la  imbibición  endosmósica 
y  circundamiento  periférico  del  Silencio — aquel  Silen- 
cio inefable  que  rimaba  en  su  enoémica  iridiscencia 
con  el  que  tan  voluptuosamente  había  paladeado  en 
Le  trésor  des  humbles,  de  Maeterlinck,  y  en  Sartor 
Resartus,  de  Carlyle  y  en  Le  pelerin  du  silence,  de 
Remy  de  Gourmont — en  su  vida  isomorfa,  y  el  modo 
cómo  en  el  álveo  de  su  solitariedad  pudiera  haberse 
incubado   henahido   de  aquel  magno    potencialismo. 


*  *  * 


Y  con  sus  pupilas  buidas  avizorativamente  emproa- 
das  hacia  la  lejanía  extinguida,  y  su  cerebro  desver- 
tebrado en  una  suprema  contorsión  regresiva,  y  su 
energética  intelectual  acumulada  al  ímpetu  evocativo, 
lanzóse  al  ángulo  reflejador  de  su  existencia  pretérita, 
en  vértigo  de  asir,  por  sobre  la  nimiedad  episódica, 
los  rasgos  inconexos  de  su  aciago  silenciamiento  aflo- 
rados en  el  estuario  de  su  apolínea  exantrópia...! 

Asi  revio  su  figura  tenue  esfuminarse  en  su  cuitada 
niñez  hasta  el  advenir  de  su  pletórica  adolescencia. 
Allí,  al  lanzarse  ávido  de  saciamiontos  livianos  por 
entre  las  gregueriescas  camaraderías  letificantes,  enar, 
decido  por  desorbitaciones  cascabeleras  y  cópulas 
suxultativas,  ya  vislumbró  cómo  por  sobre  su  apari- 


52  CERVANTES 

cional  sonorosidad  cerníase  grisácea  una  ventolina 
de  Jiermetismo,  espaciadora  de  afinidades  eurythmi- 
oas... 

Después  evocó  fugazmente  la  etapa  de  su  más  áurea 
juventud,  en  que  libre  de  todo  vínculo  enojoso  por  el 
élego  truncamiento  de  su  exigua  familia,  rehuyendo 
el  hiriente  contristamiento  prematuro,  y  propulsado 
por  su  tan  amada  y  temida  sombra  fantasmal  de  soli- 
tariedad  hermética,  no  hesitó  arrojarse  a  la  fosa  del 
connubio  sedante.  Tras  la  rápida  ahuyentación  de  su 
amada  fugaz  recayó  en  su  desorbitamiento  vital,  de- 
viniendo náufrago  inconscio  en  las  cisternas  caligino- 
sas, saturadas  de  orgasmales  febriscencias  paróxieas... 
Y  en  el  hito  epiceno  limítrofe  de  su  obsedente  psi- 
cosis desvastatriz  columbró  más  allá  de  la  estuosidad 
sensorial  aberrativa  que  le  maniataba,  el  extenderse 
infinito  de  la  órbita  irradiante  de  su  enigmático  lumi- 
narismo  ahuyentador,  que  dondequiera  que  esplendía, 
hasta  en  el  vórtice  de  cordialidades  en  ignición,  irra- 
diaba destálleos  divergentes  saturados  de  eléctrico 
maleficio.   Así,    aun   por   muy   arraigadamente   que 
las  fibras  afectivas  y  eróticas  horadasen  los  estratos 
vinculares,  se  truncaban  y  soterraban  éstos,  al  apare- 
cer adheridas  inextiparble  e  invisiblemente  a  su  figu- 
ra indiferenciada,  como  unas  vestes  fatídicas,  las  som- 
bras maléficas  expansoras  del  hermetismo  opaco,  di- 
sociador  y  silenciario. 

He  ahí  por  qué  durante  los  desenlaces  de  solitarie- 
dad  en  que  se  obstinaba  tras  etapas  de  circuitos  afe- 
rentes, siempre  se  le  aparecían  en  sus  raptos  de  obse- 
siones visionarias  alucinantes,  pléyades  innúmeras,  en 


CERVANTES  53 

teorías  fantasmagóricas  de  humanos  imprecativos— co- 
mo en  una  feérica  alegoría  aluoinatoria  de  Odilón  Re- 
dón — anulados  en  las  ondas  miriápodas  de  su  herme- 
tismo disolvente,  que  glisaban  desfilantes  maldicién- 
dole  y  estigmatizándole  como  homicida  incógnito... 


*  *  * 


Cuando  ya  desbordaba  en  su  adámica  psiquis  dolo- 
rida y  desvirgada  por  el   enoema  gravitante  de  ese 
misterioso  y  divino  desdén  que — al  decir  del  liberta- 
rio Vargas  Vila — simboliza  el  Silencio,  y  cuando  ya 
iba  a  poseerle  el  vértigo   de  lanzamiento  al  légamo 
viscoso  de  los  renunciamientos  estípticos,  surgió  su- 
bivánea,  como  una  llamarada  revivificadora,  la  figura 
ungida  de  eurythmia  y  de   encantos  feéricos   de   la 
Mujer- Afín — antípoda  de  las  otras  mujeres,   que  acé- 
falas y  ñgemmadas  le  repelían  empavorecidas — en  ím- 
petu de  rima  mayestática,   por  su  nexitud  ultraista  y 
triunfal:  Y  poseídos  ambos  recíprocamente  de  cotan- 
gencial  espiritualidad — ella  también  advenida  de  pre- 
matura viudez  reedificadora — forjaron  el  proyecto  de 
un  enlace  libérrimo  prelúdico  de  su  iluminado  ofren- 
damiento  frutal... 

Más  he  aquí  que,  cuando  él  al  fin  iba  a  desligarse 
de  todo  su  aciago  pretérito  nebuloso,  creyendo  eva- 
porado su  alucinante  influjo,  y  extirpada  su  paronaía 
monoideísta  a  lo  Ribot  cuando,  iba  a  divorciarse  de  sí 
m'smo  y  se  preveía  enhiesto,  viril  y  transmutado  le 
acometió  súbita  y  mortífera  la  visión  maléfica  del 
reííurgir  arrollador  silenciario,  ahora  en  su  misma  ór- 


54  CERVANTES 

bita  ftfectiva,  y  propulsando  la  ahuyentad' ón  inexora- 
ble de  su  amada  al  culminar  las  primicias  de  sus  ardo- 
rosidades  ofrendorosas... 

Fué  tan  hosco,  lancinante  y  desolador  este  fatídico 
claror  augural  que,  a  pesar  de  su  lucha  por  evanes- 
cerlo  de  su  cerco  sensorial,  no  hubo  de  conseguirlo 
y  sí  sólo  en  su  culebreante  obsesionamiento  se  des- 
orientó definitiva  e  inacesiblemente, 

Después,  para  exacerbamiento  de  su  pungente  psi- 
copatía, y  en  su  consciente  atracción  visual  de  lo  Por 
Veni  dramatizado,  columbró  en  perspectiva  de  meri- 
diana y  acerba  diafanidad,  caso  de  no  renunciar  al 
connubio,  y  tras  el  fatal  resurgir  de  su  hermetismo  di- 
solvente, la  rápida  extinción  de  efusividades,  la  inex- 
haurible  distanciación  de  su  amada,  y  el  hallarse  a  sí 
mismo  vencido  y  exangüe,  en  su  estuario  de  perenne 
solitariedad... 

Asi,  en  un  eléctrico  erguimiento  de  su  volición  si- 
nusoidad,  en  un  ímpetu  rotundo  de  amorosidad,  ex- 
traño en  su  nebuloso  antropocentismo,  y,  extenuado 
obsedidamente  por  el  «pathos»  hialino  de  la  trunca- 
dora  predestinación,  decidió  huir,  huir  fugaz  y  enig- 
máticamente hacia  árticas  colinas  ultratelúricas  derra-  i 
mando  en  el  éxodo  arduo  para  matizar  cruentamente 
su  tránsito,  las  últimas  gemmas  silenciarias  de  su  iris- 
discente  joyel... 

Guillermo  de  Torre. 
Madrid,  1917.  | 


CERVANTES  65 


LA  NOVÍSIMA   LITERATURA 
FRANCESA 

La  nueva  esíéíica. 


EL    POEMA    SITUADO 


Todo  lo  que  existe  está  situado.  Todo  lo  que  está 
por  encima  de  la  materia  está  situado;  la  materia  mis- 
ma está  situada.  Dos  obras  están  desigualmente  situa- 
das, ya  por  el  espiritu  de  los  autores,  ya  por  sus  arti- 
ficios. Rafael  está  por  encima  de  Ingres,  Vigny  por 
encima  de  Musset.  La  señora  de  Y...  está  por  encima 
de  su  prima;  el  diamante  está  por  encima  del  cuarzo. 
¿Consiste  esto,  acaso,  en  las  relaciones  entre  lo  moral 
y  la  moral?  En  otro  tiempo  creíase  que  los  artistas  eran 
inspirados  por  los  ángeles  y  que  había  diferentes  ca- 
tegorías de  ángeles. 

Baffon  ha  dicho:  «El  estilo  es  el  hombre».  Lo  cual 
significa  que  un  escritor  debe  escribir  con  su  sangre. 
La  definición  es  saludable,  pero  no  me  parece  exacta. 
Lo  que  es  el  hombre  es  su  lenguaje,  su  sensibilidad; 
hay  razón  para  decir:  «Expresaos  con  las  palabras  que 


56  CERVANTES 

OS  son  propias.»  Es  un  error  creer  que  eso  sea  el  esti- 
lo. ¿Por  qué  querer  dar  del  estilo  en  literatura  otra 
definición  que  la  que  tiene  en  las  diferentes  artes?  El 
estilo  es  la  voluntad  de  exteriorizarse  por  medios  ele- 
gidos. G-eneralmente  se  confunden,  como  lo  hace  Buf- 
fon,  lengua  y  estilo,  porque  pocos  hombres  necesitan 
un  arte  de  voluntad,  es  decir,  el  arte  mismo,  y  todo  el 
mundo  anhela  humanidad  en  la  expresión.  Las  gran- 
des épocas  artísticas,  las  reglas  del  arte  enseñadas  des- 
de la  infancia,  constituyen  cánones  que  dan  un  estilo; 
los  artistas  son  entonces  los  que,  pese  a  las  reglas  se- 
guidas desde  la  infancia,  encuentran  una  expresión 
viva.  Esta  expresión  viva  constituye  el  encanto  de  las 
aristocracias  y  es  el  del  siglo  xvii.  El  siglo  xix  abunda 
en  escritores  que  comprendieron  la  necesidad  del  es- 
tilo, pero  no  se  atrevieron  a  descender  del  trono  que 
su  afán  de  pureza  edificara.  Se  crearon  trabas  a  ex- 
pensas de  la  vida  (1).  El  autor,  luego  que  situó  su  obra, 
puede  usar  de  todos  los  encantos:  lengua,  ritmo,  musi- 
calidad e  ingenio.  «Cuando  un  cantante  tiene  la  voz 
bien  impostada,  puede  entretenerse  en  hacer  gorgori- 
tos.» Para  comprenderme  bien  comparad  las  familia- 
ridades de  Montaigne  con  las  de  Arístides  Bruant  o 
los  codazos  del  periódico  de  perra  chica  con  las  bru- 
talidades de  Bossuet  zarandeando  a  los  protestantes. 
Esta  teoría  no  es  ambiciosa;  tampoco  es  nueva;  la 
teoría  clásica  lo  que  yo  modestamente  recuerdo.  Los 
nombres  que  cito  no  los  saco  a  relucir  para  golpear  a 


(1)     El  poema  en  prosa  ha  de  ser,  no  obstante  las  reglas 
que  lo  estilizan,  de  una  expresión  libre  y  viva. 


CERVANTES  67 

ios  «modernos»  con  la  maza  de  los  «antiguos»,  son 
nombres  incontestables;  si  citara  otros  que  yo  sé,  aca- 
so tiraseis  el  libro,  lo  que  no  deseo.  Quiero  que  lo  leáis, 
no  de  una  larga  sentada,  sino  a  menudo;  hacer  com- 
prender es  hacer  amar.  No  suelen  estimarse  más  que 
las  obras  largas;  pero  es  difícil  conservarse  mucho 
tiempo  hermoso.  Puede  preferirse  un  poema  japonés 
de  tres  versos  a  la  «Eva»  de  Peguy,  que  tiene  300 
páginas;  y  una  carta  de  Madame  de  Sevigne,  llena  de 
ventura,  osadía  y  holgura,  a  uno  de  esos  novelones  de 
antaño  compuestos  con  retazos  hilvanados,  que  pre- 
tendían haber  hecho  bastante  para  la  presentación 
con  haber  obedecido  a  las  exigencias  de  la  tesis. 

Mucho  se  ha  escrito  acerca  del  poema  en  prosa  des- 
de hace  treinta  o  cuarenta  años;  no  sé  de  poeta  alguno 
que  haya  comprendido  de  lo  que  se  trataba  y  consen- 
tido en  sacrificar  sus  ambiciones  de  autor  a  la  cons- 
titución formal  del  poema  en  prosa.  La  dimensión  no 
significa  nada  para  la  belleza  de  la  obra;  su  situación 
y  estilo  lo  son  todo. 

La  emoción  artística  no  es  ni  un  acto  sensorial  ni 
un  acto  sentimental;  si  no  fuera  así,  la  Naturaleza 
misma  bastaría  a  dárnosla.  Existe  el  arte,  luego  es 
que  responde  a  una  necesidad;  el  arte  es  propiamente 
una  «distracción».  No  me  equivoco;  esta  es  la  teoría 
que  nos  ha  dado  un  maravilloso  pueblo  de  héroes,  de 
poderosas  evocaciones  de  medios  en  que  se  satisfacen 
las  legítimas  curiosidades  y  aspiraciones  de  los  bur- 
gueses presos  en  sí  mismos.  Pero  hay  que  dar  a  la 
palabra  distracción  un  sentido  aún  más  amplio.  Una 
obra  de  arte  es  una  fuerza  que  atrae  y  absorbe  las  fuer- 


58  CERVANTES 

zas  disponibles  de  quien  a  ella  se  llega.  Hay  en  esto 
algo  parecido  a  un  matrimonio  y  un  aficionado  des- 
empeña aquí  el  papel  de  la  mujer.  Necesita  que  una 
voluntad  haga  presa  en  él  y  lo  retenga.  La  voluntad 
desempeña,  pues,  en  la  creación,  el  papel  principal;  el 
resto  no  es  sino  el  cebo  por  delante  de  la  trampa.  La 
voluntad  no  puede  ejercitarse  sino  en  la  elección  de 
los  medios,  porque  la  obra  de  arte  no  es  más  que  un 
concierto  de  medios  y  llega  mos  en  lo  tocante  al  arte 
a  la  definición  que  he  dado  del  estilo;  el  arte  es  la 
voluntad  de  exteriorizarse  por  medios  elegidos;  ambas 
definiciones  coinciden  y  el  arte  no  es  más  que  el  esti- 
lo. Consideramos  aquí  al  estilo  como  la  realización  de 
los  materiales  y  como  la  composición  del  conjunto,  no 
como  el  lenguaje  del  escritor.  Y  concluyo  que  la  emo- 
ción artística  es  el  efecto  de  una  actividad  pensante 
hacia  una  actividad  pensada.  Me  sirvo  a  regañadien- 
tes de  la  palabra  «pensante»,  porque  estoy  convenci- 
do de  que  la  emoción  artística  pesa  en  cuanto  el  aná- 
lisis y  el  pensamiento  interviene;  una  cosa  es  hacer 
reflexionar  y  otra  dar  la  emoción  de  lo  bello.  Equipa- 
ro el  pensamiento  con  el  cebo  de  la  trampa. 

Cuanto  mayor  sea  la  actividad  del  sujeto,  tanto  más 
aumentará  la  emoción  dada  por  el  objeto;  la  obra  de 
arte  ha  de  estar,  pues,  alejada  del  sujeto.  Por  esto 
debe  estar  «situada».  Podría  verse  en  estas  palabras 
la  teoría  de  Baudelaire  sobre  la  sorpresa;  esa  teoría 
es  algo  grosera.  Baudelaire  comprende  la  palabra 
«distracción»  en  su  sentido  más  ordinario.  Sorprender 
es  poco,  hay  que  «transplantar».  La  sorpresa  hechiza 
y  estorba  la  creación  verdadera;  es  nociva  como  todos 


CERVANTES  59 

los  hechizos.  Un  creador  no  tiene  derecho  a  ser  en- 
cantador sino  después,  cuando  la  obra  está  situada  y 
estilizada. 

Distinguimos  el  estilo  de  una  obra  de  su  situación. 
El  estilo  o  voluntad  crea,  es  decir,  separa.  La  situa- 
ción aleja,  es  decir,  excita  a  la  emoción  artística;  se 
conoce  que  una  obra  tiene  estilo  en  que  da  la  sensa- 
ción de  lo  cerrado;  se  conoce  que  está  situada  en  el 
ligero  embate  que  nos  da  y  también  en  el  margen  que 
la  rodea,  en  la  atmósfera  especial  en  que  se  mueve. 
Ciertas  obras  de  Flaubert  tienen  estilo:  ninguna  de 
ellas  está  situada.  El  teatro  de  Musset  está  situado  y 
no  tiene  mucho  estilo.  La  obra  de  Hallarme  es  el  mo- 
delo de  la  obra  situada;  si  Hallarme  no  fuera  engolado 
y  de  oscuro,  sería  un  gran  clásico.  Rimbaud  no  tiene 
estilo  ni  situación;  tiene  la  sorpresa  baudelairiaua;  es 
el  triunfo  del  desorden  romántico. 

Rimbaud  ha  ensanchado  el  campo  de  la  sensibili- 
dad, y  todos  los  literatos  le  deben  gratitud;  pero  los 
autores  de  poemas  en  prosa  no  pueden  tomarlo  por 
modelo,  porque  el  poema  en  prosa,  para  existir,  ha 
de  someterse  a  las  leyes  de  todo  arte,  que  son  el  estilo 
o  voluntad  y  la  situación  o  emoción,  y  Rimbaud  sólo 
conduce  al  desorden  y  a  la  exasperación.  El  poema 
en  prosa  debe  evitar  también  las  parábolas  baudelai- 
rianas  y  mallarnieanas  si  quiere  distinguirse  de  la 
fábula.  Ya  se  comprenderá  que  no  considero  como 
poemas  en  prosa  a  los  cuadernos  de  impresiones  más 
o  menos  curiosas  que  de  cuando  en  cuando  publican 
los  compañeros  que  tienen  dinero  de  sobra.  Una  pá- 
gina en  prosa  no  es  un  poema  en  prosa,  aunque  en 


60  CERVANTES 

ella  se  encuentren  dos  o  tres  hallazgos.  Consideraría 
como  tales  a  dichos  hallazgos  presentados  con  el  ne- 
cesario margen  espiritual.  A  propósito  de  esto,  pongo 
en  guardia  a  los  autores  de  poemas  en  prosa  contra 
las  piedras  preciosas  demasiado  brillantes  que  atraen 
la  vista  a  expensas  del  conjunto.  El  poema  es  un  ob- 
jeto construido  y  no  el  escaparate  de  una  joyería. 
Rimbaud  es  el  escaparate  de  la  joyería,  no  la  joya;  el 
poema  en  prosa  es  una  joya. 

Una  obra  de  arte  vale  por  si  misma  y  no  por  las 
confrontaciones  que  de  ella  puedan  hacerse  con  la 
realidad.  Decimos  ante  el  cinematógrafo:  «¡Qué  bien 
está!»  Ante  un  objeto  de  arte  decimos:  «¡Qué  armonía! 
¡Qué  solidez!  ¡Qué  corrección!  ¡Q;ié  pureza!»  Las  ado- 
rables definiciones  de  Julio  Renard  se  vienen  a  tierra 
ante  esta  verdad.  Son  obras  realistas,  sin  existencia 
real.  Tienen  estilo,  pero  no  están  situadas;  el  mismo 
encanto  que  les  da  vida  las  mata.  Creo  que  Julio  Re- 
nard ha  hecho  otros  poemas  en  prosa  además  de  sus 
definiciones;  no  los  conozco;  lo  lamento;  es  posible 
que  sea  el  inventor  del  género,  según  yo  lo  concibo. 
Por  el  momento  considero  como  tales  a  Alysio  Ber- 
trand  y  al  autor  del  «Libro  de  Monera»,  Marcelo 
Schwob.  Ambos  tienen  estilo  y  margen;  es  decir,  com- 
ponen y  sitúan.  Le  reprocho  al  uno  su  romanticismo 
«a  la  manera  de  Callot»,  como  él  dice,  que  llamando 
la  atención  sobre  los  colores  demasiado  violentos  vela 
la  obra  mism.a.  Por  lo  demás,  él  mismo  ha  declarado 
que  consideraba  sus  fragmentos  como  los  materiales 
de  una  obra  y  no  como  obras  definidas.  Le  reprocho 
al  otro  el  haber  escrito  cuentos  y  no  poemas,  y  qué 


CERVANTES  61 

cuentos.  Preciosos,  pueriles,  artísticos.  Sería  posible, 
sin  embargo,  que  uno  y  otro  escritor  hubiesen  creado 
el  género  del  «^poema  en  prosa»  sin  saberlo. 

Max  Jacob. 

Septiembre  1916. 

*  *  * 

Las  líneas  que  anteceden  constituyen  el  prólogo 
puesto  por  el  autor  a  su  libro  Le  cornet  a  Des,  segun- 
da edición,  París.  Les  he  traducido  porque  tienen  el 
valor  de  un  manifiesto  literario  y  definen  un  género 
cultivado  en  poesía  por  los  novísimos  «creacionistas» 
como  Eeverdy,  Cendrars,  Huidobro  y  otros.  Max  Ja- 
cob tiene,  además  de  esta  obra,  las  siguientes:  Saint 
Matorel,  novela.  Euvres  hurlesques  et  mystiques  de 
Frere  Matorel  mo7't  au  convent  de  Barcelona,  poemas 
con  comentarios.  Le  siege  de  Jerusalen,  drama.  La  Cote, 
colección  de  cantos  célticos  inéditos;  Les  AlUessont  en 
Ármeme,  poema.  De  Lo  Cornet  a  Deu  he  traducido 
algunos  fragmentos  publicados  en  la  revista  Grecia- 
Sevilla,  1919.  Max  Jacob  es  uno  de  los  principales 
propulsores  del  nuevo  movimiento  literario  de  Fran- 
cia. Nació  en  Bretaña,  y,  según  dan  a  entender  algu- 
nos poemas  suyos,  es  de  origen  israelita. 

« 

R.  C.-A. 


^2  CERVANTES 


EL  DÍA  DE  LA  VICTORIA 

Un  día  la  Paz  vendrá, 

antorcha  en  el  fondo  del  siglo;    . 
entonces  Iop  soldados,  los  ojos  llenos  de  lluvia, 
a  París  tornarán. 

Un  pájaro  cantar!  sobre  el  Arco  de  Triunfo, 
el  retorno 
iluminará  todas  las  ventanas: 
Aviones, 

soldados, 

cañones, 
hasta  los  ciegos 
saldrán  a  los  balcones, 
y  sobre  las  cabezas  de  los  soldados  caerán  también  sus 


4 


Áll 


[flores.    IfJ 
El  cortejo  vendrá  desde  los  siglos  más  lejanos, 
la  multitud  danzará  en  las  pupilas  de  los  caballos,         ^Ij" 

un  grito  se  eleva  como  una  chispa 
y  los  sombreros  subirán  por  el  aire 
mejor  que  las  bolas  de  los  surtidores. 
Aviones, 

soldados, 

cañones. 
Los  aeroplanos,  los  aeroplanos 

no  cerrarán  sus  alas  en  toda  la  mañana. 
Los  aeroplanos,  los  aeroplanos 


CERVANTES  63 

de  qué  camposanto  de  héroes 
han  levantado  el  vuelo  esas  cruces 
para  cantar  la  gloria  de  sus  muertos. 

El  día  de  la  victoria 
cantarán  todos  los  pueblos, 
y  los  mares 
se  cambiarán  en  miel. 
Soldados, 

cañones. 
Un  globo  arroja  un  ramo  de  flores. 
Los  marineros  lejanos, 

los  marineros  color  de  pipa  vieja 
cantarán  de  rodillas  sobre  las  olas. 
El  Sena  fluirá  lleno  de  flores 
y  sus  puentes 
serán  también  arcos  de  triunfo. 

Vibran  las  ciudades  y  los  tambores, 
y  cuando  llegue  la  noche 
caerán  las  estrellas  sobre  la  muchedumbre, 
y  después, 

en  lo  más  alto  de  la  Torre  Eiffel, 
o  enciendo  mi  cigarro 

para  los  astros  en  peligro« 
llá  lejos, 

en  el  limite  del  mundo, 
] guien  canta  un  himno  de  triunfo. 

Vicente  Huidobeo. 

París,  1916-1917. 

(Del  libro  Hallali Madrid,  1918.) 

(R.  C.-A.  Traduxit.) 


64  CBKVANTF.á 


REALEZA 

(De  Arthur  Rimbaud.) 


Una  mañana  hermosa,  en  un  pueblo  apacible, 
una  mujei'  y  un  hombre — delirios  de  grandeza — 
soñaban  con  ser  ricos  y  con  una  realeza 
que  era  acaso  motivo  de  diversión  risible. 

En  una  plaza  pública,  con  gesto  inconfundible, 
de  soberbia  inaudita  y  alzando  la  cabeza, 
gritaba  ella  (trasunto  de  espléndida  belleza): 
«¡Q^uiero  ser  Reina!» — era  su  obsesión  imposible, 

«¡Yo  quiero  que  sea  Reina! — gritaba  él  asimismo; 
y  hablaba — de  un  delirio  quizá  en  el  paroxismo — 
de  hondas  revelaciones  que  tuvieron  sus  almas. 

jY  fueron  al  fin  Reyes  una  mañana  entera, 
en  que  hubo  colgaduras  y  reia  la  primavera; 
y  una  tarde  que  fueron  por  jardines  de  palmas! 

Edüaíído  de  Ory. 


CBRVANTEa 


65 


CALDOS  ANTE  SU 
ESTATUA 


Bajo  las  frondas  amables  del  Buen  Ketiro,  entre  la  for- 
taleza de  un  eucaliptus  y  la  gracia  primaveral  de  un  almen- 
dro, blanco,  sereno  y  armonioso,  como  un  poema  de  már- 
mol, semicubierto  por  una  gran  bandera  española,  se  alza 
el  monumento  que  va  a  ser  inaugurado. 

Poco  a  poco,  en  compactos  grupos,  van  llegando  los 
miembros  de  la  comitiva  oficial;  muchos  literatos,  artistas, 
rostros  que  nos  son  conocidos,  ya  que  son  de  personas  que 
lograron  penetrar  hasta  el  fondo  de  nuestra  alma  con  la 
inefable  emoción  de  la  belleza;  y,  sobre  todo,  el  pueblo,  el 
verdadero  pueblo  de  Madrid.  Todo  está  dispuesto  ya;  el 
acto  va  a  comenzar;  pero  a  alguien  se  espera... 

De  pronto,  se  oye  un  rumor  como  de  fronda,  que  viene 
del  lado  del  paseo  de  coches.  En  éste,  frente  al  sendero  que 
conduce  al  monumento,  se  ha  parado  el  carruaje  de  gala 
del  Municipio,  y  de  él  ha  bajado  un  anciano,  que  es  reci- 
bido casi  en  brazos  por  los  señores  de  la  Comisión  ejecutiva 
y  por  muchísimos  concurrentes,  que  se  agitan  y  apretujan, 
ansiando  estrecharle,   besarle  la  mano  o  siquiera  contem- 

5 


títí  '  CERVANTES 

piarle  de  cerca.  Él  anciano  es  alto — todos  cuantos  pensa- 
mos y  hablamos  en  español,  aun  sin  haberle  visto,  lo  cono- 
cemos—; anguloso;  la  noble  frente  cargada  de  altos  pensa- 
mientos, se  inclina  un  tanto;  unas  gafas  defienden  los  ojos 
tristes,  los  pobres  ojos  que  semicegaron  «fatigados  de  tanto 
ver»;  bajo  un  bigote  gris,  casi  blanco,  en  la  comisura  de 
unos  labios  marchitos,  se  sostiene  un  puro  apagado;  una 
blanca  bufanda  de  seda  se  envuelve  a  su  cuello,  y  un  largo 
y  grueso  gabán  le  cuelga  de  los  hombros,  en  pliegues  como 
de  túnica.  La  marcha  del  anciano  entre  la  multitud  es  len- 
ta y  difícil,  tardando  aquél  algún  tiempo  en  salvar  la  corta 
distancia  que  media  entre  el  paseo  de  coches  y  el  lugar  en 
que  está  emplazado  el  monumento.  Por  ñn,  llega  a  éste,  y 
al  ocupar  D.  Benito  Pérez  Galdós  el  sitial  que  se  le  había 
preparado  frente  a  su  propia  estatua,  un  ¡Viva  Galdós!  sale 
de  todos  los  pechos  y  llena  el  espacio  con  el  clamor  de  una 
ovación. 

A  los  compases  solemnes  de  la  Marcha  Keal,  el  Alcalde 
de  Madrid  descorre  el  velo  que  cubría  el  monumento.  Ya 
están  el  hombre  de  piedra  y  el  hombre  de  espíritu  y  mate- 
ria frente  a  frente.  Comienzan  los  discursos,  y  el  acto  con- 
tinúa con  el  ceremonial  de  esta  clase  de  solemnidades.  Pero 
lo  grandioso,  lo  verdaderamente  único  del  momento,  es  el 
diálogo  mudo  y  sublime  que  se  entablaría  entre  esos  dos 
hombres. 

El  de  piedra— acierto  rotundo  de  un  escultor  joven  y 
genial — está  sentado  en  un  gran  sillón  que,  sostenido  por 
dos  leones,  se  alza  sobre  un  sencillo  basamento  de  dos  cuer- 
pos, en  uno  de  los  cuales  se  leen  estas  palabras:  Galdós. 
Episodios  Nacionales.  Novelas  Españolas  Contemporá- 
neas. Teatro.  La  cabeza,  en  la  que  el  parecido,  con  ser  lo 


CERVANTK8  67 

de  menos,  es  sorprendente,  es  noble  y  plena  de  vida:  esa 
frente  piensa  y  es  la  misma  que  aquella  de  la  cual,  en  rau- 
dal generoso,  brotó  la  epopeya  novelesca  de  toda  una  raza; 
aquellos  ojos,  que  escrutan  en  lo  arcano,  son  los  mismos 
que  st-micegaron  después  de  haber  visto  más  allá  de  las 
cosas,  más  allá  de  las  almas;  aquellos  labios  plegados  en 
rictus  doloroso,  son  los  mismos  que  bebieron  amarguras  y 
destilaron  piedades;  las  manos,  que  se  trenzan  sobre  las 
rodillas,  son  manos  creadoras  en  las  que  palpita  un  espíritu 
inmortal.  Sobre  las  piernas,  para  evitar  detalles  prosaicos 
y  angulosidades  que  hubieran  acaso  comprometido  el  con- 
junto destruyendo  la  pura  euritmia  de  sus  líneas,  el  escultor 
ha  echado  una  manta,  resolviendo  asi,  estética  e  inteligen- 
tisimamente,  muchos  problemas  de  técnica.  La  estatua 
tiene  vida  y  parece  animada  por  un  secreto  espíritu,  que 
corre  y  se  difunde  al  través  de  la  piedra  inerte.  Y  ese  es- 
píiitu  es  un  espíritu  creador,  potente  y  lozano,  que  no  pue- 
de ser  otro  que  el  espíritu  del  padre  de  la  novela  española 
contemporánea. 

El  maestro  está,  como  decimos,  sentado  ante  su  propia 
estatua.  Está  abstraído,  como  en  un  éxtasis,  los  pobres  ojos 
enfermos  velados  de  lágrimas  de  emoción.  Sigue  el  coloquio 
entre  los  dos  hombres;  coloquio  profundo  y  formidable,  que 
ningún  psicólogo  fuera  capaz  de  traducir,  desentrañando 
toda  la  sutil  grandeza  de  su  significado. 

Al  Galdós  viviente  y  al  Galdós  de  piedra  rodea  una  mul- 
titud heterogénea,  en  la  que  nuestra  imaginación  cree  ver 
a  los  héroes  de  la  epopeya  galdosiana.  Allí,  en  los  antiguos 
y  señoriales  jardines  del  Rey  Felipe  IV,  en  el  acto  de  glo- 
rificar a  su  creador  y  rodeando  su  estatua,  están,  en  espíri- 
tu, los  sublimes  marinos  de  Trafalgar  y  los  héroes  popula- 


68  CERVANTES 

res  de  Madrid  y  Zaragoza,  de  Gerona  y  de  Cádiz;  las  falan- 
ges triunfadoras  de  Bailen  y  los  Arapiles;  los  degenerados 
cortesanos  de  Carlos  IV  y  los  hijos  de  San  Luis;  Gabriel 
Aracil  y  Juan  Martín,  el  Empecinado;  Gloria  y  Doña  Per- 
fecta; la  triste  Marianela,  niostrando  su  carita  llorosa  entre 
las  ramas  de  un  laurel;  la  familia  de  León  Eoch  y  Fortu- 
nata y  Jacinta,  el  Doctor  Centeno  y  el  amigo  Manso,  Tor- 
quemada,  la  de  Bringas,  Ángel  Guerra  y  Leré,  el  tío  Pito 
6  Ido  del  Sagrario,  Orozco,  José  María  Cruz  y  Victoria,  la 
loca  de  la  casa:  Nazarín,  Halma,  el  León  de  Albrit  y  sus 
nietas,  Pedro  Minio,  Casandra,  la  Marquesa  de  San  Quintín, 
Electra  y  Mariucha,  Bárbara,  Paulina,  Celia,  Sor  Simona... 
Es  una  multitud  abigarrada;  los  personajes  de  todo  un  si- 
glo, arquetipos  de  toda  una  raza,  los  que  se  agrupan  en 
torno  a  su  creador,  agitando  ramos  de  laureles.  En  tanto, 
éste  se  ha  transfigurado,  en  la  apoteosis  de  un  nuevo  Tha- 
bor:  de  su  frente  irradian  resplandores,  como  los  de  la 
frente  augusta  del  divino  Dante;  su  vulgar  gabán  es  manto 
patricio,  en  el  que  se  arrebuja  en  actitud  estatuaria  para 
recibir  el  homenaje  definitivo  de  los  hijos  de  su  genio.  El 
cuadro  es  mágico;  la  escena  única,  sobrehumana;  y  todo 
ello  se  desenvuelve  en  un  luminoso  ambiente  de  idealidad. 

Esto  es  lo  que  vio  nuestro  espíritu  soñador  y  propicio  a 
toda  exaltación.  Pero  la  realidad  es  otra;  y,  como  realidad, 
también  es  bella.  Hela  aquí: 

Una  vez  descubierta  por  el  Alcalde  la  estatua,  Serafín 
Alvarez  Quintero,  el  comediógrafo  insigne,  ha  subido  a  uno 
de  los  escalones  del  monumento,  y  con  ademán  amplio, 
gesto  emocionado  y  gentil  prestancia,  pronuncia  un  bellísi 
mo  discurso  que,  como  quinteriano,  es  brillante,  sentido, 
efusivo,  exento  del  terrible  lugar  común. 


CERVANTES  69 

Luego,  el  Alcalde  dice  que  Madrid  recibe  y  conservará 
el  monumento  a  Galdós  como  una  reliquia  sagrada.  Hace, 
con  gran  acierto,  un  férvido  elogio  de  la  obra  madrileñísi- 
ma,  española,  universal,  humana  del  maestro;  y,  en  nombre 
del  pueblo,  besa  la  mano  creadora  de  D.  Benito  Pérez 
Galdós. 

El  momento  es  de  una  honda  e  imperecedera  emoción. 

Las  aclamaciones  a  Galdós  se  suceden  sin  interrupción 
y  se  prolongan,  acompasadas  por  el  gorjeo  de  los  pájaros, 
que  tornan  líricas  las  frondas  acogedoras  del  Buen  Retiro. 

Ahora  se  procede  a  firmar  el  actidela  inauguración, 
siendo  la  del  propio  Galdós  la  primera  firma  que  en  ella  se 
estampa. 

Entonces  irrumpe  entre  la  concurrencia  y  se  presenta 
ante  el  maestro  un  emocionante  grupo  de  niñas  ciegas,  que 
pone  en  manos  de  D.  Benito  un  ramo  de  ñores,  que  éste 
besa,  tembloroso. 

El  acto,  tan  sencillo  como  conmovedor,  con  vistas  a  otros 
tiempos,  a  Jos  tiempos  clásicos  en  que  se  sabía  glorificar 
en  vida  a  los  genios,  ha  terminado.  El  pueblo  de  Madrid, 
después  de  haber  escrito  esta  página  bella  y  honrosísima 
en  su  historial  de  pueblo  culto,  comienza  a  dispersarse.  El 
maestro  ha  conseguido,  no  sin  trabajo,  volver  a  tomar  su 
coche,  y  en  él  se  dirige  a  su  domicilio — el  morisco  y  dimi- 
nuto hotelito  del  barrio  de  Arguelles — ,  seguido  por  el 
pueblo,  que  continúa  aclamándole. 

Antes  de  que  D.  Benito  Pérez  Galdós  llegara  a  su  ca- 
rruaje, el  cronista,  que  consiguió  ir  muy  cerca  del  maestro, 
pudo  tomar  respetuosamente  una  de  sus  manos  y  poner  en 
ella  un  mudo  beso  conmovido. 

Entre  el  público  que  se  dispersaba,  echamos  de  ver  a  un 


70  CERVANTES 

jovencillo  endeble  y  pálido,  de  ojos  de  fiebre,  que,  terciada 
de  sus  hombros  una  capa  y  cubierta  su  melenada  cabeza 
con  un  chambergo  de  amplísimas  alas,  maquinalmente,  tan 
conturbado  estaba,  estrechaba  las  manos  que  se  le  ofrecían, 
correspondía  a  los  abrazos  que  le  prodigaban,  pronunciando 
entrecortadas  frases  de  agradecimiento.  Era  el  gran  escul- 
tor Victorio  Macho,  inspirado  autor  de  esta  obra  admirable 
que,  sin  profanar  las  puras  líneas  del  bloque  granítico,  ex- 
presa, de  manera  pasmosa,  perpetuándolos,  el  espíritu  y  la 
labor  ingentes  del  genio  español  de  nuestros  días;  y,  gene- 
roso donante  de  su  creación  al  pueblo  de  Madrid:  desde  un 
principio  declaró  que  no  percibiría  ni  un  céntimo  por  su 
obra,  y  que  la  cantidad  colectada  en  brevísimo  tiempo  por 
la  Comisión  ejecutiva,  compuesta  de  ilustres  literatos,  sólo 
se  aplicaría  a  cubrir  los  gastos  de  material,  para  que  así 
fuera  de  todos  el  homenaje. 

...  Al  fin,  la  multitud  de  concurrentes  acaba  por  aban- 
donar el  parque;  y  entre  la  fronda  nemorosa  y  sonante, 
naufragando  en  la  penumbra  de  un  crepúsculo  invernal 
preciosamente  breve,  queda  solo  el  hombre  de  piedra,  como 
un  blanco  símbolo  de  la  perennidad  del  arte.  Desde  lo  alto 
de  su  sitial,  verá  pasar  a  las  generaciones:  la  pareja  de  ena- 
morados, la  eterna  pareja  que  va  y  viene  del  fondo  de  los 
siglos,  pasará  hacia  el  porvenir,  sonámbula  de  su  divino 
ensueño;  los  niños  vendrán  enguirnaldados  de  la  mano  y 
jugarán  al  corro,  ante  la  efigie  del  viejo  abuelo;  y  esos  niños 
se  tornarán  hombres  y  viejos,  a  su  vez.  Y  todos  pasarán,  en 
el  devenir  inacabable  de  la  vida...  Pero  ese  hombre  y  su 
obra  no  pasaváu... 

César  E.  Arroyo. 

Mii'lrid,  enero  1919. 


71 

CERVANTES 


Poetas  Hispano-americanos 

YO 


Formando  marco  a  mi  arrugada  frente, 
mustia  a  despecho  de  mis  pocos  años, 
se  encrespa  el  pelo,  que  los  desengaños 
encanecieron  prematuramente. 

La  lente  de  un  monóculo,  indiscreta, 
bajo  la  ceja  llevo  colocada, 
única  nota  chic  en  mi  afeitada 
cara  de  tenorino  de  opereta. 

De  mi  corta  nariz  las  anchas  fosas 
se  dilatan  y  encogen  voluptuosas 
ante  la  Venus  de  sin  par  belleza, 

y  malas  hembras  y  escritores  sabios 
dejaron  en  el  borde  de  mis  labios 
un  desdeñoso  rictus  de  tristeza. 


72  CERVANTES 

II 

Me  asomé  a  las  ventanas  del  misterio, 
un  mal  amor  llenóme  de  amargura 
y  disfrazo  con  risa  y  con  locura 
la  ridicula  pena  de  ser  serio. 

En  lucha  abierta  con  mi  mala  suerte, 
supersticioso  y  con  la  fe  perdida, 
vivo,  con  gran  desprecio  de  la  vida 
y  un  espantoso  miedo  de  la  muerte. 

y  al  pensar  en  mi  infancia  y  mi  inocencia 
quiero  nacer  de  nuevo  y  mi  existencia 
detener  por  un  raro  sortilegio 

en  medio  del  camino,  en  la  pradera, 
en  un  jardín  de  plena  primavera 
con  pájaros,  con  sol  y  sin  colegio. 

Felipe  Sassone. 

(Peruano). 


CERVANTES  73 


LIMA,  CIUDAD  DE  CAMPANAS 
Y  DE  CAMPANILLAS 


(Del  libro  de  crónicas,  en 
preparación,  Una  Lima  que 
se  va.) 


No  hay  nada  tan  evocador  como  el  vibrar  de  una 
campana.  Nada  hay  que  suspenda  el  ánimo  tanto  como 
escuchar,  cuando  se  dialoga  con  la  propia  alma,  el  to- 
que de  una  campana  remota.  En  los  caminos,  sobre  el 
circundante  y  sordo  rumor  de  la  naturaleza,  cuando  la 
tarde  cae  y  hasta  el  silencio  tiene  una  como  intima 
musicalidad  que  adivinan  las  almas  sedientas  de  ar- 
monía, el  toque  lejano  de  la  campana  de  la  ciudad 
llega  envuelto  en  un  maravilloso  acorde  poético.  So- 
bre la  paz  rural  del  sendero  pone  el  alma  sonora  de  la 
urbe  que,  a  la  hora  del  crepúsculo,  cuando  el  oro  so- 
lar dora  los  campanarios,  se  eleva  como  una  exora- 
ción, como  una  esperanza,  como  un  anhelo  pío  e  infi- 
nito, o  como  una  resignada  queja  después  del  misera- 
ble ajetreo  cotidiano.  Y  escuchada  as  ""'la  campan* 


74  CERVANTES 

cuando  la  ciudad  queda  a  lo  lejos,  adquiere  un  lírico 
encanto,  que  es  como  la  sonora  rehabilitación  de  la 
carcelaria  sordidez  urbana.  Acuden  inevitablemente 
entonces  a  la  memoria  los  divinos  versos  del  Dante: 

...  eche  lo  novo  peream  d'amore 

punge  seode  squila  di  lontano 

che  paia  il  giorno  pianger  che  si  more... 

Cuánto  hacen  pensar  y  sentir  las  campanas,  los  so- 
noros bronces  que  el  fervor  religioso  creara,  cuando 
se  adivinó,  en  aquel  florecer  del  verdadero  romanti- 
cismo, que  la  música  era  lo  más  intimo,  lo  esencial  y 
profundo  de  la  existencia.  ¡Descubrámonos  ante  aque- 
llos días  lejanos  en  que  el  alma  ardiente  de  los  asce- 
tas, pudo  intuir  que  sobre  el  silencio  recatado  de  los 
templos  austeros,  ricos  por  dentro  como  los  grandes 
espíritus  selectos,  debía  quedar  vibrando  la  mística 
plegaria  en  la  sonora  llamada  de  los  campanarios!... 
Y  fueron  por  ello,  sin  duda,  las  ciudades  devotas  por 
excelencia,  las  que  inventaron  aquellas  inefables  ar- 
monías, que  según  cuenta  la  fama,  suspendían  los  áni- 
mos, elevándolos  con  su  espiritualidad  musical  a  re- 
giones superiores. 

Las  campanas  en  Lima. — Recuerdos  de  una  tra- 
dición colonial. 

Fueron  las  campanas  en  Lima,  las  principales  notas 
ruidosas  de  la  ciudad  en  medio  de  la  modorra  colo- 
nial. Traídas  por  los  españoles  conquistadores,  care- 


CERVANTES  75 

cieron  de  aquellas  armoniosas  delicadezas  que  los 
bronces  tienen  en  otros  países,  hechas  muchas  de  ellas 
a  base  de  la  popular  ofrenda  y  de  la  merced  aristo- 
crática, gastáronse  en  su  fundición,  según  relata  la  le- 
yenda, joyas  y  barras  de  oro,  pero  carecieron  de  ar- 
monías complicadas.  En  cambio  tuvieron  significación 
geuuína  y  llenaron  durante  siglos  la  crónica  del  Vi- 
rreinato. Casi  no  hubo  suceso  importante  consignado 
en  los  infolios,  que  no  fuera  anunciado  bulliciosamen- 
te por  las  campanas,  y  tanta  importancia  adquirieron, 
que  preguntado  en  cierta  época  un  viajero  por  lo  que 
se  hacía  en  Lima,  respondió  en  una  suprema  síntesis: 
«Repicar  y  quemar  cohetes.» 

Lima  fué,  durante  la  colonia,  una  ciudad  muerta. 
Hasta  que  llegó  el  pomposo  tiempo  de  las  calesas,  el 
único  ruido  urbano  fué  el  de  las  campanas.  Desde  el 
alba  hasta  el  crepúsculo  vespertino,  el  único  rumor 
era  el  de  los  templos  que  convocaban  a  los  fieles.  Un 
auto  de  fe  provocaba  un  repique,  toques  de  agonías  y 
dobles  sonoros;  la  llegada  del  cajón  de  España  se 
anunciaba  con  un  desatentado  repicar  de  todas  las 
campanas,  si  acaso  había  nacido  algún  infante  real,  y 
cuando  allá,  en  la  Metrópoli  moría  algún  deudo  cerca- 
no del  Rey,  seis  meses  después,  tañían  melancólica- 
mente los  bronces  de  esta  ciudad.  Todos  conocían  así 
lo  que  había  ocurrido,  por  la  historia  resonante  de  las 
campanas.  Festejos  y  duelos,  ceremonias  civiles  y  re- 
ligiosas, buenas  y  malas  noticias^  todo  se  anunció  con 
jubilosos  o  tristes  toques.  En  las  parroquias  y  en  los 
conventos  la  profesión  de  campanero  gozaba  de  gran 
prestigio;  y  se  explica,  porque  era  el  campanero  una 


76  CERVANTES 

especie  de  periodista,  a  su  modo,  que  sabia  antes  que 
el  vulgo  los  sucesos  dignos  de  anunciarse. 

Como  no  existian  entonces  más  periódicos  que  las 
lacónicas  reimpresiones  del  Aviso  de  Madmd,  las  cam- 
panas fueron  las  mayores  chismosas  de  la  ciudad.  Tal 
era  su  importancia  que  se  acostumbraba  hacerlar  vi- 
brar cuando  el  Señor  Virrey  pasaba  por  alguna  pla- 
zuela. Sabían  asi  los  vecinos  cuándo  el  representante 
de  Su  Majestad  visitaba  algún  barrio.  Es  de  estas 
épocas  la  tradición  Virrey  hereje  y  campanero  bellaco, 
que  nos  ha  contado  D.  Ricardo  Palma.  Un  campane- 
ro que  cayó  en  falta  al  no  rendir  los  honores  de  su 
campanario  al  paso  del  Virrey  por  la  plaza  de  San 
Agustín,  y  que  se  disculpó  achacando  a  la  herejía  del 
linajudo  señor  el  silencio  de  sus  campanas,  mal  creyó 
vengarse  de  los  ramalazos  que  sufriera,  anunciando  a 
media  noche  al  barrio  entero  que  el  Señor  Virrey  pa- 
saba, seguramente  de  galanteo.  Calcule  el  lector  el 
alboroto  que  se  armaría  en  Lima.  Ciudad  tranquila 
en  la  que,  sonadas  las  diez  de  la  noche,  nadie  se  atre- 
vía a  salir  a  las  calles,  seguramente  se  alarmó  con  el 
gozoso  campaneo  que  fué  motivo  de  larga  murmura- 
ción e  infinitos  comentarios.  Refiere  el  tradicionista 
que  pasando  el  tiempo,  el  campanero,  que  era  duro 
de  mollera,  fué  perdonado  por  el  Virrey,  quien  le  sir- 
vió de  padrino  en  su  primera  misa,  milagro  que  ob- 
tuvo por  la  protección  de  quien  le  hizo  azotar  una 
vez  por  silencioso  y  otra  vez  por  vocinglero... 

Durante  tres  siglos  todo  se  anunciaba  por  medio 
de  las  campanas,  y  como  la  religiosidad  era  fanática 
e  imponderable,  Lima  no  fué,  desde  las  cuatro  de  la 


CERVANTES  77 

mañana  hasta  las  seis  de  la  tarde,  desde  el  maitines 
hasta  el  ángelus,  sino  una  constante  oración  metálica, 
argentina  y  rítmica,  que  ascendía  sin  tregua  a  las 
alturas. 

Los  diversos  toques. — La  campanilla  del  Viático 

Hasta  hace  diez  años  hemos  vivido  aquí  acostum- 
brados al  repique  de  las  campanas  y  conocemos  de 
memoria  los  diversos  toques.  Los  trasnochadores  dis- 
tinguen inconfundiblemente  el  toque  repetido  y  como 
debilitado  de  las  campanas  de  los  conventos,  llaman- 
do a  la  cuatro  de  la  mañana.  El  llamamiento  a  misa 
es  también  único,  característico,  y  todos,  aunque  eea 
una  vez  en  la  vida,  se  han  emocionado  ante  el  toque 
vespertino  del  ángelus,  que  inspirara  el  famoso  cuadro 
de  Millet  y  que  diera  ocasión  a  Bello  a  escribir  aque- 
llos hermosos  versos,  que  todos  por  primera  vez  leyé- 
ramos en  la  Mantilla  segunda: 

cVe  a  rezar,  hija  mía,  ya  es  la  hora 
de  la  conciencia  y  del  pensar  pi-ofundo...» 

Pero  el  tañido  que  sólo  se  escucha  hoy  en  muy  ra- 
ras ocasiones,  tan  repetido  antaño,  es  el  toque  de  ago- 
nías. El  cronista  recuerda  haber  alcanzado,  muy  niño, 
en  su  parroquia,  el  lúgubre  son  de  agonías  por  un 
vecino  de  su  barrio  y  recuerda  también  el  comentario 
de  la  antigua  servidumbre  de  su  casa:  «Están  doblan- 
do por  D.  Fulgencio,  anoche  le  dieron  el  Santísimo,  y 
cuentan  que  en  la  madrugada  comenzó  con  lay  bo- 


78  CERVANTES 

queadas.T>  Y  en  su  exaltada  imaginación  infantil  el 
grave  resonar  do  las  campanas  se  dilató  largamente, 
como  un  anticipo  délo  irremediable...  Hoy  sólo  en  los 
pueblecitos,  aún  en  los  cercanos  a  Lima,  subsiste  la 
piadosa  costumbre  que  significa,  sin  duda,  el  afectuo- 
so e  íntimo  trato  del  cura  con  sus  feligreses.  Antigua- 
mente, cuando  alguna  persona  entraba  en  agonías,  to- 
dos los  del  barrio  aguardaban  el  toque  mortal,  y  cuando 
comenzaba  a  doblar  solemnemente  la  campana,  sabían 
que  un  alma  se  escapaba  de  su  mísera  envoltura. 

Otro  típico  tañido  era  el  de  ánimas,  a  las  ocho  de  la 
noche.  Las  amas  contaban  a  los  niños  cuentos  terro- 
ríficos mientras  la  campanilla  de  las  ánimas  tintinea- 
ba fuera  temblorosamente... 

Los  sacristanes  gustaban  de  jugar  con  las  campanas 
y  los  muchachos  de  los  barrios  soñaban  en  ser  algún 
día  campaneros  de  sus  parroquias.  Cuando  se  trataba 
de  alguna  fiesta  grande  en  que  había  que  repicar  gor 
do  y  todas  las  campanas  se  echaban  a  vuelo,  el  sacris- 
tán campanero  necesitaba  la  ayuda  de  los  chiquillos 
que  se  disputaban  encarnizadamente  el  honor  reso- 
nante de  repicar  en  Cuasimodo  o  en  los  días  gozosos 
de  la  Pascua  de  Resurrección.  Entonces  el  toque  era 
un  desconcertado  repicar  de  todas  las  iglersias,  un 
desenfrenado  afán  de  hacer  ruido.  Recuerda  el  cro- 
nista cómo  bullía  toda  su  sangre  de  niño  ingenuo  y 
feliz  cuando  el  Sábado  de  Q-loria  vibraba  vocinglera 
e  íntegramente  el  campanario  de  su  antigua  parroquia. 

Cierta  vez,  y  a  escondidas,  como  quien  hace  una 
gran  mataperrada  por  su  amistad  con  un  ínter  vieje- 
cito,  se  permitió  el  cronista  subir  al  campanario  y  ver 


n< 


o'PíKVANTJSS  79 

algo  para  él  sagrado  y  casi  inaccesible:  las  campanas 
mudas,  las  viejísimas  cuerdas  y  las  huellas  de  golon- 
drinas, lechuzas,  gallinazos  y  palomas.  Algo  superior 
a  sus  fuerzas  le  impulsó  a  tocar  la  campana  chica, 
aquella  que  hace  el  din  de  acompañamiento,  alegre  y 
agudo  (remedo  del  contraste  que  hay  en  las  cosas 
todas  de  la  vida),  al  grave  don  de  la  campana  ma- 
yor. Entre  los  más  dulces  recuerdos  de  su  niñez  vive 
imperecederamente  esta  fresca  y  sencilla  remem.bran- 
za.  Casi  conteniendo  la  respiración  cogió  la  cuerda, 
la  movió  con  temor  al  principio;  luego,  con  brusca 
fuerza  y  cuando  el  primer  son  se  escapó  tímidamente 
de  la  torre,  sintió  que  por  todo  su  ser  corría  una  onda 
inexplicable  de  alegría  y  agitó  ambos  brazos  sabo- 
reando cómo  sobre  su  eabecita  inocente  se  desataba 
un  raudal  milagroso  de  sonoridades .  Y  creyó  que  to- 
dos deberían  ^distinguir  y  reconocer  como  inconfun- 
dible aquel  toque  soñado  tantas  veces,  que  para  él  re- 
sonaba único,  como  que  en  él  puso  la  eclosión  de  un 
alma  apenas  rozada  por  la  vida.  Han  pasado  muchos 
años  y  en  su  espíritu  envejecido  prematuramente,  la 
admirable  emoción  de  aquel  contacto  no  se  ha  vuelto 
a  repetir 

La  llamada  de  la  campanilla  del  Viático,  sacudida 
por  un  mataperro,  que  también  servía  para  las  cosas 
de  Dios,  infundía  peculiarísimo  respeto.  Llamaba  y 
percutía  con  desesperación  como  voz  de  socorro,  an- 
tes de  que  saliera  de  la  parroquia  la  larga  y  ondu- 
lante procesión  de  cirios,  y  adquiría  después  no 
obstante  su  agudo  son  un  tono  severo,  cuando  el  mu- 
chacho, a  la  cabeza  del  cortejo,  la  hería  a  intervalos. 


80  CERVANTES 

La  seriedad  y  la  tristeza  en  su  retiñir  consistían  en  la 
lentitud  que  le  daba  cierta  percusión  apagada  de  lar- 
go ritmo,  que  parecía  como  si  se  detuviera  y  ya  no 
fuera  a  repetirse...  Tilín...  Tilín... 

La  campanilla  en  los  hogares. — La  campana  que 
anuncia  los  incendios. — El  esquilón  del  basurero. 

Las  casas  en  Lima  eran  antiguamente  como  gran- 
des tribus  patriarcales  de  largas  mesas,  a  la  hora  de 
las  comidas  siempre  llenas  de  deudos  y  relacionados. 
Raro  era  el  hogar  que  tenía  pocos  comensales  y  por 
ello,  sin  duda,  se  usó  hasta  hace  muy  poco — son  con- 
tadas las  que  aún  conservan  la  costumbre — llamar 
por  medio  de  una  campanilla  a  las  horas  de  almorzar 
y  de  comer.  La  severidad  de  algunos  jefes  de  familia 
llevó  este  toque  al  extremo  de  significar  que  quien 
no  acudía  inmediatamente  a  su  llamada,  sufría  el  bár- 
baro castigo  de  quedarse  sin  alimento.  Cuando  se  pa- 
saba a  determinadas  horas  por  cualquier  barrio  de 
Lima,  se  escuchaba  el  repique  desatentado  de  las  cam- 
panillas caseras  que  llamaban  agudas  y  continuas. 
La  costumbre  tenía  significación  moral:  significaba 
el  respeto  al  hogar  doméstico  y  también — ¡oh,  tiem- 
pos suntuosos  ya  distantes! — que  en  aquellos  días  co- 
mían juntos  en  mayor  número  los  miembros  y  alle- 
gados de  una  familia.  Era  la  época  de  las  largas  y 
vinculadoras  sobremesas.  Hoy,  por  lo  general,  salvo 
honrosas  excepciones,  las  mesas  están  desiertas  en  los 
hogares,  porque  cada  cual  come  a  su  hora  y  hay  res- 
taurantes con  música  y  es  muy  correcto  y  muy  chic 
aquello  de  comer  fuera  del  calor  hogareño.. 


CERVANTES  81 

No  hay  limeño  que  no  conozca  el  toque  que  anun- 
cia un  incendio.  Sugestión  del  espíritu  o  realidad  de 
la  misma  llamada  de  socorro,  el  hecho  es  que  a  media 
noche  produce  una  impresión  extraña  y  trágica  el  to- 
que de  la  campana  de  alarma.  Cuando  el  incendio  es 
de  magnitud,  tocan  también  las  grandes  campanas  de 
los  templos  y  el  limeño  conoce  por  esta  circunstancia 
la  gravedad  del  siniestro.  Pero,  es  la  campana  de  la 
Bomba  Lima,  que  obsequió  a  esta  Compañía  de  bom- 
beros D,  Enrique  Meigggs,  la  típica  e  inconfundible 
campana  que  atemoriza  en  la  noche.  Todos  conocen 
perfectamente  de  dónde  viene  el  sonido  y  lo  que  sig- 
nifica. Los  que  despiertan  a  media  noche  con  el  lla- 
mamiento, se  revuelven  malhumorados  en  el  lecho  y 
a  Teces  tornan  al  reposo;  pero  si  acaso  el  son  caracte- 
rístico de  la  campana  de  la  Catedral  rompe  el  si- 
lencio nocturno,  es  casi  imposible  que  no  se  incorpo 
ren  y,  agitada  la  respiración,  no  vigilen,  avizorando 
en  la  sombra,  como  si  temieran  que  el  resplandor  si- 
niestro se  colara  al  dormitorio.  Y  la  verdad  es  que 
cuando  San  Pedro,  San  Agustín,  La  Merced,  Santo 
Domingo  y  la  Catedrad  anuncian  que  hay  incen- 
dio, es  porque  sobre  la  ciudad  se  extiende,  como  uu 
castigo  celeste,  una  gran  mancha  roja,  en  la  que 
como  asombradas,  más  pálidas  y  parpadeantes  que 
nunca,  asoman,  compasivas,  las  estrellas...  Y  debe 
ser  grave  la  sensación  del  campanero — cuántas  veces 
un  fraile  filósofo — al  sacudir  con  vehemencia,  desde  la 
altura,  la  ronca  y  lúgubre  campana,  mientras  sus  ojos 
no  se  apartan  de  la  llamarada  amenazadora. 

El   esquilón   del  basurero  tiene  vida  reciente;   es 


82  CERVAKTBS 

modernísimo  y  anuncia  el  paso  del  carretón  ruidoso  y 
hediondo  donde  se  almacena  la  cotidiana  basura  de 
todos  los  hogares.  Su  sonido  es  descompasado,  como 
si  se  ajustara  a  su  ínfimo  objeto.  Resuena  en  las  tar- 
des, a  la  hora  vespertina,  y  evocador  como  es  el  soni- 
do, trae  a  quien  lo  escucha  asociaciones  olfativas,  in- 
cómodas y  desagradables.  Agita  sin  gracia  el  esquilón, 
con  cansada  y  brusca  actitud,  un  indio  de  faz  vulgar 
y  triste  y  su  tintineo  burdo  se  mezcla  al  chirriar  del 
pesado  carromato.  A  su  llamada  acuden  los  sirvientes 
con  sus  latones  llenos  de  desperdicios,  que  martirizan 
las  narices,  mientras  taladran  los  oídos  el  pausado 
crujir  de  las  pesadas  ruedas,  el  rajado  tono  del  esqui- 
lón y  el  escandaloso  rodar  de  las  latas  en  la  bulliciosa 
calzada.  Sin  embargo,  tiene  su  significación.  Trae  por 
asociación  extraña  y  pintoresca  al  recuerdo,  la  visión 
de  la  carroza  de  los  muertos  de  los  hospitales,  y  hace 
recordar  la  repugnante  vulgaridad  y  la  triste  descom- 
posición de  todas  las  cosas  humanas. 

Todos  conocemos  aquei  alocado  repique... 

A  veces,  a  las  seis  y  media  de  la  tarde,  parece  que 
se  volvieran  locas  las  campanas  de  la  Merced.  Todos 
los  habituales  pasantes  de  la  Unión,  conocen,  de  segu- 
ro, aquel  inarmónico  y  desordenado  repicar  de  las 
campanas  desconcertadas.  Ignora,  eso  sí,  el  cronista, 
la  verdadera  causa;  si  es  un  triduo  o  una  novena  lo 
que  se  anuncia.  Los  transeúntes  tienen  que  gritar 
para  entenderse.  Parece  que  alegres  chiquillos  se  en- 
paramarau  al  campanario  y  agotaran  por  mafaperroda 


t 


CBRVANTB8  83 

todas  las  campanas;  y  cuando  el  son  repetido  continúa, 
cada  vez  más  alto  y  más  agudo,  siente  quien  lo  escu- 
cha una  irresistible  y  enfermiza  necesidad  de  gritar; 
ni  más  ni  menos  que  cuando  pasa  algún  carretón  de 
aquellos  chillones  y  altos  que  ruedan  agresivos  y  pe- 
dados  sobre  nuestros  empedrados  pésimos.  Quizá  esta 
necesidad  de  gritar  sea  una  defensa,  por  aquello  de 
similia  simiUbus  curantur... 

Las  campanas  libertadoras  y  las  campanas 
revolucionarias. 


Quien  se  entretenga  leyendo  periódicos  viejos,  se 
encontrará  siempre  en  las  descripciones  de  los  sucesos 
importantes   con  un  párrafo  inevitable  en  el  que  se 
lee:  «Se  echaron  las  campanas  a  vuelo.»    Lima  había 
acostumbrado  desde  la  Colonia  repicar  por  todo.  Y 
las  campanas,  que  eran  en  su  inmensa  mayoría  de  la 
época   del   Virreinato,    como    lo    atestiguan    todavía 
marcas  y  fechas,  sirvieron  a  maravilla  a  la  causa  li- 
bertadora.  Cuando  San  Martín  entró  en  Lima,  las 
campanas  de  la  Catedral  dejaron  oír  sus  sones  majes- 
tuosos y  vibrantes.  Cada  suceso  favorable  a  la  causa 
de  los  patriotas  se  festejó  con  repique  general.   Ade- 
jmás,  cada  vez  que  se  necesitaba   convocar  al  pueblo 
je  hacía  sonar  la  María  Angela,  y  las  escaramuzas, 
os  combates,  las  hazañas  de  los  patriotas  se  festeja- 
jan  con  los  mismos  bronces  que  se  echaron  a  vuelo 
iuando  nacía  un  real  infante  o  sanaba  de  grave  dor; 
encía  algún  Mouare»  de  las  Españas. 


84  CERVANTES 

Bolívar  entró  a  Lima  entre  un  sonoro  repercutir  de 
campanas,  y  las  batallas  de  Junin  y  de  Ayacucho  tu- 
vieron la  loa  de  todas  las  ruidosas  torres  de  la  capital. 
Cuando  San  Martín  concluyó  de  proclamar  la  fórmula 
de  nuestra  independencia,  acaeció  otro  tanto.  Por  eso 
las  campanas,  las  mismas  campanas  coloniales,  expre- 
sando con  sus  sonoridades  las  nuevas  almas,  se  con- 
virtieron en  voces  de  libertad  y  de  reivindicación. 
Por  desgracia,  los  bronces  no  sabea  enmudecer  cuan- 
do los  hombres,  indiscretamente,  quieren  hacerles  re- 
sonar, y  aquellas  campanas  gloriosas  sirvieron  luego 
para  todos  los  revolucionarios,  los  malos  y  los  buenos. 
Ya  se  sabía  por  la  vocinglería  de  los  campanarios 
cuándo  había  un  mitin,  un  pronunciamiento  militar. 
Salaverry,  Gamarra,  La  Fuente,  Vivanco,  Castilla  y 
otros  retumbantes  caudillos  cuando  quisieron  y  logra- 
ron ser  Jefes  Supremos,  lo  anunciaron  a  la  ciudad 
por  medio  de  las  campanas,  lenguaraces  y  versátiles 
como  viejas  chismosas.  La  primera  alianza  que  busca- 
ba un  jefe  revolucionario  era  la  de  los  campanarios. 
Cuando  había  un  combate  en  las  calles  de  Lima  se 
sabían,  como  si  se  tuviera  activísimo  servicio  de  co- 
rresponsales, los  diversos  avances  de  las  fuerzas  re-  ^ 
beldes.  El  cronista  recuerda  que,  cuando  la  revolución 
de  Piérola,  el  año  1895 — fecha  que  marca  una  era  en 
nuestra  vida  social — se  quedaba  boquiabierto,  ante  la 
infalible  ciencia  de  una  viejecita  que  conocía  todas 
fas  campanas  de  Lima  y  las  percibía  entre  el  estruen- 
do del  tiroteo:  «Los  pierolistas  están  en  San  Pedro; 
ya  tomaron  Los  Huérfanos;  ya  están  en  Santa  Tere- 
sa.» Mucho  tiempo  después,  hombre  hecho,  pudo  ex- 


I 


CERVAKTK8 


85 


pilcarse  el  cronista  la  razón  de  esta  sabiduría.  La  vie- 
jecita  que  conocía  el  son  de  cada  campanario,  sabía 
muy  bien  que  a  los  revolucionarios  les  importaba  to. 
mar  las  torres,  no  sólo  como  posiciones  estratégicas, 
sino  como  medios  de  convocar  al  populacho.  Después, 
al  revisar  periódicos  antiguos,  se  ha  encontrado  fre- 
cuentemente con  que  la  costumbre  era  antiquísima,  y 
se  anotaba  como  resonantes  méritos  las  capturas  de 
las  torres  por  Don  Fulano,  Don  Zutano  y  Don  Peren- 
cejo. 

Generalidades  y  lugares  comunes. 

La  campana,  aparte  su  significación  poética  y  filo- 
sófica,  digua  del  canto  y  de  la  reflexión  madura,  la 
campana  de  los  troveros  populares,  aquella  que  inspi- 
ra la  musa  fresca  de  las  llorosas  cantinelas  en  que  se 
habla  de  la  cuna  y  de  la  tumba, 


cuando  por  mí  estén  doblando 
no  preguntes  por  quién  muero. . , 


aquella  campana  ha  tenido  en  Lima  una  significación 
mucho  más  vasta  todavía.  Además  de  las  de  la  vela  y 
de  la  gloria  del  cantar  español,  la  campana  de  los  vi- 
rreyes, de  los  arzobispos,  de  los  inquisidores,  de  los 
galeones  que  venían  de  España,  sirvió  también  la  caur 
sa  de  los  libertadores,  acompañó  a  los  caudillos  y  en 
os  tiempos  heroicos  y  legendarios,  en  los  tiempos  en 


86  CERVANTES 

que  no  había  Prensa  diaria,  ni  cultura  moderna,  ni 
filosofía  barata,  representó  un  capítulo  pintoresco  de 
nuestra  vida.  Hoy,  en  verdad,  se  está  haciendo  car- 
gante la  campana.  Apenas  conserva  la  significación 
que  en  todas  partes  tiene.  Y  es  lástima  que,  desapa- 
recido su  aspecto  genuino  de  cronista  único  de  la  ciu- 
dad, no  se  intente  hacer  armoniosa,  como  las  de  cier- 
tas ciudades  europeas,  en  que  cada  cual  tiene  su  son, 
su  acorde  musical  sugestivo  y  peculiar. 

La  campana  de  los  colegios  debería  ser  menos  ra- 
jada, menos  insulsa.  Sólo  posee  la  significación  menu- 
da que  el  estudiante  le  da  al  salir  del  colegio  o  en  las 
horas  de  recreo,  o  en  el  fatídico  instante  en  que,  al 
volver  apresurado  la  esquina,  le  anuncia  que  llegará 
tarde  y  que  será  castigado.  La  campana  del  colegio 
lio  debe  ser  tan  monótona,  tan  profundamente  des- 
agradable. Las  mismas  campanas  de  la  ciudad,  si  fue- 
ran más  musicales  tal  vez  despertarían  con  el  tiempo 
una  más  alta  y  dignificadora  disposición  de  las  almas. 
Si  desde  que  aquí  repercuten  los  bronces  hubieran 
tenido  artística  armonía,  tal  vez  la  psiquis  de  nuestro 
pueblo  sería  más  elevada  y  habríamos  tenido  mayores 
poetas  y  mejores  músicos.  No  faltará  quien  crea  exa- 
gerada la  doctrina;  el  cronista  la  cree  sencillamente 
cierta.  Basta  pensar  en  el  tesoro  evocador  de  una  cam- 
pana que  dice  a  las  almas  cosas  inefables,  para  com- 
prender que  si  se  les  añadiera  un  adarme  de  musica- 
lidad artística  la  sugestión  sería  incalculable. 

Lima  va  perdiendo  aquella  alma  sonora  que  le  die- 
ron sus  campanarios.  Suenan  hoy,  pero  casi  nada  sig- 
nifican; ya  no  se  compenetran  con  la  vida  del  pueblo; 


iv* 


CERVANTBS 


81 


dicen  lo  que  hay  de  constante,  de  general,  lo  que  to- 
dos sabemos  y  sentimos  por  ser  humanos,  sin  necesi- 
dad de  ser  limeños.  Y  es,  en  verdad,  triste  decirlo, 
pero  las  campanas  significaron  en  Lima,  cuando  Lima 
era  una  ciudad  de  campanillas... 

José  Gálvez. 

Correspondiente  de  la  Seal 
Academia  Española. 


88  CERVANTES 


LUIS  ANDRADE 


Dos  palabras. 


(Prólogo  del  libro  México  en  España,  que  acaba  de  pu- 
blicar, con  gran  éxito,  la  Editorial  Hispánica.) 

Acabo  de  experimentar  la  agradable  sorpresa  de  serme 
presentado  por  el  Sr.  D.  Juan  Manuel  Celis,  que  ha  hecho 
la  travesía  del  Océano  en  su  compañía,  el  joven  y  famoso 
escritor  mexicano  Sr.  D.  Luis  Andrade,  quien  trae  el  pro- 
pósito de  estrechar  lazos  con  nosotros  e  intercambiar  ideas 
de  arte  y  de  orientaciones  de  raza. 

Le  acompaña  una  íntima  colección  de  fotografías  con 
soberbios  retratos  de  las  más  altas  personalidades  políticas 
de  México,  personalidades  que  tuvimos  el  honor  de  cono- 
cer y  tratar  durante  nuestra  visita  a  aquella  sugestiva  na- 
ción, y  con  este  motivo  tuvimos  una  pura  fiesta  de  corazón, 
dedicando  horas  de  honor  y  gloria  al  Estado  Mayor  de  la 
intelectualidad  mexicana,  a  sus  cultos  estudiantes,  a  sus 
poetas,  a  sus  críticos,  a  sus  héroes. 


CBRVAKTKS  89 

Nunca  agradeceré  bastante  al  Sr.  Andrade  el  desfile  de 
figuras  queridas  que  ayei  hizo  pasar  ante  mí. 

Hay  una  juventud  en  México,  de  una  complexión  tan 
particular,  que  nos  llama  mucho  la  atención,  y  entre  la 
cual  ocupa  lugar  preferente  D.  Luis  Andrade,  y  está  mode- 
lada, a  la  vez  que  por  los  libros  y  por  las  aulas,  por  una 
bélica  conmoción  nacional. 

La  revolución  mexicana  ha  creado  este  hombre  nuevo. 
No  sólo  son  cultos  y  sensibles,  y  matizados  de  sentimien- 
tos, sino  que  a  la  vez  que  llevan  impresas  en  las  manos  la 
lomera  del  libro,  llevan  la  cazoleta  de  la  espada. 

Traté  a  muchos  de  una  cultura  asombrosa.  Tienen  origi- 
nalidad, puntos  de  vista  sorprendentes,  no  desconocen  nin- 
gún matiz  moderno  en  todos  los  órdenes  de  cosas,  y  en 
medio  de  ese  exquisito  modelado  de  hombre  y  de  caballero, 
se  esconde  el  luchador  que  desprecia  la  vida,  el  comba- 
tiente pronto  a  revelarse  tan  generoso  como  ilustrado. 

Esta  visión  humana  yo  no  la  conocía  antes  de  tener  la 
altísima  gloria  de  ir  a  México. 

D.  Luis  Andrade  (coníerencista,  escritor,  poeta,  orador, 
autor  dramático  y  periodista),  constituye  arquetipo  en  esta 
especie  y  es  un  interesante  palimpsesto  vivo  que  contiene 
en  sí  restos  y  signos  de  antiguas  escrituras  de  su  historia. 
Es  el  perfecto  exquisito  y  el  perfecto  batallador,  el  reflejo 
feliz  de  su  raza  antigua  y  el  cerebro  acabado  de  troquelar. 
Cuando  con  palabra  amplia  y  emoción  hermosa  nos  descri- 
-be  episodios  de  su  tierra,  la  cultura  no  obscurece  las  deto- 
naciones y  el  fragor  de  su  discurso.  Posee  los  relieves  de 
las  luchas  de  su  patria  de  tal  modo,  que  no  oímos  su  his- 
toria; la  vemos,  la  palpamos. 

Heredero  Andrade  de  la  grandeza  remota  de  una  civili- 


90  CERVANTES 

zación  que  tuvo  su  fin  con  CuauhtemoC;  y  formado  también 
por  la  civilización  europea  que  hizo  su  iniciación  con  Cor- 
tés, posee,  como  la  juventud  mexicana,  un  ser  doble  en  su 
interior  y  los  sedimentos  de  dos  razas.  Un  mexicano  por 
eso  es  más  complejo  que  cualquiera  otro  tipo  de  hombre 
nacido  en  la  América  española,  porque  muchos  Estados 
nuevos  del  otro  lado  del  Atlántico,  no  tenían  por  genealo- 
gía, cuando  el  descubrimiento,  más  que  el  historial  indio, 
marcadamente  analfabeto,  mientras  que  cuando  llegaron 
nuestros  héroes  a  las  puertas  del  nuevo  Continente,  el  vie- 
jo México,  de  una  longevidad  inmedible,  poseía  una  civili- 
zación secular,  tenía  sus  Estados,  se  regía  por  Códigos 
propios,  legislaba  según  sus  sistemas  y  poseía  los  signos  y 
caracteres  originales  que  aún  lleva,  al  través  de  los  siglos, 
como  una  marca  perenne. 

Pues  los  herederos  de  aquellas  fuentes  remotas  de  cul- 
tura, los  que  llevan  la  etnografía  moral  de  aquellas  edades, 
y  después,  sobre  sus  sedimentos,  han  acumulado  las  crista- 
lizaciones de  Europa,  tienen,  seguramente,  otro  plasma  es- 
piritual más  complejo,  más  profundo  y  más  matizado  que 
los  hombres  de  ayer  y  de  mañana.  Y  ésto  es  lo  que  yo  veo 
en  Andrade  y  en  el  plantel  de  hombres  sobresalientes  de 
México,  alma  nacional  como  una  especie  de  fondo  de  cara- 
col encantado,  donde  van  a  resonar  y  a  vivir  todos  los  ru- 
mores de  la  Historia. 

Además,  el  corazón  de  Andrade  tiene  mucho  de  girasol 
de  sangre  que  mira  tiernamente  hacia  España,  y  se  impreg- 
na de  su  luz,  y  se  queda  mirando  a  las  puestas  de  sol  de 
nuestra  raza.  Viene  a  escribir  un  libro  generoso  titulado: 
España  en  México  y  México  en  España.  Con  los  brazos 
de  par  en  par,  debemos  recibirle. 


i 


CERVANTSS  91 

Sirvan  estas  modestas  palabras  de  humilde  saludo  al 
hombre  que  tiene  en  su  palabra  y  en  su  pluma  el  milagro- 
so poder  de  borrar  rencores,  de  desvanecer  odios,  de  acercar 
las  ideas  y  de  enlazar,  con  gracia  y  talento  de  juventud,  los 
corazones. 

Salvador  Kueda. 

Madrid,  15  de  enero  de  1919. 


92 


CBRVA.NTES 


CRÓNICA  ROMÁNTICA 


Era   una  barca   blanca... 


Toda  ella  era  tan  deliciosamente  sonrosada,  que  fin- 
gía una  frágil  muñequita  de  mayólica;  su  cutis,  sus 
labios,  sus  uñas,  su  traje  y  la  transparencia  de  sus 
medias;  y  era  tan  seductoramente  locuela,  que  parecía 
una  adorable  mariposa. 

— Mire  usted,  amigo  mío — modulaba  sonriendo — , 
a  veces  soy  dueña  de  unas  inquietudes  tan  extrava- 
gantes, que  me  doy  miedo;  por  ejemplo:  hoy  quisiera 
ser  bugambilia,  desgranarme  en  flores  y  deshacerme 
en  aromas;  sentir  el  beso  vaporoso  de  la  brisa,  jugue- 
tear con  un  rayo  de  luna  y  acariciar  con  mi  suntuosa 
cauda  episcopal  los  rizos  del  lago,  tan  suave,  tan  te- 
nuemente como  el  roce  halagador  de  una  ala  de  pa- 
loma. I 

Yo  reía  y  mí  sugestiva  compañera  de  barca,  rom- 
pía jadeante  con  los  remos  el  agua  azogada  y  un  plu- 
ral reguero  de  diamantes  se  moría  en  la  tremante 
estela. 

Y  ella  seguía  soñando,  habiendo  mohines  cuajados 


CERVAKTBS  93 

de  gracia  y  luciendo  el  donoso  atractivo  de  sus  dien- 
tes de  fiesta. 

— Mo,  mejor  quisiera  ser  gaviota,  tender  las  alas  y 
extraviarme  en  lo  azul,  o  garza,  con  mi  plumón  muy 
nítido  y  mi  cuello  muy  largo,  y  formar  un  nido  de 
amor  en  la  espesura;  en  fin,  salir  de  esta  monotonía 
gris,  dejar  de  ser  yo,  ser  estrella,  ser  rosa,  como  que- 
ría ser  la  princesa  de  la  «Sonatina»,  de  Darío... 

Mi  compañera  de  barca  era  raramente  exquisita; 
por  fortuna,  a  estas  gentilísimas  mujeres,  el  Padre 
Olvido  viene  a  desvirtuar  un  poco  sus  caprichos;  si 
no  se  morirían  de  anhelos,  y  por  lograr  sus  hiperes- 
tósicos  deseos  son  capaces  de  todo,  absolutamente  de 
todo. 

Princesas  ha  habido  que  dejan  su  elegante  alcoba 
azul,  tibiamente  perfumada  y  que,  en  busca  de  una 
vida  nueva,  se  largan  bonitamente  con  un  bohemio 
de  melena  lacia  y  de  corbata  loca.  ¿No  recuerdan  us- 
tedes la  ruidosa  fuga  de  aquella  gentilísima  Clara 
Ward?  Clara  Ward,  princesa  de  Caraman-Chimay; 
tal  vez  fatigada  de  la  nobleza,  de  la  vida  de  salón  y 
fastidiada  de  las  siempre  iguales  caricias  del  augusto 
compañero,  prefirió  nuevas  emociones  y  simpática- 
mente trocó  su  agregio  marido  por  un  violinista  zín- 
garo, que  se  llamaba  ¿cómo  se  llamaba?  se  llamaba 
Rigo;  y  después,  cínicamente,  cambió  a  Rigo,  prefi- 
riendo al  mozo  que  la  servía... 

¿Casos  clínicos?  Yo  no  sé,  ni  sabría  tampoco  llamar 
a  esas  refinadas,  «Bribonas»,  como  las  nombran  sin 
ningún  asomo  de  galantería,  los  cronistas  de  París, 
sólo  porque  después  de  cometer  un  crimen  o  una  es- 


94  CBRVANTBS 

tafa  aristocrática,  en  la  prisión  usan  para  dormir  pre- 
ciosas camisas  ornadas  con  encajes  caros,  y  a  las  cin- 
co de  la  tarde  toman  té  con  pastas  ricas. 

Hay  un  consuelo  para  ellas,  la  mayor  parte  de  es- 
tas sensitivas  «bien»,  son  tan  tornadizas,  que  hay 
momentos  que  quieren  ser  perla  y  momentos  que  sue- 
ñan ser  flor.  Todo  lo  olvidan. 

Ya  veréis;  hoy  interrogué  a  mi  sonrosada  compa- 
ñera de  barca: 

— ¿Recuerda  usted,  amiga  mia,  aquel  paseo  en  el 
lago,  cuando  usted  remaba  y  quería  ser  bugambilia, 
gaviota  o  garza  de  cuello  largo  y  de  nítido  plumón? 

— Sí,  mi  amigo,  lo  recuerdo:  era  una  barca  azul... 

— No,  amiga  mía,  recuerde  usted  bien,  no  era  una 
barca  azul,  era  una  barca  blanca... 

Guillermo  Jiménez. 

(Mexicano.) 


aERVANTBS  95 


NOTAS  HISPANOAMERICANAS 


Juveníud  Hispanoamericana 


La  Juventud  Hispanoamericana  se  reunió  en  el  Ateneo 
con  objeto  de  constituir  el  Consejo  de  Administración  que 
ha  de  regir  a  dicha  Sociedad  y  proceder  a  la  elección  de 
las  Secciones  que  componen  el  Comité  de  trabajos.  El  Con- 
sejo de  Administración  quedó  constituido  de  la  siguiente 
forma:  consejeros,  D.  Cristóbal  de  Castro,  D.  Fernando 
López  Monís,  señor  marqués  de  Villabrágima  y  señor  Con- 
de de  Santa  Engracia;  presidente,  D.  Vicente  Gimeno;  vice- 
presidentes, D.  Rafael  M.  de  Labra  y  D.  Tomás  Domín- 
guez Arévalo;  secretario  general,  D.  José  Luis  Pando  Baura; 
vicesecretario,  D.  José  de  la  Vega;  tesorero,  doctor  Moreno 
Zancudo;  contador-administrador,  D.  Luis  Ortiz  de  Rozas; 
secretario  de  actas,  D.  Leocadio  Martín  Ruiz,  y  biblioteca- 
rio, D.  Juan  Ignacio  Luca  de  Tena. 

El  Comité  de  los  trabajos  quedó  dividido  en  las  siguien- 
tes Secciones: 

Primero.  «Asociaciones  españolas  en  América»:  presi- 
Jente,  D.  Rafael  María  de  Labra;  vicepresidente,  D.  José 


96  CERVANTES 

Serrán;  secretario,  D.  José  de  la  Vega,  y  vocales,  D.  Leo- 
cadio Martin  Eniz  y  D.  Luis  Ortiz  de  Kozas. 

Segundo,  «Bellas  Artes>:  presidente,  don  José  Fran- 
cés; vicepresidente,  D.  Manuel  Falla;  secretario,  D.  Rafael 
Benedito;  vocales,  D.  Julio  Remoro  de  Torres,  Julio  Anto- 
nio y  D.  Miguel  Salvador. 

Tercero.  «Literatura»:  presidente,  D.  Alberto  Ghiral- 
do;  vicepresidente,  D.  Antonio  de  Hoyos  y  Vinent;  secre- 
tario, don  Juan  Ignacio  Luca  de  Tena,  y  vocales,  D.  Wen- 
ceslao Fernández  Flórez,  D.  Ramón  Goy  de  Silva  y  don 
Rafael  Calleja. 

Cuarto.  «Ciencias  hispanoamericanas»:  presidente,  doc- 
tor Moreno  Zancudo;  vicepresidente,  Sr.  Rey  Pastor;  secre- 
tario, doctor  Rodríguez  Vera,  y  vocales,  doctor  D.  Manuel 
P.  Retinto,  doctor  Sanz  de  Grado  y  doctor  Calvin  Redondo. 

Quinto.     «Emigración». 

Sexto.  «Propaganda  y  publicidad»:  presidente,  D.  Car- 
los Navarro  Lamarca;  vicepresidente,  D .  César  E.  Arroyo; 
secretario,  D.  Rafael  Maroto. 

Séptimo.  «Tmportación  y  exportación»:  presidente,  se- 
ñor marques  de  Villabrágima;  vicepresidente,  D.  Carlos 
Merino  Sagasta;  secretario,  D.  Enrique  Moret  y  del  Arroyo. 

Octavo.     «Periodismo».  .^ 

Noveno.  «Sección  jurídico  administrativa»:  presidente, 
señor  conde  de  Santa  Engracia;  vicepresidente,  señor  conde 
de  Limpias;  secretario,  D.  Luis  Ortiz  de  Rozas. 

El  nombramiento  del  Sr.  Giraeno  para  la  presidencia 
del  Consejo  de  Administración  de  la  Juventud  fílispano- 
americana  ha  sido  recibido  con  la  mayor  satisfacción  por 
todos  los  elementos  que  componen  dicha  entidad,  que  reco- 
nocen en  él,  además  de  sus  muchos  méritos,  su  actividad  y 


CBRVANTBS  9*? 

el  entusiasmo  que  guía  sus  propósitos.  El  nuevo  Consejo  de 
Administración  ha  sido  acogido  con  generales  simpatías. 

La  Juventud  Hispanoamericana  se  propone  difundir,  por 
España  y  las  naciones  americanas  de  idioma  español,  la 
conveniencia  mutua  de  una  alianza  espiritual  y, económica: 
establecer  el  intercambio  intelectual  y  comercial  entre  di- 
chas naciones  y  la  nuestra  por  medio  de  revistas,  periódi- 
cos, folletos,  libros,  conferencias,  viajes,  Asociaciones,  Con- 
gresos y  Tratados  y  cuantos  otros  les  sean  posible;  crear 
una  «Oficina  Hispanoamericana»  de  información,  consultas, 
administración  y  publicidad;  intervenir,  por  una  actuación 
pública  constante,  en  los  problemas  hispanoamericanos, 
alentando  toda  iniciativa  que  tienda  a  resolverlos  con  efica- 
cia. Para  desarrollar  estos  propósitos,  la  Juventud  Hispa- 
noamericana se  inspira  en  el  moderno  espíritu  de  asocia- 
ción y  federación,  constituyendo  su  Junta  central  en  Ma- 
drid y  en  provincias  y  en  las  naciones  hermanas  cuantas 
Juntas  locales  pueda  examinar. 

Américus 


98 


CERVANTES 


''EL  ESTUDIANTE^' 

DON  ANTONIO  MARÍA  SEGOVIA 

Algunos   datos   para  la   biografía  de   este  ilustre 

madrileño. 


En  el  primitivo  Madrid,  en  el  barrio  clásico  y  más 
caracteristico  de  su  recinto,  centro  entonces  del  mo- 
vimiento de  la  vida  comercial  y  cortesana,  conservan- 
do aún  el  esplendor  de  la  corte  de  los  Felipes,  no 
obstante  las  infinitas  luchas  políticas  y  las  grandes 
complicaciones  exteriores  e  interiores  a  que  dieron 
lugar  los  hombres  que  fueron  Gobierno  y  ocuparon 
altos  puestos;  en  la  calle  de  Calatrava,  la  que,  como 
hoy,  comenzaba  entonces  en  la  de  Toledo,  antigua- 
mente denominada  de  Mancebía,  e  iba  a  terminar  en 
la  de  los  Santos,  y  en  una  modesta  casa,  frontera  a  la 
antigua  quinta  y  parador  de  D.  Luis  Monroy  de  Ca- 
latrava, de  qnien  tomó  el  nombre  la  calle,  nació  el 
día  29  de  junio  de  1808  un  ilustre  madrileño,  D,  An- 
tonio María  Segovia  Izquierdo   Herrera  y  Ansaldo; 


CBRTANTH»  99 

casa  que,  para  resultar  aún  más  típica,  ostentaba  en 
su  fachada  una  imagen  que  representaba  el  Santísimo 
Cristo  de  las  Maravillas,  por  haber  sido  en  otro  tiem- 
po propiedad  de  las  monjas  conocidas  por  este  titulo. 
En  este  antiguo  cuartel  de  la  Villa,  donde  se  encon- 
traban el  hospital  de  Beatriz  Galindo,  la  iglesia  de  la 
Vera  Cruz  o  de  Nuestra  Señora  de  Gracia,  el  conven- 
to de  las  monjas  Franciscas  de  la  Concepción,  los  cé- 
lebres paradores  del  «Galgo»,  de  «San  Isidro»,  del 
«León  de  Oro»,  el  famosísimo  del  «Dragón»,  y  de 
cuyo  paraje  salían  los  ordinarios  y  diligencias  para 
los  sitios  reales  de  El  Escorial,  Segovia  y  La  Granja, 
así  como  toda  clase  de  galeras,  carros  y  carricoches, 
se  encontraba  la  iglesia  de  San  Andrés,  donde  fué 
bautizado  nuestro  señor  Segovia. 

Su  padre  se  llamaba  Fernando,  y  era  Doctor  en 
Filosofía  y  Leyes,  graduado  en  la  Universidad  de 
Granada;  fué  Relator  del  Tribunal  Supremo  de  Jus- 
ticia, como  su  progenitor  lo  había  sido  del  de  Indias. 
Cuando  los  franceses  invadieron  a  España,  después 
de  haber  contribuido  a  la  defensa  de  Madrid,  emigró 
a  Cádiz,  donde  estaba  el  Gobierno  legítimo.  Allí  si- 
guió desempeñando  su  plaza  hasta  que,  a  la  vuelta 
del  Rey  Fernando  VII,  libre  de  su  cautiverio  en  Fran- 
cia, regresó  a  Madrid,  donde  pronto  fué  destituido 
por  su  significación  liberal.  Sin  embargo,  como  goza- 
ba de  tan  buena  reputación,  no  tardó  en  conseguir, 
con  el  apoyo  de  un  hermano  suyo  llamado  Antonio, 
que  era  anticonstitucional,  el  ser  nombrado  (1815) 
Corregidor  de  Mancha  Real,  provincia  de  Jaén.  En 
1820,  promulgada  la  Constitución,  quedó  a  poco  ce- 


lOO  CERVANTES 

I 

sante.  Regresó  a  Madrid  y  pronto  le  hicieron  Juez 
de  primera  instancia  de  Utrera,  en  Sevilla,  y  después 
de  Cieza,  en  Murcia. 

En  1823  se  estableció  el  Gobierno  absoluto;  y  a 
pocO;  por  el  influjo  de  sus  hermanos,  volvió  al  anti- 
guo puesto  de  Mancha  Real;  de  aquí  pasó  a  ser  corre- 
gidor de  Los  Pedroches,  de  Córdoba,  y  allí  murió  de 
una  apoplejía  fulminante  el  6   de  diciembre  de   1825. 

Veamos  cómo  hace  el  retrato  do  sus  padres  el  pro- 
pio D.  Antonio  María  en  unas  noticias  genealógicas 
de  su  familia: 

«Para  hacer  el  debido  elogio  de  este  queridísimo 
»padre  mío,  necesitaría  llenar  muchos  pliegos.  Me  li- 
»mitaré  a  decir  que  estaba  adornado  por  el  cielo  de 
«todas  aquellas  virtudes  y  buenas  prendas  que  hacen 
»al  hombre  amable,  estimable  y  respetable,  no  faltán- 
»dole  otra  cosa  que  cierto  barniz  brillante,  sin  el  cual 
»el  verdadero  mérito  queda  siempre  obscurecido. 

»Era  de  muy  pequeña  estatura,  pero  fornido  y  de 
» complexión  robusta.  En  su  persona  acaso  nótenla 
»otro  defecto  que  la  cortedad  de  talla,  y  el  pelo,  que, 
>aunque  negro  y  fuerte,  era  lacio  y  se  le  caía  pronto. 
»E1  color  era  claro  y  sonrosado;  ojos  hermosos,  aun- 
»que  por  temprana  cortedad  de  vista,  como  todos  sus 
»hermanos,  necesitó  muy  temprano  lentes  y  después 
«perpetuas  gafas.  La  frente,  despejada;  nariz,  aguile- 
Ȗa;  boca  muy  bonita,  con  labios  rojos  y  finos;  la  bar- 
»ba,  fina,  pero  muy  espesa  y  bien  repartida  y  le  Ue- 
»gaba  hasta  los  ojos.  Tenía  todo  el  cuerpo  literalmen- 
»te  cubierto  de  vello  muy  fino;  el  brazo,  musculoso; 
»la  pierna,  muy  bien  hecha;  la  mano  y  el  pie,  capaces 


CBRVANTKS  101 

»de  dar  envidia  a  una  doncella  por  lo  perfecto  de  la 
«conformación,  la  blancura  y  lo  sonrosado  de  la  tez 
»y  la  acanutada  regularidad  de  las  uñas.  No  era  ágil 
»para  los  ejercicios  corporales,  pero  tenía  una  fuerza 
» muscular  prodigiosa.  Era  de  ánimo  esforzado  y  de 
»un  valor  físico  que  rayaba  en  temeridad,  de  lo  cual 
»vi  muchos  ejemplos,  y  con  esto,  tan  opuesto  al  uso 
» de  las  armas,  que  jamás  creo  había  manejado  nin- 
»guna. 

»Como  fenómeno  curioso,  diré  de  él  que  su  cuerpo 
«exhalaba  una  natural  fragancia  incomparable,  de 
«manera,  que  la  almohada  sobre  que  había  reclinado 
»la  cabeza  o  la  ropa  que  se  desnudaba  parecían  como 
» perfumadas  con  ricas  esencias,  prueba  de  su  buena 
»salud  y  de  su  mucho  aseo,  pues  en  la  limpieza  era 
«extremado.  Y  al  mismo  tiempo  había  en  su  traje 
«cierto  desaliño;  además  que  desdeñaba  todo  lo  que 
»era  adorno  de  la  persona,  nunca  le  vi  ponerse  sorti- 
»jas,  ni  cadenas,  ni  corbatas,  ni  chalecos  de  lujo.  Era 
«pausado  en  el  andar  y  en  sus  ademanes,  pero  para 
«hablar  tenia  viveza,  y  tanta  gracia  y  donaire,  de  eso 
«que  los  franceses  llaman  sprit^  que  la  menor  cosa  en 
«su  boca  hacía  reír  a  cualquiera:  sólo  él  era  el  que  no 
«se  reía.  Tenía  tono  particular  para  el  mando,  y  la 
«autoridad  era  en  él  como  cosa  natural.  Muchas  veces 
«le  vi  dar  órdenes  a  los  delincuentes  de  irse  a  la  cár- 
«cel,  y  ellos  iban;  tal  era  su  prestigio. 

«Donde  D,  Fernando  María  Segovia  mandaba,  no 
«había  robos,  ni  violencias,  ni  estafas,  ni  fraudes;  bien 
«que  esto  le  granjease  no  pocos  enemigos.  Porque  en 
«un  proceso  le  pareció  haber  dado  una  providencia 


102  CBRVANTBS 

»ÍDJusta  (en  Mancha  Real),  él  mismo  la  anuló  y  se 
» condenó  a  sí  propio  en  las  costas.  Los  escribanos  de 
»su  Juzgado  andaban  siempre  descontentos,  porque 
»como  los  tales  engordan  con  los  enredos  y  dilaciones 
»de  los  pleitos,  llevaban  muy  mal  que  mi  padre  tran- 
»sigiese  tantos  y  abreviase  todos.  Su  pureza  era  exce- 
»siva,  y  ni  admitía  regalos  ni  aun  de  los  amigos  ínti- 
» mos;  así  es  que  siempre  vivió  y  murió  pobre.  Comía 
«mucho,  pero  no  bebía  casi  vino  y  jamás  licores.  Era 
»algo  poeta  y  músico  y  tocaba  la  guitarra  con  primo- 
»rosa  delicadeza.  De  sus  composiciones  poéticas,  to- 
»das  ellas  ligeras  y  de  circunstancias,  nunca  quiso  im- 
»primir  ninguna. 

»Mi  madre,  doña  Antonia  Izquierdo  y  Ansaldo, 
«formaba  un  gran  contraste  con  su  marido.  Nació  en 
» Madrid,  tuvo  una  educación  muy  descuidada  en 
» cuanto  a  conocimientos;  pero,  sin  duda,  recibió  bue- 
»nas  lecciones  y  ejemplos  de  virtud  y  de  modestia, 
» porque  yo  la  he  conocido  muy  joven  todavía  y  de 
»buen  parecer  y  jamás  he  visto  en  ella  la  menor  ac- 
»ción  reprensible,  ni  sombra  de  ese  vicio  general  de 
»la8  mujeres  que  solemos  bautizar  con  el  nombre 
«francés  de  coquetería.  No  era  bonita  de  cara;  pero 
» tenía  buenos  ojos,  un  talle  airoso,  y  era  muy  regu- 
»larmente  conformada.  Se  vestía  bien  y  sus  modales 
»  eran  finos.  Amaba  apasionadamente  a  su  marido  y  a 
»sus  hijos.  Era  de  genio  demasiado  vivo,  cualquier 
»cosa  la  apuraba;  se  irritaba  a  la  menor  contradic- 
«ción,  veía  peligros  donde  no  los  había;  soñaba  con 
«riesgos  imaginarios;  el  menor  contratiempo  la  afligía 
«pr-fundatuentej  y  de  nada  se  alegraba,  porque  aun 


CERVANTES  103 

»en  los  sucesos  más  prósperos  siempre  encontraba  un 
»punto  de  vista  funesto.  Asi  pasó  una  vida  agitada  y 
«atormentada  siempre.» 

Poco  es  preciso  variar  el  retrato  que  antecede  del 
padre  de  «El  Estudiante»  para  que  el  lector  pueda 
formarse  idea  de  cómo  era  este  madrileño,  honra  del 
pueblo  que  le  vio  nacer;  tan  sólo  son:  la  estatura, 
puesto  que  «El  Estudiante»  era  mucho  más  alto,  y  su 
complexión,  pues  era  enjuto  de  carnes,  circunstan- 
cia esta  que  le  permitía  ser  mucho  más  ágil  que  su 
padre;  en  todo  lo  demás  era  un  retrato  de  aquél;  buen 
corazón,  mucha  honradez,  liberalidad  y  generosidad 
sin  tasa,  talento  y  gracia,  pues  era  de  imaginación 
muy  viva.  Pasó  algunos  años  de  su  niñez  con  su 
abuela  paterna,  doña  María  de  la  Concepción  Herre- 
ra, a  quien  debió  su  primera  educación;  señora  ésta 
que  tenía  mucho  talento,  alcanzando  gran  repatación 
de  mujer  instruida,  cosa  extraña  en  aquella  época; 
estuvo  siempre  rodeada  de  hombres  doctos,  magistra 
dos,  obispos  e  inquisidores  que  gustaban  de  su  trato  y 
conversación,  y  que  acudían  diariamente  a  su  magní- 
fica casa  de  la  Carrera  de  San  Francisco,  por  ser  su 
marido  Relator  del  Consejo  de  Indias,  cargo  de  gran- 
dísima importancia  entonces. 

Siguió  luego  sus  estudios  en  Cádiz,  G-ranada  y  Ma- 
drid, por  causa  de  las  vicisitudes  por  que  pasó  su  fa- 
milia, debidas  a  las  revueltas  políticas  de  aquel  tiem- 
po, dedicándose  más  tarde  a  la  carrera  diplomática, 
después  de  haber  estudiado  con  gran  provecho  Filo- 
sofía y  Leyes;  fué  diputado  a  Cortes,  Cónsul  en  Sin- 
gapoore,  Nueva  Orleans  y  Santo  Domingo;  represen- 


104  CERVANTES 

tó  a  España,  en  misión  extraordinaria,  en  la5?  célebres 
Conferencias  Sanitarias  de  Constantinopla,  y  fué  vo- 
cal de  la  Junta  directiva  de  la  Asociación  Española 
para  la  reforma  de  los  Aranceles  de  Aduanas,  entre 
otros  muchos  cargos  que  desempeñó. 

Su  principal  ocupación  fué  siempre  cultivar  su  en- 
tendimiento y  su  fecundísima  imaginación  y  sagaz 
critica  para  aprovechar  el  de  los  demás;  siempre 
deseoso,  ansioso  de  ampliar  y  multiplicar  sus  ideas, 
estudió  los  pasados  siglos  recogiendo  el  espíritu  de 
ilustres  varones,  conversó  con  ellos  en  su  propia  len- 
gua, con  lo  que  enriqueció  la  suya;  recorriendo  todas 
las  literaturas,  obtuvo  los  materiales  útiles  lingüísti- 
cos extranjeros  y  nacionales  para  aumentar  el  tesoro 
del  habla  nacional.  Dotado  de  una  feliz  organización 
para  poder  amar  lo  bueno,  lo  hermoso  y  verdadero 
en  todo,  disfrutaba  también  de  una  fecunda  facilidad 
para  expresar  su  pensamiento,  agradar  a  los  demás 
hombres,  instruirlos,  adoctrinarlos  y  servirlos  delei- 
tándolos. 

Distinguióse,  además,  el  Sr.  Segovia  por  su  co- 
rrección académica,  su  estilo  ameno  y  jovial  y  su 
castizo  lenguaje.  Fué  un  felicísimo  imitador  de  La- 
rra, en  sus  artículos  satírico  políticos.  Hablaba  co- 
rrectamente francés,  inglés  e  italiano,  siéndole  tam- 
bién familiares  el  latín,  el  griego,  la  antigua  lengua 
de  los  brahamanes,  el  sánscrito  y  el  hebreo,  y  fué  uno 
de  los  más  hábiles  y  expertos  taquígrafos  de  su  tiem- 
po. Perteneció  también  a  la  redacción  del  Diario  de 
Sesiones,  del  Congreso  de  los  Diputados.  Era  muy 
aficionado  e  inteligente  en  música,  y  aunque  no  con 


CERVANTES  105 

grau  maestría,  tocaba  con  exquisito  gusto  el  piano.  En 
política  figuró  siempre  como  moDarquico-liberal,  y 
en  sus  numerosos  escritos  descifróse  con  el  seudóni- 
mo de  «El  Estudiante»  y  el  de  «El  Cócora».  Falleció 
en  Madrid  el  día  14  de  enero  del  año  1874,  en  el  edi- 
ficio de  la  Academia  Española,  entonces  establecida 
en  el  núm.  26  de  la  calle  de  Valverde.  Don  Manuel 
Tamayo  y  Baus,  que  faé  el  sucesor  de  «El  Estudian- 
te» en  aquella  docta  casa,  al  dar  cuenta  de  los  acadé- 
micos fallecidos  desde  1871  a  1875  en  la  Memoria  de 
este  último  año,  decía  entre  otras  cosas:  «Segovia, 
^gramático  y  filólogo,  escritor  castizo,  de  inteligencia 
»pronta  y  aguda,  de  singular  expedición,  de  urbano 
»y  siempre  tempestivo  donaire...» 

En  27  de  febrero  de  1845  faé  nombrado  individuo 
de  número  de  la  Real  Academia  Española,  y  en  fe- 
brero de  1847  de  la  de  Bellas  Artes. 

El  Sr.  Segovia  contrajo  matrimonio  en  esta  Corte 
con  D.*  Ana  Cabañero  y  Retamosa,  el  día  7  de  sep- 
tiembre de  1833.  Esta  señora  era  hija  de  D.  Tomás, 
licenciado  en  leyes,  guardia  de  Corps,  gentilhombre 
de  Su  Majestad  y  administrador  del  Buen  Retiro,  en 
cuya  parroquia,  donde  vivía  en  casa  que  a  la  suya 
daba  el  Rey,  casó  su  hija.  La  señora  de  Cabañero  era 
granadina,  de  espléndida  belleza,  talento  y  gracia  na- 
tural, cualidades  que  hacía  realzar  aún  más  su  esme- 
radísima educación;  muy  buscada  en  la  buena  socie- 
dad y  en  los  salones  célebres  de  su  época,  y  en  el  bu- 
llicio de  la  Corte  figuraba  siempre,  y  llamábanla  fami- 
liarmente doña  Anita;  conservó  hasta  en  los  últimos 
años  de  su  vida  el  don  de  gentes,  y  su  hermosura  y 


106  CERVANTES 

gracejo  ingenuo.  Vivió  muchos  años  en  París,  y  el 
saloncito  de  su  casa  del  Faubourg  Saint  Honoré,  nú- 
mero 195,  fué  punto  de  reunión  de  cuantos  españoles 
fueron  por  entonces  a  la  capital  de  Francia  que  re- 
presentaran algo  en  el  mundo  de  las  Artes,  de  las 
Ciencias  y  en  el  de  la  buena  sociedad.  Murió  en  Ma- 
drid el  día  2  de  enero  de  1890,  el  mismo  día  que  el 
inolvidable  Jalián  Gayarre. 

En  la  Exposición  de  retratos  de  mujeres  españolas, 
organizada  por  los  «Amigos  del  Arte»  en  1918,  figu- 
ró uno  debido  al  pincel  del  eminente  artista  D.  Vi- 
cente López,  de  doña  Anita,  que  llamó  poderosamen- 
te la  atención  de  los  inteligentes  y  aficionados  por  la 
belleza  del  modelo  y  la  admirable  ejecución  del 
pintor. 

«El  Estudiante»  vivió  en  aquel  tiempo,  que  será 
siempre  glorioso  en  los  anales  literarios  de  España,  en 
que  apareció  la  aurora  espléndida  del  romanticismo, 
y  aparecen  «Fígaro»,  cuyas  donosuras  se  ríen  aún  y 
su  azote  aún  duele;  el  «Don  Alvaro»,  del  Duque  de 
Rivas;  «El  Trovador»,  de  García  Gutiérrez;  los 
«Amantes  de  Teruel»,  de  Hartzenbusch,  y  surge  al 
borde  de  la  tumba  de  un  Juvenal  que  empezaba  a  flo- 
recer, del  malogrado  Larra,  la  romántica  figura  del 
autor  de  «Don  Juan  Tenorio». 

¡Loor  a  los  Giles,  Roca  de  Togores,  Pastor  Díaz, 
Vegas,  Peñalveres,  Ochoa?,  Esproncedas,  Segovias, 
Escosuras,  Quirogas,  Madrazos,  Mesoneros  Romanos  y 
tantos  otros,  que  sería  imposible  citar  en  un  artículo 
de  periódico,  y  que  florecieron  en  aquellos  días  en  que 
yivió  «El  Estudiante»!  Trabajó  éste  mucho  y  puede 


'>!) 


CERVANTES  Í07 

afirmarse  que  su  nombre  figuró  en  los  infinitos  perió- 
dicos y  revistas  que  se  publicaron  en  la  Corte  desde  el 
año  1833  hasta  su  muerte,  y  su  nombre  se  registra  en 
cuantas  manifestaciones  literarias  de  alguna  impor- 
tancia ocurrieron  por  entonces  en  el  Liceo,  el  Ateneo, 
las  Academias  o  las  famosas  reuniones  literarias  que 
se  celebraron  en  casas  particulares,  como  fueron,  en- 
tre otras,  las  del  Marqués  de  Molins,  de  Escosura  y  del 
escultor  Piquer,  en  la  calle  de  Leganitos,  que  constru- 
yó en  su  propia  casa  un  teatrito  muy  lindo,  que  aún 
conocimos  nosotros. 

De  todas  estas  tertulias,  la  principal,  por  la  calidad 
y  número  de  personas  que  la  componían,  fué  la  del 
Marqués  de  Molins,  en  su  salón  del  piso  bajo  izquier- 
da, de  la  casa  número  28  de  la  calle  del  Prado,  a  las 
que  Hartzenbusch  llamaba  «treguas  dulces  de  afanosas 
atareas,  de  acalorados  debates  políticos,  y  aun  de  pe- 
»sadumbres  domésticas»;  pero  que  fueron  siempre  pa- 
lenque de  ingenio  y  capítulos  interesantísimos  de  la 
historia  literaria  de  aquellos  ya  muy  lejanos  días. 

Por  lo  común,  la  época  de  estas  reuniones  literarias 
era  en  fiestas  de  Navidad.  Para  celebrar  la  de  1851  se 
hizo  una  especie  de  certamen,  en  que  veintiún  poetas 
contestaron  al  soneto  invitatorio  de  Molins,  con  otros 
en  que  se  repetían  los  mismos  consonantes.  G-losólos 
luego  el  Marqués  en  octavas  y  se  improvisaron,  ade- 
más, nuevos  sonetos  de  varia  índole,  a  pesar  de  la  iden- 
tidad de  la  rima,  en  tan  amena  reunión.  En  1853,  sien- 
do Molins  ministro  de  Marina,  la  fiesta  de  Navidad 
tomó  la  forma  de  un  expediente  gubernativo.  Iniciólo 
Bretón  de  los  Herreros,  con  un  memorial,  que  luego 


108  CERVANTES 

corrió  por  informes,  trámites,  extractos,  consultas  y 
notas,  admirable  por  el  ingenio,  gala  de  pensamientos 
poéticos,  festivos  unos  y  serios  otros;  pero  todos  ricos 
en  belleza,  que  a  tanto  se  presta.  En  1854  la  fiesta 
anual  tomó  la  forma  epistolar  y  las  numerosas  cartas 
fueron  todas  contestadas  por  Molins,  ausente  por  cau- 
sa de  la  revoluciód.  En  1856  las  infinitas  composicio- 
nes ofrecidas  al  Marqués  fueron  por  éste  colecciona- 
das en  un  tomo  titulado  «Las  cuatro  Navidades»,  cuya 
edición  se  hizo  en  la  Imprenta  Nacional,  y  entregada 
luego  a  la  Junta  de  Damas  de  Honor  y  Mérito,  y  ven- 
dida en  provecho  de  la  Inclusa  de  esta  corte.  En  este 
tomo,  lujosamente  editado,  figuran  43  escritores  de  los 
más  notables,  y  en  él  se  publicó  de  «El  Estudiante», 
una  carta  en  verso  y  en  esdrújulos  en  jeroglíficos,  di- 
bujados admirablemente  por  don  Federico  de  Madra- 
zo,  correspondiente  a  la  Navidad  de  1853,  en  la  cual 
aceptaba  la  invitación  a  la  comida  del  Marqués  y  anun- 
ciaba a  éste  su  viaje  a  Nueva  Orleans,  para  donde  a  la 
sazón  estaba  nombrado  Cónsul. 

En  la  Navidad  de  1857,  la.  justa  poética,  el  epistola- 
rio, la  Guirnalda  poética^  llegó  a  ser  periódico,  con  el 
titulo  de  «El  Belén»,  del  que  sólo  se  publicaron  dos 
números,  uno  la  noche  del  24  al  25  de  diciembre,  y 
otro,  poco  después,  reimprimiendo  en  1886,  Molins, 
las  composiciones  contenidas  en  las  dos  ediciones  ci- 
tadas y  algunas  otras  «que  no  cupieron  ni  en  una  ni 
»en  otra,  por  llegar  tarde  a  la  redacción»,  en  un  pre- 
cioso tomito  impreso  en  la  imprenta  de  A.  Pérez  Du- 
bruU.  En  este 


CERVANTES 


109 


I 


«Dulce  periódico,» 
«Moral,  civilizador,» 
«Divino  y  humanitario,» 
«De  placer  y  de  aflicción,» 

según  el  señor  Marqués  de  Molias,  cuyo  precio  en  ven- 
ta fué  de  dos  reales,  escribió  «El  Estudiante»,  la  re- 
vista del  año  de  1857. 

La  Navidad  de  1859  la  festejó  esta  tertulia  histo- 
riando nuestra  guerra  con  los  moriscos  cantando  las 
glorias  de  nuestros  bravos  soldados  en  el  «Romance- 
ro de  la  Guerra  de  África».  Finalmente,  en  1862, 
Ventura  de  la  Vega  dio  lectura  a  la  reunión  de  su 
obra  «La  muerte  de  César». 

El  señor  Segovia,  como  aquéllos  inolvidables  varo- 
nes, dejó  diseminada  la  labor  inmensa  de  correcta  y 
concienzuda  critica  y  todas  sus  obras  casi  perdidas; 
por  eso  es  muy  difícil,  hoy,  analizarlas  y  comentarlas. 
Asi  como  Fígaro  tuvo,  como  enemigo  literario,  a  Bre- 
tón de  los  Herreros,  quien  en  su  comedia  «Me  voy  de 
Madrid»,  alude  a  Larra,  por  su  viaje  a  París,  ausencia 
que  supone  motivada,  entre  otras  causas,  al  desprecio 
de  una  mujer,  causa  que  no  es  cierta;  «El  Estudiante» , 
sin  que  sepamos  la  causa,  encontró  el  suyo  en  la  Se- 
cretaría de  la  Academia  Española,  don  Antonio  Fe- 
rrer  del  Río,  de  cuyo  talento  siempre  hizo  el  señor 
Segovia  grandes  elogios,  comentando  muy  favorable- 
mente la  mejor  de  sus  obras,  que  fué  la  historia  de 
Carlos  III;  sin  embargo,  este  correcto  escritor,  en  la 
suya  «Galería  de  la  literatura  Española»,  en  la  página 
317,  dice,  entre  otras  cosas,  lo  siguiente  de  Segovia: 


lio  OBRVANTK» 

«Falta  en  sus  obras  imaginación  y  sentimiento:  cada 
»uno  de  sus  artículos  es  un  laborioso  parto;  zurce  pa- 
» labra  a  palabra  y  forma  un  período  en  buen  castella- 
»no;  derrama  una  gota  de  veneno  para  que  haga  el 
»oficio  de  chiste;  si  no  lo  consigue,  todo  articulo  suyo 
»se  cae  de  las  manos  por  insulso...» 

Don  Antonio  María  de  Segovia  fué  nombrado  indi- 
viduo de  número  de  la  Real  4-cademia  Española  en  27 
de  febrero  de  1845,  siendo  entonces  la  recepción  de 
sus  miembros  un  acto  privado,  hasta  el  año  1847,  en 
que  empezaron  las  sesiones  públicas,  leyendo  el  nue- 
vo Académico  un  discurso,  al  que  contesta  el  Direc- 
tor o  un  miembro  de  la  Corporación,  comisionado  al 
efecto.  Los  discursos  anteriores  ala  época  citada  fué 
propósito  de  la  Academia  publicar  en  sus  Memorias, 
«aquéllos  que  por  el  interés  del  asunto  y  la  manera 
»de  tratarle,  parezcan  más  dignos  de  la  atención  del 
» público»,  ignorando  si  el  de  «El  Estudiante»  fué  o 
no  publicado. 

Al  ser  nombrado  en  27  de  junio  de  1865  Director 
interino  de  la  Academia  jiispañola  el  Marqués  de  Mo- 
lins,  dejó  éste  vacante  la  plaza  de  Censor,  siendo  pro- 
puesto para  dicho  cargo  el  señor  Segovia,  confiriendo 
aquel,  no  obstante,  al  Conde  de  Cheste.  Formó  parte 
de  la  «Comisión  de  Diccionario»,  de  la  que  fué  presi- 
dente accidental;  de  la  «Comisión  de  Gramática»,  en 
cuya  edición  de  1870,  gracias  a  sus  gestiones,  aparece 
incluida  la  Prosodia  castellana  «nunca  publicada  por 
la  Academia  Española»;  tomó  parte  muy  activa  en  la 
publicación  de  un  «Compendio»,  de  un  «Epítome  de 
Analogía  y  Sintaxis»   y  de  un   «Prontuario  de  Orto- 


CERVANTES  111 

grafía»,  adaptados  a  los  diversos  grados  de  enseñanza; 
en  el  «Compendio»  aparecía,  formado  con  la  ini- 
cial de  los  primeros  párrafos  del  libro,  el  nombre  de 
Antonio  María  Segovia. 

Fué  este  Académico  el  décimo  primer  Secretario 
perpetuo  de  la  Academia  Española,  desde  la  funda- 
ción de  ésta  en  1713,  electo  en  4  de  diciembre  de 
1873  por  fallecimiento  de  su  más  intimo  amigo,  don 
Manuel  Bretón  de  los  Herreros,  y  a  quien  había  sus- 
tituido accidentalmente  desde  1869. 

La  firma  de  «El  Estudiante»  figuró  en  numerosí- 
simos trabajos  en  los  siguientes  periódicos,  que  se- 
pamos: 

Año  1833. — Semanario  Critico,  Madrid. 

1834. — El  Artista,  periódico  literario  fundado  por 
D.  Federico  Madrazo,  en  unión  de  su  cuñado  D.  Eu- 
genio Ochoa  y  del  Conde  de  Campo  Alange. 

1836. — M  Jorobado.  Fueron  redactores  también  de 
este  curioso  periódico,  que  se  publicó  desde  1.°  de 
marzo  a  10  de  agosto,  Ramón  de  Castañeyra,  Juan 
López  Peñalver  y  Manuel  Valdés. 

1836-40. — El  Mundo,  diario  del  pueblo.  Madrid. 
Imprenta  T.  Jordán. 

1838. — Nosotros,  periódico  satírico,  político  y  lite- 
rario. Madrid,  imprenta  A.  Cubas  y  en  la  de  Nosotros. 

1838-42. — El  Correo  Nacional,  periódico  diario  mo- 
nárquico constitucional.  Madrid,  imprenta  de  la  Com- 
pañía Tipográfica  y  en  la  de  El  Co7'reo  Nacional. 

1838  39. — Abenamar,  capricho  periodístico  satírico. 
El  R<itudiante,  ambos  imprenta  Compañía  Tipográfica. 

1839-40.— í;Z  Piloto.  Madrid,  imprenta  T.  Jordán. 


112  CERVANTES 

1860. — El  Cócora,  «revista  de  flaquezas  humanas, 
escrita  por  una  Sociedad  de  sabios  taa  modestos  como 
bellacos  y  dedicada  a  la  gente  mordaz,  risueña  y  ma- 
leante», Madrid,  imprenta  de  Galiano. 

En  una  noticia  autobiográfica  do  D.  Juan  V^alera, 
escribe  lo  siguiente:  «...  A  mi  vuelta  de  París,  en  la 
primavera  de  1860,  vino  a  buscarme  Segovia  (El  Es- 
tudiante) para  que  con  él  escribiese  una  revista  satí- 
rico-literaria titulada  El  Cócora,  donde,  en  efecto, 
escribí  bastante,  y  él  y  yo  encocoramos  a  todos  los 
literatos  ramplones  o  a  los  que  tales  creíamos.  Nunca 
había  estado  tan  lejos  de  la  política,  a  pesar  de  fser 
Diputado  y  de  la  oposición.  Segovia  y  yo  pensamos 
escribir  y  publicar  juntos  una  colección  de  cuentos,  y 
pusimos  manos  a  la  obra  o,  mejor  dicho,  la  puse  yo, 
escribiendo  la  introducción  y  un  cuento  que  imprimí 
mos,  formando  la  primera  entrega  del  primer  tomo, 
pues  el  «Florilegio»  había  de  tener  muchos.  Pero  ni 
Segovia  ha  escrito  nada,  ni  yo  tampoco,  y  la  entrega 
primera  está  sin  publicar,  esperando  la  segunda.  A 
El  Cócora  también  le  dimos  muerte,  más  que  por  falta 
de  suscripción,  por  pereza.» 

1865. — El  Progreso,  revista  quincenal  de  Ciencias, 
Letras  y  Artes. 

1869. — El  Boletín  Oficial  del  Ayuntamiento  de  Ma- 
drid, Ilustración  Española  y  Americana  y,  finalmente, 
en  El  Tiempo,  El  Corifeo  de  las  Damas,  El  Español, 
El  Correo  Nacional,  El  Semanario  Pintoresco  Español, 
El  Museo  de  las  Familias,  La  América^  etc. 

Sus  obras  dramáticas  fueron,  entre  otras: 

La  embajadora,  ópera  en  tres  actos,  ejecutada  por 


i 


CERVANTES  113 

primera  vez  en  Madrid  en  el  teatro  de  la  Zarzuela, 
en  septiembre  de  1858,  letra  de  Scribe  y  Saint-Geor- 
ges,  música  de  Auber.  En  una  advertencia  al  que  le- 
yere en  el  ejemplar  de  esta  obra  dice  «El  Estudian- 
te*, entre  varias  cosas:  «...  el  autor  de  L'Ambassadri- 
»ce,  impone  la  obligación  de  respetar  el  texto  musical 
»tan  escrupulosamente  como  se  ha  hecho  en  la  pre- 
»sente  traslación  a  nuestra  escena  de  aquella  ópera 
» cómica  francesa...  La  traducción  libre,  libérrima,  o 
»el  arreglo,  como  dicen  ahora,  de  la  parte  dialogada, 
»me  ha  presentado  también  un  gran  escollo...  La  es- 
»c6na  y  el  dúo  con  que  da  principio  el  segundo  acto, 
»son  de  letra  y  música  enteramente  originales.» 

¿Cuál  de  los  tres  es  el  tío?  Comedia  original  en  un 
acto  y  en  prosa,  estrenada  en  abril  de  1851.  La  acción 
en  1826,  cerca  de  G-ranada. 

El  Peluquero  en  él  baile.  Pieza  cómica  en  un  acto, 
imitada  del  francés,  1840.  La  escena  se  supone  en 
Madrid.  El  ejemplar  que  conocemos,  del  editor  Boix, 
tiene  la  siguiente  nota:  «Examinada  esta  comedia,  no 
»hallo  inconveniente  en  que  su  representación  se  au- 
»torice  con  la  supresión  hecha. — Madrid,  ¡28  mayo  de 
»1867. — El  Censor  de  Teatros,  Narciso  S.  Serra. — 
>  Queda  hecha  la  supresión  marcada  por  el  señor 
«Censor.» 

Trapisondas  por  bondad.  Comedia  en  un  acto,  saca- 
da de  una  pieza  cómica  de  Marc-Michel  y  Albert 
Maurin.  La  escena  en  Madrid.  Representada  por  pri- 
mera vez  en  el  teatro  del  Principe,  el  dia  20  de  agos- 
to de  1842. 

Vida  prosaica.  Comedia  en  un  acto,  imitación  de  la 

8 


114  CERVANTES 

que  escribió  en  francés  Mr.  Octave  Feuillet  con  el  ti- 
tulo de  Le  Villaje,  estrenada  en  el  teatro  Variedades, 
el  dia  22  de  enero  de  1861.  En  el  ejemplar  va  prece- 
dida la  obra  de  una  carta  lacrimatoria  dirigida  a  Ven- 
tura de  la  Vega,  en  que  se  expUca  que  la  obra  fué 
dada  a  la  estampa  por  deseo  de  éste  y  del  escultor 
Piquer;  que  fué  muy  mal  representada  y  mal  presen- 
tada por  una  compañía  dirigida  por  Arjona,  y  que  al 
liquidar  el  autor  sus  Derechos,  con  la  empresa,  «tuvo 
»que  poner  encima  ¡diez  y  siete  reales! •» 

En  la  primera  escena  tiene  esta  obra  la  siguiente 
acotación: 

«Nota. — Esta  pausa  durará  hasta  que  haya  dejado 
»de  hacer  ruido  el  último  tonto  de  los  que  llegan 
tarde.» 

El  gorro  de  dormir.  Pieza  cómica  en  un  acto,  tra- 
ducida libremente  del  italiano,  estrenada  en  11  de  fe- 
brero de  1868. 

Además  escribió  las  siguientes  obras,  de  las  que  no 
tenemos  datos  ciertos  relativos  a  la  fecha  en  que  fue 
ron  representadas:    La  abdicación  de  una   Reina,   La 
Gramática,  Don  Pacifico,  A  un  coharde  otro  mayor  y 
Las  aventuras  de  un  ahogado. 

Otros  trabajos  especiales  y  concienzudos  de  «El 
Estudiante»,  fueron: 

«Los  anónimos,  los  anonimistas  v  los  anoniroados», 
que  vio  la  luz  en  el  númaro  33  de  La  Ilustración  Es- 
pañola y  Americana,  de  1873,  cuyo  trabajo  crítico  fué 
el  último. 

Contestaciones  a  los  discursos  de  D.  Antonio  Ar- 
nao,  gobre  el  tema:   «Del  drama  lírico  y  d?.  la  lengua 


CERVANTB8  ll5 

castellana  como  elemento  musical»,  y  de  D.  Manuel 
Cañete,  cuyo  asunto  fué:  «Paralelo  de  Garcilaso, 
Fr,  Luis  de  León  y  Rioja». 

«Manual  del  viajero  español,  de  Madrid  a  París  y 
Londres».  (Madrid,  1851;  8.°,  con  grabados.) 

«Una  esquela  de  un  ateo>,  artículos  publicados  en 
la  revista  titulada  La  defensa  de  la  Sociedad,  Ma- 
drid 1872. 

«Cervantes   nueva  utopia>,   de  cuyo  trabajo  dice 

I  el  Sr.  Fernández  de  ios  Ríos  en  su  guía  de  Madrid: 
«aceptando  el  malogrado  escritor  D.  Antonio  María 
»Segovia  una  de  las  mejoras  que  propusimos  en 
» nuestro  libro  «El  futuro  Madrid»,  publicó  en  el 
»B.  O.  del  Ayuntamiento,  de  Madrid,  de  10  de  mayo 
»de  1869,  y  reimprimió  en  un  folleto,  un  curioso  pro- 
»yecto  para  formar  en  este  sitio  (enlace  de  la  Florida 
»y  la  Moncloa  con  la  Castellana),  una  nueva  población 
»de  casas  de  campo  consagrado  a  la  memoria  de  Cer- 
vantes, donde  pudieran  establecerse  los  hombres 
3Íentíficos,  »los  literatos,  artistas,  labradores  y  menes- 
;rales.» 

«Cobden,  hombre  práctico».  A  la  muerte  de  Ricar- 

lo  Cobden,  célebre  economista  inglés,  la  Asociación 

Sspañola  para  la  reforma  de  los  Aranceles  de  Adua- 

as,  publicó  como  homenaje  de  respeto  y  cariño  aquel 

abio  maestro  de  la  Liga  de  Manchester,  un  libro  en 

ayo  de  1865,  en  que  figuraban  artículos  también  de 

uis  María  Pastor,  Moret,  Figuerola,  Sanronia,  San- 

ago  Diego  de  Madrazo,  Conde  de  Ripalda,  Orense, 

abriel  Rodríguez,  etc.,  etc. 

Bn  el  Boletín  de  la  A.  E.,  en  su  año  primero,  tomo 


116  CERVANTE 

I,  correspondiente  al  mes  de  junio  de  1914,  se  pu- 
blicó el  trabajo  «Neologismo  y  arcaísmo»,  de  donde 
son  los  siguientes  datos: 

«Las  dos  notas  que  siguen  y  el  informe  que  las 
» acompaña  pertenecen  a  la  castiza  y  elegante  pluma 
»de  D.  Antonio  María  Segovia,  uno  de  los  más  ilus- 
»tres  individuos  que  tuvo  esta  Academia»  (su  fecha 
5  de  diciembre  de  1859). 

Este  trabajo  fué  debido  al  acuerdo  de  la  Academia, 
de  publicar  un  «Diccionario  de  Neologismos»,  y  en 
él  dice  el  autor:  «explicar  el  objeto   de  éste  es  fácil». 

...esta  obra  debe  tratar  a  fondo  del  vicio  llamado 
•»  Neologismo;  catalogar  las  voces  y  locuciones  nueva- 
» mente  introducidas,  historiarlas,  clasificarlas  de  ad- 
»misibles  o  innecesarias;  aconsejar  la  formación  de  las 
«primeras;  explicar  la  oportuna  sustitución  de  las  úl- 
»timas,  etc.,  etc..» 

Terminaba  el  informe...  «Todavía  se  atreve  la  Co- 
» misión  a  sugerir  otras  dos  ideas,  aunque  sin  darles 
» carácter  de  proposición  formal.  La  primera,  que  el 
«proyectado  libro  no  llevase  titulo  de|  Diccionario,  - 
»sino  el  de  «Tratado  de  neologismos»,  o  mejor  acaso 
y>del  neologismo.  La  segunda,  que  una  vez  impresa  la 
»obra,  se  presentase  al  Ministro  de  Instrucción  pú 
»blica,  proponiendo  que  recomiende  su  estudio  a  las 
«oficinas  públicas,  a  las  escuelas  de  las  enseñanzas 
«segunda  y  superior  y  a  otros  establecimientos  ofi- 
«ciales.  Lugares  son  todos  estos  en  que  ha  cundido 
«el  contagio;  justo  y  conveniente  sería  que  la  pro  vi- 
«da  solicitud  del  Gobierno  les  señalase  el  especifico.» 

«El  Estudiante»  colaboró  con  gran  entusiasmo  en  la 


CBRVANTBS  117 

celebración  de  unas  conferencias  dominicales  para  la 
educación  de  la  mujer,  que  se  celebraron  en  el  Para- 
ninfo de  la  Universidad,  organizadas  por  su  Rector, 
en  el  año  1869,  e  inauguradas  en  21  de  febrero  por 
D.  Fernando  de  Castro.  En  ellas  explicó  varias  sobre 
«Nociones  de  la  ciencia  económica»  y  otra  sumamen- 
te notable,  en  14  de  marzo  de  aquel  año,  en  la  que 
trató  de  «El  lajo».  Pero  cedamos  la  pluma  a  doña  Con- 
cepción Arenal,  quien  en  una  obra  suya  da  cuenta  de 
esta  conferencia  en  la  siguiente  forma: 

«...  El  Sr.  Segovia  subió  a  la  tribuna  después,  y 
»citó,  con  merecido  elogio,  a  todos  los  señores  que  le 
•habían  precedido  en  aquel  lugar  con  motivo  de  las 
» conferencias,  manifestando  que  no  todo  había  de  ser 
«brillante  y  elevado  y  florido,  y  que  las  señoras  ha- 
»bían  de  permitir  que  allí  se  hablase  también  en  tono 
«humilde,  y  hasta  familiar,  como  él  iba  a  hacerlo, 
«sirviendo  como  de  conveniente  sombra  para  que  re- 
«sultasen  más  los  efectos  de  la  luz.  O  la  modestia  del 
»Sr.  Segovia  llegaba  hasta  un  punto  inverosímil,  o 
«quiso  añadir  la  sorpresa  a  las  varias  y  ¡agradables 
«impresiones  que  nos  produjo  su  escrito,  más  propio 
«para  brillar  entre  los  más  brillantes,  que  para  real 
«zarlos  por  el  contraste  de  sus  pálidas  tintas. 

»E1  Sr.  Segovia  tomó  por  asunto  de  su  escrito  «El 
«lujo»,  y  nunca  hemos  visto  mejor  seguido  el  difícil 
«precepto  de  instruir  deleitando.  Dijo  muchas  verda- 
«des,  y  dado  que  el  auditorio  era,  en  gran  parte,  fe- 
«menino,  algunas  podían  parecer  algo  aventuradas; 
«pero  todas  fueron  recibidas  con  aplauso;  ni  era  po- 
«sible  otra  cosa,  presentándose  ataviadas  con  tal  pri- 


118  CERT  ANTES 

»mor  de  lenguaje  y  tanto  chiste  \y  gracejo...  Y  copia- 
»mos  la  definición  del  lujo,  que  nos  parece  notable: 
»  Gasto  superfino  e  improductivo,  sostenido  por  mera  os- 
» ientación  o  desproporcionado  a  los  recursos  de  quien  le 
y>  costea.  * 

Y  como  término  a  este  largo  escrito,  del  que  diría, 
sin  duda  alguna,  «El  Estudiante»  que  era  preciso  tra- 
ducir al  castellano,  y  «Fígaro»  que  era  extraño  haya 
pasado  a  escribir  sin  saber  leer,  lo  que  resulta  en  men- 
gua del  maestro  que  me  enseñó,  mencionaremos  algu- 
nas anécdotas,  que  podrán  dar  mejor  idea  al  lector, 
mucho  mejor  que  nuestra  torpe  pluma,  de  la  manera 
de  ser  de  «El  Estudiante»: 

Era  el  Sr.  Segovia  muy  español  y  muy  madrileño; 
pero,  no  obstante  su  españolismo,  jamás  fué  aficiona- 
do a  Za  bárbara  diversión  de  los  toros. 

Cierto  día,  un  criado  muy  sordo  que  tenía  regresó 
más  tarde  que  de  costumbre  a  su  casa;  molesto  ya  de 
esperar  al  sirviente  el  Sr.  Segovia,  sentóse  a  la  mesa 
y  se  dispuso  a  cenar;  a  los  pocos  instantes  llegó  aquél, 
todo  jadeante  y  sudoroso,  y  penetrando  en  la  habita- 
ción donde  su  amo  se  encontraba,  pretendió  excusar 
su  tardanza,  y  dando  grandes  gritos,  como  si  el  sordo 
fuese  éste,  y  con  ademanes  de  alegría  y  gran  entu- 
siasmo, refirió  que  su  tardanza  había  tenido  por  causa 
el  gran  escándalo  promovido  aquella  tarde  en  la  Pla- 
za de  Toros  por  lo  pésimo  de  la  corrida,  hasta  el  pun- 
.  to  de  haber  roto  el  público  los  asientos  y  haber  arro- 
jado al  redondel  los  pedazos,  prendiéndolos  fuego 
después. 

»E1  Estudiante»,  al  escuchar  tal  relato,  cogió  fuer- 


CERVANTES  •  119 

temente  de  un  brazo  al  criado,  fuese  con  él,  sin  sol- 
tarlo, a  la  cocina,  tomó  un  trozo  de  carbón  de  en- 
cina, y  escribió  en  una  de  las  paredes  con  grandes  ca- 
racteres: «¡Pues  es  usted  un  animal,  y  puede  marchar- 
se en  este  mismo  instante  de  mi  casa.»  Lo  qne  asi  su- 
cedió. 

Lamentábase  de  continuo  Segovia  de  los  gritos  de 
los  vendedores  ambulantes  y  de  lo  mal  que  común- 
mente pregonaban  la  mercancía,  circunstancia  ésta 
que  en  más  de  una  ocasión  proporcionó  a  «El  Estu- 
diante» algunos  disgustos.  Un  día  en  que  se  encon- 
traba de  peor  humor  que  de  costumbre,  al  pasar 
de  mañana  por  la  plazuela  de  Antón  Martín,  escuchó 
pregonar  a  una  mujer  y  a  un  hombre  que  conducían 
un  gran  cesto:  ¡Tubos  a  rial  y  medio,  pantayas  a  dos 
rialesf  Oído  por  «El  Estudiante»  fuese  donde  aqué- 
llos habían  hecho  alto,  y  cortósmente  y  procurando 
disimular  su  enojo,  trató  de  explicar  a  los  vendedo- 
res cómo  debían  vocear  en  castellano  el  nombre  de 
los  objetos  que  vendían.  Tomáronlo  aquéllos  a  chaco- 
ta, y  los  muchos  argumentos  empleados  por  el  Sr.  Se- 
govia en  pro  de  su  pretensión  fueron  contestados  con 
chistes  y  risas  no  del  mejor  gusto;  aglomeróse  la  gen- 
te al  vocerío,  formaron  corro,  y  el  público,  siempre 
bullicioso  y  alegre  de  aquel  barrio,  proporcionó  al 
Sr.  Segovia  una  gran  rechifla,  aumentada, mucho  más, 
cuando  uno  de  los  espectadores  que  le  reconoció  ex- 
clamó en  alta  voz:  ¡Es  «El  Estudiante»!  ¡Es  «El  Es- 
tudiante»!, con  cuyos  gritos  arreció  el  rebullicio,  que 
terminó  por  la  huida  del  causante  del  alboroto. 

En  una   ocasión  en  que  se  encontraba  enfermo, 


120  CERVANTES 

asistíale  por  la  noche  su  hijo  mayor,  quien  al  ver  al 
enfermo  tranquilo  trasladóse  a  la  habitación  inme- 
diata, que  era  el  despacho-biblioteca  de  «El  Estudian- 
te», y  con  objeto  de  pasar  mejor  las  horas  de  la  ma- 
drugada, púsose  a  escribir  en  su  mesa;  notó  el  enfer- 
mo la  ausencia,  y  fijándose  en  un  espejo  que  refleja- 
ba la  imagen  de  su  hijo,  preguntóle  qué  era  lo  que 
escribía  con  tanto  interés  que  se  le  veía  pensarlo  mu- 
cho antes  de  trasladar  al  papel  su  pensamiento.  Res- 
pondió su  hijo,  tímidamente,  que  con  objeto  de  pa- 
sar el  rato  escribía  unos  versos  dedicados  a  las  palo- 
mas que  tan  útiles  eran  en  la  guerra  franco -prusiana, 
según  había  leído  aquella  misma  noche  en  los  perió- 
dicos. Admiróse  el  padre  de  la  respuesta  del  hijo,  y 
como  si  este  hecho,  unido  a  su  voluntad  de  hierro, 
hubiese  sido  la  mejor  panacea  para  alivio  y  curación 
de  sus  males  físicos,  incorporóse  en  el  lecho,  acomo- 
dóse sentado  como  mejor  pudo,  y  pidiendo  las  cuar- 
tillas escritas  las  examinó  detenidamente,  frunciendo 
el  ceño  desde  el  comienzo  de  su  lectura,  terminada  a 
los  pocos  instantes  con  exclamaciones  poco  favora- 
bles para  su  autor,  al  que  reprendió  cariñosamente 
por  su  osadía  y  temeridad,  y  pidiendo  recado  de  es- 
cribir «n  pocos  minutos,  trazó  su  débil  mano  una  de 
sus  mejores  composiciones  poéticas,  sobre  el  mismo 
asunto,  titulada:  «La  paloma  mensajera»  . 

Al  salir  una  tarde  de  su  casa,  durante  el  período 
republicano  del  año  1873,  tomó  un  coche  de  alquiler 
en  una  parada  que  había  próxima  a  la  Academia,  pe- 
netró en  el  coche  antes  que  el  auriga  llegase  de  la 
puerta  de  una  tienda  de  vinos   donde  se  encontraba. 


CERVANTES  121 

cerró  la  portezuela  y  esperó  a  que  viniese  aquél .  El 
auriga,  viendo  ocupado  el  carruaje,  introdujo  la  ca- 
beza por  la  ventanilla  con  el  sombrero  puesto,  y  sin 
quitarse  de  la  boca  la  humeante  pipa  (advertimos  al 
lector  que  «El  Estudiante»  detestaba  el  tabaco)  y  con 
expresión  de  júbilo,  exclamó  con  bronca  voz:  ¿Dónde 
vamos,  ciudadano? 

Miróle  «El  Estudiante»  entre  admirado  y  colérico, 
contestándole  con  el  sombrero  en  la  mano.  ¡Usted  a 
la  m...  y  yo  a  otro  coche!,  saliendo  precipitadamente 
por  la  puerta  contraria  a  la  en  que  se  encontraba  el 
auriga,  que  quedó  admirado  de  esta  falta  de  fraterni- 
daz  e  igualdaz  del  parroquiano. 

Se  ensayaba  una  de  sus  obras  en  un  teatro  de  Madrid. 
La  primera  actriz  tenia  que  "exclamar  en  una  de  las 
escenas  más  culminantes  de  la  obra  un  ¡ay!  de  dolor; 
desde  el  primer  dia  luchó  «El  Estudiante»  por  hacerla 
comprender  cómo  debía  pronunciar  la  exclamación  y 
la  expresión  del  rostro  que  debia  acompañar;  pero  la 
artista  no  conseguía  complacer  al  autor,  no  obstante 
sus  buenos  deseos  y  las  mil  repeticiones  que  de  tal 
escena  se  hacían  todas  las  noches;  desesperado  el  se- 
ñor Segovia,  llegó,  al  fin,  el  ensayo  general,  sin  haber 
conseguido  su  objeto.  Poco  antes  de  la  exclamación, 
y  sin  ser  notado  por  la  actriz,  colocóse  cerca  de  ella 
y  esperó  el  momento  para  hundir  en  su  brazo  la  punta 
de  su  alfiler  de  corbata;  al  sentir  el  dolor  aquélla, 
volvióse  airada,  exclamando  entonces  «El  Estudiante» 
con  gran  entusiasmo:  ¡ese!,  y  no  otro,  es  el  grito  que 
yo  decía  a  usted  todas  las  noches,  pide  la  obra. 

Finalmente,  citaremos  otra  anécdota,  que  por  haber 


122 


CERVANTES 


sido  protagonista  el  que  esto  escribe,  nieto  de  «El 
Estudiante» ,  no  olvidó  jamás.  Era  en  época  de  ferias. 
Una  de  las  tardes  en  que,  según  costumbre,  visitába- 
mos al  abuelo  mis  hermanos  y  primos,  al  retirarnos, 
nos  acompañó  hasta  la  escalera,  preguntándonos  dónde 
pensábamos  ir;  contestamos  todos,  según  costumbre 
en  los  niños,  a  un  mismo  tiempo,  que  a  las  ferias;  pa- 
reció bien  al  abuelo  tal  decisión,  y  sacando  unas  mo- 
nedas del  bolsillo  se  las  entregó  al  criado  que  nos 
acompañaba,  con  el  encargo  de  feriarnos  lo  que  cada 
uno  quisiere;  preguntó  luego  uno  a  uno  el  empleo  del 
dinero  que  le  correspondía,  quedando  satisfecho  de 
las  respuestas  de  los  mayores;  pero  al  llegar  el  turno 
al  más  pequeño,  dijo  éste  muy  alegre:  «yo,  abuelito, 
compraré  dlbellanas...  ¡Y  aquí  fué  Troya!  Oirlo  «El 
Estudiante»  y  retirar  de  manos  del  sirviente  el  dinero 
entregado,  fué  cosa  de  un  momento,  ordenándole, 
además,  que  más  tarde  fuese  por  nosotros,  pues  aquel 
dia  y  por  orden  suya,  quedábamos  sin  ferias  ni  paseo. 
Después  de  ver  cumplida  su  orden,  nos  condujo  de 
nuevo  a  su  despacho,  donde  durante  tres  horas  nos 
explicó  la  razón  de  por  qué  el  fruto  sabroso  del  ave 
llano  se  llama  avellana  y  no  albellana,  añadiendo  va- 
rias veces  que  un  nieto  de  un  Académico  no  podía 
hablar  mal  el  castellano. 

¿Qué  diría  de  nosotros  «El  Estudiante»,  si  nos  le- 
yere, y  si  escuchase  alguna  conversación  de  nuestros 
días,  aun  de  aquéllos  que  se  llaman  intelectuales? 


Eduardo  M.  Segovia. 


Enero,  1919. 


CERTANTB»  12^3 


ARTES   PLÁSTICAS 

La  estatua  de  Galdós. 


A  la  derecha  del  paseo  de  coches  del  Retiro,  muy  cerca 
de  la  Rosaleda,  en  un  bello  rincón,  amable  e  íntimo,  del 
boscaje,  ha  erigido  Victorio  Macho  la  estatua  de  D.  Benito 
Pérez  Galdós,  el  patriarca  de  las  Letras  españolas  y  el  úni- 
co héroe  literario,  a  la  manera  carlyniana,  que  aún  queda 
vivo  en  el  mundo  para  que  se  le  consagre  el  culto  debido  a 
su  grandeza  universal. 

Victorio  Macho  ha  sabido  percatarse  del  alto  valor  del 
maestro,  ha  sabido  adentrarse  en  el  espíritu  gigante  del 
creador,  y  ha  inmortalizado  la  venerable  figura  con  todo  lo 
que  tiene  de  humana  y  todo  lo  que  en  ella  misma  hay  de 
inmortal. 

Sin  teatralidades,  sin  efectismos,  con  una  soberana  sen 
cillez,  Victorio  Macho  ha  reproducido  en  piedra  a  Galdós, 
eliminando  aquellos  detalles  que  por  su  carácter  material  y 
accesorio  pudieran  empequeñecer  la  obra,  y  destacando  con 
todo  vigor,  con  verdadero  ímpetu  pasional  lo  sustantivo,  lo 
característico,  lo  representativo,  lo  que  hay  de  simbólico  y 
de  eterno  en  el  hombre. 


124  CBRYANTBS 

Precisamente  en  esta  obra  se  rectifica  el  concepto  escul- 
tórico que  desde  1850  viene  triunfando  en  nuestro  país  por 
una  lamentable  ceguera  general  que  ha  traído  por  conse- 
cuencia la  ruina  y  el  descrédito  de  las  artes  plásticas  na* 
clónales.  En  la  estatua  de  Galdós  no  se  ve  la  vana  lucha  del 
escultor  por  obtener  la  copia  exacta  y  fidelísima  del  natural. 
Victorio  Macho  no  ha  querido  darnos  la  visión  vulgar, 
habilísimamente  lograda,  del  genial  escritor;  su  propósito 
fué  mucho  más  noble  y  amplio.  Artista  antes  que  escultor, 
es  decir,  antes  que  tallista,  lo  que  él  quiso  ofrecernos,  ofre- 
cer a  la  memoración  de  las  generaciones,  es  el  Galdós  in- 
telectual, lleno  de  bondad  y  misticismo;  pero  de  un  misti- 
cismo diferente  al  religioso:  su  misticismo  es  pagano,  hu- 
mano; un  misticismo  que  no  es  simplicidad  moral  ni  per- 
turbación del  sistema  nervioso:  un  misticismo  que  es  amor 
a  la  Humanidad,  disculpa  de  sus  errores  y  perversidades, 
compasión  de  sus  miserias  y  dolores  y  deseo  de  mejorarla. 
Y  ese  es  el  Galdós  que  nos  detiene  en  el  Ketiro,  pocos  pa- 
sos más  allá  del  ridículo  monumento  a  Campoamor.  ¡A 
cuántas  consideraciones  invita  esta  vecindad!  Para  aquellos 
que  no  tengan  extraviado  u  obliterado  el  sentimiento  artís- 
tico, se  les  presenta  ocasión  de  poder  apreciar  contemplan- 
do el|monumento  a  Campoamor  y  la  estatua  de  Galdós  cómo 
se  pone  en  ridículo  la  memoria  de  un  insigne  poeta,  y, 
cómo  se  inmortaliza,  con  qué  sencillez  y  majestad,  a  un  va- 
rón egregio,  anciano  y  casi  ciego,  que  es  la  gloria  más  alta 
de  la  literatura  contemporánea.  Para  poner  en  ridículo  al 
poeta,  un  escultor  labró  mármoles  a  porfía,  acumulando 
figuras,  detalles  y  arrequives  con  una  vulgaridad  aplastan- 
te; para  inmortalizar  al  que  ya  es  inmortal  en  sus  obras, 
otro  escultor,  joven  y  bizarro,  no  ha  tenido  necesidad  de 


CURVANTES  125 

más  que  apliar  cuatro  bloques  de  piedra,  tres  de  granito, 
para  la  base,  y  el  cuarto  de  piedra  dorada  de  Lérida,  para 
la  estatua. 

No  ha  querido  hacer  creer  a  la  gente  que  la  piedra  iba 
a  convertirse  en  el  Galdós  de  carne  y  hueso  que  con  su  bu- 
fanda de  lana  al  cuello  y  su  bastón  de  ciego  ha  visto  dife- 
rentes veces  por  ahí;  no  ha  querido  tampoco  engañarle  con 
falsas  alegorias  ni  pintorescas  escenas  de  adorno,  que  dis- 
traigan y  subdividan  la  emoción.  El  bloque  está  allí  en 
todo  su  volumen,  hablando  de  su  perennidad.  De  él  se  des- 
taca solamente  cuanto  es  indispensable  para  darnos  la  im- 
presión solemne  del  gran  pensador  e  insigne  artista.  Pare- 
ce que  Galdós,  abstraído,  recluido  en  su  mundo  interior, 
más  vasto  que  el  mundo  objetivo,  con  un  gesto  de  supre- 
ma bondad  y  las  manos  óseas  y  grandes — manos  de  após- 
tol— cruzadas  beatíficamente  sobre  las  piernas,  asiste,  me- 
jor dicho,  preside  los  avatares  de  la  vida,  sentado  en  un 
trono  en  cuyos'lados  se  siluetean  dos  decorativos  leones  de 
traza  arcaica.  Un  viejo  almendro  le  sirve  de  foro,  y  le  da 
guardia  un  erecto  y  secular  eucalipto.  No  hay  hieratismo 
en  la  figura.  Su  actitud  no  puede  ser  más  natural.  Es  la 
actitud  familiar  de  quien  ya  está  más  allá  del  Bien  y  del 
Mal.  Esa  misma  ausencia  de  efectismo  infunde  a  la  obra 
la  emoción  intensísima  que  de  ella  se  desprende,  una  emo- 
ción que  embarga  y  arroba  y  nos  hace  sentir  la  sublimi- 
dad de  lo  que  ya  ha  escapado  a  las  luchas  y  mezquindades 
mundanas. 

Eetrato  maravilloso  por  su  raro  parecido,  tiene  además 
esa  fuerte  y  ruda  suntuosidad  de  los  dólmenes  y  monumen- 
tos prehistóricos. 

Parece  como  que  Victorio  Macho,  ante  los  narcisismos 


126  CERVAHTES 

y  virtuosismos  a  que  se  entrega  la  mayor  parte  de  los  ar- 
tistas contemporáneos,  creyendo  que  en  eso  estriba  lo  ge- 
nial, ha  querido  dar  una  prueba  de  masculinidad.  Su  obra 
equivale  a  una  afirmación  categórica  de  español  y  de  hom- 
bre, que  por  su  novedad  en  este  ambiente  de  claudicacio- 
nes y  eufemismos,  de  mentiras  y  concesiones,  para  algu- 
nos resulta  impropia  y  extraña,  como  sonaría  la  voz  de  un 
hombre  que  viniese  de  hablar  con  los  cielos  y  los  montes, 
los  árboles  y  los  ríos,  entre  una  sociedad  de  afeminados. 

Es  la  primera  estatua  que  artísticamente  honra  a  Ma- 
drid. Por  fin,  Galdós  ha  encontrado  quien  sepa  rendir  el 
homenaje  debido  a  su  genio. 

Al  concebir  de  tal  modo  la  estatua  y  modelarla  con  tan 
intensa  emoción,  al  haber  sabido  interpretar  la  personali- 
dad del  glorioso  novelista  de  forma  tan  grandiosa,  Victorio 
Macho  ha  demostrado  que  es,  además  de  un  escultor  de 
raza,  un  soberano  artista. 

Los  que  subscribieron  cantidades  para  la  erección  de 
esta  estatua,  han  de  sentirse  orgullosos  por  la  realización 
que  su  idea  ha  tenido,  y  por  haber  deparado  la  ocasión  de 
que  Madrid  contase  con  la  primera  obra  de  arte  que  le 
enaltece. 

Octavio  Pinto. 

líl  joven  pintor  argentino  que  en  la  pasada  Exposición 
que  celebraron  los  pensionados  de  la  nueva  Residencia  de 
paisajistas,  crpada  por  feliz  iniciativa  de  Mariano  Benlliure 
en  el  monasterio  del  Paular,  obtuvo  un  franco  y  halagador  A 

éxito,  acaba  de  darnos  una  nueva  prueba  de  sus  excelentes 


CERVANTES  127 

dotes  pictóricas,  prueba  que,  por  otra  parte,  nos  permite 
formar  un  juicio  exacto  de  su  arte. 

En  los  cuadros  que  presentó  en  la  Exposición  citada  vi- 
mos bellas  cualidades  que  no  acababan  de  definirse;  y  es  que 
el  pintor  tropezaba  con  un  obstáculo  importantísimo:  la 
contrariedad  del  ambiente.  Hijo  de  tierras  cálidas,  tempe- 
ramento vehemente  y  apasionado,  amante  de  la  luz  cruda  y 
les  colores  enteros,  por  fuerza  había  de  sentirse  extraño 
ante  un  paisaje  de  tonalidades  frías,  suaves  y  melancólicas, 
o  de  desamparadoras  tristezas;  frente  a  un  paisaje  de  mati- 
ces tenues,  donde  la  armonía  del  color  se  resuelve  siempre 
en  un  ritmo  de  grises,  que  es  como  el  compás  dirigente  de 
la  total  orquestación. 

Sin  embargo,  logró  que  su  nombre  se  destacase  y  la  crí- 
tica le  eligiese  como  uno  de  los  más  distinguidos  exposito- 
res. Elogios  sinceros  obtuvo  por  parte  de  todos,  o  por  lo 
menos,  de  aquellos  que  mayor  autoridad  disfrutan  en  mate- 
rias artísticas.  Y  esos  elogios,  que  velaban  y  contenían  los 
defectos  nacidos  de  la  lucha  del  temperamento  contra  la 
esquiva  Naturaleza,  hoy  pueden  hacerse  con  toda  libertad, 
porque  en  los  cuadros  que  acaba  de  exponer  en  el  Ateneo 
están  perfectamente  expresadas  las  cualidades  que  le 
adornan. 

Su  arte  pertenece  al  movimiento  moderno  que  nació  al 
calor  del  impresionismo  francés;  pero  no  como  una  conti- 
nuación sin  carácter  ni  acento  propios,  sino  como  una  deri- 
vación por  completo  desligada  de  todo  vasallaje.  El  artista 
lene  su  manera  particular  de  ver  y  de  expresar  dentro  del 
rden  general  de  ese  gran  movimiento  que  ha  revolucionado 

pintura  y  destruido  el  espíritu  escolástico,  el  odioso  acá- 
emismo,  que  esterilizó  tuntas  energías. 


128  CERVANTES 

Esta  plausible  independencia,  que  es  el  secreto  del  triun- 
fo, que  es  el  contenido  de  toda  personalidad,  pues  sin  ella 
no  existe  valor  verdadero,  queda  patentizada  también  en 
los  asuntos  de  los  cuadros.  Mucho  se  ha  pintado  sobre  Ma- 
rruecos; existen  mil  recetas  para  componer  un  cuadro  sobre 
cosas  marroquíes,  y  sin  embargo,  el  Marruecos  que  Octa- 
vio Pinto  nos  ha  presentado,  no  tiene  parentesco;  responde 
a  la  visión  y  el  sentimiento  propios  del  artista. 

Los  cuadros,  como  indica  el  título,  «Impresiones  de 
Marruecos*,  no  son  más  que  anotaciones  rápidas  de  la  rea- 
lidad, hechas  sin  ninguna  preocupación;  el  pintor  ha  que- 
rido enseñarnos  el  Marruecos  que  ha  visto  y  le  ha  impre- 
sionado: las  escenas,  los  tipos,  el  ambiente,  la  luz,  en  la 
instabilidad  de  las  horas  fugaces  y  destructoras.  No  ha 
mentido  un  solo  instante  por  buscar  un  efecto:  fiel  a  la  rea- 
lidad, ha  procurado  robarla  todos  sus  encantos  de  vida.  Por 
eso  sus  cuadros  nos  agradan  tanto. 

De  todos  los  pintores  americanos  que  han  desfilado  por 
Madrid,  es  el  argentino  Octavio  Pinto  quien  más  positivos 
méritos  atesora  y  de  quien  con  mayor  justicia  se  puede 
asegurar  que  es  un  artista  digno  de  aplauso  y  de  admi- 
ración. 

Ballesteros  de  Martos. 


CERVANTES  129 


UNA  CONFERENCIA 


En  el  Salón  del  Círculo  de  Bellas  Artes  y  Ateneo  de 
Bilbao,  dio  una  conferencia  muy  notable  sobre  «Los  dibu- 
jantes humoristas»,  el  distinguido  periodista  D.  José  Iri- 
barne. 

Comenzó  el  conferenciante  por  fijar  lo  que  en  su  opinión 
es  el  verdadero  concepto  del  humorismo,  forma  jovial  y  su- 
tilísima de  interpretar  en  sentido  irónico  las  pasiones  del 
hombre  a  través  de  la  moral  privada  y  de  la  moral  pública. 

Dijo  que  la  forma  irónica  no  fué  nunca  patrimonio  de 
los  pueblos  famélicos,  en  los  que  una  buena  comida  decide 
las  más  de  las  veces  si  se  ha  de  mirar  al  porvenir  con  bue- 
nos o  malos  ojos. 

Las  ideas  negras  han  sido  legadas  a  las  actuales  genera- 
ciones por  los  famélicos  de  antaño.  En  nuestros  artistas  y 
en  nuestros  poetas  se  observa  que  no  son  de  buen  origen; 
que  su  sangre  y  su  cerebro  conservan  restos  del  pasado, 
recuerdos  de  antecesores  débiles  y  oprimidos,  según  se  hace 
visible  en  sus  obras. 

Recuerda,  a  este  propósito,  cómo  los  griegos — cuya  for- 
tuna era  de  origen  antiguo — tuvieron  un  cerebro  penetrante 
y  cómo  la  sangre  circulaba  por  sus  venas  asemejándose  a 
un  vino  claro,  produciendo  obras  en  las  que  había  radiacio- 
nes de  sol,  sin  colores  sombríos. 

Nosotros — aíladió— no  podemos  aspirar  por  ahora  a  tal 

9 


130  CERVANTES 

perfección;  tenemos  que  aguardar  a  que  se  corrijan  nuestros 
instintos. 

Hablando  de  la  hostilidad  que  se  suele  mostrar  hacia  el 
humorismo,  manifestó  que  no  aparece  justificada  en  la  ma- 
yoría de  los  casos;  pues  si  bien  es  cierto  que  todas  las  cosas 
de  la  existencia  no  deben  tomarse  a  broma— porque  el  há- 
bito de  la  chacota  envilece  los  caracteres — ,  no  debe  tampo- 
co caber  duda  de  que  la  jocundidad  y  el  buen  humor  son 
patrimonio  de  los  pueblos  civilizados.  El  hombre  primitivo, 
el  que  vivía  en  constante  lucha  con  sus  semejantes,  con  las 
ñeras  y  con  las  inclemencias  de  la  Naturaleza,  seguramente 
que  no  sintió  germinar  en  sí  la  idea  de  lo  cómico. 

A  continuación  abordó  «el  humorismo  en  el  dibujo»,  di- 
ciendo que  en  España  tiene  éste  un  abolengo  por  demás 
ilustre  en  don  Francisco  de  Goya,  de  quien  trazó  una  sem- 
blanza breve  y  compendiosa. 

Afirmó  que  en  «Los  crapichos»  del  inmortal  aragonés 
está  la  ejecutoria  del  más  grande  humorista  y  costumbrista 
que  existió  en  el  mundo. 

Estudió  luego  «la  caricatura»  y  dijo  que  es  un  género  de 
arte  moderno  europeo,  al  cual  tuvo  su  definitiva  cristaliza- 
ción con  el  desenvolvimiento  de  las  ciencias  y  las  industrias. 
Cuando  el  progreso  encontró  los  medios  de  reproducir  y 
multiplicar  las  obras  de  arte  por  medio  de  la  litografía  y 
de  la  imprenta,  entonces  fué  el  momento  en  que  la  carica- 
tura halló  su  plena  manifestación. 

Después  fué  moldeándose  y  adaptándose  al  espíritu  de 
las  diferentes  épocas,  obedeciendo  a  un  espíritu  de  críti- 
ca y  difusión  de  ideas,  realizando  una  labor  social  edu- 
cadora. 

Bictensamente  pasó  revista  a  los  principales  humoristas 


CERVANTES 


181 


españoles  que  sucedieron  a  Goya,  desde  1808  hasta  el  mo- 
mento presente. 

El  conferenciante,  como  complemento  a  su  estudio  acer- 
ca del  desarrollo  alcanzado  en  nuestro  país  por  la  expresada 
modalidad  artística,  se  ocupó  de  su  desenvolvimiento  en  el 
extranjero,  especialmente  en  Francia  e  Ingflaterra,  citando, 
entre  otros  nombres  ilustres,  los  de  Hogar,  cuyo  talento  hu- 
morístico tuvo  un  objetivo  eminentemente  moralizador; 
Gillrray,  que  dejó  una  profunda  huella,  orientando  a  sus 
compatriotas  por  el  verdadero  camino  de  la  caricatura;  John 
Doy  le,  Landsser,  Hablot,  Browne,  autor  de  «La  Historia 
Cómoca»  e  ilustrador  de  las  novelas  del  gran  Dickens;  el 
correcto  dibujante  Caldecott,  Furnis,  Keed,  Wilson  y  Ha- 
rrison. 

Eespecto  a  los  franceses,  dijo  que  el  primer  documento 
en  el  que  se  da  claro  testimonio  de  la  caricatura,  apareció 
en  1565.  En  el  siglo  xvn,  Callot  fué  el  más  renombrado 
caricaturista,  el  cual  tuvo  en  su  existencia  numerosos  rasgos 
que  le  hermanan  con  Goya. 

A  continuación  siguió  el  movimiento  político  francés, 
bajo  los  reinados  de  Luis  XIII  Luis  XIV  y  Luis  XV,  en  que 
los  artistas  satíricos  tomaron  parte  activa. 

Manifestó  que  la  revolución  vino  a  exaltar  en  Francia  el 
furor  humorístico.  Los  artistas  más  radicales  se  complacían 
en  dibujar  las  caricaturas  más  sangrientas  contra  el  trono, 
la  religión  y  la  nobleza. 

Bajo  el  Imperio  de  Napoleón  las  sátiras  de  los  dibujan- 
tes decayeron  visiblemente,  para  reaparecer  con  nuevos  bríos 
en  el  reinado  de  Luis  XVIII,  que  fué  el  monarca  más  impla- 
cablemente caricaturizado. 

Terminó  su  informe  acerca  de  los  humoristas  franceses 


132 


CERVANTES 


semblanzando  someramente  a  Damier,  colaborador  de  «El 
Charivari»;  a  Juan  Pedro  Dantan;  «Chan»,  hijo  del  conde 
de  Noé;  «Bertall»,  que,  en  colaboración  con  Gavarni,  hicie- 
ron «El  Diablo  de  París»;  Chevalier,  Nodar,  Baric,  Carjat, 
Gilí,  Léandre,  Veber,  Forain,  Guillaume  y  otros. 

Terminó  desmintiendo  la  afirmación  hecha  por  algunos 
escritores  de  que  la  caricatura  ostentó  e  hizo  gala  de  un 
sentido  conservador  y  retrógrado,  pues  en  todas  las  épocas 
los  dibujantes  humoristas  tuvieron  gestos  de  rebeldía  contra 
las  iniquidades  sociales  y  contra  todo  aquello  que  significó 
una  remora  para  el  progreso  moral  y  material  de  la 
humanidad. 

El  Sr.  Iribarne  íué  calurosamente  felicitado  por  la  selecta 
concurrencia  que  acudió  a  escucharle,  y  por  nuestra  parte 
felicitamos  también  al  distinguido  escritor  per  su  documen- 
tada disertación,  en  la  que  patentizó  su  cultura  artística  y 
su  atinado  sentido  critico 


ClRVANTBS  133 


MÚSICA 

Paderewski. 


«El  Comité  Nacional  polaco  en  París  ha  reconocido  ofi- 
cialmente el  Gobierno  de  Paderewski,  y  ha  sido  confirmado 
por  este  Gobierno  como  representación  para  todos  los  países 
aliados  y  asociados.» 

La  Polonia  libre  va  a  vivir  su  ideal,  que  fué  el  insatisfe- 
cho de  tantos  artistas  eslavos,  y  al  independizarse  entrega, 
según  vemos,  su  Gobierno  al  más  genuino  representante  de 
Chopín,  que  es  quien  simboliza  sus  sufrimientos  agudizados 
por  refinada  sensibilidad,  que  llega  hasta  librar  su  indepen- 
dencia espiritual  en  el  refugio  de  sus  creaciones  soberanas, 
que  contienen  depuradamente  lo  más  esencial  de  su  raza. 

Fué  la  ausencia  en  él  inspiradora  de  su  genial  visión  y 
en  ella  se  le  dieron  los  cantos  de  su  pueblo,  que  expresó  en 
su  propia  modalidad.  Llevaba  en  sí  la  más  alta  soberanía, 
la  que  a  ninguna  otra  puede  someterse  ni  rendirse,  esa 
esencial  que  impone  el  espíritu  nacional  sin  entender  de 
fronteras;  pero  la  llevaba  en  dolorido,  en  peregrino  de  cons- 
tante nostalgia,  de  delirios  de  ensueño,  y  ese  mismo  renun- 


184  CBRVANTB8 

ciamiento  de  posesión  venció  a  su  naturaleza,  que  sucumbió 
víctima  de  su  propio  genio. 

Parece  revivir  ahora  en  los  actuales  momentos  de  histo  • 
ria  en  que  sus  creaciones  cumplen  una  finalidad  en  algo 
apartada  de  la  estética,  que  es  la  suya  esencial;  y,  con  per- 
fecto instinto,  sus  compatriotas  dan  el  mandato  de  G-obier 
no  a  su  más  fiel  intérprete. 

Paderewski  ha  velado  siempre  el  mismo  ideal  y  lo  ha 
propagado  por  todo  el  mundo  con  argumentación  razonada 
y  con  la  sugestión  de  su  poder  expresivo,  con  que  alentaba 
los  ensueños  del  divino  autor  de  las  baladas. 

Fué  hace  ya  afios,  cuando  vino  a  Madrid,  siendo  yo  un 
muchacho  que  por  entonces  estudiaba  el  piano  con  mi  in- 
signe maestro  Tragó,  quien  me  presentó  al  mágico  intér- 
prete; yo,  algo  azorado,  pero  con  la  confianza  que  al  mismo 
tiempo  nos  da  la  presencia  comunicativa  de  un  espíritu  de 
alta  superioridad,  le  expresé  raí  admiración  de  verdadero 
culto,  devota,  y  le  entregué  una  modesta  cantidad  que  me 
diera  el  honor  de  contribuir  al  monumento  que  por  su  ini- 
ciativa habría  de  levantarse  a  Chopín  en  Varsovia.  Enton- 
ces él  me  dijo  cariñosamente:  «usted,  joven,  es  de  mi  mi- 
sión; siga  elevándose  por  la  comprensión  de  los  genios  pri- 
vilegiados, y  reciba  de  mí  este  recuerdo»,  dándome  un  re- 
trato suyo  dedicado.  «En  bou  souvenir».  Le  estreché  la 
mano,  y  con  un  contento  de  legítima  vanidad,  fui  a  sentar- 
me entre  otros  artistas  que  le  acompañaban  y  con  los  que 
hablaba  finamente  y  con  gran  ingenio.  «Las  obras  de  Cho- 
pín— decía — son  las  mías,  las  de  mi  intimidad,  las  que  se 
me  dan  en  toda  su  verdad,  sin  lucha  ni  dificultades.»  «¿Qué 
obra  pianística  es  para  usted  la  más  difícil? — le  preguntó 
Tragó.  Y  sin  vacilar  respondió:  Los  «Estudios  Sinfónicos», 


CERVANTES  135 

de  Schiimarin;  ¡tienen  tanto  que  expresar!  La  expresión  del 
nuestro  (Chopin)  es  más  de  superficie,  es  del  alma,  pero  es 
toda  el  alma  polaca;  lo  suyo  aparte,  está  en  las  armonías 
originalísimas  como  sus  refinamientos  de  aristocracia,  pero 
a  los  polacos  artistas  se  nos  manifiesta  con  absoluta  clari- 
dad. En  cambio,  Schumann,  ni  a  los  suyos,  porque  ven  en 
sus  creaciones  las  más  sutiles  complicaciones  y  compleji- 
dades de  un  espíiitu  superior  muy  profundo  y  muy  des- 
equilibrado. Nada  más  arbitrario  que  la  comparación  hecha 
entre  los  dos,  que  a  ninguno  favorece.» 

Después  habló  con  sincero  elogio  de  su  impresión  sobre 
nuestra  España,  y  volvió  a  sus  tristezas  y  a  sus  afanes  por 
su  patria. 

«Majestad,  soy  polaco,»  fué  la  frase  que  le  alejó  de  su 
país,  porque  en  ella  se  vio  un  agravio  al  Imperio  ruso,  y 
como  director  de  sus  destinos  vuelve  a  Polonia  para  darle 
toda  su  vida,  su  genio  de  artista  y  su  talento  de  hombre 
de  Estado. 

Carlos  Bosch. 


136 


CERVANTES 


A  TRAVOS  DE  LAS  REVISTAS 


Pretendemos  hacer  de  esta  Sección  que  hoy  inau- 
gura Cervantes,  esperanzadamente,  un  amplio  espejo 
giratorio  que,  transparente  en  su  lámina  intacta,  con 
la  absoluta  ecuanimidad  del  cristal,  los  diversos  acae- 
cimientos y  las  varias  transmutaciones  de  índole  pre- 
ferentemente literaria  e  hispano-americanista  que  va- 
yan asomando  su  faz  a  las  páginas  de  nuestros  cole- 
gas. Sin  acogernos  a  una  exclusiva  metodización  sis- 
temáticamente reseñadora,  y  tendiendo  siempre  a  ha- 
cer destacar  con  relieve  ante  los  ojos  curioseantes  del 
lector  aquello  que  intersticial  mente  pueda  cautivarle, 
estimulándole  a  las  pesquisas  directas,  nos  propone- 
mos glosar  los  artículos  y  matices  más  sugerentes,  re- 
producir fragmentariamente  otros,  y  en  último  térmi- 
no dar  un  «compte  rendu»  cinematográfico,  enla  me- 
moranda y  transcripción  de  sumarios.  Esperando  te- 
ner en  breve  en  nuestra  Redacción  la  visita  de  publi- 
caciones de  análoga  índole  y  formato  a  la  nuestra, 
con  predilección  las  que  allende  los  mares,  en  las  Re- 


] 


CERVANTES  187 

públicas  Sub-americanas,  sientan  sus  anhelos  hacia 
España,  enviamos  a  todas  ellas  nuestro  cordial  saludo. 

*  •  * 

CosmópoUs.  Núm.  1.  Enero  1919. — El  espíritu  an- 
dariego del  admirable  «chronigueur»  Gómez  Carrillo, 
fatigado  sin  duda  de  sus  pintorescas  andanzas,  e  ini- 
ciando su  ocaso  viajero,  se  aquieta  ahora  en  España, 
y  para  hacer  fecundo  su  remanso,  funda  esta  revista 
mundial,   que  muy  certeramente  rotula  CosmópoUs. 

Bien  nutrida  y  presentada,  con  una  base  de  firmas 
prestigiosas  españolas  y  extranjeras  y  orientada 
ideológicamente  hacia  Francia  y  las  demás  naciones 
latinas,  se  ha  revelado  CosmópoUs  en  su  primer  nú- 
mero como  una  magna  revista  española,  capaz  de  pro- 
yectar en  sus  páginas,  al  igual  que  el  Mercure  de 
France,  en  París,  las  facetas  mundiales  más  interesan- 
tes en  sus  diversas  zonas  políticas,  ideológicas,  esté- 
ticas, etc.. 

Avaloran  el  primer  número  muy  varias  colabora- 
ciones sugestivas.  B.  Argente  y  E.  Endériz,  disertan 
sobre  temas  políticos.  Antonio  de  Hoyos  y  Gómez 
Carrillo  representan  la  literatura  española.  José  Fran- 
cés, Cansinos  Assens,  M.  Machado  y  José  Zamora, 
recogen  diversas  manifestaciones  del  año  último  en 
sus  aspectos  del  Arte,  de  la  Literatura,  del  Teatro  y 
de  la  Moda. 

Y  entre  la  franja  de  traduccciones  resaltan  las  figu- 
ras francesas  de  Apollinaire,  Reinach,  Martiel  y 
Mousset,  que  firman  trabajos  de  crítica.  Encontramos 


138 


CERVANTES 


además  agradables  páginas  inéditas  de  "Wilde,  Mae- 
terlinck  y  D'Annuüzio.  Y  finalmente  una  cinemato- 
gráfica sección  de  las  •< Figuras  del  dia»,  en  las  que 
aparecen  retratado?  Cleraenceau,  Wilson  y  Rostand, 
por  las  plumas  de  Bernstein,  Viviani  y  Lavedan. 

Un  afectuoso  saludo  a  CosmópoUs,  en  la  seguridad 
de  que  sabrá  seguir  respondiendo,  con  su  amplio  cri- 
terio seleccionador,  a  la  simpatia  con  que  ha  sido 
acogida. 


*  *  * 


Nuestro  Tiempo.  Diciembre  1918. — El  último  núme- 
ro de  esta  talluda  publicación  inserta,  entre  otros  va- 
rios originales  de  actualidad,  una  «Semblanza»  de 
Rasputin,  trazada  por  S.  Cubillo,  y  un  estudio  cri- 
tico sobre  «Fernanflor»,  y  los  albores  del  periodismo 
moderno,  que  firma  A.  González  Blanco. 


Estudio.  Enero  1919. — La  nutrida  revista  barcelo- 
nesa de  este  título,  contiene  la  conclusión  de  un  am- 
plio estudio  sobre  Eca  de  Quiroz,  debido  a  A.  Gonzá- 
lez-Blanco, uno  de  sus  más  tenaces  difundidores  en 
España.  Unas  «Impresiones  de  A  rte» ,  por  el  cronista 
oséense  E,.  del  Arco,  y  la  traducción  de  un  bello  so- 
neto de  Verlaine,  que  firma  Matilde  Ras. 


*  *  * 


i 


CERVANTES  139 

Hispania.  Núm.  3.  Tercer  trimestre  de  1918. — Ha 
alcanzado  ya  su  tercer  uúmero  la  revista  Hispania 
que,  editada  por  el  Instituto  de  Estudios  Hispánicos, 
de  París,  se  viene  publicando  desde  1918.  No  hay 
elogios  suficientes  que  tributar  a  la  benemérita  ac- 
ción que  realiza  en  el  corazón  de  Francia  difundien- 
do obstinadamente  la  cultura  e.^pañola,  interpretando 
los  rasgos  de  c(  nexión  entre  ambas  naciones  y  dando 
al  aura  universal  los  verdaderos  prestigios  de  nues- 
tra joven  literatura.  Dirigida  por  el  joven  literato 
peruano  Ventura  Q-arcía  Calderón,  sabe  orientar  sus 
sumarios  hacia  la  masa  de  intelectualidad  severa  que 
en  Europa  se  aplica  a  la  difusión  de  altos  anhelos. 
Asi,  el  número  3,  encierra  interesantisimos  origi- 
nales en  quo  inquietos  espírins  franceses  como 
Mrs.  Martinenche,  Palmer,  Ibáñez  de  Ibero,  Mio- 
mandre  y  Sáix,  comentan  temas  españoles  con  un 
puro  amor  fraternal.  Aparecen,  además,  varias  pági- 
nas traducidas  de  nuestros  escritores  A.  Insúa,  Ra- 
fael Altamira,  M.  de  Unamuno,  M.  Azaña,  M.  Abril  y 
Ramón  Gómez  de  la  Serna,  con  un  apasionado  estu- 
dio sobre  este  último  que  firma  el  fino  espíritu  mexi- 
cano de  Alfonso  Reyes. 

Héctor. 


140 


CBRV ANTES 


EL  TEATRO 


Enero,  en  este  afío  que  llega  lleno  de  interés,  es  un  Mu- 
seo de  la  producción  dramática  europea.  Limitándonos  a 
España  y  a  lo  que  de  fuera  de  España  nos  han  dado  a  cono- 
cer en  los  teatros  madrileños,  nuestra  labor,  a  causa  de  la 
excesiva  producción  teatral,  ha  de  limitarse  a  unas  senci- 
llas líneas  de  impresión. 

Del  teatro  extranjero  hemos  vist )  una  comedia  rusa, 
Sol  de  la  aldea,  y  un  drama  italiano,  El  santo. 

Sol  de  la  aldea  es  una  interesante  comedia,  basada  en 
sanos  principios  éticos,  desarrollada  con  diafanidad  y  sen- 
cillez de  procedimientos,  de  finos  matices  dramáticos,  de 
caracteres  claros  y  de  un  estimable  valor  ideológico.  Es 
original  de  J.  Cordine. 

El  santo,  del  famoso  dramaturgo  italiano  Koberto  Brac- 
eo, es  una  producción  vacilante,  sin  más  característica  que 
el  corte  de  la  escuela  italiana,  y  en  la  que  su  autor  ha  in- 
tentado reflejar  un  misticismo  extraño,  sin  conseguir  otra 
cosa  que  la  condenación  del  misticismo. 

Roberto  Braceo,  sin  ser  tan  lamentable  como  Nicomedi, 
no  llega  a  la  altura  de  Fogazzaro  en  El  santo  ni  a  la  su- 
gestión dramática  de  -Rusiñol  en  El  místico.  Emplea  el 


CERVANTES  141 

efectismo  escénico  sin  reparos,  y  su  drama  se  desarrolla 
en  patéticos  tonos  casi  constantes  y  en  plan  melodramático. 
El  diálogo  guarda  una  modesta  pulcritud  literaria  y  la  po- 
breza de  ideas  es  evidente.  El  drama  intenso  que  alguien 
pretende  ver  en  El  santo  queda  oculto  en  la  misma  nebu- 
losidad que  el  estado  espiritual  de  sus  protagonistas.  ¿Hay 
algo  más  extraño,  más  incongruente,  más  quebradizo,  que 
aquella  Anita,  que  cambia  sus  sentimientos  con  una  facili- 
dad asombrosa,  como  si  el  hipnotismo  de  la  palabra  del 
Padre  Florencio  tuviese  aquellas  fuerzas  ocultas  del  obscuro 
dominio?  A.nita — que  además  está  completamente  desdi- 
bujada— no  puede  ser  nunca  tal  como  la  creó  el  dramatur- 
go, un  tipo  central.  Por  eso  el  drama  no  palpita,  ni  siquie- 
ra surge,  y  só'o  queda  el  interés  artificioso  con  que  el  co- 
mediógrafo rodea  al  Padre  Florencio. 

A  nuestro  modo  de  ver,  en  El  santo  hay  un  solo  mo- 
mento de  verdadera  belleza.  Es  en  el  acto  tercero.  El  Pa- 
dre Florencio  se  da  cuenta  de  que  ha  conducido  a  Anita 
inconscientemente  por  los  caminos  de  una  vida  ascética  y 
mística,  y  se  considera  responsable  de  que  aquélla  no  haya 
sentido  las  puras  emociones  de  la  vida  terrena  y  se  cree 
culpable  de  la  desdicha  de  su  hermano  Julio,  porque  Ani- 
ta no  cree  en  la  posibilidad  de  realizar  el  amor  que  éste  la 
ofrece.  Entonces  la  palabra  del  Padre  Florencio  es  cálida, 
sentida,  honda,  razonada,  somera  y  persuasiva.  Es,  de  idea 
y  de  forma,  lo  mejor  de  El  santo.   - 

La  construcción  de  la  obra  es  admirable  en  los  actos 
primero  y  tercero  y  vulgar  en  los  restantes. 

Peí  teatro  español  la  mejor  obra  estrenada  en  este  mes 
es,  sin  duda,  Cobardías,  de  D,  Manuel  Linares  Rivas. 

Nosotros  hemos  croído  siempre  qae  Linares  Kivas  es  un 


142  OBRVANTBS 

comediógrafo  capacitado  para  abordar  los  temas  claros  que 
ofrece  la  vida  moderna,  aquellos  temas  que  pueden  ser  tra- 
tados por  un  talento  de  clara  percepción  y  desarrollados 
por  un  temperamento  dramático  de  hábil  expresión.  El 
triunfo  de  Cobardías  se  debió  únicamente  a  estas  plausi- 
bles cualidades  del  insigne  autor. 

Linares  Eivas  conoce,  como  nosotros,  la  serie  de  come- 
dias modernas  que  encierran  idéntico  tema  que  la  suya.  En 
el  teatro  francés  y  en  el  inglés,  tan  propicio  a  estas  ideas 
fundamentales  de  las  diferencias  de  condición  social,  las 
citas  serían  innumerables  y  vulgares  por  el  abuso  de  su 
empleo,  Pero  Linares  Rives  ha  tenido  el  acierto  extraordi- 
nario de  enfocar  el  aspecto  interesante  y  hasta  nuevo  del 
tema.  Las  dos  escenas  finales  de  la  obra  colocan  a  Cobar- 
días por  encima  de  aquellas  obras  del  teatro  extranjero  de 
que  hablábamos  al  principio. 

Hay  en  Cobardías  un  carácter:  el  de  Joaquín,  trazado 
con  la  firmeza  y  el  arte  que  no  encontramos  en  la  anterior 
producción  de  Linares  Rivas.  Esto  es  lo  más  notable  de  Co- 
bardías. Su  noble  protesta  contra  aquellas  cobardías  espi- 
rituales, que  dejan  continuar  el  triunfo  de  las  injusticias  de 
una  cobarde  sociedad,  tiene  un  profundísimo  alcance  ideo- 
lógico, de  todo  punto  digno  de  alabanza.  A  nuestro  juicio, 
es  lo  más  hondo  de  Linares  Rivas. 

Cobardías,  pues,  es  una  comedia  admirable,  menos  ar- 
tificiosa y  más  sincera  que  las  anteriores  del  mismo  autor, 
con  un  noble  pensamiento,  expuesto  con  gallardía  y  acier- 
to, con  tipos  diáfanos  y  reales,  con  un  interés  escénico  ló- 
gico y  natural.  El  éxito  fué  unánime  y  entusiasta. 

Con  la  comedia  en  tres  actos  Viejas  leyes  se  han  revelado 
dos  dramaturgos;  D,  José  Tellaeche  jr  D,  4Qtojiio  Navarro, 


CERVANTES 


143 


La  primera  producción  de  un  comediógrafo  ofrece  siem- 
pre un  alto  interés.  Es  la  revelación.  Nada  tan  sugestivo 
como  el  anuncio  de  una  revelación. 

Viejas  leyes  descubre,  ante  todo,  en  los  Sres,  Tellaeche 
y  Navarro  el  verdadero  temperamento  dramático  de  los  es- 
critores castellanos.  Encontramos  después  una  plausible 
sobriedad  literaria,  una  firme  seguridad  en  el  trazado  del 
tipo  fundamental  de  la  comedia  y  un  ambiente  exacto  y  un 
justo  colorido.  El  mayor  acierto  de  Viejas  leyes  está  en  el 
tipo  central.  En  este  tipo  vibra  el  honor  castellano  con  toda 
la  pureza  de  la  tierra  heroica,  con  toda  la  intensidad  que 
hallamos  en  los  dramas  calderonianos,  con  toda  la  rectitud 
con  que  lo  siente  Pedro  Crespo. 

Viejas  leyes  demuestra  que  sus  autores  poseen  un  cla- 
rísimo concepto  del  arte  del  teatro. 

En  el  teatro  cómico  hemos  tenido  Un  drama  de  Cal- 
derón, juguete  cómico,  en  dos  actos,  de  D.  Pedro  Muñoz 
Seca  y  D.  Pedro  Pérez  Fernández. 

La  solución  de  este  puzzele  teatral — con  los  componen- 
tes a  la  vista,  «juguete»...,  «Muñoz  Seca»...,  «Calde- 
rón».. ,  «drama»... — es  la  palabra  astracán. 

Sin  embargo,  en  esta  nueva  obra  de  Muñoz  Seca  y  Pérez 
Fernández,  hemos  creído  ver  algunos  rasgos  de  ingenio  que 
no  hemos  logrado  hallar  en  su  anterior  producción.  El  acto 
primero,  por  ejemplo,  está  a  la  altura  de  los  vodeviles  de 
Hannequin  y  Veber;  el  corte  de  las  escenas  y  el  plan  del  acto 
guardan  el  desequilibrado  equilibrio  del  género  y  la  gracia 
es  abundante,  en  algunos  momentos  espontánea  y  natural. 

Los  zánganos  es  un  saínete  en  tres  actos  de  los  señores 
Asenjo  y  Torres  del  Álamo,  en  el  que  predomina  el  in- 
ferno y  ia  observación , 


144 


CERVANTES 


Asenjo  y  Torres  conocen  todos  los  resortes  de  la  vida 
madrileña  de  un  modo  absoluto.  Por  eso  su  dinámica  es 
menos  falsa  que  la  de  otros  comediógrafos. 

Torres  y  Asenio  intentarán  un  día  escenificar  la  vida  y 
hechos  de  algunas  figuras  madrileñas  que  ofrecen  una  gran 
sugestión;  algo  parecido  a  lo  que  acaba  de  realizar  en  Fran 
cia  ese  demonio  artístico  que  se  llama  Guitry  escenifican- 
en  cinco  minuciosos  actos  la  vida  de  Pasteur. 

Eduardo  Haro 


i 


CERVANTES  145 


POLÍTICA 

EL  DESCONOCIDO 

(impresiones  de  la  primera  noche  del  nuevo  año) 


Mediada  la  noche,  el  desconocido  ha  llamado  a 
nuestra  puerta,  y  los  doce  aldabonazos,  sonoros,  pausa- 
dos, pudiéramos  decir  solemnes,  han  sido  otros  tantos 
golpes  de  sangre  en  nuestras  sienes,  otros  tantos  violen- 
tos latidos  de  nuestro  corazón  sobresaltado. 

¿Y  por  qué  sobresaltado  si  hay  lumbre  y  pan  en  el 
hogar,  y  paz  en  el  espíritu,  y  llevamos  en  la  frente  un 
sueño  que  ha  de  hacerse  esperanza  en  la  aurora  del 
nuevo  día  y  ha  de  ser  realidad  cuando  el  sol  funda  la 
nieve  de  los  caminos  y  ponga  flores  3'  luz  en  nuestra 
senda? 

Sin  embargo,  la  duda  nos  asalta,  la  zozobra  nos  in- 
vade, el  sobresalto  se  apodera  de  nosotros  cuando  este 
viajero  de  los  senderos  nevados  se  detiene  ante  nuestro 
hogar;  cuando  este  peregrino  de  la  noche  helada  llama 
a  nuestra  puerta  y  nos  pide  hospitalidad.  ¿Quién  es? 

10 


146  CERVANTES 

¿Qué  pretende?  ¿Qué  nos  trae?  ¿Qué  se  nos  llevará?  Es 
el  desconocido.  Todo  lo  podemos  esperar  de  él,  y  de 
él  podemos  temerlo  todo. 

Pero  no  es  de  bien  nacidos,  ni  de  españoles,  negar 
albergue  al  caminante  que  lo  demanda  en  esta  triste 
noche  de  invierno,  en  la  que  hay  lobos  hambrientos  y 
sin  guarida  arrastrándose  por  eí  monte,  y  hombres  sin 
pan  y  sin  hogar  vagando  por  la  ciudad  envuelta  en  la 
niebla. 

Nuestra  mano  ha  temblado  al  descorrer  el  cerrojo 
de  la  puerta,  cerrada  con  fiero  y  humano  egoísmo  ante 
las  miserias  y  las  pesadumbres  ajenas,  y  hemos  dicho, 
entre  resignados  y  generosos:  — Adelante,  viajero  de 
los  nevados  senderos,  peregrino  de  la  noche  helada... 
Quienquiera  que  seas,  adelante. 

Y  el  huésped  ha  penetrado  en  nuestro  hogar  y  en 
nuestro  espíritu,  embozado  en  un  jirón  de  niebla, 
y  nos  ha  tendido  su  mano,  y  nosotros,  cobardes,  la 
hemos  rechazado,  en  la  duda  de  si  nos  ofrecía  dádivas 
o  si  buscaba,  para  arrancárnosla,  nuestra  felicidad. 

Porque  hubo  un  tiempo  en  que  como  hoy,  mediada 
la  noche,  franqueamos  la  entrada  a  uno  de  estos  viaje- 
ros desconocidos,  y  le  abrimos  con  alegría  y  confianza, 
y  hasta  le  recibimos  en  fiesta,  como  a  un  amigo,  como 
a  un  hermano.  Y  convivimos  con  él  en  el  amor  y  la 
esperanza,  y  en  él  depositamos  nuestra  fe,  y  le  ofre- 
cimos nuestras  energías,  y  le  hicimos  depositario  de 
todas  nuestras  ilusiones  y  de  todos  nuestros  anhelos, 
y  el  ingrato  nos  pagó  llevándose  lo  que  más  queríamos, 
lo  que  era  nuestro  consuelo  y  nuestra  alegría... 

Desde  entonces  dudamos;  desde  entonces  temblamos 


CBRVANTBS  147 

ante  el  desconocido  que  llama  a  nuestra  puerta  en  la 
triste  y  helada  noche  del  invierno. 

¿Quién  será  el  viajero  de  hoy,  el  de  esta  noche  tan 
medrosa,  el  de  esta  hora  de  misterio?  Puede  ser  un 
ladrón  y  puede  ser  el  emperador  de  la  Dicha,  que  uno 
y  otro  son  peregrinos  que  viajan  al  azar  por  las  sendas 
de  la  vida.  Puede  llamarse  Amor,  o  Dinero,  o  Ilusión, 
o  Trabajo,  o  Hambre,  o  Abundancia,  o  Dolor...  ¡Quién 
sabe!...  Sólo  sabemos  que  es  el  Desconocido;  pero 
como  nos  inquieta  darle  este  nombre,  porqne  él  es  la 
duda,  el  temor,  lo  incierto,  le  llamaremos  Esperanza. 

Es  lo  mejor.  Esperanza  de  que  no  ha  de  faltarnos 
el  pan,  ni  la  lumbre,  ni  la  energía,  ni  la  fe,  ni  la  ilusión 
para  poder  hacer  realidad  de  este  sueño  que  llevamos 
en  la  frente.  Esperanza  de  que  han  de  vivir  los  hom- 
bres en  el  amor  de  la  paz.  Esperanza  de  que  el  sol  de 
un  día,  cuya  aurora  ya  apunta,  ha  de  convertir  en 
flores  las  nieves  de  las  sendas  y  en  frutos  las  nieves 
de  los  campos.  Esperanza  de  que  nuestra  España  ha 
de  ser  grande  y  fuerte;  de  que  el  luminoso  azul  de  su 
cielo  sólo  ha  de  empañarse  con  el  humo  de  las  fábricas. 
Esperanza,  en  fin,  de  que  hemos  de  ser  dignos  del 
nombre  de  españoles,  única  riqueza  que  nos  queda, 
única  gloria  que  nos  resta,  legado  de  honor  y  virilidad 
que  es  todo  nuestro  orgullo  y  puede  ser  nuestra  sal- 
vación. 

Viajero  de  las  nevadas  sendas;  peregrino  de  la  helada 
noche;  huésped  de  mi  hogar  humilde,  quienquiera  que 
seas,  bien  venido.  Corresponde  con  amor  al  amor  que 
te  brindo,  ya  que  siendo  tú  el  Desconocido  te  he  dado 
uu  dulce  nombre,  prometedor  de  todas  las  venturas, 


148  CERVANTES 

aunque  puede  ser  origer  de  todos  los  desengaños;  y 
si  acaso  me  traicionases,  como  aquel  otro  viajero  que 
una  noche  triste  y  fria  llamó  también  a  mi  puerta, 
déjame,  al  menos,  como  aquél,  el  dulce  recuerdo  de  la 
dicha  perdida;  ese  recuerdo  que  es  amor  y  consuelo  y 
tiene  la  belleza  y  el  perfume  de  una  alentadora 
esperanza... 

Pero  antes  de  tu  partida,  ya  que  el  Tiempo  guió  tus 
pasos  hasta  mí;  ya  que  la  vida  encadenó  nuestras  exis- 
tencias, siquiera  sea  brevemente,  hagamos  en  amigable 
consorcio,  en  franca  camaradería,  la  jornada  que  el 
Destino  nos  impone. 

Y  lleguemos  juntos  allí  hasta  donde  las  ambiciones 
de  un  patriota  puso  sus  sueños  de  regeneración,  hasta 
los  mismos  horizontes  que  dora  la  luz  de  un  amanecer 
que  ya  se  filtra  por  los  resquicios  de  la  puerta  que 
con  tan  gallarda  generosidad  te  fué  franqueada. 

Seamos  buenos  amigos,  excelentes  camaradas.  Prés- 
tame tu  rosario,  peregrino;  el  rosario  de  tus  días.  Sus 
cuentas  irán  resbalando  por  mis  sueños,  para  que  éstos 
puedan  contar  una  a  una  las  ambiciones  satisfechas. 

Tengo  fe  en  ti,  quiero  tenerla;  necesito  tenerla.  Por 
eso  te  llamo  Esperanza;  y,  sin  embargo,  ¿quién  sabe?... 
Hasta  ahora,  eres  el  Desconocido... 

Joaquín  Aznar 


CERVANTES  149 


EL  MUNDO  MORAL 


Se  debate  con  gran  apasionamiento  la  cuestión  de 
las  responsabilidades  de  la  guerra.  El  problema,  de- 
masiado complei'o,  no  admite  una  solución  simplista. 
Los  pueblos  que  han  ensangrentado  a  Europa  duran- 
te más  de  cuatro  años,  escribiendo  las  páginas  más 
brutales  y  más  heroicas  de  la  Humanidad,  se  acusan 
mutuamente  con  prolijas  argumentaciones.  Ninguno 
quiere  echar  sobre  sus  hombros  la  terrible  responsa- 
bilidad de  la  catástrofe. 

Y  en  realidad,  no  es  cosa  fácil  entre  la  complica- 
da madeja  de  intereses  morales  y  materiales  puestos 
en  juego,  llegar  a  una  conclusión  clara  y  rotunda.  La 
Entente  acusa  al  militarismo  alemán;  Alemania  culpa 
a  Servia  y  a  Rusia  y  al  ideal  francés  de  la  revancha; 
los  socialistas  de  la  Internacional  proclaman  que  el 
capitalismo  es  el  causante  de  la  guerra...  No  hay  ma- 
nera de  trazar  una  orientación  positiva  que  nos  dé  la 
medida  exacta  de  las  responsabilidades  que  corres- 
ponde a  cada  una  de  las  grandes  potencias  beligeran- 
tes. Porque  la  guerra  no  es  un  producto  alemán,  ni 
un  producto  francés,  ruso  o  británico,  sino  la  conse- 
cuencia natural  y  lógica  de  todas  las  ambiciones  re- 
unidas; la  explosión  de  un  instinto  salvaje  que  perdura 
a  través  de  los  siglos. 

Pero  hay  en  este  asunto  de  las  responsabilidades 


150  CERVANTES 

un  aspecto  que  ensancha  los  horizontes  ideales  de  los 
pueblos.  En  otras  guerras,  la  responsabilidad  sólo  ha 
tenido  un  interés  de  crítica  histórica;  era  un  trabajo 
encomendado  al  historiador;  no  tenía  el  sentido  que 
ahora  se  le  ha  dado.  El  vencedor  imponía  la  ley,  sin 
preocuparse  de  los  problemas  morales  planteados  por 
la  guerra,  y  el  vencido  sometíase  por  fuerza  y  acari- 
ciaba tres  indomables  sentimientos:  la  humillación, 
el  odio  y  el  deseo  de  revancha.  Nada  más.  Hoy  no  se 
quiere  hacer  la  liquidación  de  la  guerra  sin  depurar 
las  responsabilidades.  Ello  supone  un  positivo  pro- 
greso del  sentido  moral. 

Esta  preocupación  mundial  puede  encerrar  un  se- 
dimento de  apasionamientos  y  rencores.  Pero  véase 
cómo  ningún  pueblo  puede  aceptar  la  responsabilidad 
de  haber  desencadenado  la  guerra.  La  energía  con 
que  todos,  incluso  los  más  culpables,  rechazan  esa 
responsabilidad,  demuestra  que  el  mundo  moral,  tan 
olvidado  siempre  que  sonaron  los  clarines  guerreros 
para  imponer  la  ley  del  más  fuerte  o  del  más  bárba- 
ro, avanza  por  el  camino  idealista  y  quiere  conquis- 
tar, para  el  porvenir,  posiciones  inexpugnables.  Aca- 
so el  ideal  no  se  realice  plenamente;  pero  habrá  dado 
un  paso  gigantesco. 

El  socialismo,  esa  nueva  fuerza  que  se  incorpora  a 
los  modernos  Estados,  trae  a  la  vida  internacional  una 
corriente  de  gran  amplitud  renovadora.  Su  fracaso  en 
los  momentos  supremos  en  que  podía  decidirse  la  gue 
rra  o  la  paz,  rompió  transitoriamente  los  vínculos  in- 
ternacionales de  sus  organizaciones.  La  idea  univer- 
salista de  los  que  quieren  borrar  todas  las  fronteras 


CERVANTES  151 


para  no  reconocer  otra  patria  que  la  Humanidad,  se 
1       encerró,  vencida,  en  los  limites  del  nacionalismo  tra- 
dicional e  histórico.   Subsistieron  las  fronteras  eriza- 
das de  cañones  formidables. 

Pero  actualmente  el  socialismo  recobra  su  dinámica 
internacional,  afirma  su  organización,  pone  en  contac- 
to a  los  hombres  de  todos  los  pueblos  y  aspira  a  esta- 
blecer vincules  irrompibles.  La  Conferencia  de  Berna, 
a  la  que  asisten  socialistas  españoles,  estudia  concien- 
zudamente los  problemas  de  la  guerra  y  de  la  paz.  Y 
aunque  la  cuantía  de  las  responsabilidades  ha  quedado 
aplazada,  por  su  complejidad  en  las  primeras  sesiones, 
los  congresistas  están  realizando  una  labor  muy  inte- 
resante. Es  la  evolución  hacia  ese  mundo  moral  que 
se  ha  forjado  en  la  guerra  más  terrible  que  vieron  los 
siglos.  Es  un  intento  de  progresión  idealista.  El  pro- 
ceso es  lento  y  penoso,  pero  hay  sembrada  una  semilla 
muy  fecunda,  que  puede  florecer  a  la  proyectada  Liga 
de  las  naciones. 

Acerca  de  este  punto — uno  de  los  famosos  14  pun- 
tos del  programa  de  Wilson — ,  la  Conferencia  de  Ber- 
na ha  expresado  una  gran  desconfianza.  Se  cree  posi- 
ble, y  según  se  ha  expresado  el  socialista  francés  Ca- 
chin,  que  la  Liga  preparada  en  París  por  los  repre- 
sentantes de  las  grandes  Potencias,  sólo  sirva  para 
satisfacer  los  voraces  instintos  del  capitalismo  victo- 
rioso. Mientras  el  capitalismo  domine,  existirá  la  ame- 
naza de  la  guerra.  Por  eso  la  Liga  de  naciones — tal 
ha  sido  la  opinión  expuesta  psr  Mac-Donald,  socialista 
inglés — no  debe  tener  su  lazo  de  unión  en  los  Gobier- 
nos, sino  en  los  Parlamentos;  ha  de  ser,  en  fin,  una 


152  CERVANTES 

sociedad  esencialmente  democrática,  no  una  concep- 
ción burguesa,  no  un  instrumento  diplomático.  Aná- 
logos recelos  sobre  la  eficacia  de  la  Conferencia  de 
París  han  mostrado  otros  caracterizados  socialistas, 
entre  ellos  el  bárbaro  Kurt  Kisner. 

Es  interesante  en  determinados  puntos  la  actitud 
de  los  mayoristas  alemanes.  Así,  por  ejemplo,  aceptan 
como  programa  ideal  el  desarme  completo.  Es  justo 
reparar  los  daños  causados. 

Los  pueblos  invadidos  durante  la  guerra  tienen  de- 
recho a  exigir  esas  reparaciones;  pero  no  deben  pen- 
sar en  la  venganza.  Se  aspira,  pues,  a  establecer  un 
principio  de  justicia  que  ejerza  pleno  dominio  en  el 
porvenir.  El  pasado  puede  estar  lleno  de  gravísimos, 
de  funestos  errores,  de  tremendos  fracasos  políticos, 
de  inicuas  violaciones  del  Derecho.  ¡Oh,  las  responsa- 
bilidades, las  debatidas  responsabilidades  de  la  gue- 
rra! Pero  es  necesario  formar  el  mundo  moral  del  por- 
venir para  que  la  catástrofe  no  resulte  estéril. 

Hay  algo  consolador  en  todo  esto  que  se  ventila  a 
la  hora  de  la  paz.  Acaso  muchos  de  los  idealismos 
proclamados  por  los  defensores  de  las  nuevas  demo- 
cracias, no  cristalicen  nuevas  democracias  no  tan 
pronto  como  quisieran  los  hombres  de  buena  volun- 
tad. No  está  aún  domada  la  ambición  de  los  pue- 
blos. No  es  labor  sencilla  la  de  armonizar  todos  los 
intereses.  No  es  fácil  destruir  definitivamente  la  se- 
milla venenosa  de  futuras  revanchas.  Sin  embargo, 
esa  preocupación  de  un  mundo  mejor,  nunca  sentida 
tan  hondamente  como  ahora,  ¿no  revela  una  transfor- 
mación evidente  en  el  espíritu  de  las  nacionalidades? 


CEKVANTKS 


153 


Podrán  subsistir  las  pasiones,  los  anhelos  imperialis- 
tas y  absorbentes,  los  manejos  de  la  plutocracia  con- 
tra el  dominio  democrático;  pero,  al  menos,  existe 
una  fuerza  ideal  y  avasalladora  que  traza  imperativa- 
mente el  nuevo  Derecho  y  señala  la  nueva  orienta- 
ción internacienal.  Al  menos,  se  busca  la  responsabili- 
dad individual  y  colectiva  del  crimen  de  la  guerra 
para  aplicarle  la  debida  sanción.  Al  menos,  se  aspira 
mediante  un  proyecto  de  Liga  de  naciones,  a  la  su- 
premacía de  la  razón  sobre  la  fuerza.  Al  menos,  se 
concede  una  mayor  importancia;  una  importancia  de- 
cisiva, mejor  dicho,  al  mundo  moral. 

Y  es  que  después  de  tantos  horrores,  después  de 
tantos  crímenes,  fruto  del  instinto  brutal  y  atávico  de 
la  guerra,  la  Humanidad  ha  sentido  el  fervoroso  deseo 
de  corregirse.  Tal  vez  no  lo  consiga  del  todo;  pero  al- 
gunas conquistas  se  harán  en  favor  de  la  causa  del 
progreso  humano,  y  la  guerra  no  habrá  sido  una  bar- 
barie estúpidamente  inútil. 

Enrique  Hernández-Carrillo. 


154 


CERVANTES 


ORIENTACIONES  DE  LA  P05T -GUERRA 


I. — La  guerra  pasada  (aun  en  el  ambiente  vibra  un  eco 
triste  de  trágicos  dolores)  marca  una  Era  nueva  en  la  Hu- 
manidad, estremecida  sangrientamente  durante  esos  enor- 
mes y  bárbaros  años  en  que  las  águilas  rojas  de  la  devas- 
tación levantaron  su  vuelo  asolador,  batiendo  sus  alas  ma- 
cabras con  un  ritmo  atroz,  como  impulsadas  por  temblores 
de  muerte... 

Y  el  mundo  entero,  pretéritas  ya  las  estridencias  épicas 
y  funerales  de  las  inmensas  batallas  gigantes,  se  ha  sentido 
conmovido  interiormente  por  una  sublime  y  dominadora 
aspiración  de  paz  que  sea  una  fecunda  y  consoladora  repa- 
ración. En  el  seno  de  esa  paz,  una  nueva  guerra  surge:  la 
de  las  Ideas. 

Es  en  la  entraña  de  los  pueblos  vencidos  donde  un  cla- 
mor se  eleva  triunfante,  con  la  fuerza  resonante  de  la  Jus- 
ticia. Y  las  almas  piden  esa  Justicia.  Y  las  almas  luchan 
por  esa  Justicia. 

Y  la  sombría  tristeza  infinita  de  los  pueblos  vencidos  se 
inunda  brillantemente  de  la  luz  auroral  con  que  lo  baña 
todo  ese  sol  eternamente  joven  y  rojo,  victorioso  y  magní- 
fico, que  es: 

El  Sol  de  las  Revoluciones. 

Yo  siento  que  mi  alma  se  hace  amplia  y  alegre,  con  una 
alegría  serena  y  fuerte,  al  conocer  la  vitalidad  resurgente 
de  los  pueblos  que  han  sabido  sacudirse,  en  el  momento 


UBRVANTES  155 

doloroso  de  la  derrota,  el  yago  sofocador  y  liberticida  de 
los  Césares  soberbios  y  los  Emperadores  vaudevillescos  de 
las  huidas  grotescas.  Me  complace  ver  esas  reivindicaciones. 
Me  satisfacen  esos  destronamientos  y  ese  derrumbarse  de 
las  coronas  y  de  los  cetros,  y  el  ocaso  de  las  púrpuras  de 
los  mantos  imperiales.  Yo  amo  todos  esos  fracasos  de  la 
Soberbia,  rendida  y  muerta  a  los  pies  de  la  Razón.  Y  digo 
interiormente  mis  cantos  y  mis  himnos  al  triunfo  violento 
y  solemne  de  las  Democracias.  Una  nueva  Era  adviene... 

Y.,  en  el  cielo  luminoso  del  Porvenir  se  adivisnan,  augu- 
rantes y  anunciadores,  los  ignivicentes  resplandores  de  las 
altas  transformaciones  sociales. 

Todo  cambia:  La  Sociología,  la  política  y  la  Ciencia...  ¿Y? 

¿Y  el  Arte? 

n. — He  aquí  que  se  ha  pensado  muy  poco  en  el  porve- 
nir del  Arte,  que  ha  de  evoluciouar,  induscutiblemente^ 
impulsado  por  las  mismas  influencias  bélicas  que  han  de- 
terminado el  devenir  de  otras  muchas  manifestaciones  vita- 
les de  la  actividad  humana. 

Es  innegable  la  eminencia  de  esa  Evolución,  apoyada  por 
una  ineludible  necesidad  histórica  y  biológica,  que  es:  la 
ley  del  Progreso. 

¿Será  revolucionaria  esa  evolución?  ¿Será  lenta  y  calma- 
da? Sólo  podemos  determinar  su  carácter  ateniéndonos  a  un 
módulo  de  celeridad.  En  este  sentido  creo  yo  que  no  cabe 
dudar  en  la  impetuosidad  renovadora  que  ha  de  tener  el 
Arte  del  Porvenir,  que  comience  su  Vida  estética,  impo- 
niendo una  gran  marcha  evolutiva  a  todos  los  valores  teni- 
dos antes  como  fundamentales. 

Claro  es  que  al  producir  yo  esta  evolución  de  los  valores 


156 


CERVANTES 


establecidos,  me  refiero  tanto  a  los  valores  técnicos  como 
ideológicos,  sobre  todo  porque  concedo  la  misma  importan- 
cia al  pensamiento  artístico  como  a  su  expresión  realizada. 
Y  no  creo  que  pueda  existir  ese  pensamiento  sensiblemente, 
si  no  existe  un  medio  adecuado  de  expresión  que  le  revele. 

Sin  embargo,  es  muy  de  suponer  que  la  influencia  bélica 
se  ejerza  más  inmediatamente  sobre  las  concepciones  ideo- 
lógicas del  Arte.  Y  que  las  formas  técnicas  vayan  renován- 
dose así  que  sea  necesaria  su  revisión,  y  aún  su  sustitución; 
para  llegar  a  hacerlas  interpretativas  de  los  valores  nuevos 
que  se  hayan  introducido  en  las  concepciones  artísticas. 

¿Cuáles  pueden  ser  esos  valores  nuevos?  En  realidad,  y 
siempre,  puede  notarse  la  sucesión  histórica  de  los  princi- 
pales momentos  de  la  Vida  artística  de  la  Humanidad,  que 
el  estado  de  las  ideas  filosóficas,  contemporáneas  a  esos 
momentos,  ha  ejercido  una  influencia  decisiva  y  completa. 

No  cabe  pensar  que  pueda  ocurrir  ahora  otra  cosa  dis- 
tinta: Y  sería  también  un  grande  error  de  miopismo  cere- 
bral no  ver  claramente  la  decisiva  junrza  que  lia  de  ejer- 
cer la  transformaciúu  político-social  de  ahora,  en  las  in- 
fluencias múltiples  que  determinan  los  cambios  de  la  ideo- 
logía estética  contemporánea  y  del  Porvenir.  Tenemos  fija- 
dos ya  dos  elementos,  de  un  valor  enorme,  para  la  produc- 
ción de  la  marcha  que  pueda  seguir  el  Arte  del  Porvenir: 

a)    Primero. — Los  valores  filosóficos. 

h)    Segundo. — Los  valores  sociales. 

El  último  período  filosófico  se  ha  caracterizado  esencial- 
mente por  una  inmensa  quietud  mental.  Por  una  fiebre 
intensa  y  enardecida,  que  ha  llevado  hasta  las  entrañas  del 
Pensamiento  el  estremecimiento  efervescente  de  un  vuelo 
de  Ideas,  impulsadas  por  el  soplo  vivificador  de  un  irresis- 


CERVANTES  157 

tibie  }  como  misterioso  Deseo  de  penetrar  siempre  más 
hondo,  eternamente  más  allá. 

Nuestros  pensadores  han  sentido  la  necesidad  de  revisar 
los  valores  filosóficos  anteriores  a  ellos  (más  inmediatamen- 
te anteriores)  y  de  crear  tras  esa  visión  una  nueva  filo- 
sofía... ^ 

T  se  ha  llegado,  efectivamente,  a  un  concepto  de  ideali- 
zación de  la  filosofía  (Williams  James  Bergson):  Idealiza- 
ción. Dada  la  índole  de  esta  contienda  universal,  inmensa 
y  devastatriz,  que  ya  es  pasada,  puede  suponerse  que  esa 
Idealización,  que  es  nota  fundamental  del  Pensamiento 
contemporáneo,  se  haga  ahora  más  ferviente  y  calurosa..., 
más...  ideal. 

De  todos  los  hechos  que  encierra  la  Guerra  ha  de  brotar 
necesariamente  un  mundo  de  ideas. 

Es  también  muy  probable  que  surja  una  nueva  filosofía 
del  Dolor,  naciente  tal  vez  de  la  caricia  pálida  y  triste  de 
los  recuerdos  de  los  días  que  fueron  trágicos,  y  que  esa  Fi- 
losofía se  hermane  a  una  esperanza  de  calma  futura  y  tran- 
quilidad vecina  en  una  fecunda  y  bella  era  benéfica  de  paz. 

Y  he  aquí  ya  un  hipotético  valor,  fijado  como  determi- 
nativo de  la  índole  del  Arte  que  se  presiente.  El  valor  filo- 
sófico. 


Valor  social. — El  proceso  contemporáneo  de  las  Eevo- 
luciones  se  determina  por  una  acentuación  cada  vez  cre- 
ciente de  su  carácter  social.  Últimamente  el  carácter  polí- 
tico queda  casi  totalmente  anulado.  Estamos  próximos  a 
una  nueva  organización  social. 


158  CERVANTES 

¿Medios  para  llegar  a  ella?  Hasta  ahora  se  ve  claramente 
que  los  pueblos  se  han  lanzado  a  la  conquista  de  sus  reivin- 
dicaciones justísimas  por  la  violencia  estridente  de  hondas 
conmociones  revolucionarias.  He  aquí  los  hechos.  Fácil  es 
deducir  que  esos  hechos  originarán  un  mundo  de  ideas  y 
modernos  valores  mentales  que  necesariamente  habrán  de 
influir  en  el  Arte. 

No  damos  otra  extensión  a  esa  influencia.  Ni  otro  senti- 
do. No  queremos  decir  que  el  Arte  se  haga  popular.  Es 
peligrosa  esa  popularización,  muy  próxima  siempre  a  con- 
vertirse en  populachería.  El  Arte  es  un  producto  de  inteli- 
gencias superiores  educadas  en  un  medio  de  Aristocracia 
del  Talento.  El  Arte  es  un  producto  de  Genio.  Y  el  Genio 
no  es  nunca  popular.  Es  solitario  y  majestuoso.  Como  los 
dioses. 

Hablábamos  de  los  valores  sociales  como  elementos  de 
sugestión.  Desde  este  punto  de  vista,  sólo  ahora  nos  inte- 
resa esta  cuestión. 

Aparte  de  estos  apuntes,  nos  proponemos  hacer  un  estu- 
dio más  detenido  del  aspecto  estético  de  las  cuestiones  so- 
ciales. Allí  hablaremos  con  mayor  amplitud.  En  tanto, 
queda  ya  fijado  el  valor  de  las  transformaciones  sociales 
como  influencia  ti  vas  del  Arte,  en  cuanto  esas  transforma- 
ciones son  hechos  que  necesariamente  han  de  engendrar 
estados  mentales  colectivos  esencialmente  nuevos. 

*  «  * 

He  ahí  el  valor  numérico  del  Arte  del  Porvenir.  Del 
Arte  post-bélico:  El  valor  de  novedad. 

El  pasado  ya  no  puede  gravitar  sobre  las  modernas  con- 


CERVANTES  159 

cepciones  estéticas  con  una  fuerza  directriz.  Sólo  puede 
servir  como  elemento  de  sugestión.  Hoy  es  una  necesidad 
psicológica  caminar  vehementemente  con  una  impulsión 
irruptiva  hacia  las  rutas  que  nos  conduzcan  a  horizontes 
luminosamente  esplendorosos  e  inexplorados,  y  llevar  con 
nosotros,  en  esa  excursión  maravillosa,  la  esperanza  de  lo 
grandioso,  el  fervor  de  los  inmensos  ensueños,  el  enfiebre- 
cimiento  de  las  ilusiones  adolescentes  y  el  deseo  acucia- 
dor  de  penetrar  con  un  espíritu  auscultante  hasta  las  gru- 
tas mágicas  y  encantadas  del  País  sublime  e  ignorado  que 
se  llama  lo  Desconocido. 

Nuestra  Edad  nueva  no  puede  sentir  ya  las  obras  clási- 
cas como  representativas  de  ideales  clásicos.  Acaso  quedan 
supervivientes  únicamente  valores  técnicos  y  nada  más. 
Pero  hasta  esos  valores  hay  que  revisarlos.  Es  un  impera- 
tivo, así,  que  se  siente  de  un  modo  intenso  en  el  espíritu 
enardecido  de  todos  aquellos  jóvenes  que  seváticamente  ca- 
minan por  las  nuevas  rutas  del  Arte,  llenos  de  la  visión 
prof ética  y  clara  de  sus  valores  futuros  de  Posteridad. 

¿Quiere  esto  ser  una  anatematización  de  lo  que  hay  de 
bello  en  el  Arte  pretérito?  ¿Acaso  puede  haber  alguien  que 
lo  piense?  Esto  no  es  una  anatematización.  Ni  una  conde- 
nación. Esto  es,  simplemente,  caminar  por  sobre  las  tum- 
bas. (¡Invitación  sublime  del  inmenso  poeta:  del  Poeta!) 

¿Esto  es  una  condenación,  una  abominación?  No. 

Nadie  como  nosotros  siente  el  amor  de  lo  primitivo. 
Pero  hacemos  una  nueva  interpretación  de  ese  primitivis- 
mo, tendiendo,  innovadoramente,  a  futurizarla. 


160 


CERVANTES 


En  cuanto  a  los  valores  establecidos,  no  los  acatamos. 

Y  decimos:  Contra  las  murallas  del  tiempo,  gigantescos 
rompeolas  inmensos,  todas  las  cosas  pasadas  como  un  mar 
embravecido  y  tempestuoso  irán  a  estrellarse.  Pasó  aquello 
que  ha  sido  sublime  y  ha  sido  grandioso  y  que  corona  las 
olas  insurrectas  de  espumas  albísimas  y  puras  y  radiantes, 
eso  pasa  por  encima  de  las  rocas  que  el  tiempo  levanta,  y 
se  eleva  en  una  ascensión  imperecedera  hacia  el  cielo  eter- 
namente luminoso  de  la  Inmortalidad. 

Llegaremos  a  una  conclusión:  Sólo  perdurará  lo  que  por 
si  sólo  tenga  derecho  a  perdurar. 

Juan  Chabás  t  Martí. 


Madrid,  1919. 


REVISTA  HISPANO-AMERICANA 

CERVANTES 

Madrid,  Febrero  1919. 


EL  SALMO  DE  LOS  HERMANOS 


En  el  silencio  de  la  casa,  en  esta  soledad,  en  que 
nos  hemos  recluido  como  los  que  se  encierran  en  un 
hipogeo  para  morir,  los  dos  solos,  pálidos  y  taciturnos 
supervivientes  de  una  larga  familia,  los  dos  solos  ante 
el  silencio  torvo  de  los  espejos  como  dos  degollados, 
pienso  eD  los  tiempos  en  que  la  casa  estaba  llena  de 
risas  y  de  respiraciones  y  mis  ojos  se  anegan  en  llanto, 
ese  llanto  que  nubla  las  cosas  como  una  humareda. 

¡Oh,  casa!  que  en  otro  tiempo  estuviste  tan  llena 
como  cualquiera  otra  y  que  hoy  apareces  tan  vacia 
ante  estas  dos  sombras  taciturnas,  ¡oh,  casa!  sobre  ti 
debía  llorarse  como  sobre  las  ruinas  de  Jerusalem,  y 
tus  turbios  espejos  deberían  reflejar  cabelleras  sueltas 
y  senos  mutilados. 

En  medio  de  la  noche,  un  alto  grito  debía  herirte 
en  el  corazón  de  tu  silencio,  ¡oh,  casa!  que  sólo  guar- 
das bocas  cerradas  y  frentes  fruncidas. 

1 


CERVANTES 


y  del  corazón  de  tu  duro  silencio  debería  brotar  un 
lamento  continuo,  semejante  al  que  brota  del  corazón 
no  más  duro  de  las  fuentes  de  mármol. 


*  *  * 


En  la  casa  vacia  nos  hemos  quedado  solos  ¡oh  her- 
mana!, esquivos  ante  las  cosas  esquivas;  y  en  nuestra 
soledad,  sobre  todas  las  cosas,  deberíamos  formar  un 
arco  perenne  con  nuestros  brazos  unidos  sobre  nues- 
tros cuellos,  un  arco  semejante  al  que  forma  un  anti- 
guo acueducto  sobre  la  tierra  desolada. 

Nuestros  labios  deberían  unirse  en  toda  hora,  nues- 
tros labios  castos  y  duros  de  solteros;  y  deberían  unir- 
se también  nuestros  cuerpos,  de  costado,  como  se  unen 
dos  columnas  que  se  desploman. 

Y  abrazados,  en  esta  casa,  que  la  soledad  hace  tan 
grande,  deberíamos  verter,  uno  sobre  otro,  toda  la  ter- 
nura de  nuestros  duros  corazones  hasta  sentirnos  ple- 
nos y  colmados. 


*  *  * 


Y  sin  embargo,  uno  frente  a  otro,  ante  la  soledad  y 
ante  los  recuerdos,  estamos  recelosos  y  llenos  de  des- 
confianza; y  bajo  el  peso  del  pasado,  tenemos  el  aire 
mudo  y  conturbado  de  las  cariátides. 

Nuestros  ojos  se  esquivan  mutuamente  y  nuestras 
bocas  se  cierran  aún  más  voluntariosas  cuando  nos 
miramos;  y  nuestros  corazones  se  esconden  como  ni- 
ños avergonzados  ante  nuestra  clara  mirada  mayor. 


CKKVANTKS 


Y  uno  frente  a  otro,  ante  los  espejos  que  nos  ace- 
chan y  ante  la  casa  que  nos  implora,  estamos  mudos  e 
impasibles,  con  nuestras  manos  encogidas  y  nuestros 
labios  bien  sellados. 


**  * 


En  nuestra  diáfana  soledad,  el  misterio  de  nuestra 
diferencia,  de  tu  alma  de  virgen  pura  y  fría,  me  angus- 
tia y  me  conturba  y  sella  mis  labios  cuando  están  más 
llenos. 

Adivino  con  una  claridad  terrible,  no  obstante 
nuestra  fraternidad,  toda  la  oculta  hostilidad  de  tu 
alma  de  virgen,  todo  el  secreto  rencor  de  tu  virgini- 
dad estéril  hacia  este  hermano  que  no  puede  henchir 
tus  senos  de  una  dulzura  maternal  ni  colmar  la  avidez 
de  tus  sueños  que  se  abren  en  ensenada. 

Siento  el  callado  rencor  de  tu  intacta  juventud  vir- 
ginal, espinosa  como  una  zarza  hacia  mi  amor  inútil; 
y  al  través  de  tus  claras  miradas,  puras  y  serenas, 
como  frías  luces  cenitales,  no  obstante  nuestra  frater- 
nidad, yo  adivino  ¡oh,  hermana!  y  siento  clavados  so- 
bre mí  todos  los  dardos  de  tu  alma  enemiga. 


*  *  * 


Aunque  tengamos,  pura  hermana,  los  mismos  ojos 
y  los  mismos  cabellos,  una  diferencia  se  yergue  entre 
nosotros  para  separarnos;  y  por  eso  estamos  uno  frente 
a  otro  taciturnos  y  esquivos. 

Tu  virginidad,  semejante  a  los  setos  no  florecidos, 
tu  virginidad  acre,  y  dura,  y  ávida,  a  pesar  de  ti  mis- 


4  ,  CE5RVANTHS 

ma,  se  encrespa  contra  este  amor  inútil  del  herma- 
no, y  en  las  noches  fragantes  se  alzan  contra  él  segu- 
ramente tus  senos  alargados  y  agudos. 

Y  sin  que  tú  lo  adviertas,  ¡oh,  hermana  casta  y 
pura!  contra  mi,  en  primavera,  se  alzan  como  contra 
un  secuestrador,  tu  juventud  marchita  y  tu  corazón 
sin  compañero. 


A  tu  lado  yo  siento  claramente  toda  la  hostilidad 
de  tu  alma  diversa,  no  domada  por  ninguna  dulzura. 

Tu  juventud,  que  no  ha  sufrido  ningún  yugo,  es  tan 
dura  como  la  de  un  varón,  y  yo  la  siento  junto  a  mi, 
vana  e  inaccesible,  llena  de  una  soberbia  silenciosa 
como  la  de  las  mujeres  desconocidas. 

Cuando  estamos  frente  a  frente,  en  el  silencio  de 
nuestra  soledad,  diáfana  como  ios  fanales  que  revelan 
y  aislan,  tu  cuerpo  inaccesible,  tu  casto  cuerpo  de 
hermana,  que  nunca  ha  de  humillarse  bajo  mi  costado, 
tu  cuerpo  lleno  de  enigmas,  conturba  toda  mi  ternura 
y  me  hace  retener  mis  caricias,  ¡que  sólo  serían  alego- 
rías terribles! 


^f    !¥    * 


¡Oh,  hermana,  llena  de  toda  la  dureza  de  las  vírge- 
nes!, a  tu  lado  yo  estoy  turbado  y  cohibido,  como  ante 
una  extraña. 

Tu  cuerpo  inmaculado,  liso  y  sin  surcos  como  un 
desierto,  tu  altivo  cuerpo  no  humillado,  llena  la  casa 


CERVANTES  O 

de  frialdad  e  intimida  mis  pensamientos  como  un  sue- 
lo demasiado  limpio  en  el  que  no  se  aventuran  los 
pasot-;  tu  estéril  virginidad,  enrollada  como  un  raes  de 
marzo,  no  basta  a  colmar  nuestra  casa,  y  a  tu  lado, 
mi  corazón  de  huérfano  y  de  célibe  echa  de  menos  la 
ternura  lactescente,  la  vasta  dulzura  y  los  círculos  de 
abundancia  que  esparce  en  torno  suyo  una  mujer  des- 
florada, por  cuyos  senos  han  brotado  las  cataratas  de 
la  maternidad. 


^  He  üf 


Tu  alma  pura  de  virgen  no  puede  comprender  mi 
corazón  viril,  que  sigue  caminos  tan  diversos. 

El  enigma  de  los  hombres  está  cerrado  para  ti  ¡oh, 
casta!  que  no  has  sentido  aun  una  mano  viril  sobre  tu 
cadera  y  mi  vida  para  tus  ojos  puros  es  tan  borrosa  y 
turbia  como  el  reverso  azogado  de  un  espejo:  tú  sólo 
puedes  tener  para  el  hermano  una  compasión  pura  y 
helada  como  la  que  se  siente  por  un  hombre  llagado. 

Tú  no  puedes  arder  en  el  hervor  de  mi  corazón 
masculino,  y  sobre  mis  congojas  y  mis  angustias  debes 
pasar  con  tus  plantas  ilesas  y  ligeras. 


#  *  # 


Ante  ti  mis  angustias  viriles  deben  callar  sobreco- 
gidas; deben  callar  para  no  herir  tus  oídos  sólo  tras- 
pasados por  el  aro  de  los  pendientes. 

Para  tu  corazón  virginal,  mi  dolor  de  hombre,  mi 
dolor   acre  y  desgarrado,   no  tiene   palabras,  y  mi 


CERVANTES 


íntima  amargura  debe  desangrarse  por  otra  herida 
que  la  de  mis  labios. 

Tus  claros  ojos  de  virgen  me  hieren  sin  querer  y 
esquivo  tu  mirada  avergonzado  como  se  esquivan  los 
espejos  en  la  madrugada  cuando  se  traen  revueltos 
los  cabellos. 


*  *  * 


Cuando  vuelvo  a  casa,  desgarrado  por  la  crueldad 
de  las  mujeres  desconocidas,  esquivo  ¡oh,  hermana! 
tu  presencia,  lleno  de  rubor.  Para  tus  claros  ojos  virgi- 
nales yo  debo  ser  una  impureza  indigna  de  ser  lavada 
en  el  rio  de  tus  lágrimas. 

Tu  alma  de  virgen  debe  sentir  un  instintivo  desdén 
hacia  este  hermano,  que  ha  gustado  el  amor  de  las 
cortesanas  y  ha  sido  como  una  de  ellas  entre  sus 
brazos. 

Y  tu  duro  corazón  virginal,  no  reblandecido  por  los 
ungüentos  del  amor,  debe  sentir  por  mi  la  misma  lás- 
tima severa  que  por  una  hermana  extraviada  que  se 
maceró  en  los  pudrideros  nupciales  de  la  media  noche. 


*  *  * 


Tú  no  puedes  comprender  toda  la  ternura  malogra- 
da que  hay  en  el  fondo  de  mi  concupiscencia,  ni  toda  la 
amargura  que  acibara  nuestros  placeres  de  hombre 
sin  amor. 

Tú  no  puedes  comprender  toda  la  tortura  de  nues- 
tros corazones  veleidosos  ni  hasta  qué  punto  envidia- 


CERVANTES  7 

mos  la  paz  de  las  castas  hermanas  que  se  reservan 
para  un  amor  único. 

Eü  la  media  noche,  cuando  mi  llegada  te  desvela 
de  tu  segundo  sueño  y  me  sientes  pasar  como  una 
sombra  furtiva  en  la  obscuridad,  mientras  tú  acaso 
me  imaginas  hastiado  de  placeres,  no  sabes  ¡oh,  her- 
mana! qué  cansados  traigo  mis  pobres  pies  y  qué  es- 
trellas tan  frías  han  hollado  en  su  camino. 


*  *  * 


Cuando  alguna  vez  me  nombras,  lo  haces  de  un 
modo  tan  patético,  que  me  incita  a  sollozar. 

Este  nombre  de  hermano  se  convierte  en  tus  labios 
en  algo  lamentoso  y  doliente  y  hablas  de  mi  como  de 
un  hombre  extraviado  o  como  de  un  enfermo  sin  re- 
medio. 

Desde  lo  alto  de  tu  pureza  tú  me  miras,  con  una 
grave  caridad  igual  a  la  que  se  siente  por  un  desco- 
nocido, y  al  través  de  tus  claras  palabras  me  veo  a  mí 
mismo,  como  a  ese  hombre  triste  que  pasa  solitario  y 
perdido  por  el  plenilunio  congelado  de  los  grandes 
espejos. 


:{:  Hi  =i: 


Para  mí  tienes  ios  gestos  tradicionales  de  la  com- 
pasión; sabes  arreglarme  un  lecho  blando  y  ponerme 
tierra  mojada  en  una  heridilla;  y  buscar  por  toda  la 
casa  un  poema  extraviado. 

Cuaado  estoy  enfermo,  sabes  caminar  por  la  casa 


o  CERVANTES 

sin  ruido  y  yo  te  siento  entonces  hablar  con  voz  que- 
da a  las  amigas  y  preparar  cuidadosa  el  amargo  re- 
medio. Y  retener  las  puertas  que  rechinan. 

Un  día,  tú  también  sabrás  cruzar  mis  manos  rígi- 
das y  también  hablarás  con  voz  queda  a  las  amigas  y 
llorarás  también  cuando  veas  salir  por  la  puerta 
abierta  de  par  en  par  esa  sombra  en  que  nos  conver- 
timos. 

*  *  * 

Tú  eres  buena  ¡oh,  hermana!  Y  yo  no  puedo  mirar- 
te sin  que  se  me  nublen  los  ojos. 

Pero  a  tu  lado,  virgen  de  áridos  senos,  yo  me 
siento  tan  sólo  como  en  la  soledad:  mi  corazón  de 
hombre  no  puede  abrirse  a  ti  completamente. 

Entre  nosotros  dos  ¡oh,  hermana!  entre  nosotros  dos 
no  puede  haber  otro  lazo  carnal  que  el  lazo  obscuro 
y  olvidado  de  nuestro  nacimiento;  toda  gran  ternura 
se  haría  entre  nosotros  monstruosa  y  así  tenemos  que 
ser  uno  para  otro  dos  sombras  esquivas  o  dos  clari- 
dades, frías  y  lejanas  de  una  misma  noche  de  invierno. 


*  *  * 


Para  mí  tu  ternura,  tu  gran  ternura,  la  que  un  día 
brotará  extravasada  de  tu  corazón  para  un  esposo, 
está  vedada  por  completo,  y  en  sus  aguas  serenas,  mi 
imagen  curvada,  no  mis  labios,  es  la  única  que  puede 
hundirse. 

Si  tus  entrañas  se  hubiesen  desgarrado,  como  las 


CERVANTES 


de  tu  madre,  si  fueses  una  mnjer  de  senos  maduros, 
tú  podrías  envolverme  en  la  dulzura  de  tu  materni- 
dad y  yo  rae  haría  un  pequeño  bajo  tu  costado. 

Aún  si  fueses  una  mnjer  deisflorada,  si  el  amor  te 
hubiese  herido  en  el  costado,  y  hubieses  probado 
como  yo  el  acre  bocado  de  la  carne  extraña,  enton- 
ces, iguales  en  el  dolor  y  el  desencanto,  hermanos 
entonces  verdaderamente,  podríamos  fundir  en  un 
solo  llanto,  largo  y  claro,  nuestro  desengañado 
asombro. 


*  *  * 


¥ 


Pero  ante  ti  ¡oh,  virgen!  yo  me  siento  tan  sólo 
como  los  verdaderos  solitarios;  como  los  que  no  tie- 
nen ni  siquiera  una  hermana  y  sólo  sostienen  en  sus 
hombros  la  propia  cabeza  triste  y  fría. 

Y  soy  como  esos  hombres  absolutamente  solos  en 
tre  los  cuales  me  siento  alguna  vez.  Mi  alma  está  tan 
vacía  como  las  suyas  y  mis  ojos  se  tienden  tan  vora- 
ces y  humildes  como  los  suyos,  hacia  las  mujeres 
grandes  y  plenas. 

Igual  que  ellos  busco  el  refugio  de  las  multitudes 
y  enteramente  sólo,  en  medio  de  la  noche,  me  alargo 
fugitivo  del  silencio  y  el  hielo  de  esta  casa,  hacia  los 
faros  rojos  de  los  harenes. 


*  ** 


Mas  tú  también  huyes  con  el  pensamiento  de  la 
casa  que  no  puede  ser  un  hogar  y  en  la  que  nunca  se 
mecerá  la  cuna  de  un  niño. 


10  CERVANTES 

En  el  silencio  de  la  casa  y  en  tu  quieta  actitud,  tú 
aguardas  el  paso  de  un  desconocido  para  entregarte 
a  él,  y  en  la  espera  desesperada  languideces. 

Y  me  muestras  la  cara  adusta  de  la  mujer  dura  y 
enemiga  para  todo  el  que  no  ha  rendido  su  costado,  ni 
ha  colmado  sus  senos,  llena  de  ceño  para  las  mujeres 
y  para  los  hombres  dulces  y  tímidos;  soberbia  y  alti- 
va, para  todo  el  que  no  le  ha  hecho  sentir  sobre  su 
espalda  el  peso  de  una  ancha  mano  varonil.  Y  que 
junto  a  la  madre  o  el  hermano  aguarda,  silenciosa  y 
tenaz,  c(n  sus  senos  tendidos,  ciega  para  todo  lo  demás 
la  llegada  del  hombre  desconocido  que  ha  de  engran- 
decer su  cintura  y  ha  de  soltar  el  nudo  de  su  primer 
velo. 

J  *  4:  '•): 

A  mi  lado  tú  aguardas  a  ese  hombre,  callada  y  vigi- 
lante, y  aunque  no  digas  nada,  yo  lo  comprendo  bien. 

Para  él  ornas  tus  manos  y  trenzas  tus  cabellos,  y 
angustiada  en  tu  espera,  al  lado  de  este  hermano 
cuya  ternura  te  retiene,  desearías  ser  más  sola  para 
aguardarle  en  tu  soledad  como  en  un  bosque. 

A  mi  lado  estás  como  los  que  van  a  emprender  un 
viaje  y  van  reunien^^o  las  mejores  cosas;  y  guardas  tu 
ternura  contenida  para  el  desconocido  con  el  mismo 
gesto  avaro  con  que  las  mujeres  que  amamantan  de- 
fienden sus  senos  delicados  y  henchidos. 

*  *  * 
¡Oh,  hermana!  Un  día  sentirás  la  dura  pisada  del 


i 


OERVANTRS  11 

que  aguardas  y  marcharás  tras  él,  sin  mirar  hacia 
atrás,  hacia  la  sombra  en  que  yo  quedaré  definitiva- 
mente solo,  encogido  y  lloroso. 

Ese  día  el  amor  habrá  triuofado  sobre  la  piedad  y 
tu  destino  de  mujer,  tu  destino  nuevo  y  resplande- 
ciente, te  llevará  lejos  de  mí;  y  desde  entonces,  ante 
la  nueva  claridad  de  tu  vida,  yo  seré  una  figura  tan 
antigua  como  la  tarde  de  invierno. 

Ese  día,  después  de  la  madre  muerta,  la  teoría  de 
las  mujeres  que  la  vida  da  generosamente  a  los  hom- 
bres, se  habrá  acabado  para  mí,  y  en  esta  casa  no  an- 
darán ya  plantas  ligeras  y  suaves,  y  como  una  nueva 
orfandad  definitiva,  lloraré  tu  pérdida  ¡oh,  hermana! 
que  fuiste  la  última  en  el  coro  de  las  intercesoras. 


*** 


El  temor  de  ese  día  llena  mi  ternura  de  esquivez  y 
temo  amarte  a  ti  como  se  teme  amar  a  una  viajera. 

Pero  tú  también  temes  a  la  desconocida,  a  la  que  un 
día  pudiera  ocupar  tu  puesto  junto  a  mi  tristeza,  la 
mujer  extraña  hacia  la  que  mi  corazón  de  hombre 
tiende  en  la  alta  noche. 

Tú  también  temes  a  la  intrusa,  a  aquella  que  habría 
de  entrar  en  la  casa  con  un  duro  ceño  y  una  frente 
erguida  y  a  cuyo  lado — hermana  del  esposo — tú  ha- 
bías de  estar  como  humillada  con  tus  pequeños  senos 
y  tu  juventud  tan  lisa  no  arada  nunca  ni  por  esa  uña 
que  hace  dolorosa  y  ambigua  una  caricia  de  varón. 


*  *  * 


12  CBRVANTB3S 

¡Oh,  hermana!  Tienes  el  recelo  de  la  intrusa,  de  la 
que  podría  desposeerte,  y  buscas  en  mis  ojos  las  som- 
bras de  las  mujeres  que  me  aman. 

Y  asi  los  dos,  en  el  silencio  de  esta  casa,  somos  se- 
mejantes a  los  que  viven  en  los  faros,  y  ante  el  espe- 
jismo de  las  sirenas,  esquivan  el  mirarse. 

Así  somos  nosotros  en  esta  triste  casa  que  guarda 
nuestras  dos  áridas  juventudes,  y  por  la  amargura  del 
amor  contenido,  estamos  hoscos  y  callados  como  dos 
mensajes  cuyo  sentido  no  se  corresponde. 

Una  misma  tortura  devora  nuestros  dos  corazones, 
y  ante  mis  ojos  de  varón  y  ante  los  tuyos  de  virgen, 
un  único  fantasma  se  levanta — ¡el  de  una  mujer  de 
grandes  senos! 

R.  Cansinos-Asséns. 


CERVANTES 


13 


POETAS  ESPAÑOLES 


NEO-LIRISMO 


ESTRRLLA  DK  LOS  VIENTOS 


Ya  no  soy  cazador  de  quimeras... 

Ahora  soy  cazador  de  elementos... 

Ya  no  busco  la  estrella  polar. 

Si  llevo  en  mi  frente  la  voluble  ESTRELLA 

DE  LOS  VIENTOS 

la  Rosa  del  Aire,  del  Cielo  y  del  Mar... 

¡Envidia  de  los  girasoles  celestes!... 

Imán  y  espejuelo  de  ESTES  Y  OESTES 

de  vientos  e  ideas  del  NORTE  y  del  SUR. 

¡Me  pondré  las  Cuatro  Alas  Cardinales 

y  podré  lanzarme  en  vuelos  triunfales! 


14 


Curvantes 


REGALOS 

No  tengo  monedas, 

mendigo; 

pero  te  doy 

todos  los  hilos  telegráficos 

que  hay  desde  aquí  a  París, 

córtalos  y  serás  rico,,, 

Y  si  eso  no  te  basta, 

te  regalo  también 

todas  las  minas 

inexplotadas... 

¡AH!... 

y  todas  las  arenas  de  oro, 

en  el  fondo  de  los  ríos  olvidadas... 

Y,  si  aún  quieres  más, 
puedes  coger  las  perlas 
que  hay  en  el  mar... 

También  te  regalo 

todos  los  buques  que  han  naufragado . 

¡YETE  CON  DIOS,  MEíNDTGO!  . . . 


SÉ    t¿UE    HAY. 


Sé  que  hay  faunos 
y  ninfas, 
tritones  y  sirenas; 


CERVANTES 


16 


pero  están  en  LA  SE. .VA  ENCANTADA 
y  en  LA  MAR  SECRETA  . . . 
¡Y  cuesta  la  entrada 
UNA  ESTRELLAL . . 


EL   SOL   KSTÁ   PRISIONERO. 


El  sol  está  prisionero 
en  las  telarañas 
que  tejió  el  invierno 
entre  los  hielos. . . 

Pero  en  mi  hogar  late  el  luego 

que  heredé  de  Prometeo . 

El  lo  dejó  PARA  ENCENDER 

ESTRELLAS... 

Pero  yo  CALIENTO  MI  CALDERO. 

¡Cerrad  la  puerta, 

que  no  entre  el  viento! . . . 

El  agua  está  encerrada 
en  mi  caldero 
¡y  no  la  temo! 


VEN,    NINA   mía 


Ven,  niña  mía, 

no  te  importe  estar  desanda, 

también  lo  están  las  diosas. . 


16  CERVANTES 

Sólo  se  visten  las  reinas, 

que  no  son  tan  hermosas. . . 

Y  si  están  enjoyadas 

yo  te  daré  un  collar  de  estrellas . . . 

Te  pondré  un  manto  de  nubes. . . 

Te  regalaré  una  diadema, 

en  la  que  sea  la  luna 

la  mayor  perla. , . 

De  un  río  te  haré  una  banda, 

mejor  que  de  plata  y  seda, . . 

y  por  carroza  tendrás 

toda  la  tierra. . . 

Te  daré  las  más  bellas  ciudades; 

te  regalaré  las  más  frondosas  selvas. 

El  sol  será  tu  paje, 

y  mi  amor 

te  hará  olvidar  las  penas ... 


PxiRA   ENTRAR. 


Para  entrar  en  la  tumba 

hay  que  dejar  las  alas  a  la  puerta. . . 

¡Sólo  en  alas  del  sueño 

nos  es  dado  volar  a  las  estrellas! . . . 

Pero  el  sueño  es  el  hada 

de  la  vida. . . 

¡y  en  la  muerte  no  reina!. . . 

Para  entrar  en  la  tumba 

hay  que  llevar  atados  pies  >: 

y  manos,  ' 

iDECTR  ADIÓS  A  LA  ESPERANZA  ALADA!  | 


CERVANTES 


17 


y  hacer  causa  común  con  los  gusanos . . . 

¿Y  después? 

Ver  cómo  el  corazón  nos  abandona 

¡el  que  fué  la  escarcela  de  la  vida! . . . 

¿Y  después? 

¿QUIEN  VOLARA  DESPUÉS  CON  NUESTRAS  ALAS? 


PLEGARIA   DE   NOVICIA 


(1918) 


¡Veinte  millones  de  hombres 

jóvenes,  apasionados 

y  viriles, 

entregados  a  la  muerte  insaciable 

en  la  guerrera  orgía! . , . 

¡Y  yo,  aquí,  sola, 

sola  con  mi  virginidad, 

en  una  paz  más  fría 

que  la  paz  de  la  tumba! . . . 

¡Veinte  millones  de  hombres 
jóvenes,  ardientes  y  viriles!. . . 

¡Oh  muerte,  hazme  tu  prisionera! 

¡Oh  muerte  lujuriosa, 
llévame  en  tu  cortejo 
de  esclavas!. . . 


18  CERVANTES 


¡Más  que  vivir  en  una  celda, 

estéril, 

quiero  acostarme  para  sienapre 

en  el  lecho  fecundo  de  la  tierra! , 


DARÉ   TODAS   LAS    ESTRELLAS 


Y  bien,  yo  sé  que  ha  de  llegar 

un  día, 

ola  de  mi  existencia, 

que  ha  de  traerme  el  alma 

náufraga , 

que  mi  alma  espera 

con  fe  ciega. . . 

Entonces, 

daré  todas  las  estrellas 

de  mi  ilusión, 

¡POR  UiNA  SOLA  ALMENDRA! 


' 


SILENCIO  * 


(Esta  poesía  pertenece  al  libro  quo 
con  el  lema  Silencio,  fué  premiado  por 
la  Academia  de  la  Poesía,  en  la  sesión 
inaugural  verificada  en  el  Ateneo  de 
Madrid  el  día  6  de  noviembre  de  1911, 
bajo  la  presidencia  do  SS.  MM.) 


— Estoy  solo, 
solo,  sobre  esta  fría  altura 
y  ante  el  Espacio  inabarcable, 
Pero  hay  alas, 


1 


CERVANTES  19 

alas  en  torno  mío. . . 
alas  secretas. . . 
¡ALAS!... 

Yo  sé  que  este  silencio 

es  el  resumen  de  todos  los  ruidos. . .        ,  _^ 

Oh 

Veo  en  el  mar ,  ,  O    / 

trazada.  ■  'y       >•••'' 

UNA  ESTRELLA  DE  ESTRELLAS . . .  UESTE        ESTE 

Mil  barcos,  ..  /.       .••>•-.. 

de  distintos  puertos 

por  mil  diversas  rutas,  ^ 

llegaran,  fatalmente, 

HASTA  UN  MISMO  NAUFRAGIO. . . 

Unos  eran  veleros 

otros  eran  remeros, 

otros  tenían  fuego  en  las  entrañas 

y  músculos  de  acero ... 

Veo  agitado  el  aire 

de  temblorosos  círculos 

de  voces  silenciosas... 

Son  las  ondas  sonoras 

del  etéreo  lago, 

formadas  al  caer  de  las  palabras... 

Me  figuro  que  soy  un  cero,  entre  unidades; 
un  eje,  un  polo,  un  centro... 

Me  figuro  que  soy  un  pararrayos, 
firme  en  el  más  audaz  de  los  galayos... 


20 


CERVANTES 


Me  figuro  que  soy  como  una  antena, 

porque  hasta  a  mis  oídos 

llegan  todos  los  ecos  de  todos  los  ruidos, 

¡Qué  insondable  silencio, 
qué  emoción!... 

Me  figuro.  Dios  mío, 
que  en  el  mundo  no  late 
más  corazón 
¡QUE  EL  MÍO! 


GoY  DE  Silva. 


PAROXISMOS   EMOCIONALES 


INVOCACIÓN   A   LAS   PASIONES 


Pasiones:  dueñas  sois  del  mundo; 
que  vuestro  poderoso  Imperio, 
cada  vez  más  fuerte  y  fecundo, 
se  afirme:  que  ensanche  el  misterio 
de  su  imán  vigoroso...  Activo, 
que  vuestro  Imperio  se  apodere 
de  todo  lo  grande  y  lo  vivo, 
¡y  que  lo  agrande  y  lo  supere!... 
Que  se  exalte  vuestra  energía 


CERVANTES  21 

hasta  la  multiplicidad 
más  incoucebible  y  bravia, 
sobrepujando  a  la  Verdad... 
Acogadnos  en  vuestro  abrazo 
que  Todo  lo  abarca  y  lo  ciñe... 
Sujetadnos  con  vuestro  lazo. . . 
|Que  nuestra  alma  se  abra  y  se  aniñe, 
sin  conocer  y  sin  pensar, 
y  que  convierta  en  el  vivir 

el  sufrir 

en  gozar! . . . 


LA   AGONÍA  DEL    PAISAJE 


Todo  lloraba  sin  lamentos: 

calladamente,  resignadamente. . , 

La  tristeza  era  fría  y  torpe 

y  rota . . . 

Moría  un  dolor  quieto  e  inalmo, . . 

Vibraciones  imperceptibles 

de  agostado  silencio 

corrían  en  cruzadas  direcciones 

como  exorcismos  desparramados, . . 

La  sombra 

se  diluía  en  si  misma  y  se  fecundaba, 

con  el  negro  polen  de  la  soledad, 

en  rencores. . . 

Los  árboles 

se  desnudaban  hasta  de  su  corteza 

en  actitudes  de  incon tenida  angustia. 

No  había  flores. 


22 


CERVANTES 


La  tierra  se  agrietaba 

en  trágicas  y  horribles  muecas. . 

Sobre  las  turbias  aguas  del  lago, 

unos  cisnes  negros  inverosímiles 

morían  inesperadamente 

sin  cantar. . . 


LOS   VIEJ08 


Como  nevadas  montañas, 

los  viejos  de  cabelleras  y  barbas  blancas 

reposan  en  la  linde  del  camino. 

Se  abrazan 

unos  a  otros 

y  lloran . . .  Pero  no  saben  amarse . 

Tiemblan. . . 

Se  lanzan  miradas  interrogantes 

Se  asustan  de  si  mismos, 

y  más  aún  de  la  juventud; 

pero  se  engríen, 

y  piden  la  limosna  del  respeto 

injustificado. 

En  sus  cobardes  titubeos, 
se  llenan  de  ira 
y  se  encaran  con  todo, 
insultantes  0  intransigentes. 

Luego,  vuelven  la  vista  hacia  sí  mismo» 
y  sonríen  sarcásticamente 


CBRVANTKS 

cou  cierto  sadismo  incontenido 

— lo  único  que  sintieron  y  no  olvidaron , 

Estos  son  los  viejos 

que  no  supieron  llegar  a  viejos 

ni,  siguiendo  las  teorías  de  Nietzsche, 

morirse. 


23 


VISIÓN    ÜLTRATRANSCENDENTAL 


No  sé  de  dónde  venía 
la  luz — ¡tanta  luz! — Cegaba, 
y  al  mismo  tiempo  dilataba 
la  vista,  y  encendía 
miradas  en  las  cosas . . . 

Crecían  mis  emociones, 

súbitas  y  portentosas, 

como  si  varios  corazones 

se  extremecieran  y  paralizasen  a  intervalos 

dentro  de  mi  ser, 

y  pusieran  deslumbradores  halos 

en  un  rápido  e  interminable  amanecer. . . 

Y  me  veía  Yo  siendo  la  Causa 

de  Todo  lo  Increado  que  surgía, 

tras  cada  breve  pausa, 

muy  cerca  y  muy  lejos  de  la  lejanía. . . 

Creaba  el  Día  eterno 


24 


CERVANTKS 


pleno,  maravilloso  y  exaltado 
que  abarca  el  Universo  Ilimitado 
en  todo  lo  Interno  y  lo  Eterno! . , , 

¡Pero  yo  dormía  el  sueño  del  que  nunca  se  despierta! . . 

César  A.  Gomet, 


RECUERDO  LÍRICO  DE  UNA  FIESTA  EN 
EL  GUADALQUIVIR 


A  MARÍA  DE  LOS  ÁNGELES  CASTRILLO, 
MARQUESA  DE  VILLA  VERDE 


En  vuestro  verde  campo  voy 
a  poner  hoy 
un  madrigal; 
mi  corazón 

quiere  que  os  dé  la  sensación 
de  una  amapola  en  un  trigal, 
de  una  estrella  en  el  cielo  vesperal. 


A  MARAVILLAS  GARCÍA  Y  BRAVO  FERRER 


Para  ti  que  supiste  una  tarde  gloriosa 
despertar  en  mi  espíritu  mi  pasada  alegría; 
para  tu  rostro  hermano  de  la  rosa 


CERVANTKS 


25 


y  para  tu  cuerpo  que  es  de  Andalucía 

he  soñado  estos  versos.  He  querido 

que  mi  palabra 

abra 

un  nido 

dulcemente 

en  tu  memoria, 

donde  ese  día  de  gloria 

palpite  eternamente. 


INVOCACIÓN  AL  GlTJADALQÜIVIR 


Guadalquivir, 
esta  tarde  van  a  ir 
unas  mujeres  gloriosas 
a  dejar  llenas  dé  rosas 
con  sus  mejillas 
tus  frondosas 
orillas. 

¡Vibre  el  corazón  de  plata 
del  laúd; 

que  una  alegre  serenata 
embriague  de  emoción 
el  corazón 
de  esta  florida  juventud! 


ASI  FUE  LA  FIESTA 


Iba  la  proa  del  navio 
desviando  airosamente 


26  CERVANTES 

la  corriente 
del  Gran  Rio. 

Sobre  la  falda 
esmeralda 
de  la  orilla, 
la  fronda 

parece  una  blonda 
de  mantilla. 

A  nuestra  espalda 
la  luminosa  Giralda 
se  eleva  sobre  Sevilla. 

Gelves  esconde  su  blancura 
entre  la  húmeda  verdura 
de  un  jardín  primaveral. 
(El  alma  sueña  con  Herrera 
y  con  la  dulce  quimera 
de  un  viejo  idilio  ducal.) 

Bajo  el  ocaso  enrojece 
el  agua  móvil  del  río; 
la  seguidilla  florece 
en  la  cubierta  del  navio. 

¡Corazón  de  Andalucía 
que  se  rompe  locamente 
embriagando  el  ambiente 
de  ruidosa  alegría! 

En  los  árboles  la  brisa 
deja  un  crujido  de  seda; 
bendita  tú,  fresca  brisa, 
que  taces  despertar  la  risa 
de  esta  fragante  arboleda. 


CERVANTES  27 

En  el  horizonte, 
detrás  del  verde  monte, 
el  rubio  sol  se  escondía 
en  una  nube  escarlata; 
la  blanca  luna  parecía 
en  la  estela  que  el  navio 
iba  dejando  en  el  río 
una  serpiente  de  plata. 


A  RICARDO  LEÓN,  DE  LA  CASTA  DE  HIDALGOS 


Ricardo  León, 
corazón 

de  la  aristocracia 
del  gay  decir  español, 
sed  bien  hallado 
en  esta  tierra  de  la  Gracia, 
del  vino  dorado 
y  del  sol. 

(Antes 
cuando, 
honrando 

el  habla  de  Cervantes, 
vuestra  alma  soñó  Alivio  de  caminantes^ 
no  os  hubiera  hablado  de  ros; 
pero  ahora, 
como  ante  Dios 
un  alma  pecadora, 
mi  alma  bohemia 
tiembla  ante  vos, 
que  sois  de  la  Academia...) 


28 

¿Cómo  queréis 
a  esa  Castilla 
seria 
si  habéis 
visto  a  Sevilla, 
que  es  el  alma  de  Beria, 
y  que  triunfalmente  guía 
a  nuestra  madre  Andalucía 
en  este  despertar 
optimista  y  fecundo 
del  viejo  espíritu  español 
para  llegar 
a  ser,  como  antes,  sol 
de  todo  el  mundo. 


CBRVANTBB 


A  PACO  BLÁZQÜEZ  BORES 


Para  tu  corazón  que,  como  el  mió, 
admira  sobre  todo  a  la  mujer, 
te  envío 

este  recuerdo  de  un  atardecer 
que  en  el  cristal  del  Río, 
bajo  las  acacias 
de  la  ribera 
se  miraron  las  Gracias 
del  solar  sevillano. 

Hermano, 
ahora  que  empieza  el  Verano 
te  envío  esta  canción  de  Primavera. 

José  María  Romero. 
Sevilla. 


CERVANTES 


29 


DÍA  DE  HUELGA 

(crónica  rimada) 


DE  MADRUGADA 


Han  enarenado  las  calles 
para  que  no  caigan  los  caballos. 
(Las  autoridades  se  previenen 
contra  los  sociales  entusiasmos.) 

Esta  noche  no  dan  las  tahonas 
ese  vaho  amable  de  sus  hornos. 
No  se  oyen  de  las  rotativas 
las  trepidaciones  de  colosos. 

Y  grupos  de  obreros  que  no  tienen 
hoy  que  levantarse  con  el  alba, 
hacia  el  aguardiente  y  el  morapio 
van  a  los  tabernas  suburbiarias. 

Bajo  sus  paraguas,  al  salir 
de  algunos  cafés  los  empleados, 
piensan:  — Si  mañana  no  hay  tranvías, 
¿cómo  llegaré  a  mi  Negociado? 


30 


CERVANTES 


MAÑANA  GRIS 


Pertinaz,  la  lluvia  colabora 
en  la  obra  de  la  policia: 
contra  los  obreros,  aún  pacíficos, 
Dios  descarga  sus  fusilerías. 

Tiene  cierto  aspecto  de  domingo 
la  ciudad.  Hoy  no  abre  sus  tiendas 
el  comercio...  por  si  hubiese  algo. 
(Es  una  medida  de  prudencia.) 

Por  disposición  gubernativa, 
corcovados  van  los  guardias;  forman, 
bajo  sus  capotes,  las  culatas 
de  las  carabinas  sus  jorobas. 

¿Dónde  van  las  gentes?  No  hay  cafés, 
ni  bares,  ni  cervecerías... 
Van — somos  así — a  ver  piafar 
las  patrullas  de  caballería; 

y  a  los  barrios  bajos,  por  si  ha  dado 
la  Guardia  civil  alguna  carga... 
¡Oh,  la  masa  neutra  siempre  pone 
tal  refinamiento  en  ver  desgracias! 

Aparte  de  cierta  hostilidad 
fisonómica  de  las  calles, 
la  vida  circula  por  las  venas 
de  la  ciudad,  normal  como  antes. 

Los  burócratas  van  en  tranvía; 


CERVANTES 


31 


los  capitalistas  van  en  coche 

o  en  automóvil,  y  a  pie,  como  siempre, 

poetas  y  obreros:  los  ex  hombres. 


ESQIJIROXiS 


Deambula  un  mendigo  con  su  prole 
— siete  hijos  y  la  compañera; — 
éste,  por  las  muestras,  de  seguro, 
como  padre  nunca  está  de  huelga... 

Y  una  obrera  va,  riendo,  del  brazo 
de  su  novio,  aire  de  estudiante. 
(No  obstante  el  progreso,  hay  dos  factores 
que  no  huelgan:  el  Amor  y  el  Hambre.) 


ÚLTIMA  HORA 


No  ha  lucido  el  sol.  («Un  esquirol 
enemigo  de  nuestro  elemento», 
he  oído  decir  a  un  socialista 
de  buena  fe  en  la  Gasa  del  Pueblo.) 

— ¿Qué  ha  pasado?  Nada.  Un  candealista 
muerto,  apuñalado  en  una  tahona... 
— ¡Esta  lluvia!...  ¡Ah,  Madrid  no  tiene 
la  organización  que  Barcelona!... 

Obscurece.  Hay  alguna  fiebre 
en  las  rúas,  ya  llenas  cli;  obreros. 


32 


CERVANTES 


Dios,  que  es  un  elemento  de  orden, 
intensifica  el  aguacero. 

Se  dispersan  las  tumultuarias    , 
energías  que  exaltó  Verháeren... 
;La  lluvia  es  un  bello  disolvente 
de  los  entusiasmos  populares! 


Juan  G.  Olmedilla. 


IMPROMPTU 


Hay  que  ser  un  poco  desequilibrado; 
un  tanto  orate,  algo  propenso  a  lo  irreal. 
En  estrecha  alianza  de  cerebro  y  estómago, 
exaltemos  la  insigne  función  del  ideal. 


Señores: 
Es  demasiado  modesto  razonar; 
el  volatín  mental  parece  más  selecto. 
Por  ello,  prescindamos  de  toda  sensatez 
y  démonos  al  diablo,  al  delirio  y  al  verso. 

La  mecánica  lógica,  sólo  para  sujetos 
apreciabley,  no  nos  conturbe  aiin. 
¡La  amajiola  bermeja  de  las  prados  vesánicos 
no  florece  en  el  tiesto  del  sentido  común! 


CERVANTES  33 


lí 


KIMAS    DE    OTOÑO 


En  el  paisaje  frió,  la  llama  del  sol  arde, 
sóbrelas  hojas  secas,  sobre  los  verdes  setos, 
el  otoño  murmura  sus  dolientes  secretos 
en  la  cadencia  rítmica  y  sensual  de  la  tarde. 

Nada  muere  en  la  esencia  sutil  del  Universo; 
ni  la  forma  ni  el  fondo,  lo  vital  ni  lo  inerte. 
Pues  aun  lo  que  parece  extinguirse  en  la  muerte, 
renace  en  el  pantágrama,  en  el  lienzo,  en  el  verso. 

Todo  tiene  un  sentido  a  los  ojos  del  hombre: 
el  silencio  nocturno  y  la  risa  del  día. 
Proyectando  en  el  seno  de  su  clara  armonía, 
anhelos  prodigiosos  y  saudades  sin  nombre. 

El  espíritu  eterno,  igualmente  reparte 
la  inquietud  del  misterio  en  todo  cuanto  crea. 
Cifrando  el  eucarístico  enigma  de  la  idea, 
en  la  clave  simbólica  y  divina  del  Arte. 


34 


CERVANTES 


m 


fríamente 


Siento  una  gran  desesperanza; 
aprecio  una  gran  desesperanza... 
Un  desplome  interior. 

Alguna  vez 
me  mezclo  en  los  goces  de  la  multitud; 
pero  cada  vez 
me  alejo  más, 
más  y  más,  de  la  multitud. 

Es  muy  hostil,  acre, 
la  soledad  de  la  multitud. 

¿Iniciaciones? 
. . .  Quizá  serán 
caminos  nuevos  del  corazón; 
rodeos,  regresos, 
quién  sabe  qué,  oasis  de  paz. 
Pero 

©8  triste,  es  triste,  alejarse  de  él, 
del  mundo  ajeno 


suyo  y 

tan  nuestro. 


Antonio  Espna  García 


rBRVANTB*  35 


POEMAS  MODERNOS 


EL   HUMO    DK    LOS    HORNOS    BESSEMER 


Es  un  bello  penacho  de  plumas 
el  humo  de  los  hornos  Bessemer. . . 
Pero  yo  he  auscultado  pechos  tísicos. 
¡El  humo  de  los  hornos  Bessemerl 

La  chimenea  es  una  torre 
grande  como  la  de  Babel 
que  se  levanta  por  encima 
de  la  altura  de  la  de  Eiffel. 

Cuando  el  viento  no  resuella 
más  alto  que  el  alto  monte 
y  no  puede  barrer  de  humo 
y  dejar  limpio  el  horizonte; 

el  pueblo  se  siente  apresado 
por  estos  gases  sulfurosos, 
y  tose  con  sus  bronquios  miles, 
y  tiene  epítetos  biliosos. 

Pero  el  cobre  se  calcina 
y  en  un  mar  de  oro  se  convierte, 


36 


CERVANTES 


y  mientras,  se  va  hundiendo  la  mina, 
y  en  los  pechos  se  ausculta  la  muerte. 


PAISAJE   DESDE    LA    BOMBA    CORNILL 


Desde  lo  alto  del  depósito 
del  agua  de  cementación, 
adonde  se  convierte  en  cobre 
el  hierro  y  hasta  el  corazón, 

desde  esta  altura  en  que  corre 
el  agua  como  un  torrente  de  berilo 
y  en  que  se  eschuchan  estos  sútoles 
en  medio  de  un  solemne  sigilo, 

se  ven  los  ríos  azules  que  se  pierden 

entre  la  gris  pirita, 

el  monte  de  óxido  de  hierro 

y  la  hilera  de  vagonetas  que  pita. 

Oh  el  agudo  chillido  de  loa  rails 
y  de  las  ruedas  sin  aceite. . . 
Es  un  ruido  que  es  un  dolor  físico, 
mezcla  de  angustia  y  de  deleite . 

La  torre  de  ladrillos,  cuadrilonga, 
de  los  hornos;  afirmación  moderna 
con  el  airón  guerrero  de  plumaje 
color  de  ópalo  noble. . .  Y  la  galerna 

que  ruge  dentro  del  taller  oscuro . . . 
V  el  circo  de  la  corta. .  .  Lucha  cruenta 


CBRVANTBS 


37 


del  hombre  con  la  piedra  fuerte, 
¡y  una  agonía  lenta! 


EL  PUEBLO  SIN  CAMPO 


Pueblo  sin  árboles,  tus  hombres 
que  salen  con  sus  linternas 
de  horadar  el  hierro  sagrado 
del  vientre  de  las  cavernas, 

¿cómo  podrán  sentir  sin  árboles, 
¡ohl  pueblo  negro,  y  sin  iglesias, 
el  amor  con  estas  feas  mujeres, 
instintivas  como  bestias? 

¿Cómo  tuS' hombres,  pueblo  negro, 
como  tú,  negros  de  carbón, 
podrán  sentir  al  salir  al  día 
ternura  en  el  corazón? 

Al  cielo  lo  tapa  el  humo. 
Teñidas  de  sangre  las  aguas  van . 
Sin  árboles,  sin  ríos,  sin  cielo 
y  sin  belleza,  ¿qué  sentirán? 

Pobre  pueblo  sin  árboles, 
en  espera  de  una  explosión, 
o  de  que  se  hunda  el  suelo 
•  de  que  los  aplaste  un  terrón... 


38 


OERVANTB» 


LA   CONTRAMINA 


Luz  azul  de  sulfato  de  cobre. 
Hay  en  la  tierra  un  fuego  de  entraña  palpitante. 
El  aire  es  húmedo  y  salobre, 
estíptico  y  asfixiante. 

La  tromba  de  aire  inúltilmente  llena 
de  oxígeno  las  grandes  galerías. 
Nunca  podrá  seguir  a  la  barrena 
que  horada  el  cuarzo  con  sus  fuertes  encías. 

El  agua  corre  en  ríos  verdes  y  azules...  ¡Cuánto 
llanto,  cuánto  tierno  llanto, 
corre  por  este  agua  azul  y  verde, 
que  zumbando  se  acerca  y  cantando  se  pierde! 

¡Cuántos  hombres  hércules  entraron 
y  cuántos  no  salieron,  o  se  fueron 
a  la  gran  contramina  adonde  hallaron 
a  todos  los  que  nunca  más  volvieron! 

Las  vagonetas  chillan  en  los  rieles. 
Los  hombres  llevan  en  su  carne  desnuda 
rocío  ardiente,  y  en  su  boca  hieles 
de  una  rabia  interior  muda. 


Ningún  ergómetro  podrá  medir  la  fuerza  arrolladora 


CERVANTES 

de  estos  titanes  que  empujan  las  masas  de  mineral. 
Los  músculos  crujen  y  hay  una  sonora 
exclamación  al  arrancar. 

Los  pectorales  y  los  biceps  duros 
como  granito  pulimentado, 
bajo  los  lacios  pelos  oscuros, 
y  este  hombre  bajo  el  vagón  combado, 

parece  un  Hércules  en  un  trabajo  inmenso, 
un  Vulcano  fundiendo  el  rayo  alado, 
un  fuerte  arquero  con  el  arco  tenso. 

Los  ascensores  traen  y  llevan  a  estos 
c'clopes  a  las  grandes  galerías. 
Todos  van  con  su  lámpara  y  sus  cestos 
llenos  de  comidas  frugales  y  frías- 

Estos  hombres  vinieron  de  las  regiones, 
aluvión  impotente  contra  el  río  que  los  trajo, 
y  quisieran  ser  águilas,  o  condores,  o  halcones... 
¡y  mientras  más  anhelan,  se  hunden  más  abajo! 

Río  de  hombres,  río  de  sangre,  río  de  oro, 
tonel  de  las  Danaides  inextinguible, 
mina  de  un  áureo  tesoro 
tan  dorado  como  terrible... 

Los  Bessemers  esperan  tu  pirita  cobriza 
para  hacerla  en  el  fuego  metal  rojo  y  candente, 
y  en  el  puesto,  esperando  tu  tesoro,  se  iza 
una  bandera  azul  en  un  barco  valiente. 


39 


40 


CERVANTES 


Río  de  hombres,  río  de  sangre,  río  de  oro, 
magno  tonel  de  las  Danaides,  cuánto 
odio  sangriento  cuesta  tu  tesoro, 
¡y  cuánto  hambre,  y  cuánto  llanto! 


Rogelio  Buendía. 


CERVANTES 


41 


CUENTOS  ESPAÑOLES 

A  ras  de  tierra. 


AHÍ,  junto  a  la  tapia  derruida  del  huerto  y  casi  al 
borde  del  amplio  sendero,  nació  una  margarita  solita- 
ria, sin  acertar  cómo  le  sucedió  el  milagro.  Pero  cada 
día  prendían  sus  raíces  con  mayor  pujanza  en  el  ge- 
neroso regazo  de  la  tierra  que  la  despertó  a  la  vida. 
Y  cada  día  era  más  perfecta  aquella  intima  unión. 

Nutrida  y  confiada,  la  margarita  se  erguía  sobre  su 
grácil  tallo  liso  y  redondo,  cuyo  verde  matiz  agrisado 
iba  oscureciendo  su  ternura,  y  sintió  bullir  la  savia 
vital  que  la  tornaba  lozana,  cimbreante  y  vigorosa. 
Así  triunfó  del  loco  viento  de  marzo,  que  la  sacudió, 
rabioso  de  no  poderla  arrancar  de  cuajo  a  su  seguro 
amparo  u  obligarla  a  danzar  por  los  campos,  al  son  de 
su  gaita  silbante  y  desacorde,  o  voltearla  rudamente 
a  los  charcos,  como  esos  trozos  de  papel  y  las  cosas 
desprendidas  que  levanta  él  a  su  paso  vehemente. 

Asi  también  se  entregó,  estremecida,  a  la  breve 


42 


CERVANTES 


violencia  de  las  lluvias  abrileñas,  y,  tremante  y  feliz, 
gozaba  las  caricias  del  sol  en  sus  pétalos  mojados  e 
impolutos...  del  sol,  cuyos  besos  en  el  alba  tiernamen- 
te le  desplegaban  su  corola,  cuando  quedó  definitiva- 
mente desvanecido  el  peligro  de  la  noche  negra  que 
obliga  a  resguardarse  el  corazón  a  las  florecillas  soli- 
tarias. 

Y  era  cada  vez  más  verdaderamente  «la  pupila  del 
día» — como  dicen  de  ella  los  ingleses — y  cada  vez  más 
linda,  por  virtud  de  sus  blancos  pótalos  llenos  de  luz, 
y  su  áureo  corazón,  henchido  por  la  bravura  del  sol 
y  aromado  por  toda  la  dulzura  de  la  tierra.  Era  per- 
fecta ya  en  su  hermosura,  exquisita  en  su  fragancia... 
sólo  que  para  aspirarla  asi,  tan  trémula  de  vida,  hu- 
biese sido  menester  tenderse  a  ras  de  tierra. 

Mas,  para  eso,  los  que  caminaban  por  el  sendero — 
atajo  que  conducía  a  la  carretera — iban  siempre  de- 
masiado apresurados,  e  ignoraban  su  blanca  presencia 
aislada  entre  las  briznas  do  la  hierba.  En  cambio,  ella 
hubiese  querido  ser  tan  alta  que  hubiese  podido  mi- 
rarles a  los  ojos  y  tocar  la  curva  de  sus  labios  rojos, 
y  rozar  asi  esa  maravilla  gesticuladora  y  andante  que 
se  le  semejaba  el  género  humano.  Y  al  oir  rumor  de 
gentes  seguía  empinándose  en  su  tallo  entre  la  franja 
verde  que  orilleaba  el  camino,  toda  aguijoneada  por 
la  curiosidad  y  ansiosa  de  ser  querida. 

Pero  únicamente  dos  mujeres  la  miraron  unos  ins- 
tantes. La  primera  una  morena  de  ojos  tranquilos  y 
serena  apostura,  la  miró  bondadosamente  y  tejió  lue- 
go, en  su  casa,  un  cuento  de  hadas  para  su  niño,  don- 
de figuraba  la  humilde  florecilla  como  soberana  del 


CURVANTES 


43 


césped,  como  gran  señora  por  su  valentía,  tan  patéti- 
ca, tan  individual  y  solitaria.  Y  la  segunda,  casi  una 
niña  todavía,  acostumbraba  cruzar  por  ai^uel  huerto 
abandonado  y  escalar  la  tapia  derruida,  para  sentarse 
luego  en  las  piedras  tumbadas  en  la  hierba  y  cubier- 
tas ya  de  liquen...  y  esperar.  Muy  cerca  se  hallaba 
entonces  de  la  margarita;  pero  desviaba  de  ella  su  ros- 
tro anhelante,  su  cuerpo,  terso  como  un  arco  dispues- 
to a  lanzar  su  dardo. 

Era  menuda  y  blanca.  Sus  ojos  semejaban  3I  cielo 
azul;  sus  dientes,  los  mismos  pótalos,  simétricos  y 
puntiagudos  de  la  flor,  prendidos  entre  finísimos  co- 
rales, y  como  su  corazón,  eran  de  oro  sus  cabellos  on- 
dulados. Cual  ella,  también  era  grácil,  cimbreña  y 
bella...  con  la  beldad  de  la  pureza  y  esa  tibia  fragan- 
cia que  exhala  de  su  regazo  la  tierra. 

Por  aquel  ángulo  del  muro  adonde  dirigía  la  niña 
sus  miradas,  solía  aparecer  el  hombre  que  ella  espe- 
raba. Era  joven  y  moreno,  y  llegaba  con  tal  ímpetu, 
que  se  diría  le  empujaba  un  fuerte  vendabal.  El  se 
arrodillaba  a  las  breves  plantas  de  la  amada,  como  si 
adorase  a  una  madona;  la  besaba  dulcemente  en  los 
párpados,  entre  las  rubias  cejas,  en  los  labios.  Y  des- 
pués, caminaban  despacio,  muy  despacio,  en  dirección 
al  sol  declinante,  y  nunca  les  vio  regresar  la  margari- 
ta. La  intimidaban  ya  las  sombras  alargadas  que  la 
cercaban,  y  la  obligaban  a  esconder  el  tesoro  de  su 
corazón  bajo  sus  pétalos  doblados. 

Una  tarde  fatal  hízose  larga  la  espera  para  la  joven. 
Vino  con  los  ojos  arrasados  en  lágrimas,  desordenados 
los  cabellos,   demudado  el  rostro  y  lleno  de  suspiros 


u 


CERVANTES 


el  tierno  corazón.  Y  cuando,  al  fin,  vislumbró  a  su 
amado,  púsose  a  temblar,  y,  roja  como  el  coral,  ni  aun 
levantó  los  párpados  para  mirarle. 

El  se  acercaba  con  paso  tardo  y  renqueante.  Su  faz, 
tan  morena  y  alegre  otras  veces,  tenía  un  color  cetri- 
no, una  mirada  cejijunta,  contenida  y  rencorosa.  Si- 
lenciosamente cogió  por  la  muñeca  a  la  niña,  con  un 
gesto  tan  violento,  que  la  levantó  sobre  los  pies.  La 
ciñó  a  su  pecho  en  un  abrazo  estricto,  tan  duro  y  tan 
cruel,  que  ella,  gimiendo,  creyó  desfallecer.  Y  asi, 
abrasándola  con  la  hoguera  encendida  de  sus  ojos  y 
su  cuerpo,  hablóle  quedo,  ronca  la  voz  apasionada  e 
insegura  en  el  decir: 

— Dame  ya  tu  contestación .  Por  última  vez  te  la 
pido.  Por  última  vez,  nena  de  mi  alma...  piénsalo... 
por  última  vez...  Tu  amor  me  hechiza,  me  calcina,  me 
condena,  me  consume...  pero  me  desespera  la  casta 
glaciedad  de  tu  cuerpo,  tan  pequeño  y  adorable,  tan 
frágil  y  sin  resistencia...  que  pudiera  tronchar  entre 
mis  manos  como  una  barra  de  cristal.  ¡Pero,  te  juro 
que,  como  hay  un  Dios  en  el  cielo,  he  de  fundir  y 
quebrar  tu  glaciedad  si  no  me  contestas  de  una  vez 
para  siempre!  ¿Es  si...  o  es  no? 

— Es...  no — gemía  ella,  entrecortada  la  voz  por  el 
apremiante  abrazo — ;  es...  nunca;  ¡óyelo  y  suelta!  An- 
tes... ¡oh,  antes  morir! 

— ¿Y  sólo  eso  me  contestas?— preguntó  él,  incrédu- 
lo e  irritado — .  ¿Sólo  eso  sabes  decirme  de  tu  gran 
amor...  tú...  tan  pura  y  tan  cruel?  ¡Tú,  mi  niña  idola- 
trada, por  quien  daría  toda  la  sangre  de  mis  venas, 
el  aliento  de  mis  pulmones,  mi  vida  entera!  Y  me  di- 


0BRVANTE8  45 

ees:  ¡Antes  morir!  Pero...  ¿eres  divina  o  diabólica,  que 
te  atreves  a  decirme...  eso?  ¿Realmente  prefieres...  e^o? 
Mírame...  respóndeme... 

Estaba  lívido,  desencai'ado.  Su  boca  se  contraía 
convulsivamente,  la  lumbre  en  sus  ojos  sombríos  tor- 
nábase desmandada  y  frenética.  Sacudíale  su  apasio- 
namiento, como  la  tormenta  sacude  al  árbol,  como  él 
sacudía  a  aquella  mujer,  con  rabia  y  dolor.  Y  los  ojos 
sobre  sus  ojos,  los  labios  sobre  sus  labios,  sorbiéndole 
su  aliento,  bebiéndose  sus  lágrimas,  besando  sus  sus- 
piros y  estrechándola  más  íntimamente  y  sin  piedad, 
gemía  con  sorda  pena: 

— ¿Es  posible  que  prefieras  la  muerte...  a  darme 
la  dicha,  tú,  que  estás  ya  en  todas  las  fibras  de  mi  ser 
y  lates  en  mi  corazón  y  en  las  ansias  de  mi  alma? 
¡Tú...  tan  pequeñita...  tan  satánicamente  clara  y  des- 
piadada! ¿Di...  di...  quieres  más  bien  morir? 

— Sí...  sí... — dijo  ella  jadeante — ;  eres  bar...  baro... 
y...  atroz...  ¡No  te  quiero  así!...;  quiero...  ¡¡libertad!!... 
¡Suelta,  te  digo!  Deja... 

Brilló  un  acero  en  el  puño,  que  súbitamente  elevó 
él  sobre  ella,  y  que,  al  caer  sobre  su  tierno  pecho,  se 
hundió  en  él  como  si  ansiase  pulverizar  aquel  pobre 
corazón.  Y  todavía,  entre  las  mandíbulas,  cerradas  y 
tirantes,  bisbiseaba  él: 

— Cumplo  tu  deseo.  ¡Ahí  tienes  la  libertad...  y  la 
muerte,..! 

Aflojó  de  pronto  su  abrazo  y  la  niña,  soltándose 
blaudamente  del  aprieto,  vino  a  caer,  sin  ruido  ni 
protesta,  sobre  la  tierra,  a  ras  de  la  margarita... 

El  sol,  que  inflama  hasta  las  más  distantes  nubeci- 


46 


CEIRVANTB8 


lias,  tocaba  ya  en  el  horizonte.  Desde  la  carretera  leja- 
na,  se  oía  el  chirrido  de  un  carro  tirado  al  lento  paso  de 
sus  bueyes,  y  el  canto  de  un  mozo  rizaba  el  aire,  car- 
gado de  olores  y  de  frescura.  De  las  ramas  del  huerto 
caían  las  primeras  hebras  de  la  sombra  que  envolve- 
ría a  la  noche  en  su  fina  red.  La  hierba  crujía  suave- 
mente en  derredor  de  la  margarita...  y  ella,  estreme- 
cida, contemplaba  absorta  el  misterio  caído  a  ras  de 
ella.  Estaba  tan  cerca  a  los  azules  ojos  de  la  niña, 
atónitos  y  abiertos,  que  veía  las  incontables  rayitas 
negras  de  sus  iris;  tan  cerca...  que  un  mechón  de  su 
pelo  la  anegaba  entre  sus  ondas,  semejante  a  un  río 
de  oro;  tan  cerca...  que  creyó  oir  manar  la  sangre 
tibia  bajo  el  acero  reluciente,  y  sentir  conmoverse  su 
corola  por  el  trabajoso  alentar  de  aquel  pecho.  Y 
¡ay!...  tan  cerca...  que  una  mano  blanca,  al  crisparse 
convulsa,  arrancó  a  la  margarita  de  su  sostén,  para 
dejarla  caer  sobre  aquel  lacerado  corazón...  y  todos 
sus  pótalos  inmaculados  tiñéronse  de  carmín...  y  su 
trémulo  suspiro  fué  a  repercutir  en  el  sollozo  que 
desgarró  la  garganta  de  la  niña. 

Después...  la  fugitiva  esencia  de  la  flor  y  el  alma  li- 
bertada de  la  mujer,  confundidas  en  la  brisa,  rozaron 
con  ternura  la  frente  del  pobre  loco,  que  lloraba  junto 
a  la  humilde  planta  despojada  y  al  frágil  cuerpo 
exánime...  a  ras  de  tierra... 


Carlota  Remfry  de  Kidd 


CERVANTES 


47 


LA    *PENA  NEGRA>: 


CUENTO 


Desde  la  ribera  del  río,  María  Jesús  clamó: 

— ¡Rafaé!...  ¡E,afaé!... 

El  eco  devolvió  la  voz,  aguda  y  clara,  en  la  medro- 
sa serenidad  del  atardecer. 

O'ia  a  hierbabuena.  El  cielo  aparecía  limpio  y 
suave,  mansamente  azulado.  La  naciente  luna  dejó 
caer  su  clara  luz  sobre  el  campo,  acariciándolo.  Sua- 
vemente se  derramaba  sobre  el  obscuro  uniforme  de 
los  olivos;  sobre  los  rastrojos  maculados,  que  abrillan- 
taba; sobre  el  río,  dormido. 


Las  casas  estaban  fronteras  al  río.  Las  dos  acha- 
tadas, las  dos  parvas,  las  dos  silenciosas  y  humildes. 
A  uno  y  otro  lado  del  río,  aparecían  tal  como  dos  li- 
rios de  blancura  mate,  descompuesta.  En  los  ortos 
adquirían  una  mácula  de  ensombrecida  melancolía. 
Por  las  claras  rapñanas  eran  dos  notas  alegres,  de 
suave  ternura.  B^jo  las  noches  enlunadas  eran  azules. 
La  mancha  verde  intensa  de  los  olivos,  les  prestaba 
gallarda  severidad,  y  como  en  una  verde  cuna  las  acó- 


48 


CERVANTES 


gía,  cuando  el  sol  doblaba  la  loma  y  el  río  las  arrulla- 
ba mansamente. 


Las  dos  viviendas  pertenecieron  a  D.  Miguel  de  la 
Cruz.  Cuando  D.  Miguel  de  la  Cruz  era  poderoso,  ru- 
fián y  pendenciero,  fueron  albergue  de  zagales,  de 
rateros  y  de  viandantes  pedigüeños.  Ahora  que  don 
Miguel  tenía  el  pelo  cano,  la  mirada  torva  y  la  escar- 
cela sin  blanca,  aquellas  malas  viviendas  abriéronse, 
como  los  honrados  portillos,  generosos  al  dueño,  para 
prestarle  el  caior  de  sus  paredes?. 

De  la  brava  dehesa  del  Tarajal,  muestra  eran  es- 
tas dos  casitas  albas  del  caído  poderío  de  D.  Miguel 
de  la  Cruz,  despilfarrador  y  generoso,  que  hubo  de 
derrochar  su  oro  y  su  fantasía  entre  la  gente  de  fal- 
das, a  la  que  profesó  gran  devoción.  Ahora  que  la  ju- 
ventud ya  no  le  encendía  la  sangre,  hasta  hacerla  ar- 
der en  rojas  llamas  de  lujuria,  compartía  su  derrota  en 
una  de  estas  humildes  viviendas,  con  la  última  que- 
rida que  soportó  su  liviandad. 


Este  D.  Miguel  de  la  Cruz,  de  gesto  imperativo  y 
de  carácter  agrio,  fué  un  poderoso  califa,  lego  en  Hu- 
manidades, licenciado  en  todas  las  picardías  y  doctor 
en  todas  las  caricias.  Cuantas  veces  hizo  florecer  el 
rojo  penacho  de  su  pasión,  dio  al  vergel  de  la  vida 
una  blanca  flor  de  histeria,  que  se  deshojó  en  los  hos- 


' 


CERVANTES  49 

pítales,  en  los  garitos  o  en  las  mancebías.  Cuando  el 
caudal  de  D.  Miguel  cayó  en  manos  mercenarias,  ya 
había  traspasado  aquel  la  empinada  cumbre  de  los 
sesenta  y  ajado  en  flor  la  vida  pasional  de  Solé,  dra- 
mática mujer  morena — botín  de  la  última  francache- 
la— garrida  y  pasional.  Y  he  aquí  cómo  el  desenfreno 
de  este  imperativo  califa  se  avino  a  compartir  el  re- 
catado hogar  con  Solé,  en  la  sosegada  casita,  lejos  de 
las  gentes,  mansos  como  pedigüeños  y  al  solo  arrullo 
de  María  Jesús,  cuyos  cascabeleros  veinte  años  eran 
la  flor  y  fruto  de  aquella  paradójica  unión. 


María  Jesús  tenía  los  ojos  anchos  y  grandes,  ne- 
gros y  profundos,  altivos  y  francos,  diabólicamente 
femeninos.  Fragante  y  loca,  se  hizo  al  bronco  abrazo 
de  la  brava  Naturaleza,  que  le  brindó  todo  su  fruto 
en  una  larga  primavera  de  halagos.  Como  todas  las 
mujeres  pasionales,  se  enamoró  solo  una  vez,  hasta 
arraigar  dentro  del  pecho  aquella  intensa  espina,  de 
modo  que  dio  flores  de  pasión  y  de  sangre. 

Rafael  se  llamaba  el  mozo  que  la  cautivara  y  era 
un  zagal  gallardo  que  guardaba  indómitos  potros  en 
la  dehesa  del  Tarajal,  a  la  margen  opuesta  del  río,  en 
la  apuesta  casita  silenciosa. 

Rafael  era  un  mozo  gallardo,  rudo  y  sencillo.  Era 
dócil  «porque  sí»,  sin  más  razón  que  la  que  da  el 
trato  con  gente  hosca  y  desabrida  que  manda  «por- 
que sí»  y  que  no  aprendió  otra  cosa  que  a  mandar. 
Cuando  él  pudo  mandó  también.   Como   no  conoció 

4 


^*^  CERVANTES 

Otro  mundo  que  el  que  circundaba  la  dehesa,  creía  de 
buena  fe  que  allí  terminaba  todo  o  que  allí  nacía  todo 
para  no  continuar. 

María  Jesús  y  Rafael  se  conocieron  y  se  amaron: 
se  amaron  con  la  ternura  de  las  flores,  con  el  ínapetu 
de  la  sangre  virgen,  con  el  atavismo  de  una  supers- 
tición. 

Está  loca  saña  de  amar  y  de  sentir  al  modo  de  las 
bestias,  era  en  María  Jesús  y  Eafael  algo  brutal  e  im- 
perativo, fuerte  y  salvaje,  que  asienta  sus  raíces  en  la 
viva  roca  y  muestra  sus  rojas  flores  en  lo  alto  del  co- 
razón. Amar  a  lo  burgués  hubiera  sido  para  ellos  in- 
inteligible. Quiutaesenciar ,  la  forma  hasta  hacer  de 
cada  palabra  una  melodía,  hubiera  pasado  para  ellos 
como  el  amor  de  las  estrellas.  En  sus  largos  silencios 
estaba  su  mejor  poema. 

Desde  la  ribera  del  río,  María  Jesús  clamaba: 

— ¡Rafaé!...  ¡Rafaé!... 

Y  Rafael  aparecía,  sin  pronunciar  palabra,  tal  como 
macho  en  celo  al  cálido  reclamo  de  la  hembra. 

Sus  coloquios  eran  mansos,  cálidos,  perfumados  de 
ternura  y  de  pasión. 

Solé  acechaba  en  la  sombra  estos  coloquios.  Aun 
recios  sus  brazos,  aun  rosado  su  vientre,  aun  encen- 
dido el  corazón,  también  ansiaba  morder  el  fruto  ver- 
de y  se  retorcía  en  espasmos  de  dolor  y  lujuria.  La 
hembra  triunfaba  de  la  madre  en  un  sarcástico  pero 
franco  gesto  de  rebeldía.  La  raza  mora,  pasional  y  j 
morena,  había  dejado  en  la  garrida  hembra  un  sedi- 
mento bastardo,  pero  ácido  y  fuerte... 


,1 


OHKVANTéJS 


5Í 


Desde  la  ribera  del  río,  María  Jesús  clamó: 


— ¡Rafaé!...  ¡RaÍAÓ!... 

Era  entrada  la  noche;  como  todas  las  noches  Ra- 
fael acudió,  pero  esta  vez  otros  brazos  apresaron  su 
cuello,  otros  labios  mordieron  los  suyos,  otro  cuerpo 
se  estremeció  bajo  su  cuerpo...  Solé  había  conseguido 
gustar  el  fruto  verde... 


La  tragedia  se  izó  en  la  sosegada  casita  del  Tara- 
jal.  D.  Miguel  no  permanecía  ajeno  a  estas  bárbaras 
inquietudes  que  ponían  un  hálito  de  terror  sobre  la 
vivienda.  María  Jesús  parecía  desaparecer  de  la  casa, 
como  en  una  huida  inexplicable  y  vergonzosa,  justifi- 
cada y  rebelde  a  un  tiempo.  Cuando  María  Jesús  sin- 
tió cómo  se  le  clavaba  en  el  corazón  la  espina  de  los 
celos,  ya  había  en  su  vientre  germinado,  sazonado  y 
fértil  el  maduro  fruto  del  hijo.  Ahora,  le  asaltaban 
nuevos  ímpetus  de  vida,  claros  deseos  de  perder 
aquel  horizonte  monstruoso  y  deshilvanado,  y  sobre 
el  corazón  le  apuntaron  blancas  alas  para  volar. 

Contrariamente,  en  Solé  renacían  ímpetus  de  vida, 
fuertes  nostalgias  de  lo  soñado  y  un  anhelo  impetuo- 
so de  ser  como  la  frágil  tierra  que  pisaba,  como  la 
rosa  roja  de  aquellos  crepúsculos  que  la  entristecían, 
como  la  piedra  viva  de  aquella  dehesa,  como  el  Sol 
que  azotaba  sus  lomos,  como  el  viento  que  la  daba 
gratos  aromas,  como  el  río  que  la  arrullaba.  Eran  an- 
sias de  liberalidad,  de  rompimiento  con  aquel  estado 
convencional  y  fatídico  que  la  arrastraba  a  una  des- 


52  CERVANTES 

couñanza  absoluta  de  si  misma,  a  un  supremo  can- 
sancio, a  un  supersticioso  dolor. 

Solé  y  María  Jesús  se  odiaban  desde  un  fatalismo 
desolador . 


Rafael  habíase  deslumbrado  ante  el  espléndido  fes- 
tín carnal.  Ahora  eran  las  noches  ensombrecidas  y 
obscuras  las  que  le  brindaban  el  regalo  de  alguna  de 
las  dos  hembras.  Fauno,  hecho  a  escasas  caricias, 
agradecía  el  regalo,  y  ponía  una  nueva  apostura  en 
cada  nuevo  fruto  de  posesión.  Y  sorteaba  las  citas 
con  fortuna. 


El  fuerte  Sol  de  junio,  como  el  bravo  león  de  la 
raza,  sacudía  su  áurea  melena  sobre  los  ubérrimos 
campos  dtíi  Tarajal.  Y  triunfaba  sobre  todas  las  co- 
sas, derramándose  sobre  el  río,  quebrando  sus  aguas, 
sobre  las  rocas  vivas,  tal  como  sobre  bestias  adormi- 
das, encendiendo  sus  verdes  rosales,  refulgiendo  so- 
bre la  blanca  carretera  como  sobre  una  cinta  de  plata. 

La  puerta  de  la  casa  está  entornada.  En  el  portal, 
sentado  en  un  viejo  sillón,  está  D.  Miguel.  Cae  su  bar- 
ba cana  sobre  la  alba  camisa  que  luce  como  un  blan- 
co sudario.  D.  Miguel  tiene  los  ojos  entornados,  tiene 
las  manos  cruzadas  sobre  el  pecho.  Como  está  recata- 
do, la  lengua  de  sol  que  entra  por  el  portón  quiere 
lamerl»  los  pies .  En  la  casa  todo  os  paz.  Es  m«dio- 


CHRVANTR9  53 

día.  El  campo,  sopor  y  fatiga,  sólo  da  una  impresión 
de  cansancio.  De  vez  en  vez  la  música  de  ana  esquila 
lenta  y  rumorosa.  D.  Miguel  alza  la  cabeza,  abre  sus 
ojos  grises.  Su  pasado  le  inquieta  y  siente  cómo  la  fa- 
tiga le  sube  a  la  garganta,  le  reseca  los  labios,  le  anu- 
bla los  ojos.  Solé  ha  puesto  sobre  su  vida  la  última 
brasa  de  deshonra,  la  última  apostilla.  Siente  el  dolor 
de  los  heridos  y  el  orgullo  de  los  que  no  claudican 
nunca.  Siente  asco  por  Solé  y  asco  de  sí  mismo.  Y 
todo  el  fuego  de  su  odio  se  apaga  con  el  chorro  frío 
de  este  frío  cálculo...  Romper  de  una  vez  sería  apre- 
tar la  argolla  que  le  une  a  Solé,  argolla  deleznable, 
frágil,  de  indignidad,  pero,  al  fin,  la  última.  Cuando 
los  brazos  de  Solé  no  se  tiendan  a  su  cuello,  no  en- 
contrará otros  brazos  amantes.  Sólo  sus  besos  podrán 
encender,  con  indeciso  temblor  de  fuego,  sus  caducos 
labios.  Ahora  alza  sus  ojos  hacia  aquella  estrecha  vi- 
vienda, y  la  vivienda  le  muestra,  descarnada,  fría,  in- 
quietadora, la  ruina  de  su  orgullo  y  de  su  corazón... 


Desde  la  ribera  del  río,  María  Jesús  clamó: 

— ¡Rafaé!...  ¡Rafaé!... 

El  campo,  en  la  noche,  daba  una  sensación  desco- 
lorida de  pena,  de  terror,  de  cansancio,  de  muerte. 
No  eran  ninguna  y  eran  todas  a  un  tiempo,  estas  vo- 
ces de  la  fatalidad,  las  que  flotaban  en  aquel  obscuro 
ambiente  vacío  de  sentido  y  vacío  de  luz.  Cantaban 
los  grillos  porque  era  primavera  y  porque  era  noche. 
Su  monótono  canto  era  una  estridencia  más  que  ate- 


54 


CBRVANTE5S 


nazaba  el  corazón  de  María  Jesús.  Y  por  segunda  vez 
clamó: 

— ¡Rafaé!...  ¡Rafaé!... 
Y  Rafael  do  contestó. 

A  solas,  por  entre  la  yerba  fresca  y  olorosa,  tac- 
teando  la  ribera  del  río,  María  Jesús  anduvo  hasta  ale- 
jarse. Bien  que  conocía  palmo  a  palmo  el  terreno,  pero 
la  amargura   le  había  subido  a  la  garganta,  asfixián- 
dola, a  los  ojos  cegándoselos,  al  corazón  haciéndose- 
lo sangrar.  Fuerte   voluntad  para  todos  los  embites 
de  la  suerte,  ahora  se  mostraba  llena  de  un  fatalismo 
desolador.  En  su  mente  se  agrupaban  los  héroes  de 
todos  los  cuentos  fantásticos  escuchados  en  la  ado- 
lescencia al  calor  de  la  humildosa  fogata.  Eran  las  in- 
formes sombras  de   los  olivos,  era  el  revuelo   de  un 
ave,  era  el  mismo  aire  que  soplaba  menos  sutil,  menos 
dulcemente,  y  le  inquietaba  hasta  hacerla  temblar. 
Junto  al  tronco  de  un  viejo  olivo  descansó.  La  noche, 
en  su  cerrada  obscuridad,  lejos  de   descifrarle  aque- 
llos antojos  fatalistas,  los  acrecía  y  multiplicaba.   Su 
indócil  temperamento  pasional  se   erguía.  Y  eran  en- 
tonces sus  pensamientos  dulces  y  su  corazón  latía  más 
tiernamente.  Se  le  ofrecía  su  humildosa  existencia 
llena  de  absurdidad.  Y  se  rebelaba  contra   estas  exis- 
tencias deshilvanadas,  sin  nexo  de  idealidad,  sin  una 
raíz,  sin  un  germen  de  vida.  No  podía  ser  su  propia 
madre  la  que  le  había  engendrado  el  corazón  y  la  que 
ahora  clavaba  en  él  un  dardo  de  muerte.   Pensaba  en 
que  no  basta  parirnos  y  hacernos  el  cuerpo  si  luego 
al  corazón  se  le  deforma,  se  le  oprime,  se  le  mata. 
Aquella  no  debía  ser  su  propia  madre  porque  no  era 


CERVANTES  55 

la  madre  de  su  corazón...  Sobre  aquel  suelo  feraz  ha- 
bía crecido,  aquellas  flores  de  aquellos  rosales  le  ha- 
bían perfamado,  y  el  canto  de  aquellos  pájaros  que  la 
despertaban  todas  las  mañanas,  le  habían  iufandido 
su  ternura.  Un  día  Rifael  había  cogido  aquella  flor. 
Y  aquella  flor  era  de  Rafael,  del  primero  que  la  cortó 
del  rosal.  Y  sentía  nacer,  vagamente,  un  medroso  ren- 
cor hacia  su  propia  madre,  que  no  era  rencor,  que  era 
odio  inquietador,  vago,  deshilvanado  también  como 
su  existencia. .  . 

Cuando  percibió,  estridente,  un  ruido  seco.  Des- 
pués un  grito  pavoroso.  Luego  otro  ruido  seco... 
Todo  esto  la  llenó  de  angustia,   de  profundo  terror... 

Más  tarde  María  Jesús,  convalsa,  llegaba  a  la  blan- 
ca casita.  Junto  a  la  entornada  puerta  una  débil  luz. 
Junto  a  la  luz  el  débil  cuerpo  de  D.  Miguel.  Don  Mi- 
guel está  apoyado  en  el  umbral,  convulso,  desfalle- 
ciente. Alza  la  cabeza,  y  al  ver  a  María  Jesús,  brillan 
en  sus  ojos  las  lágrimas.  Y  abre  los  ojos  desmesura- 
damente y  exclama:  , 

— ¡Hija  mía  de  mi  alma! 

Tras  la  humildosa  casita,  sangrientos,  destrozados, 
se  retuercen  los  salvajes  cuerpos  de  Soledad  y  de 
Rafael. 

Don  Miguel  de  la  Cruz,  el  fuerte  mayorazgo  don 
Miguel,  había  puesto  la  última  apostilla  a  su  audaz 
existencia  de  macho... 

Juan  Soca, 


56 


CERVANTES 


NUEVA  VIDA 


El  doctor  Valerio  era  un  corazón  de  oro,  y  en  el 
hospital  le  querían  sus  enfermos  tanto,  que  muchos 
veían  alargar  tranquilos  la  convalecencia  por  no  per- 
der al  buen  doctor. 

Parecía  imposible  que  tan  tosca  figura  y  carácter 
tan  apático  entrañase  alma  tan  buena  y  ciencia  tan 
cabal. 

Porque  el  doctor  Valerio,  con  su  figurilla  escueta 
y  amojamada  de  viejecillo  curtido,  y  aquella  cara 
huesuda,  rapada,  llena  de  surcos,  mirada  penetrante 
y  viva,  no  predisponía  de  modo  alguno  en  su  favor, 

Y  más,  cuando  aproximándose  al  enfermo  nuevo, 
con  frases  bruscas,  le  interrogaba,  y  escudriñando  la 
dolencia,  fruncía  el  ceño  y  ensartaba  una  filípica  sin 
término. 

Para  él,  siempre  tenía  el  enfermo  la  culpa  de  su 
estado,  o,  cuando  menos,  de  su  displicencia  y  aban- 
dono. 

— Y  tú — decía  encarándose  con  alguno — ,  ¿por  qué 
no  has  venido  antes?  Ya  estarías  curado.  No  os  acor- 
dáis de  mí  hasta  que  no  podéis  andar.  ¡Llevadme 
este  picaro  a  la  cama,  y  que  pase  otro! 


CERVANTES 


57 


Entraba  una  mujercilla  consumida  por  la  fiebre  y 
las  privaciones. 

Entonces  el  doctor  llegaba  al  paroxismo  de  su  exal- 
tación. 

Interrogaba  a  la  enferma: 

— ¿Con  que  tienes  que  lavar?  ¿Con  que  tenias  que 
mantener  a  tu  marido,  en  vez  de  venir  a  curarte? 
¡Merecías  ir  al  cementerio  en  seguida! 

— Señor,  mi  esposo  no  tiene  trabajo. 

— ¡Buen  gandul  será!  Pues  él  y  tú  tenéis  la  culpa 
de  que  te  encuentres  así...  Y  te  mueres,  te  mueres  sin 
remisiÓD.  ¡Estás  muy  mala! 

Al  día  sigaiente,  al  pasar  visita,  se  aproximaba  a 
la  pobre  mujer,  y  sus  frases  eran   distintas:  la  conso 
laba  cariñosamente  y  la  daba   esperanzas,   mejor,  se- 
guridad de  que  curaría. 

— ¿Y  mi  pobre  marido? — se    atrevía  a   murmurar, 

— No  te  preocupe  eso;  no  le  falta  nada. 

Y,  efectivamente,  el  pobre  hombre  recibía  soco- 
rro, cuyo  origen  no  averiguaba. 


II 


En  la  sala  de  San  Nicolás  ingresó  un  anciano,  en- 
fermo del  pecho,  por  quien  el  doctor  Valerio  sintió 
desde  el  primer  momento  predilección  especial. 

Dramas  íntimos  de  familia  le  hablan  reducido  a  la 
miseria  más  espantosa,  y  vióse  obligado  a  ingresar 
en  el  hospital. 

Al  principio  guardó  el  incógnito,  avergonzado  <ie 


58 


CERVANTES 


SU  triste  sino  y  de  la  Humanidad,  a  la  que  tanto  bien 
liabia  hecho,  y  que  ahora  le  abandonaba. 

Para  el  doctor  Valerio  bien  pronto  el  misterio  fué 
aclarado.  Inspiró  tal  confianza  al  viejo,  que  le  contó 
su  historia 

También  era  médico,  y  cuando  pronunció  su  nom- 
bre, abrió  el  buen  doctor  la  boca,  asombrado.  Tenia 
delante  a  uno  de  los  médicos  más  sabios,  cuyo  renom- 
bre fué  en  un  tiempo  universal. 


III 


El  doctor  Valerio  no  desconfiaba  de  la  curación  de 
su  compañero.  Era  un  caso  gravísimo  de  tuberculosis, 
ante  el  cual  la  ciencia  se  cruzaba  de  brazos;  pero  tuvo 
una  idea  diabólica  para  salvarle. 

Digo  diabólica  porque  bien  advertían  todos  en  el 
hospital  que  en  aquel  hombre  sereno,  algo  inusitado, 
preocupaba  sus  facultades  hasta  el  extremo  de  haber- 
le escuchado  dar  grandes  voces  en  su  gabinete  de  es- 
tudio, después  de  cerrar  voluminosos  libros  de  medi- 
cina, que  devoraba  con  fruición. 

— ¡Intentaré  la  operación! — le  oían  exclamar  —  . 
Daré  nueva  vida  a  ese  hombre  y  un  mentís  a  esta 
ciencia  rutinaria. 

Corrió  a  ver  a  su  enfermo, 

— Amigo  mío,  tengo  que  operaríe  a  usted;  no  le 
diré  el  modo;  ese  es  mi  secreto.  ¿Confía  usted  en  mí? 

En  la  mirada  del  doctor  había  algo  de  locura,  algo 
que  sugestionaba  con  invencible  poder. 


CRBVANTBS  59 

— Confío  en  usted,  y  me  pongo  en  sus  manos.  ¿Tal 
vez  intenta  usted  las  inyecciones  directas  al  pulmón? 
Todo  es  inútil.  Moriré. 

— No  le  he  de  decir  mi  sistema;  bien  estudiado  lo 
tengo;  me  basta  con  su  confianza  para  intentar... 

Salió  corriendo,  excitado,  y  al  pasar  la  puerta,  fijó 
su  mirada  profunda  en  el  enfermero,  un  vigoroso  mo- 
zo, joven  y  sano,  que  dormía  en  un  rincón,  bien  ajeno 
al  pensamiento  del  sabio. 

— ¡Este  es  mi  hombre! — murmuró,  y  acercándose  a 
él,  sacó  una  cinta  y  le  midió  el  cuello,  saliendo  de 
puntillas  de  la  sala. 

— ¡La  medida  del  cuello  es  exacta  a  la  del  otro! 
Ahora,  ¡que  Dios  me  proteja! 


IV 


Los  siguientes  párrafos  están  tomados  del  informe 
que  escribió  el  doctor  Valerio  para  la  Real  Academia 
de  Medicina: 

«...Este  caso,  queda  demostrado,  es  incurable; 
cuando  más,  podría,  según  digo,  alargar  la  existencia 
del  enfermo  un  mes;  sus  pulmones  se  hallan  consumi- 
dos, y  empleando  el  sistema  indicado,  llegará  la 
muerte  inevitablemente.  Mi  enfermo  se  muere  porque 
su  cuerpo  está  consumido,  mas  su  cabeza  privilegiada 
podría  vivir  mucho.  El  cerebro  no  envejece.  ¿Por  qué 
no  hemos  de  implantar  esa  cabeza  en  un  cuerpo  sanO) 
robusto,  capaz  de  arrostrar  los  embates  de  la  natura- 
leza? ¿Por  qué  a  ese  cuerpo  que  muere  no  hemos  de 


60  CERVANTES 

dar  una  cabeza  obtusa,  ignorante,  cerebro  incaoaz  de 
ser  útil  a  sus  semejantes?  Corregir  las  obras  de  Dios 
comprendo  que  no  es  dado  al  hombre,  pero  cambiar 
una  vida  augusta,  dedicada  a  la  ciencia,  por  otra  in- 
diferente para  sus  semejantes,  es  obra  nuestra. 

» Además,  yo  he  hallado  el  hombre  que  ha  de  cam- 
biar su  cabeza  con  la  de  mi  enfermo,  y  a  ese  hombre 
no  le  sacrifico;  a  mi  vez  le  regalo  mi  cuerpo. 

» Cuando  la  operación  esté  hecha,  y  el  ingerto  vital 
consumado,  quiero  que  mi  cuerpo  se  sustituya  por  el 
del  enfermero  de  la  sala  (sujeto  por  mi  elegido  para 
la  implantación):  es  decir,  el  cuerpo  del  tuberculoso 
pasará,  a  su  vez,  a  ser  el  mío.  Reconozco  en  mi  enfer- 
mo un  ser  más  inteligente,  más  úril  que  yo,  y  sacrifi- 
co mi  vida  por  él  y  por  la  Humanidad  doliente.» 

Seguían  en  el  manuscrito  los  detalles  de  la  sencilla 
operación. 

Empezaría  por  cloroformizar  a  ambos,  paralizando 
después  la  circulación  momentáneamente  por  un  mé- 
todo novísimo,  que  allí  explicaba.  Después,  y  una  vez 
cortadas  las  dos  cabezas,  haría  el  cambio  deseado. 
Detallaba  en  la  Memoria  el  modo  de  unir  sólidamen- 
te los  vasos  arteriales  y  venosos.  Después,  bien  cosi- 
dos y  firmes  los  tejidos  del  cuello,  procedería  a  de- 
volver su  movimiento  al  corazón,  mediante  una  co- 
rriente eléctrica,  y  la  operación  quedaría  realizada. 

Si  fracasara — terminaba  diciendo — ,  si  alguna  im» 
previsión  mía  fuera  causa  de  que  no  volviesen  a  la 
vida,  yo,  como  reo  de  asesinato,  me  quitaré  la  mía. 
Entre  el  instrumental  necesario,  pondré  el  revólver 
para  que  la  ley  se  cumpla  por  mi  misma  mano. 


CBRVANTKS 


61 


— ¡Que  suban  a  mi  enfermo  a  la  sala  de  operacio- 
nes! He  de  operar  de  noche,  y  me  basta  para  ayudan- 
te el  enfermero  de  la  sala.  ¡Qae  suba  también! 

Un  compañero  suyo  quiso  objetarle. 

— ¡Repito  que  me  basta!  Es  una  operación  sencillí- 
sima, y  yo  mismo  he  preparado  el  instrumental  nece- 
sario. 

A  media  noche,  entraba  el  doctor  Valerio  en  la  sala 
de  operaciones,  trémulo,  conmovido.  Algo  gritaba  en 
su  conciencia  que  el  intento  era  imposible,  mas  la  ce- 
guedad de  su  locura  acallaron  los  escrúpulos. 

El  enfermero,  cuando  le  vio  entrar  solo,  y  cambiar 
la  levita  por  la  blusa  de  operar,  quédesele  mirando 
asombrado. 

— ¿Va  usted  a  operar  solo? 

— Sí,  hijo  mío;   prepárate,  que  te  necesito.  ¡Valor! 

Y  dos  lágrimas  surcaron  su  amarillento  roátro. 

Se  acercó  al  enfermo.  Dormía  penosamente,  y  bien 
pronto  quedó  cloroformizado. 

— Vas  a  asistir — empezó  a  decir,  encarándose  con 
el  enfermero — a  una  operación  que  jamás  presencias- 
te. ¿Sabes  qué  vamos  a  hacerle?  Pues,  hijo  mío,  ¡va- 
mos a  cortarle  la  cabeza! 

El  enfermero  dio  un  grito,  y  huyó  hasta  la  puerta; 
pero  se  hallaba  cerrada;  y  el  doctor  Valerio,  cam- 
biando de  táctica,  en  vista  de  que  la  presa  se  le  esca- 
paba, prosiguió: 

— Ven  aquí,  imbécil;  ¿no  comprendes  que  eso  es 


62 


CBRVANTBÜS 


una  broma?  Quiero  decir  que  uo  ea  aún  la  ocasión  de 
operar;  está  mal  cloroformizado  y  vamos  a  empezar 
de  nuevo.  Duerme,  entre  tanto,  si  quieres. 

El  pobre  enfermero  uo  las  tenia  todas  consigo;  se 
tumbó  en  una  butaca,  pero  con  los  ojos  medio  cerra- 
dos, no  perdia  un  movimiento  del  doctor. 

Vio  al  poco  rato,  cuando  le  creyó  dormido,  que  se 
acercaba  a  él  cautelosamente  y  le  aplicaba  el  cloro- 
formo a  las  narices. 

Estuvo  a  punto  de  coger  al  doctor  por  la  cintura  y 
estrellarle  contra  la  pared,  mas  pudo  tanto  la  curio- 
sidad, que  fingió  al  punto  los  adormecedores  efectos 
del  cloroformo,  cosa  en  él  sencilla  por  lo  mucho  que 
había  visto  administrarle. 

Mas  luego,  cuando  le  vio  tomar  un  cuchillo  de  am- 
putaciones y  acercarle  a  su  cuello,  saltó  de  la  butaca, 
y  sujetándole  los  brazos,  gritó: 

— ¡Con  que  quiere  usted  cortarme  la  cabeza  a  mi 
también — .  ¿Eh? 

— ¡Suelta,  baudido!--gritaba  el  pobre  doctor—.  Suel- 
ta, imbécil;  sólo  quiero  tu  cuerpo  por  unos  días;  luego 
te  daré  el  mío.  ¡Suelta,  canalla,  estúpido!  ¡Déjame 
operar! 

Y  se  retorcía  en  el  suelo,  siempre  con  el  cuchillo, 
atenazado  por  aquellas  manos  vigorosas. 

A  las  voces,  acudió  gente,  se  derribó  la  puerta,  y 
pudieron  evita,r  que  el  doctor  Valerio  muriese  a  ma- 
nos del  enfermero.  Porque  lo  que  éste  decía  luego: 
— Si  tardan  un  poco  más,  le  hago  daño.  ¿Pues  no  se 
había  empeñado  en  cortarme  la  cabeza? 


ubkvantbs  63 


VI 


Hace  poco,  me  enseñaron  al  infeliz  doctor  Valerio 
en  el  Manicomio  de  X. 

Se  acercó  a  mí,  sacó  una  cinta  y  me  midió  el  cuello 
muy  gravemente.  Después  volvió  a  echarse  en  su  rin- 
cón, exclamando: 

— ¡Es  inútil  que  busque  otra  cabeza!  ¡Aquella,  aque- 
lla de  aquel  imbécil  era  la  que  yo  necesitaba! 

Seguramente,  con  aquella  cabeza  no  se  hubiera 
vuelto  loco: 

José  Brissa. 


64  Cervantes 


CARTA   ABIERTA 

PARA  EL  ILUSTRE  CRÍTICO  GRAMATICAL 
D.  ANTONIO  DE  VALBUENA 


Muy  distinguido  señor: 

He  leído  en  la  revista  Cosmópolis  su  artículo  titula- 
do «Crónicas  gramaticales»,  en  el  cual  trata  de  fijar  la 
verdadera  y  genuina  forma  de  la  palabra  redo?'  y 
alredor^  según  usted  quiere  que  se  diga,  y  rededor  y 
alrededor,  según  manda  la  B-eal  Academia  Española; 
y  como  yo  aspiro  a  ocupar  una  poltrona  en  la  doctísi- 
ma corporación,  acudo,  como  buen  paladín,  en  su  de- 
fensa, aunque  convencido  de  que  defiendo  una  mala 
causa. 

¿Qué  cuáles  son  mis  méritos  para  aspirar  a  tamaño 

honüi?  Francamente,    ninguno;   pero  por  esta  misma 

razón  aspiro,  pues  si  yo  tuviera  los  méritos  de  usted, 

tan  lejos  estaría  de  mí  el  conseguirlo  como  mis  manos 

de  tocar  la  luna. 

Vamos,  pues,  al  asunto. 

Ante  todo,  pienso  que  para  escribir  esta  réplica  he 

debido  esperar  a  que  usted  termine  su  tesis,  pues  en 

ella  nos  ha  dejado  pendientes  de  lo  que  usted  sabe 


CERVANTES  65 

sobre  la  etimología  de  dicho  nombre;  pero  yo,  la  ver- 
dad, no  he  podido  dominar  mis  nervios — ¡cualquiera 
aguarda  un  mes  en  estos  tiempos  de  automóvil  y  aero- 
plano!— ,  y  aquí  me  tiene  usted  dispuesto  a  blandir  la 
lanza  en  este  torneo  en  favor  de  mis  futuros  compañe- 
ros, y  para  ver  el  modo  de  sacar  del  purgatorio  de  la 
duda  a  esos  dos  pobres  vocablos. 

Empiezo  por  confesar  que  tiene  usted  sobradísima 
razón  en  lo  que  escribe  sobre  la  procedencia  que  la 
doctísima  corporación  atribuye  a  las  expresadas  pala- 
bras; nada  de  ruedas  ni  de  rodajes  puede  ser  el  origen 
de  redor  o  rededor]  pero  vaya  usted  a  poner  trabas  a 
la  imaginación  en  esto  de  las  etimologías;  más  gordas 
y  más  frescas  las  he  visto  en  diccionarios,  que  gozan 
de  mucho  crédito,  donde  se  afirma  que  la  palabra 
cigarro  trae  su  origen  de  cigarra^  nada  menos  que  por 
onomatopeya,  es  decir,  por  semejanza  entre  el  ruido 
que  se  forma  con  el  papel  al  liar  el  tabaco  y  el  que 
hacen,  cuando  vibran  en  el  canto,  los  élictros  de  la 
simpática  holgazana  de  la  fábula  (véase  diccionario 
etimológico  de  Roque  Barcia)...  ¡que  tal!,  como  si  no 
estuviera  en  los  diccionarios  latinos  el  yerbo  cingois-ere, 
que  significa  ceñir,  y  que  muy  bien  pudiera  dar  origen 
a  esta  palabra,  ya  que  lo  que  se  hace  con  el  papel  es 
ceñir  el  tabaco,  cosa  que  también  se  hace  con  las  mis- 
mas hojas,  cuando  el  cigarro  es  puro;  además,  si  de 
lego-is  viene  legajo,  ¿por  qué  de  cingo-is  no  ha  de  venir 
cigarro? 

Mas  dejémonos  de  tales  disquisiciones,  que  no  me- 
recen la  pena  de  apuntarse,  y  vamos  al  asunto.  El 
nombre  rededor  y  el  adverbio  alrededor,  indudable- 

5 


66  CERVANTES 

mente  traen  su  procedencia  del  verbo  latino  redeois  iré 
compuesto  de  eo-is-ire  y  de  la  preposición  de  compo- 
sición re,  llevando  por  ley  de  eufonía  interpuesta 
una  d,  para  evitar  el  hiato;  este  verbo  significa  dar  la 
vuelta,  hacer  un  rodeo,  como  puede  verse  en  este  ver- 
so de  Virgilio.  Égloga  IX. 

Titire,  dura  ^redeo»,  brevis  est  via,  pasee  capellas. 

Titiro,  mientras  vuelvo  (de  aquí  cerca)  o  mientras 
doy  la  vuelta,  apacienta  mis  cabrillas.  Asi,  pues,  del 
supino  de  esté  verbo,  reditum  se  derivan  los  nombres 
castellanos  rédito  y  reditor  convertido  en  rededor  por 
eufonía. 

El  primero  de  ellos  significa  dinero,  que  se  va  de- 
volviendo a  cuenta  de  otro,  que  se  tomó  a  préstamo; 
el  segundo,  cosa  que  rodea  o  da  la  vuelta  a  otra,  y 
ambas  absolutamente  conformes  con  el  significado  del 
verbo,  que  les  da  origen,  así  como  el  adverbio  al- 
rededor. 

Vea,  puesj  el  Sr.  Valbuena,  por  qué  usaron  estos 
vocablos,  tal  como  deben  usarse,  Ambrosio  Morales  y 
el  padre  Mariana,  y  por  qué  la  doctísima  corporación, 
a  quien  critica,  por  esta  vez  al  menos,  no  se  ha  equi- 
vocado, no  obstante  haber  obrado  a  tientas. 

Cierto  que  puede  decirse  redor  y  alredor,  por  sín- 
copa, como  decimos  Navidad  por  Natividad,  pero  no 
por  otra  cosa...  a  menos  que  en  su  artículo  venidero 
no  pruebe  que  está  en  el  limbo,  quien  tiene  sumo  gus- 
to en  ofrecerse  de  usted  affmo.  y  admirador 

q.  e.  s.  m., 

Un  académico  en  ciernes. 


CERVANTES  67 


CUENT05  HI5PAN0ATT1ER1CAN05 


MATERNIDAD 


Rincón  en  un  saloncito  de  ventanal  acristalado^  abierto 
a  un  jardín^  en  cuyo  centro  eleva  una  fuente  su  hilo 
finísimo  de  agua  sin  llegar  a  las  copas  de  los  áí'bo- 
les,  inquietadas  de  vez  en  cuando  por  el  viento  de  oto- 
ño. María  Luisa  está  sentada  en  un  diván;  es  muy 
delgada:  pero  su  cuerpo^  que  apenas  ocupa  un  rincón 
cito  del  mueble,  parece  llenarlo  todo  a  causa,  de  la 
bata  de  encajes.  Frente  a  ella,  con  aire  cohibido,  está 
Beatriz:  su  traje  modestísimo  contrasta  con  el  lujo 
del  aposento.  Al  principio  el  diálogo  es  entrecortado, 
falto  de  confianza...  Sólo  cuando  las  primeras  som- 
bras borran  los  tapices  en  las  paredes  y  las  vitrinas 
agoviadas  de  biícaros  ricos  y  costosísimas  naderías, 
el  coloquio  se  va  haciendo  más  cálido,  y  se  llena  al 
fin  de  alma  y  de  dolor  cuando  las  dos  mujeres,  invi- 
sibles casi  nna  para  otra,  son  sólo  dos  pobres  seres 
rodeados  de  tinieblas. 


68  CERVANTES 

María  Luisa. — Siéntate  tranquila...  Estás  como  un 
poco  asustada.  1 

Beatriz. — Si...  He  perdido  la  costumbre  de  sentar- 
me en  un  salón  tan  rico,  tan... 

María  Luisa. — (Sintiendo  rubor  de  su  riqueza.) 
¡Oh!...  El  bienestar  material  va  y  viene  y  en  el  fondo 
da  un  poco  igual.. .  o  por  lo  menos  a  mi  me  lo  parece, 
quizá  por  egoísmo...  No  puedes  figurarte  cuántas  ve- 
ces me  he  acordado  de  ti...  La  vida  es  peor  que  una 
tempestad:  separa,  rompe...  y  apenas  si  cada  una  tie- 
ne tiempo  de  ocuparse  de  otra  cosa  que  de  sí  misma... 
¡Quién  iba  a  pensar!  ¿De  modo  que  no  te  ha  ido  bien 
en  la  vida?  Cuéntame,  cuéntame. 

Beatriz. — ¿Para  qué  quieres  saber  penas?  Yo  tam- 
bién pensé  muchas  veces  en  ti,  pero  en  mí  no  tiene 
mérito,  porque  era  desgraciada...  Me  daba  reparo  ve- 
nir a  enturbiar  tu  felicidad  con  mi  historia...  ¡Si  vie- 
ras que  dudé  muchas  veces  antes  de  escribirte!  Llegué 
a  pensar  hasta  que  no  me  recibirías...  Perdóname. 

María  Luisa. — Oh,  Beatriz,  ¿y  por  qué?  Bien  sé 
que  no  basta  haberse  sentado  en  el  mismo  banco  de 
la  escuela  para  seguir  juntas  el  camino  o  para  encon- 
trarse sin  indiferencia  en  las  encrucijadas;  pero  tú  y 
yo  no  fuimos  sólo  dos  condiscípulas  vulgares.  ¿No  te 
acuerdas?  ¡Cuánto  he  echado  de  menos  en  ésta  rique- 
za aquellos  días  claros  del  colegio!  Toda  la  vida  era 
un  misterio  para  nosotras .  Tú  no  sabías  lo  que  iban  a 
perder  tus  padres  ni  yo  lo  que  iba  a  heredar  de  mi 
madrina.  Vivíamos  de  nuestra  juventud,  de  nuestra 
esperanza,  y  tú  eras  más  fuerte  que  yo...  ¡Cuántas  ve 
ees  me  defendiste!,  coritra  las  mayores  primero,  y  des 


UERVANTB8  69 

pues  contra  aquellas  murrias  que  me  entraban  sin  sa- 
ber por  qué  y  que  me  daban  una  gaua  infinita  de  llo- 
rar, de  sentirme  bien  desgraciada...  ¡Qué  fuerte,  qué 
tranquila  eras  tú!...  Todas  te  admiraban  porque  tu  pa- 
dre era  banquero  e  iba  a  verte  en  coche;  yo  te  admi- 
raba, sobre  todo,  por  tu  fuerza  y  tu  tranquilidad.  Ya 
ves...  Siempre,  al  pensar  en  ti,  el  recuerdo  de  aquella 
fuerza  me  daba  un  poquito  de  envidia. 

Beatriz. — La  vida  me  ha  roto...  La  miseria  es  igual 
a  la  gota  de  agua,  y  el  ver  sufrirla  a  seres  queridos,  a 
seres  que  vinieron  a  la  vida  por  nuestro  placer,  por 
nuestra  imprevisión... 

María  Luisa. — ¡No  digas  eso! 

Beatriz. — He  pasado  muchas  penas  en  la  vida. 

María  Luisa. — Menos  mal,  no  te  quejes...  Muchas 
penas,  al  cabo,  deben  distraer.  El  alma  se  desperdiga- 
rá en  ellas...  Mientras  que  yo... 

Beatriz. — ¿Tú  penas?  ¿Puedes  decir  tú  que  tienes 
penas? 

María  Luisa. — Una  sola...  Una  sola  que  ha  ido 
poco  a  poco  tomando  la  forma  de  mi  alma. 

Beatriz, — Serán  una  especie  de  lujo  más  como  eran 
aquellas  del  colegio...  Todos  los  domingos  te  iban  a 
ver,  te  llevaban  flores,  bombones  que  nos  repartías  a 
todas,  cintas,  estampas  con  santos  siempre  nuevos  y 
resplandecientes...  Eras  tan  feliz  que  tenías  como  una 
sombrade  vergüenza...  y  te  inventabas  aquellas  melan- 
colías, aquel  llorar  sobre  tu  muñeca  de  ojos  azíules. 

María  Luisa.— ¡Pobre  muñeca!  ¡Cnanto  daría  por 
que  no  se  me  hubiera  roto! 

Beatriz.— ¿Lo  ves?  Tu  alma  sigue  siendo  infantil... 


70 


CERVANTES 


1 


El  temor  a  la  monotonía  te  hace  fingir  desdichas, 
cuestión  de  claroscuro...  Mira  estas  manos  que  tú  me 
celebrabas  tanto...  Bueno,  no  puedes  verlas...  Tocar- 
las, sí...  Son  callos  producidos  por  los  más  rudos  tra- 
bajos; callos  que  antes  de  salir  en  la  piel  mortificaron 
la  vanidad  de  mujer  criada  en  casa  rica.  ¡Y  si  siquie- 
ra hubiesen  puesto  a  mi  nena  a  cubierto  de  las  nece- 
sidades! Pero  no,  todo  se  fué  perdiendo:  ilusiones,  be- 
lleza, hasta  el  espíritu  de  clase,  por  ganar  apenas  un 
solo  día  a  la  miseria,  que  en  vez  de  volvernos  la  espal 
da  iba  reculando  pasito  a  paso,  siempre  de  cara  a  mis 
esfuerzos.  Después  del  suicidio  de  papá  y  de  mi  mal 
paso...  ¡Uno  de  esos  malos  pasos  que  se  volverían  a 
dar  siempre! 

María  Luisa. — (Que  ha  seguido  el  hilo  del  pensa- 
miento propio.)  Tus  callos  se  pueden  al  menos  mos- 
trar... Mientras  que  mi  mal,  que  es  también  mal  del 
cuerpo,  no  puede  verse...  Es  más  profundo,  mucho 
más  profundo  e  irreparable. 

Beatriz.— Pero,  ¿tú  estás  enferma?  ¿Tienes  algo? 
Todo  en  tu  cara  parece  salud;  siempre  fuiste  menuda... 
¿No  será  aprensión?  A  ver,  di... 

María  Luisa. — ¡Aprensión!  ¡Si  no  es  siquiera  en- 
fermedad!... Algunas  amigas  hasta  me  han  felicitado... 
En  mis  relaciones  de  mujer  mimada  por  la  suerte,  se- 
gún crees  tú,  mi  dolor  inmeaso  encontraría  difícilmen- 
te credulidad...  Es  preciso  haberme  visto  acariciar 
aquella  muñeca  de  ojos  azules  para  comprenderlo... 
Tú  viniste  casi  ruborosa  de  tus  fracasos,  de  tus  vesti- 
dos modestos,  pobres...  ¿crees  que  no  lo  noté?  Pues 
enderézate,  boba,  y  mírame  de  igual  a  igual,  o,  mejor 


CBRVANTKS  ^1 


aún,  protégeme  como  en  la  escuela,  porque  sigues 
siendo  más  fuerte.  Tu  pena  es  mezquina  si  la  compa- 
ras con  la  mía...  ¿Cómo  no  sonreír  ante  esos  callos  que 
proclaman  tu  abnegación  y  ante  ese  mismo  tropiezo 
del  cual  te  levantaste  maltrecha,  engañada,  envilecida 
socialmente,  ¡pero  con  una  hija! 

Beatriz.— Una  hija  sin  padre. 

María  Luisa.— Bah...  ¿Y  tú  corazón?  Asi  podrás 
sentirla  más  tuya...  Mientras  encallecen  tus  manos  para 
alimentarla,  eres  el  padre;  cuando  te  levantas  de  la  má- 
quina para  ir  a  la  cuna,  eres  tú...  Tuya  sola  es  la  hija... 
Sus  sonrisas  no  tienen  necesidad  de  compartirlas...  En 
tu  buhardilla,  que  no  necesito  conocer  para  envidiar- 
la, hay,  por  pobre  que  sea,  algo  que  jamás  podrá  ale- 
grar mi  casa:  un  llanto  que  repercuta  en  tus  entrañas, 
una  risa  que  sea  como  ventana  abierta  hacia  el  cielo... 
Tu  vida  mala,  la  darás  con  gusto  porque  sean  dulces 
los  dias  suyos...  Mientras  vayan  saliendo  tus  canas,  irá 
ella  creciendo,  haciéndose  mujer,  y  serás  como  tú  mis- 
ma mejorada,  embellecida...  Como  si  te  miraras  en  un 
espejo  milagroso...  Mientras  que  yo...  Yo  acabaré  en 
mí  para  siempre,  para  siempre...  Perdóname  el  que  sea 
mucho  más  desgraciada.  Tal  vez  debí  callar. 

Beatriz. — No  te  entiendo  bien...  Quizás  mis  traba- 
jos roaiiuales  me  hayan  embrutecido...  Me  parece  vis- 
lumbrar algo...  ¿No  eres  feliz  en  tu  matrimonio?  ¿El 
no  es  bueno?  ¿Acaso  quiere  a  otra  o  tiene  fuera  de  casa 
alguna  de  esas  cosas  que  no  importan  mucho,  y  sin 

embargo,  mortifican?  Puedes  hablarme  como  yo  te  ha- 
blé a  ti. 

María  Luisa. — ¿El?  ¡Qué  me  importa  él!  Todas  esas 


72 


CERVANTJ08 


cosas  que  pasaron,  que  tal  vez  pasan  todavía,  ni  si- 
quiera me  afectan.  De  mi  matrimonio,  al  desvanecerse 
el  amor,  que  no  había  sido  mucho,  porque  a  él  sólo 
me  llevaba  mi  idea  de  siempre,  no  fui  desgraciada. 
Cada  infidelidad  embota  sus  mil  puntas  contra  mi  es- 
peranza de  lograr  mi  fin.  Será — me  decía  yo — tiene 
que  ser...  Y  ni  sus  desvíos,  ni  su  fatiga,  ni  la  indigni- 
dad de  mendigar  lo  que  quizá  necesitaba  para  otras, 
me  hacían  cesar  de  ser  amante  cuando  nos  quedába- 
mos solos.  A  veces,  después  de  uno  de  esos  días  de  te- 
dio en  que  apenas  se  cambian  las  palabras  precisas, 
llegaba  la  noche  y  yo  lo  esperaba  despierta,  tembloro- 
sa, inflamada  de  fe.  ¿Qué  habrá  pensado  él  en  esas  no- 
ches tras  las  cuales  seguía  todo  un  mes  de  quietud,  de 
afanoso  esperar  que  se  frustraba  siempre,  siempre?  Tú 
no  puedes  imaginarte  el  bochorno  de  cada  nueva  ten- 
tativa... Mientras  lo  esperaba  frío  el  cuerpo,  hasta  con 
una  honda  repugnancia  de  que  mi  dicha  hubiera  de 
venir  así,  pensaba  en  mi  vida  anterior  y  mi  recuerdo 
tropezaba  a  veces  contigo  e  iba  luego  hasta  mucho  más 
lejos...  hasta  una  muñequita  de  cabecita  y  brazos  de 
porcelana  y  de  cuerpo  de  trapo  relleno  de  aserrín...  La 
quise  tanto  como  a  aquella  de  biscuit,  la  de  ojos  azu- 
les, como  quise  después  a  otras,  como  quise  sin  amor 
de  hermanos  a  mis  dos  hermauitos  que  lavó  y  vestí 
mil  veces  mientras  las  criadas  cruzadas  de  brazos  me 
decían:  «¡Qué  señorita  ésta!  El  día  que  sea  mujer  y 
tenga  un  hijo  se  volverá  loca.»  Aquello  era  más  fuerte 
que  yo;  sentir  la  cabecita  dormida  en  mis  brazos  me 
producía  una  dicha  inefable,  algo  de  beat  ¡tud,  un  pla- 
cer muy  serio,  muy  hondo...  y  todas  las  noches,  antes 


CERVANTES 


73 


de  dormirme,  pensaba:  «Cuando  yo  sea  mujer  y  tenga 
una  muñeca  viva,  bien  mia,  para  quererla,  para  no  de- 
jarla sola  como  mamá  me  deja  a  mi,  para  tener  siem- 
pre mi  vida  sobre  la  suya  toda  débil  como  una  luceci- 
ta  que  pueda  apagarse  al  menor  soplo...  Pero  hablo 
demasiado,  ¿te  aburro? 

Beatriz. — No,  no. 

María  Luisa  . — Sí,  esta  ansia  mía  de  siempre  e?  tan 
grande  que  no  puedo  expresarla  en  palabras...  ¿Cómo 
es  tu  hija?  ¿Tiene  ojos  azules? 

Beatriz. — (Con  un  rubor  parecido  al  que  antes  tuvo 
María  Luisa  al  hablarle  ella  de  su  riqueza.)  Más  bien 
grises. 

María  Luisa. — Con  muchos  puntitos  dorados  en  el 
fondo,  ¿verdad? 

Beatriz. — Si... 

María  Luisa. — No  te  dé  pena...  Me  da  casi  gusto 
sentir  envidia.  ¡La  he  sentido  tantísimas  veces!  De 
niña,  de  joven...  Porque  ni  los  vestidos,  ni  los  bailes, 
ni  los  enamorados  me  importaban  tanto  como  el  hijo, 
mi  hijo,  ¿entiendes?  Hace  poco,  en  una  visita  de  cari- 
dad, entró  en  un  caserón  de  vecinos...  Una  mujeruca 
iba  a  dar  a  luz  y  le  llevábamos  pañales,  gorritos,  fa- 
jas... Yo  no  sabía  todavía  mi  desdicha,  y  a  pesar  de 
eso...  tenía,  qué  sé  yo,  un  presentimiento...  Hablamos 
en  la  escalera  con  otra  mujer  que  nos  pedia  para  un 
tullido,  y  de  pronto  llegaron  gritos  desde  arriba,  gri- 
tos desgarradores.  Yo  debí  ponerme  muy  pálida...  y 
eché  a  correr...  y  mientras  corría  recuerdo  que  toda 
mi  alma  estaba  agostada,  igual  que  por  un  fuego,  por 
la  envidia  de  aquel  dolor  de  dar  un  ser  al  mundo...  A 


74 


CERVANTES 


veces  pensaba:  ¿Será  que  no  soy  bastante  cariñosa?  Y 
me  volvía  mansa,  tragaba  las  ofensas,  los  desprecios; 
adulaba  las  manos  siempre  esquivas,  descalzaba  sumi- 
samente los  pies  siempre  rápidos  cuando  se  iban  hacia 
la  calle...  ¡Todo  inútil!  Y  un  día,  al  fin,  una  de  esas 
amigas  que  nos  traen  en  nombre  de  la  amistad,  viva 
y  cobijada  en  su  propio  regazo,  la  serpiente  que  nos 
ha  de  morder,  me  trajo  la  terrible  nueva:  «¿Sabes  que 
tu  marido  ha  tenido  un  hijo  con  la  prójima?»...  «¡Bah! 
— le  dije  yo  abriendo  el  alma  a  la  última  esperanza — , 
vete  tú  a  fiar  con  esa  clase  de  mujeres.  A  lo  mejor  es 
una  artimaña  para  retenerlo...  para  sacarle  unas  cuan- 
tas pesetas...  Que  se  las  lleve  en  buena  hora.»  Y  ella, 
entonces,  soltando  el  veneno  en  la  herida:  «No,  esta 
vez  es  verdad;  me  han  dicho  que  es  su  vivo  retrato... 
Hasta  el  lunar  de  encima  del  bigote  parece  que  lo  ha 
sacado  el  angelito.» 

Beatriz. — ¡Pobre  María  Luisa! 

María  Luisa. — ¿Ves  como  soy  más  pobre  que  tú?... 
Aquella  noche  no  dormí...  El  vino  muy  tarde...  Yo  sen- 
tí su  cuerpo,  junto  al  mío,  reposar  feliz...  Y  cuando 
entonces  no  maté,  es  que  no  mataré  nunca...  Estaba  en- 
cogido... parecía  más  pequeño...  y  por  instinto  aun 
maternal,  subí  el  embozo  para  abrigarle...  Muy  tarde, 
muy  temprano  mejor  dicho,  se  me  ocurrió  una  idea 
que  realicé  dos  días  después...  ¿Te  imaginas?  Me  puse 
el  vestido  de  una  de  mis  criadas  y  salí,  venciendo  mil 
obstáculos  por  la  puerta  cochera...  Ya  tenía  yo  vista 
en  el  periódico  una  consulta  de  las  más  apartadas... 
Durante  dos  horas  esperó  mi  turno,  entre  otras  muje- 
res que  hablaban  de  cosas  vulgares  o  de  cosas  terri- 


CBKVANTR8  75 

bles...  Yo  temblaba  de  ansiedad,  temblaba  tanto,  que 
una  pobre  menestraia  que  hasta  entonces  no  había  ha- 
blado, me  dijo:  «No  esté  así,  yo  le  cedo  mi  turno  que 
es  ahora.»  Sin  el  temor  a  descubrirme,  le  habría  dado 
algo,  mi  cadena  de  platino  olvidada  en  el  cuello,  por 
aquel  minuto  de  ansiedad  que  me  quitaba  caritativa- 
mente... Acababa  de  salir  una  muchacha  de  vientre 
abultado.  Y  entré;  la  vista  del  médico,  de  aquel  brillar 
de  instrumentos,  de  aquellos  cuadros  horribles  colga- 
dos en  las  paredes,  me  sobrecojió  y  tardé  mucho  en 
reaccionar.  Al  cabo,  comprendiendo  la  imposibilidad 
de  fingirme  zafia,  puse  un  billete  sobre  la  bandejita 
donde  el  doctor  recibía  las  dos  pesetas  de  cada  con- 
sulta, y  reforzando  mi  mentira,  le  dije:  «Sólo  vengo  a 
una  cosa,  doctor...  A  que  usted  me  diga  si  estoy  o  pue- 
do estar  embarazada.»  ¿A  qué  descubrirte  toda  la  ver- 
güenza del  reconocimiento,  casi  desvanecida,  coa  la 
ansiedad  infinita  de  saber?  Fué  uno  de  esos  cuararru- 
gas;  el  esqueleto  se  curva  un  poco...  Y  después  el  hom- 
bre, con  ojuelos  ladinos,  creyendo  darme  la  impunidad 
para  sabe  Dios  qué  abominables  correrías,  me  asegaró 
con  estas  palabras  que  no  olvidaré  nunca:  «No,  hijita, 
la  Naturaleza  ha  querido  hacer  y  para  siempre  lo  que 
yo  no  me  hubiera  arriesgado  a  hacer  ni  una  sola  vez... 
Puede  usted  marcharse  tranquila  y  también  correr 
tranquila  por  el  mundo,  que  por  mucho  que  corra  ja- 
más le  saldrá  a  la  cara,  o  adonde  sea,  como  a  esa  infe- 
liz que  acaba  de  marcharse.»  Yo  salí  aatomáticamente... 
No  sé  cómo  llegué  aquí,  cómo  me  desnudaron;  sé  sólo 
que  la  doncella  me  encontró  desmayada  en  el  tocador 
y  que,  al  despertar,  el  mundo  me  pareció  otro,  sin  ob- 


76 


CBRVANTBa 


jeto.  ¡Todas  mis  ansias,  toda  mi  vida  eran  estériles, 
igual  que  el  cuerpo  donde  habian  vivido!...  Si  siquiera 
no  creyese  en  Dios,  me  habria  suicidado;  pero  ya  te 
ke  dicho  que  no  sirvo  para  matar...  ni  aun  a  mi  misma... 
Soy  joven  y  tal  vez  me  quede  aún  una  vida  larga,  de 
sufrimiento,  sin  posibilidad  de  llenarla  con  nada,  por- 
que yo,  que  en  nada  tuve  la  juventud  ni  el  lujo,  ni  el 
amor,  ¿en  qué  voy  a  tener  lo  demás?  Despreció  las  flo- 
res y  no  puedo  coger  el  fruto.  Soy  como  una  mujer 
maldita. 

Beatriz. — ¡Qué  mal  repartido  está  todo  el  'mundo! 
Oyéndote  he  olvidado  casi  mis  penas  y  me  ha  dado 
vergüenza  de  haber  venido  a  molestarte...  ¡Si  siquiera 
pudiera  consolarte  algo! 

María  Luisa. — Con  hablarme  asi  ya  me  consuelas. 
Me  parece  que  las  demás  mujeres  deben  sentir  despre- 
cio por  mi. 

Beatriz. — ¡No  digas  eso! 

María  Luisa.— Si...  Oye,  para  que  veas  si  están 
trocados  nuestros  papeles.  Soy  yo  quien  quiero  pedir- 
te un  favor... 

¿Me  lo  harás? 

Beatriz. — (Vivamente,  con  toda  el  alma.)  Sí,  si. 

María  Luisa.— Tráeme  a  tu  hijita  mañana...  Tráe- 
mela  esta  noche  si  puedes 

Beatriz. — ¡Oh!... 

María  Luisa. — Ya  verás  cómo  la  sé  cuidar.  ¡No  se 
me  caerá  como  la  muñeca  de  ojos  azules!  Algunos  ra- 
titos  me  la  podrás  dejar  y... 

Beatriz. — No,  Maria  Luisa;  no. 

María  Luisa.— ¿Por  qué?  Has  comprendido   que 


CERVANTES  77 

quería  hacerme  la  ilusión  de  que  es  un  poco  mía  y  no 
quieres  dejármela...  Yó  haría  igual... 

Beatriz. — ¡Ojalá  pudiera  yo  dártela  y  ojalá  pudie- 
ras hacerte  esa  ilusión!...  Pero  no  te  la  harás  y  sufri- 
rás más  viéndola...  ¡Es  tan  linda!...  Sí  que  tiene  los 
ojos  azules. 

María  Luisa. — ¿Sufrir  más?  Ni  eso  es  ya  posible, 
Beatriz,  Sufriré  igual...  Además,  ¿qué  me  importa  no 
ver  un  niño,  si  despierta  y  dormida  me  parece  oír 
como  si  viniera  desde  el  otro  mundo  el  gemido  del 
hijo  que  debió  ser  mío,  para  mi  cariño  inútil,  para  mi 
vida  inútil?...  ¡Tráemela! 

Ya  es  muy  de  noche.  Se  oye  ruido;  es  un  criado  que 
pregunta  desde  la  puerta: 

Criado. — ¿Quiere  la  señorita  que  encienda  la  luz? 

La  voz  de  María  responde  aceleradamente: 

María  Luisa. — ¡No...  no!  Vayase. 

Si  el  criado  hubiese  encendido  sin  avisar,  habría 
visto  a  dos  mujeres  trémulas,  casi  de  rodillas,  con  las 
manos  juntas  y  los  ojos  llenos  de  lágrimas. 

A.  Hernández  Cata. 

(Cubano). 


78 


CERVANTES 


Poeías  hispanoamericanos 


Paisaje   familiar. 


Eq  la  plaza  del  pueblo,  mientras  llega  el  tranvía 
Que  me  vuelve  a  Caracas  a  vivir  otro  día 
De  inútiles  afanes  y  de  satisfacciones 
Etimeras,  me  siento  bajo  un  árbol  sombrío, 

Y  lejos  del  suplicio  de  las  indiscrecciones 
Escucho  en  él  silencio  otro  silencio:  el  mío. 

El  Avila  presume  de  titán  que  reposa 
Después  de  haber  blandido  la  maza  ponderosa; 

Y  envuelto  en  la  neblina  que  su  cúspide  incit  nsa, 
En  los  dioses  hostiles  diríase  que  piensa. 

A  veces  imagino  que  tiene  el  firme  anhelo 
De  tocar  con  su  frente  la  bóveda  del  cielo, 

Y  a  veces  me  figuro  que  tiene  el  singular 
Capricho  de  ser  isla,  contra  el  viento  y  el  mar. 

De  pronto,  en  el  silencio  del  paisaje  nublado 
Asáltame  un  recuerdo:  es  un  tigre  el  pasado. 
¿Quién  su  garra  invisible  no  ha  sentido  en  el  pecho? 


CERVANTES  79 

El  pasado  es  un  tigre  que  siempre  está  en  acecho. 
«Recordar  es  vivir»,  maestro,  nos  dijiste, 
Pero  también,  maesti'o,  vivir  es  algo  triste. 
En  el  reloj  del  tiempo  las  horas  de  alearía 
Son  menos  que  las  horas  de  angustias  y  de  penas, 

Y  tienen  los  recuerdos  una  amarga  ironía 

Que  emponzoña  las  vidas  más  puras  y  más  buenas. 
¡Yo  sé. quién  ha  vivido  tres  siglos  de  agonía 
En  un  minuto  apenas! 

Ahora  corre  el  carro  entre  cañaverales, 

Y  las  manchas  a  trechos  de  floridos  rosales 
A  la  vera  del  tren, 

Efunden  en  la  zona  de  los  vientos  rurales 
Un  aroma  de  ensueño,  de  cariño  y  de  bien. 
¿Cómo  viviera  el  hombre  sin  una  fresca  palma 
En  el  camino,  sin  un  perfume  y  una  luz? 
En  plena  sombra  el  alma 

Y  el  espíi'itu  en  cruz. 
¡Gracias,  naturaleza. 

Que  siempre  en  lo  más  negro  del  áspero  camino 

De  la  existencia  pones  la  flor  en  la  maleza. 

El  agua  en  el  peñasco  y  sobre  el  cardo  el  trino! 

La  acequia  del  plantío  dulcemente  borbota. 
No  obstante  que  su  lira  sólo  tiene  una  nota; 
Vierte  el  sol  en  el  valle  su  fúlgido  tesoro 

Y  el  valle  es  de  esmeralda  y  el  Avila  es  de  or*;- 
Saludan  el  naciente  fulgor  de  la  mañana 

Los  pájaros  cantores,  y  lentamente  emana 
Del  campo  una  ternura  arcádica  de  idilio. 
Pos  estos  bosques  pasa  la  sombra  de  Virgilio. 

Ya  entrando  en  el  suburbio  dominan  las  miradas 


80  CERVANTES 

Los  sauces,  las  palmeras,  las  cúpulas  sagradas: 
Caracas  fuerte  y  bella,  fabril  y  soñadora, 
Despierta  a  las  primeras  caricias  de  la  aurora, 
Y  envuelta  en  el  orgullo  de  sus  radiosas  galas 
Sonríe  como  Venus  y  piensa  como  Palas. 

Suspiro,  sin  embargo,  por  la  paz  de  la  aldea 
Cuando  gana  el  tranvía  la  postrera  estación. . . 
La  ciudad  es  la  idea, 
El  campo  la  emoción. 

Andrés  Mata. 

(Venezolano.) 


El  poema  de  las  Estaciones. 


PRIMAVERA 


Todo  es  olor, 
todo  es  impulso. 

¡Qué  vino  más  sabroso  corre  en  las  venas 
de  tu  cuello  desnudo! 
Fíjate,  amada  mía, 
cómo^huele  todo. 

La  tierra  cobra  suavidades  de  carne 
y  transparencias  de  oro. 
Hagamos  un  nido. 
Que  sea  todo  tuyo 
y  todo  mío, — 

tuyo  el  olor, 

mío  el  impulso. 


I 


CERVANTES  81 

Mis  besos  serán  pájaros 
en  tu  cuello  desnudo. 
Sobre  tu  carne  suave 
mis  besos  serán  como 
diafanidades  imaginadas 
en  una  lámina  de  oro. 

Primavera,  primavera, 
¡cómo  huele  todo! 

VERANO 

Llamas  de  ciudad  en  incendio, 
llamas  amarillas  de  puntas  rojas, 
llamas  como  pétalos  de  orquídeas, 
llamas  como  lenguas  de  tigre, 
llamas  que  lamen  el  viento, 

llamas  que  se  alzan  del  tizón  y  vuelan  y  se  consumen 

(en  el  aire, 
llamas  sonoras, 
como  latigazos, 
como  quejidos, 
como  caricias, 
como  alaridos, 
¡mi  corazón  estalló  en  llamasl 


OTOÑO 


¡La  maravillosa  madurez  de  las  frutas! 
¡Que  el  viento  se  lleve  las  hojas  que  doró  el  verano! 
Ya  los  besos  de  antes  cobraron  alas  y  se  fueron. 
Amada  mía,  tus  caricias  me  enriquecen. 
¡Qué  cosecha  más  rica! 
Vamos  a  repicar  campanas  de  bronce 

6 


82 


CERVANTES 


y  a  abrir  de  par  en  par  las  puertas  del  granero, 
para  que  el  mundo  sepa  que  aquí  debe  venir  cuando  ten- 

(ga  hambre. 


INVINERNO 


Recordemos  la  primavera  en  un  cantar  de  cuna 
todo  hecho  de  palabras  olorosas  a  las  flores. 

El  verano  gritará  en  el  corazón  de  la  hoguera . 

El  otoño  nos  dará  la  enhorabuena 
en  las  redondeces  de  tus  pechos  que  son  de  luna  llena. 

La  buena  hada  blanca  eternizó  nuestros  amores 
en  un  mito  rosado  que  grita  entre  los  pañales  de  la 

(cuna. 
¡Cantemos  la  nueva  primavera! 

Salomón  de  la  Selva. 

(Nicaragüenge.) 


CKUVANTBH  S 


íí 


EL  SIONISMO 
EN  LA  LITERATURA 

A  la  nación  judía. 

A  naüonal  home  for  tht 
fewish  people. 

Balfour. 

Israel, 
un  pueblo  habló  al  otro  lado  de  los  mares. 
Ha  dicho:  Israel, 
eres  aún  digno  de  vivir. 
El  país  de  tus  padres  te  será  restituido. 

En  todos  los  países  de  la  tierra 
te  aplauden; 

pero  tú  vacilas  antes  de  ponerte  en  camino. 
¡Necesitas  romper  tantos  dulces  lazos! 
E  inquieto,  piensas: 
¿Es  este  el  final  del  desí'.ierro  o  su  comienzo?,' 


84  CERVANTES 

Israel, 
has  conocido  la  miseria, 
has  conocido  el  dolor; 
pero  fuiste  grande  en  la  miseria, 
porque  prefieres  los  golpes  al  olvido, 
la  ignominia  a  la  renunciación. 

Porque,  a  pesar  de  las  cadenas,  las  hogueras^  las  tor- 

[turas, 
y  peor  aún,  el  menosprecio, 
sigues  fiel  al  suelo  de  que  fuistes  arrancado 
y  a  su  ruda  ley. 

Vamos,  Israel,  Israel, 
vuelve  en  ti,  Israel; 
y,  a  pesar  de  las  riquezas  de  unos, 
la  pobreza  de  otros, 
muestra  a  los  pueblos  que  te  prueban 
que  eres  aún  Israel. 

El  Pueblo  ñero,  el  Pueblo  justo, 
qua  siempre  permaneció  caído, 
que  arrancó  de  si  mismo 
los  miembros  gangrenados 
para  los  más  grandes  éxitos. 

¿No  tienes  bastantes  brazos  animosos 
para  cambiar  las  más  estériles  arenas 
eii  fértiles  jardines? 
¿No  tienes  bastante  cerebro 
para  dirigir  tus  éxodos, 


CERVANTES 


85 


para  volver  a  aprender  tu  vieja  lengua, 
para  amasar  de  nuevo  tus  ideales, 
para  volver  a  hacer  de  ti  un  Pueblo? 

Un  Pueblo  santo,  un  Pueblo  puro, 
de  flancos  fecundos, 

de  pensamientos  castos,  de  derecho  austero; 
pero  que  tanto  aprendió  sobre  los  caminos, 
que  no  tendrá  más  miedo  de  él  mismo, 
y  que  sus  grandes  ojos  indulgentes 
sonreirán  a  las  formas  encantadoras 
que  antiguamente  purgaban  una  abominación. 


Un  Pueblo  donde  habrá  padres  y  madres, 
pero  también  muchachos  enamorados, 
y  jovencitas  danzarinas, 
frentes  tenaces,  manos  valientes, 
pero  manos  acariciadoras  también, 
que  sabrán  preparar  las  sedas  y  las  lanas, 
qua  pulverizarán  los  colores,  amasarán  la  arcilla 
y  glorificarán  en  el  mármol 
tu  belleza,  Israel. 

André  Spire. 

(Evaristo  Correa  Calderón,  tradujo). 


86 


CERVANTES 


UN  PUEBLO  QUE  VIVE 


En  los  días  de  la  liberación  de  Israel 

Dije  a  los  ancianos  del  mundo:  — Señaladme  el  lu- 
gar donde  se  encuentra  la  tumba  más  antigua,  para 
reposar  en  ella  mi  alma  cansada. 

Y  los  ancianos  señalaron  hacia  el  oriente,  más  allá 
del  desierto,  del  lado  donde  se  alzan  las  colinas  azu- 
les, amoratadas  como  ojos  hinchados  de  llorar. 

Y  yo  busqué  en  aquel  lugar  la  tumba  más  antigua; 
pero  en  lugar  de  ella,  vi,  con  asombro,  una  casa  nue- 
va que  se  alzaba,  tan  nueva  que  aún  no  había  perdi- 
do el  color  tierno  del  yeso  y  aún  se  adornaba  con  co- 
llares de  andamies... 


Y  ante  mis  ojos  asombrados,  del  polvo  más  antiguo, 
fresco  por  la  lluvia  más  nueva,  empezaron  a  surgir  y 
adelantarse  hacia  mi,  criatuias  que  llevaban  en  la 
frente  auroras  radiantes  y  en  las  manos  soles  nuevos. 

Y  yo  exclamó  asombrado:  — ¿No  eran  éstos  los  que 
estaban  muertos  para  siempre  y  con  los  cuales  yo  que- 
ría reunir  mi  alma  cansada? 

Pero  ellos  se  adelantaron  hacia  mí,  con  el  vivo  paso 
de  los  adolescentes. 

y  uno  de  ellos,  mostrándome  en  la  mano  un  raci- 


OBRVANTES  87 

mo  granado,  me  dijo:     -No  estamos  muertos,  puesto 
que  ya  ves  que  cosechamos  las  vides. 

Y  otro  me  mostró  una  palma  verde,  y  me  dijo: 
— No  estamos  muertos,  puesto  que  ya  ves  cómo  aún 
cogemos  de  lo  alto  las  palmas  que  llenan  de  zumo  los 
dedos. 

Y  una  mujer,  levantando  por  encima  de  sus  hom- 
bros un  niño  que  reía,  me  dijo:  — No  estamos  muer- 
tos, puesto  que  ya  ves  que  aún  se  desdoblan  nuestras 
entrañas. 

Y  un  joven,  de  rostro  alegre,  abriéndome  el  pecho 
lacerado  de  heridas  que  manaban  sangre,  me  dijo: 
— Ya  ves  cómo  no  estamos  muertos,  pues  nuestra  san- 
gre aún  no  se  ha  coagulado  en  nuestras  venas  y  mana 
con  el  mismo  ímpetu  que  la  sangre  de  la  primavera. 

Y  entonces  miré  atentamente  a  la  ciudad  que  me 
fué  señalada  como  una  tumba;  por  todas  partes  se  me- 
cían cunas  y  en  todo  sitio  la  tierra  estaba  marcada  por 
un  surco  nuevo. 

Estandartes  nuevos  ondeaban  al  aire;  en  las  gradas 
de  las  casas  se  sentaban  heridos  que  cantaban,  ven- 
dados con  lienzos  finos;  vibraban  bocinas  militares  y 
hacia  el  lado  del  mar,  se  veían  adelantarse,  sobre  las 
aguas,  nubes  pintadas  de  todos  los  colores. 

Y  desde  los  ángulos,  una  voz  se  elevaba  poderosa, 
alegre,  triunfal:  — No  estamos  muertos,  puesto  que 
hemos  podido  morir. 

Y  manos  llenas  de  orgullo,  señalaban  en  los  C8.m- 
pos,  sementeras  de  sepulcros  nuevos... 


88 


CERVANTES 


Y  entonces,  una  embriaguez  nueva  hinchó  mi  alma, 
que  ya  no  se  sentía  cansada:  y  yo  también  quise  gri- 
tar, con  una  voz  que  fuese  oída  donde  se  reúnen  los 
poderosos  de  la  tierra... 

Y  exclamé:  — ¿Quién  dijo  que  estaban  muertos  los 
que  se  sentaban  sobre  los  sepulcros?  ¿Quién  dijo  que 
esas  colinas  amoratadas  eran  cadáveres  abandonados 
más  allá  de  los  desiertos? 

En  torno  a  ellas,  hay  un  pueblo  que  se  levanta  y 
bulle  como  en  un  tiempo  de  cosechas;  hay  niños  y  jó- 
venes y  madres  que  exprimen  sus  pechos  con  alegría. 

Ciudades  nuevas  se  levantan  como  mujeres;  en  to- 
das las  frentes  hay  una  aurora  nueva:  en  todas  las  ve- 
nas salta  la  sangre:  y  la  vida  canta,  hasta  en  las  bocas 
que  lamentan  sus  muertos;  ese  pueblo  está  vivo,  pues- 
to que  llora  muertos  cuyo  corazón  aún  no  se  enfrío 
del  todo. 

¡Oh,  ancianos  del  mundo!  Mas  allá  del  desierto  hay 
un  pueblo  que  vive:  más  allá  del  desierto  hay  un  pue- 
blo que  vive  y  que  quiere  vivir. 

¿No  veis  siete  antorchas  que  se  elevan  ardiendo  sin 
consumirse  como  los  siete  días  de  una  semana  eterna? 
¿No  veis  las  siete  aurorad  que  se  elevan  sobre  la  tum- 
Da  de  Israel? 

R.  Cansinos-Asséns. 


I 


CKKVANTB8  89 


NOVÍSIMA    LITERATURA 
FRANCESA 

EL    GUÍA 


(Una  aventura  del  Barón  d'Ormesan,  por  Guiller- 
mo  POLLINAIRE.)   (1) 

Habían  ya  transcurrido  quince  años  sin  ver  a  d'Or- 
mesan, uno  de  mis  camaradas  del  colegio.  Sabia  úni- 
camente que  después  de  haber  reunido  una  fortuna 
bastante  considerable,  dilapidándola  suntuosamente, 
actuaba  de  guía  de  los  extranjeros  en  París. 

Le  halló  al  fin  un  día,  ante  un  gran  hotel  de  ios  Bu- 


(1)  Nació  en  Roma,  el  26  de  agosto  de  1880,  y  murió  en 
París,  el  9  de  noviembre  de  1918,  a  consecuencia  de  una  heri- 
da craneal  provenida  de  su  épico  batallar  en  los  agros  de  Lute- 
cia,  epilogando  así  cruentamente  la  excelsa  trayectoria  de  su 
vida  próvida  y  nimbando  su  figura  de  la  misma  luminosidad 


90  CERVANTES 

levares.  Humeando  un  cigarro  esperalDa  pacientemen- 
te a  los  clientes. 

Me  reconoció  en  seguida  y  me  detuvo  al  pasar... 

Comprendiendo  que  su  cara  no  me  recordaba  nada, 
se  registró,  tendiéndome  al  momento  una  tarjeta  que 
decia:  Barón  Ignacio  d'Ormesan.  Le  estrechó  entre 
mis  brazos,  y  sin  asombrarme  de  su  ascenso  nobilia- 
rio, sin  duda  reciente,  le  interrogué  sobre  la  marcha 
de  sus  negocios  y  si  le  dejaban  buen  rendimiento  los 
extranjeros. 

— ¡Cómo! — ¿Me  toma  usted  por  un  guía — estalló  el 
indignado — ,  un  guia,  un  simple  guía? 


heroica  qne  resplandece  en  torno  a  los  otros  intelectuales  des- 
aparecidos bélicamente:  Charles  Peguy,  Pssichari,  Adrián  Ber- 
trand,  Müller,  Lionel  des  Rieux,  Arbousset,  Mallet,  Cladel, 
Edmond  Adam. ..  Apollinaire  des-taca  en  las  letras  francesas  de 
hoy  con  un  magno  relieve  sugerente  y  fascinador  por  su  actitud 
de  argonáutico  cfauve»,  roturador  de  inmáculos  senderos  líri- 
cos. Acaudilló  falanges  juveniles  reveladas  en  ácratas  Revistas 
d' avant-garde  déla  más  acre  extrema  izquierda  literaria,  en  un 
férvido  impulso  apostólico,  diversificante  y  centrífugo...  Y 
hoj',  su  obra  y  su  recuerdo  perviven  triunfalmente,  mientras 
su  estro  genésico  va  fruteciendo  en  las  obras  de  afines  y  epígo- 
nos: Reverdy,  Salmón,  Cendrars,  Dermée,  Souppault,  Roch 
Grey.  Espíritu  vibrátil,  caudaloso  y  omniódrico,  exploró  varios 
sectores  estéticos,  horadando  hasta  los  más  recónditos  extratos 
inexhauribles.  En  sus  libros  líricos  conquistó  avanzadas  trin- 
cheras, con  sus  poemas  vers-libristas  y  figurativos  en  que  cul- 
minan y  halla  plástico  exacerbamiento  paronaiaco  su  aero-  s; 
batismo  de  aviador  literario...  Y  en  la  zona  pictural,  presa- 
gió virgíneas  disociaciones  cromáticas  y  tetradimensionales 
perspectivas  futuristas,  marchando  del  brazo  de  los  pintores 
cubistas  y  simultaneístas:   Picasso,  Gris  Braque,  Léger,    De- 


CERVANTES  91 

— Yo  creía — balbuceó  disculpándome — ,  me  habían 
dicho... 

— ¡Oh,  qué  candidez!  Se  mofaron  de  usted  al  decir- 
le eso.  Me  hace  usted  el  efecto  de  un  hombre  que 
preguntase  a  un  pintor  afamado  si  el  establecimiento 
marcha  bien.  Yo  soy  un  artista,  mi  querido  amigo, 
y,  lo  que  aún  significa  más:  yo  mismo  he  inventado 
mi  arte,  que  ejerzo  individualmente. 

— ¿Un  nuevo  arte?  ¡Horror! 

— No  se  burle  usted — dijo  él  con  un  tono  severo. 
He  llegado  a  ser  muy  serio . 

Yo,  entonces,  me  excusé,  y  él  adoptó  un  aire  ama- 
ble y  explícito: 

— Adoctrinado  en  todas  las  artes,  soy  insuperable; 


rain,  Gleizes,  Metzinger,  Delaunay...  Su  muerte  ha  sido  llo- 
rada elegiacamente  por  los  espíritus  más  juveniles  y  más  pu- 
rificados de  Europa.  Paul  Morisse,  ha  hablado  a  el  Mercure  de 
France  de  «su  clarividencia  lírica,  lindante  con  la  presciencia 
augural»  y  de  «tus  esfuerzos  para  tallar  loa  jalones  iniciales 
de  la  obra  de  mañana».  Su  obra,  empero  haberle  sorprendido 
la  muerte  en  su  época  más  generatriz,  es  varia  y  copiosa. 
7/6  Besiiaire,  Alcools  y  Calligrammes  condensan  sus  hazañas 
poéticas,  y  Lapoésie  symholiste,  Meditations  esthetiques  y  Les 
peintres  cubistes  sus  ardores  teorizantes.  [J enchanteur  pou- 
rrissant,  Le  poete  assasine,  L' Heresiarque  &  (?'«,  Les  mamelles 
de  Tiresias,  etc.,  han  espejado  otras  modalidades  de  su  liber- 
taria psyquis  giróvaga.  Sean  estos  apuntes  sintéticos  y  este 
relato  burlesco,  de  V Heresiargue  &  C^,  que  hoy  traduci- 
mos— como  promesa  de  un  estudio,  que  quizá  más  adelante  le 
dediquemos — un  tributo  admirativo  que  la  juventud  literaria 
hiapano  americana  de  Cervantes  eleva  oferente  a  su  memo- 
ria impoluta... — G.  de  7. 


92 


CERVANTES 


mas  las  rutas  artisticas  están  ya  invadidas.  Desespe- 
rado de  hacerme  un  renombre,  como  pintor,  quemé  to- 
dos mis  cuadros.  Renunciando  a  los  lauros  poéticos, 
aventó  ciento  cincuenta  mil  versos  próximamente... 
Y  habiendo  asi  estatuido  mi  libertad  en  la  estética, 
forjé  un  nuevo  arte,  fundado  en  las  normas  peripaté- 
ticas de  Aristóteles.  Le  he  rotulado:  La  anfionia,  re- 
cordando el  extraño  poder  que  poseia  Anfión  sobre 
los  pasajeros  y  constatando  los  diversos  sectores  que 
integran  las  ciudades.  Consecuentemente,  aquellos 
que  practiquen  la  anfionia  serán  llamados  anfiones.  Y 
como  este  nuevo  arte  precisaba  una  nueva  Musa,  sien- 
do yo  el  creador,  en  mi  recae  la  designación — al  in- 
gresar en  la  «troupe»  de  las  Nueve  Hermanas — pre- 
viamente transmutada  mi  personificación  masculina  a 
femenina,  bajo  el  nombre  de  Baronesa  d'Ormesan. 
Debo  agregar  que  soy  célibe  y  que  tuve,  por  lo  tan- 
to, escrúpulos  de  elevar  a  diez  el  número  de  Musas 
por  no  estar  de  acuerdo  con  las  leyes  de  mi  pais  re- 
lativas al  sistema  decimal. 

Y  ahora,  que  creo  haber  expuesto  diáfanamente  los 
orígenes  históricos  y  los  atributos  mitológicos  de  la 
anfionia,  voy  a  proceder  a  su  exégesis.  El  instrumen- 
to y  la  materia  de  este  arte  lo  forman  una  ciudad,  de 
la  que  se  pretende  recorrer  una  zona,  con  el  objeto 
de  suscitar  en  el  alma  del  anfión  o  del  diletantte  sen- 
timientos de  belleza — tal  el  fin  de  la  música  o  de  la 
poesía. 

A  fin  de  conservar  los  trozos  del  itinerario  com- 
puestos por  el  anfión,  y  con  objeto  de  que  puedan 
volver  a  ejecutarse  de  nuevo,  se  sitúan  sobre  un  pía- 


CERVANTES 


93 


no  de  la  ciudad,  delineando  exactamente  la  trayecto- 
ria a  recorrer.  Estos  sectores,  estos  poemas  o  sinfonías 
anfiiónicas,  se  llaman  antíopeas,  en  recuerdo  de  Antio- 
pe,  la  madre  de  Anfión. 

Yo,  por  mi  parte,  practico  la  anfionia  en  el  radio 
parsino.  He  aquí  una  antiopea,  que  he  compuesto 
esta  misma  mañana.  La  titulo  Pro  Patria,  y  está  des- 
tinada, como  indica  el  título,  a  promover  entusiasmos 
y  sontimientes  patrióticos. 

Se  parte  de  la  plaza  de  San  Agustín,  donde  se  en- 
cuentra un  cuartel  y  la  estatua  de  Juana  de  Arco.  Se 
sigue  la  calle  de  la  Pepiniére,  la  de  San  Lázaro,  la  de 
Cháteaudun,  hasta  la  calle  Laffitte,  donde  se  saluda 
la  casa  Roschild.  Y  se  retorna  por  los  grandes  boule- 
vares,  hasta  abocar  en  la  Magdalena. 

Los  nobles  sentimientos  se  exaltan  al  contemplar  la 
Cámara  de  los  Diputados.  El  Ministerio  de  Marina, 
ante  el  cual  se  pasa,  da  una  magua  idea  de  la  defensa 
nacional.  Se  asciende  por  la  Avenida  de  los  Campos 
Elíseos.  La  emoción  deviene  suprema  al  ver  dibujarse 
rotunda  la  masa  ciclópea  del  Arco  del  Triunfo,  Ante 
el  aspecto  del  Hospital  de  Inválidos,  el  alma  se  anega 
en  lágrimas.  Se  vuelve  rápidamente  por  la  Avenida 
Marign  y  conservando  este  entusiasmo,  que  se  exa- 
cerba de  nuevo  ante  el  palacio  del  Elyseo. 

Y  no  niego  que  esta  excursión  tendría  más  gran- 
deza si  pudiera  terminarse  ante  el  palacio  de  un  rey; 
mas,  ¡qué  remedio!,  es  preciso  tomar  las  cosas  y  las 
ciudades  como  son... 

— Pero — dije  riendo — yo  practico  la  anfionia  coti- 
dianamente. Todo  consiste  en  un  paseo... 


94 


0ERVANTE8 


— ¡Oh,  míster    Jourdain — interrumpió    el    Barón 
d'Ormesan-.  Usted  ejecuta  la  anfionia  sin  enterarse... 


*  *  itt 


En  este  momento  salió  del  hotel  una  caravana  de 
extranjeros.  El  Barón  se  adelantó,  hablándoles  en  su 
idioma.  Me  llamó  en  seguida. 

—Compruébelo— me  dijo — ;  soy  políglota.  Venga 
con  nosotros.  Voy  a  realizar,  en  compañía  de  estos 
turistas,  una  antíopea  resumida,  algo  así  como  un  so- 
neto anfiónico.  Es  uno  de  los  trozos  que  más  me  pro- 
ducen. Le  rotulo  Lutecia,  y  gracias  a  ciertas  licencias 
no  poéticas,  mas  sí  anfónicas,  me  permite  mostrar 
todo  París  en  media  hora. 

Los  turistas,  el  Barón  y  yo  subimos  a  la  imperial 
de  un  ómnibus  Magdalena-Bastilla.  Al  pasar  ante  la 
Opera,  el  Barón  d'Ormesan  la  anunció  en  alta  voz. 
E  indicando  la  sucursal  del  Banco  de  Descuentos, 
agregó: 

— Palacio  de  Luxem burgo,  el  Senado. 

Ante  el  Napolitano,  dijo  enfáticamente. 

— ¡La  Academia  Francesa! 

Ante  el  Crédito  Lyonés  anunció  el  Elíseo,  y  conti- 
nuando de  este  modo,  cuando  llegamos  a  la  Bastilla, 
había  mostrado  ■  los  principales  Museos,  Nuestra  Se- 
ñora, el  Panteón,  la  Magdalena,  los  grandes  almace- 
nes, los  Ministerios  y  las  residencias  de  nuestros 
hombres  ilustres  muertos  y  vivientes;  en  fin,  todo  lo 
que  un  extranjero  debe  de  ver  en  París. 

Descendimos  del  ómnibus.  Los  turistas   abonaron 


CERVANTES  95 

espléndidamente  al  Barón  d'Omersan.  Yo  estaba  ma- 
ravillado. Se  lo  dije.  El  me  agradeció  modestamente, 
y  nos  separamos. 

Algún  tiempo  después,  recibí  una  carta  fechada  en 
la  prisión  de  Fresnes.  Estaba  firmada  por  el  Barón 
d'Ormesan. 

«Querido  amigo: — me  escribia  este  artista — yo  ha- 
bía compuesto  una  antiopea  titulada  El  Toisón  de  Oro. 
Me  hallaba  ejecutándola  la  tarde  de  un  miércoles.  Salí 
de  Grenelle,  donde  residía,  en  una  pequeña  embarca- 
ción. Esto  significaba,  según  puede  figurarse,  una  sa- 
bia evocación  de  la  fábula  argonáufcica.  A  la  media 
noche,  y  en  la  calle  de  la  Paz,  asalté  algunas  vitrinas 
de  joyeros.  Sorprendido,  se  me  detuvo  irrespetuosa- 
mente, bajo  el  pretexto  de  que  me  había  apoderado 
de  diversos  objetos  de  oro,  que  constituían  el  fin  de 
mi  antiopea.  El  juez  de  instrucción  no  supo  entender 
la  anfiuía,  y  en  consecuencia  voy  a  ser  irremisible- 
mente condenado  si  usted  no  interviene.  Mas  usted 
sabe  que  yo  soy  un  gran  artista.  Proclámelo  y  obten- 
dré mi  libertad.» 

Como  yo  no  podía  hacer  nada  por  el  Barón  d'Or- 
mesan y  como  tampoco  me  agrada  tener  asuntos  con 
la  justicia,  interpuse  como  respuesta  mi  silencio. 

Traducción  de 

Guillermo  de  Torre. 


96 


CERVANTES 


ARTES  PLÁSTICAS 


^1 


El  grupo  funerario  de  Julio  Antonio 

Con  motivo  de  la  nueva  obra  del  joven  escultor 
tarraconense  que  ha  estado  expuesta  en  el  Salón  de  la 
Sociedad  Española  de  Amigos  del  Arte  —  entidad 
esencialmente  conservadora,  en  todos  los  sentidos — , 
publiqué  un  artículo  en  el  diario  La  Mañana  que  ha 
promovido  no  pocas  discusiones,  de  algunas  de  las 
cuales  he  de  confesar  que  no  ha  salido  muy  bien  libra- 
do mi  modesto  nombre.  Reconozco  que  ese  articalo 
tenia  motivos  para  ser  discutido;  no  se  sumaba  al  coro 
general  de  los  ditirambos  y  era  lógico  que  fuese  deno- 
tado por  unos,  elogiado  por  otros  y  disculpado  por 
esas  buenas  gentes  que  siempre  nadan  entre  dos  aguas 
por  ser  incapaces  de  formarse  una  opinión  fija  sobre 
cualquier  asunto. 

Escrito  con  la  premura  de  toda  labor  de  periódico 
y  contenido  dentro  de  los  límites  severos  y  tiránicos 
que  impone  la  información  diaria,  en  ese  artículo,  con 
expresar  mi  sincera  y  leal  opinión,  no  se  manifiesta  de 


CERVANTES  97 

un  modo  exacto  mi  pensamiento,  no  se  dice  con 
palabra  justa  mi  criterio.  Me  veo,  pues,  obligado  a 
rectificarlo  en  cierto  modo,  a  razonarlo,  a  amplificarlo, 
para  no  dar  lugar  a  que  se  crea  hijo  de  la  insidia  o  la 
mala  fe  lo  que  responde  por  completo  a  una  manera 
de  ver,  sentir  y  pensar,  no  diré  que  acertada,  pero  sí 
respetable.  Además,  redactado  en  tono  pasional,  en 
impetuosos  términos,  ha  podido  dar  marge  a  que  se 
crea  por  algunos  que  soy  enemigo  de  Julio  Antonio.  Y 
esto  no  es  cierto.  Los  lectores  de  Cervantes  lo  saben, 
puesto  que  en  el  mes  de  septiembre  del  año  pasado 
publiqué  unas  páginas  de  mi  libro  en  preparación, 
«Artistas  españoles  contemporáneos»,  en  las  que  se 
patentizaba  el  extraordinario  valor  que  reconocía  en 
el  insigne  artista  dentro  de  la  escultura  española  de 
nuestro  tiempo. 

Pero  esto  no  quiere  decir  que  yo  tenga  forzosa- 
mente de  ser  un  prosélito  ciego,  un  adepto  incondicio- 
nal de  nadie.  Si  algo  me  carateriza  es  el  afán  que 
pongo  en  no  dejarme  guiar  por  las  sugestiones  propias 
o  extrañas,  y  aquilatar,  pesar  y  medir  los  méritos  de 
las  obras,  sean  de  quien  fueren;  labor  esta  para  la  que 
hace  falta  una  entereza  de  la  que  todos  no  son  capa- 
ces. Por  eso  se  ha  podido  ver  que  he  elogiado  a  un 
artista  unas  veces  y  otras  no,  o  que  le  he  aplaudido 
en  unos  aspectos  y  en  otros  le  he  censurado.  Y  lo  he 
hecho  con  absoluta  buena  fe,  creyendo  que  respon- 
día así  al  crédito  que  merecen  mis  palabras  a  mis 
bondadosos  lectores,  que  tienen  para  mí  estímulos 
que  me  honran  y  que  agradezco  de  todo  corazón. 

Entiendo  yo — no  sé  si  estaré  equivocado — que  en 


98  CERVANTES 

las  cuestiones  de  arte  no  pueden  establecerse  bande- 
rías ni  partidos;  hay  que  proceder  serenamente,  y  los 
hombres  deben  ser  aptos  para  descubrir  con  impar- 
cialidad las  bellezas  y  las  máculas  donde  se  hallen  y 
ajustar  la  actitud  en  que  han  de  colocarse  frente  a  la 
obra  según  la  altura  del  artista.  ¿Cómo,  pues,  voy  a 
exigir  lo  mismo  a  Julio  Antonio  que  a  otro  cualquiera? 
¿Cómo  he  de  juzgar  lo  mismo  su  obra  que  cualquier 
otra?  ¿No  dicen  que  es  excepcional,  que  tiene  un  valor 
único  en  la  escultura  española?  Pues  con  arreglo  a 
esa  excepcionalidad,  de  cuya  existencia  ni  un  solo 
momento  he  dudado,  ha  de  ser  la  obra.  Si  estoy  con- 
vencido de  que  no  lo  es,  ¿cometo  algún  pecado,  incu- 
rro en  algo  punible  al  decirlo?  Tolo  lo  que  se  podrá 
argüir  en  mi  contra  es  que  estoy  equivocado,  que 
sustento  un  error;  pero  hace  falta  demostrarlo,  como 
yo  voy  a  intentar  razonar  mi  criterio. 

La  causa  de  los  tonos  agresivos  en  que  estaba 
redactado  mi  artículo,  que  no  quiso  nunca  ser  hostil 
al  escultor,  está  en  la  indignación  que  me  produjo  la 
parcialidad  de  los  panegiristas  acérrimos  de  Julio 
Antonio,  que  en  sus  bataholas  de  bombos  y  platillos 
llegaron  a  los  excesos  más  reprobables.  Y  aunque  los 
españoles  somos  muy  dados  a  lanzar  las  afirmaciones 
más  radicales  y  ribombantes,  es  conveniente  que  va- 
yamos deslindando  los  campos  para  no  confundir  las 
fiestas  del  espíritu  y  la  inteligencia  con  las  de  los 
sentidos.  No  creo  que  sea  necesario  para  ponderar  el 
mérito  de  un  artista  negar  el  de  los  demás;  no  estimo 
que  sea  indispensable  para  elogiar  algo  afirmar  que 
pada  se  ha  hecho  comparable  ni  nada  se  haiá  seme- 


CERVANTES 


99 


jante,  cuando  evidentemente  no  es  exacto.  Solamente 
desconociendo  el  actual  movimiento  escultórico  es 
como  se  puede  llegar  a  lanzar  tan  rotundas  afirmacio- 
nes, ¿Es  que  por  ser  admirable  el  grupo  funerario  de 
Julio  Antonio  ya  no  hay  nada  en  el  mundo  admirable? 
¿Es  que  por  ser  Julio  Antonio  un  insigne  artista  ya 
no  hay  nadie  qne  lo  pueda  ser,  ya  no  tenemos  razón 
los  que  habíamos  dicho,  apoyándonos  en  la  realidad, 
que  en  España  existía  actualmente  un  asombroso  flore- 
cimiento escultórico  y  que,  además  de  Julio  Antonio, 
contábamos  con  otros  nombres  tan  dignos  de  conside- 
ración, puesto  que  seguían  las  mismas  orientaciones 
renovadoras?  Pero  esas  orientaciones  no  excluyen  la 
variedad  de  modalidades  escultóricas  distintas  a  las 
;  del  autor  del  grupo  funerario  y,  como  la  de  éste,  tan 
consistentes  y  llenas  de  fuerza  y  perdurabilidad;  pro- 
bando así  que  la  de  Julio  Antonio  no  es  la  única,  ni 
la  inmejorable,  ni  la  definitiva,  para  bien  de  España  y 
del  Arte,  ni  seguramente  lo  son  tampoco  las  demás. 
¿Es  que  acaso  hay  en  Arte  alguna  modalidad  defini- 
tiva? ¿Es  que  el  Arte  en  lo  que  tiene  de  forma,  de  ex- 
terno, no  está  sujeto  a  las  transformaciones  de  los 
tiempos,  a  la  ley  inexorable  del  progreso  que  todo  lo 
trasmuta  y  lo  cambia? 

No  niego — sería  pueril  negarlo — que  es  posible  mos- 
trar predilecciones,  pero  esto  no  es  cuenta  de  la  crí- 
tica; la  crítica  está  apartada  de  los  gustos  y  las  aficio- 
nes personales;  se  eleva  a  un  plano  superior  desde 
donde  discierne  y  argumenta  sin  sujetarse  a  prejui- 
cios, iií  dejarse  invadir  por  la  pasión.  Lo  contrario  no 
es  hacer  crítica;  es  hacer  exégosis  sin  ningún  valor 


108  CBDRVANTBS 

ulterior.  Frente  a  los  que  de  un  modo  absoluto  y  cate- 
górico proclamen  el  genio  de  un  hombre,  se  alzarán 
los  que  proclamen  el  genio  de  otro  y  el  Arte  se  con- 
vertirá en  una  lamentable  discusión  de  tendido  de 
plaza  de  toros,  en  un  tejer  y  destejer  continuo  del 
que  ningún  provecho  puede  resultar.  ¿Dónde  está  el 
osado  que  cree  decir  la  verdad  inmutable  e  imperece- 
dera? ¿Dónde  está  la  verdad?  Por  asegurar  que  Veláz- 
quez  es  genial,  ¿hemos  de  negar  el  genio  de  Rafael, 
Leonardo,  el  G-reco  o  Goya? 

Al  artista  no  se  le  puede  pedir  otra  cosa  sino  que 
tenga  personalidad,  que  nos  diga  algo  nuevo,  o  que 
nos  diga  algo  viejo,  pero  por  su  cuenta  y  razón;  es 
decir,  por  sus  medios  perceptivos  y  expresivos,  sin  pa- 
gar tributos  ni  rendir  vasallajes,  independiente  de 
todo  orden  establecido,  de  todo  sistema  adoptado. 
Este  ha  de  ser,  en  mi  sentir,  el  arte  nuevo,  como  esta 
es  la  vida  moderna. 

Julio  Antonio  tiene  personalidad  propia,  inconfun- 
dible, innegable;  una  personalidad  seducente  por  fun- 
dirse en  él  el  sentimiento  de  todos  los  arcaísmos  con 
los  anhelos  e  inquietudes  contemporáneos.  Grecia, 
Roma,  Bizancio  y  el  Catolicismo  dejaron  hondas 
huellas  en  su  torturada  y  desasosegada  alma  de  hom- 
bre de  nuestros  días.  En  sus  obras  gastamos  ese  doble 
sabor,  que  las  da  un  sabor  especial,  de  lo  antiguo  y  lo 
nuevo.  Ponderación,  equilibrio  de  influencias:  tal  era 
su  característica.  Lo  griego,  lo  romano,  lo  bizantino, 
lo  gótico,  lo  renacentista  y  lo  barroco  se  entremez- 
claba por  igual,  sin  que  ningún  elemento  predomi- 
nape,  fuera  de  su  concepción  y  su  sentir  ultramode.^. 


CURVANTBS  101 

nos.  Nacido  y  educado  eu  Tarragona,  la  heroica 
ciudad  que  encierra  como  ninguna  otra  el  sincretismo 
de  la  historia  artística  peninsular,  de  ella  extrajo  la 
síntesis  que  fundamenta  su  temperamento.  Y  luego 
adquirió  la  reciedumbre  castellana  y  la  dulce  senti- 
mentalidad  y  el  desgarrante  dramatismo  del  mediodía. 
¡Complicadísima  urdimbre  de  influencias  que  había 
formado  uno  de  los  más  poderosos  talentos  de  esta 
España  imperecedera  que  ha  dado  al  mundo  muche- 
dumbre de  grandes  artistas! 

Y  asi  le  vemos  en  su  obra  capital:  el  monumento  a 
los  héroes  de  la  independencia  de  Tarragona,  en  su 
proyectado  monumento  a  Chapí  y  en  esa  serie  de 
geniales  bustos  que  titula  «La  Raza» ,  cabezas  repre- 
sentativas de  los  tipos  de  diversas  regiones  hispánicas. 
En  todas  esas  obras  se  aprecia  la  armonía  tempera- 
mental, la  claridad  y  la  unidad  del  concepto  y  la  lo- 
bustez  del  sentimiento.  Jalonaban  el  camino  por 
donde  había  de  llegar  uno  de  los  escultores  más  gran- 
des de  los  hasta  entonces  conocidos. 

Pero  se  expone  el  grupo  funerario,  que  yo  sólo 
conocía  fragmentariamente,  y  ocurrre  que,  mientras 
los  que  hicieron  gala  de  ignorar  a  Julio  Antonio,  se 
sumaban  a  la  camarilla  que  rodea  al  escultor — insopor- 
table camarilla  que  se  cree  sumo  pontífice  del  Arte — 
y  se  desataban  en  apologéticas  disertaciones  literarias; 
el  que  esto  escribe,  siente  en  su  fuero  interno  que  le 
acude  un  tropel  de  dudas  y  tiene  el  valor  de  exponer- 
las aun  a  trueque  de  disonar  en  la  general  gritería. 

¿Es  que  yo  no  advierto  la  maestría  con  que  está 
modelado  ese  grupo?  ¡No  he  de  advertirla!  En  cuanto 


102  CERVANTES 

a  la  técnica  ese  grupo  es  de  un  refinamiento  verdade- 
ramente florentino.  Difícilmente  se  modelará  mejor 
otra  obra;  a  mayor  dominio  de  la  materia  es  probable 
que  no  se  llegue;  es  un  portento  de  ejecución.  Pero 
esto  mismo  se  puede  decir  de  sus  obras  anteriores,  y 
cuando  aparacieron,  desde  el  Rey  abajo,  con  excepción 
de  unos  cuantos  entre  los  cuales  tengo  la  dicha  de  po- 
derme contar,  nadie  hizo  muestras  de  haberse  percata- 
do de  ello,  y  Julio  Antonio  seguía  tan  combatido  y 
negado  como  en  sus  denodados  comienzos.  Yo  preten- 
dí rebelarme  contra  esta  injusticia,  injusticia  sí;  por- 
que en  aquellas  obras,  además  de  la  perfección  técni- 
ca, resplandecían  la  originalidad  del  concepto  y  la 
hondura  racial  del  sentimiento,  precisamente  lo  que 
flaquea  en  esta  nueva  obra  que  tan  justo  y  unánime 
alboroto  ha  causado. 

Me  preguntaba  yo:  ¿qué  tiene  esta  obra  de  superior 
sobre  las  anteriores  de  Julio  Antonio  para  que  haya 
producido  este  inesperado  e  inusitado  movimiento  de 
admiración?  De  ninguna  manera  quise  combatir  la 
obra;  quise  afear  la  conducta  de  esos  hombres  que 
contemplan  indiferentes  las  penurias  y  las  luchas  de 
un  artista,  y  en  un  momento  dado,  como  obedeciendo 
a  una  consigna,  sin  que  nada  extraño  a  ese  artista  sea 
la  causa,  se  sienten  henchidos  de  admiración  por  él.  Y 
pretendí  también  afear  la  conducta  de  esas  oficiosas 
camarillas  dispuestas  a  hacer  sonar  las  trompas  de  la  fa- 
ma a  su  antojo  y  albedrío. 

Me  preguntaba:  ¿qué  diferencia  existe  entre  esta 
obra  y  las  demás  de  Julio  Antonio  para  promover  tan 
ÍD.sólita   expectación?   ¡Ah,   sí!  Tiene — me  dije  —  la 


CBKVANTKS  103 

ún?ca  diferencia  de  que  mientras  aquéllas  acusaban  el 
talento  de  un  soberano  artista,  austero  en  su  magnife- 
cencia,  el  grupo  funerario  posee  teatralidad,  le  abona 
el  efectismo;  no  responde  a  la  característica  hasta 
ahora  manifestada  por  el  escultor;  pero  su  concepto  es 
mucho  más  conmovedor,  femenino  y  asequible  a  todos 
y  su  desarrollo  más  elemental,  comprensible  y  manido. 

Y  me  dolía  yo  de  que  Julio  Antonio,  tan  rebelde  a 
las  asechanzas  de  la  populachería,  hubiese  rectificado 
su  austeridad  para  hacer  concesiones  al  público.  Con- 
fiaba tanto  en  su  genio  que  me  consideré  defraudado 
al  apreciar  que  no  había  encontrado  otro  medio  de 
exaltar  el  dolor  de  la  madre  por  la  muerte  del  hijo 
que  el  fácil  símil  católico,  del  que  han  usado  y  abu- 
sado, hasta  convertirlo  en  grasiento  y  vulgar  lugar 
común,  cuantos  poetas  cursis  hemos  padecido —  y  es 
larga  la  cuenta.  En  su  favor  tenía,  eso  sí,  que  el  sím- 
bolo estaba  al  alcance  de  todas  las  inteligencias. 

Porque  k)  indudable  es  que  es«  grupo  funerario 
representa  eso,  con  sencillas  trasposiciones:  el  Cristo 
yacente  con  la  Dolorosa  implorante.  Una  visión  com- 
pletamente cristiana,  mejor  dicho,  completamente 
católica,  completamente  eclesiástica  del  dolor  materno, 
que  contrasta  con  el  concepto  heleno  de  la  estatua 
del  adolescente  muerto. 

Tan  áspero  es  el  contraste,  que  ambas  figuras, 
griega  la  del  hijo,  bizantina,  y  mejor  que  bizartina 
salzillana  la  de  la  madre,  se  desligan,  viven  una  vida 
independiente,  no  consiguen  acoplar,  ensamblar  el 
concepto  total. 

y  volvía  a  preguntarme:  si  Julio  Antonio  ha  que- 


104  CERVANTES 

rido  expresar  un  drama  del  mundo — tanto  más  cuanto 
que  en  ese  grupo  hay  halgo  de  retrato — un  dolor 
determinado  y  nuestro,  ¿por  que  ha  caído  en  la  teatra- 
lidad de  las  imágenes  religiosas,  por  qué  no  ha  inqui- 
rido otra  manera  más  personal  y  humana  para  simbo- 
lizarlo? 

¿Es  que  sólo  se  ha  preocupado  de  la  técnica  y  ha 
olvidado  por  esta  vez  lo  fundamental:  el  concepto? 

Y  pensó:  ¿es  que  por  haberle  dicho  todos  que  su 
arte  se  entronca  con  el  de  los  imagineros  se  creía  en 
el  caso  de  imitarles  y  trasladar  a  un  mausoleo  las  figu- 
ras de  un  altar?  Y  recordaba  aquellas  luminosas  pala- 
bras de  Camilo  Mauclair,  refiriéndose  a  los  maestros 
pasados  en  su  libro  «De  Watteau  a  Whistler»:  «Ad- 
mirarlos no  es  imitarlos;  es  reconocer  en  ellos  las 
ideas  lógicas  comunes  a  las  artes  de  todos  los  siglos  y 
conocer  la  fuente  para  alumbrar  en  nosotros  ese  ma- 
nantial eterno  representado  por  el  fluir  de  una  visión 
sincera  y  conmovida  de  los  aspectos  de  la  vida.> 

¿O  será  acaso — añadí — que  tuvo  necesidad  de  ajus- 
tarse a  los  gustos  de  quienes  habíanle  encargado  la 
obra? 

Me  mostré  partidario  de  esta  sospecha  al  ver  la 
dualidad  manifiesta  de  concepto  de  las  dos  figuras 
(helena  la  del  hijo,  eclesiásticocatólica  la  de  la  madre). 
Pues  aunque  ambas  tendencias  se  advierten  en  su 
arte,  están  armonizadas,  fundidas,  no  se  producen  de 
la  tajante  manera  que  aquí,  hasta  el  extremo  de  que, 
si  se  separasen  las  dos  figuras,  la  del  jovenzuelo 
podría  tomarse  como  un  efebo  dulcemente  dormido, 
nunca  muerto — los  griegos  eran  contrarios  a  las  feal- 


CERVANTES  105 

dades  y  los  dramatismos  que  descompusieran  la  ele- 
gancia de  las  actitudes  y  la  estética  de  la  forma,  todo 
h)  contrario  del  catolicismo,  aficionado  a  lo  paté- 
tico, al  crudo  realismo,  que  casi  siempre  exagera  para 
conmover  más —  y  la  de  la  madre  como  una  Dolorosa 
de  gusto  bizantino  que  recuerda  a  la  célebre  Dolorosa 
de  Salzillo  que  se  conserva  en  Murcia. 

Tales  eran  los  puntos  de  vista  en  que  me  apo- 
yaba para  inquirir:  si  esto  es  asi,  ¿se  puede  consi- 
derar el  grupo  funerario  como  la  balada  de  la  muerte, 
ni  como  el  poema  del  dolor  materno  por  la  muerte 
del  hijo,  ni  como  otras  peregrinas  cosas  que  han  dicho 
los  más  exaltados  hermeneutas?  ¿Es  posible,  ante  esta 
obra,  traer  a  colación  el  recuerdo  de  La  Pietá,  de 
Miguel  Ángel,  cuando  en  todo  caso,  si  de  alguien  nos 
podemos  acordar,  es  de  Berni  o  de  Juan  de  Juni? 

(Razón  tenía  Osear  Wilde  al  decir  que  los  que  inten. 
tan  comprender  el  símbolo  lo  hacen  por  su  cuenta  y 
riesgo.) 

Insisto  en  mi  criterio  de  considerar  la  nueva  pro- 
ducción de  Julio  Antonio  como  dos  bellas  y  primoro- 
sas estatuas  de  gusto  distinto  que  el  escultor  tuvo  a 
bien  reunir  para  ofrecerlas  juntas  a  la  admiración  de 
las  gentes  con  una  exagerada  aparatosidad;  jamás 
como  un  todo  armónico  que  simbolice  una  idea  deter- 
minada, que  sintetice  un  sentimiento  homogéneo.  Y 
esto  es  lo  que  lamento  amargamente. 

Otra  cualidad  se  advierte  en  ella,  que  es  forzoso 
registrar:  el  decadente  preciosismo,  más  propio  de  un 
artífice  que  de  un  escultor.  Julio  Antonio  se  ha  dejado 
dominar  por  una  predilección   decorativa,   a  la  que 


106  CERVANTES 

siempre  fué  propenso,  y  ha  exornado  su  obra  con 
multitud  de  nimios  detalles  de  adorno  que,  por  ser 
adjetivos,  distraen  y  diluyen  la  emoción  substancial. 
Ha  tenido  más  en  la  memoria  los  múltiples  anteceden- 
tes que  existen  por  catedrales  y  templos  que  cuidado 
por  hacer  triunfar  su  visión  propia,  dominante  en  las 
demás  obras  que  de  él  conozco.  Se  me  dirá:  es  que  se 
trata  de  un  mausoleo.  Conformes.  Pero — digo  yo — es 
que  no  se  trata  de  ningún  paso  procesional,  de  Sema- 
na Santa.  Y  bastaba  la  expresión  del  dolor  efectivo 
para  sentirnos  conmovidos  y  afectados  hondamente. 
.  En  fin,  con  lo  expuesto  no  quisiera  mermar  en  un 
ápice  el  justo  triunfo  de  Julio  Antonio.  No  es  esa 
mi  intención.  ¿Cómo  va  a  serla  si  opino  que  antes  de- 
bió obtener  el  clamoroso  éxito?  Lo  que  pretendo  es 
demostrar  que  se  trata  de  una  obra  discutible  por 
muchos  respectos  y,  por  lo  tanto,  no  se  pueden  lanzar 
las  absolutas  y  rotundas  afirmaciones  que  se  han 
hecho.  Imposible  negar  su  valor,  pero  imposible  tam- 
bién elevarlo  al  grado  de  lo  insuperable.  ¡Ojalá  lo 
fuese! 


Muerte  de  Julio  Antonio. 

Escrito  lo  que  antecede,  ocurre  la  muerte — no  por 
esperada  menos  dolorosa  y  sorprendente —  de  Julio 
Antonio,  víctima  de  la  implacable  tuberculosis.  Como 
los  elegidos  de  los  dioses,  según  la  frase  clásica,  mue- 
re joven,  a  los  treinta  años  de  edad,  cuando  precisa- 
mente más  se  podía  esperar  de  él,  puesto  que  comen- 


CBRVANTBS  107 

zaba  su  verdadero  período  creador,  toda  vez  que  las 
obras  que  deja  sólo  pueden  considerarse,  a  pesar  de 
cuanto  digan  y  propalen,  como  etapas  evolutivas  de 
su  numen  portentoso. 

El  Destino,  en  sus  ineluctables  designios,  ha  querido 
que  sucumbiese  cuando  acababa  de  obtener  el  unáni- 
me triunfo  que  le  prometía  la  holgura,  el  descanso  y 
la  tranquilidad  que  su  inquieta  y  azarosa  vida  se 
había  ganado  a  fuerza  de  infortunios,  sinsabores, 
anhelos  y  trabajos. 

Esta  muerte  ha  de  ser  llorada  por  todos  los  hijos  de 
Hispania  fecunda,  que  cantó  E-uben  Darío,  pues 
era  una  gloria  de  la  Raza  que  se  lleva  al  misterio  del 
Más  Allá  un  tesoro  de  maravillosas  promesas. 

Ante  la  trágica  desaparición  de  Julio  Antonio,  los 
que  somos  jóvenes  y  estamos  henchidos  de  ideal  y  tré- 
mulos de  entusiasmo,  sentimos  que  el  dolor  nos  em- 
puja hacia  el  odio  contra  el  statu  quo  de  la  vida  espa- 
ñola, dominada  por  una  serie  inacanable  de  caciques 
de  toda  laya  que  reparten  mercedes  y  distribuyen  pre- 
bendas a  paniaguados  sin  talento;  contra  la  España 
actual,  nido  de  medianías,  feudo  de  nulidades,  en  la 
que  los  hombres  de  talento,  que  no  hacen  de  la  lison- 
ja un  arma  ni  de  la  adulación  un  medro,  tienen  que 
aceptar  una  existencia  oscura  en  un  medio  asfixiante, 
cuando  no  se  mueren  de  hambre  y  de  repugnancia. 

Víctima  del  pudridero  español,  la  patria  pierde  un 
gran  artista. 

¡Ah,  si  su  pérdida  sirviese  para  destruir  de  una  vez 
ese  criterio  absurdo  que  relega  al  olvido  y  al  desam- 
paro a  la  juventud  llena  de  promesas  y  posibilidades 


108  CERVANTES 

y  entroniza  a  los  caducos  viejos  que,  lejos  de  aportar 
ningún  beneficio  a  la  patria,  han  sido  la  causa  eficien- 
te de  su  aguda  y  deplorable  decadencia! 


El  monumento  a  Vara   de   Rey   y   el   monumento 

a  Barroso. 

He  aquí  dos  hechos  distintos  en  su  significado  y 
que  invitan  al  comentario.  Son  poderosos  argumentos 
para  empleados  por  aquéllos  que  han  caído  en  la  ma- 
nía de  desprestigiarnos  a  toda  costa  ante  ios  demás 
pueblos  del  mundo. 

Por  desgracia,  en  España,  no  sólo  no  sabemos  hon- 
rar la  memoria  de  los  héroes  nacionales,  sino  que  ni 
siquiera  sabemos  respetar,  y  mucho  menos  admirar, 
las  obras  de  arte.  Esto,  que  es  un  hecho  evidente,  do- 
loroso, lamentable,  iudiguante,  pero  evidente,  en  los 
casos  que  nos  ocupan  reviste  caracteres  tan  singula- 
res, que  es  forzoso  fijar  en  ellos  la  atención  para  salir 
al  paso  de  los  mal  intencionados  y  poner  de  relieve 
las  enseñanzas  que  ofrecen. 

El  Ayuntamiento  de  Madrid,  que  aceptó  enaltecido 
la  ofrenda  de  los  españoles  residentes  en  Cuba,  con  la 
cual  se  perpetuaba  un  episodio  glorioso  de  nuestra 
desdichada  guerra  colonial,  acordó  en  sesión  pública 
desmontar  el  monumento  a  los  héroes  del  Caney  para 
emplazarlo  de  nuevo  en  sitio  más  adecuado,  acuciado 
por  la  necesidad  de  llevar  a  cabo  una  reforma  urbana 
útilísima. 


CERVANTES  109 

Pero  ese  acuerdo  sólo  se  cumplió  en  la  primera  de 
sus  partes,  y  el  monumento  quedó  deshecho  y  arrum- 
bado en  unas  tablas  en  la  vía  pública,  expuesto  a  los 
deterioros  consiguientes.  Y  ya  no  volvió  el  Municipio 
a  acordarse  de  la  sagrada  deuda  en  que  estaba.  Per- 
dió la  memoria  de  que  aquellos  trozos  de  bronce  con- 
memoraban un  hecho  insigne  de  la  hispana  progenie 
y  que  enaltecían  los  nombres  gloriosos  de  unos  bravos 
soldados  que  en  tierras  extrañas  derramaron  su  san- 
gre por  la  patria.   La  epopeya  de  Vara  de  Rey  y  de 
sus  heroicos  compañeros  no   volvió  a  preocupar   a 
nuestros  ediles,  hasta  que  la  protesta  del  ilustre  es- 
critor don  José  Ortega  Munilla  puso  en  evidencia  este 
caso  de  ingratitud  y  abandono  incalificables. 

Pero  ocurre,  señores,  que  ese  monumento  no  debe 
levantarse  de  nuevo.  Jamás  en  España  se  ha  realizado 
una  obra  tan  justa  como  la  destrucción  de  ese  monu- 
mento, que  lejos  de  honrar  la  memoria  de  unos  héroes 
nos  habla  de  una  eutequez  artística  impropia  de  los 
actuales  tiempos.  El  monumento  a  Vara  de  Rey  es 
una  obra  mediocre,  caraterística  de  la  peor  fase  de 
una  época  escultórica  que  ya  pasó  para  nunca  más 
volver.  Y  las  paradojas  de  la  vida  han  querido  que 
con  un  acto  de  desidia,  de  ingratitud  y  abandono,  se 
realice  también  un  acto  de  justicia. 

Lo  que  se  ha  hecho  con  el  monumento  a  los  héroes 
del  Caney  debiera  hacerse,  sin  lástimas  ni  contempla- 
ciones, con  casi  todos  los  monumentos  que  se  esparcen 
por  Madrid. 

Yo  felicito  al  Ayuntamiento  por  haber  derrumbado 
ese  monumento,  que  no  merecía  estar  erigido;  pero 


lio 


CERVANTES 


como  quiera  que  es  forzoso  corresponder  a  la  genero- 
sidad de  los  donantes,  y  exige  el  patriotismo  que  los 
héroes  del  Caney  tengan  la  pública  consagración  que 
merecen,  entiendo  que  el  Ayuntamiento  debe  votar 
un  crédito  para  alzar  un  nuevo  munumento  que  sea 
digno  del  hecho  conmemorado  y  del  buen  nombre 
artístico  de  la  capital  del  Estado.  Con  ello  su  incons- 
ciente justicia  tomará  los  rasgos  de  una  reivindicación 
y  se  habrá  hecho  acreedor  a  los  aplausos  de  todo 
buen  español  que  sea  amante  del  Arte. 

En  cuanto  al  monumento  a  Barroso,  sólo  palabras 
llenas  de  indignación  acuden  a  nuestra  mente.  Esas 
turbas  salvajes  que  en  su  furia  destructora  no  se  detu- 
vieron ante  una  bella  obra  de  arte  han  arrojado  sobre 
Córdoba  un  baldón  perpetuo. 

¿Qué  ansias  reivindicadoras,  qué  ideales  de  progre- 
so satisficieron  con  apedrear  ese  monumento?  ¿Es  así 
como  se  demuestra  la  varonil  entereza  de  un  pueblo? 
¿Es  así  como  un  pueblo  se  redime  de  la  esclavitud  y 
remedia  sus  males?  ¿Es  así  como  se  logra  demostrar 
la  ciudadanía  y  la  civilización?  Cobardía,  incultura, 
salvajismo  es  lo  que  demostraron  esas  hordas  icono- 
clastas. Mientras  dedicaban  sus  furores  a  descabezar 
unas  estatuas,   los  acaparadores  les  arrebataban  los 
alimentos  y  encarecían  las  subsistencias,  los  caciques 
les  manipulaban  a  sus  antojos,  en  la  nación  i^e  enseño- 
reaba el  hambre,  no  había  ferrocarriles  suficientes, 
faltaban  obras  piiblicas,  la  agricultura  necesitaba  de- 
sarrollo y  el  desgobierno  presidía  los  destinos  de  Es- 
paña. ¡Buena  hombrada  realizóla  canalla enfebrecidal 
Siu  embargo,  hasta  este  hecho  vitando  tiene  su  ex- 


CERVANTES 


111 


plicación,  nunca  su  justificación.  Es  preciso  fijarse  en 
las  normas  que  encauzan  la  vida  nacional. 

De  cada  pingüino  hacemos  un  hombre  ilustre,  de 
cada  desaprensivo  arribista  un  genio,  de  cada  politi- 
castro un  salvador  de  la  patria  y  de  cada  simpático  ar- 
tista una  gloria.  Y  la  patria  está  en  descrédito,  el  Arte 
inconsiderado  y  la  vida  imposible.  La  vulgaridad,  la 
mediocridad  y  el  nepotismo,  en  un  menage  a  trois 
inconcebible,  son  los  dueños  absolutos  de  España. 

¿Qué  de  particular  tiene,  pues,  que  una  enfurecida 
muchedumbre,  en  momentos  en  que  se  protesta  del 
caciquismo  en  todo  el  país,  arremeta  contra  la  efigie 
de  un  hombre  que  por  todo  titulo  honorífico  tenía  el 
de  haber  sido  Ministro  y  del  cual  sólo  dicen  sus  pane- 
giristas que  era  muy  cariñoso,  un  bonachón? 

La  costumbre  de  erigir  estatuas  a  quienes  no  osten- 
tan los  suficientes  títulos  para  merecerlas,  ha  traído  por 
(jousecuencia  que  una  multitud  de  obcecados  profane 
las  bellezas  de  esa  obra  maestra  de  Mateo  Inurria  que 
era  gala  de  Córdoba. 


Arístides  Sartorio 

A  pesar  de  la  propaganda  que  se  ha  hecho,  no  han 
logrado  entusiasmarnos  los  cuadros  sobre  asuntos  de 
la  guerra  que  el  pintor  italiano  Arístides  Sartorio  ha 
presentado  al  público  español  en  el  hermoso  salón  que 
para  Exposiciones  se  ha  haVjilitado  en  el  teatro  Real. 

El  pintor  Sartorio  goza  de  antiguo  de  una  gran  re- 
putación en  el  mundo  artístico,  especialmente  como 


112 


CERVANTES 


artista  decorador.  Esta  reputación,  creada  en  tiempos 
menos  felices  para  el  arte,  no  resistiría  una  critica  im- 
parcial de  nuestros  días.  ¡Han  variado  tanto,  tanto,  los 
gustos,  el  concepto  y  hasta  la  técnica!  Nadie  diría  que 
entre  nosotros  y  las  normas  de  los  pintores  de  los  úl- 
timos años  del  siglo  xix  existe  un  corto  lapso  de 
tiempo;  por  el  contrario,  parece  que  nos  separa  una 
distancia  de  siglos.  Sartorio  es  un  academista;  es  un 
vastago  de  ese  viejo  espíritu  de  Escuela  que  con  tan 
fiero  tesón  han  impugnado  los  hombres  nuevos  rebel- 
des a  todo  formulario,  enemigos  de  toda  ordenanza. 
Sus  obras  decorativas  lo  atestiguan,  y  mejor  que  ellas, 
estos  cuadros  de  la  guerra,  fríos,  correctos  e  insubstan- 
ciales, que  nada  nos  dicen,  que  no  logran  llevar  a 
nuestra  alma  una  sola  palpitación  de  la  gran  tragedia 
que  acaba  de  terminar. 

Impecables  de  dibujo,  pobres  de  color,  débiles  de 
concepto,  parecen  más  bien  estos  cuadros  ilustraciones 
coloreadas  para  «L'Illustrazione  Italiana»,  y  ni  siquie^ 
ra  llegan  a  poseer  el  valor  expresivo  que  Matania  y 
algunos  artistas  franceses,  como  Simont,  imprimen  en 
sus  dibujos. 

La  guerra  no  ha  conseguido  alterar  los  nervios  a 
Sartorio,  no  ha  revolucionado  su  sensibilidad.  Im- 
pasible y  metódico  ha  ido  tomando  sus  notas,  y  con 
la  misma  impasibilidad  las  ha  ampliado  luego,  creyen- 
do, tal  vez,  que  la  indigencia  de  paleta  era  un  nuevo 
mérito  que  añadía  a  la  obra. 

A  Sartorio  le  falta  retina  y  temperamento  para  que 
sus  cuadros  dejen  de  ser  mediocres. 


CEKVANTBtí  llü 


Fernando  Mignoni 

Este  otro  pintor  italiano  es  el  reverso  de  la  medalla. 

Es  un  temperamento  extraordinario  de  pintor,  y 
debido  a  eso,  lo  mismo  como  paisajista  que  como 
escenógrafo  sus  obras  se  salen  de  lo  vulgar  y  corriente 
para  adquirir  en  algunos  momentos  excepcionales 
circunstancias. 

Ahora  bien;  lo  que  Mignoni  necesita  es  más  reposo, 
en  el  sentido  de  que  debe  desechar  el  dilettantismo. 
Cuando  se  trata  de  adquirir  una  fama  no  es  prudente 
dejar  al  espíritu  que  vague  a  su  antojo,  ni  cultivar  las 
cosas  por  capricho,  ajustándose  a  los  gustos  del  azar; 
no  es  conveniente  tratar  las  cosas  de  arte  como  sim- 
ples juegos  o  escarceos  espirituales.  Los  dados  al  so- 
fisma o  los  imprudentes  son  tan  sólo  quienes  proceden 
así;  por  eso  su  vida  es  efímera  ante  la  opinión;  por  eso 
de  ellos  no  se  tiene  más  que  un  aprecio  circunstancial. 

En  la  Exposición  que  Mignoni  ha  celebrado  en  el 
Salón  «Arte  Moderno»  ofrecía  unas  cuantas  obras 
dignas  de  un  maestro. 

Ballestéeos  de  Maetos. 


8 


114 


CEKVANTE8 


EL  TEATRO 


Guía  del  lector. 

El  obscuro  dominio. — Las  obras  al  estilo  de  «El 
obscuro  dominio»  son  de  todo  punto  condenables.  No 
acertamos  a  comprender  cuál  es  su  finalidad.  Nega- 
mos, desde  luego,  que  encierren  belleza  dramática 
alguna,  y  en  cuanto  a  la  artística,  hemos  de  convenir 
en  que  es  muy  limitada. 

«El  obscuro  dominio»  contiene  un  caso  patológico 
escuetamente  expuesto  y  sencillamente  desarrollado . 
En  su  fondo  no  logramos  encontrar  una  idea  funda- 
mental, admisible  dentro  de  la  literatura  dramática. 
Su  forma  literaria  es  nula  por  completo  y  los  persona- 
jes que  desarrollan  la  obra  a].enas  ofrecen  un  trazo 
firme  de  caracteres  y  están  exentos  del  más  pálido 
destello  de  espiritualidad.  El  doctor  Alma,  en  su  ob- 
sesión, en  la  fatal  sugestión  que  acaba  con  su  vida,  no 
descubre  ningún  sentimiento  ni  ninguna  cualidad  de 
su  alma,  sino  que  durante  los  tres  actos  sólo  observa- 


CHRVAN'l'KS  lis 

mos  el  desarrollo  de  su  enfermedad  mental.  Las  esce- 
nas, los  tipos  secundarios,  el  ambiente,  guardan  un 
aspecto  granguiñolesco  que  elevan  de  un  modo  des- 
agradable la  tensión  nerviosa.  Repetimos  que  no  com- 
prendemos cuál  es  la  finalidad  de  esta  clase  de  obras. 

«El  obscuro  dominio»  queda,  pues,  reducido  a  un 
ejemplo  escenificado  de  los  infinitos  que  encontramos 
en  la  psicología  experimental.  Un  caso  científico  lle- 
vado al  teatro  sólo  porque  el  sujeto  ofrece  amplios 
horizontes  para  que  un  actor  trágico  demuestre  sus 
facultades.  En  este  aspecto,  la  obra  resulta  intere- 
sante. 

Manos  hlancas. — Esta  comedia,  de  don  Ignacio  Al- 
berti,  tiene,  además  de  su  mérito  artístico  y  teatral, 
el  encanto  de  remozar  nuestro  espíritu  despertando 
en  él  el  recuerdo  de  aquellas  pintorescas  páginas  de 
nuestra  historia  del  año  treinta. 

«Manos  blancas»  es  una  bella  e  interesante  crónica 
dialogada.  Todos  los  cuadros,  amenos  y  cromáticos, 
de  aquellos  tiempos,  que  tienen  la  virtud  de  darnos  la 
impresión  exacta  de  la  época,  han  sido  hábilmente 
elegidos  por  el  señor  Alberti  y  escenificados  con  ab- 
soluto acierto.  Los  cuatro  actos  conservan  un  justo 
colorido.  «Manos  blancas»  honra  la  pluma  expertísi- 
ma del  señor  Alberti. 

Un  negocio  leonino. — Las  comedias  norteamericanas 
están  basadas,  generalmente,  en  la  más  audaz  invero- 
similitud. Si  la  trama  tiene  gracia,  como  ocurre  en 
«Alicia,  neurasténicat,  aquel  es  casi  el  solo  defecto 
que  puede  achacarse  a  la  obra,  puesto  que  el  plan 
tiene  habilidad  de  sostener  el  interés  y  el  diálogo  ea 


ÍIÚ  CERVANTJfiS 

ameno,  descartado  que  el  valor  literario  en  esta  clase 
de  producciones  es  uulo.  Si,  como  ocurre  en  «My 
baby»,  de  Miss  Margarita  Mayo,  la  obra  sólo  tiene  las 
pretensiones  del  vaudeville,  aquella  inverosimilitud  ya 
no  es  un  defecto,  sino  una  cualidad  y  una  caracterís- 
tica del  género,  completamente  admisible. 

Hay,  naturalmente,  entre  las  comedias  norteameri- 
canas, producciones  que  pueden  ser  colocadas  en  otro 
plano  muy  superior  y  que  tienen  una  novedad  ex- 
traordinaria. Nosotros  veríamos  encantados  que  Ca- 
denas y  Sinibaldo  Gutiérrez  nos  ofreciesen  una  adap- 
tación de  la  famosa  «Potash  and  Permutter»,  siempre 
que  contasen  con  un  teatro  que  supiera  ponerla  en  es- 
cena, que  diese  una  buena  impresión  de  aquella  inte- 
resante sastrería  de  la  Quinta  Avenida  y  con  una  com- 
pañía en  la  que  hubiese  dos  actores  de  igual  nivel 
artístico. 

«Un  negocio  leonino»  no  logró  convencernos.  Le 
falta  interés  en  su  trama  fundamental.  Los  personajes 
no  tienen  relieve  alguno  y  los  procedimientos  son  una 
imitación  muy  pobre  de  los  seguidos  en  «Petit  Café». 
Pero  «Un  negocio  leonino»  no  tiene  la  fuerza  de  si- 
tuaciones de  «Petit  Cafó»,  ni  la  espiritualidad,  ni  la 
comicidad,  ni  la  sugestión,  ni...  Tristán  Bernard. 

¿Tienen  razón  las  mujerea? — El  señor  Parellada  es 
el  hombre  más  feliz  de  la  tierra.  Está  dotado  de  una 
bonhomie  extraordinaria.  Fabrica  los  chistes  con  la  in- 
genuidad más  encantadora.  Pero  hay  que  reconocer 
que  tienen  gracia  y  que  el  señor  Parellada  es  un  es- 
critor ingeniosísimo. 

Este  nuevo  juguete  cómico,  original  del  hombre 


CKRTANTBS 


117 


feliz,  tiene  gracia,  interés  escénico  y  bastante  canti- 
dad de  observación. 

La  calumniada .  — De  nuevo,  la  maestría  escénica 
de  los  señores  Quintero  triunfa  plena,  plenamente,  so- 
bre los  auditorios,  sólo  deseosos  de  los  aspectos  tea- 
trales. En  «La  calumniada»  hay  un  buen  deseo,  una 
noble  intención,  desdichadamente  frustrada,  en  todos 
los  sentidos:  en  el  literario,  en  el  artístico  y  hasta  en 
el  teatral.  «La  calumniada»  es  una  obra  que,  dada  la 
clasificación  de  drama  que  sus  autores  la  dan,  adole- 
ce del  mayor  defecto:  de  falta  de  medula,  de  intensi- 
dad, de  interés  y  de  sugestión  dramática.  El  desarro- 
llo es  lánguido  y  sin  proporciones  graduales,  y  el  des- 
enlace melodramático,  artificioso  y  de  un  efectismo 
fácil  y  vulgar.  El  triunfo,  como  decimos,  fué  de  la 
técnica.  Gracias  a  la  habilidad  de  los  Quintero  se 
llegó  a  un  éxito  de  público.  Los  tipos  episódicos  tie- 
nen una  indudable  fuerza  teatral  y  una  abundante 
cantidad  de  gracia  y  de  observación.  Todo  aquello  en 
que  resplandece  el  saínete  o  el  colorido  de  los  cua- 
dros andaluces,  gustó  extraordinariamente. 

Creemos  con  toda  sinceridad  que  «La  calumniada» 
es  una  lamentable  concepción  artística  de  sus  autores. 
Ni  su  ideología,  de  escasísimo  valor,  ni  su  trama,  ni 
los  tipos  que  la  desenvuelven,  ni  el  diálogo,  ofrecen 
un  enunciado  digno  de  resolución.  «La  calumniada» 
no  podría  resistir  una  crónica  analítica  minuciosa  y 
meditada. 

La  comedia  del  honor. — Esta  es  la  primera  produc- 
ción teatral  que  conocemos  de  los  señores  Galobardas 
y  Maristany.  La  impresión  que  nos  produce  es  que  eu 


118 


CERVANTES 


SUS  autores  residen  excelentes  condiciones  de  escrito- 
res teatrales  y,  aunque  «La  comedia  del  honor»  no  es 
obra  de  altos  vuelos  ni  de  una  absoluta  novedad,  pue- 
de esperarse  de  sus  autores  una  producción  más  con- 
sistente y  mejor  orientada. 

Eduardo  Haeo. 


CEKVANTMS  119 


POLÍTICA 


De  la  trifulca. 

El  despertar  de  las  codicias  en  rio  revuelto,  trajo 
durante  el  maremágnum  el  encarecimiento  de  la  vida. 
Algunos  meses  de  quietud  y  la  perspectiva  de^la  paz, 
no  abren  horizonte  a  la  esperanza  de  un  abaratamien- 
to. Si  desde  la  clase  media  abajo  se  adquiere  la  per- 
suasión de  la  cronicidad  del  mal  y  la  imposibilidad 
de  defensa,  ¿cómo  extrañar  el  nerviosismo  y  la  agita- 
ción de  un  cuerpo  social  debatiéndose  en  la  penuria?... 
Los  exaltados  hallarán  justificación  a  sus  exaltaciones, 
y  los  moderados  se  identificarán  en  espíritu  con  toda 
suerte  de  excesos  posibles. 

Se  aminoraron  las  dificultades  de  transporte,  la  ca- 
restía de  los  fletes,  el  problema  de  la  produción,  etc. 
Las  subsistencias  en  general  experimentan  más  bien 
un  alza  que  una  baja.  El  tipo  anormal  de  antes  de  la 
guerra  puede  darse  por  fenecido.  Quedan  las  potentes 
murallas  de  la  sordidez  y  la  avaricia  por  un  lado,  y 
por  otro  el  acomodamiento  al  malestar.  El  codicioso 
estruja,  y  el  menesteroso  se  resigna.  Pero  ni  es  justo 


120  CERVANTES 

ni  hábil  permitir  una  tensión  semejante.  Se  ha  desa- 
rrollado tal  fiebre  de  egoísmo,  que  existe  el  riesgo  de 
que  pase  a  ser  epidémica. 

¿Remedio?  El  inmediato  sería  poner  a  tono  gastos 
con  ingresos,  aumentar  sueldos  y  jornales,  recurrir  a 
la  equidad.  El  Estado  dio  el  ejemplo.  Pero  en  la  esfe- 
ra particular  el  problema  se  presenta  más  difícil.  Todo 
aumento  de  jornal  encarecerá  el  producto,  y  en  resu- 
midas cuentas,  no  se  habrá  resuelto  nada.  Cierto.  Mas 
el  Estado,  por  aquello  de  que  a  grandes  males  gran- 
des remedios,  podría  intervenir  y  moderar  con  arreglo 
a  las  circunstancias  esas  famosas  libertad  de  contrata- 
ción y  ley  de  la  oferta  y  la  demanda  que,  con  aparien- 
cias de  grandes  conquistas  democráticas,  son  dogales 
puestos  a  la  inmensa  mayoría  de  los  ciudadanos.  Sí; 
ahora  se  debería  ser  revolucionario  de  veras,  yendo 
contra  el  principio  de  libertad  sentado  por  los  revolu- 
cionarios de  1798,  los  que  acertaron  a  derrocar  una 
tiranía;  pero  no  [supieron  impedir  que  se  creara  otra, 
grosera  y  falaz,  más  odiosa  cien  veces  que  el  perga- 
mino. 

O  preside  el  instinto  de  conservación  en  el  cuerpo 
social,  o  proviene  el  caos.  No  es  pesimismo,  es  la  ob- 
servación discreta  de  la  realidad.  No  se  debe  sólo  al 
acaparamiento  la  carestía,  sino  también  a  ese  desper- 
tar que  hemos  dicho,  a  una  exacerbación  del  espíritu 
utilitarista.  Mienten,  desde  el  que  produce  un  artícu- 
lo al  que  negocia  con  él  y  al  que  lo  detalla  o  vende  al 
pormenor.  Las  ocultaciones,  las  falsedades,  los  abu- 
sos, están  a  la  orden  del  día.  A  poco  que  uno  se  fije, 
nótase  que  hoy  salen  a  luz  artículos  que  han  sido 


\        riSHVANTRS  121 


CERVANTES 


guardados  convenientemente,  con  la  sola  intención  de 
veoderlos  luego  al  doble  de  su  precio  usual.  Yo  re- 
cuerdo, verbigracia,  una  tasa  en  que  figuraban  las  bu- 
jías. La  tasa  es  un  paliativo,  un  engorro  y  una  teme- 
ridad. ¡Claro!,  nada  se  consiguió  con  ella.  Pues  bien, 
aquellas  mismas  bujías  que  estaban  a  siete  céntimos  y 
medio,  aparecen  hoy  en  los  escaparates  de  muchas 
tiendas,  negruzcas,  con  pátina,  denotando  el  signo  de 
antigüedad,  y  son  vendidas,  como  gran  favor  hecho  al 
público,  ¡a  15  céntimos!... 

Arduo  es  el  tema  para  tocado  superficialmente.  Sin 
embargo,  se  relacionan  con  él  no  pocas  cuestiones  po- 
lítico-sociales y  vale  la  pena  de  recordarlo.  Las  Socie- 
dades metalizadas  caminan  siempre  a  su  ruina  moral 
por  lo  menos.  Es  nuestro  plano  inclinado.  A  la  corta 
o  a  la  larga,  se  producen  conmociones  colosales,  de 
las  que  alcanza  buena  parte  de  culpa  las  llamadas 
clases  directoras. 

Sebastián  Gomila. 


Con  torpeza  y  sin  ideal, 


El  problema  de  la  autonomía  de  Cataluña  ha  que- 
dado en  seguüdo  término;  tan  en  segundo  término,  y 
tan  esfumado,  que  ni  siquiera  advertimos  su  existen- 
cia. Eso  sale  ganando  el  Sr.  Cambó,  que  en  su  papel 
de  héroe  por  fuerza  estaba  con  el  agua  al  cuello,  pi- 


122 


CKRVANTE8 


diendo  a  Dios  y  a  todos  los  santos  que  le  sacasen  del 
atolladero  en  que  se  había  metido.  En  cuanto  al  conde 
de  Romanones,  perro  viejo  en  la  política — y  que  nos 
perdonen  los  dogos — ,  sabía  muy  bien  que  el  conflicto 
creado  por  la  petición  apremiante  de  un  régimen  au- 
tonómico para  Cataluña  tenía  su  mejor  solución  en 
dejarlo  sin  solución,  perdido  a  lo  largo  de  los  días  y 
de  los  meses . 

El  conde  de  Romanones  es  un  perfecto  político  es- 
pañol, conocedor  de  la  psicología  de  su  pueblo  y, 
aunque  no  lo  parezca,  seguro  del  terreno  que  pisa.  El 
conde  de  Romanones  tiene  en  el  horario  del  reloj  y 
en  las  hojas  del  calendario  sus  mejores  aliados  para 
gobernar.  Como  Sagasta,  sabe  que  el  éxito  del  gober- 
nante no  está  en  España  en  resolver  los  problemas 
que  se  plantean,  sino  en  dejarlos  sin  resolver,  perdidos 
en  la  lejanía.  Una  solución  puede  traer  un  mal  grave, 
una  perturbación  honda,  un  daño  irreparable.  Lo  me- 
jor para  no  equivocarse  es  no  resolver,  entretener 
hábilmente  el  tiempo,  y  permitir  que  éste,  al  avanzar, 
vaya  dejando  atrás  el  conflicto  creado  por  las  ambicio- 
nes, por  la  pasión  o  por  las  ansias  innovadoras.  Otros 
problemas  vendrán  que  anularán  los  anteriores,  y 
estos  nuevos  quedarán  olvidados  por  la  preponderan- 
cia de  otros  novísimos,  y  así  sucesivamente... 

El  buen  político  español,  que  no  es,  ni  mucho  me- 
nos, el  político  bueno,  no  ignora  que  el  éxito  está  en 
cruzarse  de  brazos,  echarse  en  los  del  tiempo  y  dejar 
que  éste  resbale  sobre  problemas  y  conflictos. 

El  movimiento  autonómico  de  Cataluña  ofrecía  ca- 
racteres  graves;    era  en  sus  demandas  apremiante, 


CKRVANTKS  123 

abrumador,  y  en  su  avance  amenazaba  arrollar  cuanto 
se  opusiera  a  sus  aspiraciones;  y,  sin  embargo,  ¿quién 
se  acuerda  de  él?  Diriase  que  no  hay  autonomistas  en 
Cataluña,  que  no  los  hubo  nunca,  que  todo  fué  una 
ficción. 

Y  es  que,  en  nuestro  pueblo,  la  inconsistencia  de 
los  ideales  es  tal  que  sólo  puede  compararse  con  la 
inconsistencia  de  la  preparación  de  nuestros  gober- 
nantes. El  mejor  de  éstos  es  el  que,  como  el  conde 
de  Romanones,  no  carece  de  recursos  para  esquivar 
las  situaciones  difíciles;  el  que,  como  el  actual  presi- 
dente, tiene  la  necesaria  habilidad  para  ir  dejando 
cabos  sueltos  y  no  verse  aprisionado  por  los  hilos  que 
va  entrelazando  un  día  y  otro,  en  recia  red,  la  maldi- 
ta araña  de  la  discordia. 

Claro  es  que  este  hábil  sistema  de  los  cabos  suel- 
tos, de  los  problemas  sin  solución,  de  los  conflictos 
olvidados  por  la  acción  del  tiempo,  ha  ido  formando 
una  madeja  tan  enredada  que  nadie  ha  de  haber  ya 
capaz  de  desenredarla,  por  mucha  que  sea  su  buena 
voluntad  y  su  buena  fe. 

El  porvenir  de  España,  que  tan  claro  se  ofrecía, 
que  con  tanta  luminosidad  se  presentaba  durante  los 
años  de  la  guerra  europea,  es  hoy  incierto  y  brumo- 
so. Obra  es  ésta  de  los  torpes  políticos,  de  su  des- 
preocupación, su  egoísmo  y  su  bajo  nivel  intelectual, 
y  obra  también  de  la  falta  de  valores  ideológicos  en 
este  pobre  pueblo,  que  cuando  se  acuerda  de  lo  que 
representa  y  de  lo  que  puede,  cuando  se  da  cuenta 
de  que  es  el  amo,  se  lanza  al  saqueo  de  las  tiendas  de 
comestibles,  pero  no  a  la  destrucción  del  tinglado  po- 


124  CBRVANTES 

litico  sobre  el  que  los  hombres  funestos  de  España 
represeritan  sus  farsas. 

La  gravedad  de  la  situación  está  en  la  falta  de 
orientación  y  de  ideales  en  el  pueblo  y  en  la  falta  de 
capacidad  y  de  patriotismo  en  quienes   lo  gobiernan. 

Los  movimientos  populares,  las  convulsiones  de  ca- 
rácter social,  responden  a  un  grito  de  protesta  del  es- 
tómago, nunca  al  empuje  de  un  ideal  redentor;  cuando 
más — el  ejemplo  lo  tenemos  en  los  militares,  en  los 
empleados,  en  las  organizaciones  obreras — se  pelea 
por  el  mejoramiento  de  la  clase,  jamás  por  la  salva- 
ción  de  la  patria. 

Este  sistema  egoísta,  de  un  repugnante  egoísmo 
menudo,  es  en  absoluto  ineficaz,  porque  mientras  no 
hagamos  patria,  mientras  no  tengamos  nacióu,  mien- 
tras carezcamos  de  base,  las  mejoras  obtenidas  serán 
ineficaces. 

La  desorientación  del  pueblo  es  consecuencia  de  la 
desorientación  de  sus  directores.  Ni  en  política  inte- 
rior ni  en  política  exterior  saben  orientarse  nuestros 
directores.  Nuestro  dinero,  en  vez  de  ser  emplea- 
do en  el  engrandecimiento  de  España,  va  a  Fran- 
cia, y  Francia  corresponde  a  nuestra  generosidad 
preparando  nuestra  anulación  en  Marruecos:  Tánger 
será  francés  y  francesa  también  una  faja  de  terreno 
que  una  a  Tánger  con  Fez.  Apoyados  por  los  Estados 
Unidos,  nos  ponemos  frente  a  Inglaterra,  de  la  que 
tantos  beneficios  y  enseñanzas  podíamos  obtaner  en 
un  necesario  y  urgente  resurgimiento  industrial  y 
mercantil,  y  a  tal  punto  extremamos  nuestra  incons- 
ciente violencia,  que  Inglaterra,  sorprendida,  aunque 


CEKVANTK8 


125 


sin  perder  la  calma,  hace  gala  del  humorismo  britá- 
nico al  preguntar  a  España  «si  sería  capaz  de  encen- 
der de  nuevo  la  guerra  europea». 

Y  en  lo  que  se  refiere  a  la  política  interior,  ¿qué 
plan  es  el  de  neestros  hombres  políticos?  Ninguno. 
Se  unirán  las  dos  ramas  políticas  más  vigorosas,  la 
del  marqués  de  Alhucemas  y  la  del  conde  de  Roma- 
nones;  se  dará  categoría  de  prohombre  al ,  Sr.  Alcalá 
Zamora,  que,  aunque  es  un  ministro  fracasado,  habla 
bien,  cualidad  importantísima  en  este  país;  serán  di- 
sueltas lasjCortüs;  se  acometerán  algunas  reformas  de 
carácter  social  para  conjurar  los  peligros  inmediatos 
del  sindicalismo;  quedarán  anulados  los  conservado- 
res; será  Poder  D.  Melquíades  Alvarez,  y  seguiremos 
avanzando,  avanzando,  con  la  inconsciencia  de  siem- 
pre, sin  saber  por  qué  ni  para  qué,  empujados  por  co- 
rrientes que  llegan  de  faera... 

El  pueblo  y  el  rey  están  igualmente  comprometi- 
dos en  poder  de  estos  hombres   de  nuestra  política. 

Uno  y  otro,  solidarizados  ante  el  peligro,  guiados 
por  un  ideal  patriótico,  o  simplemente  respondiendo 
al  instinto  de  conservación,  debieran  emprender  jun- 
to3  una  cruzada  contra  la  torpeza  y  el  egoísmo  de  lotí 
políticos  de  la  Monarquía  para  no  caer  en  la  torpeza 
y  la  codicia  de  los  políticos  de  la  República. 

Joaquín  Aznar. 


126 


CERVANTES 


bibliografía 


«'José  Enrique  Rodó»,  por  Gonzalo  Zaldumbide. 

El  joven  y  maduro  escritor  ecuatoriano  Gonzalo 
Zaldumbide,  autor  de  libros  tan  interesantes  como 
La  evolución  de  Gabriel  D^Anuunzio,  estudia  en  esta 
su  última  obra  la  personalidad  del  gran  Rodó  con  su 
acostumbrada  perspicacia  crítica  y  belleza  de  forma. 
Gonzalo  Zaldumbide  es  acaso,  entre  la  juventud  ame- 
ricana, el  que  por  sus  condiciones  de  cultura  y  sensi- 
bilidad puede  comprender  mejor  al  gran  uruguayo  y 
el  que  más  dignamente  puede  acercarse  a  su  memo- 
ria y  a  sn  obra.  Gonzalo  Zaldumbide  es  de  la  estirpe 
mental  del  gran  extinto. 

Los  capítulos  de  que  consta  el  libro  de  Zaldumbi- 
de, y  que  dan  idea  de  su  importancia,   son  los   si 
guientes: 

José  Enrique  Rodó:  I. Su  aparición  y  significado  en 
el  medio. — 11.  Su  formación  intelectual. — 111.  La  obra. 
IV.  El  escritor. —  V. — Su  espíritu. — Notas  bibliográ- 
ficas.— R.  C.  A. 


CKUVANTK8  127 

José  de  J.  Núñez  y  Domínguez.— «La  Hora  del  Ti- 
ciano». —  Prólogo  de  Francisco  Villaespesa. — 
México. — Talleres  de  «Revista  de  Revistas ». 

José  de  J.  Núñez  y  Domínguez,  el  más  joven  de 
los  grandes  poetas  de  México;  pues,  alcanzó  la  consa- 
gración antes  de  llegar  al  dintel   de  los   treinta  años, 
nos  ha  enviado  un  libro  exquisito,  que  es  como  un 
pomo  de  cristal  de  bohemia,  tallado  por  la  mano  de 
un  orfebre,  y  que  contiene  la  alquitarada  esencia  de 
un  alma  primaveral  y  selecta.  Desde  su  título,  que  es 
un  acierto,  hasta  su  colofón,  las  cien  páginas  de  este 
libro  pequeñito  guardan  un  sutil  e  indefinible  encan- 
to; encanto  de  crepúsculos  desmayados,  de  noches 
embrujadas  por  el  sortilegio  lunar;  de   suaves  amane- 
ceres en  los  que  a  la  alondra  del  jardín   del  Capuleto 
responde  el  ruiseñor  de  la  enramada,  y  nuestra  alma 
se  resiste  a  descender  por  la  escala  de  seda  del  bal- 
cón de  Verona,  presa  como  está  por  el  encanto  de  la 
amada,  que  todos  llevamos  en  nuestro  interior.  Este 
culto  romántico  y  secreto,  este  ensueño  de  amor  nun- 
ca saciado,  esta  sugestión  de  la  Eva  eterna,  se   exal- 
tan al  leer  las  poesías  de  Núñez  Domínguez.  En   to- 
das ellas,  como  un  leit  motiv,  canta  a  media  voz  un 
alma  femenina.  El  ex-libris  del  autor  expresa  exacta- 
mente, de  una  manera  gráfica,  el  espíritu  de  su  poe- 
sía. Figura  un  primoroso  libro   antiguo  entreabierto, 
de  cuyas  páginas  surge  el  escorzo  de  una  mujer  apre- 
tando contra  el  pecho  un  brazado   de  rosas.  Hay  un 
sello  rojo  con  esta  inscripción:  In  ómnibus  mulier.  La 
forma  de  estas  poesías  guarda  una  perfecta  armonía 


128  CERVANTES 

con  su  fondo,  como  las  ánforas  griegas,  de  redonde- 
ces femeninas,  labradas  amorosamente,  en  las  que  de- 
moraba el  falermo  aromático  y  dulcemente,  tenue- 
mente embriagador.  Es  una  forma  leve,  que,  sin  ir 
contra  ninguna  de  las  tradiciones  de  nuestra  poesía, 
se  afina  y  sutiliza;  tiene  medias  tintas  y  sordinas  y 
cierto  desgaire  que  la  elegantiza  y  la  hace  aparecer 
más  sincera.  Nada  de  estridencias  ni  de  metálicas  fan- 
farrias; todo  está  transportado  en  tono  menor.  Son 
partituras  escritas  para  instrumentos  de  arco  y  de 
cordaje  de  seda.  Es  música  di  cámmara  para  oída  a 
la  hora  del  crepúsculo,  a  la  hora  del  Tiziano,  cuando: 

<<El  desfallecimiento 
del  ánima  en  lo  arcano; 
el  divino  momento 
en  que  merma  el  lejano 
oro  del  firmamento^ 
y  la  sombra  lo  mismo  que  una  mano 
fraternal,  apacigua  el  pensamiento...» 

A  esta  partitura,  a  esta  peregrina  e  inspirada  par- 
titura, ha  puesto  un  preludio  condigno  el  más  alto 
poeta  de  lengua  castellana,  el  magno,  el  sutil  y  muí-  ' 
tiforme  Francisco  Villaespesa,  que  cada  día  se  re- 
nueva y  nos  sorprende  con  manifestaciones  insospe- 
chadas de  su  genio. 

Habla  de  Núñez  y  Domioguez  con  un  gran  cariño  i 
y  con  un  gran  fervor.  «Si  Holocaustos — dice — su  libro 
anterior,  fué  una  de  las  más  espléndidas  iniciaciones 
literarias.  La  Hora  del   Tiziano  me  parece  la  consa- 


CERVANTES 


129 


gración  definitiva  de  uno  de  los  más  fuertes  y  perso- 
nales artífices  del  verso  castellano,  libro  que  es  como 
un  pródigo  otoño,  donde  cristalizaron  en  frutos  de 
oro  y  en  racimos  de  amatistas  las  adorantes  y  profu- 
sas floraciones  de  aquella  tropical  y  fabulosa  prima- 
vera lírica.  Su  poesía  ha  ganado  en  intensidad  hu- 
mana lo  que  ha  perdido  en  virtuosidad  retórica,  ale- 
jándose de  los  caminos  trillados  para  encaminarse  a 
explorar  los  infinitos  misterios  de  la  selva  virgen  de 
su  espíritu.  También,  como  al  Dante,  la  mano  fina  y 
trémula  del  amor  le  guía,  la  mano  de  esa  frágil  y  pá- 
lida Lucia  que  ha  de  adquirir  bien  pronto,  en  la  lite- 
ratura mexicana,  el  romántico  prestigio  de  la  Beatri- 
ce  de  La  Divina  Comedia  y  de  los  ingenuos  sonetos 
de  la  Vita  Nuova-»: 

Después  de  ésto,  para  cerrar  esta  sencilla  nota  bi- 
bliográfica, no  nos  resta  sino  enviar  al  autor  de  La 
Hora  del  liziano,  que  es  un  amigo  del  alma,  al  que 
debemos  un  homenaje,  que  pronto,  muy  pronto,  cuan- 
do le  llegue  su  turno  en  la  Galería  de  Modernos  Poe- 
tas Mexicanos,  que  estamos  esbozando,  rendiremos  un 
gran  abrazo  que,  pasando  sobre  los  mares,  le  lleve 
todo  nuestro  cariño  y  toda  nuestra  admiración. 

Biblioteca  de  Escritores  de  la  Raza.-  «México  en 
España»,  por  Luis  Andrade.— Prólogo  de  Sal- 
vador Rueda.— Hombres  y  hechos  de  la  Revolu- 
ción Constitucionalista  Mexicana.  —  Editorial 
« Hispánica» . — Madrid. 

El.  brillante  publicifita  mexicano,  tan  atrayente,  tan 

9 


130  CERVANTES 

brioso,  tan  lleno  de  nobles  idealismos,  nos  ha  dejado, 
como  valioso  recuerdo  grato  de  su  rápido  paso  por 
esta  España  de  sus  mayores,  un  libro  generoso,  titu- 
lado México  en  España,  del  que  será  segunda  parte  y 
complemento  otro  denominado  España  en  México, 
formando  los  dos  una  obra  síntesis  de  la  compenetra- 
ción espiritual  de  dos  grandes  naciones:  la  Nueva  Es- 
paña y  la  vieja  España,  alma  mater  de  todo  un 
mundo. 

La  Editorial  Hispánica,  una  empresa  que,  ante  todo, 
es  de  cultura,  de  difusión  y  de  propaganda  hispano- 
americanas, ha  tenido  el  acierto  de  formar  una  Biblio- 
teca que  gallardamente  denomina  así:  Biblioteca  de 
Escritores  de  la  Raza,  la  misma  que,  como  para  con- 
sagrarla, fué  inaugurada  con  un  libro  insuperable,  que 
era  nada  menos  que  Las  mejores  prosas  del  maestro 
de  los  maestros  de  América,  don  Juan  Montalvo,  el 
Cervantes  del  Nuevo  Mundo  y  del  siglo  xix. 

Como  segundo  libro,  dando  esta  Editorial  una  prue- 
ba poco  común  y  de  espíritu  abierto  y  de  simpatía  a 
las  juventudes  que  se  levantan,  ha  incluido  el  de  Luis 
Andrade  en  dicha  colección,  que  tanto  promete  y  a  la 
que  le  está  reservado  un  éxito  definitivo. 

Como  pórtico  del  libro  México  en  España,  figuran 
unas  cuartillas  del  gran  Salvador  Rueda,  llenas  de  un 
efusivo  amor  a  América,  las  mismas  que  tuvimos  el 
gusto  y  el  honor  de  reproducir  eu  las  páginas  de 
nuestro  número  de  enero. 

Viene  en  seguida  la  contestación  a  Rueda  por  el  au- 
tor del  libro,  en  la  que  éste  relata  emocionado  su  pri- 
mera entrevista  con  el  célebre  poeta  español,  en  el  re- 


CERVANTES  181 

cinto  augusto  de  la  Biblioteca  de  la  Universidad  Cen- 
tral de  Madrid,  en  donde  el  representativo  de  la  ju- 
ventud mexicana  y  el  alto  poeta  hispano,  unidos  en 
un  corazón,  hablaron  de  cosas  del  espíritu  y  de  los 
máximos  ideales  de  la  Raza. 

Sigue  una  semblanza  del  ilustre  General  don  Ve- 
nustiano  Carranza,  caudillo  de  la  Revolución  Constitu- 
cionalista  y  actual  Presidente  de  los  Estados  Unidos 
Mexicanos.  La  figura  egregia  de  este  hombre  austero 
y  grande,  bondadoso  y  fuerte,  héroe  y  estadista,  ma- 
gistrado y  caudillo,  providencial  conductor  de  su  pue- 
blo, aparece  aquí  íntegra  y  luminosa,  como  en  un 
gran  retrato  de  cuerpo  entero,  hecho  con  toda  la  de- 
voción, con  toda  la  comprensión  que  un  artista  joven  e 
iluminado  pusiera  en  reproducir  la  imagen  del  maes- 
tro, apóstol  y  padre. 

Como  arquetipo  del  revolucionario  culto,  en  la  últi- 
ma transformación  de  México,  que  fué,  ante  todo  y 
sobre  todo,  una  conmoción  social,  saludable  y  necesa- 
ria, presenta  Andrade  al  Licenciado  don  Manuel  Agui- 
rre  Berlanga,  ministro  de  Gobernación  y  Jefe  del 
Gabinete  mexicano,  eminente  sociólogo,  jurisconsulto 
y  publicista,  hombre  de  pensamiento,  en  fin,  que  des- 
pués de  beber  en  las  puras  fuentes  de  las  ciencias  so- 
ciales y  de  asimilarse  sus  enseñanzas  eternas,  salva- 
doras y  fecundas,  con  singular  y  perspicaz  acierto, 
con  plenísimo  conocimiento  de  las  características  de 
su  pueblo  y  de  sus  elementos  étnicos,  geográficos,  his- 
tóricos, dominando,  en  una  palabra,  la  psicología  del 
pueblo  mexicano,  tradujo  en  leyes  sapientes  y  rege- 
neradoras los  salvadores  principios   de  la  novisiiria 


132  CERVANTES 

Ciencia  constitucional,  gobernando  de  acuerdo  con  las 
enseñanzas  del  Derecho  político  y  con  las  exigencias 
de  la  realidad,  que  ningún  político  moderno  puede 
desconocer,  so  pena  de  caer  en  el  fracaso.  Así,  el  Li- 
cenciado Aguirre  Berlanga  condujo  por  cauces  sere- 
nos y  de  legalidad,  la  última  explosión  popular  de 
México,  país  que,  merced  al  alto  nivel  intelectual  y 
moral  de  sus  jefes,  pudo  realizar  una  revolución  que 
nos  atreveríamos  a  llamar  modelo  de  transformacio- 
nes evolutivas  hacia  una  nueva  etapa  de  progreso  y 
de  mejoramiento. 

Como  una  confirmación  de  lo  que  acabamos  de 
exponer  acerca  de  la  ilustración  de  este  gobernante, 
se  inserta  en  el  libro  de  Andrade,  Algunas  considera- 
ciones acerca  de  la  nueca  Constitueión  de  México,  por 
el  licenciado  D.  Manuel  Aguirre  Berlanga. 

Esboza  en  seguida  Andrade  la  silueta  de  una  de  las 
más  preeminentes  figuras  del  Constitucionalismo,  la 
del  invicto  general  y  divisionario  D.  Pablo  González, 
una  de  las  más  firmes  columnas  del  actual  régimen 
mexicano,  hombre  joven,  lleno  de  valor  y  de  ideales, 
al  que  espera  un  inmensí  porvenir.  La  silneta  del 
general  González  es,  sin  duda  alguna,  después  de  la 
del  general  Carranza,  la  que  la  pluma  ágil  y  brillante 
de  Andrade  ha  trazado  con  mayor  amare. 

En  el  artículo  titulado  La  cuna  de  la  independencia 
mexicana,  el  joven  escritor  rinde  un  homenaje  a  los 
padres  de  la  patria,  a  los  héroes  epóuimas,  que  en  el 
orto  cargado  de  presagios  del  siglo  xix,  transforma- 
ron, a  costa  de  sacrificios  y  de  heroicidades  sin  nom- 
bre, la  colonia  denominada  Nueva  España,   en  nna 


CERVANTES  133 

gran   nación,    libre,    independiente    y    soberana. 

ün  viejo  revolucionario  y  un  revolucionario  viejo  se 
titula  el  artículo,  en  el  que  se  traza  la  silueta  de  don 
Manuel  Amaya,  actual  jefe  del  Protocolo  de  la  Can- 
cillería mexicana,  austero  patriota,  que  sacrificó  gran 
parte  de  su  fortuna  en  aras  del  movimiento  revolu- 
cionario, que  salvó  a  su  patria  del  vilipendio  y  de  la 
ruina. 

Pasa  luego  a  examinar  la  personalidad  y  la  obra 
del  eximio  general  D.  Salvador  Alvarado,  a  cuyo  es- 
fuerzo heroico  y  relevantes  dotes  de  gobernante  tan- 
to y  tanto  deben  las  Instituciones  de  México. 

Habla  con  grande  y  merecido  encomio  de  la  labor 
de  dos  notables  hacendistas,  el  Licenciado  D.  Luis 
Cabrera  y  D.  Rafael  Nieto,  quienes  han  logrado  en 
poquísimo  tiempo  arreglar  el  sistema  económico  del 
país  y  el  buen  crédito  de  la  nación. 

Otra  personalidad  ilustre,  el  general  D.  Pedro  Vi- 
llaseñor,  jefe  tan  violento  como  ilustrado,  quien,  en 
memorable  ocasión,  proclamó  ante  el  país  «que  la  cul- 
tura es  el  principio  de  la  disciplina»,  tiene  en  este 
libro  unas  páginas  de  merecido  homenaje. 

Cierra  esta  primera  parte  una  interesantísima  in- 
formación acerca  de  los  Establecimientos  fabriles  mi- 
litares, que  en  México  han  alcanzado  un  alto  grado 
de  progreso  gracias  «1  Sr.  Carranza  y  a  sus  colabora- 
dores, quienes  de  esta  manera,  como  acertadamente 
lo  indica  el  autor  del  libro,  han  venido  a  consolidar  y 
a  completar,  por  decirlo  así,  la  obra  de  los  libertado- 
res de  la  patria,  ya  que  un  pueblo  inerme,  que  no 
cuenta  con  los  elementos  adecuados  para  su  defensa, 


134 


CERVANTES 


no  puede  sentirse  completamente  libre,  pues  siempre 
estará  a  merced  de  extranjeras  ambiciones. 

Bajo  el  titulo  de  Perfilen  de  la  juventud  intelectual 
revolucionaria^   el  autor  ha  agrupado   unos  cuantos 
medallones,  que  muestran  en  alto  relieve  las  cabezas 
atray entes  y  simpáticas  de  esa  noble  y  bizarra  juven- 
tud mexicana,  que  con  el  libro,  con  el  periódico,  con 
el  verbo  y  con  la  espada  ayudaron  a  la  obra  salvadora 
del  general  Carranza,  lo  cual  es  la  mejor  prueba  de  la 
bondad  de  éstas,  pues  la  juventud  no  apoya  sino  a 
las  empresas  verdaderamente  desinteresadas  y  gran- 
des. Allí  contemplamos  las  siluetas  de  los  bizarros  ge- 
nerales D.  Juan  Barragán  y  D.  Alfredo  Breoeda;  del 
poeta  y  dramaturgo  revolucionario  D.  Marcelino  Da- 
vales, cuya  fama  hace  tiempo  llegó   hasta  nosotros; 
de  D.  Pedro  G-il  Farias;   del  Liceociado  D,  Calixto 
Maldonado;  coronel  D.  Paulino  Fontes;  ingeniero  don 
Ramón  Bervide;  de  D.  Ignacio  Baeza,   notable  escri- 
tor y  periodista;  del  coronel  D.  Luis  Amiera;  D.  León 
Aillaud;  coronel  Inocencio  Medina  y  de  algunos  otros 
más,  , 

Hay  un  vibrante  canto,  en  prosa,  en  loor  a  la  Fran- 
cia eterna,  matriz  de  las  libertades  y  derecho  del  pen- 
samiento universal. 

Cierran  honrosamente  este  libro  las  siluetas  de  Luis 
G.  Urbina,  el  poeta  representativo  de  México,  y  de 
Francisco  Villaespesa,  el  poeta  represeniativo  de 
España. 

El  volumen  está  admirablemente  editado  y  trae 
profusión  de  magníficos  fotograbados  con  los  retratos 
de  las  principales  personalidades  de  que  trata. 


0ERVANTK8 


Íá5 


En  suma,  un  éxito  para  la   Editorial   Hispánica  y 

para  su  autor,  que  ha  logrado  un  triunfo  en  Madrid, 

augural  de  otros  mayores,  que  muy  sinceramente  le 

deseamos. 

*  *  * 

Biblioteca  de  Andrés  Bello.— María  Enriqueta.— 
<^J¡rón  de  Mundo»  (novela).— Editorial-Améri- 
ca. Madrid. 

Hay  en  la  moderna  poesía  mexicana  una  figura  fe- 
menina llena  de  sugestiones  y  de  encantos.  Es  la  de 
la  señora  doña  María  Enriqueta  Camarillo  de  Perei- 
ra,  que  en.  el  mundo  de  las  letras  se  la  conoce,  senci- 
llamente, como  María  Enriqueta,  pues  así  firma  to- 
das sus  producciones. 

Poetisa  ingenua,  sin  complicaciones  ni  refinamien- 
tos, sus  cantos  son  todo  ternura  y  todo  sinceridad. 
Ella,  aun  cuando  posee  una  cultura  singular,  no  quie- 
re, cuando  escribe,  saber  nada  de  literatura»:  nos 
cuenta,  confidencialmente,  lo  que  le  dicta  su  corazón; 
narra  lo  que  ve,  poniendo  un  perfume  de  alma,  un 
velo  de  ensueño  sobre  este  prosaico  y  doloroso  vivir 
cotidiano.  Así  sus  composiciones  adquieren  el  valor 
de  documentos  de  vida,  de  cosas  vistas  y  sentidas  al 
través  de  un  temperamento  privilegiado. 

Este  espíritu  «sentimental,  sensible,  sensitivo»,  ha 
producido  poesías  de  la  más  honda  emoción,  que  vi- 
virán siempre  en  la  literatura  mexicana  las  conteni- 
das en  libros,  tan  bellos  y  sentidos,  como  Rumorea  de 
mi  Huerto,  Rosas  de  Ja  Infancia,  Las  consecuencias  de 
un  sueño. 

Esta  singular  poetisa,  que  hoy  vive  entre  nosotros, 


136  CERVANTES 

en  compañía  de  su  esposo  el  notable  publicista  y  es- 
critor D.  Carlos  Pereyra,  ha  escrito  una  humana  y 
sentida  narración  que,  con  el  título  de  Jirón  de  Mun- 
do, ha  tenido  el  acierto  de  publicar  la  Editorial- 
América. 

Tentaciones  nos  dan  de  relatar  al  lector  el  asunto 
vivido  y  hondo  de  esta  deliciosa  novela;  pero  seria 
desflorar  una  delicada  obra  de  arte  si  con  nuestra  tos- 
ca prosa  intentáramos  referir,  en  síntesis,  lo  mismo 
que  una  alma  de  mujer,  que  es  también  una  gran  ar- 
tista; nos  cuenta  en  un  estilo  terso,  hondo  y  emocio- 
nado, en  las  doscientas  cuarenta  y  dos  páginas  de 
una  novela  que  pronto  será  famosa,  y  que  quedará 
como  una  joya  de  la  literatura  hispano-americana,  a 
la  manera  de  la  inmortal  Maria,  del  colombiano  Jor- 
ge Isaacs. 

Al  libro  nos  remitimos,  pues,  concretándonos  aquí 
a  saludar  su  aparición. 


*  *  * 


«Las  mejores  tradiciones  Peruanas»,  por  Ricardo 
Palma. — Editorial  Maucci. 

Es  una  verdad  vulgarizada  y»,  en  América,  que  las 
mejores  obras  del  continente  traspasan,  raras  veces, 
y  casi  siempre  tarde,  las  fronteras  nacionales.  Hay 
grandes  libros  argentinos  que  Méjico  ignora;  al  Uru- 
guay no  llegan  ecos  de  Colombia;  y  el  Ecuador  y  el 
Perú  parecen  estar  más  lejos  de  Centro  América  que 
de  Europa.  Lo  mismo  puede  decirse  de  las  otras  Re- 


OBRV ANTES  137 

públicas  en  donde  tantos  escritores  ilustres  obtienen 
sólo  un  éxito  local.  Y  parecida  suerte  corren  muchas 
obras  del  pasado  americano,  agotadas,  muy  difíciles 
de  obtener  hoy,  hasta  en  los  mismos  países  en  donde 
vieron  la  luz. 

Hora  es  ya  de  que  tan  larga  injusticia  se  repare,  y 
América  muestre  a  Europa  su  esfuerzo  admirable  de 
un  siglo.  Una  colección  que  dé  a  conocer  o  contribu- 
ya a  propagar  tantas  obras  olvidadas  o  preteridas  o 
simplemente  agotadas;  que  enlace  lo  antiguo  y  lo  mo- 
moderno,  que,  con  «los  clásicos  de  América»,  difunda 
las  nacientes  glorias  contemporáneas,  que  acoja  siem- 
pre, sin  exclusivismos  nacionales,  todo  esfuerzo  conti- 
nental, una  Colección  genuinamente  americana  en 
suma,  por  las  obras  editadas  y  por  el  criterio  al  esco- 
gerlas, será,  estamos  seguros,  un  éxito  inmediato;  y 
ayudará  a  estrechar  los  vínculos  intelectuales  del  con- 
tinente, en  el  momento  en  que  América,  después  de 
un  siglo  de  «federalismo»  huraño,  llega  a  tener  con- 
cienoia  de  sus  altos  destinos.  Contribuir  a  este  acer- 
camiento literario,  es  la  noble  ambición  de  la  Casa 
Maucci,  de  Barcelona,  que  ha  comenzado  a  publicar 
una  Biblioteca  selecta  de  escritores  americanos  de 
ayer  y  hoy.  El  escritor  que  la  dirige,  D.  Ventura 
García  Calderón,  cuenta  ya  con  el  apoyo  y  la  colabo- 
ración de  los  más  reputados  literatos;  y  ha  cogido  sin 
exclusivismos  nacionales,  con  el  más  generoso  criterio 
americano,  todos  los  libros  que  puedan  contribuir  a 
dar  mayor  gloria  al  Continente. 

En  esta  Colección  publicará  novelas,  poesías,  gran- 
des obras  teatrales,  estudios  críticos,   ensayos,  filoso- 


138 


CERVANTES 


fieos  nuevas  series  de  antologías,  etc.,  etc.,  cnantas- 
obras  reflejen  el  pasado  y  el  presente  literario,  esta 
Colección  será  tal  vez,  si  el  público  americano  la  fa- 
vorece, lo  que  fué  la  «Biblioteca  Rivadeneira»  para 
España,  pero  en  más  moderna  forma,  el  gran  archivo 
de  una  literatura  esplendorosa. 

Ei  primer  tomo  de  esta  nueva  Colección,  que  aca- 
bamos de  recibir,  se  titula  Las  mejores  tradiciones 
Peruanas,  y  está  escrito  por  el  insigne  literato  perua- 
no Ricardo  Palma,  universalmente  admirado  por  sus 
cuentos  históricos.  Es  un  libro  admirable  que  no  ne- 
cesita otro  encomio  que  su  título  y  el  nombre  de  su 
autor.  Pocas  obras  son  tan  populares  en  nuestras 
tierras  como  la.s  del  exquisito  crouista.  Durante  cua- 
renta años  han  sido  profusamente  leídas  e  imitadas. 
En  los  Colegios  mismos,  los  niños  aprenden  muchas 
veces  párrafos  de  aquellas  peregrinas  historias,  junto 
con  ios  ejemplos  de  los  escritores  españoles  del  siglo 
de  oro.  Nada  más  justo.  ¿No  es  D.  Ricardo  Palma 
el  primero  de  los  «clásicos»  de  América? 

Pero  si  todos  conocían  algunas  «tradiciones»,  no 
todos  podíaD  leerlas.  Los  caatro  tomos  de  la  casi  ago- 
tada edición  de  Barcelona,  los  dos  toaios  suplemen- 
tarios que  la  misma  Casa  Maucci  publicara  antaño,  no 
siempre  estaban  al  alcauce  del  más  extenso  DÚblico. 
Es  una  idea  encantadora  que  regocijará  a  los  innume- 
rables admiradores  del  tradiciouista,  la  de  reunir  en 
trescientas  páginas  los  relatos  óptimos,  todas  las  tra- 
diciones que  tienen  carácter  novelesco. 

Completa  este  delicioso  libro  una  breve  y  sencilla 
autobiografía  que  D.  Ricardo  Palma  acaba  de  escri- 


CERVANTES  139 

bir.  Por  ella  vemos  que  a  los  ochenta  años,  conserva 
su  sorprendente  vivacidad  el  ilustre  tradiciouista.  Re- 
tirado al  pueblo  de  Miraflores,  cercano  a  Lima,  vive 
allí  rodeado  de  la  admiración  de  propios  y  extraños. 
A  su  puerta  van  a  llamar  todos  los  escritores  que  pa- 
san por  Lima,  para  llevar  a  esta  robusta  ancianidad 
el  tributo  universal  de  admiración  y  cariño. 

Sea  bienvenido,  pues,  este  libro  que  tiene  la  signi- 
ficación de  homenaje.  Le  deseamos  el  más  franco 
órito. 

5f:    *   * 

Libros   recibidos.— Ca^a  Editorial  Aráluce  (Bar- 

celoDü), 

El  Contador  Argentino,  Tratado  de  Contabilidad, 
por  D.  Alvaro  de  la  Helguera  y  Garcia. 

Editorial  Fortanet  (Madrid). 

Emilio  Carrere,  La  Copa  de  Verlaine. 

Fernando  Mora,  Los  Hijos  de  Nadie. 

George  Rondenbach,  Brujas:  La  muerta. 

Sres.  Dalmau,  Caries  Plá  y  Compañía. 

Joaquín  Plá  Gárgol,  Otras  lecciones  de  Cosas. 

D.  José  Dalmau  Caries,  España,  mi  Patria. 

D.  Eugenio  García  Barbarín,  Historia  general  de  la 
Edad  Moderna. 

D.  Joaquín  Plá  Cargol,  Elementos  de  Historia  Na- 
tural. 

De  todos  los  precedentes  volúmenes  daremos  explí- 
cita reseña  en  el  número  próximo  y  sucesivos. 

C.  E.  A. 


140  CERVANTES 


A  TRAVÉS  DE  LAS  REVISTAS 


ElSp3ñ3. 

GosmópoUs,  niímero  2,  febrero. — Entre  los  artículos 
más  interesantes  de  esta  nueva  revista,  que  dirige 
Gómez  Carrillo,  debemos  subrayar  unas  fervorosas 
lineas  del  duque  de  Montpensier  abogando  por  la  fra- 
ternidad hispanofrancesa,  nobles  anhelos  que,  según 
rumores  actuales,  hará  cristalizar  brevemente  en  un 
gran  diario  qne  publicará  en  París.  De  la  última  pro- 
ducción teatral  de  M.  Maeterlinek,  que  es  el  drama 
El  alcalde  de  Stilnonde^  hemos  saboreado  las  primi- 
cias, en  la  traducción  de  Gómez  Carrillo.  Margarita 
Xirgu,  después  de  haber  representado  este  drama  en 
algunas  provincias,  no  debe  retrasar  su  aparición  en 
Madrid  para  brindarnos  a  la  admiración  esta  joya 
maeterlinckiana. 

Destacan  bellas  crónicas  de  Gómez  Carrillo,  Mous- 
set,  Martiel  y  Cansinos-Asséns.  Este  último  señala  la 
repercusión  de  las  más  nuevas  y  acres  direcciones  li- 


CBRVANTB8 


141 


terarias  en  las  últimas  obras  de  Juan  Ramón  Jiménez 
y  Ramón  Gómez  de  la  Serna. 

Y  en  la  sección  de  amenas  actualidades  figuran, 
junto  al  Código  del  Amo?',  por  Athos  de  San  Malato, 
una  semblanza  encomiástica  del  político  Sr.  Alba,  por 
F.  Santade;  una  critica  sobre  la  moda,  porja  condesa 
de  Cespón;  otra  sobre  novedades  francesas,  por  Moas- 
set.  y  la  panorámica  sección  de  Figuras  del  día. 


"í"  V  t" 


Raza  Española,  número  1,  enero. — Unas  ampulo- 
sas palabras  declamatorias — exaltación  sonorosa  de 
tópicos  conceptos  pauhispanoamericanistas  medioe- 
vos— de  doña  Blanca  de  los  Ríos  de  Lampérez,  que 
dirige  esta  nueva  revista  de  España  y  América,  inau- 
guran el  desfile  en  aluvión  de  prosopeycas  figuras 
acadeccicistas,  sustentoras  de  ocres  tradicionalismos 
retardatarios. 

Al  poner  nuestros  ojos  juveniles  en  esa  lista  de  co- 
laboradores que  inserta  Raza  Española,  no  hemos  po- 
dido contener  una  mueca  despectiva.  Toda  la  balum- 
ba de  «falsos  prestigios» — extrarradiales  de  nuestra 
purificacada  «tabla  de  valores»  admirables — que  cotí- 
diana  y  aisladamente  inundan  los  viejos  y  corroídos 
álveos  d9  las  publicaciones  oficiales,  toda  esa  disgre- 
gada generación  literaria  que  integra  la  dorada  bur- 
guesía conformista,  aún  absorta  en  el  execrable  siglo 
XIX,  se  ha  fundido  en  estas  páginas.  Diriase  que  en 
un  momento  de  lucida  inconsciencia  han  forjado  este 


142  CERVANTES 

hipozeo  tumulriario...  ¡Que  las  más  densas  nieblas,  des 
deñosas,  circunden  su  dormitar  permauente! 

Mas  aplaquemos  nuestra  tumultuaria  irreverencia 
juvenil...  y  en  nuestro  papel  de  estrictos  cronistas,  re- 
señemos algunos  trabajos  del  primer  número,  que,  en 
justicia,  hemos  de  reconocer  está,  desde  el  punto  de 
vista  tipográfico,  perfectameste  presentada.  Destacan 
en  él  eruditos  estudios  de  D.  Jerónimo  Becker  sobre 
Reconquista  moral  de  América;  Un  español  ilustre^  por 
A.  Bonilla  y  San  Martín,  y  unos  interesantes  Capí- 
tulos desconocidos  de  la  cultura  española,  por  Francis- 
co A.  de  Icaza. 

En  el  sector  de  colaboraciones  literarias,  leemos 
incoloras  poesías  de  la  condesa  de  Castilla,  J.  M.  Ri- 
vas  Grrood  y  O.  L.  de  Cueaca.  Y  varios  artículos  sobre 
diversos  temas  literarios,  musicales  y  artísticos  de  la 
condesa  de  Pardo  Bazán,  de  Lampérez  y  Romea,  To- 
más Bretón,  Elias  Tormo  y  barón  de  Oiascoaga. 


*  *  * 


Cultura  Hispanoamericana.  —  Febrero.  —  La  infor- 
mativa revista  que  meusualmente  edita  el  círculo  de 
este  nombre,  publica,  después  de  las  habituales  «No- 
' tas  de  Sesiones»,  algunos  trabajos  de  interés.  Entre 
ellos  destacan  una  irónica  semblanza  de  Roosevelt, 
por  Carlos  Pereyra,  y  unas  notas  sobre  «Cristóbal  Co- 
lón y  Nicolás  de  Vando»,  por  S.  de  Ispizúa. 


*  *  * 


CERVANTES  143 

Nuestro  Tiempo.~-'Enero. — Inserta  este  número  un 
documentadísimo  estudio  sobre  «La  cuestión  catala- 
na», por  Salvador  Oanals,  otro  de  Fernán  de  Enrique 
y  unas  criticas  de  actualidad,  por  Mariano  Marfil, 
Luis  Bruch,  etc. 


*  *  * 


Los  Ciegos. — Enero. — Esta  simpática  publicación 
tyflófila,  dirigida  por  el  vibrante  espíritu  moderno  de 
Antonio  de  las  Heras,  y  que  aun  en  su  autolimitación 
al  gravísimo  problema  de  la  ceguera  consigue  forjar 
sumarios  interesantes  y  varios,  inserta  en  su  último 
número  una  sentida  glosa  a  la  gesta  galdosiana,  titu- 
lada «El  ciego  vidente»,  por  Manuel  Abril,  y  un  bello 
artículo  de  Amadeo  de  Castro  solicitando  un  periódi- 
co en  España  para  ciegos,  análogo  a  la  «Revue  Brai- 
lle»,  además  de  otros  sugestivos  trabajos. 


*  *  * 


Estudio. — Febrero. — Rafael  Bolívar  Coronado  tra- 
za un  muy  acertado  cuadro  de  las  «Letras  venezola- 
nas». Examina  éstas  en  sus  distintas  zonas:  histórica, 
filosófica,  poética.  Y  remontándose  a  los  orígenes,  tie- 
ne oportunos  juicios  para  los  magnos  talentos  de  An- 
drés Bello,  Rafael  M,  Bazalt  y  J.  Pérez  Bonalde,  fa- 
moso, éste,  además  de  por  su  obra  personal  poólica» 
por  sus  bellas  traducciones  de  Heine  y  Poe.  Habla, 
después,  de  la  generación  posterior.  Blanco-Fombona, 
P.  E.  Coi],  Zumeta,  J.  Au.itria,  M.   T)isz  Rndríc^uez, 


144  CERVANTES 

Mata  y  Guevara,  desfilan  en  su  sconografía.  Hace  alu- 
sión, después,  a  los  novelistas  Cabrera,  Jiménez  Arráiz 
y  Picón  Febres,  y  lleva  sus  opiniones  hasta  los  más 
crecientes,  como  Urdaneta,  Borges  y  Lameda.  Es,  en 
suma,  y  dentro  de  sus  parcas  dimensiones,  un  suges- 
tivo estudio  éste  de  Bolívar  Coronado. 

Y  a  continuación,  Matilde  Ras  traza  una  biografía 
crítica  de  Fray  Luis  de  León.  El  admirable  polígrafo 
catalán  Santiago  Valentí  Camp  hace  una  muy  docu- 
mentada exposición  de  las  doctrinas  del  gran  filósofo 
danés  Harald  Hoffding,  señalando  en  su  filiación  los 
ascendientes  de  Soren  Kierhegaard,  Rasmus  Nilsen  y 
Hans  Brochner,  y  marcando  sus  analogías  con  Spen- 
cer,  W.  James  y  Wundt,  termina  con  un  valioso  resu- 
men de  sus  obras. 


*  *  * 


La  Revista  Quincenal. — Febrero. — Destaca  en  sn 
abigarrado  sumario  un  notabilísimo  estudio  sobre  «La 
familia  en  la  Francia  contemporánea»,  de  E.  Lamy, 
una  cálida  alocución  de  Magdalena  de  Fuentes  que 
glosa  el  grito  novelístico  de  Berta  de  Luttner,  «Abajo 
las  armas» ,  y  unos  lindos  apuntes  impresionistas — que 
ya  aateriormente  fueron  insertos  en  estas  páginas — , 
«Del  París  d'avant  guerre»,  por  E.  Ramírez  Ángel. 

*  *  ♦ 

Revista  Comercial  y  de  la  Ex^portación  Española. — 
Enero. — E.sta  importantísima  publicación  de  la  bene-        íl 


CERVANTES  145 

mórita  Casa  Editorial  Minerva,  S.  A.,  de  Barcelona, 
inserta  en  su  último  número:  «Nuevos  derroteros  de 
la  exportación  española»,  por  S.  Valenti  Camps,  y 
unas  glosas  de  Francisco  Cañadas  al  penúltimo  libro 
— La  ciudad  castellana— del  brioso  y  admirable  nota- 
rio de  Frómista,  don  Julio  Senador  Gómez. 


*  *  ^ 


Grecia. — Sevilla. — Febrero,  números  8  y  9. — Con- 
tinúa publicándose — en  éxito  ascendente — esta  su- 
gestiva revista  sevillana,  dirigida  por  los  finos  espíri- 
tus mediterráneos  de  Isaac  del  Yando-Villar  y  Adria- 
no del  Valle,  e  inspirada,  a  través  de  la  distancia,  por 
R.  Cansinos-Asséns.  Sus  últimos  números  dejan  ya  in- 
sinuar el  florecimiento  de  las  nuevas  direcciones  ul- 
traistas  que  al  ser  paralelizadas  en  las  mismas  pági- 
nas, con  los  rescoldos  líricos  estrictamente  novecen- 
tistas,  adquieren  un  confrontamiento  de  superación. 
Grecia  es,  con  algunas  revistas  barcelonesas,  la  publi- 
cación española  más  juvenil  y  sugeridora  del  mo- 
mento. 


*  ** 


Vida  Moderna. —  Enero.  —  Esta  revista  gaditana 
tiene,  aparte  de  su  gráfico  interés  regional,  otro  lite- 
rario más  amplio.  Colaboraciones  de  D.  L.  de  la  Vega, 
Patrocinio  de  Biedma,  D.   González-Eigabert,  J.  E. 

10 


146 


CERVANTES 


Grado,  M.  Rico,  M.  Laffon,  etc.,  exornan  sus  últimos 
números. 


*** 


Gaceta  Andaluza. — Febrero. — Destacan  un  cuento 
de  B.  Morales  San  Martin  y  varias  informaciones  de 
actualidad  sobre  cuestiones  agricoias. 

Héctor. 


Amérios. 


Han  llegado  a  nuestra  redacción,  últimamente,  las 
siguientes  importantes  revistas  americanas,  cuyo  can- 
je establecemos  con  el  mayor  agrado. 


Estados  Unidos. 

Mercurio,  de  Nueva  Orleans,  el  gran  magazín  de 
lengua  castellana,  número  correspondiente  a  enero 
de  1919.  América  Futura,  de  Nueva  York,  una  nueva 
e  interesante  revista,  también  en  idioma  español,  mag- 
níficamente editada,  como  todas  las  publicaciones  de 
esa  parte  de  América,  número  correspondiente  a  ene- 
ro de  1919. 


CJüKVANTB»  147 


Ecuador. 

Revista  de  la  Sociedad  Jurídico- Literaria,  de  Quito, 
órgano  de  esa  Sociedad,  que  es,  sin  disputa,  la  Aso- 
ciación cultural  más  respetable  y  prestigiosa  del  Ecua- 
dor. El  tomo  de  su  revista  que  ha  llegado  a  nosotros 
forma  un  volumen  de  148  páginas,  en  las  que  se  des- 
tacan el  estudio  que  acerca  de  un  gran  poeta  guaya- 
quileño  del  siglo  xviii,  el  P.  Juan  Bautista  Aguirre, 
hace,  con  el  acierto  y  brillantez  acostumbrados;  la 
autorizada  pluma  del  joven  maestro  de  América,  Gon- 
zalo Zaldumbide,  y  un  oportuno  e  interesante  trabajo 
acerca  de  «La  guerra  y  los  nuevos  ideales»,  del  dis- 
tinguido publicista  ecuatoriano  D.  Luis  Robalina^Dá- 
vila. 

*  *  * 

BoLeiin  de  la  Biblioteca  Nacional  del  Ecuador,  nú- 
meros 1,  2,  3  y  4,  correspondientes  a  los  meses  de 
agosto,  septiembre,  octubre  y  noviembre  de  1918; 
publicación  importante  y  seria,  en  la  que  su  directora, 
que  lo  es  a  la  vez  de  la  Biblioteca,  la  ilustre  escritora 
doña  Zoila  Ugarte  de  Landivar,  va  coleccionando  y 
publicando  trabajos  y  documentos,  que  son  materiales 
valiosos  para  la  historia  nacional. 


He  «  >i> 


Letras^  de  Quito,  números  de  noviembre  y  diciem- 


148 


CERVANTES 


bre  de  1918.  Esta  revista,  en  la  que  se  manifiestan 
las  orientaciones  artísticas  y  modernas,  está  dirigida 
por  el  notable  literato  D.  Isaac  J.  Barrera,  y  es,  quizá, 
la  que  mejor  refleja  la  cultura  y  las  tendencias  lite- 
raria del  Ecuador. 


*  *  * 


La  Idea,  de  Quito,  números  de  noviembre  y  diciem- 
bre de  1918.  En  esta  simpática  revista  se  han  agru- 
pado los  novísimos  de  la  literatura  en  ese  país,  uno 
de  los  más  cultos  de  América.  Son  adolescentes  de 
diez  y  seis  a  veinte  años,  llenos  de  fervores  y  de  amor 
al  arte,  deslumhrados  por  todo  lo  nuevo,  iconoclastas 
ávidos  y  prometedores,  como  su  juventud  floreciente. 


*  *  * 


La  Ilustración,  de  Guayaquil,  números  de  noviembre 
y  diciembre  de  1918.  Revista,  tan  lujosamente  pre- 
sentada, que  no  le  pide  favor  a  las  mejores  de  sus  si- 
milares; de  texto  muy  variado,  en  el  que  no  son  raros 
los  trabajos  sobresalientes;  con  abundante  información 
gráfica  y  algunos  bellos  dibujos. 


*  *  * 


Hacia  la  Luz,  de  Guayaquil,  publicación  bimensual, 
número  correspondiente  a  la  segunda  quincena  de  di- 
ciembre de  1 918,  órgano  de  propaganda  y  defensa  de 


CERVANTES  149 

la  fragmasonería  y  el  libre  pensamiento,  en  esa  parte 
de  la  América  del  Sur. 


México. 

España  Moderna,  de  México,  D.  F.,  números  corres- 
pondientes a  diciembre  de  1918  y  enero  de  1919;  her- 
mosa revista,  publicada  por  un  importante  núcleo  de 
la  Colonia  Española,  que,  como  todos  sabemos,  es,  en 
aquel  país,  una  fuerza  viva  respetable  y  poderosa.  En 
España  Moderna  aparecen  colaboraciones  firmadas 
por  buenos  literatos  de  aquí,  y  se  reflejan  y  se  comen- 
tan los  principales  acontecimientos  que  se  desarrollan 
en  la  Madre  Patria. 


Salvador. 

Actualidades^  número  correspondiente  a  diciembre 
de  1918,  una  bella  revista,  material  y  espiritualmente 
hablando,  en  la  que  al  lado  del  hondo  y  serio  trabajo 
histórico  y  del  ensayo  bien  nutrido  y  de  tesis,  están 
la  crónica  alada  y  leve  y  los  versos  caprichosos  y  mo- 
dernistas. 


Venezuela. 

Cultura  Venezolana,  de  Caracas,  número  correspon- 
diente a  agosto  de  1918,  que  aparece  prestigiado  por 


150  CERVANTES 

las  mejores  firmas  de  aquel  país,  como  Manuel  Díaz 
Rodríguez,  Andrés  Mata,  Jesús  Semprún,  J.  L.  Anda- 
rá, Elias  Toro  y  otros.  El  número  de  que  nos  ocupa- 
mos, está  dedicado,  en  su  mayor  parte,  a  estudiar  la 
vida  y  la  obra  del  ilustre  don  Julio  Gaicano,  benemé- 
rito de  la  literatura  venezolana,  a  la  que  dio  lustre 
durante  más  de  sesenta  años,  y  fallecido,  con  la  pluma 
en  la  mano,  en  la  segunda  mitad  del  año  anterior. 

AMÉRIOÜé. 


Elx:t  r  a  nj  e  r  o . 


América- Latina. — París.  Enero. — Ha  cumplido  un 
año  más  de  vida  ésta  admirable  Revista,  que  desde  el 
comienzo  de  la  guerra  europea  viene  circulando  pro- 
fusamente por  toda  España  Ibero-Americana.   Finada 
ya  la  épica  contienda  que  a  lo  largo  de  cuatro  deusos 
años  ha  transminado  sangre  y  dolorosidades  en  el  rojo 
álveo  del  Orbe,  América  Latina  puede  vanagloriarse 
de  haber  contribuido,  en  unión  de  algunas  otras  deno- 
dadas publicaciones,  a  sostener,  cálido  y  erecto,  el  en- 
tusiasmo ibérico  por  la  causa  aliada.  Sus  páginas  han 
sido  siempre  blancos  lienzos  donde  han  ido  proyec- 
tándose consecutivamente  todos  los  rasgos  evolutivos 
de  la  magna  epopeya  y  todos  los  ardores  heroicos  cul- 
minados por  los  pueblos  latinos. 


CERVANTES  151 

Hasta  hace  poco  ha  sido  orientada  por  el  experto 
timonel  periodístico  Benjamín  Barrios,  con  la  direc 
ción  bifurcada  en  París  y  Londres.  Y  últimamente, 
otro  aguerrido  espíritu,  el  prestigioso  escritor  peruano 
Ventura  García  Calderón,  comparte  con  él  las  tareas 
directoriales.  Y  en  el  último  número  que  a  llegado  a 
nuestras  manos  ya  advertimos,  complacidos,  las  mejo- 
ras introducidas  en  América  Latina,  ef^pecialmete  en 
la  parte  literaria. 

Prestigiosas  figuras  críticas  dan  reseñas  de  los  más 
salientes  acontecimientos  estéticos.  Así  en  las  «Pági- 
nas francesas»,  Carol  Bérard — que  es  uno  de  los  fir- 
mes propulsores  del  renacentismo  musical  de  Lute- 
cia — traza  acertados  estudios  de  D'Iady  y  Debussy. 
En  la  zona  literaria,  tras  breves  noticias  sobre  las 
muertes  de  E.  Rostand  y  P.  Margueritte  y  sobre  el 
premio  Groncourt,  adjudicado  este  año  a  Georges  Du- 
hamel  por  su  libro  «Oivilisation» — que  viene  también 
de  publicar  «La  possesion  du  monde» — leemos  una 
reseña  de  los  últimos  volúmenes  franceses  por  Ed- 
mond  Jaloux.  Informaciones  sobre  actualidades  post 
bélicas  :y  artículos  de  Zaldumbide  y  V.  G.  Calde- 
rón, con  una  crónica  sobre  los  últimos  arabescos  de  la 
moda,  completan  el  valioso  sumario  de  este  número . 


*  *   !ílt 


Mercure  de  France.  Números  del  1.°  y  16  de  febre- 
ro.— Esta  nutrida  revista  que  durante  muchos  años 
ha  sido  la  más  alta  tribuna  del  pensamiento  y  de  la 
literatura   francesa,    ha  devenido  últimamente — ¡oh, 


152  CERVANTES 

las  irreverencias  imprecativas  de  los  fauves! — un  asi- 
lo de  consacrés  a  demi,  tiñéndose  al  mismo  tiempo  de 
una  avejentada  pátina  academicista.  Sin  embargo,  de 
vez  suelen  hallarse  en  sus  páginas  prosas  verdadera- 
mente sugestivas.  De  entre  sus  dos  últimos  números 
sólo  podemos  subrrayar:  un  relato  anecdótico  sobre 
«Degas  y  su  modelo»,  de  Alice  Michel,  y  un  intere- 
sante estudio  sobre  «Nieetz.he  y  la  guerra»,  por 
G.  Brunet. 

Eq  su  abundantísima  «Revista  de  la  quincena»,  re- 
saltan informativos  críticas  debidas  a  G.  Khan, 
J.  Marnold  y  F.  Goatraras. 

«  *  « ' 

La  Revue.  Febrero. — En  un  trabajo  rotulado  «Las 
tendencias  intelectuales  de  Francia  en  1914»,  reseña 
Gastón  SauveboÍ8,de  un  modo  vago  e  inconcreto,  algu- 
nas de  las  corrientes  literarias  que  imperaban  en  Fran- 
cia al  declararse  la  guerra  en  1914.  Le  sigue  otro  es- 
tudio de  Mr.  Adrien  Mithouard  sobre  «El  descubri- 
miento de  Occidente»,  las  primicias  de  un  nuevo  li- 
bro de  C.  Mauclair  sobre  «La  magia  y  el  amor»,  y 
una  poesía  de  L.  Cladel. 


:{::(:  He 


La  Vraie  Italie. — Florencia. — Febrero. — Dirigida 
por  uno  de  los  más  valiosos  literatos  de  la  Nueva  Ita- 
lia, por  Giovanni  Papini,  el  admirable  autor  de  «El 
Piloto  ciego»  y  de  «El  crepúsculo  de  los  filósofos»,  se 


CERVANTES 


153 


ha  publicado  el  primer  número  de  esta  sugestiva  re- 
vista. Ya  en  su  diáfano  y  sincero  programa  hace  cons- 
tar sus  anhelos  de  fusión  entre  Italia  y  los  demás  paí- 
ses latinos,  ayudándose  a  la  mutua  comprensión  de 
sus  nuevos  valores.  Redactada  en  francés  por  escrito- 
res italianos  no  se  observa  en  sus  páginas  la  más  mí- 
nima incorrección. 

Y  entre  sus  trabajos  más  sugeridores,  reseñamos: 
Diferentes  estudios  sobre  las  facetas  de  las  obras  y 
doctrinas  de  Wilson,  Notas  sobre  «Baudelaire  en  Ita- 
lia» y  «Apollinaire,  italianizante»,  y  un  ensayo  rese- 
ñador  historiando  las  revistas  de  este  siglo  más  per- 
durables, en  cuyas  páginas  se  han  incoado  bellos  mo- 
vimientos literarios  y  han  resplandecido  las  firmas  de 
D'Annuiizio,  Corradini,  Croce,  Papini,  Marinetti,  Sof- 
ficci,  Carli,  Settimelli,  Conti,  etc.. 


*  *  * 


VEurope  Nouvelle. — París,  números  7  y  8. — Tras 
las  habituales  secciones  de  «Política»,  «Vida  parla- 
mentaria, económica  y  financiera»,  se  halla  la  de  «El 
Pensamiento  francés».  En  ella,  y  girando  sobre  temas 
intelectuales  y  artísticos  de  actualidad,  encontramos 
las  firmas  admiradas  de  Albert  Thibaudet  que  comen- 
ta a  Mistral,  André  Salmón  que  exegeta  las  últimas 
manifestaciones  del  cubismo  pictórico,  y  Louis  Cha- 
dourne  que  glosa  los  últimos  volúmenes  de  poesía. 

Héctor. 


154  CERVANTES 


Notas  hispanoamericanas 


Diplomático  fallecido 

Tenemos  el  pesar  de  consignar  en  estas  notas  el  sen- 
sible fallecimiento  del  ilustre  diplomático  ecuatoriano, 
don  Francisco  X.  Aguirre,  acaecido  en  el  momento  de 
desembarcar  en  Francia,  cuando  venia  de  Encargado 
de  Negocios  de  su  pais  en  Madrid. 

El  señor  Aguirre,  que  ya  había  vivido  entre  nos- 
otros, años  atrás,  como  primer  Secretario  de  la  Lega- 
ción de  su  país  en  esta  villa  y  corte,  era  ventajosa- 
mente conocido  y  gozaba  de  generales  simpatías  en 
los  mejores  círculos  madrileños,  que  supieron  apreciar 
y  conservan  los  mejores  recuerdos  de  las  dotes  de  in- 
teligencia y  caballerosidad  del  malogrado  diplomáti- 
co, cuya  gestión  hubiera  sido  de  indudables  resulta- 
dos, en  orden  al  acercamiento  de  su  país  y  de  la  Ma- 
dre Patria. 

Reciban  el  testimonio  de  nuestra  condolencia,  el 
Gobierno  del  Ecuador  y  el  Cónsul  de  esta  República 
en  Madrid,  nuestro  compañero,  don  Céisar  E.  Arroyo. 


CERVANTES  155 


La  enseñanza  del  español  en  Norte-América 

Los  principales  periódicos  de  Nueva  York  comen- 
tan en  sus  columnas  editoriales  la  proposición  de  es- 
tablecer la  enseñanza  del  idioma  español  en  las  escue- 
las públicas  de  Nueva  York,  que  fué  sugerida  y  reco- 
mendada por  el  alcalde  Hylan  en  un  níensaje  dirigido 
por  él  al  pueblo  de  la  ciudad  de  Nueva  York  y  a  la 
Junta  de  Educación  de  dicha  metrópoli. 

El  «New  York  American»  trata  el  asunto  en  un  ex- 
tenso editorial,  insertado  en  lugar  prominente  e  in- 
titulado «El  español  debe  enseñarse  en  todas  las  es- 
cuelas públicas  de  Nueva  York».  «No  sólo  en  Nueva 
York,  dice,  sino  en  las  escuelas  públicas  y  en  los 
colegios  de  todo  el  país,  el  idioma  español  debie- 
ra enseñarse  con  empeño,  y  este  trabajo  debiera 
empezarse  lo  más  pronto  posible  y  ser  llevado  adelan- 
te con  constancia  y  energía  como  parte  esencial  del 
programa  general  educativo  de  la  nación.» 

«Es  un  hecho  innegable,  añade,  que  el  español  se 
usa  de  manera  exclusiva,  en  las  tres  cuartas  partes  del 
hemisferio  en  que  vivimos,  no  sólo  en  el  vasto  Conti- 
nente sudamericano,  sino  en  Cuba,  las  Filipinas,  las 
Indias  occidentales  y  México. 

»E1  anuncio  que  se  haga  en  las  Repúblicas  de  Sur 
América  de  que  Nueva  York,  la  metrópoli  y  el  Estado 
principal  de  la  Unión,  ha  adoptado  oficialmente  el 
idioma  español  como  parte  integrante  de  su  programa 
de  enseñanza,  evocará  una  réplica  cordial  de  senti- 
miento y  acción  en  todos  esos  generosos  e  impulsivos 


156  CERVANTES 

países  del  Sur,- y  LA  UNION  DE  LENGUAS  se  ha- 
llará bien  avanzada  antes  de  que  la  guerra  termine,  y 
ella  será  el  precursor  lógico  de  la  unión  de  los  cora- 
zones y  las  mentes.» 

«El  idioma  español,  dice  el  «Evening  Mail»,  de 
Nueva  York,  es  uno  de  los  grandes  medios  de  la  lite- 
ratura, la  historia  y  el  pensamiento  muu diales.  Es  una 
lengua  noble,  una  lengua  exacta,  una  lengua  digna  de 
ser  estudiada  por  hombres  y  mujeres  que  deeeen  co- 
nocer y  analizar  de  cerca  la  cultura  mundial.» 

«Por  todos  conceptos,  debemos,  pues,  darle  a  la  ge- 
neración que  se  levanta  la  oportunidad  de  adquirir  la 
lengua  de  Cervantes,  Castelar  y  de  Echegaray,  que  es 
a  la  vez  la  llave  para  los  mercados  de  la  mayor  parte 
de  América.» 


Nuevo  Cónsul 

Ha  tomado  posesión  del  Consulado  del  Ecuador  en 
Valencia,  el  distinguido  publicista  y  literato  ecuato- 
riano, D.  Luis  Robalino  Dávila,  al  que  enviamos  un 
cordial  saludo  de  bienvenida,  deseándole  una  grata 
permanencia  en  España,  y  ofreciéndole  estas  pági- 
nas, que  no  dudamos  serán  favorecidas  con  su  cola- 
boración . 

Américus. 


ÍNDICE 


Páginas 


El  salmo  de  los  hermanos,  por  R.  Cansinos- Asséns. .  1 
Poetas  españoles: 

Neo-lirismo,   por  Goy  de  Silva 13 

Paroxismos  emocionales,  por  César  A.  Comet 20 

Recuerdo  lírico  de  una  fiesta  en  el  Guadalquivir,  por 

José  María  Romero 24 

Día  de  huelga,  por  Juan  G.  Olmedilla 29 

Impromptu,  por  Antonio  Espina  García 32 

Poemas  modernos,  por  Rogelio  Buendía 35 

Cuentos  españoles: 

A  ras  de  la  tierra,  por  Carlota  Renfry  de  Kidd 41 

La  «Pena  Negra»,  por  Juan  Soca 47 

Nueva  vida,  por  José  Brisa <">6 

Carta  abierta:   para  el  ilustre  crítico  gramatical  don 

Antonio  de  Valbuena,  por  Un  académico  en  ciernes .  64 
Cuentos  hispanoamericanos: 

Maternidad,  por  A.  Hernández  Cata 67 

Poetas  hispanoamericanos: 

Paisaje  familiar,  por  Andrés  Mata 78 

El  poema  de  las  Estaciones,  por  Salomón  de  la  Selva..  Xü 


1&8  Indick 

Páginas 

El  sionismo  en  la  literatura: 

A  la  nación  judia,  por  Andró  Spire 83 

Un  pueblo  que  vive:  En  los  días  de  la  liberación  de 

Israel,  por  R.  Cansinos-Asséns 86 

Novísima  literatura  francesa:  El  guía,  traducción  de 

Guillermo  de  Torre 89 

Artes  plásticas,  por  Ballesteros  de  Martos 96 

El  teatro,  por  Eduardo  Haro 114 

Política: 

De  la  trifulca,  por  Sebastián  Gomila 119 

Con  torpeza  y  sin  ideal,  por  Joaquín  Aznar 121 

Bibliografía,  por  G.  E.  A 126 

A  través  de  las  revistas,  por  Héctor  y  Américus 140 

Notas  hispanoamericanas 154 


REVISTA  HISP ANO-AMERICANA 

CERVANTES 

Madrid,  Marzo   1919. 


POETAS  ESPAÑOLES 


Letanías  de  amor  y  de  dolor. 


Dedico  estas  letanías  al  magnífico 
señor  Bafael  Cansinos-Asséns,  maes- 
tro del  Ultraísmo. 


letanía  gris 

Divino  olor  de  reseda, 
olor  de  mujer  amada... 
triunfa  el  oro  en  la  arboleda 
y  en  la  senda  abandonada. 

Los  ensueños  melancólicos, 
que  otoño  canta  en  la  brisa, 
apagaron  los  diabólicos 
cascabeles  de  la  risa... 


CKRYANTE» 


¡Otoñol...  Pálidas  rosas, 
bruma  en  las  sendas  desiertas, 
en  el  alma  luminosas 
idealidades  muertas. . . 

Labios  de  rosas  callados... 
sueños  en  el  corazón, 
ojos  bellos,  entornados, 
para  una  meditación. 

Dicen  las  hojas  doradas 
su  languidez  otoñal, 
y  en  las  sendas  olvidadas 
ya  no  hay  voces  de  cristal. 

En  el  chorro,  antes  inquieto, 
el  agua  apenas  palpita... 
hay  en  la  fuente  el  secreto 
de  una  tristeza  infinita. 

Octubre,  cruel  deshojas 
los  álamos  del  jardín, 
y  apagas  las  tardes  rojas 
en  el  lejano  confín. 

El  piano  ya  no  canta... 
lento  salmodia  una  pena, 
baj  o  la  caricia  santa 
de  unas  manos  de  azucena. 

Ojos  llorosos,  que  eran 
luminosos  y  atrevidos... 
éxtasis  mudos,  que  esperan 
que  vuelvan  los  besos  idos... 


CBUVANTES 


Cerca  un  divino  livor 
estos  ojos  infantiles... 
ya  no  hay  magnolias  de  amor 
en  los  búcaros  gentiles. 

Las  estancias  silenciosas 
ya  no  saben  madrigales... 
sólo  la  lluvia  hace  glosas 
de  tristeza  en  los  cristales. 

Octubre,  cruel  deshojas 
las  flores  del  corazón 
y  marchita,  luego,  arrojas 
al  fango  nuestra  ilusión. 

ROMANZA   DOLOROSA 

El  oro  del  crepúsculo 
se  desmaya  en  el  césped. 

Ella  tiene  los  ojos 
desmayados...  — ¿Me  quieres?. 
Languidece  el  idilio 
bajo  las  hojas  verdes. . . 

— ¿No  te  acuerdas,  mi  amado?. 
Un  mayo,  como  este, 
nos  adentró  en  las  almas 
su  sol  tibio  y  alegre. . . — 

El  tiene  una  nevada 
grande  bajo  la  frente. 

— Oh  aquel  mayo  lejano 
florecido  y  riente. . . 
Me  besaste  en  los  ojos. . . 
me  besaste  en  las  sienes. . . 


CBRVANTHS 

Fueron  mis  manos  pálidas 
flores  para  tu  fiebre — 
El  oro  del  crepúsculo 
se  desmaya  en  el  césped. 

— Bebíamos  en  todos 
los  chorros  de  las  fuentes 
sólo  para  mirarnos 
en  el  agua. . .  jQué  tenue 

era  tu  voz  entonces! ... 


Tenía  como  un  leve  i 

parpadeo  de  estrellas 
su  madrigal  doliente 


parpadeo  de  estrellas 


¡Ob,  riberas  soñadas 
frente  al  estanque  breve! . . . 
Amor  mío,  ¿te  acuerdas?. .  .- 
La  tarda  languidece. . . 

En  la  ciudad  distante 
las  ventanas  encienden 
su  fiesta  cotidiana 
de  luces  al  poniente. 

Y  aún .  — Aquella  risa 
loca  que,  tantas  veces, 
partían  los  suspiros 
y  los  besos. . .  ¿Me  quieres?. 

Él  tiene  la  mirada 
perdida  sobre  el  césped. 

Ella  suspira  aún  quedo 

— era  un  mayo  como  este. . 


CÍRVANTES 


Y  como  un  adiós  pálido 
de  lo  que  ya  no  vuelve, 
el  oro  del  crepúscalo 
se  le  duerme  en  la  frente . 

BALADA  DE  LAS  VIUDAS 

¡Oh,  quó  temblor  de  luceros 
de  cristal! . . .  Sobre  la  torre 
la  luna  nueva  de  oro 
vela  el  sueño  de  la  noche. 

Tras  las  ventanas  cerradas 
— nostalgia,  llanto,  dolores, — 
la  lámpara  de  las  viudas 
ppne  su  angustia  sin  nombre . 

]Ay!,  ¿podrán  dormir  las  viudas, 
tristes  de  un  lejano  goce, 
con  estos  grandes  suspiros 
que  van  nadie  sabe  adonde? 

¡Ayl,  ¡las  mujeres  vestidas 
de  color  de  pena!...  Sobre 
los  grandes  tálamos  fríos 
se  deshojaron  las  flores 

¡Oh!,  ¡qué  temblor  de  luceros 
habrá  por  su  carne  joven! 
— carne  de  seda  doliente — 
bajo  una  mirada  de  hombre. 

En  las  estancias  sombrías 
llorarán  su  pena,  sobre 


« 


CBRYANTBS 


los  grandes  tálamos  fríos, 
mientras  la  luna  dorada 
vela  la  paz  de  la  noche. 


PLEGARIAS   DB   LOS  VEINTE   AÑOS 

¡Vamos  a  morir,  Dios  mió,  vamos  a  morirl 

BuBÉK  DarIo. 

Entre  la  fiebre  abrasadora 
miré  la  Muerte  aproximarse . 

— ¡No!...  Primavera  llega  ahora, 
mira  el  jardín  iluminarse. . . 

Espera,  Pálida,  detente, 
son  veinte  años,  ¡sólo  veintel 

Oye  la  fuente  cristalina 
que  canta  loca,  loca,  loca, 
como  una  risa  femenina 
que  se  desborda  de  la  boca. 

¿Vas  a  tronchar  desapiadada 
estos  capullos  entreabiertos?. . . 
¡Quedar  inmóvil,  blanca,  helada, 
los  ojos  grandes  y  despiertos! 

¡Vas  a  cambiar  esta  sonora 
marcha  impetuosa  de  torrente 
por  la  mudez  aterradora 
que  deja  pálida  la  trente! 


CERVANTES 


Voy  &  cruzar  las  nebulosas! . . . 
Y  ¿qué  me  importan  los  espacios 
ni  los  principios  de  las  cosas?. . . 

jQue  sólo  sean  crisopacios 
esas  estrellas  luminosas! 

Oh,  Muerte,  espera,  espera,  espera. 
¿No  ves  mi  dulce  primavera? 
Mira  el  jardín  iluminarse 
y  las  acacias  enflorarse. 

Tú,  buen  Jesús  de  Galilea, 
que  con  tus  manos  milagrosas, 
sobre  la  podre  sucia  y  íea, 
pusiste  rosas,  rosas,  rosas. 

Y  sobre  el  mar  de  Tiberiades 
aplacaste  las  tempestades 
con  tu  divina  voz  serena. . . 

Y  por  milagro  del  amor 
purificaste  a  Magdalena. 

¡Predicador,  predicador! 

Hasta  mi  lecho  de  dolor 

¿no  han  de  venir  tus  blancas  manos 

para  robar  a  los  gusanos 

mis  veinte  años  todos  flor?. . . 

Y  en  Primavera  jJesús  mío! 
entre  nevados  jazmineros, 
¿se  ha  de  quedar  mi  cuerpo  frío 
bajo  el  claror  de  los  laceros?... 

Luciano  de  San-Saor. 


8  t  ;>;rvantb8 


Aún  es  invierno. 


Todavía  es  la  gran-noche-esquelótica. 
Los  árboles  perfectamente  serios, 
aún  rígidos  e  inmóviles,  apenas 
si  al  impulso  del  viento  se  estremecen, 
pero  ya  hay  una  ráfaga  secreta 
de  claras  alegrías. . . 
de  nuevas  alegrías. . .  La  tristeza 
alegre  de  los  tísicos  que  ávidos 
llegaron  a  un  verano  nuevo,  alegra 
con  su  melancolía  a  marzo  suave . . . 

Y  allá  hay  una  voz  nueva,  una  voz  nueva. 
y  conocida  que  me  ríe  y  que 
me  dice:  — Mira  mi  sonrisa  eterna, 
pero  tú  no  reirás  conmigo,  no, 
tú  aún  no  puedes  reír ...  Y  mi  alma  tiembla 
ante  esta  voz  amenazante  y  clara, 
porque  ella  sabe  de  avenidas  llenas 
de  sol  que  invitan  a  volar  a  las 
mujeres  indecisas  que  aún  esperan 
bañadas  de  exterior  mil  fantasías, 
y  teme  a  lo  impensado,  y  a  la  horrenda 
osadía  de  luz  de  días  bellos, 
luminosos  que  humillan  la  pobreza 
del  hombre  desdichado,  obscurecido.  . . 
Y  quisiera  alargar  en  una  inmensa 
vida  la  vida  del  invierno,  que  éste 
es  para  el  débil  una  larga  tregua 


CERVANTES 

porque  es  como  ese  tiempo  que  precede 
inseguro  el  arribo  de  las  fiestas 
reteniendo  en  los  cálidos  hogares 
con  sus  frígidas  nieves  a  las  bellas 
mujeres  indecisas, . . 

Pero  hay  una  voz  nue«^a,  esa  voz  nueva 
del  gran-día-florido  que  me  dice: 
— Tú  aún  no  puedes  reir,  ¡oh  hombre,  tiembla!, 
tú  aún  no  puedes  reir. . .  Por  los  humildes 
vientres  de  los  arroyos,  tu  cabeza 
llena  de  estrellas  y  sueños  azules 
depondrás  caminando  ante  mi  espléndida 
luz,  y  mis  flores,  y  mi  aroma  nuevo. . . 
Tú  aún  no  puedes  reir  ¡oh  hombre,  tiembla! 
quizás  la  luz  que  traigo  sea  en  ti 
sombra  definitiva. . . — 

¡Primavera, 
sí,  yo  amo  tus  oías  y  tu  amable 
dulzura.  Sóme  propicia,  templa 
mi  alma  con  tus  manos  encantadas 
y  cantaré  tus  glorias! 

...  La  tristeza 
alegre  de  los  tísicos  que  ávidos 
llegaron  a  un  verano  nuevo  alegra 
con  su  melancolía  a  marzo  suave, 
y  dice  a  mi  esperanza:  — Hermano,  tiembla.  .  . 
Las  almas  cual  los  cuerpos  no  se  curan. . . 
La  vida  es  lenta  y  la  agonía  es  lenta. . . 
Pero  aún  enfermo  hay  que  vivir. . .  La  vida 
debe  vivirse. . .  y  todavía. . .  ¡Espera! 


Hoy  l-marzo-1919. 


10  CBBVANTBft 


Salmo  a  mi  madre. 


...  En  esta  casa  de  misterio  eterno 
que  va  sobre  unas  aguas  áridas,  floridas 
y  muy  tristes ...  En  esta  casa  inmensa 
en  que  me  hallé  de  pronto  con  la  vista 
vaga  de  un  despertar  de  inconsciencia, 
ciego  de  luz,  perdido  en  la  infinita 
obscuridad,  a  las  veces,  de  una  negra 
madeja  de  profundas  galerías 
y  de  pasillos  largos. . .  largos. . .  largos. . . 

...  En  esta  casa  vibradora  y  rítmica 
que  floreció  a  las  dulces  primaveras 
y  supo  del  invierno  con  sus  frígidas 
heladas  segadoras. . . 

...  En  esta  casa  eterna  que  a  la  vida 
tiende  sus  ojos  como  unas  estrellas 
y  que  tiene  un  ruiseñor  que  envía 
sus  canciones  al  aire  como  secas 
hojas  que  fueron  hojas. . . 

En  esta  dulce  casa  hay  una  tierna 
fragancia  perdurable  de  las  tibias 
manos  del  hada  mediadora  eterna 
que  me  mostró  el  encanto  de  sus  vagas  luces. 
¿Dónde  fuiste  hada  mía  eterna  y  buena? 
¿Volaste  acaso  adonde  esta  divina 
esperanza  de  algo?. . . 


CBRVANTBS  11 

Mi  casa  ha  abierto  ya  dos  de  sus  puertas. 
Una  al  amor,  otra  a  la  vida;  queda 
una ...  La  muerte . . .  Un  eco  en  los  pasillos 
más  hondos  dice:  ¡Espera! 

Hoy  9-enero-19l9, 


...Y  no  habré  de  llorar... 

...  Y  no  habré  de  llorar  ante  la  ajena 
desgracia.  ¡Oh  no,  no  habrán  de  conmoverme 
la  enfermedad,  el  hambre,  ni  la  eterna 
miseria;  así,  tan  sólo  compasivo 
seré  conmigo,  y  nacerá  mi  pena 
de  contemplar  un  algo  mío  inmenso 
herido . . .  herido  de  la  mala  bestia 
de  la  vida.  — Terrible,  destrozado, 
ain  lágrimas  siquiera, 
vibraré  siempre  sin  consuelo  por 
este  guiñapo,  esta 

luz  que  agoniza  incomprendida,  sola, 
muy  hondo  mi  alma  llena 
de  ternura  infinita, 
de  una  ternura  tibia,  dulce  y  buena. 

Y  seré  el  hombre  malo  que  llevamos 

oculto  más  pujante,  y  con  instintos 

de  fiera  carnicera  contenida. 

jY  después  ya  todo  me  será  lo  mismo! 

Amado  y  extraño  en  un  vivir  propuesto 

por  un  poder  aún  indefinido! 

J.  R1VA6  Panedas. 

25-12-1918. 


12  CERVANTES' 


VERSICULARIO  ULTRAISTA 

DEHISCENCIA 


Grive  me  me  to  warble  spontaneou» 
sons  recluse  by  mystlf,  for  my 
own  ears  only... 

Walt  Whitman. 


A  Luden  Michel, 
victorioso  soldado  de  Lutecia. 

Verticilo  iridiscente  de  la  roja  rosa  cósmica. 
Su  umbrátil  corola  irradia  estelarmente  un  haz  de  tensos 
filamentos  bermejos,  como  reóforos  eréctiles... 

Y  en  sus  foliáceos  pétalos  vibrátiles,  truncos  bajo  el  aura 
asolatriz  de  belicosidad  telúrica,  resaltan 
vividas  estrías  sangrantes,  helicoidalmente  coordinadas... 

¡Feérica  constelación  alucinante  en  la  célica  dermis 
de  lapislázuli  que  esmalta  el  convexo  ámbito  terráqueol 

Las  cygneas  llamaradas  que  ascendían  igniscentes  desde 
loa  guerreros  agros  espasmódicos — ¡oh,  la  gleba 
descoyuntada  acerbamente! — 
se  han  extendido  al  azur  liberatriz... 

Y  hay  un  rojo  crepitar  letificante  de  estrellas  incendiadas 
prendidas  en  el  boscaje  multifónico... 

Mientras,  los  rescoldos  de  paz  frutecen 
en  los  ocres  eriales... 

Halla  su  vértice  amorfo  la  épica  tormenta  vulturnal. 


CKUVANTES  *" 

Las  excrecencias  acerbas— piras  de  cadáveres, 
llanto,  sangre  y  llamas- se  amustian 
subterráueamente  ante  un 
¡MAGNO  ARCO  IRIS  AURORAL! 

Su  heptacromismo  sonríe  dionysiaco  en  el  paisaje 
aún  maculado  y  flébil, 
de  colinas  reverdecidas  y  soles 
convalecientes,  tras  el  caquéxico  occiduo  autumnal... 

Su  irradiar  vivificante  espejea  tenue  en  los  remansos 
atónitos  que  se  enfloran  de  lotos  eléctricos... 

Y  al  presentirse  la  reviviscencia 
hiperdinámica  y  frutal,  los  labios  del  Orbe  renaciente 
insinúan  un  eurítmico  rictus  floreal... 

¡Orto  post-bélico!  ¡Omniédrica  transmutación! 
{Vividas  facies  dehiscentes! 

¡Adviene  el  torrente  de  revolución  genésica! 
Hay  una  osmósica  tromba  que  sacude 
en  espasmo  propulsor  las  másenlas 
vértebras  de  las  cordilleras  lunarias,  y  los 
himenes  recónditos  y  opalescentes  de  los  mares  boreales... 

Y  es  entonces,  cuando  mi  alma  velivolante, 

ha  vislumbrado  desde  un  «hangar»  interplanetario, 

y,  tras  una  extraña  refractación  de  espejos  equinocciales, 

la  insólita  permutación: 

Subitáneamente,  entre  el  paróxico  danzar 
de  los  planetas,  la  Tierra  estatifica 
su  rotación.  Y  la  hesperidia  abstracción 
amnésica  de  la  poma  terráquea, 
adquiere  una  insólita  simbolización  floral... 

Se  expande  una  fragancia  polarizante  de  láctea 


14 

**  CERVANTES 

sensualidad.  Y  del  horizonte 

rasgado  desciende  niveamente  el  polen  germinal. 

Los  estambres  del  terráqueo  ovario  se  abren 
ofrendorosamente  en  sus  anteras,  receptando 
la  fovila  seminal,  voluptuosamente... 
Y  tras  la  introyección  presagiadora, 
adviene  un  dinámico  éxtasis  silenciario  y  augural... 

En  el  Alba  inmatura,  emergida  Se  las  nébulas 
alcióneas,  se  irrisan  las  luminarias 
hendidoras  de  opacidades  virgíneas. 
Las  nacientes  perspectivas  novidimensionales, 
concentran  el  irradiante  vértigo  cinemático. 
¡Energéticas  auras  multanimistas  riman  con  las  sistoles 
superatrices!  Todo  se  nimba 
primigeniamente  de  matices  purificados  e  inmáculos. 

Todo  el  dilatado  tegumento  espacial 
distiende  sus  repliegues, 
y  adquiere  una  tersa  fragancial  auroral... 

¡Y  el  Poeta  al  ascender,  constelado  de  alas, 
con  un  gesto  demiúrgico,  se  lanza  dardeante 
entre  las  brumas  rarificadas, 
a  todos  los  vértices  sugeridores...! 


AL   ATERRIZAR... 

Les  avión*  pondent  das  Geufs 
Attention  on  va  jett*r  l'anor». 

GüILLAUMB   APOLLUAIltl 

A  Róbert  Delaunay, 
destacado  en  la  afinidad  superatrit. 

Y  he  contemplado  ávidamente, 
en  un  eufórico  espasmo  visual. 


CERVANTES  1& 

un  bello  panorama  omniédrico, 

espejado  en  la  conscia  lámina  de  tu  hélice 

jOH,  velívolo  AUGURAL! 
que  al  retorno  de  tu  «raid»  ultra- telúrico, 
aterrizarte,  trépido  y  aleteante, 
en  mi  enhiesto  «hangar»  craneal... 

(Era  tu  jadear  cardíaco  y  etéreo,  tras  haber  desvirgado 
el  himen  hialino  de  las  nubes  sonámbulas, 
como  el  de  un  varón  primievo 
— imagen  refractada  levógiramente — 
que  retornaba  exhausto  de  las  gestas 
genesíacas — inconocida  aún  la  partenogénesis  vertebral...) 

Y  voluptuoso  y  fragante  de  azur  ¡oh, 
velívolo!  anclaste  abatiendo  tus  alas... 

Y  mis  taladrantes  pupilas,  captaron 

en  rauda  percepción — mientras  se  extinguía 
tu  gran  helizoidal — el  enigma  a  advenir: 

¡SUGERENTE  PERSPECTIVA  FUTURISTA! 

Purificados  lineamientos  periféricos,  y, 
recónditos  dintornos  multitudinarios 
del  enhiacto  poblado  culminante:  La 
infinitud  de  edificios  cristalinos  cupulados 
de  «hangares»  agarófilos,  secciona 
transversalmente  el  dinamismo  paróxico 
de  las  umbrías  avenidas  rectilíneas. 
En  su  estuario  naufraga  la  mirada  cotidianista. 

Y  el  fluir  de  la  marea  humana 
multánime  y  polirrítmica,  con  el  estridor 
de  las  sirenas  y  el  gesticular  telegráfico, 
se  yuxtapone  en  asunción  laberíntica 

a  las  energéticas  percepciones  sensoriales. 
Locomotoras  quirúrgicas  avanzan 


16  CERVANTES 

sobre  ciclópeos  puentes  de  humaredas, 
horadando  los  torsos  montañcsos.. 

Por  sobre  las  colinas  sinusoides,  tapizadas 
de  astros  yertos,  gravitan  escuadras 
de  aerobús  grandiosos.  Sus  pasajeros  contemplan 

— apoyados  en  los  alféizares  orográficos — 
los  «affiches»  subyugadores  que 
proyectan,  sabiamente  reflejadas, 
las  estrellas  sobre  las  praderas  cristalinas. 

Antagónicamente,  en  los  trigales  lunarios, 
madui'an  femíneas  estrellas  gemmadas 

Abstracciones  dendriformes  de  los  bosques, 
adquieren  corporeidad  y  se  yerguen 
como  postes  y  pararrayos 

sustentores  de  antenas  pulsátiles,  Y  sus  olvidadas 
exfoliaciones  verdorosas,  son  flabeles  atmosféricos... 

A  través  de  las  vías  convulsas — y 
de  los  hogares  decorados  de  máquinas — las 
falanges  humanas  viajan,  crepitan  y 
ritmizan  sus  latidos  monocordemente. 
Amplios  racimos  de  adamitas  supra-vertebrados, 
tejen  amphiónicamente  un  promenar  voluptuoso. 
Por  sobre  el  océano  ácueo,  bogan  brazos  alados 
al  flanco  de  los  torsos  adolescentes...! 

¡Sus  tarsos  gemmados  de  estrellas 
puntúan  el  horizonte  esdrújulo!  ¡Y  por 
entre  el  cuadriculado  de  los  hilos  telefónicos 
se  columpian  los  amantes  libertarios! 

¡En  las  azules  glorietas,  niños  inmaturos 
enrollan  en  sus  dedos  los  hilos  de  los  aviones! 

¡Y  nubiles  andróginas,  manipulan  los 
interruptores  de  las  estrellas  vesperales...! 


OHIRVANTB-)  17 

¡En  las  bóvedas  craneales  insurgentes 
de  los  transeúntes  rebeliosos,  florece  un  «trolley» 
que  enlaza  su  alma  a  la  luna  corniveleta! 

Durante  la  noche  hemiódrica,  se  iluminan  los  collares 
eléctricos  de  las  hembras.  ¡Y  bajo  sus  senos 
maravillosos,  en  el  endocardio,  toma 
rumbo  nordestal — hacía  los  efebos  pragmatista» — 
la  brújula  de  eróticas  veleidades! 

¡Dinamos!  ¡Simouns!  ¡Hélices! 
La  franja  hialinamente  lumínica  y  sonorosa 
fluifica  el  matiz  estético  voluptuoso. 
Y  trombas  de  arácnido  demiúrgismo 
desplazan  la  gravitante  realidad. 

¡Los  pungentes  anhelos  superadores  de  los 
lucíferos  ultraistas  cristalizan  en  arcos  voltaicos! 
Las  auras  tienen  un  sabor  mental — emergido 
de  los  propíleos  dialécticos... 

Sobre  los  pedestales  de  los  iconos  mitológicos, 
yerguen  sus  músculos  gímnicos 

estatuas  vivientes.  ¡Los  ramos  de  nervio»  hipertrofiados 
— que  exornan  jardines  primaverales — 
emanan  fragancias  energéticas! 

Y  en  los  amperómetros  sensoriales 
las  agujas  se  distienden,  delatando 
una  afectiva  expansibilidad  cardíaca. 

¡Todo,  en  el  límpido  panorama 
de  culminación  eurithymica, 
es  terso,  dinámico  y  íelizoidal! 

¿Qué  inmensa  planitud  de  lienzo 
se  requeriría  para  espejar 
su  potencialidad  multanimista? 

¿Qué  cúmulo  de  folios  para  cantar  su  ardentía  vital? 

2 


18  CERVANTES 

Sin  embargo...  sólo  algunos  mancebos 
ante  el  arco  iris  permanente, 
trasladan,  como  de  una  paleta 

mágica  al  horizonte  undivago,  polifonías  coloristas. 
Y  otros,  manipulan  sobre  el  bloque  de  un  diccionario 
como  sobre  un  «specimen»  mecanográfico, 
arrancando  plásticas  verbalidades... 

Desde  las  aortas  oceánicas  fiuye  un  cenestésico  pleamar. 

¡Y  el  ritmo  dionysiaco  del  vivir 

vibra  perpendicular  a  las  sístoles  zodiacales!... 


Guillermo  de  Torre, 
Madrid.  Día  47  del  año  1919. 


Los  Poemas  románticos  del  ULTRA 


Mujer... 


¡Oh,  mujer!,  tu  sonrisa 
me  invade  de  inquietud  y  de  tristeza. 
¡Oh,  mujer!,  tu  sonrisa 
es,  al  igual  que  tu  alma, 
frágil  y  bella. 

Yo 

me  siento  encadenado  a  tu  sonrisa... 
Y  te  temo,  mujer, 

¿por  qué  negarlo? 


CERVANTES  19 

Te  amo,  tan  solo^  por  el  alba  rosa 
de  tus  divinos  labios  perfumados... 

Yo  no  sé  mas  de  ti... 
Sé  que  sonríes... 

Y  sé  que  soy  tu  esclavo. 

Tú  me  recuerdas — tu  sonrisa,  hermosa — 
la  divina  sonrisa  que  en  el  alba 
tiene  el  cielo  azulado  de  mi  cielo. 
Pero  el  alba^  mujer,  se  desvanece, 
y  el  sol  abrasa  con  sus  ígneos  rayos 
el  mismo  cielo  puro  de  la  Aurora... 
Tu  sonrisa  es  el  alba;  pero  oculta 
tras  ella,  el  sol  de  los  futuros  males. 

Otoño:  Nocturno 

Igual  que  San  Francisco,  yo  me  siento 
puro  y  exclamo: 
«hermano  perro, 
hermano  lobo, 
hermano  todo,  hermano...» 

Estoy  en  un  crepúsculo  de  otoño: 
las  nubes  tienen  un  color  violado 
y  el  color  de  las  nubes  se  refleja 
— ¡dulce  color  hermano! — 
en  mi  interior  que  plañe: 
«hermano  toro 
y  hermano  buho, 
hermano»... 


20  CKRVANTES 


Mercedes,  Blanca-Rosa,  Ana-María,  Estrella... 


Novia  de  la  provincia:  de  mí,  ¡ya  no  te  acuerdas! 
Mercedes,  Blanca-Rosa,  Ana-María,  Estrella, 
y  aquélla  Para  — ¡oh,  Pura! — ,  tan  triste  y  tan  inquieta, 
que^  al  contarle  mi  vida,  sollozaba...  Azucena... 
Novia  de  la  provincia:  ¡Cuan  tristes  y  cuan  negras 
han  pasado  mis  horas  desde  entonces!...  jOh,  aquélla 
Conchita — ¡Oh,  amor  ya  muerto!  — que  me  quiso  poeta 
de  su  amor,  y  una  trova  de  amor  le  hice  con  penas! 

Margaritas  truncadas  en  mi  camino...  Rosas 
de  un  jardín  que  un  gran  viento  devastó  una  mañana... 
Margaritas  y  rosas...  jardinero,  ¿qué  tienes? 
Corazón,  ¿qué  te  ocurre?  Corazón,  ¿qué  te  pasa? 
Mercedes,  Blanca-Rosa,  Conchita,  Estrella  y  Ana- 
María,  ¡cuál  me  duelen  el  corazón  y  el  alma! 


Trova 


Bien  hayas,  amor  lejano, 
novia  lejana,  amor  muerto, 
bien  hayas  entre  las  blancas 
paredes  de  tu  aposento. 
Bien  hayas,  divina  triste, 
novia  triste,  ¡amor  tan  triste! 
a  quien  conoci  una  tarde 
en  un  nocturnal  momento. 


CERVANTJÍS  21 

Novia  mística,  tan  mística 
como  el  divino  Cordero; 
blanca  paloma  que  fuiste 
toda  luz  en  mi  sendero. 
Blanca  paloma,  azucena, 
rosal  de  un  rosal  rosero, 
rosa  toda  luz:  divina 
rosada  rosa  de  fuego. 
Tú  fuiste  mi  Seliseta, 
yo  fui  tu  cuervo  agorero, 
yo  fui  el  azar  de  tu  vida, 
la  garra  en  tu  pensamiento. 
Fuiste  mi  esclava,  mas  yo 
tu  señor  no  supe  serlo 
— porque  los  señores  nacen 
y  no  se  hacen. — ¡Qué  desierto 
es  mi  porvenir!  ¡Oh,  amada!, 
y  qué  trágico  y  qué  negro... 
(Lejanamente  se  escuchan 
tocar  campanas  a  muerto.) 

¿Y    TÚ,    ALMA    ENAMORADA? 

Profundizar. . .  ¿Profundizar?. . . 

|No  intento! 
¿Me  quieres? 

Yo  te  quiero. 

¡Ya  está  bien! 
¿Profundizar  en  el  amor? 

¡Locura! 
Filósofo:  ¿tú  sabes? 

— ¿Saber  qué? 
Cerebro,  ¿le  conoces? 


22  CERVANTES 

— Conocer.., 
¿Y  tú,  alma  enamorada? 

— ¡Sí...  yo  sé! 
¡Pues  basta!. 

¿De  qué  sirven  el  cómo  y  el  por  qué? 

Xavier  Bóveda 


Cosas   del   tiempo  antiguo. 

LIRIOS,  PRÍNCIPES  Y  VERSOS 


Lirios  en  las  manos,  oros  en  las  trenzas, 
risas  en  los  labios  y  en  el  alma  azur, 
van  los  pajes  rubios,  siendo  los  heraldos 
de  la  favorita  rosa. 

Llevan  los  hachones  que  la  ruta  alumbran 
— de  la  Primavera  tras  el  palanquín — 
y  los  bucles  rubios  de  sus  trenzas  rubias 
fingen  los  tesoros  del  brujo  Merlín. 

Fugas  de  palomas  hay  ante  el  cortejo, 
que  tutela  Apolo,  que  preside  Amor; 
como  liras  cólicas,  cantan  las  alondras 
y  la  luna  brota  como  inmensa  flor. 

Brotan  las  estrellas,  que  en  las  cabalgatas 
como  las  antorchas  siderales  son; 
brotan  las  estrellas,  como  en  los  rosales 
brotarán  las  blancas  rosas  de  Sidón. 


CERVANTES  28 

Es  inmensa  cúpula  de  cristal  el  cielo; 
fingen  los  luceros  rosas  de  zafir 
y  hay,  a  veces,  grandes  fugas  de  luceros, 
que  rápidamente  dejan  de  lucir. 

Hay  en  los  corceles  ímpetus  violentos, 
por  el  aire  vuelan  rimas  del  país 
de  los  florilegios  de  los  trovadores 
que  tienen  por  lema  de  canción  la  lis. 

Cantan  los  felibres  de  la  luna  en  una 
lengua  eolia,  rítmica,  bella  y  musical. 
¡Líricos  felibres  son  los  ruiseñores 
que  gustan  las  dulces  mieles  de  Mistral! 

Riman  los  arpegios  que  sus  cantos  rigen 
con  la  voz  de  Eolo,  que  tiene  su  atril 
entre  los  fragantes  bospues  de  rosales 
de  la  Primavera  y  de  su  hermano  Abril. 

Cisnes  imperiales^  fugas  de  panteras 
y  la  cola  abierta  del  pavo  real, 
que  en  el  plenilunio  de  la  noche  abro 
toda  su  encendida  flora  tropical. 

Cantan  las  sirenas  del  confín  remoto; 
danzan  los  silvanos,  dioses  del  jardín; 
Loreley.  lejana,  de  su  lira  entrega 
al  aire  las  viejas  baladas  del  Rhin. 

Címbalos  y  sistros,  cítaras  y  flautas, 
tocan  esos  pajes,  y  a  sus  ritmos  van 
ajustaudo  el  paso.  Sobre  todo,  suena 
la  siringa  agreste  del  bicorne  Pan. 


24  CKRVANTB8 

Lirios  en  las  manos,  oros  en  las  trenzas 
— la  Aurora  sus  hachas  comienza  a  encender — , 
van  los  pajes  rubios;  llevan  en  Jos  labios 
y  en  los  corazones  almas  de  mujer... 


María  Antonieta  y  el  Dios.,. 


Blanca  flor,  pomposa,  llena  de  fragancia, 
luminosa  estrella,  prestigiosa  lis, 
que  aromas  los  bellos  jardines  de  Francia, 
los  parques  fragantes  del  regio  Rey  Luis. 

Por  las  avenidas  de  los  Tamarindos, 
|iban  tan  ligeros  sus  rítmicos  pies! 
jComo  mariposas,  de  alados  y  lindos! 
¡Como  mariposa  del  jardinfrancésl 

Eran  los  pomposos  tiempos  de  Versalles, 
los  ceremoniosos  tiempos  del  Trianón; 
las  blancas  estatuas  ornaban  sus  calles, 
cantaba  una  fuente  su  dulce  canción. 

Con  los  armoniosos   y  alados  violines 
sonaba  la  eterna  siringa  de  Pan; 
era  el  dios  bicorne,  dios  d©  los  jardines, 
sabía  de  los  besos  de  la  Montespán. 

Y  en  el  laberinto  de  alguna  glorie t;i, 
toda  abovedada  de  verbena  en  flor, 
supo  de  los  besos  de  María  Antonieta 
y  de  sus  caricias,  si  no  de  su  amor. 


CKKVANTKS  25^ 

Con  las  llamaradas  de  aquel  fuego  vivo, 
ardió  de  tal  forma  su  cuerpo  viril, 
que  a  los  muslos  blancos,  sus  patas  de  chivo, 
trenzó  con  la  luerza  de  un  potro  cerril. 

(Le  temen  las  rubias  marquesas;  le  temen 
al  sátiro-chivo,  potente  y  carnal, 
que  con  sus  ardores  glorifica  el  semen 
entre  la  propicia  fronda  de  un  rosal.) 

¡Goza,  dios  bicorne,  los  besos  de  mieles 
en  el  apartado  y  oculto  confín 
de  la  fresca  sombra  de  aquellos  laureles 
que  saben  la  historia  de  amor  del  jardín! 

Adriano  del  Valle. 


Dorian  Gray. 


Basil  pintó  su  rostro,  todo  bondad  y  flor; 
el  Diablo  hizo  su  alma,  ruda  como  la  arista 
de  los  diamantes  fuertes.  Si  Basil  creó  Amor, 
el  demonio  probó  que  también  es  artista... 

Arco  Iris  de  ensueño  dio  luz  a  los  pinceles 
que  pintaron  las  siete  virtudes  de  lo  Bello, 
y  el  Diablo  dio  su  sello 
de  los  siete  pecados  con  los  agrios  cinceles. 

Primero  hubo  combate;  siete  lanzas  quebraron 


2G  CERVANTiflS 

siete  veces  su  ímpetu  contra  siete  corazas, 
y  Dorian  sonrió,  y  las  lanzas  triunfaron, 

y  al  Dorian  sollozar,  triunfaron  las  corazas. 
Luego  el  alma  del  duelo  tendió  un  vuelo  sereno 
y  el  duelo  se  olvidó.  Hubo  sintesis.  Bueno. 

Luis  Muñoz  Marín. 
Nueva  York. 


Cervantes  es  la  estrella.. 


Cervantes  es  la  estrella  en  el  cielo  de  España 
que  guió  el  rumbo  de  nuestra  nave  espiritual; 
él  fulgura  en  la  luz  de  una  razón  extraña 
el  romance  de  oro  del  manchego  genial. 

Reluce  en  la  armadura  del  seco  caballero 
el  sol  cuando  en  España  no  se  ponía  el  sol^ 
y  en  la  tajante  espada  del  triste  aventurero 
y  en  la  amarilla  mancha  del  solar  español. 

Y  en  América  prende  el  alma  de  Rubén 
Darío,  y  enciende  otra  pira  ideal, 
lumbre  en  el  vaso  místico  de  la  divina  traza: 

«Los  motivos  del  lobo»,  porque  Rubén  también 
hace  de  San  Francisco  otro  Quijote  igual, 
lleno  de  la  altiva  condición  de  mi  raza. 

F.  Villegas  Estrada. 


CKRVANTKS  27 


CUENTOS  ESPAÑOLES 

El  aviso  de  la  muería 


Habíamos  terminado  de  cenar  y  aguardábamos  las 
minúsculas  tazas  llenas  del  café  fernandino,  delicioso 
y  aromático,  como  el  más  selecto  Moka. 

Por  las  persianas  abiertas  de  par  en  par,  entraban 
los  efluvios  enervantes  de  la  noche  africana. 

A  mi  lado  estaba  Pedro  Gay,  un  catalán  alto,  cua- 
drado de  hombros,  de  frente  amplia  y  despejada,  de 
ojos  azules  y  llenos  de  candor.  Completaban  el  resto 

de  los  comensales,  dos  tenientes  de  infantería  de  Ma- 
rina y  el  dueño  de  la  casa,  un  mulato  ágil,  nervioso 
y  muy  simpático. 

— Señores — dijo  el  teniente  Rodríguez,  un  joven 
barbilampiño  que  parecía  haber  salido  aquel  mismo 
año  de  la  Academia. 

— ¿Creen  ustedes  en  los  avisos  de  ultratumba? 

La  extraña  pregunta  causó  en  todos  cierta  sorpresa; 
pero  pasados  los  primeros  momentos,  sonreímos  bur- 
lonamente,  a  excepción  del  mulato  que  permanecía  se- 
rio moviéndose  con  nerviosidad  en  su  asiento. 

El  teniente  López,  que  había  leído  a  Alian  Kardec, 
y  admiraba  su  ingenio,  aunque  sin  sentirse  arrastrado 
por  sus  doctrinas,  respondió  jovial: 


28  CERVANTES 

— Hombre,  yo  no  afirmo  ni  pongo  en  tela  de  juicio^ 
nada  que  tenga  relación  con  lo  misterioso  y  lo  extra- 
humano.  Creo  lo  que  está  al  alcance  de  mi  inteligen- 
cia. Salirse  de  lo  normal  y  de  lo  razonable  es  peligro- 
so, y  Dios  sabe  adonde  nos  conduciría  nuestra  lo- 
cura. 

— Tiene  razón  el  teniente  López — repuso  Pedro 
Gay — .  Es  necesario  poseer  un  cerebro  prodigiosa- 
mente organizado,  para  que  admitida  la  más  leve  des- 
viación de  las  leyes  de  la  naturaleza,  no  se  despeñe 
uno  por  el  abismo  de  lo  sobrenatural. 

— Vayamos  por  partes — exclamó  sonriendo  el  te- 
niente Rodríguez — .  ¿Quién  puede  vanagloriarse  de 
haber  encontrado  la  verdad?  Por  ventura,  ¿no  es  un 
misterio  el  principio  del  mundo,  aunque  traten  de  ex- 
plicarlo a  su  modo  los  filósofos  materialistas?  ¿Qué  es 
la  electricidad?  ¿Y  las  fuerzas  ocultas?  Negamos  lo 
obscuro  y  lo  laberíntico,  cuando  estamos  rodeados  de 
tinieblas. 

¿Por  qué  un  hombre  domina  a  otro  con  un  sola 
mirada?  Esa  frase  vulgar,  me  lo  daba  el  corazón  que 
acude  a  nuestros  labios  cuando  nos  pasa  algo  que 
presentíamos;  todo  ello  demuestra  que  existe  una 
fuerza  desconocida,  cerniéndose  sobre  nuestra  razón 
soberana. 

A  medida  que  el  teniente  Rodríguez  desenvolvía, 
su  tesis,  el  dueño  de  la  casa  fijaba  sus  ojos  negros  y 
brillantes  en  el  rostro  del  oficial,  y  una  inquietud  nue- 
va parecía  agitar  todos  sus  nervios. 

El  mulato  era  un  hombre  de  una  fina  sensibilidad. 
Bien  constituido,  fuerte,  musculoso,  esbelto  y  ágilf. 


CBRVANTKS  29 

llevaba  en  sí  toda  la  briosa  naturaleza  de  las  razas 
mixtas.  Su  valor  rayaba  en  lo  temerario.  No  obstante, 
era  supersticioso  como  un  gitano,  y  creía  en  duendes 
y  en  absurdas  y  grotescas  apariciones.  Silencioso,  se- 
guía sin  perder  una  sílaba  de  lo  que  hablaban  los 
demás,  hasta  que  una  frase  de  Pedro  Gay,  le  hizo  sa- 
lir de  su  ensimismamiento,  y  tomar  parte  en  la 
discusión: 

— Señores;  quien  puede  decirnos  algo  de  gran  in- 
terés y  muy  extraordinario,  es  Balmaseda.  Ha  estado 
en  el  Senegal,  y  allí  creo  que  se  hacen  experimentos 
prodigiosos. 

— ¿Usted  se  refiere  a  los  juegos  senegaleses? — pre- 
guntó el  mulato. 

— Sí,  señor. 

— Veamos,  veamos — dijeron  los  tenientes. 

— Ahí  no  hay  nada  misterioso.  Son  juegos  que  tie- 
nen su  trampa  como  todos  los  juegos.  Pero  son  diver- 
tidísimos. Ya  iremos  un  día.  Hay  que  tener  una  gran 
serenidad  de  ánimo,  porque  la  ilusión  de  que  le  cor- 
tan a  una  persona  un  miembro  de  su  cuerpo  es  com- 
pleta; pero,  en  fin,  todo  eso  llega  uno  a  explicárselo. 
Lo  que  no  he  podido  explicarme  todavía  es  el  siguien- 
te caso  que  me  ocurrió  el  año  pasado,  y  desde  en- 
tonces he  admitido  las  relaciones  misteriosas  ante  la 
evidencia  de  los  fenómenos. 

— Cuente,  cuente  usted. 

Y  todos  lo  rodeamos  excitada  nuestra  curiosidad 
por  las  palabras  algo  temblorosas  del  mulato. 

— Ustedes  saben  que  hace  dos  años  tuve  la  desgra- 
cia de  perder  a  mi  madre.  Su  cuerpo  recibió  sepultura 


30  CKÍIVANTBS 

en  el  cementerio  protestante,  a  cuya  religión  pertene- 
cía. Mi  madre  era  de  un  temperamento  muy  nervioso. 
Murió  de  repente,  sin  enfermedad  algana  conocida. 
Su  recia  constitución  había  rechazado  todos  los  acha- 
ques de  la  vejez.  Ni  la  fiebre  del  país  le  atacó  durante 
los  años  que  vivió  en  la  isla. 

La  muerte  rápida  e  inesperada  de  mi  madre  produjo 
en  mi  ánimo  una  gran  tristeza.  No  obstante,  tuve  va- 
lor para  amortajarla,  y  encargué  un  lujoso  ataúd,  que 
fué  construido  con  maderas  preciosas  del  país.  Era  un 
macabro  estuche  de  labor  artística  y  original.  El  éba- 
no, el  palo  rojo,  la  madera  de  hueso  y  la  caobilla, 
formaban  arabescos,  encajes,  adornos  y  signos  gero- 
glíficos.  El  carpintero  basa  (1)  que  lo  construyó,  puso 
en  aquella  caja  todas  las  filigranas  de  su  arte  miste- 
rioso, heredado  de  los  antiguos  egipcios. 

El  fúnebre  artefacto,  a  la  luz  del  sol,  despedía  re- 
flejos polícromos.  Tenía,  además  de  una  tapa  exterior 
de  madera,  otra  interior  de  cristal,  para  que  el  cuerpo 
se  conservase  más  tiempo  bajo  tierra. 

La  caja,  reforzada  por  sus  ángulos,  podía  resistir 
sin  detrimento  la  presión  del  terreno. 

En  el  momento  supremo  de  la  separación,  una  an- 
gustia indecible  invadió  mi  espíritu;  pero  tuve  alien- 
tos para  ver  caer,  sobre  el  cuerpo  querido,  las  paleta- 
das sordas  de  los  enterradores. 

Pasaron  dos  semanas.  La  lucha  por  la  vida  y  el 
amor  a  mis  hijos,  lograron  adormecer  algo  el  dolor 
inmenso  de  aquella  pérdida  irreparable. 


(1)     Indígena  del  África  occidental. 


CBK VANTE8  3 1 

Una  tarde,  esa  intensa  neuralgia  que  padezco  fre- 
cuentemente, me  apretó  de  tal  forma,  que  para  apla- 
car algo  el  desconsolado  dolor,  tuve  necesidad  de  in- 
gerir varias  tazas  de  café.  Logró  amortiguar  un  poco 
la  dolencia;  pero  mis  nervios,  atacados  por  el  exci- 
tante, vibraban  como  las  cuerdas  de  un  arco  en  ten- 
sión. Aquella  noche  di  vueltas  en  mi  lecho  sin  poder 
dormirme.  Ya  próxima  la  madrugada,  me  venció  el 
cansancio  y  cerré  los  ojos;  pero  mi  cerebro,  loco  y 
descompuesto,  se  entregó  a  las  más  extrañas  visiones 
y  a  las  más  espantosas  pesadillas.  De  improviso,  una 
faja  de  luz  atravesó  la  alcoba  y  se  perdió  en  el  infi- 
nito. Por  esa  cinta  luminosa  vi  avanzar  una  figura  de 
mujer,  pero  estaba  aún  tan  lejana,  que  parecía  una 
marioneta  de  un  teatro  Gruiguol.  Lentamente,  la 
figura  iba  aumentando  de  tamaño,  pero  todavía  no 
me  era  posible  distinguir  sus  facciones.  Yo  no  sentía 
sobresalto  ni  temor  ante  aquella  misteriosa  visitante. 
Sentía  sólo  una  gran  curiosidad  por  conocer  aquel 
fantasma.  Más  cerca  pude  advertir  que  llevaba  puesto 
el  mismo  vestido  con  el  cual  fué  amortajado  el  cuer- 
po de  mi  madre.  La  figura  tenía  un  velo  echado  so- 
bre el  rostro.  Con  cautela,  acercóse  a  mi  lecho,  y  me 
dijo  con  voz  suave  y  suplicante: 

— Hijo  mío:  a  pesar  de  todos  los  cuidados  y  de  la 
fortaleza  de  la  caja  que  me  sirve  de  tumba,  el  cristal 
de  la  tapa  interior  se  ha  roto,  y  un  pedazo  de  vidrio 
se  ha  posado  en  la  órbita  de  mi  ojo  izquierdo  y  me 
molesta  grandemente.  Te  ruego  que  vayas  al  cemente- 
rio y  me  libres  de  este  cristal,  que  acabará  por  herir 
mi  retina  si  se  deja  más  tiempo. 


32  CERVANTES 

Era  la  voz  querida  de  mi  madre.  Quise  abrazarla,  e 
intenté  despojarla  del  velo  que  cubria  su  rostro;  pero 
«lia  exclamó  como  en  un  suspiro: 

— Aparta.  El  espíritu  es  impalpable.  Por  un  raro 
efecto  de  óptica  me  ves  aquí,  en  la  habitación,  como 
si  realmente  existiera,  pero  mira  y  convéncete  de  la 
esterilidad  de  tus  esfuerzos.  Intenta  abrazarme. 

Yo  seguía  viendo  su  silueta  enmedio  del  haz  lumi- 
noso. Avancé  y  abrí  mis  brazos  creyendo  encerrar  en 
ellos  la  visión  amada.  Pero  como  si  aquel  cuerpo  estu- 
viese hecho  de  cendales  de  nieblas,  mis  brazos  sólo 
apresaron  el  vacío .  Luego,  la  senda  luminosa  fué  per- 
diendo gradualmente  intensidad,  y  al  fin  desapareció 
en  el  fondo  de  la  alcoba,  desvaneciéndose  la  figura  de 
mi  madre  sin  pronunciar  ni  una  palabra  más. 

Aquella  mañana  me  levanté  con  el  cerebro  pesado  y 
el  cuerpo  dolorido.  Recordé  el  sueño  de  la  noche  ante- 
rior, y  me  hizo  sonreír  la   extraña  visita  misteriosa. 

El  relato  de  Balmaseda  nos  interesaba  mucho.  En 
silencio  seguíamos  con  curiosidad  creciente  el  desen- 
lace de  aquella  rara  y  estrambótica  fantasía.  Después 
de  una  pausa,  prosiguió: 

— A  la  noche  siguiente,  y  a  la  misma  hora,  repitióse 
el  prodigio.  Pero  la  súplica  de  la  muerta  era  ya  casi 
un  mandato. 

— No  has  hecho  lo  que  te  encargué — me  dijo  la 
visión  querida — .  Te  advierto  que  no  puedo  seguir  así. 
Ese  cristal  se  me  clava  poco  a  poco.  Haz  lo  que  te  he 
dicho,  sin  pérdida  de  momento,  o  de  lo  contrario  todas 
las  noches  vendré  a  recordártelo. 


CBRVANTKa  3lj 

La  repetición  de  la  pesadilla  me  tuvo  al  día  siguien- 
te preocupado.  No  podía  atribuir  a  debilidad  de  mi 
cerebro  aquella  uueva  aparición,  porque  mi  organismo 
había  entrado  en  la  normalidad,  libre  de  la  neuralgia 
que  tan  fuertemente  me  atacó  el  primer  día.  Pensan- 
do en  aquel  extraño  fenómeno,  me  acosté;  pero  la  ma- 
ravillosa visita  volvió  a  presentarse.  Nervioso  y  an- 
gustiado por  el  prodigio  del  caso,  temí,  en  una  obse- 
sión avasalladora,  que  terminara  por  destruir  mi  ra- 
zón. Hubo  días  que  bebí  más  de  lo  conveniente,  hasta 
el  punto  de  acostarme  con  un  principio  de  borrachera. 
Pero  todo  inútil.  La  visión  volvía  apremiándome,  y 
ya  la  súplica  convirtióse  en  amenaza,  advirtiéndome 
que  si  no  la  libraba  de  aquel  vidrio  que  hería  su  re- 
tina, las  más  grandes  desgracias  caerían  sobre  mí. 

No  esperé  más.  Aquello  era  demasiado.  Yo  quería 
recobrar  mi  tranquilidad  a  toda  costa.  En  seis  días 
adelgacé  como  si  me  hubiera  consumido  una  alta  fie- 
bre. Notaba  mi  cerebro  debilitado  y  las  neuralgias 
volvieron  a  poner  su  anillo  de  angustia  sobre  mis 
sienes. 

Una  noche,  una  de  esas  noches  tropicales  en  que  la 
tierra  parece  humear  bajo  la  blanda  caricia  de  la  lu- 
na, me  dirigí  al  cementerio  de  los  protestantes,  ecom- 
pañado  por  el  patrón  y  dos  remeros  de  mi  canoa, 
hombres  fuertes  y  valerosos.  He  de  advertir  a  ustedes 
que  allí  puede  entrarse  a  todas  horas,  porque  no  hay 
quien  vigile. 

Nos  pusimos  en  marcha.  Al  poco  tiempo  dejamos 
atrás  las  calles  de  Santa  Isabel  y  al  pueblo  dormido, 
en  la  madrugada  tibia,  resplandecientes  los  techos  de 

3 


34  CBRVANTfiS 

cinc  entre  la  negrura  de  la  arboleda.  En  el  silencio 
de  la  noche  no  se  oía  más  que  los  osos  hormigueros. 
Ya  cerca  del  cementerio,  las  luciérnagas,  al  abrir  sus 
élitros,  parecían  en  el  fondo  de  la  espesura  como  fue- 
gos fatuos  que  se  elevasen  en  el  aire. 

Habíamos  llegado  al  sitio  donde  estaba  enterrada 
mi  madre.  Mis  hombres  empezaron  la  tarea  macabra. 
En  media  hora  quedó  al  descubierto  la  tapa  del  ataúd. 
Y  poco  después,  arrojada  fuera  del  hoyo  toda  la  tierra 
que  aprisionaba  los  costados  de  la  caja.  Algunos  es- 
fuerzos más  y  logramos  traer  el  ataúd  a  la  superficie. 
Todo  en  torno  nuestro  reposaba  en  un  silencio  hondo 
y  sombrío.  Los  ceibas  y  las  palmeras  recortadas  so- 
bre el  cielo  violeta  semejaban  fantasmas  petrifeudos 
en  el  misterio  de  la  noche.  Mi  corazón  latía  acelera- 
damente. Pero  me  sobrepuse  al  temor  y  avancé  du- 
dando. Tembló  mi  mano  como  la  de  un  viejo,  cuando 
acerqué  la  llavecita  a  la  cerradura  del  ataúd. 

En  la  ranura  metálica  la  llave  produjo  un  ruido  es- 
tridente y  desigual,  y  al  dar  la  vuelta  una  angustia 
terrible  me  subió  del  pecho  a  la  garganta. 

— Ya  está — exclamé  con  voz  sorda  y  emocionada  a 
mis  acompañantes.  Los  brazos  musculosos  tiraron 
hacia  arriba.  Crujió  la  tapa.  Las  visagras  oxidadas 
por  la  humedad  sonaron  como  un  ronco  estertor  de 
agonizante.  Y  ante  mis  pupilas  asombradas  y  desme- 
suradamente abiertas,  surgió  el  cadáver.  El  resplan- 
dor de  la  luna  caía  de  lleno  sobre  la  caja.  El  rostro 
negro  de  mi  madre  parecía  de  ébano.  Estaba  como 
el  día  de  su  muerte.  Tuve  un  momento  de  terrible 
alucinación  al  fijarme  en  sus  ojos;  abiertos  miraban  al 


CERVANTES  05 

cielo  coa  esa  inmovilidad  misteriosa  y  trágica,  de  los 
que  han  dejado  de  existir.  La  luna  al  acariciar  su  ros- 
tro hacia  más  negro  el  azabache  de  su  piel  y  más 
blanco  con  blancura  cegadora,  el  cerco  lechoso  de  sus 
pupilas.  Me  acerqué  y  el  espanto  me  apretó  el  cora- 
zón. El  cristal  de  la  tapa  interior  estaba  roto,  y  uu 
pedazo  de  vidrio  de  forma  triangular  posaba  uno  de 
sus  extremos  en  la  materia  blanda  y  gelatinosa  de  su 
pupila  izquierda. 

Hice  un  llamamiento  a  todas  mis  energías,  y  aparté 
de  allí  aquel  pedazo  de  cristal.  Y  fué  tan  intensa  la 
excitación  de  mis  nervios,  que  vi  una  sonrisa  de  agra- 
decimiento en  el  rostro  enigmático  de  mi  madre.  Ce- 
rramos la  caja,  y  una  vez  puesta  de  nuevo  en  su  sitio, 
regresamos  al  pueblo.  Desde  entonces  no  he  vuelto  a 
padecer  de  insomnios  ni  de  pesadillas. 

Todos  contemplábamos  a  Balmaseda  como  ponien- 
do en  duda  la  veracidad  de  su  relato;  pero  su  mirada, 
perdida  en  no  se  sabe  qué  profundos  arcanos  y  la 
exaltación  que  parecía  dominarle,  demostraban  que 
era  cierto,  rigurosamente  histórico,  todo  cuanto  había 
contado. 

— Es  un  extraño  caso  de  telepatía  que  lo  he  de 
aprovechar  para  uno  de  mis  libros,  si  usted  me  lo 
permite. 

— Con  mucho  gusto — me  respondió  el  mulato. 

Y  quedamos  silenciosos,  serios  y  graves,  envueltos 
en  el  mágico  prodigio  de  la  fantástica  aventura. 

José  Más. 


CERVANTES 


UNA    TRAGEDIA    ANÓNIMA 

(Fragmento  de  unas  memorias)  ^^^ 


Mí  hermano  conoció  a  su  mujer  un  poco  novelesca- 
mente. A  poco  de  terminada  la  carrera,  le  pensionó  el 
Estado  para  un  viaje  de  estudio  a  las  cuencas  carbo- 
níferas del  Petchora.  A  dos  leguas  de  éstas,  en  Piatka, 
el  «troika»  que  los  conducía — dos  condiscípulos  acom- 
pañaban a  Antonio — desde  la  última  estación  del  fe- 
rrocarril, hacia  el  último  cambio  de  tiro.  Había,  sin 
embargo,  que  pasar  la  noche  en  una  miserable  y  nada 
hospitalaria  posada,  o  pedir  albergue  en  un  castillejo 
medio  arruinado,  propiedad  de  una  de  las  infinitas 
condesas  tronadas  y  altivas  con  que  cuenta  Rusia.  Por 
esto  último  se  decidieron  los  noveles  ingenieros,  y 
después  de  un  kilómetro  de  camino  llamaron  a  la  ma- 
ciza puerta  de  roble  de  la  mansión.  Les  dio  paso  fran- 
co y  cortés  un  labrador  fornido  y  peludo,  vestido  a  la 
usanza  de  los  viejos  servidores  de  las  noblezas  caídas, 
con  esos  últimos  y  deteriorados  restos  de  espléndidas 
libreas,  que  tan  de  mano  maestra  retrata  el  gran  Tols- 
toi  y  que  constituyen  el  último  y  más  preciado  blasón 
de  los  nobles.  A  través  de  oscuros  y  húmedos  corre- 
dores, desprovistos  de  alfombras,  armaduras  y  cua- 
dros, débilmente  alumbrados  por  grandes  y  roñosos 

(1)    De  la  novela  Como  los  dioses,  las  almas. 


(rK.'lVANTBS  37 

fanales  de  bronce  con  bnjías  de  aceite,  los  condujo  a 
un  salón  donde  aguardaban  la  hora  de  la  cena,  la  an- 
ciana condesa  Paulofva,  sentada  en  un  señorial  sillón 
junto  al  f  aego  de  la  chimenea,  su  hijo  Pablo,  paseán- 
dose a  grandes  zancadas  por  la  estancia,  y  Susana,  la 
acompañante  de  la  condesa,  sentada  junto  a  ésta,  en 
una  sillita  baja  y  leyendo  pausadamente  unas  páginas 
del  poeta  místico  Fedor  Welmiski. 

Fueron  acogidos  seriamente  cordiales  por  la  caste- 
llana y  su  hijo.  La  cena  transcurrió  con  esa  frialdad  y 
mudez  propia  entre  personas  desconocidas  y  que  qui- 
zás no  volvamos  a  encontrar  en  la  vida.  Además,  ig- 
norantes los  dueños  del  francés,  apenas  si  chapurrea- 
ban el  alemán,  únicos  idiomas  dominados  por  mi  her- 
mano y  sus  compañeros.  Únicamente,  y  de  tarde  en 
tarde,  Susana,  que  hablaba  parisinamente,  les  pregun- 
guntaba  timida  noticias  de  fuera^  del  mundo. 

Antonio,  fijos  sus  ojos  en  Susana,  pudo  notar  que 
los  de  ésta,  sólo  se  levantaban  de  vez  en  cuando  para 
posarse,  inquietos,  en  Pablo.  Y  si  éste  la  sorprendía  en 
su  mirada,  sonreía  con  una  risa  cínica,  cruel,  lujuriosa. 
Entonces  las  inefables  pupilas  de  la  chiquilla  se  lle- 
naban de  lágrimas  y  se  abatía  sobre  el  plato,  mientras 
hacía  esfuerzos  supremos  por  no  sollozar.  Levantados 
los  manteles,  durante  la  sobremesa,  por  orden  de  la 
condesa,  subió  Susana  al  piso  superior  a  preparar  los 
aposentos  para  los  viajeros.  Cuando  llegó  mi  herm^ino 
al  suyo,  aún  estaba  en  él  la  señorita  de  compañía.  Se 
detuvo  un  momento  en  el  dintel,  sorprendido.  Ella, 
pudorosa,  con  fuego  de  rubores,  se  abrochó  rápida- 
mente el  corpino.  Balbució  opacamente,  entrecortada: 


38  CERVANTES 

— ¿Me  perdonará  usted,  verdad?  Como  suponía  que 
serían  ustedes  católicos,  había  ido  a  mi  cuarto  a  por 
alguna  estampita  o  medalla  para  ponérselas  a  la  cabe- 
cera, pero  no  he  podido  encontrar  más  que  un  Cristo 
y  una  estampa  que  he  colgado  en  las  otras  dos  habita- 
ciones y  aquí  iba  a  poner...  uno  de  mis  escapularios... 

Quedó  Antonio  dulcísimamente  prendado  del  en- 
canto de  aquella  divina  y  devota  criatura. 

— Y  el  haber  llegado  prematuramente,  ¿me  va  a  pri- 
var de  la  protección  de  ese  escapulario  doblemente 
maravilloso  por  ser  del  cielo  y  de  usted,  Susana? — su- 
plicó mansamente,  cariñosamente,  mi  hermano. 

En  medio  de  su  expresión  de  tristeza  resignada, 
sonrió  picara,  adorablemente  picara. 

— ¡Vuélvase  usted! 

Obedeció  él  prontamente.  Percibió  el  crujimiento 
de  la  blusa  al  desabrocharse. 

— Ya  puede  mirarme. 

En  la  mano  tenía  Susana  un  escapulario  de  Santa 
Susana,  azul,  viejo,  sudado  de  su  carne  fragante,  en 
sus  reconditeces  sagradas.  Lo  puso  en  manos  de  mi 
hermano,  subyugado,  que  lo  besó  repetidamente  por 
la  parte  más  descolorida.  Olía  extrañamente  a  un 
perfume  desconocido  y  subidísimo. 

Toruó  ella  a  sus  rubores  deliciosos  y  a  sus  visitas. 
Pretendió  marcharse. 

— Buenas  noches,  señor.  Que  descanse. 

Antonio  se  interpuso  delante  de  la  puerta  con  los 
brazos  extendidos.  Frunció  ella  ligeramente  el  ceño 
con  un  gesto  soberbio  y  dominador  hasta  entonces 
oculto. 


CERVANTES  «iiJ 

— No  imagine  en  mi  torpes  intenciones  y  deseos, 
Susana.  Pero  ya  que  tan  buena  ha  sido  usted  conmi- 
go, yo  quisiera  que  tuviera  un  poquito  de  confianza 
para  mi.  La  he  observado  atentamente  durante  la 
cena.  Usted  sufre  mucho,  Susana;  usted  sufre  horri- 
blemente y  se  halla  abandonada  de  todo  amparo,  fue- 
ra de  todo  consuelo.  Ya  sé  que  quizás  le  asombre  que 
le  pida  confianzas  uno  que  sólo  la  conoce  de  cuatro 
horas.  Noblemente,  y  gracias  a  Dios,  siempre  asi 
procedí  en  mis  actos.  La  confieso  la  profundísima 
simpatía  que  la  he  cobrado,  el  grande  interés  que  me 
ha  inspirado  su  oculta  pena.  Hasta  ahora,  nuestros 
caminos  fueron  distintos,  ajenos,  desconocidos.  Quién 
sabe  si  desde  este  mismo  momento  marcharán  jun- 
tos, abiertos  de  par  en  par  uno  para  el  otro.  ¿Por  qué 
no  me  enseña  su  corazón,  Susana?  ¿Por  qué  no  quiere 
que  comparta  e  alivie  sus  sufrimientos?  Usted  es  aún 
una  niña;  yo  ya  paso  de  los  treinta  años,  y  lo  que 
para  usted  podía  ser  un  obstáculo  inabordable,  una 
montaña  inaccesible,  podía  ser  tan  'sólo  una  bagatela 
para  mí.  Por  lo  mismo  que  yo  también  he  sufrido 
muchísimo,  sé  cuan  árido,  cuan  infinitamente  doloro- 
so, es  no  poder  desahogar  el  alma  en  otra  hermana 
gemela  con  la  nuestra,  que  tenga  bálsamo  para  la  he- 
rida, risa  para  el  llanto,  contentamiento  para  la  des- 
esperanza. En  la  altísima  escuela  del  dolor  existe  una 
suprema  voluptuosidad,  un  fin  y  un  medio  por  el  qne 
se  aceptan  gustosos  los  padecimientos.  La  voluptuo- 
sidad de  ir  desmenuzando,  triturando,  martirizando 
con  cruentísimas  flagelaciones  nuestro  espíritu  por 
cada  ser  amado,  por  cada  ilusión  concebida,  por  cada 


40  CERVANTES 

ansia  ensoñada;  la  voluptuosidad  de  dar  generosamen- 
te, heroicamente  trozos  del  alma — lo  más  costoso  y 
divino  que  en  nosotros  hay — por  todo  y  cada  uno 
de  lo  prójimo  como  ídolos  de  nuestros  más  infinitos 
ardores.  Corresponder  a  lo  más  subidamente  humano 
con  lo  más  majestuosamente  sublimizado.  Grenerosi- 
dad  de  dioses,  fuera  del  alcance  de  la  mayoría  de  los 
hombres.  Pero  el  medio,  el  apoyo  que  nos  sustenta^ 
es  una  comprensión  igualada,  que  se  compenetra  in- 
tima con  nuestros  ideales  y  que  turna  nuevamente 
con  nosotros  en  alientos  y  en  desmayos,  cuidando  de 
que  previamente  haya  siempre  una  esperanza,  una 
risa,  una  palabra,  algo  que  diga  de  infinitud  y  gran- 
deza. Y  el  fin  no  es — triste  es  decirlo — sino  algo  sim- 
plemente humano,  perecedero,  pero  que  llena  todos 
nuestros  sueños  y  satisfacen  todas  nuestras  quimeras, 
siendo  de  dos  y  diferentes  maneras,  o  alcanzando  o 
desluchando. 

Y  este  fin,  Susana,  nunca  está  enteramente  en  nos- 
otros mismos,  ni  para  nosotros  mismos  lo  conseguimos. 

Nos  hace  falta  alguien,  tal  vez  el  que  nos  ayudó  a 
desvanecer,  a  quitar  los  obstáculos  de  nuestro  camino 
para  dar  la  expresión  de  la  felicidad  y  de  la  paz  inte- 
rior, que  no  es  sino  la  externa  manitestación  de  nues- 
tra alma.  ¿No  querrá  usted,  Susana,  que  yo  sea  ese 
medio,  aunque  luego,  indirectamente,  consiga  ese  fin? 
¿Será  usted  el  único  náufrago  que  no  se  agarre  a  la 
tabla  que  se  le  ofrece...?  Susana...,  Susana...,  ¿no  cree 
en  mi  sinceridad,  en  mi  interés? 

Habían  ido  retrocediendo  hasta  el  fondo  de  la  habi- 
tación. Susana  se  había   sentado  en  una  silla  al  lado 


(JBRVANTtóS  41 

del  lecho,  caídas  las  manos  milagrosas  sobre  el  regazo, 
transformada  la  soberana  expresión  de  su  cara  en  un 
desaliento  dulcísimo,  llorosos  sus  ojos  de  miosotis, 
trémulo  el  cuerpo,  abatida  sobre  el  pecho  la  cabeza 
aureolada  de  oro  viejo.  Antonio  se  sentó  junto  a  ella, 
en  el  pie  de  la  cama,  inclinado,  persuasivo,  lleno  de 
caridad. 

— Susana...,  Susana... — la  tomó  una  mano  entre  las 
suya?,  que  ella  le  abandonó  en  gratitud — ,  ¿por  qué  se 
empeña  en  sufrir  sola?  ¿No  puede  tener  confianza  en 
mí,  verdad? 

Tuvo  que  sostener  una  mirada  larga,  incisiva,  de 
las  pupilas  verdes,  azules,  rojas,  mágicas. 

— ¡Oh,  sí!... 

Con  entrecortadas  frases  acompañadas  de  lágrimas 
a  veces,  a  veces  voluntariosas,  indómitas,  le  hizo  la 
relación  de  su  vida.  Había  nacido  en  Busia,  en  Var- 
sovia,  y  tenía  ahora  diez  y  siete  años.  Su  padre  era 
polaco,  pero  casado  con  una  francesa,  cuyo  nombre 
llevaba  también  ella.  Cuando  apenas  contaba  dos  años, 
por  cuestiones  políticas  relativas  a  la  autonomía  de 
Polonia,  faé  desterrado  su  padre  y  confiscados  sus 
bienes.  Fueron  a  refugiarse  en  París,  donde  vivieron 
trece  años,  donde  ella  se  educó,  en  el  manso  colegio 
mongil  del  Sacre  Coeur,  y  donde,  tísica,  murió  su  ma- 
dre, cuando  ella  contaba  apenas  catorce  años.  Al  año 
siguiente,  añorando  el  polaco  las  viejas  estepas,  la 
sacó  del  pensionado,  y  juntos  partieron  para  el  país  de 
los  zares.  No  había  que  pensar  en  detenerse  en  la  tie- 
rra nativa,  donde  aún  eran  recordadas  las  rebeldías  y 
fogosidades  del  revolucionario.  Hábil  ingeniero,  con- 


42  CBRVANTKS 

•siguió  un  destino  en  la  cuenca  carbonifera  del  Petcho- 
ra,  y  empleado  allí  siguió  hasta  hacia  un  año  ^ue  su- 
cumbió sepultado  en  un  desprendimiento  de  tierra. 
Sola  a  los  diez  y  seis  años,  desconociendo  el  mundo, 
sin  medios  de  fortuna,  su  calvario  hubiera  sido  horro- 
roso de  no  entrar  recomendada,  por  un  compañero  del 
difunto,  de  señorita  de  compañía  para  aquella  vieja 
condesa .  Pasaron  otros  seis  meses.  Duro,  despótico, 
era  el  carácter  de  la  anciana,  que  la  hacía  sufrir  toda 
clase  de  humillaciones  y  de  trabajos.  Escaso  era  el 
sueldo — diez  rublos — en  aquella  mansión  donde  ha- 
biendo sólo  un  criado  y  una  sirviente,  tenia  a  veces 
que  barrer  y  fregar  suelos .  ¡Ella,  la  adorada  por  todo 
el  que  la  conoció!  ¡La  mimada  frenéticamente  por  sus 
padres  y  criados!  ¡La  que  jamás  vio  desatendido  un  ca- 
pricho y  un  mandato!  ¡La  que  llevó  vestidos  de  seda 
de  tres  mil  y  cuatro  mil  francos!  Pero  todo  lo  llevaba 
con  resignación,  y  aun  con  gusto  si  hubiera  podido 
encontrar  algo  donde  poner  el  ansia  inmensa  de  cari- 
ño que  la  saltaba  en  el  pecho,  en  el  corazón  y  en  el 
alma.  Mas  todo  lo  que  le  rodeaba  era  inexpresivo,  frío, 
rígido,  de  una  durez  que  le  pesaba  inmensamente  en 
sus  entrañas ,  que  le  arañaba  en  sus  sentimientos. 

Cualquier  muestra  de  afecto,  de  cordialidad,  era 
atribuida  a  interés  por  los  domésticos,  a  hipocresía 
por  la  dueña.  Se  ahogaba,  se  ahogaba  lenta,  segura 
en  aquel  ambiente  árido,  con  frialdades  de  torre  po- 
lar, ¡ella  la  apasionada,  la  romántica,  la  loca  de  amor 
no  comprendido!  ¡Cuántas  lágrimas,  cuántos  ahogos, 
cuántos  sutilísimos  suplicios  morales,  cuántos  en- 
sueños rotos,  cuántas  impotentes  rabietas  tenían  pre- 


CERVANTKS  43 

senciadas  las  tristes  paredes  de  su  alcoba!  Un  día,  hacía 
cinco  meses,  regresó  de  San  Petersburgo  el  único  hijo 
de  la  Condesa:  Pablo.  No  tardó  una  semana  en  em- 
pezar a  cortejarla  abiertamente.  Ella,  inocente,  pren- 
dada del  tipo  gallardo,  de  la  bella  fisonomía  de  las 
ardorosas  y  bonitas  frases  del  arruinado  noble,  e  im- 
pelida por  sus  arrebatos  de  querer,  correspondió  con 
el  alma.  No  tardó  en  recibir  una  puñalada  feroz,  sa- 
ñuda; por  la  conversación  indiscreta  de  los  criados, 
que  escuchó  primero  involuntariamente,  y  después 
anhelante,  supo  que  Pablo  cada  cuatro  o  cinco  meses, 
marchaba  a  la  Capital,  a  gastarse  en  francachelas,  en 
vicios  nauseabundos,  en  escándalos — que  ya  le  habían 
llevado  dos  veces  a  cárcel — ,  en  degradaciones,  los  aho- 
rros que  la  débil  madre  hacía  a  costa  de  inauditos  es- 
fuerzos y  tacañerías.  Y  ni  él  mismo,  cuando  creyó  te- 
ner asegurado  su  cariño,  se  recató  en  manifestarle  las 
intenciones  lujuriosas,  brutales,  que  abrigaba  respecto 
a  ella.  Una  noche,  borracho,  babeante,  delante  de  su 
misma  madre,  tuvo  la  desvergüenza  de  decirla: 

— Has  de  ser  mía,  Susana;  por  las  buenas  o  por  las 
malas,  has  de  ser  mía... 

Y  la  vieja  Condesa,  reía,  reía  imbécilmente,  apro- 
baba tácitamente,  sentada,  hundida  en  el  viejo  sillón, 
al  lado  de  la  chimenea  roja,  calenturienta;  bajo  sus  to- 
cas grises  y  su  cabellera  blanca,  tenía  la  vitalidad  de 
un  engendro  de  brujería,  de  una  figura  demoníaca  de 
aquelarre,  un  agua  fuerte  de  Isbert,  de  aquéllos  que 
le  habían  dejado  una  extraña  sensación  de  miedo, 
cuando  de  niña  visitó  las  galerías  del  Palacio  de  Be- 
llas Artes  de  París. 


44  CBRVANTE8 

Con  su  boca  desdentada,  reía,  reía  la  madre.  En- 
tonces el  hijo  quiso  abrazarla,  besarla  en  la  boca.  Su- 
blevóse su  espíritu  soberbio — heredado  del  padre — , 
fuerte,  indómito,  varonil,  y  cuando  ya  iba  a  caer 
apresada  por  las  zarpas  del  borracho,  le  partió  una 
botella  sobre  el  cráneo.  Un  mes  estuvo  en  cama  el 
cínico,  atontado,  la  cabeza  abierta.  Cinco  días  ha- 
cía que  se  había  levantado  cuando  llegaron  ellos, 
y  ya  le  había  vuelto  a  repetir  mientras  sonreía  la 
madre. 

— No  tienes  más  remedio,  Susana,  que  ser  mía;  más 
tarde  o  más  temprano,  de  grado  o  a  la  fuerza... 

Tuvo  un  miedo  espantoso,  al  considerarse  sola  en 
medio  de  aquella  estepa  de  la  que  le  era  imposible 
escapar,  en  aquella  mansión  lúgubre,  hostil;  indefen- 
sa en  la  pequenez  de  sus  diez  y  siete  años  y  de  su  fe- 
minidad; bajo  la  potestad  impía,  maldita,  de  aquellos 
cuatro  seres  monstruosos  que  la  iban  cercando,  ma- 
tando lentamente... 

Cuando  acabó  de  contar  su  amargura,  estaba  Susa- 
na de  rodillas,  puestas  las  manos  en  súplica  conmove- 
dora, brillantes  de  llanto  los  ojos,  sollozante  el  pecho 
y  la  garganta,  el  alma  en  los  labios: 

— Quien  quiera  que  usted  sea,  a  usted  me  confío 
plenamente.  ¡Sálveme  usted,  por  el  amor  de  Diosí 
¡Ayúdeme  a  salir  de  este  infierno.'  Su  llegada  ha  levan- 
tado mi  espíritu  derrumbado.  ¡Pobre  de  mí!  Decidida 
estaba  a  entregarme  para  alcanzar  la  paz.  Toda  mi 
fortaleza,  día  por  día,  se  ha  ido  abatiendo,  demolien- 
do; todas  mis  energías  que  en  vano  finjo  en  momen- 
tos críticos,  se  deshacen  en  mi  debilidad  de  mujer. 


CRKVANTBa  45 

jSálveme  usted!  ¡Apiádenle  todas  las  infinitas  e  in- 
creadas torturas  que  he  sufrido  y  que  sufro! 

Cayó  tronchada,    trepidante,    epiléptica,  sobre   la 
frialdad  del  pavimento. 


Al  mediodía  siguiente,  ante  la  puerta  de  la  man- 
sión, estaba  preparado  «el  troika».  Subieron  a  él  mi 
hermano  y  sus  compañeros,  Y  en  un  momento  que  se 
ocultaron  los  rostros  apoyados  en  las  altas  ventanas, 
envuelta  en  un  enorme  abrigo  de  pieles,  vino  a  refu- 
giarse entre  ellos  Susana.  Partió  velozmente  el  ve- 
hículo. Se  abrió  violenta  la  galería  de  la  torre,  y  un 
instante  quedaron  asomados  a  ella,  la  cara  congestio- 
nada del  borracho,  los  brazos  altos,  latidos  con  furor 
despótico,  con  rabia  inconcebible;  detrás,  un  rostro 
caduco,  cruel,  de  pesadilla.  Aún  distinguieron  cómo 
salía  del  castillo  el  déspota,  poseído  de  una  súbita  lo- 
cura; después,  cómo  entraba  en  el  cobertizo,  para 
aparecer  por  último  jinete  en  un  pequeño  caballo 
negro.  Los  perseguía  como  un  engendro,  sin  armas, 
con  la  cabeza  descubierta,  con  la  misma  levita  un 
poco  ridicula  que  usaba  para  casa.  Gritaba,  maldecía, 
contaminaba  con  unas  voces  que  llegaban  apagadas, 
en  un  dialecto  que  sólo  Susana,  temerosa,  arrincona- 
da, podía  entender.  Y  en  la  serenidad  imponente  del 
paisaje  helado,  aquella  huida  tenía  emociones  y  con- 
tornos de  tragedia  funambulesca. 

Varias  veces,  en  su  vertiginosa  carrera,  resbaló  el 
potro  que  montaba  Pablo.  Sin  piedad,  con  sacudidas 
frenéticas,  se  obligaba  éste  a  proseguir  la  marcha  for- 


46  CERVANTES 

zada.  Y  aquel  formidable  «mujik»,  que  guiaba  hábil- 
mente «el  troika»,  reía...  reía... 

Repentinamente,  sobre  enorme  estepa  silenciosa, 
glacial,  se  fué  extendiendo  una  niebla  espesa,  blanca, 
como  si  de  aquellos  cielos  plomizos  y  bajos  se  deja- 
ran caer  cortinas  de  nubes. 

Y  una  noche  densa,  opaca,  que  deshacía  la  impre- 
sión de  caminar  por  el  interior  de  una  enorme  bola 
de  nieve,  les  envolvió  en  el  transcurso  apenas  de  va- 
rios minutos.  Y  aquel  elemento  no  retrocedía...  Espo- 
leando brutal  a  la  bestia,  conseguía  acercárseles  lo 
suficiente  para  no  perderles  de  vista,  para  que  pudie- 
ran oir  sus  gritos.  Una  inquietud  que  poco  a  poco 
fué  convirtiéndose  en  un  miedo  horrendo,  fué  apode- 
rándose de  todos.  Detrás  del  perseguidor  se  comen- 
zaba a  dibujar  débilmente  una  línea  negra,  interrum- 
pida a  trazos,  que  no  se  alejaba  nunca,  üaa  línea  que 
se  iba  cerrando,  acercándose,  como  si  quisiera  unirse 
a  la  marcha  fantástica...  Un  alarido  infinito,  espanta- 
ble, que  repercutía  en  cada  átomo  de  la  llanura,  les 
sacudió  las  entrañas...  Y  «el  mujik»  reía...  reía... 

— ¡Los  lobos! — anunció  fríamente...  Y  era  un  lobo, 
más  feroz  que  los  otros,  paladeando  la  voluptuosidad 
de  una  próxima  lucha  heroica... 

El  borracho,  erizados  los  cabellos,  perdida  la  no- 
ción que  le  hizo  lanzarse  en  aquel  éxodo  funesto,  ate- 
rrado, rígido  sobre  la  bestia  que  desbocada  redoblaba 
su  carrera  suprema  de  angustia,  clamó  hasta  ellos  con 
ruegos  que  crispaban,  con  súplicas  que  movían  a  lás- 
tima un  socorro,  una  protección...  Fué  un  instante  de 
duda  intensa.  No  hubo  tiempo  de  decidirse.  Sin  soltar 


CERVANTES  47 

las  riendas,  volvióse  bruscamente  «el  mujik»  empu- 
ñando una  carabina;  apuntó  sólo  un  segundo  y  dis- 
paró. Pablo  dio  una  sacudida  espantosa,  se  dobló 
sobre  el  caballo  y  quedó  arrastrando  sobre  los  estri- 
bos. Sobre  él  se  acabó  de  cerrar  la  linea  negra  que 
después  sólo  fué  un  montón,  una  mancha  movible  y 
sonora  sobre  la  nieve... 

Federico  Carlos  Sáinz  de  Robles. 


-48 


CBRVANTBS 


La  caja  logomóquica. 


En  mi  camarote  abuhardillado  conservo  una  caja 
iogomáquica.  Es  una  caja  grande  de  madera,  que  du- 
rante un  largo  viaje  fué  residencia  de  un  piano.  Sobre 
su  lomo  he  puesto  esta  inscripción:  CAJA  LOGOMA- 
QUICA,  y  he  trazado  una  cruz  latina  muy  esbelta. 

Esta  caja  podia  ser  muy  bien  la  caja  de  Pando- 
ra o  una  caja  de  caudales,  pero  no;  no  es  la  caja  de 
Pandora,  ni  una  caja  de  caudales.  Es  la  caja  de  logo 
maquias.  Hasta  ahora  han  conseguido  encerrar  los 
vicios  y  los  caudales  en  unas  cajas,  pero  nadie  ha  con- 
seguido encerrar  logomaquias.  Sólo  yo  he  podido  ha- 
cerlo. Por  eso,  en  la  puerta  de  mi  casa,  he  puesto  una 
placa  de  esmalte,  que  dice: 


M.  CIRIQUIAIN-GAIRTARRO 

CLAUSURADOR   LOGOMÁQUICO 

2.°  izqda. 

En  la  caja  de  Pandora  estaban  encerrados  los  vicios 
tan  sólo.  Eü  la  caja  de  mi  invención  están  encerrados 
los  vicios  y  las  virtudes.  Mi  caja  es  superior  a  la  caja 
de  la  Pandora.  Por  el  modo  de  rotular  mi  caja,  se 
creerá  que  hay  vocablos  en  ella.  Pero  no  hay  voca- 


rERVANTKS  49 

blos,  porque  yo  los  detesto.  Sólo  hay  cosas  que  son 
más  esenciales  que  los  vocablos.  El  vocablo  no  podría 
existir  siu  la  cosa  que  denomina.  El  vocablo  carece  de 
sustantividad  propia.  Por  eso  detesto  los  vocablos, 
porque  son  adjetivos.  Por  eso  idolatro  las  cosas,  por- 
que son  sustantivas.  Esta  caja  es  el  archivo  sentimen- 
tal de  mis  recuerdos.  He  afirmado  que  en  esa  caja  no 
hay  vocablos,  y  por  lo  tanto  la  logomaquia  no  es  de 
vocablos;  es  de  cosas  representadas  por  esos  vocablos. 
No  hay  orden,  no  hay  simetría.  Sólo  hay  cosas  aglo- 
meradas en  desordenado  maridaje.  Su  belleza  está  en 
su  desorden;  su  interés  está  en  lo  heterogéneo  de  su 
variedad,  variadamente  varia.  El  día  en  que  una  her- 
mana cariñosa  ordene  las  cosas  de  mi  caja,  perderé  mi 
espíritu  y  me  transformaré  en  un  hombre  de  orden, 
de  simetría.  Un  hombre  asi,  es  un  boticario,  y  un  bo- 
ticario es  siempre  un  hortera.  Por  eso  abomino  el  or- 
den y  la  simetría,  porque  me  dolería  el  ser  hortera. 
¡Oh  el  bello  y  el  noble  desorden!  Qaó  aliciente  tan 
grande  tienen  esas  mesas  de  escritorio  sobre  las  que 
descansan  desordenadamente  libros,  cartas,  revistas 
viejas,  una  caja  de  lentes,  unas  pildoras  anticatarra- 
les, cigarros,  cajas  de  cerillas,  ceniceros...  Son  las  úni- 
cas mesas  que  no  tienen  sabor  burocrático. 

Ahora,  por  un  momento,  me  transformo  en  un  char- 
latán ambulante  que  insinúa  gritando  las  excelencias 
de  su  mercancía.  Y  yo,  como  el  charlatán  de  ferias 
que  practica  en  tablados,  voy  a  presentar  al  público 
algunas  de  las  cosas  de  mi  caja: 

Un  trozo  de  un  cuaderno  en  el  que  en  tiempos  es- 
cribí un  poema  ático,  El  cuaderno  y  el  poema  han 

4 


50  CERVANTES  ^ 

I 

sido  objeto  de  la  voracidad  de  los  ratones.  Por  eso  no 
podré  transcribirlo  todo.  Pero  he  aquí  sus  retazos 
más  completos: 

Walt  Whitman  el  de  los  «potente»  ríñones», 
Beaudelaire  el  de  las  prostituciones, 
M. . .  es  el  de  los  largos  cabellos, 
Lao-Tse  el  de  la  Línea  Recta, 
son  los  miembros  que  forman  mi  secta. 
¡Yo  quiero  ser  como  ellos! 

Al  escribir  no  pulo  mis  planas 
como  esos  poetas  que  tejen  encaje; 
yo  soy  el  Centauro  que  persigue  a  las  Dianas 
en  las  anfractuosidades  del  negro  boscaje. 

Mi  alma  es  un  potente  alud  de  hielo 
que  se  va  derritiendo  gota  a  gota, 
y  cada  una  que  cae,  tájente,  brota 
vana al  Cielo. 


de  los  trilinita 

que  es  mi  quintaesencia. 

Con  el  cuaderno  en  la  mano  trato  de  reproducirlo 
mentalmente.  Pero  no  pu  ede  ser.  El  poema  se  ha  bo- 
rrado en  mi  memoria.  Sólo  queda  de  él  una  vaga  idea 
de  que  un  día  escribí  un  poema;  y  un  trozo  de  cuaderno 
con  unas  huellas  de  los  dientes  de  los  ratones.  Lo  en- 
vuelvo en  un  papel  de  seda  y  lo  vuelvo  a  sepultar  en 
mí  caja  logomáquíca. 

*  *  * 


CHRVANTBH  51 

Un  viejo  reloj  sin  manecillas  y  sin  cristal.  Nada  más 
desolador.  Un  reloj  sin  manecillas,  recuerda  un  hom- 
bre manco.  Tiene  la  impotencia  de  un  hombre  manco. 
Su  cuerpo  circular  padece  la  fatal  impotencia  de  un 
hombre  sin  brazos.  Como  no  me  sirve  para  nada,  voy 
a  tirarlo  al  fondo  de  la  caja;  pero  tengo  miedo  a  que 
se  haga  daño  ¡como  no  tiene  brazos!  Y  cuidadosamen- 
te lo  sepulto  en  un  rincón. 


*** 


Unas  gafas  sin  cristales.  Quisiera  ponerme  estas 
gafas  un  momento.  Pero  me  dan  miedo,  un  miedo  ho- 
rrible, las  gafas  sin  cristales,  porque  temo  que  algún 
dragón  encantado  que  viva  en  la  caja  logomáquica 
se  haya  apropiado  las  gafas  sin  cristales,  y  al  ver  la 
usurpación,  salte  sobre  mí  y  me  rasgue  las  pupilas 
metiendo  las  uñas  por  el  vacío  en  donde  un  tiempo 
estuvieron  los  cristales . 


*  *  * 


Una  pistola,  con  la  que  pensó  suicidarme  un  día,  y 
como  luego  desistí  de  mi  idea,  metí  la  pistola  en  la 
caja,  y  ahí  está  hasta  otro  día  en  que  piense  suici- 
darme. 


*** 


Un  retrato  de  una  much  acha  pegado  a  un  sobre  ce- 
rrado.  El  retrato  es  de  una  novia  que  tuve  y  que  se 


52  CERVANTES 

murió  tuberculosa.  El  sobre  cerrado  contiene  mi  testa- 
mento, porque  al  morirse  ella  pensé  también  yo  en  mo- 
rir tuberculoso,  y  por  eso  hice  mi  testamento,  dispo- 
niendo que  me  enterraran  junto  a  ella.  Pero  como  yo 
no  estaba  tuberculoso,  no  pude  morirme  tubercoloso, 
y,  por  lo  tanto,  el  sobre  sigue  intacto,  sin  que  los 
alguaciles  del  Juzgado  hayan  podido  abrirlo.'^Y  ahí 
está  con  mi  caja  logomáquica. 


*  ♦  * 


Unos  calcetines  negros,  con  listas  rojas,  que  me 
compró  mi  madre  cuando  era  niño.  Estos  calcetines 
los  rompí  el  mismo  día  que  los  estrené.  Y  por  miedo 
a  enseñárselos,  tan  rotos  y  tan  pronto,  creí  oportuno 
el  hacerlos  desaparecer,  y  para  ello  los  escondí  en  mi 
caja  logomáquica. 


*  *  * 


Unas  papeletas  verdes  que  me  entregaron  en  una 
casa  de  empeños  a  cambio  de  unos  libros  que  yo  les 
entregué.  Como  luego  no  tuve  dinero  para  rescatar 
los  libros,  me  quedé  con  las  papeletas  verdes.  ¡A.  falta 
de  libros,  buenas  son  papeletas! — dije — ,  y  las  envasé 
en  mi  caja  logomáquica. 


*  *:(: 


Una  novelita  erótica  que  compré  cuando  cursaba  el 
segundo  año  del  Bachillerato.  Este  libro  lo  leía  en  el 


CEUVANTISS  53 

W.  C,  y  tenía  tanto  miedo  a  que  me  sorprendiesen 
leyéndolo,  que  sin  terminarlo  decidí  sepultarlo  en  el 
fondo  de  mi  caja  logomáquica. 


II 


¡Qué  admirable  es  esta  caja  logomáquica!  ¿Quién 
no  tiene  en  su  casa  una  caja  como  esta?  Pero,  sin  em- 
bargo, sólo  la  mía  es  logomáquica.  Las  cajas  de  los 
demás  son  cajas  de  recuerdos,  cajas  de  trastos  viejos, 
rincones  de  cosas  inservibles,   criaderos  de  ratones, 
nidos  de  polvo.  Pero  ninguna  es  caja  logomáquica; 
sólo  la  mía  tiene  derecho  a  serlo.  Las  cajas  de  los  de- 
más están  llenas  de  cajitas  pequeñas,  en  las  que  orde- 
nadamente han  ido  metiendo  cosas  y  cosas.  Sólo  en 
la  mía  hay  confusión;  sólo  en  la  mía  hay  logomaquia: 
un  testamento  junto  a  unos  calcetines,  y  una  pistola 
junto  a  unas  misteriosas  papeletas  verdes.  ¡Qué  bella 
confusión!  De  vez  en  cuando,  subo  a  mi  camarote 
abuhardillado.  Una  vez  en  él,  me  encierro  con  llave. 
Y  después  de  ponerme  una  larga  bata  para  no  empol- 
varme, meto  mi  brazo  en  la  caja  misteriosa  y  lo  re- 
gistro  todo  y  lo  revuelvo  todo  y  me  encanta  todo. 
Cada  día  que  subo,   hallo  una  cosa  nueva,  que  me 
dice  cosas  de  un    grande  interés  para  mí.  En   esos 
momentos  en  los   que  estoy  aute   mi   caja  desearía 
volverme  ratón  para  anidar  en  el  seno  de  esa  caja 
litúrgica,  en  la  que  conservo  trozos  de  todos  los  mo- 
mentos de  mi   vivir   loco.   Quisiera  meterme  en  la 
caja,  permaneciendo  derecho  dentro  de  ella,  y  notar 


54  CERVANTES 

que  poco  a  poco  iban  saliendo  por  mis  pies  largas  rai- 
ces, que  me  sujetaban  inseparablemente  a  mi  caja, 
que  es  algo  de  mi  mismo.  Y  asi,  en  esa  postura  un 
tanto  estatuaria,  convivir  con  aquellos  objetos,  que 
son  trozos  de  mi  cuerpo.  Lo  demás  no  me  importa. 
El  resto  del  mundo  no  es  mió.  Sólo  mi  caja  me  per- 
tenece. Por  eso  la  quiero  tan  entrañablemente. 

M.  CmiQXnAIN  GrAIBTARRO. 

En  Vizcaya,  el  dia  ochenta  del  año  que  corremos- 


CEUVANTB8  55 


EN  LAS  vísperas   DE 
LA  PRIMAVERA 

Evohé  ambiguo 

Ante  mi  nuevamente  llegaste,  ¡oh,  'primavera!;  lle- 
gaste, y  aunque  nieblas  azules  te  envuelvan  todavía, 
yo  sé  que  estás  ahi  ante  mi  y  me  miras  con  tus  ojos 
nuevos. 

Te  sie»t6  mi  alma  hermana  tuya,  y  mi  juventud,  tu 
prometida;  te  siente  mi  cuerpo  cansado  que  vuelve  a 
extremecerse. 

Aunque  una  última  lluvia  vierta  sobre  tu  fuego  un 
agua  aplacadora,  yo  siento  ya  el  ardor  de  su  vivo  re- 
flejo; y  como  la  leña  destinada  a  la  pira,  mi  cuerpo 
tiembla  ya  y  canta  sordamente. 

¡Oh,  primavera!  Soy  tuyo  todavía  y  aún  me  estre- 
mezco a  tu  retorno;  soy  tuyo  todavía  por  mi  alma  jo- 
ven y  aún  debo  abrasarme  en  tus  hogueras. 

Aún  debo,  ¡oh,  primavera!  gustar  de  tu  embriaguez 
como  en  el  tiempo  antiguo;  y  trastornarme  con  el  per- 
fume de  todas  tus  rosas;  aún  debo  gustar  una  vez  más 
el  atónito  martirio  de  las  vírgenes. 

Pero  si  ya  recuerdo  el  tiempo  antiguo;  si  ya  la  voz 


BG  CERVANTKd 

de  mi  memoria  canta  a  tu  llegada;  si  ya  más  de  una 
vez  he  sido  tuyo  y  me  he  abrasado  contigo  en  tus 
claras  hogueras;  si  ya  no  tengo  dura  virginidad  para 
tus  besos,  sé  compasiva  ahora  y  déjame  gustar  el  re- 
poso de  las  viudas  que  fueron  asaeteadas  mil  veces. 

Ten  compasión  ahora  ¡oh,  primavera!  de  la  sonrisa 
heroica  con  que  mi  alma  aún  joven  te  recibe;  ten 
compasión  de  la  heroica  voluntad  de  martirio  de  mi 
alma  joven  todavía. 

Ten  piedad,  primavera,  del  circulo  de  mis  muñecas, 
cada  día  más  estrecho;  ten  piedad  de  mis  hombros 
hundidos  y  del  aro  encogido  de  mi  cintura. 

Ten  piedad,  primavera,  esta  vez,  de  mis  ojos  tristes 
y  apagados  que  en  vano  quieren  mostrarte  dos  llamas 
alegres;  ten  piedad  de  mi  pecho  que  no  podría  rete- 
ner ya  un  brazado  de  rosas  arrojado  a  la  carrera. 

Sé  compasiva  ahora  ¡oh,  primavera!,  dame  tus  cla- 
ras tardes,  tus  campos  floridos  tras  de  la  ciudad, 
dame  tus  soledades  acompañadas  y  tus  anchos  diva- 
nes de  hierba. 

Dame  ver  en  la  tarde  cómo  las  madres  amamantan 
plácidamente  a  sus  1  ijos  adormecidos,  mientras  las 
vírgenes,  vestidas  de  claro,  se  adelantan  osadas  hacia 
los  campos  verdes,  y  dame  un  sitio  entre  las  madres. 

Pero  no  me  hagas,  también  ahora  ¡oh,  primavera! 

recorrer  cual  otro  tiempo  todos  tus  círculos  fragantes 

y  apagar  en  el  hueco  de  mi  fresca  boca  todas  tus 

llamas. 

*  *  * 

El  tiempo  que  ha  sido  comparado  a  un  buque,  a  un 
buque  amplio  y  magnífico  que  con  cortante  proa  va 


CERVANTKS  57 

afrontando  sucesivamente  las  costas  de  las  Cuatro 
Estaciones,  ha  dejado  ya  atrás  los  áridos  arrecifes  del 
invierno  que  pusieron  un  helado  trofeo  en  las  garras 
de  la  sirena  soñadora  que  le  sirve  de  guía;  y  he  aquí 
que  ahora,  con  ritmo  acelerado,  se  adelanta  al  en- 
cuentro del  verde  promontorio  de  la  primavera. 

Las  cosas  todas  han  cambiado  de  pronto;  algas  de 
un  verde  claro  se  enredan  en  la  proa  del  antiguo  na- 
vio donde  la  nieve  antigua  se  funde  como  un  llanto; 
la  luz  se  ha  hecho  más  clara  en  las  amplias  velas, 
abombadas  entre  los  altos  mástiles  y  un  aire  dulce  y 
tibio,  un  aire  enervador  alienta  en  la  cubierta  donde 
nosotros,  adormecidos  pasajeros,  reposamos  vueltos 
al  porvenir,  con  ojos  entreabiertos. 

¡Evoeh!  la  amplia  nave  del  tiempo  que  ha  conduci- 
do tantas  generaciones  por  un  mismo  sendero,  se  ade- 
lanta otra  vez  hacia  la  primavera .  ¿No  advertís  ya  la 
fragancia  emisaria  de  la  próxima  Tierra,  donde  las 
rosas  se  han  abierto  para  nuestra  llegada? 

Dentro  de  poco  ¡oh,  compañeros!  nuestra  pesada 
nave,  cargada  de  una  belleza  triste,  tomada  en  las 
brumosas  regiones  del  invierno;  la  nave,  portadora  de 
enlutadas  viudas  y  de  melancólicas  vírgenes,  a  la 
cual  en  el  tiempo  pasado  sólo  asomaron  sus  semblan- 
tes sombríos  el  pesar  y  la  muerte,  esta  nave  del  tiem- 
po va  a  hundir  su  proa  gastada  en  las  doradas  aguas 
de  un  puerto  florecido,  blanco  como  un  fanal. 

Mil  ventanas,  en  la  lejana  perspectiva,  reverbera- 
rán bajo  un  poniente  claro  como  una  aurora;  un  eflu- 
vio de  rosas  se  alargará  en  el  aire;  alegres  marineros 
treparán  cantando  por  las  escalas  de  cuerdas  embrea- 


58  CBRVANTB8 

das,  mujeres  de  semblante  tranquilo  nos  tenderán 
cestas  de  frutos  desde  la  orilla;  y  cuando  el  buque 
dulcemente  haya  fondeado  ya  en  las  aguas  y  lanzado 
su  pesada  áncora  al  luminoso  abismo,  en  el  crepúscu- 
lo sereno  y  largo,  veremos  subir  a  la  cubierta  jóve- 
nes de  rizados  cabellos  y  vírgenes  morenas,  de  trajes 
vaporosos  y  ojos  adormecidos  como  los  de  aquéllos 
que  viven  en  un  clima  templado. 

i?  *  '¥ 

Desde  esta  cumbre  del  invierno,  donde  las  lluvias 
del  invierno  se  han  secado,  y  donde  la  tierra  es  blan- 
ca ahora  como  el  incienso  consumido,  es  ya  visible, 
¡oh,  compañeros!  la  ciudad  de  la  primavera. 

Como  una  ciudad  blanca,  formada  de  blancos  cam- 
pamentos de  lonas  atirantadas;  como  una  ciudad  blan- 
ca, formada  por  la  unión  del  mármol  y  el  cristal; 
como  una  ciudad  blanca  donde  las  mujeres  visten  tra- 
jes blancos  y  se  adornan  con  rosas  blancas. 

Así  es  visible  ya  la  primavera  como  una  ciudad 
blanca,  dorada  por  un  oro  de  poniente  y  de  naranjas, 
donde  hay  jardines  de  un  verde  tieruo  y  transpa- 
rente, sobre  los  hombros  de  estatuas  blancae  y  donde, 
sobre  las  colinas  del  largo  crepúsculo,  figuras  seden- 
tes nos  aguardan  para  consolarnos . 

Asi  es  la  ciudad  de  la  primavera,  hacia  la  cual  se 
tienden  los  brazos  de  los  hombres  y  las  manos  de  las 
mujeres  por  debajo  de  sus  velos;  ciudad  serena  y  tibia, 
colmada  de  azahares  y  de  rosas,  amplio  tálamo,  sueño 
de  viudas,  dulce  sanatorio  para  las  criaturas  de  meji- 
llas pálidas,  bosque  de  adelfas  para  las  mujeres  des- 


CKRVANTB8 


59 


floradas  y  recias,  gradería  de  reposo  para  las  que  des- 
cubren en  la  tarde  un  solo  seno  henchido . .. 


*  *♦ 


Cuando  hayamos  llegado  a  la  ciudad  de  la  prima- 
vera, correremos,  ¡oh,  amigos!,  a  sacar  de  su  éxtasis  a 
las  mujeres  de  los  arrabales  que  se  muestran  reclina- 
das sobre  los  quicios  de  las  casas  y  con  cara  de  pas- 
mo, encogidas  todavía  por  el  invierno,  mientras  aún 
la  alhucema  y  la  mirra  arden  sobre  las  brasas,  allá 
adentro. 

Las  sacaremos  de  su  ensueño  con  claras  palmadas, 
y  les  gritaremos  en  los  oídos,  que  estamos  ya  en  la 
primavera;  cogiendo  sus  manos  por  las  finas  muñecas 
les  sacaremos  las  manos  del  bolsillo  del  delantal  y  las 
uniremos  con  las  nuestras,  haciéndolas  saltar  como  si 
fueran  frutos. 

Les  haremos  alzar  los  ojos  a  los  cielos  para  que 
vean  la  mayor  claridad  de  las  estrellas  y  la  más  fina 
urdimbre  del  azul,  y  les  haremos  que  ofrezcan  sus 
mejillas  descoloridas  al  tibio  hálito  del  aire  y  sientan 
su  consuelo. 

Entre  nuestros  brazos  haremos  vibrar  sus  cuerpos 
encogidos  por  el  pasmo  invernal;  sus  cuerpos  ceñidos 
por  modestas  telas,  de  las  cuales  se  desprenderán 
hebras  de  hilo,  conmovedoras,  y  algún  cabello  de  co- 
lor oscuro. 

Y  llevándolas,  cogidas  del  brazo,  por  los  campitos 
que  hay  delante  de  sus  casas,  las  haremos  ver  que  las 
acacias  han  florecido  ya  en  blancos  pétalos,  y  que 


60  CERTANTE8 

«Has  también  deben  dejar  sus  ropas  grises  y  vestirse 
de  claro. 


*  ** 


Les  diremos: 

La  primavera,  de  nuevo  ha  hecho  florecer  en  los 
campos,  pródigamente,  tréboles  y  rosas.  Alegraos,  ¡oL, 
mujeres!,  alegraos  vosotras  que  tenéis  también  rosas 
en  vuestas  mejillas  y  tréboles  ocultos,  y  también  lar- 
gas cabelleras  que  podrían  ondear  al  viento  con  el 
temblor  de  la  yerba  crecida. 

Alegraos  ¡oh^  mujeres!  vosotras,  las  floridas,  las  re- 
novadas, vosotras  que  tenéis  la  carne  más  semejante 
al  limo  de  la  tierra,  las  que  os  sentís  cruzadas  por 
torrentes  de  vida  y  sois  sensibles  maravillosamente  a 
la  dulzura  de  las  lunas  nuevas. 

Alegraos,  ¡oh,  hermanas  mayores  de  las  niñas,  que 
al  sentarse  en  la  tierra,  la  florecen  de  rosas  diminutas!; 
alegraos,  vosotras  que  lleváis  frutos  que  tiemblan  so- 
bre el  pecho. 

En  este  tiempo  debéis  alegraros  por  nosotros  los 
desposeídos,  vosotras,  que  como  la  tierra,  estáis  llenas 
de  dones;  vosotras,  que  podéis  sin  envidia,  mirar 
hacia  los  campos  verdes,  en  que  apunta  ya  una  auro- 
ra de  espigas  rubias. 

Vosotras,  ¡oh,  mujeres!,  podéis  contemplar  sin  ru- 
bor ni  tristeza  la  nueva  hermosura  de  la  tierra;  por- 
que este  es  el  tiempo  también  de  vuestro  triunfo  y 
vuestra  plenitud;  en  que  la  zona  de  claridad  se  hace 
más  grande  en  torno  a  vuestros  cuellos  y  en  que  vues- 


CERVANTES 


61 


tras  faldas  ligeras  y  diáfanas  revelan,  llenas  de  no- 
vedad, las  líneas  olvidadas  de  vuestros  cuerpos. 

Vosotras  también,  ¡oh,  mujeres!,  tenéis  ahora  vues- 
tra primavera  como  la  tierra  madre;  y  os  sentís  hen- 
chidas de  una  nueva  savia  que  pone  turgentes  los  bo- 
tones de  vuestras  rosas,  y  gozáis  la  alegría  de  las  sel- 
vas bajo  la  caricia  del  viento  nuevo,  que  juega  en 
vuestras  cabelleras  recogidas. 

Vosotras,  ¡oh,  mujeres!,  podéis  responder  a  la  ale- 
gría y  a  la  generosidad  del  tiempo  nuevo,  mostrando 
también  jubilosas  primicias  a  la  mirada  del  hombre 
taciturno,  triste  por  tanta  esplendidez;  vosotras,  ¡oh, 
mujeres!,  sois  también  una  primicia  en  este  tiempo 
nuevo  y  podéis  alegraros  como  los  jardines  y  las 
selvas  estremecidas. 

Para  vosotras,  pues,  las  risas  en  este  alegre  tiempo; 
para  vosotras,  los  cantos  en  las  tardes  claras,  cuya 
claridad  se  prolonga  hasta  la  noche;  para  vosotras, 
la  amplitud  jocunda  de  los  rostros  bajo  la  luna  llena. 

Para  vosotras,  que,  en  vuestros  cabellos,  recogéis 
las  rosas  nuevas  de  la  primavera;  para  vosotras,  que 
en  las  fuentes  henchidas  tenéis  un  espejo  de  vuestra 
hermosura;  para  vosotras,  vírgenes  finas  como  el  mes 
de  marzo;  para  vosotras,  madres,  amplias  como  el  ve- 
rano, los  tréboles,  las  rosas,  las  grandes  nubes  claras 
de  la  primavera. 


Cuando  al  fin  lleguemos  ya  a  la  ciudad  de  la  pri- 
mavera, a  bordo  de  esta  gran  nave  del  tiempo,  al  sal- 


62  CERVANTES 

tar  a  tierra,  con  los  pies  entumecidos  todavía  por  la 
invernal  quietud,  con  nuestras  voces  trémulas  di- 
remos: 

Esta  es  la  verdadera  primavera:  no  la  que  veíamos 
a  lo  lejos  desde  la  cumbre  enjuta  del  invierno,  en- 
vuelta en  el  oro  de  los  ponientes  claros;  ni  la  que 
contemplábamos  con  un  arrobamiento  intempestivo, 
pintada  en  los  rientes  techos,  decorados  con  frutos  y 
con  desnudeces  rosadas,  ni  tampoco  la  que  sentíamos 
como  una  esperanza  en  el  fondo  del  sueño  de  nuestro 
corazón. 

Esta  es  al  fin  la  verdadera  primavera:  la  que  tiene 
el  refajo  lleno  de  frutos  verdaderos  y  de  flores,  en 
una  prodigalidad  que  nos  pone  tristes  a  las  mujeres 
que  sólo  tienen  dos  pomas  y  a  los  hombres  que  ni  un 
trébol  tienen. 

Esta  es  la  verdadera  primavera:  la  que  con  la  dul- 
zura de  su  hábito  tibio  hace  a  los  caminantes  dete- 
nerse sobre  los  bancos  de  tosco  mármol  y  junto  a  las 
barandas  de  los  viaductos;  la  que  convierte  la  noche 
en  un  crepúsculo  prolongado. 

Esta  es  la  verdadera  primavera,  amplio  poema  ves- 
tido, colosal  ramillete  deshecho  que  todo  lo  trastorna 
con  su  fragancia  difundida;  la  que  hace  más  grandes 
las  estrellas  y  las  pupilas  de  las  niñas;  la  que  rasga 
los  velos  del  invierno  y  los  velos  más  largos  de  las 
vírgenes. 

Esta  es  al  fin  la  verdadera  primavera,  contra  la 
cual  no  hay  defensa  ni  amparo;  en  cuya  presencia  no 
hay  sino  doblar  la  frente  y  la  cintura  y  mostrar  las 
palmas  de  las  manos  manifiestas. 


CERVANTES 


63 


Esto  es  al  fin  la  verdadera  primavera,  fuente  pro- 
funda de  todas  las  corrientes  del  agua  dulce  que  cru- 
zan el  áspero  valle  del  invierno;  madre  pomposa  de 
las  ligeras  gracias  que  al  blanco  sol  hacen  brillar  sus 
trenzas  rubias  en  las  glorietas  del  otoño;  término  am- 
plio de  los  suspiros  de  los  convalecientes. 

Esta  es  al  fia  la  verdadera  primavera,  tránsito  para 
el  espléndido  estío,  cuyo  recuerdo  nos  hacia  temblar 
en  nuestro  sueño  y  en  cuya  presencia  tendremos 
ahora,  como  en  la  de  una  viajera  que  ha  llegado  por 
fin,  un  gesto  tranquilo  y  soñador. 

Ahora,  ¡oh  amigos!,  conoceremos  nuevamente  el 
sabor  de  los  besos  y  de  las  cerezas;  nuevamente  sen- 
tiremos en  nuestras  encías  la  caricia  del  aire  tibio  y 
del  zumo  de  las  naranjas;  nuevamente  la  luna  expri- 
mirá para  nosotros  su  blancura  de  coco. 

Esta  es,  ¡oh  amigos!,  la  verdadera  primavera. 


*  iH* 


Pero  en  este  tiempo  todavía  velado,  saborea  el  en- 
canto puro  y  tímido  de  estos  primeros  días  de  prima- 
vera, y  camina  tú  también  con  la  gracia  contenida  de 
quien  lleva  sobre  la  frente  un  claro  velo. 

He  aquí  que  el  aire  se  ha  hecho  dulce  y  en  los 
cielos  las  grandes  nubes  oscuras  son  ahora  de  plata, 
como  las  ventanas  en  que  se  miran:  a  través  de  las 
calles  se  escucha  un  balbuceo  de  pájaros  y  las  estre- 
llas en  el  crepúsculo  brillan  unidas  y  blancas  como 
manojos  de  magnolias. 

Pero  es  todavía  el  tiempo  en  que  las  gentes  cami- 


I 


64  CERVANTES 

nan  envueltas  en  atavíos  de  invierno,  en  que  un  in- 
deciso temblor  de  primavera  agita  las  caras  de  las 
muchachas.  Los  grillos  de  los  campos  cantan  ya  en 
las  tardes,  pero  son  los  grillos  primeros,  los  grillos 
roncos  y  escondidos  cuyo  canto  es  un  zumbido  sordo 
y  balbuciente. 

Cantan  en  lo  hondo  de  la  tierra,  ocultos  y  turba- 
dos, y  su  cántico  es  como  el  zumbar  de  la  misma  tie- 
rra trabajada  de  un  barreno  de  pasión,  confuso  espas- 
mo; pero  todavia  no  cantan  en  los  balcones  floridos 
de  la  ciudad,  sobre  las  calles  llenas  de  claros  grupos. 

También  las  codornices  cantan  en  la  madrugada, 
con  voz  epitalámica;  pero  su  canto  se  pierde  en  la 
obscuridad  como  los  graznidos  de  los  buhos;  y  aún 
no  ha  llegado  el  tiempo  en  que  sus  trinos  repetidos 
resonarán  en  la  luz  de  la  mañana,  a  la  hora  en  que  las 
estancias  nupciales  se  llenan  de  claridad  y  las  flores 
dan  su  primer  perfume. 

Es  todavía  el  tiempo  en  que  la  primavera  es  seme- 
jante a  una  leve  embriaguez,  que  hace  los  pies  ligeros 
y  da  a  la  voz  un  tono  emocionado;  las  hojitas  verdes 
de  las  acacias  han  brotado  ya,  pero  todavía  besan  el 
aire  con  la  punta  de  sus  labios^  y  las  hortensias,  las 
grandes  hortensias,  cuyas  flores  se  abren  entre  las 
luminarias  de  las  fiestas  nocturnas  del  verano,  no  han 
florecido  todavía. 

En  este  tiempo,  ¡oh  corazón!,  en  este  tiempo  alegre 
y  claro,  marcha  llevando  un  velo  sobre  tu  frente  y 
respira  a  través  de  él,  el  aire  fragante  de  la  prima- 
vera. 

Todavía  por  algún  tiempo  te  está  reservada  la  paz 


CBRVANTB6  g5 

y  podrás  contemplar  con  ojos  serenos  la  velada  be- 
lleza de  la  Tierra;  bien  pronto,  la  verdadera  prima- 
vera, la  ardiente  y  turbadora,  vendrá;  florecerán  las 
acacias,  tus  pies  se  harán  pesados  y  tus  manos  se  lle- 
narán de  fiebre;  cantarán  los  grillos  reales  en  los  bal- 
cones, las  mujeres  llevarán  trajes  blancos,  y  en  las 
tardes  ardientes  y  despiadadamente  claras,  se  abrirán 
para  ti  todos  los  abismos  en  sus  ojos  profundos. 

R.  Cansinos-Assens, 


66  CERVANTES 


ANALES  LITERARIOS 

EL   «ULTRA» 


En  La  Jornada,  D.  Germán  G-ómez  de  la  Mata,  ha 
expresado  su  disconformidad  con  nuestro  manifiesto. 
Dice  asi  el  distinguido  escritor: 

«Tan  noble  aspiración  resulta  demasiado  candida. 
Porque  es  el  caso  que  a  la  misma  finalidad  de  un  arte 
nuevo  que  ellos  proclaman  hoy,  tendieron  siempre  en 
sus  esfuerzos  todos  los  artistas,  de  lo  cual  se  deduce 
que  no  valia  la  pena  de  pregonar  semejante  propó- 
sito.» 

Del  novecientos  acá,  una  nueva  generación  arribó 
con  sus  veleros  luminosos  a  nuestras  costas.  Sus  ojos 
ávidos,  hundiéronse  en  las  maravillas  todas  del  cielo 
y  del  mar  y  de  la  tierra,  lejana  y  perdida;  y  sus  labios 
convulsos,  cantaron.  Cantaron,  ¿qué?  Duraban  aún 
las  vibraciones  del  último  cantar  de  los  hermes,  y  al- 
gunos de  ellos,  cuyas  ánforas  sentian  aún  pesadas,  da- 
ban todavía,  de  cuando  en  cuando,  su  nota  clara  y  fir- 
me. Los  jóvenes,  poco  atentos  a  las  actuales  voces  ul- 
trapirenaicas, procuraron  adaptar  su  tono  al  tono  vie- 
jo ya  y  gastado  de  los  maestros.  La  literatura  españo- 


CERVANTES  67 

la  estaba  detenida  en  los  nombres  de  la  pasada  gene- 
raciÓD. 

En  eyto,  Cansinos- Asséns,  el  dulce  y  tierno  apóstol, 
indicó  un  día  sus  deseos  de  una  renovación  que  des- 
terrase los  tópicos  novecentistas.  No  señaló  ningún  ca- 
mino, porque  no  era  una  escuela  lo  que  quería  fun- 
dar; no  trazó  ruta  alguna;  pero  sí  escribió  sobre  el  ho- 
rizonte lejano,  una  palabra:  ULTRA.  Y  nosotros  la  re- 
cogimos y  la  pusimos  sobre  nuestras  frentes.  He  aquí 
todo.  Dimos  la  nota  a  la  Prensa,  pero  no  como  un 
programa  literario,  sino  como  un  manifiesto,  con  ca- 
rácter político,  que  anunciaba  nuestros  prepósitos,  y 
solicitaba  adhesiones  y  colaboraciones.  Más  tarde, 
dentro  del  ultraísmo — advertíamos — las  diversas  ten- 
dencias formarán  sus  núcleos  y  se  definirán.  Vea, 
pues,  el  Sr.  Gómez  de  la  Mata,  cómo  sí  sabemos  bien 
lo  que  queremos:  undi  renovación,  lo  cual  no  quiere  de- 
cir que  pretendamos  hallar  la  novedad  absoluta,  por- 
que también  sabemos  que  todas  las  escuelas  están  uni- 
das unas  a  otras. 

Pero  el  Sr.  Gómez  de  la  Mata  ve  ya  cerca  el  fin  del 
ultraísmo,  y  anuncia  que  morirá  «casi  sin  nacer»  como, 
según  él,  murió  el  futurismo.  Siento  no  estar  de  acuer- 
do: ni  el  futurismo  ha  muerto,  ni  el  ultraísmo  morirá 
mientras  haya  poetas  tan  grandes  como  ios  que  hoy 
se  nos  revelan  en  las  revistas  fervorosas.  Y  por  si  lo 
duda  el  Sr.  Gómez  de  la  Mata,  que  cree  que  única- 
mente el  verso  libre  y  la  onomatopeya  son  las  carac- 
terísticas del  ultraísmo,  lea  estas  dos  bellísimas  estro- 
fas de  Luis  Mosquera,  publicadas  en  el  último  núme- 
ro de  Grecia: 


08  CERTANTES 

Ha  huido  la  Primavera. 
Los  árboles  tienen  grises  capotes  de  nieblas, 
como  los  centinelas. 


Ha  huido  la  Primavera. 
Pero  el  sol  luce  en  la  estrella  azul 
que  se  enciende  entre  los  labios  del  Poeta. 

«¿No  es  esto  nuevo?  Que  se  lo  cuenten  a  otro»,  diré 
yo,  como  Apollinaire. 

También  el  Sr.  Gómez  de  la  Mata  niega  que  Can- 
sinos-Asséns  haya  inventado  nada.  No  diré  yo  tanto; 
además,  no  gusto  de  los  inventos  en  arte;  queden  las 
fórmulas  para  la  química.  Pero  si  le  haré  notar  que 
Cansinos-Asséns  es  uno  de  los  escritores  de  estilo  más 
personal  que  conozco.  Sus  imágenes,  como  sus  temas 
— los  hombres  maduros,  las  viudas,  la  dulce  y  casta 
hermana,  etc. — ,  son  algo  nuevo  en  nuestra  literatura; 
El  Candelabro  de  los  ibiete  Brazos,  ha  introducido  un 
ritmo  más  largo  y  apasionado  en  nuestra  literatura, 
ha  renovado  la  pureza  lírica,  nos  ha  traído  el  salmo  y 
ha  dejado  una  honda  huella  en  la  juventud.  Hoy,  el 
escritor  más  amado  por  nosotros,  los  jóvenes,  el  más 
amado  y  respe  ^^ado,  es  este  maravilloso  Maestro,  tan 
bondadoso  y  tan  sabio  y  tan  artista,  que  a  todos  pue- 
de darnos  lecciones  de  fervor. 

Y  nada  más.  Cambie  el  Sr .  Gómez  de  la  Mata — 
que  aún  es  joven  también — su  gesto  huraño  por  un 
noble  gesto  de  comprensión  y  de  afinidad.  Amorosa- 
mente, con  fe  y  con  entusiasmo,  perseveramos  en  nues- 
tra labor.  Sobre  el  duro  yunque,  el  metal  empieza  a 


CBKVANTBS  69 

moldearse,  y  de  au  corazÓQ  va  brotando  un  rosal  de 
estrellas... 

Pedro  Garfias 


*  *  * 


Para  la  historia  futura  de  este  movimiento,  convie- 
ne hacer  constar  que  hasta  ahora  se  han  recibido  ad- 
hesiones de  nuestros  colaboradores  Ballesteros  de 
Martos  y  E.  Correa  Calderón,  de  los  escritores  José 
María  Quiroga  Pía,  G.  y  F.  Relio,  de  Madrid,  y  Ju- 
lián Gimeno,  de  Valencia. 

La  revista  sevillana  Grecia  reprodujo  el  manifiesto, 
añadiéndole  simpáticas  frases  de  comentario. 

También  ha  encontrado  Ultra  impugnadores — ¡hos- 
sanna! — ;  éstos  han  sido  los  Sres.  Gómez  de  la  Mata — 
ya  nombrado — y  Hernández  Luquero,  que  nos  han 
honrado  con  sendos  artículos  en  La  Jornada  y  en  Es- 
paña Nueva. 


*  *  * 


El  Maestro  Gabriel  Alomar,  en  carta  dirigida  al 
poeta  Xavier  Bóveda,  dice:  «Ese  lema  ULTRA,  ¿no 
es  también  él  de  mi  Futurismo,  nombre  que  después 
me  tomó,  para  muy  diversos  fines,  Marinetti?  Todos 
vamos  hacia  la  misma  estrella  epifánica  ¡Excelsiorf» 


CERVANTES 


novísima  LITERATURA 
FRANCESA 

Sobre  Guillermo  ApoIIinaire. 


Un  trozo  de  obús  había  herido  en  la  cabeza,  en  el 
campo  de  batalla,  al  subteniente  de  Kostrowitzky — 
ascendido  luego  a  teniente,  condecorado  con  la  cruz 
de  guerra  y  propuesto  para  la  Legión  de  Honor — . 
Si  no  hubiera  sido  por  el  casco,  me  mata — dijo  él. 

La  grippe  ha  arrebatado  la  vida,  el  sábado  9  de  no- 
viembre último,  al  poeta  Guillermo  ApoUiaaire,  en 
plena  actividad,  cuando  su  magisterio  literario  se  con- 
solidaba y  empezaba  a  irradiar  a  lo  lejos.  Amaba  la 
vida;  se  disponía  a  gozar  de  la  gloria  como  hacía  con 
todas  las  cosas  buenas,  con  infantil  glotonería. 

Su  repentina  desaparición  ha  condolido  profunda- 
mente a  los  numerosos  amigos  del  poeta;  deconcierta, 
apena  a  una  joven  selección  de  entusiastas  que  veían 
en  Guillermo  ApoIIinaire  a  un  nuevo  maestro;  pero 
también  llena  de  pesar  a  las  más  nobles  letras  france- 


CBRVANTBS 


71 


sas,  y  priva  a  nuestro  genio  nacional  de  uno  de  sus 
más  felices  genios. 

Artista  original,  poeta  ávido,  ApoUinaire  es  uno  de 
los  escritores  mejor  dotados  y  más  seguros  que  nues- 
tra grande  y  amplia  tradición  francesa  haya  erigido  y 
adoctrinado.  Alma  deliciosa,  además,  era  una  fuente 
misteriosa  y  profunda  como  la  Fontana  de  Valclusa, 
una  llama  también,  y  tomaba  su  calor  de  si  mismo,  y 
su  brillo  del  macrocosmos. 

Nieto  de  un  general  polaco,  ApoUinaire  nació  en  la 
ciudad  más  noble  del  mundo,  en  Eoma,  hace  treinta 
años.  Muy  niño  aún,  le  llevó  su  madre  a  nuestra  Costa 
Azul.  AHÍ  pasó  los  años  en  que  se  forman  los  poetas, 
en  un  país  cuyo  fervor  espiritual  le  moldeó  poco  a 
poco.  Al  través  del  encanto  italiano,  en  esa  Costa  fué 
donde  un  alma  ingenua  y  tierna,  se  fué  penetrando 
de  la  nobleza  latina,  que,  según  parece,  es  más  accesi- 
ble y  vigorosa  en  la  Provenza  del  Ródano. 

El  país  mouegasco  es  de  una  gracia  que  en  otro  lu- 
gar parecería  equívoca,  de  una  belleza  voluptuosa  y 
pimentada.  Ni  el  espíritu  ni  la  carne  se  valen  allí  de 
subterfugios.  Todo  es  natural,  y  todo  parece  lícito,  y 
si  el  Carnaval  es  allí  tan  festejado,  es  porque  sólo  du- 
rante esa  corta  tregua  se  disfraza  allí  la  desnudez. 

ApoUinaire  hizo  en  la  Costa  amistades  preciadas, 
que  los  años  afianzaron.  Estudió  primero  en  el  colegio 
de  San  Carlos,  en  Monaco;  luego  en  el  colegio  de  San 
Estanislao,  en  Cannes,  y  por  último,  en  el  Liceo,  de 
Niza. 

En  el  colegio  de  San  Carlos  trabó  amistad  con  Re- 
nato Dupuy — el  futuro  Renato  Dalize — ,  de  quien  el 


72  CERTANTB8 

autor  de  Alcoholes  kabla  con  gracia  y  efusión  en  su 
poema  Zona.  El  capitán  Renato  Dalize,  ha  muerto  he- 
roicamente en  el  campo  de  batalla,  y  Apollinaire  hizo 
un  panegirico  del  extinto,  en  casa  de  Mme.  Aurel. 

En  el  Liceo  de  Niza,  el  joven  Kostrowitzky — a  quien 
sus  condiscípulos  llamaban  Rostro — se  convirtió  en  el 
inseparable  de  Todosantos  Luca,  poeta  ingenioso, 
ameno  escritor  y  erudito  modesto,  que  acababa  de  pu- 
blicar una  hermosa  obra:  Los  que  han  hecho  América. 

Los  dos  condiscípulos  escandalizaban  a  su  profesor 
M.  Dousset;  en  sus  disertaciones  trataba  Apollinaire 
con  irreverencia  a  nuestros  clásicos,  pero  citaba  a 
Enrique  de  Regnier,  Vielé-Griffin,  Francis,  Jammes 
y  Manuel  Signoret.  Redactaba  a  veces  sus  temas  en 
versos  franceses  o  latinos  o  imitando  el  estilo  de  Ra- 
belais.  El  y  Luca  estaban  suscritos  al  Mercurio  de 
Francia,  y  allí  leían  a  escondidas  Los  caballos  de  Dio- 
medes,  de  Remigio  de  Gourmont.  Ambos  amigos  re- 
dactaban además  un  diario  manuscrito  El  Vengador t 
que  dejaban  leer  a  sus  compañeros  mediante  el  pago 
de  10  céntimos.  Más  tarde  El  Vengador  se  llamó  el 
Transigente^  para  molestar  a  Rochefort,  y  sus  redac- 
tores exaltaban  a  Kropotkin  y  la  literatura  simbolista. 

Rostro  se  ganó  un  día  un  grave  castigo  por  haberle 
sorprendido  leyendo  la  Agonía  de  Lombard. 

A  fines  de  aquel  año  de  estudio,  Apollinaire  aprobó 
el  bachillerato,  pero  le  suspendieron  en  el  ejercicio 
oral.  Dando  por  terminados  sus  estudios  escolares,  si- 
guió el  consejo  de  Descartes.  Viajó. 

Visitó  detenidamente  Alemania,  la  del  Mediodía  y 
la  del  Norte,  enamorándose  de  la  primera  y  detestando 


CERVANTES  73 

a  la  segunda.  Alemania,  vista  al  través  de  los  Nibelun- 
gos  y  de  Goethe,  le  impresionó,  y  en  Alcoholes  se  en- 
cuentran Heder,  que  realzan  el  contraste  del  azul  me- 
diterráneo. 

La  doble  cultura  de  Apollinaire  es  la  doble  tradición 
francesa;  pero  sus  elementos  no  están  tan  fundidos 
como  pudiera  creerse.  No  hay  nada  de  tudesco  ni  de 
alemán  en  nuestra  literatura  de  la  lengua  de  oil,  pero 
la  vena  de  Chretien  de  Troyes,  por  ejemplo,  no  se  con- 
funde con  la  de  Bertrand  de  Born.  El  paralelismo  con- 
tinúa, y  un  poeta  proveuzal  de  hoy  está  más  cerca 
del  Petrarca  que  de  Corneille.  La  cultura  latina  de 
algunos  de  nuestros  grandes  clásicos  se  agrega,  fecun- 
dándola, a  la  tradición  de  nuestros  trovadores.  Rabe- 
lais,  tan  erizado  de  latín,  manifiesta  nuestro  genio 
nacional  no  menos  que  Ronsard  y  La  Fontaine. 

Apollinaire  es  un  latino  de  raza  y  de  espíritu.  Su 
rasgo  dominante  es  esa  propensión  a  lo  objetivo  que 
le  mueve  a  preferir  la  realidad  al  ensueño.  Lo  que  aña- 
de de  lerismo  a  lo  real  no  altera  su  esencia. 

Estaba  ansioso  de  verdad,  de  realidad,  y  esa  es  la 
base  de  su  erudición.  Los  hechos  le  parecían  irreduc- 
tibles y  convincentes.  Sólo  se  mostraba  rebelde  res- 
pecto a  la  interpretación  que  ha  de  dárseles. 

Erudito,  enterado  de  todo,  el  poeta  de  AlaoTioles 
había  hecho  incursiones  en  todas  las  literaturas  anti- 
guas y  modernas,  occidentales.  «No  era  un  imagina- 
tivo, en  el  verdadero  sentido  de  la  palabra — dice 
Luca — .  Y  en  efecto,  la  idea  le  afectaba  más  que  la 
imagen  y  la  sensación.  Recibía  su  impulso  de  la  inteli- 
gencia, pero  las  ideas  huían  en  él,  temblaban  y  se 


74  CERVANTES 

convertían  en  cosas,  en  seres.  Le  encantaban  y,  por 
eso  mismo,  lo  verdadero  le  parecía  inocente.  Sentía 
todo  lo  que  pensaba  y  casi  tan  pronto  como  lo  pensa- 
ba. De  ahí  la  realidad  especialísima  de  su  lirismo 
superrealista.  Es  un  lirismo  viviente  humano,  satírico 
a  veces,  tierno,  ardiente,  pero  no  místico,  incapaz  de 
cristalizar  sin  tornarse  insípido  en  símbolos  ambicio- 
sos. 

Seria  menester  un  largo  estudio  para  ingertar  este 
lirismo  proteico  y  viril  en  la  cepa  latina  de  Apollinai- 
re,  nacido  en  Roma  y  criado  en  Monaco. 

Pero — y  no  se  crea  esto  resultado  de  su  ascenden- 
cia polaca — ,  ese  latino  incontestable,  lanzado  a  los 
diez  y  ocho  años  en  un  baño  gótico,  descubrió  nuestra 
alma  nórdica  en  las  guedejas  rubias  y  en  los  ojos  azu- 
les de  Gretchen.  El  Rhin,  la  Selva  Negra  y  el  Tirol, 
le  iniciaron  en  el  otro  aspecto  del  genio  francés,  el  del 
ciclo  de  Arturo  y  los  caballeros  de  la  Tabla  Redonda. 

En  cuanto  a  mí,  atribuyo  a  esta  sorpresa  de  su  pri- 
mera juventud  y  al  jubiloso  extravío  de  un  equilibrio 
roto,  la  complejidad  de  una  poesía  y  un  arte  que  no 
tienen  igual  entre  los  escritores  cí  ntemporáneos. 

A  su  regreso  de  Alemania,  Apollinaire  se  afincó  en 
París.  Aún  no  tenía  veinte  años  y  no  tardó  en  adqui- 
rir notoriedad  en  los  círculos  de  la  juventud  literaria. 
Para  vivir,  aceptó  un  empleo  en  una  Ca-wa  de  Banca. 
Por  aquel  tiempo  publicó  en  la  Revista  Blanca  su  pri- 
mera novela  El  Heresiarca,  y  por  esa  misma  época  co- 
noció al  protagonista  de  la  última  parte  del  libro,  al 
barón  df  OrmessaUy  el  anfión,  falso  Mesías,  cuyas  aven- 
turas excitaron  en  sumo  grado  su  imaginación. 


CERVANTES  75 

El  1."  de  octubre  fundó  el  Festín  de  Esopo,  del  que 
se  publicaron  nueve  números,  y  en  el  que  colaboraron 
John-Antoine  Ñau,  Andrés  Salmón,  Han  Rj-ner,  Me- 
cislao  Golberg,  Luca,  Juan  de  G-ourmont,  Paul  Ge- 
raldy,  etc.  Apollinaire  publicó  en  esta  revista  algunas 
de  sus  obras  más  características,  como  El  Encantador 
Putrescente. 

Luis  de  Gouzaga  Irick,  amigo  de  la  infancia  de 
Apollinaire,  vino  a  leerme  una  mañana  ese  libro.  A 
Irick  debo  haber  conocido  a  Apollinaire  y  haber  en- 
tablado con  él  una  amistad  sólida  Yo  lo  llevé  a  la 
Falange,  donde  publicó  el  Bestiario  Mundano  y  algu- 
nos poemas  de  Alcoholes. 

La  vida  de  Apollinaire  es,  desde  esta  fecha,  bastan- 
te conocida  para  que  sea  menester  relatarla.  Todo  el 
mundo  sabe  el  importante  papel  que  desempeñó  como 
definidor  de  las  más  recientes  escuelas  de  pintura. 

Al  principio  de  la  guerra,  Apollinaire,  subdito  ex- 
tranjero, se  incorporó  a  filas,  entrando  en  la  artille- 
ría. Aprendió  su  nuevo  oficio  en  Nimes.  Desde  su  cuar- 
tel me  escribía  cuanto  se  distraía  admirando  los  arreos 
de  los  caballos  del  regimiento.  En  el  frente  se  portó 
como  un  bravo,  se  batió  y  escribió  poemas . 

Cuando  ya  era  subteniente,  fué  herido  en  la  cabeza 
y  hubo  de  sufrir  con  gran  entereza  la  trepanación. 
Ha  muerto  antes  de  la  firma  del  armisticio. 

Ahora  debería  yo  hablar  de  su  arte  y  probar  a  ca- 
racterizarlo con  palabras.  Ya  lo  hice  en  la  Falange, 
a  raíz  de  la  publicación  de  su  obra  maestra  Alcoholes. 
Además,  para  poner  a  Apollinaire  en  el  lugar  que  le 
corresponde,  haría  falta  un  estudio  profundo.  Cuanto 


76  CERVANTES 

a  mi,  lo  que  más  me  encanta  en  esa  poesía  es  su  fres- 
cura, su  pureza;  ea  el  milagro  de  la  sensibilidad  del 
niño  que  sobrevive  en  las  estratagemas  del  arte.  La 
prosa  de  Apollinaire  presenta  las  mismas  raras  y 
grandes  cualidades.  Ciertas  páginas  del  Poeta  asesi- 
nado y  de  Juan  Moroni,  son  extraordinarias  desde  este 
punto  de  vista.  El  secreto  de  esa  frescura  y  esa  fuer- 
za están  en  la  misión  que  desempeña  la  inteligencia 
en  el  artista.  La  inteligencia  es  la  única  de  nuestras 
facultades  que  no  envejece.  Apollinaire  está  transido 
de  espíritu,  de  los  fuegos  del  espíritu,  y  esto  asegura 
a  sus  más  hermosas  páginas  una  juventud  perdurable. 

Juan  Royere. 

(De  la  revista  parisiense  Les  Marges. — R.  C.-A.,  traduxit.] 


CERVANTES 


77 


DIVAGACIONES 


Dejo  vagar  al  capricho,  esta  pluma  loca,  que  va  so- 
bre el  papel  con  la  timidez  lenta  de  un  insectillo  que 
se  arrastrase  por  el  suelo  con  las  alas  rotas.  En  mi  ya 
larga  vida  de  escritor,  me  ha  sucedido  con  frecuencia 
sentarme  a  la  mesa  de  trabajo  sin  una  idea  sola,  aun- 
que fuese  imprecisa;  y  má^  aún,  sin  una  emoción,  sin 
un  recuerdo  que  me  sirvan  para  encauzar  mi  literatu- 
ra a  un  asunto  determinado  y  abrir  la  compuerta  de  la 
imaginación,  para  que  por  ella  se  deslice  la  pobre  y 
turbia  corriente  de  mis  últimos  devaneos.  Nada:  el  ce- 
rebro hueco,  y  el  corazón  vacio.  Y  la  voluntad  deses- 
perada anda  por  todas  partes,  hurgando — como  ladro- 
na que  tiene  prisa — los  aposentos  obscuros  de  la  me- 
moria, los  desvanes  de  las  baratijas  mentales,  la  polvosa 
estancia  de  los  conocimientos,  el  revuelto  arctiivo  de 
la  crónica,  la  caja  de  las  joyas  falsas  de  la  fantasía,  y, 
escaleras  abajo,  los  sótanos  y  cuevas,  de  cuya  obscuri- 
dad suelen  salir,  inesperadamente,  esas  sonámbulas 
lacrimosas,  que  se  llaman  las  emociones;  y  muy  adentro, 
en  el  fondo  del  espíritu,  el  solitario  jardín  del  ensueño, 
donde  en  otro  tiempo,  como  expresó  el  poeta: 


78 


CERVAXTP:Sf 


hubo  fiestas,  músicas, 
cantos,  cuchicheos, 
escalas  de  ribas, 
y  trinos  de  besos 

Y  sin  embargo,  la  casa  no  está,  no  puede  estar  des- 
habitada. Es  que  el  pensamiento  y  el  sentimiento,  fa- 
tigados de  obedecer,  se  esconden  para  que  no  los 
obliguen  a  ejecutar  el  trabajo  forzado  délas  letras.  Son 
acróbatas  viejos  que  notan  como  empiezan  a  sentirse 
ya  más  pesados,  menos  ágiles;  y,  por  lo  mismo,  rehu- 
yen audacias  y  atrevimientos.  Temen  caer  en  el  vuelo, 
de  «trapecio  Leotard»,  de  una  alegoría;  vacilan  ya, 
para  cargar  «!a  pirámide  humana»  de  las  citas  y  co- 
mentarios; están  inseguros  al  hacer  piruetas  en  el 
alambre  de  los  símiles  y  no  fían  mucho  de  su  sentido 
muscular,  cuando  eu  los  «juegos  de  malabares»  de  un 
artículo  de  periódico,  describen  geometrías  aéreas  con 
las  naranjas  y  cuchillos  de  la  retórica.  Y  cuando  los 
llama  la  voluntad,  se  ocultan  en  improvisados  escon- 
drijos. Pensamiento  y  sentimiento  poseen,  como  cier- 
tos seres,  la  facultad  biológica  del  «mimetismo».  Se 
defienden  del  enemigo,  engañándole;  se  hacen  invisi- 
bles, inmóviles,  poliformes.  Y,  a  veces,  cuan  do  la  pluma 
los  evoca,  no  los  encuentra.  Eso  lo  sabemos  bien 
quienes  vivimos  de  este  oficio  ingrato  y  adorable,  tor- 
turador y  encantador,  del  periodismo.  El  cual  nos 
obliga  a  la  incesante  improvisación,  a  la  repentina  fa- 
cilidad, a  la  seudo  inspiración  que  carece,  como  la 
verdadera,  de  consistencia  y  amplitud,  pero  no  siem- 
pre de  brío  y  sinceridad.  Escribir  un  libro  es  calcular 
y  madurar  un  proyecto.  Hay  en  esta  labor  un  poco 


CERVANTES  79 

de  procedimieuto  matemático.  Trabajar  en  la  compo- 
sición y  pulimento  de  una  poesía  es  provocarse  un 
estado  de  sobreexcitación,  que  es  doloroso  y  placen  te- 
tero a  un  tiempo,  y  en  él,  por  afirmación  momentánea 
de  los  sentidos,  como  que  el  Universo  se  purifica  y 
amplifica,  se  abrillanta  y  sublima;  la  luz  readquiere 
fulgencias;  el  color,  matices;  timbres,  el  sonido,  y  la 
vida  entera  se  combina  de  un  modo  singular  y  nos 
presenta  asociaciones  y  relaciones  insospechadas,  y  las 
imágenes  se  enlazan  en  sutiles  eslabones  ideológicos 
en  los  cuales  va  el  esfuerzo  de  la  expresión  macha- 
cando el  bronce  verbal,  hasta  ajustar  formas  adecuadas 
a  las  vagorosas  representaciones  de  la  fantasía.  Ardua 
es  la  empresa  y  requiere  una  noble  y  alta  paciencia. 

Pero,  en  la  pujanza  del  arte,  la  dificultad  es  estimu- 
lo y  acicate. 

....L'oevre  sort  plus  belle 
D'une  forme  au  travail 

Rebelle, 
Vers,  marbre,  onyx,  émail. 

El  periodista  no  es — ya  se  sabe — ni  un  autor  ni  un 
poeta.  No  mide  ni  proporciona  el  trabajo;  no  lo  medita 
ni  calcula;  ni  tampoco,  sobreexcitado,  hunde  su  cabeza 
en  rebuscamientos  y  delirios.  No  es  precisamente  un 
pensador  o  un  artista.  Es,  debe  ser  un  obrero  hábil, 
que  sabiendo  pensar  y  sentir,  está  obligado  a  poner 
en  su  obra,  sólo  pequeñas  dosis  de  idea  y  de  emoción, 
las  necesarias  para  que  el  resultado  de  su  faena  alcan- 
ce la  duración  de  la  rosa  del  verso  antiguo:  el  espacio 
de  una  mañana.  El  periodismo  tiene  que  aprovechar 
el  momento  que  pasa,  y,  a  semejanza  del  beso  de  Cyra- 


80  CERVANTES 

no,  hace  un  ruido  de  abeja.  Todo  en  la  Prensa  está  su- 
jeto a  una  aspiración  incesante:  la  oportunidad.  Por 
eso  el  escritor  de  periódicos  tiene  algo  de  cazador:  su 
escopeta  es  la  pluma,  y  con  ella  bien  cargada  de  tinta, 
acecha,  hiere  y  cobra,  como  lo  exigen  los  tratados  de 
Cetrería,  el  pequeño  suceso,  la  rápida  liebre — o  los 
grandes  acontecimientos — ,los  esbeltos  y  aduces  cier- 
vos. Algo  tiene  de  pintor  eléctrico,  del  caricaturista 
relámpago.  La  vida  se  detiene  un  instante  frente  a  él, 
y  él,  a  golpes  de  pincel  y  a  trazos  de  lápiz,  entona  una 
mancha  o  esboza  un  diseño,  sin  tiempo  de  empastar 
el  color  ni  de  modificar  la  linea,  porque  la  modelo  va 
de  prisa.  El  «repórter»  que  impersonaliza  su  trabajo, 
es  un  fonógrafo;  el  cronista,  que  pone  un  poco  de  in- 
dividualidad y  de  egomania  en  su  tarea,  es,  con  fre- 
cuencia, una  mezcla  insubstancial  de  pensador,  de  poe- 
ta, de  cazador  y  de  caricaturista.  Eso  soy  en  este  lugar. 
Y  como  el  tiempo  corre  más  que  la  pluma,  me  veo  en 
la  necesidad  de  contener  sus  caprichosos  semivuelos, 
y  encadenarla  nuevamente,  como  a  prisionero  que 
había  logrado  su  evasión,  y  vuelve  ahora  a  los  traba- 
Jos  forzados  de  la  literatura  semanaria. 

Para  consuelo  mío,  la  voluntad  de  cumplir  mis  com- 
promisos, encontró  ya  la  impresión  escoudidd,  la  re- 
ciente, la  que  no  quería  presentarse,  más  por  apoca- 
miento y  timidez,  que  por  maldad  o  grosería.  Y  aquí 

GStft...... 

Luis  G.  Urbina. 


OBRVANTBS  Bl 


POETAS    HISPANO 
AMERICANOS 


El  intruso 


Amor,  la  noche  estaba  trágica  y  sollozante 
cuando  tu  llave  de  oro  cantó  en  mi  cerradura; 
luego, — la  puerta  abierta  sobre  la  sombra  helante — 
tu  forma  fué  una  mancha  de  luz  y  de  blancura. 

Todo  aquí  lo  alumbraron  tus  ojos  de  diamante; 
tus  labios  en  mi  copa  bebieron  la  frescura, 
y  descansó  en  mi  almohada  tu  cabeza  fragante; 
me  encantó  tu  descaro  y  adoré  tu  locura. 

Y  hoy  río,  si  tú  ríes,  y  canto,  si  tú  cantas; 
y  si  tú  duermes,  duermo,  como  un  perro  a  tus  plantas; 
hoy  llevo  hasta  en  mi  sombra  tu  olor  a  primavera; 

y  tiemblo  si  tu  mano  toca  la  cerradura, 
y  bendigo  la  noche  sollozante  y  obscura 
que  floreció  en  mi  vida  ta  boca  tempranera. 

Delmira  Agdstini. 

(Argentina.) 
6 


82  CERVANTES 


Oriental 


Rasgando  el  velo  de  penumbra  fina 
y  al  amparo  de  túnica  escarlata, 
surgiste  como  amable^"  danzarina 
agitando  tus  crótalos  de  plata. 

Y  luego,  como  loca  serpentina, 

que  se  envolviera  en  una  columnata, 
fingiste  por  movible  y  venusina 
el  ritmo  de  la  Danza  que  arrebata. 

Y  cuando  fatigada  de  la  plástica 
forma  esfumóse  tu  silueta  elástica 
tras  unos  gobelinos  que  se  alzaban, 

evocando  quedé  ritos  perversos, 
mientras  la  mirra  de  su  incienso  daban 
las  lámparas  votivas  de  mis^ versos. ¡ 

J.  A.  Falconí  Villaqómez, 

(Eouatoriano. 


CHRVANTBS 


83 


Agua  fuerte 


Es  el  crepúsculo  un  divino 
raro  maestro  de  ilusión; 
hoy  ha  copiado  al  esfumino 
de  un  caprichoso  nubarrón, 

a  Don  Qijote,  al  buen  latino, 
al  de  esforzado  corazón, 
calado  el  yelmo  de  Mambrino 
y  erecto  el  fúlgido  lanzóu. 

Por  la  llanura  occidua  avanza, 
seguido  va  de  Sancho  Panza, 
mientras  esparciendo  suave  brillo 

la  luz  de  véspero  aparenta 
ser  el  candil  de  alguna  venta 
con  vagas  formas  de  castillo. 


Juan  Santaélla. 

(YeneEolano.) 


8á  CBRVAMTBS 


CUENTOS 
HISPANO-AMERICANOS 

Los  sieíe  pelos  del  diablo. 

— ¡Teniente  Mandujano! 

— Presente,  mi  coronel. 

— Vaya  usted,  por  veinticuatro  horas,  arrestado  al 
cuarto  de  banderas. 

— Con  su  permiso,  mi  coronel — contestó  el  oficial, 
saludó  militarmente  y  fué,  sin  rezongar,  a  cumplimen- 
tar la  orden. 

El  coronel  acababa  de  tener  noticia  de  no  sé  qué 
pequeño  escándalo  dado  por  el  subalterno  en  la  calle 
del  Chivato.  Asunto  de  faldas,  de  esas  benditas  faldas, 
que  fueron,  son  y  serán  perdición  de  Adanes. 

Cuando  al  día  siguiente  pusieron  en  libertad  al  ofi- 
cial, se  encaminó  éste  a  la  mayoría  del  cuerpo,  donde 
a  la  sazón  se  encontraba  el  primer  jefe,  y  le  dijo: 

— Mi  coronel,  el  que  habla  está  expedito  para  el 
servicio. 


J 


CBRYÁNTEI  85 

— Quedo  enterado — contestó  lacónicamente  el  supe- 
rior. 

— Ahora,  ruego  a  usia  que  se  digne  decirme  el  mo- 
tivo del  arresto,  para  no  reincidir  en  la  falta. 

— ¿El  motivo,  eh?  El  motivo  es  que  ha  echado  usted 
a  lucir  uno  de  los  siete  pelos  del  diablo...  y  no  le  digo 
a  usted  más.  Puede  retirarse. 

Y  el  teniente  Mandujano  se  alejó  architurulato  y  se 
echó  a  averiguar  qué  alcance  tenia  aquello  de  los  siete 
pelos  del  diablo,  frase  que  ya  había  oído  en  boca  de 
viejas. 

Compulsando  me  hallaba  yo  unas  papeletas  biblio- 
tecarias,  cuando  se  me  presentó  un  teniente,  y  después 
de  referirme  su  percance  de  cuartel,  me  pidió  la  expli- 
cación de  lo  que,  en  vano,  llevaba  ya  una  semana  por 
averiguar. 

Como  no  soy,  y  huélgome  en  decirlo,  ningún  egois- 
tón de  marca,  a  pesar  de  que: 

En  este  mundo  enemigo 
no  hay  de  quien  fiar; 
cada  cual  cuide  de  sigo, 
yo  de  migo  y  tú  de  tigo... 
¡y  procúrese  salvar! 

como  diz  que  dijo  un  jesuíta  que  a  dos  siglos  comía 
pan  en  mi  tierra,  tuve  que  sacar  de  curiosidad  al  po- 
bre teniente  que  fué  como  sacar  ánima  del  purgatorio, 
narrándole  el  cuento  que  dio  vida  u  origen  a  la  frase. 
Ahí  va,  lectorcita  mía. 


86  CHRVANTB3 


n 


Cuando  Luzbel,  que  era  un  ángel  muy  guapote  y 
engreído,  armó  en  el  cielo  la  primera  trifulca  revolu- 
cionaria de  que  hace  mención  la  historia,  el  Señor, 
sin  andarse  con  repulgos,  ni  moratorias,  ni  decretos, 
ni  proclamas,  le  aplicó  tan  soberano  puntapié  en  salva 
la  parte,  que,  rodando  de  estrella  en  estrella  y  de  as- 
tro en  astro,  vino  el  muy  faccioso,  insurgente  y  mon- 
tonero a  caer  en  este  planeta  que  astrónomos  y  geó- 
grafos bautizaron  con  el  nombre  de  tierra. 

Sabida  cosa  es  que  los  ángeles  son  unos  seres 
mofletudos,  de  cabellera  riza  y  rubia,  de  aire  travieso, 
con  piel  más  suave  que  el  raso  de  Filipinas,  y  sin  pizca 
de  vello.  Y  cata,  que  al  ángel  caído  lo  que  más  le 
llamó  la  atención  en  la  fisonomía  de  los  hombres  fuó 
el  bigotete,  y  suspiró  por  tenerlo,  y  se  echó  a  com- 
prar menjurjes  y  comésticos  de  esos  que  venden  los 
charlatanes,  jurando  y  rejurando  que  hacen  nacer  pe- 
los hasta  en  la  palma  de  la  mano. 

El  Diablo  renegaba  del  afeminado  aspecto  de  su 
rostro  sin  bigote,  y  habría  ofrecido  el  oro  y  el  moro 
por  unos  mostachos  a  lo  Víctor  Manuel.  Y  aunque  sa- 
bía que  para  satisfacer  el  antojo  bastaríale  un  memo- 
rialito  bien  parlado,  pidiendo  esa  merced  a  Dios,  que 
€s  todo  generosidad  para  con  sus  criaturas,  por  pica- 
ras que  ellas  hayan  salido,  se  obstinó  en  no  arriar  ban- 
dera, diciéndose  inpéctore: 


CBRVANTB8  87 

— Pues  no  faltaba  más  sino  que  yo  me  rebajase 
hasta  pedirle  favor  a  mi  enemigo! 

— ¡Hola! — exclamó  el  Señor  que,  como  es  notorio, 
tiene  oido  tan  fino  que  percibe  hasta  el  vuelo  del  pen- 
samiento.— ¿Esas  tenemos?  ¿Envidiosillo  y  soberbio? 
Pues  tendrás  lo  que  mereces,  grandísimo  bellaco. 

Y  amaneció,  y  se  levantó  el  ángel  protervo,  luciendo 

bajo  las  narices  dos  gruesas  hebras  de  pelo,  a  manera 

de  dos  biboreznos.  Eran  la  Soberbia  y  la  Envidia. 
Aquí  fué  el  crujir  de  dientes  y  el  encabritarse. 

Apeló  a  tijeras  y  a  navaja  de  buen  filo,  y  allí  estaban, 

resistentes  a  dejarse  cortar,  el  par  de  pelos. 

—Para  esta  mezquindad,  mejor  estaba  con  mi  carita 
de  hembra,  decía  el  muy  zamarro,  y  retorciéndose  de 
rabia,  fué  a  consultarse  con  el  más  sabio  de  los  barbe- 
ros, que  era  nada  menos  que  el  que  afeita  e  inspira  en 
la  confección  de  leyes  a  un  amigo,  diputado  al  Con- 
greso. Pero  el  socarrón  barbero,  después  de  alambi- 
carlo mucho,  le  contestó: 

— Paciencia  e  non  gurruñate,  que  a  lo  que  vuesa 
merced  desea  no  alcanza  mi  saber. 

Al  día  siguiente  despertó  el  rebelde  con  un  pelito 
o  viborilla  más.  Era  la  Ira. 

— A  ahogar  penas  se  ha  dicho — pensó  el  desventu- 
rado. 

Y  sin  más,  encaminóse  a  una  cparranda»  de  lujo, 
de  esas  que  hacen  temblar  al  mundo  y  sus  alrededores, 
en  las  que  hay  abundancia  de  viandas  y  vinos  y  super- 
abundancia de  buenas  mozas,  de  aquellas  que  con 
una  sola  mirada  le  dicen  a  un  prójimo:  «Date  preso». 

¡Dios  de  Dios,  y  la  «mona»   que  se  arrimó  el  mal- 


88  CERVANTES 

dito!  Al  despertarse  se  miró  al  espejo,  y  se  halló  con 
dos  huéspedes  más  en  el  proyecto  de  bigote:  la  Gula 
y  la  Lujuria. 

Abotargado  por  los  comistrajos  y  licores  de  la  vis, 
pera,  y  extenuado  por  las  ofrendas  en  aras  de  la  Ve- 
nus pacotilllera,  se  pasó  Luzbel  ocho  dias  sin  moverse 
de  la  cama,  fumando  cigarrillos  «predilectos»  de  la 
fábrica  La  Morena,  y  contando  las  vigas  del  techo. 
Feliz  semana  para  la  humanidad,  porque  sin  diablo 
enredador  y  perverso,  estuvo  el  mundo  tranquilo  como 
un  balsa  de  aceite. 

Cuando  Luzbel  volvió  a  darse  a  luz,  le  había  brota- 
do otra  cerda:  la  Pereza. 

Y  durante  años  y  años  anduvo  el  Diablo  por  la 
tierra  luciendo  sólo  seis  pelos  en  el  bigoie,  hasta  que 
un  día,  por  males  de  sus  pecados,  se  le  ocurrió  aposen- 
tarse dentro  del  cuerpo  de  un  usurero,  y  cuando,  has- 
tiado de  picardías,  le  convino  cambiar  de  domicilio, 
lo  hizo  luciendo  un  pelo  más:  la  Avaricia. 

Tal  es  la  historia  tradicional  de  los  únicos  siete  pe- 
los que  forman  el  bigote  del  diablo,  historia  que  he 
leído  en  un  palimpsesto  contemporáneo  del  estornudo 
y  de  las  cosquillas. 

Ricardo  Palica 

£í  Peruano.) 


CBRVANTH18  89^ 


MODERNOS  POETAS 
MEXICANOS 


José  Juan  Tablada. 

Todo  el  encanto  de  una  voz  distante,  toda  la  su- 
gestión de  una  alma  viajera,  toda  la  atracción  secreta 
y  misteriosa  de  lo  exócico,  ha  tenido  siempre  para  mí 
la  poesía  exquisita  y  sutil,  el  arte  refinado  de  este  es- 
píritu inquieto,  ávido  y  proteico,  que  en  poemas  sun- 
tuosos de  sabia  y  brillante  urdimbre,  como  regios  ta- 
pices, nos  da  deslumbradoras  visiones  artísticas.  Y 
unas  veces  es  Florencia  divina  viviendo  en  el  encanto 
del  Decamerón:  campanilos  esbeltos  recortándose  en 
un  cielo  violeta;  surtidores  que  cantan  su  canción  de 
perlas;  pajes  rubios  pulsando  las  dulces  mandolinas; 
los  Médicis,  crueles  y  sabios;  las  damas  opulentas  de 
senos  turgentes  y  blancos,  como  gargantas  de  palo- 
mas... Y  otras,  una  visión  prerrafaelista:  la  ingenui- 
dad divina  y  luminosa  de  las  tablas  primitivas;  libros 
de  horas  miniados;  vidrieras  policromas  que  hacen  vi- 


90  CBRVANTB» 

TÍr  los  místicos  motivos  en  el  corazón  de  una  piedra 
preciosa;  hostias,  azucenas,  ascetas  febriles,  vírgenes 
irreales...  Y  otras,  el  Japón  suntuoso  y  milenario:  el 
espejismo  ilusorio  de  un  sueño  de  opio,  en  el  que  se 
confunden  pagodas  y  volcanes,  gheisas  y  crisante- 
mos, dragones  y  lotos  en  un  paisaje  de  laca,  no  por 
extraño  menos  real;  pues  este  poeta  ha  vivido  en  el 
Imperio  del  Sol  naciente,  y  es  un  niponófilo  sincero, 
hasta  el  punto  de  exclamar  en  una  estrofa: 

1  ¡Japón!  Tus  ritos  me  han  exaltado 
y  amo  ferviente  tus  glorias  todas; 
¡yo  soy  él  siervo  de  tu  míkadol 
¡yo  soy  el  honzo  de  tus  pagodas!.., •» 

Otras  veces,  se  siente  yankee,  y  canta  el  poema  de 
la  máquina,  la  fuerza  de  la  dinamo,  la  potencia  del 
motor,  el  poder  del  dóllar,  la  audacia  del  rasca-cielos 
y  el  encanto  frío  e  impenetrable  de  las  miss,  aunque, 
en  un  momento  de  sinceridad,  exclame  en  unos  ver- 
sos, como  todos  los  suyos,  cincelados: 

*  ¡Mujeres  que  pasáis  por  la  Quinta  Avenida^ 
tan  cerca  de  mis  ojos,  tan  lejos  de  mi  vida!...* 

El  vivir  de  este  hombre  cosmopolita  e  inquieto 
está  tan  acorde  con  el  espíritu  vario  y  multiforme  de 
su  poesía  y  de  su  total  labor  literaria  que,  previamen- 
te, ha  vivido  sus  poemas,  en  los  países  lejanos  y  exó- 
ticos que  ha  recorrido,  en  su  ya  largo  peregrinar, 
siendo  unas   veces,   diplomático;  otras,    comerciante; 


CERVANTES  91 

otras,  simple  turista,  en  el  desdoblamiento  de  una  per- 
sonalidad múltiple,  de  incansable  actividad,  en  la  que 
triunfa  y  predomina  siempre  el  poeta  y  el  artista,  cu- 
yos poemas,  crónicas,  artículos  y  dramas  constituyen, 
por  haber  sido  vividos  por  un  privilegiado  tempera- 
mento, estéticas  síntesis  de  objetivismo  y  subjetivis- 
mo, como  si  los  paisajes  fueran  todo  alma,  como  si  su 
alma  fuera  todo  paisaje... 

José  Juan  Tablada  nació  en  la  ciudad  de  México, 
en  1871;  y,  como  queda  dicho,  ha  viajado  incansable- 
mente, y  además  de  poeta  y  escritor,  ha  desempeña- 
do, siempre  con  gallardía,  otros  papeles  en  la  comedia 
humana,  pisando,  ora  con  el  alto  coturno,  ora  con  el 
aapato  hebillado  del  diplomático,  ora  con  las  burgue- 
sas botas  del  comerciante,  ora  con  las  sandalias  pol- 
vorientas del  peregrino,  los  más  lejanos  y  sugestivos 
escenarios.  Ahora,  según  hemos  sabido,  parece  que 
vuelve  a  la  diplomacia,  habiendo  sido  designado  por 
su  Gobierno,  como  Primer  Secretario  de  la  Legación 
de  los  Estados  Unidos  Mexicanos  ante  las  Repúblicas 
que  constituyeron  la  Gran  Colombia  de  Bolívar, 
con  residencia,  como  Encargado  de  Negocios,  en 
la  capital  del  Ecuador.  Desearíamos  ver  confir- 
mada la  noticia,  y  que  en  breve  realizara  Tablada 
su  viaje  a  la  ciudad  del  Pichincha.  Allí,  en  ese 
maravilloso  país  del  Ecuador,  encontraría  el  poeta 
altos  motivos  de  inspiración  para  sus  poemas:  la  lu- 
guriaute  selva  tropical,  lujosa  y  perfumada,  policroma 
y  lírica;  los  Andes  estupendos,  de  diamantinas  cúpu- 
las tocando  el  firmamento,  en  una  sublime  concate- 
nación de  gigantes  milenarios,  presididos  por  el  Chim- 


92  CERVANTES 

borazo  eterno;  los  páramos  infinitos  por  los  que  vaga 
doliente  y  esquiva,  o  permanece  en  actitudes  de  bron- 
ce, la  figura  del  indio,  el  triste  proscrito  de  la  civili- 
zación, esclavo  de  una  gleba  aún  más  injusta  que  la 
del  Medioevo;  las  ciudades  dormidas  en  los  valles 
idilicos,  al  pie  de  los  montes  vigilantes;  y  luego,  la 
capital,  la  noble  y  egregia  ciudad  de  Quito,  enclava- 
da, como  un  nido  de  águilas,  en  las  cumbre8|mismas 
de  un  volcán;  urbe  legendaria  y  sugerente,  cual  pocas 
en  América,  poblada  de  bellos  monumentos  de  la  fe 
y  del  arte  de  una  raza  mística  y  conquistadora;  en 
donde  abundan  los  parajes  deliciosos,  los  rincones  de 
ensoñación,  las  casonas  coloniales,  los  templos  fas- 
tuosos coronados  de  cúpulas,  de  campanarios,  de  mi- 
naretes, de  agujas  que  se  elevan,  como  plegarias... 
Tierra  esplendente  y  ubérrima,  que  está,  como  la 
virgen  de  la  parábola,  o  como  la  blonda  princesa  de 
Rubén,  esperando  al  poeta  ignoto  que  la  ame  y  que 
la  cante... 

Frente  a  Tablada  nos  encontramos  ante  un  poeta,' 
en  realidad,  considerable,  que,  de  no  haber  nacido  en 
México,  país  de  tan  grandes  poetas,  brillaría  como 
astro  de  primera  magnitud  en  la  lírica  constelación 
de  cualquier  otro  país  americano  de  nuestra  lengua, 
porque  el  que  puede  figurar  después  de  Urbina,  de 
Ñervo,  de  Díaz  Mirón,  de  González  Martínez,  bien 
puede  ser  un  sol  lírico  de  cualquier  otro  cielo.  Oiga- 
mos lo  que  de  este  pintor  colorista  y  sutil,  orfebre  de 
la  palabra,  dice  ürbina,  el  viejo  y  amado  maestro  de 
todos: 

«Después  de  Rubén  Darío  y  Manuel  Gutiérrez  Ná- 


CERVANTES  98 

jera,  ha  sido  José  Juan  Tablada  el  propagandista 
más  avanzado  de  la  estética  francesa.  Este  literato  es 
japonófilo  por  inclinación;  se  sintió  desde  el  principio 
de  su  carrera,  hermano  menor  de  los  Gtoncourt,  y 
ellos  le  llenaron  de  amor  por  las  crisantemas  y  de 
veneración  por  las  flores  de  lis.  De  sus  autores  favo- 
ritos, de  sus  estudios  y  de  sus  lecturas,  no  ha  tomado 
sino  aquello  que  convenía  a  su  temperamento  y  a  la 
segura  formación  de  su  personalidad.  Claro  es  que  en 
la  poesía  de  Tablada  se  siente  la  caricia  de  Baude- 
laire;  se  oye  la  voz  unciosa  de  Verlaine;  se  ven  pasar 
las  sombras  de  los  Poetas  Malditos;  pero  el  cantor  de 
Florilegio  hace  creaciones  de  sus  reminiscencias,  y  en 
todas  partes  halla  su  sinceridad  y  su  estilo.  Tablada 
es  un  espléndido  colorista,  y  así  en  sus  miniaturas 
como  en  sus  lienzos  decorativos,  tiene  toques  de  luz 
y  matices  de  un  vigor  extraordinario.  Lo  que  en  Ta- 
blada parece  artificial,  no  es  otra  cosa  que  el  hallazgo 
de  alguna  forma  que  la  multitud  no  trasegó  y  que  el 
artista  aprovechó  con  la  intuición  maravillosa  de  su 
temperamento.» 

Hasta  el  presente,  las  obras  de  José  Juan  Tablada, 
de  que  tenemos  noticia,  son  las  siguientes; 

Florilegio^  versos. — Sonetos  de  la  hiedra,  Poemas 
Exóticos  y  Poemas  Platerescos,  Musa  Japónica,  Dedica- 
torias, Hostias  Negras,  versos. — Tiros  al  Blanco,  ar- 
tículos.— Madero- Chantecler,  drama  en  verso. — Histo- 
ria de  la  Campaña  de  la  División  del  Norte. — Hiro- 
sigué,  el  pintor  de  la  nieve  y  de  la  lluvia,  de  la  noche 
y  de  la  luna, — Crónicas  de  París. — La  Nao  de  China, 
novela. — La  Embrujadora,  novela. — Dioses  y  Demo- 


94  CBRVANTBS 

nios  del  Japón. — Diario  de  un  Artista. — Estampas  de 
Viejos. — El  poema  de  Okusai. — El  Bestiario  Piadoso, 
versos. — Schej'ezada  y  la  Luna. — Monografías  japo- 
nesas, Aztecas  y  japoneses.  La  ceremonia  del  the,  La 
fiesta  del  incienso,  El  arte  floral. 

Y  con  ser  bastante  lo  mencionado,  aún  es  más, 
mucho  más,  lo  que  se  puede  esperar  de  su  talento 
ágil,  de  su  numen  creador. 

César  E.  Abboto, 


OBRVANTBS  95>^ 


ARTES  PLÁSTICAS 


V  Salón  de  Humoristas. 

Quizá  en  este,  más  que  en  años  anteriores,  se  ha 
puesto  de  manifiesto  la  incongruencia  existente  entre 
el  titulo  y  el  significado  de  esta  Exposición.  Con  un 
buen  deseo  que  sólo  aplausos  puede  merecer,  y  un  en- 
tusiasmo que  sólo  admiración  puede  despertar,  el  ilus- 
tre critico  José  Francés  ha  emprendido  una  empresa 
de  gran  trascendencia  para  el  arte  nacional,  sólo  que, 
por  cierto  apego  a  un  vocablo  de  muy  equivoca  tras- 
plantación, ha  dado  margen  a  que  las  cornejas  graz- 
nen más  de  lo  conveniente.  Prurito  muy  español,  es 
criticarlo  todo  por  el  solo  placer  de  no  mostrarse  con- 
forme con  nada,  y  parece  extraño  que  el  admirable 
autor  de  «La  Guarida»  no  haya  tenido  presente  esto 
para  evitar  que  los  criticadores  a  outrance  tengan  un 
punto  donde  hacerse  firmes.  No  basta  con  que  en  Pa- 
rís los  Salones  de  Humoristas  no  tengan  otro  signifi- 
cado distinto  a  los  que  organiza  José  Francés;  el  hecho 
no  serviría  más  que  de  excusa  o  disculpa;  nunca  de 
justificación.  Seguramente,  allí  el  público  no  se  detie- 


96  CHRVANTB8 

ue  ante  títulos  más  o  menos  congruos,  y  se  limita  a 
contemplar  la  obra  que  le  ofrecen.  Aquí,  más  exigen- 
.  tes,  somos  terribles  Maeses  Reparos,  que  en  todo  bus- 
camos la  perfección  absoluta.  Por  eso,  al  titular  Fran- 
cés de  Humoristas  estos  Salones,  el  primer  cuidado  que 
todos  tuvimos,  fué  el  averiguar  hasta  qué  grado  se  aco- 
modaba la  denominación  con  las  obras  expuestas,  y  de 
este  examen  implacable  y  jacobino,  salió  la  verdad  in- 
concusa, de  que  los  humoristas  no  existían;  eran  una 
entelequia,  es  decir,  una  entidad  moral  fuera  del  mun- 
do sensible,  o  una  logomaquia.  ¿Por  qué,  pues,  la  de- 
nominación? Año  tras  año  se  ha  ido  patentizando  el  di- 
vorcio existente  entre  el  título  y  las  obras,  hasta  el  pun- 
to de  que  con  este  motivo  muchos  hemos  llegado  a  pre- 
guntarnos seriamente  si  existen  en  España  los  dibujan- 
tes humoristas. 

Por  lo  que  a  mí  se  refiere,  desde  luego  creo  que  esa 
palabra  no  se  acomoda  a  la  idiosincracia  nacional.  El 
humorismo  expresa  una  modalidad  especial  del  carác- 
ter, consistente  en  la  predisposición  a  la  burla  aristo- 
crática, y  a  la  hiriente  ironía  con  apariencias  de  infan- 
tilidad.  Teniendo  tal  concepto  del  humorismo,  es  na- 
tural que  no  encontremos  forma  de  aplicarlo  a  los  di- 
bujantes españoles.  Estos  hacen  caricatura,  pero  no 
hacen  humorismo,  y  es  tan  notoria  la  diferencia  que 
existe  entre  ambos  vocablos,  que  no  cabe  confundirlos. 
La  caricatura  tiene  su  campo  de  acción  independiente 
en  absoluto  del  humorismo,  y  se  puede  crear  humoris» 
mo  sin  caer  en  los  dominios  de  la  caricatura,  de  la  cari- 
catura tal  y  como  la  entienden  la  mayor  parte  de  nues- 
tros dibujantes,  es  decir,  la  monstruosa  deformación 


CERVANTES  97 

de  las  figuras,  subrayada  por  una  leyenda  puesta  al 
pie  del  dibujo.  Esta  caricatura  no  puede  servir  más 
que  para  los  periódicos,  pero  nunca  para  ser  asunto 
de  un  cuadro  que  pueda  colocarse  como  elemento  de- 
corativo en  cualquier  habitación.  Esta  es  la  causa  de 
que  los  humoristas  que  concurren  a  estos  Salones  vean 
transcurrir  los  años,  salvo  contadísimas  excepciones, 
sin  que  un  alma  piadosa  se  acerque  comprar  sus  obras. 
Y  es  que,  además  de  lo  ya  manifestado,  son  por  lo  re- 
gular, de  una  grosería  y  de  una  vulgaridad  inacepta- 
bles. 

Sin  embargo,  ¿se  puede  afirmar  de  un  modo  cate- 
górico que  en  España  no  existen  humoristas?  No  lo 
creo.  Lo  que  ocurre  es  que  a  nuestros  artistas  les  falta 
educación  y  ambiente  y  no  logran  depurar  su  tempe- 
ramento ni  hallan  medio  de  desarrollarse  de  un  modo 
propicio.  Es  pecar  de  ligereza  creer  que  por  autoimpo- 
sición  o  por  el  poder  sugestivo  que  puedan  contener 
ciertas  prédicas,  se  produzca  el  humorismo.  Nada  de 
eso.  El  humorismo  es  hijo  del  temperamento  y  del 
ambiente  social.  Lo  que  hay  que  hacer  es  no  confun- 
dirlo con  la  sátira,  como  han  hecho  algunos. 

No  participo  de  la  opinión  varias  veces  expuesta 
por  mi  admirado  amigo  José  Francés  sobre  que  el  hu- 
morismo sea  tea  incendiaria  y  piqueta  demoledora, 
dándole  a  la  palabra  una  extensión  expresiva  de  que 
carece.  Precisamente,  por  significar  algo  determinado 
y  concreto,  imposible  de  toda  amplificación,  es  por  lo 
que  no  se  puede  adoptar  como  genérico,  como  deno- 
minador común  de  otras  ramas  que  ningún  nexo  espi- 
ritual ni  formal  tienen  con  él.  En  rigor  de  verdad,  un 

7 


98  CERTANTES 

significado  mucho  más  extenso  y  amplio  tiene  la  pa- 
labra caricatura  que  la  palabra  Tiumorismo,  y  me  pa- 
rece tan  clara,  tan  transparente  la  efectividad  de  di- 
cha amplitud,  que  es  advertible  a  simple  oído. 

Lo  chocante  de  todo  esto  es  que  desde  la  primera 
vez  que  se  celebró  el  Salón  de  Humoristas  en  1915, 
todos  andamos  dándole  vueltas  al  vocablo  y  negando 
sistemáticamente  la  existencia  de  tales  humoristas, 
sin  que  hasta  ahora  a  nadie  se  le  haya  ocurrido  fijar 
los  términos  de  una  vez  y  para  siempre,  con  el  fin  de 
evitar  equívocos  y  deshacer  confusiones.  Y  yo  en- 
tiendo que  este  es  el  primer  cuidado  que  debimos  te- 
ner para  aportar  al  mejor  éxito  de  la  feliz  iniciativa 
del  organizador  la  cooperación  indispensable,  en  vez 
de  colocarnos  frente  a  ella  como  enemigos  que  se 
complacen  en  esterilizar  los  esfuerzos  ajenos.  Claro 
que  nada  se  ha  conseguido  con  esa  estúpida  e  insen- 
sata actitud,  porque  como  esa  iniciativa  respondía  a 
una  necesidad  y  venia  a  reparar  un  olvido,  ha  arrai- 
gado a  pesar  de  los  detractores  y  empieza  a  frutecer 
de  un  modo  espléndido,  abriendo  a  la  juventud  cami- 
nos nuevos,  creando  corrientes  artísticas  desconocidas 
en  España  y  educando  a  una  generación  que,  o  mucho 
nos  engañamos,  o  de  ella  habremos  de  enorgulle- 
cemos. 

Y  esta  labor  que  José  Francés  ha  realizado  sin 
ayuda  de  nadie,  sólo,  incansable  y  entusiasta,  es  la 
que  siempre  se  recordará  como  ofrenda  de  gratitud 
al  hombre  admirable. 


*  *  * 


CERVANTB8  G9 

Si  estas  Exposiciones,  a  pesar  de  llamarse  de  humo- 
ristas, no  han  significado  el  florecimiento  del  humo- 
rismo, en  cambio  han  servido  para  desarrollar  otra 
modalidad  artistica  mucho  más  trascendental  y  de  in- 
númeras aplicaciones;  es  esta  la  que  pudiéramos  lla- 
mar de  la  estampa  y  de  la  ilustración.  Es  innegable 
que  esta  modalidad  ha  revolucionado  las  mansas  co- 
rriente?  artísticas  de  nuestro  país,  transformando  por 
completo  las  orientaciones  editoriales  de  publicacio- 
nes y  revistas.  No  hay  más  que  volver  atrás  cinco  o 
seis  años  la  mirada  y  fijarse  luego  en  lo  que  ocurre 
hoy  ea  día.  ¡Qaó  diferencia  tan  enorme!  ¡Qué  progre- 
sos tan  insospechados!  Viendo  aquellos  dibujantes 
torpes,  lerdos,  ñoños  e  insulsos,  ¿cómo  pensar  en  que 
llegaríamos  a  poseer  estos  otros  actuales  hábiles,  ex- 
pertos, maestros  en  elegancias  y  poseedores  de  un 
gusto  exquisito? 

Por  perseguir  José  Francés  la  dignificación  de  la 
caricatura  española  y  el  arraigo  del  humorismo,  se  ha 
encontrado  con  que  ha  sido  el  propulsor  de  un  movi- 
miento redentor  y  generoso  que  de  vez  en  vez  va 
conquistando  mayor  número  de  admiradores. 

El  arta  de  la  estampa,  desconocido  entre  nosotros 
cuando  imperaba  en  el  mundo  entero,  ha  sido  una  re- 
velación para  los  artistas  y  para  el  público.  Para  los 
artistas  porque  les  ha  dado  la  posibilidad  de  entregar- 
se a  una  labor  fácilmente  remuneradora  en  la  que 
hasta  incluso  pueden  hallar  las  satisfacciones  de  la 
vanidad  que  apetezcan,  y  para  el  público,  porque  en- 
cuentra el  modo  de  poseer  obras  de  arte  con  desem- 
bolsos que  no  son  onerosos  y  están  al  alcance  de 


/ 


100  CERVANTES 

cnalquier  fortuna,  por  modesta  que  sea.  Y  es  tan 
bello,  tan  exquisito  este  arte  de  la  estampa,  que  no 
dudamos  ha  de  obtener  una  aceptación  cada  vez  más 
creciente. 

La  crítica  ha  advertido  siempre  un  hecho  que  al 
principio  nada  tenia  de  extraño,  pero  que  ya  es  hora 
de  ir  combatiéndolo  enérgicamente  para  conseguir  un 
pronto  remedio  que  impida  se  agosten  en  flor  las  gran- 
des esperanzas  que  los  mencionados  artistas  nos  hacen 
concebir:  la  excesiva  influencia  extranjera,  tan  excesi- 
va que  en  muchas  ocasiones  deja  de  ser  influencia 
para  convertirse  en  imitación  servil.  Sin  gran  esfuer- 
zo podríamos  ir  citando  los  modelos  escogidos  e  imi- 
tados Kichner,  Dulac,  Rackham,  Brangwyn,  Gosó, 
Nast.,. 

Dijimos  que  al  principio  nada  tenía  de  extraño  y 
es  natural.  Como  se  ha  dicho  y  repetido  hasta  la  sa- 
ciedad, no  hay  ningún  arte  privativo  de  ningún  país 
y  sin  el  intercambio  de  influencias  jamás  se  hubiese 
formado  ningún  gran  artista.  La  cultura  y  el  cons- 
tante estudio  son  los  que  moldean  el  espíritu  y  la  in- 
teligencia de  los  hombres;  la  personalidad  está  for- 
mada por  las  huellas  que  en  el  alma  y  en  el  cerebro 
dejaron  otras  personalidades  más  poderosas.  Si  esto 
es  así,  ¿cómo  extrañarnos  de  que  al  trasplantar  a 
nuestro  país  un  arte  nuevo,  los  artistas  fijasen  sus 
ojos  en  los  cultivadores  originarios?  Tenían  que  ad- 
quirir su  técnica,  recoger  sus  enseñanzas  y  seguir 
sus  orientaciones,  sin  discutirlas  ni  enmendarlas, 
puesto  que  eran  neófitos.  Pero  todo  tiene  un  limite,  y 
el  deseo  de  todo  hombre  que  se  estime  en  algo  es 


CERVANTES  101 

obrar  por  su  propia  cuenta  sin  ajustarse  a  patrones 
establecidos  ni  a  mandatos  extemporáneos;  lo  que 
persigue  es,  adquirida  la  experiencia  necesaria,  seguir 
las  inspiraciones  de  su  inteligencia  y  las  instigacio- 
nes de  su  sentimiento. 

Pues  en  lo  que  se  refiere  a  los  estampistas  e  ilus- 
tradores, pasado  el  periodo  de  formación,  ha  llegado 
la  hora  de  que  piensen  menos  en  los  modelos  que  las 
revistas  extranjeras  les  ofrecen  y  dediquen  sus  esfuer- 
zos a  explorar  las  zonas  del  numen  propio.  Creo  yo 
que  cuentan  con  los  suficientes  elementos  para  aspi- 
pirar  a  hablarnos  con  su  voz  y  expresarnos  sus  ideas, 
porque  en  caso  contrario  no  nos  sirven  de  nada;  des- 
preciamos a  los  falsificadores.  Pero  sería  injusto  no 
reconocer  en  la  mayoría  de  ellos  una  noble  ambición 
de  independencia  y  originalidad,  ambición  que  le  dis- 
culpa de  ciertas  tributaciones  a  los  maestros  exóticos. 


4>  «  * 


Otra  manifestación  artística  ha  progresado  al  par 
de  la  estampa  y  la  ilustración:  los  muñecos.  Deriva- 
ción de  la  vieja  caricatura,  estos  muñecos  vienen  a 
renovarla,  y  con  la  novedad  que  entrañan  han  reco- 
gido la  gracia  que  a  aquélla  le  falta,  y  hasta  algunas 
veces  llegan  a  entrar  en  los  dominios  del  humorismo, 
poco  frecuentado,  como  hemos  podido  apreciar,  por 
nuestros  caricaturistas,  más  afectos  a  las  grotesqueces 
que  al  feliz  comentario  gráfico. 

Lo  que  está  fuera  de  toda  duda  es  que  José  Fran- 
cés ha  logrado  con  estas  Exposiciones  llevar  el  arte 


102  CERVANTES 

del  dibujo  a  ua  perfeccionamiento  increíble,  si  nos 
atenemos  a  los  escasos  antecedentes  que  de  buenos 
dibujantes  españoles  existen,  arte  dificilísimo  que 
hasta  ahora  hemos  mirado  con  un  desdén  olímpico, 
por  lo  mismo  que  ignorábamos  sus  grandes  propieda- 
des y  aplicaciones. 


^  *  * 


El  V  Salón  de  Humoristas — haciendo  caso  omiso 
de  la  denominación,  por  no  considerarla  definidora 
del  carácter  de  las  obras  expuestas,  sino  solamente 
como  un  pretexto  para  mostrar  juntos  a  unos  cuantos 
admirables  artistas  portadores  de  un  arte  nuevo  en 
España — ha  sido  el  mejor  de  los  hasta  ahora  celebra- 
dos. Han  concurrido  125  artistas  con  un  total  de  320 
obras,  de  las  cuales  una  gran  mayoría  era  digna  de 
la  exhibición,  cosa  que  no  se  puede  decir  de  las  obras 
de  anteriores  Exposiciones,  donde  la  benevolencia 
pecó  de  exagerada. 

Para  los  caricaturistas  ha  sido  un  verdadero  fraca- 
so, pues  quedaron  sumidos  en  la  oscuridad  más  com- 
pleta. A.parte  de  ser  sus  obras  las  menos  interesantes, 
su  número  era  bastante  reducido.  En  cambio,  a  quie- 
nes corresponde  este  año  el  éxito  pleno  y  rotundo  es 
a  los  muñequistas,  los  cuales  han  llegado  a  un  domi- 
nio tal  en  la  construcción,  que  hacen  confiar  en  un 
inmediato  esplendor  de  esa  deliciosa  manufactura. 

Causaron  el  regocijo  y  la  admiración  del  público 
los    muñecos  presentados   por   Salvador   Bartolozzi, 


(JBRVANTES 


103 


María  Gt.  Sierra,  Pilar  Rubio  y  Ángel  de  Diego  Fer- 
nández. 

También  se  presentaron  algunas  esculturas  carica- 
turescas, y  merecen  mencionarse  la  titulada  «El  Reli- 
cario», de  Benito  Bartolozzi,  j  las  dos  firmadas  por 
J.  Moran. 

Federico  Ribas,  el  Kirchner  español,  se  presentaba 
como  humorista  y  daba  con  sus  cuadros  titulados  «El 
Manequín»  y  «El  Remolcador»  una  lección  de  humo- 
rismo que  tal  vez  sirva  a  los  demás  dibujantes,  mejor 
que  cuanto  se  les  pudiera  decir,  para  orientarse  acer- 
ca del  significado  de  esa  palabra  inglesa  tan  ajetreada 
de  poco  tiempo  a  esta  parte.  Sin  payasadas,  sin  dislo- 
caciones del  dibujo,  sin  tontolinadas  de  ningún  gé- 
nero, dichos  dibujos  no  necesitaban  «pies»  explicati- 
vos donde  se  encierre  el  chiste,  la  agudeza  o  la  inge- 
niosidad como  la  simiente  en  la  vaina,  para  que  la 
sonrisa  apareciese  en  los  labios  impulsada  por  una 
fuerte  complacencia. 

Les  acompañaban  los  cuadros  titulados  «Nit  d'al- 
baes»  (noche  de  ronda),  del  dibujante  valenciano 
Antonio  Vercher,  y  «¿Te  la  digo,  resalao?»,  de  Gui- 
llermo Diz  Flórez. 

Lo  demás,  con  diversa  fortuna,  era  la  eterna  cari- 
catura que  vemos  constantemente  en  la  prensa.  Se 
destacaban  los  nombres  de  «Tito»,  «D'hoy»  (con  su 
personal  dibujo  y  su  implacable  sátira),  «Karikato», 
«Kike»,  «Max»,  Gil  de  Vicario,  «Iñaki»  y  Almo- 
guera. 

En  la  caricatura  personal  ocupaba  el  primer  pues- 
to Fernando  G.  del  Fresno,  el  popular  dibujante  cu- 


104  CBJRVANTBS 

yas  obras   son   un  dechado   do  donosura  y   perspi- 
cacia. 

Le  seguían  «Sirio»,  muy  acertado  en  las  caricaturas 
del  dibujante  Ribas,  y  del  escritor  Hernández  Cata,  y 
Salvador  Robles,  que  debutaba  magníficamente  con 
las  caricaturas  de  los  hermanos  Pinazo  Martínez,  ad- 
mirables de  observación. 

Los  ilustradores  y  estampistas  son  los  que  presen- 
taban un  conjunto  más  homogéneo  y  estimable.  Eran 
los  más  numerosos  y  los  mejores,  aunque  este  año  hu- 
biesen desertado  algunos  nombres  valiosos,  ios  cuales 
han  sido  reemplazados  por  otros  nuevos  que  no  nos 
}iacen  lamentar  aquella  ausencia,  aquel  alejamiento 
incomprensible,  puesto  que  a  los  ausentes  es  a  quienes 
perjudica. 

Debemos  citar  en  primer  lugar  a  Manuel  Marti 
Alonso,  que  este  año  ha  dado  una  demostración  exac- 
ta de  su  valimiento,  con  sus  seis  cuadros  en  los  que 
retrata  a  Castilla  con  la  misma  fuerza  que  Zuloaga. 
«Castilla  la  dorada»,  «Resignación»,  «Remanso»,  «El 
alcalde»,  «Los  santeros»  y  «La  calle  real»,  llenos  de 
caiáccer  y  de  emoción,  dentro  de  la  especial  tenden- 
dia  decorativa,  acusan  un  temperamento  de  pintor  de 
positivas  cualidades. 

Entre  las  firmas  nuevas  se  destacaban  las  de  Anto- 
nio Vercher,  Juan  Mezquita^  Benjamín  Falencia,  Je- 
sús Dehesa  y  Alfonso  Trajano. 

El  primero  presentaba  un  óvalo  titulado   «Día  de 
fiesta»,  en  el  que  estaban  demasiado  impresas  las  hue 
lias  de  Rackham — parece  ser  que  ahora  es  Rackham 
el  modelo  predilecto  de  nuestros  artistas — y  un  cua- 


CKKVANTB8 


105 


drito  bastante  insubstancial,  inspirado,   sin  duda,  en 
el  estilo  de  Anglada  Camarasa. 

Mezquita  Almez  también  sufre  la  obsesión  del  an- 
gladismo  y  cuando  huye  de  ella  cae,  tal  vez  incons- 
cientemente, bajo  el  influjo  de  Néstor.  Sin  embargo, 
da  notas  muy  bellas  e  interesantes,  como  «Levanti- 
nas», «Valenciana»  y  «Verbena». 

Benjamín  Falencia  se  siente  atraído  hacia  los  es- 
plendores miliunanochescos  de  los  «Bailes  rusos»,  ya 
explotados  sobradamente,  y  hacia  el  simbolismo  pre- 
ciosista. Algunas  veces  alcanza  coloraciones  intensas 
y  finísimas  y  armonías  cromáticas  de  un  gran  sentido 
decorativo.  Nos  gustaron  «Reconocimiento»  y  «La^ 
muerte  de  Isabel». 

Jesús  Dehesa  revelaba  en  «El  jardín  de  la  Dogare- 
sa»  felices  disposiciones  para  este  singularísimo  arte 
de  la  estampa,  que  exige  una  exquisita  alquitaración 
técnica  y  espiritual. 

Lo  mismo  puede  decirse  de  Alfonso  Trajano,  cuyos 
dibujos,  a  la  manera  que  inició  en  España  Bujados  y 
siguieron  después  otros,  tienen  finas  transparencias  de 
esmalte  y  virtuosismos  de  miniaturista.  «Perdidas  en 
el  bosque»  y  «Hacia  el  castillo  de  las  aventuras»,  po- 
drían ser  ilustraciones  de  cuentos  infantiles  de 
hadas. 

Entre  los  nombres  ya  consagrados,  o  conocidos, 
descollaban  León  Astruc,  Ribas,  Bujados,  Ochoa,  Ló- 
pez Morelló,  Antonio  Merlo,  Antequera  Azpiri  y  José 
Loygorri,  en  todos  los  cuales  podía  evidenciarse  como 
un  deseo  de  superarse,  de  hallar  nuevas  rutas,  o  en- 
contrar nuevos  secretos  estéticos. 


106  CERVANTH3 

En  fin,  José  Francés  puede  estar  satisfecho  del 
éxito  creciente  que  cada  año  obtiene  su  Salón  de  Hu- 
moristas. 


Un  monumento  a  Joaquín  Dicenta. 


En  el  salón  de  cristal  del  Ayuntamiento  madrileño 
ha  estado  expuesto  un  proyecto  de  monumento  al  fa- 
moso escritor  Joaquín  Dicenta,  firmado  por  el  novel — 
no  conocemos  al  artista,  no  sabemos  si  es  joven  o 
viejo,  jamás  supimos  de  él  hasta  ahora — escultor  Ma- 
teo F.  Soto. 

Según  nos  cuentan,  un  grupo  de  amigos  y  admira- 
dores del  fallecido  dramaturgo  ha  ideado  erigir  ese 
monumento  por  suscripción  popular  en  el  Parque  del 
Oeste. 

Ante  este  anuncio,  en  nuestro  fuero  interno  se  han 
planteado  dos  cuestiones:  ¿merece  Joaquín  Dicenta 
un  monumento?,  y  si  lo  merece,  ¿ha  de  ser  el  que  ha 
ideado  el  Sr.  Soto? 

Ya  va  siendo  intolerable  esta  manía  de  levantar 
monumentos  a  troche  y  moche  y  sin  más  causa  que 
el  capricho  de  unos  cuantos  señores  que  se  erigen  en 
arbitros,  y  más  que  en  arbitros  en  soberanos  absolu- 
tos, haciendo  y  deshaciendo  a  su  antojo  cuanto  les 
venga  en  gana  sin  más  ley  que  el  egocentrismo  ni 
más  freno  que  la  petulancia. 


CBRVANTBS 


107 


Grande  fué  el  valor  del  autor  de  «Juan  José»  en 
la  literatura  española;  pero  ¿ese  valor  es  de  tal  mag- 
nitud que  ha  de  marcarse  en  la  memoria  de  las  gene- 
raciones venideras  por  medio  de  un  monumento  pre- 
gonero, llamativo  y  colosal? 

Los  monumentos  sólo  deben  consagrarse  a  aquellas 
figuras  excepcionales  que  realizaron  actos  insólitos 
eu  provecho  de  un  pueblo,  una  nación  o  una  raza. 
¿Está  Dicenta  en  ese  caso?  ¿Por  ventura  fué  Dicenta 
un  genio  de  nuestra  literatura  comparable  a  un  Cer- 
vantes o  a  uu  Shakespeare?  ¿Fué  al  menos  un  Víctor 
Hugo? 

Su  obra,  henchida  de  pasión,  de  arrebatos  y  fogo- 
sidades, aún  se  discute  entre  algunos,  pero  ya  casi  se 
va  olvidando.  El  pueblo  no  tiene  para  la  memoria  de 
su  autor  más  que  un  cariñoso,  un  férvido  recuerdo. 
Esta  es  la  verdad.  Y  como  es  asi,  no  somos  nosotros 
los  llamados  a  juzgar  si  su  memoria  merece  eternizar- 
se de  manera  tan  definitiva  y  grandiosa. 

Entre  los  escritores  contemporáneos  y  mejor  aún 
entre  los  españoles  todos  de  medio  siglo  a  esta  parte, 
sólo  existía  una  figura  colosal,  gigantesca,  fuera  de 
toda  duda  y  de  todo  recelo:  Graldós.  Por  mandato  uná- 
nime e  imperativo  de  la  opinión  nacional  se  le  procla- 
mó el  patriarca  de  las  Letras  españolas  y  recibía  el 
acatamiento  y  hasta  él  llegaba  la  devoción  de  todos, 
jóvenes  y  viejos.  Pero  es  que  Galdós  ha  realizado  una 
obra  enorme,  semejante  a  la  de  Balzac,  a  la  de  Víctor 
Hugo,  a  la  de  Tolstoi,  a  la  de  Dickens.  Y  a  ese  viejo 
glorioso  que  aún  vive,  tras  varios  homenajes  naciona- 
les, que  probaron  lo  arraigadamente  que  está  cimen- 


108  CERVANTES 

tada  su  fama,  se  le  ha  erigido  una  estatua  de  piedra, 
grandiosa  por  su  valor  artístico,  pero  modesta,  en  un 
apartado  y  escondido  rincón  del  boscaje  del  Retiro. 
Y  a  nadie  se  le  ocurrió  la  insensatez  de  construirle  un 
monumento,  porque  éstos  no  son  los  amigos  y  los  ad- 
miradores contemporáneos  de  las  grandes  figuras  lite- 
rarias los  que  los  erigen;  es  el  tiempo,  son  las  genera- 
ciones venideras,  que  sin  prejuicios  ni  precipitaciones 
aquilatan  los  méritos  y  conceden  las  defiuitivas  con- 
sagraciones. Tres  siglos  han  transcurrido  desde  que 
Cervantes  maravilló  al  mundo  con  su  Quijote  y  aún  no 
se  alza  en  España  ningún  monumento  que  conmemo- 
re hecho  tan  extraordinario. 

¿Por  qué,  pues,  esa  precipitación,  señores  amigos  y 
admiradores  del  llorado  Joaquín  Dicenta,  hombre 
generoso  y  batallador,  inteligencia  preclara,  corazón 
encendido  y  arrogante?  ¿No  parecerá  injusto  ese  mo- 
numento cuando  hay  tantas  insignes  personalidades 
que  no  lo  tienen? 

Pero,  en  fin,  dejando  aparte  esta  cuestión,  admita- 
mos de  hecho  que  Joaquín  Dicenta  era  un  hombre 
cumbre,  cuyo  paso  por  la  tierra  hay  que  perpetuarlo 
por  medio  de  mármoles,  piedras  y  bronces.  ¿Ha  acer- 
tado el  señor  Soto  a  realizar  esa  necesidad  patriótica? 
Veámoslo. 

Joaquín  Dicenta  fué  un  escritor  rebelde,  combativo, 
impetuoso,  tumultuoso.  Su  amor  iba  hacia  el  pueblo 
que  sufre  y  trabaja,  explotado  por  una  sociedad  oli- 
gárquica. Los  desgraciados,  las  víctimas  de  la  fatali- 
dad, los  lapidados  por  el  Destino  cruel,  fueron  los 
que  encendieron  en  su  pecho  la  hoguera  de  las  pro- 


CBliVANTES 


109 


testas  y  los  que  inspiraron  a  su  pluma  vibrantes  y 
conmovedoras  palabras. 

Al  señor  Soto  no  se  le  ha  ocurrido  otra  cosa  que 
colocar  la  estatua  sedente  del  aplaudido  dramaturgo 
en  el  centro  de  una  especie  de  pórtico  neoclásico,  al 
que  da  acceso  una  escalinata  y  que  tiene  en  el  friso 
unos  grupos  alegóricos.  Dicenta,  que  parece  metido 
en  una  hornacina,  está  envuelto  en  una  capa. 

Ese  ha  sido  el  proyecto  expuesto  y  que  quieren  al- 
zar en  la  Moncloa  unos  cuantos  amigos  que,  por  lo 
visto,  desconocen  la  psicología  y  la  representación  de 
quien  escribió  Los  hárharos. 

Del  trabajo  escultórico  nada  diremos,  porque  en 
una  maquet  sólo  se  puede  apreciar  la  idea,  el  concep- 
to; y  esa  idea,  ese  concepto,  además  de  no  ser  origi- 
nales, de  no  decirnos  nada  nuevo,  tampoco  nos  ha- 
blan una  palabra  del  escritor  conmemorado.  Existe 
un  evidente  y  disgregador  divorcio  entre  el  espíritu 
de  Dicenta  y  la  obra  monumental.  Ese  proyecto  po- 
dría servir  lo  mismo  para  Dicenta  que  para  cualquier 
otro,  no  hay  nexo,  no  hay  fusión  endosmósica,  y  si  no 
la  hay,  ¿para  qué  erigir  ese  monumento  a  Dicenta? 
¿Por  el  gusto  de  levantar  un  pórtico  neoclásico  y  de 
colocar  ante  él  una  figura  sentada  en  un  butacón  y 
envuelta  en  una.  pañosa  muy  siglo  xx? 

Y  yo  he  de  añadir,  por  otra  parte,  que  cuando  se 
pretendió  hacer  un  concurso  en  Santander  para  eri- 
gir un  monumento  a  Monéndez  y  Pelayo,  Yictorio 
Macho,  estudiando  a  fondo  la  personalidad  de  aquel 
magno  erudito,  presentó  un  proyecto  análogo  al  que 
ahora  ha  expuesto  el  Sr .  Soto,  claro  es  que  sin  ocu- 


lio  CERVANTES 

rrírsele  envolver  el  cuerpo  del  autor  de  la  Histona  de 
las  ideas  estéticas  en  España  con  una  capa  garbosa  y 
pinturera.  (Y  lo  que  estaba  bien  para  el  espíritu  clá- 
sico, sereno  y  discursivo  del  asombroso  escritor  mon- 
tañés, no  lo  está  para  la  tosquedad,  el  énfasis  decla- 
matorio y  el  arrebato  pasional  del  autor  de  El  señor 
feudal.) 

Ballestéeos  de  Mabtos 


CBRVANTBS 


111 


EL  TEATRO 


«Por  ser  con  todos  leal,  ser  para  todos  traidor» 


Benavente  ha  escenificado  un  ameno  discurso  his- 
tórico-patriótico,  que  contiene,  en  su  primer  acto,  un 
valor  ideológico  muy  considerable.  La  claridad  con 
que  el'  dramaturgo  hace  la  exposición  del  tema  consi- 
gue que  éste  adquiera  un  gran  relieve,  al  extremo  de 
hacernos  concebir  la  esperanza  de  encontrarnos  ante 
una  obra  de  verdadera  profundidad  y  de  gran  trans 
cendencia.  En  las  escenas  de  este  primer  acto,  la  frase 
expresa,  con  un  alto  valor  literario,  ideas  fundamen- 
tales de  absoluta  belleza.  La  acción,  sencillísima,  tie- 
ne, sin  embargo,  el  suficiente  interés.   Más  tarde,  el 
protagonista — Don  Hernán — continúa  su  apología  con 
más  débiles  acentos  y  advertimos  cierta  obscuridad 
en  el  personaje,  que  se  hace  por  completo  densa  en 
el  final  del  acto.  No  entendemos  los  sentimientos  de 
lealtad  y   traición  de  este  personaje  que,   por  otra 
parte,  está  desprovisto  de  temperamento  y  de  psico- 
logía, y  es  sólo  el  recitador  del  ameno   discurso.  El 


112  CERVANTES 

acto  adolece  de  languidez  por  la  excesiva  extensión 
en  sus  escenas.  Y  finaliza  la  obra  sin  llegar  en  sus  ac- 
tos segundo  y  tercero  a  la  altura  del  prometedor  acto 
primero,  con  una  nota  melodramática  que  apenas 
produce  el  efecto  escénico  apetecido. 

No  hemos  de  detenernos  en  analizar  el  aspecto  tea- 
tral de  la  nueva  obra  de  Benavente.  Tampoco  el  dra- 
ma que  en  elia  se  desarrolla  tiene  la  suficiente  suges- 
tión para  para  ser  considerado  como  una  producción 
de  este  género. 

Lo  importante  en  la  obra  del  ilustre  comediógrafo 
es  el  fervor  y  el  culto  a  la  idea  Patria  que  vibra  en 
sus  escenas  y  la  oportunidad  de  esta  nobilísima  exal- 
tación. 

♦  *  * 

Bridge,  comedia  en  tres  actos,  de  Hamilton  y  Berton, 
adaptada  a  la  escena  española  por  los  Sres.  Gutié- 
rrez Roig  y  Ríos. 

Bridge  es  obra  de  ironía  y  humorismo,  tan  perfec- 
tamente inglesa,  que  muchas  de  sus  sutilezas  cómicas 
pasaron  inadvertidas  para  nuestro  temperamento  la- 
tino, y  permanecieron  en  la  más  completa  obscuridad 
para  los  ilustrados  artistas  de  Eslava,  conocedores 
eruditos  del  teatro  extranjero.  Bridge  no  ha  encon- 
trado intérpretes  en  Madrid.  Sólo  Ernesto  Vilches 
hubiera  sido  capaz  de  comprender  el  írank  y  de  ha- 
cer comprender  a  sus  artistas  el  sentido  de  la  come- 
dia. En  esta — de  un  interés  escénico  extraordinario — 
todos  los  tipos  son  de  una  absoluta  realidad. 


CBRVANTKS  113 

La  adaptación  de  los  Sres.  Gutiérrez  Eoig  y  Rios, 
merece  un  elogio  sincero.  Han  conservado  el  espirita 
de  los  personajes  y  el  ambiente  de  un  modo  asom- 
broso. El  haber  dejado  en  el  diálogo  aquellas  frases 
del  acto  segundo  que  el  público  no  entendió,  es  una 
muestra  de  la  escrupulosidad  y  el  culto  literario  de 
los  arregladores. 


«Lo  que  no  se  tiene» . 

Sin  duda,  don  Antonio  Ramos  Martin  es  un  tempe- 
ramento cómico  de  quien  es  lógico  esperar  realidades 
artísticas  de  positivo  valor.  Concurren  en  este  come- 
diógrafo las  cualidades  esenciales  para  construir  mag- 
níficas obras  escénicas — como  lo  son  algunas  de  sus 
anteriores  producciones — en  las  que  se  exalten  los  va- 
lores del  verdadero  teatro  cómico  español. 

«Lo  que  no  se  tiene>  es  una  sencilla  comedia  en  la 
que  se  advierten  las  excelentes  dotes  de  su  autor: 
gracia,  observación,  espontaneidad  y  un  absoluto  do- 
minio de  la  técnica  teatral. 

Pero  «Lo  que  no  se  tiene»  llega  un  poco  retardada. 
El  asunto  y  los  efectos  escénicos  no  encierran  nove- 
dad alguna.  La  vida  moderna  ofrece  temas  varios, 
llenos  de  interés  y  de  sugestión,  dignos  de  ser  plan- 
teados y  desarrollados  por  escritores  de  las  condicio- 
nes del  autor  de  «Lo  que  no  se  tiene» . 

8 


114  CERVANTES 

En  esta  comedia  hay  tipos  en  directo  contacto  con 
el  natural. 


«La  vida  sigue> . 


«La  vida  sigue»,  drama  en  tres  actos  y  epilogo,  de 
don  Felipe  Sassone,  nos  parece  la  narración  de  un 
«Magazine»  primitivo,  propio  para  dar  salida  a  una 
producción  equivocada,  inconsistente  y  confusa.  La 
absoluta  falsedad  se  hace  patente  en  los  tres  actos  de 
la  obra,  inspirada  en  «Lefebre».  En  el  epilogo  encon- 
tramos analogías  espirituales  con  «Amants»,  de  Mau- 
,  rice  Donnay.  El  diálogo  es  de  una  constante  inoportu- 
nidad. Los  caracteres,  arbitrarios  y  obscuros. 

El  público,  que  ha  dispensado  siempre  una  justa 
acogida  al  señor  Sassone,  protestó  la  obra  con  toda 
corrección. 

Eduardo  Habo» 


' 


CKKVANTB8  115 


Carta  abierta  para  Don  José  Rosales  Méndez 


Mi  estimado  y  buen  amigo: 

He  leido  detenidamente  el  libro  «La  zarabanda  de 
las  pasiones»,  cuyo  estudio  me  recomendó  usted,  para 
que  después,  como  lector  aficionado  a  esta  clase  de 
obras,  le  manifestara  mi  opinión  sobre  el  valor  teatral 
de  la  citada;  y  aunque  por  mi  falta  de  preparación  y 
mis  pocos  estudios  sobre  esta  materia,  debiera  dársela 
particularmente,  me  atrevo  a  publicarla  no  por  vana- 
gloria, cosa  ajena  a  mi  carácter  e  impropia  ya  de  mis 
años,  sino  porque  espero  que  si  bien  usted  ha  de  estar 
conforme  con  mis  ideas  en  muchos  puntos,  no  ha  de 
faltar  seguramente  quien  piense  en  contrario  de  ellas 
y  las  refute,  con  lo  cual  se  lograría  despejar  algo  el 
obscuro  horizonte  de  nuestro  Teatro,  y  se  podría  orien- 
tar a  muchos,  que  desconociendo  la  importancia  de 
esta  rama  de  la  literatura,  verdadero  barómetro  de  la 
ilustración  de  los  pueblos,  entran  por  ella  y  hacen  sus 
obras  al  buen  tun,  tun,  confiando  en  que  unos  cuantos 
chistes  hilvanados  en  sus  diálogos  son  bastante  para 
levantar  a  los  públicos  de  sus  asientos,  entusiasmados, 
febriles,  y  para  cobrar  después  pingües  trimestres,  que 
los  invitan  a  elaborar  sus  obras  a  destajo. 

Mas  cuando  después  de  uno  de  estos  éxitos  leemos 
la  obra,  que  lo  produce,  nos  maravilla  la  pasmosa  ha- 


116  CERVANTES 

bilidad  de  los  actores,  que  con  su  dominio  de  este 
arte  raro,  salvan  a  veces  cosas  tan  imposibles,  que  el 
mismo   autor  se  maravilla  de  su  éxito. 

Sirva,  pues,  lo  dicho  de  preámbulo  y  vamos  al  asunto: 
la  obra  del  señor  López  de  Haro,  «La  zarabanda  de  las 
pasiones»,  no  es  drama  teatral,  como  se  titula,  ni  tam- 
poco es  poema;  es  un  engendro,  un  monstruo,  que 
sólo  y  precisamente  por  lo  que  de  esto  tiene,  llama  la 
atención,  y  si  alguna  vez  hubiera  de  representarse,  ten- 
dría que  salir  al  proscenio,  al  empezar  el  espectáculo, 
el  gracioso  de  la  compañía,  y  como  en  las  comedias  de 
Plauto  decir  al  respetable:  «Señoras  y  señores:  para, 
que  no  se  llamen  a  engaño  después  de  vista  la  obra, 
sepan:  que  su  acción  sucede  en  la  populosa  ciudad  de 
Neurastenia  el  año  veinte  mil  uno  post  belum  barbaro- 
rum  adversus  omnes  orbís  terrarum  popules  cultos... 
y  aun  así,  tomándolo  a  broma,  sería  muy  fácil  que  an- 
tes de  llegar  al  «pludite  cives»,  el  pateo  se  oyera  en 
los  antípodas. 

Vea  usted  las  razones. 

En  la  actualidad...  y  siempre,  para  que  una  obra 
sea  teatral,  ha  de  tener  ante  todo  espíritu,  que  es  el 
motivo  del  conflicto;  y  tres  condiciones  esenciales  a  su 
naturaleza...  ¿Física?  Sí,  física;  estas  condiciones  son: 
realidad,  enseñanza  y  comprensibilidad;  donde  no  haya 
todo  esto,  no  es  posible  que  haya  obra  teatral,  digna 
de  serlo. 

En  la  que  nos  ocupa  el  espíritu  que  informa  el  con- 
flicto es  nulo:  fijándonos  en  las  ideas  fundamentales 
de  su  trama,  se  ve  que  allí  el  amor  no  es  amor;  la  amis- 
tad no  es  amistad;  ni  el  odio  es  odio;  ni  la  venganza 


CERVANTES  117 

venganza;  en  las  figuras  lo  mismo:  el  padre  no  es 
padre;  ni  la  madre,  madre;  ni  la  hija  es  hija;  ni  el 
amante,  amante;  ni  el  amigo,  amigo;  ni  el  pobre  es 
pobre;  ni  el  peregrino,  peregrino;  y  siguiendo  el  orden 
descendente  de  las  ideas,  ni  los  animales  son  animales, 
ni  los  bosques  son  bosques,  ni  la  fuente  es  fuente,  ni 
las  piedra.s  piedras,  ni  aun  la  vivienda  es  vivienda: 
todo  está  disfigurado  y  fuera  de  la  realidad. 

Y  con  estos  materiales,  ¿qué  ha  de  ser  la  técnica? 

El  tecnicismo  teatral  consiste  en  que  el  interés  de 
los  espectadores  se  vaya  despertando  en  progresión 
creciente,  y  para  esto  es  preciso  que  el  espíritu  del 
conflicto  se  vislumbre  en  la  exposición,  se  perciba 
bien  en  el  nexo  y  se  manifieste  claro  y  esplendoroso 
momentos  antes  del  desenlace:  esto  no  puede  suceder 
en  «La  zarabanda  de  las  pasiones»,  porque  no  hay 
conflicto  verdadero;  no  nos  enseña  nada,  porque  nada 
es  real  y  la  comprensión  es  nula  para  la  generalidad 
de  los  que  sólo  se  iluminan  con  la  lámpara  del  sentido 
común,  y  aun  para  los  espíritus  más  refinados  y  selec- 
tos. 

El  asunto  de  toda  obra  teatral  ha  de  basarse  en  un 
imposible  moral  absoluto  o  accidental,  que  es  el  eje 
de  la  obra  sobre  el  que  gira  todo  el  argumento:  el  im- 
posible absoluto  da  origen  al  drama;  el  imposible  ac- 
cidental a  la  comedia.  Estudiemos  en  la  práctica  la 
función  de  estos  imposibles. 

Es  un  imposible  absoluto,  en  el  sentido  indicado, 
que  un  hijo  se  vengue  de  su  madre,  aun  cuando  la 
sombra  de  su  padre  le  pida  venganza;  por  esta  razón 
el  desenlace  del  «Hamlet»  es  lógico;  no  es  el  hijo  el 


113  CERVANTES 

que  se  venga,  sino  la  fatalidad,  toda  otra  solución  se- 
ría desastrosa  para  la  obra. 

El  anterior  es  un  hecho  imaginario;  vea  usted  ahora 
este  mismo  imposible  en  un  hecho  real. 

Un  hijo  duerme  tranquilamente  la  siesta  en  su  habi- 
tación lindera  a  la  de  sus  padres,  y  la  madre,  que  des- 
conoce la  presencia  de  su  hijo,  recibe  al  amante  y  con 
él  se  refocila  y  bromea  en  el  fementido  lecho;  el  mu- 
chacho se  apercibe  de  todo,  y  desesperado,  sale  silen- 
ciosamente de  la  casa,  llevándose  la  llave  del  piso. 

Hace  la  fatalidad  que  momentos  después  se  encuen- 
tre con  su  padre,  y  en  su  desesperación  le  entrega  la 
llave  y  un  cuchillo,  para  que  se  vengue,  como  efectiva- 
mente se  veuga,  matando  a  los  adúlteros. 

A  primera  vista  parece  que  es  el  hijo  el  que  se 
venga,  pero  a  poco  que  se  piense,  claro  se  ve  que  fué 
la  fatalidad,  pues  si  el  tiempo  le  hubiera  dado  lugar  a 
la  reflexión,  es  indudable  que  hubiera  obrado  de  otro 
modo  muy  diferente:  este  hecho  ha  sucedido  en  la 
ciudad  de  Málaga. 

Ambos  conflictos,  el  imaginario  y  el  real,  son  análo- 
gos, y  si  no  idénticos,  en  sus  fines  son  iguales:  en  el 
primero  pasa  el  tiempo  sin  que  el  hijo  se  decida,  hasta 
que  la  fatalidad  interviene. 

En  el  segundo  interviene  la  fatalidad  antes  de  que 
el  tiempo  dé  lugar  a  la  reflexión:  los  dos  son  humanos 
y  están  dentro  de  la  realidad,  sirven  de  enseñanza  y 
son  comprensibles:  por  esto  el  primero  es  drama  y  el 
segundo  puede  serlo. 

Invertidos  los  términos  del  conflicto,  es  imposible 
que  una  madre  mate  a  su  hijo,  pero   en  el  drama 


CERVANTES  119 

mayor  de  Ibsen  «Espectros»,  sucede  que  si  la  madre 
no  lo  mata,  i^dándole  el  veneno  que  el  hijo  guarda, 
ha  de  verlo  morir  rabiando  como  un  perro;  y  sin  em- 
bargo, la  madre  no  mata,  la  terrible  disyuntiva  se  des- 
hace como  debe  deshacerse. 

Estudiemos  otro  caso:  es  ridiculo  e  inmoral  que  un 
padre  se  enamore  de  su  hija,  aunque  en  vez  de  padre 
sea  padastro,  y  aun  cuando  los  amores  sean  platónicos, 
y  es  mucho  más  ridiculo  y  más  inmoral  que  la  hija  le 
corresponda  aunque  sea  en  igual  sentido:  este  imposi- 
ble de  la  obra  de  Benavente  también  se  resuelve  como 
debe  resolverse. 

¡Y  cuan  admirable  es  en  esta  obra  la  técnica  del 
maestro  español!  A  golpe  de  trompeta  percibe  el  pú- 
blico el  conflicto  del  drama,  cuando  llega  al  nexo: 


El  que  quiera  a  la  del  Soto 
tiene  pena  de  la  vida. 


Estudiemos  ahora  el  imposible  accidental  en  una 
obra  moderna:  El  rayo. 

Esta  obra  ha  podido  ser  un  modelo  de  comedia 
clásica  de  actualidad,  y  no  lo  es  por  el  desastroso  des- 
enlace que  tiene. 

En  ella,  el  imposible  accidental,  se  basa'en  «el  per- 
dón del  padre»,  cosa  que  parece  imposible,  conocida 
la  naturaleza  de  su  carácter;  el  hijo  lo  ha  desobede- 
cido y  además  se  ha  burlado  de  él  inicuamente;  ini. 


120  CERYANTBS 

cuamente  los  sucesos  han  llegado  al  extremo  donde 
se  hace  precisa  la  solución  lógica  que  debe  tener  el 
asunto:  que  un  autor  novel,  como  López  Núñez,  no 
encuentre  más  solución  que  la  descabellada  que  tie- 
ne, pase;  pero  que  un  maestro,  como  Muñoz  Seca,  no 
haya  visto  la  solución  lógica  del  enredo,  acredita  o  in- 
comprensión del  asunto  o  mala  fe. 

En  el  teatro,  la  acción  de  una  obra  termina  y  es 
definitiva  cuando  la  solución  del  asunto  es  lógica  y 
los  protagonistas  reciben  el  premio  o  el  castigo  que 
merecen  sus  actos;  pero  no  es  definitiva,  cuando  no 
tiene  esta  condición,  y  aquí  resulta  que  el  perdón  del 
padre  no  es,  no  puede  ser  definitivo,  porque  el  hecho 
que  lo  motiva  es  precisamente  la  mayor  de  las  burlas 
que  le  han  jugado. 

Este  hecho  queda  latente  en  el  espíritu  del  públi- 
co, que  enamorado  de  la  obra  por  lo  bien  que  la  téc- 
nica ha  combinado  los  accidentes  y  por  la  originali- 
dad y  gracia  de  los  chistes,  llega  deslumhrado  al  des- 
enlace y  lo  aplaude  cuando  en  rigor  no  debe  de  aplau- 
dirlo. 

Mas  después,  cuando  el  espíritu  ya  frío,  se  fija  en  el 
final  y  lo  estudia,  comprende  que  aquello  no  acaba 
como  lógicamente  debe  acabar,  y  en  su  mente  sigue 
la  obra,  que  no  ha  terminado,  porque  está  pendiente 
la  solución  del  conflicto,  toda  vez  que  el  perdón  otor- 
gado es  accidental,  por  haberse  basado  en  la  mayor 
y  más  grotesca  de  las  burlas,  con  lo  cual  se  falta  o  se 
falsea  una  de  las  condiciones  esenciales  a  la  obra  tea- 
tral, que  es  la  enseñanza:  los  padres  han  de  salir  dis- 
gustados con  esta  solución,  que  los  pone  eu  ridículo^ 


CERVANTES  121 

y  los  hijos,  si  aprenden  algo,  es  precisamente  lo  con- 
trario de  lo  que  deben  aprender. 
:    ¿Que  cuál  es  la  solución  lógica  de  El  Rayo? 

Lo  dicho  es  bastante  para  que  cualquiera  vea  cómo 
debe  ser  el  desenlace;  porque  en  esto  sucede  como  en 
las  matemáticas,  donde  se  dice  que  «La  circunferen- 
cia es  una  linea  curva  cerrada  y  plana,  cuyos  puntos 
equidistan  del  centro;  y  toda  otra  linea  que  no  reúna 
todas  estas  condiciones,  no  puede  ser  circunferencia» ; 
asi  toda  obra  teatral,  que  no  reúna  las  condiciones 
esenciales  a  su  naturaleza,  no  puede  considerarse 
como  obra  teatral,  aunque  tenga  en  su  abono  todos 
los  aplausos  de  los  públicos  más  ilustrados  y  exi- 
gentes. 

Para  terminar,  y  volviendo  a  «La  zarabanda  de  las 
pasiones»,  diré  a  usted  que  si  no  puede  ser  drama, 
tampoco  puede  ser  poema  dramático,  pues  la  diferen- 
cia de  estas  obras,  consiste  en  que  el  espíritu  del  dra- 
ma informa  un  algo  real  y  concreto,  y  en  el  poema 
este  algo,  es  simbólico  y  abstracto;  por  lo  demás  la 
naturaleza  de  ambos,  asi  como  las  reglas  de  arte  a  que 
se  sujetan,  son  idénticas. 

Quiero  también  advertir  a  usted  que  estoy  muy  lejos 
de  creer  que  no  se  puedan  presentar  conflictos  trata- 
bles de  un  orden  espiritualista  nuevo  y  diferente  de 
todo  lo  conocido,  y  ya  le  explicaré  algo  de  ello  para 
que  se  forme  una  idea. 

Por  último,  el  Sr.  López  de  Haro,  a  quien  -sólo  co- 
nozco por  la  lectura  de  algunas  de  sus  interesantes 
novelas,  no  ha  debido  editar  esta  obra,  teniendo  pre- 
sente lo  que  le  dice  en  su  discreta  y  bien  meditada. 


122 


CERVANTES 


carta  el  Sr.  Díaz  de  Mendoza,  y  acordándose  del  final 
de  la  fábula  de  El  Oso  y  la  Mona: 

Si  el  sabio  no  aprueba,  malo: 
Si  el  necio  aplaude,  peor. 


Un  Académico  en  ciernes. 


Madrid,  26  de  marzo  1919. 


CERVANTES  123 


LA  COMEDIA  PSÍQUICA 

ONOFROFFISMO 


El  trabajo  que  a  continuación  insertamos  del  ma- 
logrado liróforo  hispano-americano  Rubén  Darío, 
pertenece  al  libro  «Prosa  dispersa»,  próximo  a  pu- 
blicarse, tomo  XX  de  la  colección  de  «Obras  com- 
pletas» que  con  tanto  éxito  viene  publicando  la  im- 
portante Casa  editorial  <s.Mundo  Latino». 

«Señor  director  de  La  Nación:  Misterium  ha  con- 
versado conmigo  sobre  el  artículo  que  hoy  ha  pu- 
blicado en  estas  mismas  columnas  el  señor  Raoul 
Moríais.  Me  ha  dicho  asimismo  que  puedo  comu- 
nicar a  usted  su  respuesta. 

Misterium  ha  conocido  a  madame  Blavatsky  por 
las  propias  obras  de  ella,  por  la  biografía  que  escri- 
bió la  hermana,  y  por  los  apologistas  del  Lucifer^ 
sin  contar  con  el  ferviente  y  apasionado  libro  de 
Sinnet,  en  que  se  trata  de  la  renombrada  y  extraor- 
dinaria taumaturga. 

Pero  también  ha  leído — ¡ay,   desgraciadamente 


124  CERVANTES 

para  su  credulidad  de  poeta,  y  amigo  de  lo  supra- 
terreste! — los  escritos  de  algunos  señores  que  no 
son  teósofos  ni  poetas,  entre  los  cuales  señores 
Andew  Lang  y  Max  Müller. 

No  es  Misterium.,  por  cierto,  adorador  de  la  cien- 
cia; pero  protestando  y  todo,  a  pesar  de  la  sonada 
reciente  bancarrota,  se  deja  aplastar  por  el  carro 
de  Jagernant. 

Antes — y  ahora,  cuando  no  sale  del  recinto  de 
sus  sueños — creía  en  una  madame  Blavatsky  com- 
pletamente maga;  una  madame  Blavatsky  que 
conversaba  a  millones  de  leguas  con  sus  amigos  y 
maestros,  los  mahatmas  del  Tibet;  una  madame 
Blavatsky  que  hacia  materia — ,  y  la  más  preciosa: 
oro.  Imaginábasela  rodeada  de  sus  elementales, 
como  una  reina  de  cuento  azul  de  gnomos. 

Quiso  ser  teósofo,  y  se  dio  a  estudiar  libros  y 
revistas  especiales,  que  tenían  en  las  carátulas  ca- 
bezas de  Gistos  sobre  estrellas  enormes,  o  frases  en 
hebreo,  o  misteriosos  paragramas.  Pronunció  mu- 
chísimas veces  con  la  unción  de  un  digno  catecú- 
meno, la  sagrada  y  mágica  palabra  um;  y  tan  a  pe- 
chos tomó  la  lectura  de  autores  esotéricos,  que, 
poco  más,  y  le  sucede  lo  que  le  sucedió  al  reveren- 
do padre  Valdecebro. 

Cuando  más  vigorosamente  se  entusiasmaba  y 
juraba  por  el  coronel  Olcott,  bravísimo  profeta  de 
madame  Blavastky,  y  afianzaba  más  su  fe  al  cono- 
cer como  sabios  de  la  talla  de  Crookes,  presentaban 
a  Katy  King,  encantadora  difunta,  como  si  fuese 
una  señorita  viva;  y  como  la  sociedad  teosófica  au- 


CERVANTES  125 

mentaba  sus  numerosos  adeptos,  hindús,  ingleses, 
yankees,  franceses  y  españoles,  cayeron  en  sus 
manos  los  escritos  de  los  antiteosofistas. 

Mucho  tuvo  que  luchar  Misterium  para  no  dejar- 
se arrebatar  su  ilusión,  que  juzgaba  verdadero 
tesoro. 

Calificó  de  envidiosos  y  de  cobardes  a  los  que 
se  atrevían  a  llamar  vulgar  espía  político  a  la  Pa- 
pisa budhista,  y,  sobre  todo,  a  negarla  su  potencia 
maravillosa. 

Asistió  todavía  en  espíritu  al  baile  blanco  que 
dio  la  duquesa  de  Pomar  a  la  persona  astral  de  Ma- 
ría Estuardo,  y  se  refugió  en  su  ensueño  para  li- 
brarse de  los  mandatos  de  la  ciencia  oficial . 

Mas  hasta  allí  persiguéronle  los  horribles  hom- 
bres científicos,  los  cuales  fueron  los  primeros  en 
pronunciar  las  palabras  que  han  llamado  la  aten- 
ción del  Sr.  Moríais:  «Monstruoso  charlatanismo». 

El  Sr,  De  Moríais  debe  conocer  la  campaña  em- 
prendida contra  madame  Blaratsky  y  la  doctrina 
que  propagaba,  sobre  todo,  con  motivo  de  sus  mi- 
lagros y  manifestaciones  taumatúrgicas. 

Mucho  han  defendido  sus  discípulos  y  apósto- 
les, a  la  innegablemente  simpática  e  inteligentísi- 
ma rusa,  la  cual  obtuvo  su  maravillosa  ciencia  por 
don  especial,  pues  sin  haber  frecuentado  los  li- 
bros, sabía  tanto  como  muchos  sabios. 

Mas  sus  contrarios  no  cesan,  a  pesar  de  haber 
ella  muerto;  el  número  y  calidad  de  ellos,  sobre  to- 
do la  calidad,  son  abrumadores. 


120  UEUVANTKS 

¿Quiere  el  Sr.  De  Moríais  una  prueba  recientí- 
sima? 

Abra  el  último  número  llegado — número  de  fe- 
brero— de  la  North  American  Review^  y  lea  las 
páginas  escritas  por  Sedwidg  Minot  sobre  «La  co- 
media psíquica».  La  fuente  no  es,  por  cierto,  de 
escasa  o  sospechosa  autoridad. 

Se  ocupa  el  escritor  en  dinamitar  esos  dos  Pala- 
cios de  Las  mil  y  una  noches^  que  basados  en  una 
poética  ciencia — ¡cómo  se  entrechocan  esas  pala- 
bras!— son  consoladoras  y  amables  academias, 
para  el  alma  y  para  la  poesía:  la  Sociedad  Teosófica 
y  la  Sociedad  Psíquica. 

Sus  ideas  son  claras  y  fuertes,  y  sus  frases  sin 
penachos. 

¿Cuál  es  la  causa  de  los  recientes  entusiasmos 
hiperespirituales? 

Según  él,  está  en  nuestra  atmósfera  mental.  Al- 
gunas personas  están  satisfechascon  el  ideal  cris- 
tiano y  con  la  cristiana  aceptación  de  los  límites  de 
la  humana  vida. 

Su  objeto  es  demostrar  que  la  Theosophical  So- 
ciety,  no  merece  una  seria  consideración,  y  que 
la  Psichical  Society,  no  observa  las  necesarias 
condiciones  de  investigación  científica  en  sus  re- 
buscas sobre  transmisión  de  pensamiento — telepa- 
tía— y  fantasmas,  o  aparecidos. 

«Hay  un  buen  número  de  gentes  que  creen  en 
las  extraordinarias  doctrinas  conocidas  por  budhis- 
mo  exotérico,  hacia  el  cual  Mr.  Sinnet,  fué  el  pri- 
mero en  llamar  la  atención  del  público  lector».  El 


OBRVANTBS 


127 


poder  maravilloso  de  la  Papisa  está  descrito  y 
testificado  en  el  Occídt  Nord  de  Sinnet, 

Sedwidg  se  permite  calificar  irreverentemente 
ese  poder  de  «a  series  omagical  performance  by 
a  clever  woman  who  called  herself  madame  Bla- 
vastky!)  El  hecho  más  extraordinario,  fué  que  ha- 
biéndose roto  una  taza,  en  un  pic-nic,  al  que  con- 
curría dicha  señora,  ordenó  ésta  cavar  en  cierto 
punto  del  campo,  en  donde  fué  encontrada  otra 
taza  igual,  la  cual  fué  creada  por  ocultas  y  mágicas 
inñuencias, 

Sedwidg  pasa  muy  rápidamente  sobre  la  parte 
biográfica  de  la  fundadora  de  la  Sociedad  Teosóñ- 
ca:  su  origen  ruso,  su  nacimiento  en  1 831;  su  ca- 
rácter— ¿soportará  el  señor  de  Moríais?:  — she  ap- 
pears  to  have  been  a  singullary  ill-natured,  bad- 
tempered,  injust,  unreasonable,  and,  selfish  per- 
son».  Confesábase  ella  misma  dotada  de  sobrena- 
turales virtudes  y  potencias; — su  viaje,  por  fin,  a 
los  Estados  Unidos,  en  1873,  donde  escribió  su 
lesis  unveiled.  Alli  encontró  al  Coronel  Olcott — , 
«a  worthy  but  seemingly  credulons  gentleman» — 
que  fué  su  principal  ayudante  para  el  estableci- 
miento de  su  sociedad. 

Siendo  la  India  cuna  de  la  sabiduría  esotérica,  y 
en  donde  madame  Blavastky  fué  principalmente 
iniciada,  la  cabeza,  la  sede  teosófica,  se  trasladó  a 
la  India. 

Ya  establecida  allá,  «la  profetisa»  convirtió  a 
muchos,  entre  ellos,  quien  seria  más  tarde  uno  de 
sus  más  sonantes  trompeteros:  Sinnet.  Sinnet,  ini- 


128  CERVANTES 

ciado,  logró  también  la  comunicación  de  los  ma- 
hatmas.  Los  mahatmas  son  seres  extraños,  domina- 
dores de  las  fuerzas  ocultas  de  la  naturaleza.  Pue- 
den hacer  caer  fresca,  en  un  salón  de  Buenos  Ai- 
res, una  rosa  que  acaba  de  abrirse  en  París  o  en 
Calcuta.  Escriben  cartas  mágicamente,  conversan 
a  miles  de  leguas  de  distancia,  viven  cientos  de 
años,  tienen  ojos  misteriosos,  fascinadores  y  pro- 
fundos. Así  los  pintan. 

En  las  naciones  occidentales,  dice  Sedwig,  y 
especialmente  en  los  Estados  Unidos,  han  encon- 
trado buen  terreno  el  espiritismo,  la  clarovidencia, 
el  mesmerismo. 

Paul  Bourget  acaba  de  darnos  en  su  Ultramar  ex- 
celentes páginas  respecto  al  espiritualismo  yankee. 

Las  mujeres  americanas  están  más  expuestas  al 
contagio. 

La  superioridad  absoluta  de  las  ciencias  ocultas 
de  Oriente  sobre  la  ciencia  occidental — de  que  ha- 
bla uno  de  los  interlocutores  del  diáloogo  La  esfin- 
ge^ de  Misterium — ,  está  predicada  en  el  Esoteric 
Btidhism  de  Sinnet.  Esto  es  causa  de  que  en  las 
obras  teosóficas  haya  afirmaciones  que  contradi- 
cen abiertamente  la  ciencia  oficial.  Por  ejemplo, 
afírmase  que  antes,  en  tiempos  inmemoriables, 
existía  un  gran  Continente  en  el  lugar  que  hoy 
llena  el  Océano  Atlántico.  Los  geólogos  han  con- 
siderado la  hipótesis,  pero  la  han  positivamente 
rechazado.  No  obstante,  Sinnet  escribe:  «La  cien- 
cia ha  aceptado,  por  fin,  la  existencia  del  gran 
Continente,  etc.»  -.„   . 


CERVANTB8 


129 


«Again  he  asserts  that  the  vegetable  precedes 
the  animal  in  the  process  of  developmené,  but  it 
is  not  true.  It  is  true  that  Mr.  Sinnet  and  his  Ma- 
hatma  are  both  gloriously  ignorant  of  the  elementary 
truth  of  iiature  science. » 

La  boga  adquirida  por  la  obra  de  Sinnet  se  de- 
bió, según  Sedwidg,  a  que  la  mayor  parte  de  sus 
lectores  estaban  poco  familiarizados  con  las  cien- 
cias naturales. 

Luego  aparecieron  los  terribles  demoledores. 
Entre  ellos,  el  más  implacable:  «The  most  cruel 
blow  to  esoteric  Budhism.»  Mr.  Richad  Hodgson, 
talentoso  y  concienzudo  investigador. 

Hodgson  fué  el  centro  teosófico  principal  para 
estudiar  los  fenómenos;  fué  a  la  India.  Conoció  al 
desde  entonces  nombrado  Coulomb  y  su  mujer; 
presenció  uno  de  los  fenómenos  más  importantes  y 
estupendos:  el  de  las  cartas  enviadas  mágicamente 
por  desintegración;  vio  colocar  en  el  misterioso  ga- 
binetito  llamado  shrine  las  cartas  que  debieran  des- 
integrarse. El  shrine  fué  entonces  cerrado;  las  car- 
tas se  desintegraron,  y  aparecieron  las  respectivas 
contestaciones.» 

Los  discípulos  creían  y  creen  que  las  cartas  eran 
quitadas  por  desintegración,  por  el  poder  mágico 
del  oculto  introductor  o  mahatma. 

Vivía  éste,  asegurábase,  en  el  Tibet,  y  las  contes- 
taciones eran  compuestas  por  él,  desintegradas  en 
el  Tibet  y  reintegradas  en  el  Shrme.» 

Mr.  Hodgson  descubrió  que  el  Shrine  tenía  una 
falsa  entrada,  que  se  comunicaba  con  el  dormitorio  de 

9 


130  CERVANTES 

madame  Blavastky...  Las  cartas  que  se  creían  obra 
del  mahatma,  eran  escritas  por  ella.  De  un  lado  del 
Shrine  había  credulidad,  del  otro  fraude. 

Después  apareció  el  célebre  Molinis,  uno  de  los 
principales  actores  de  la  Comedia  Psíquica.  Pero 
todo  el  honor  a  la  señora  «Madame  Blavastky  was 
certainly  one  of  the  most  successfuU  of  impostors.» 

Yluego:  «Madame  Blavastky  and  othercAar/a¿«W5». 

Oh,  el  desolado  Misterium  no  perdona,  como  el 
señor  de  Moríais,  seguramente,  tamaños  epítetos 
dirigidos  a  una  sacerdotisa  del  Misterio;  mas  los 
hombres  de  la  ciencia  no  respetan  los  hermosos 
sueños  ni  los  poéticos  entusiasmos. 

Misterium  escribió,  pues,  sustentada  en  algo  más 
que  en  una  revista  de  Papús. 

Y  me  ha  encargado  manifestar  al  señor  de  Mor- 
íais, junto  con  su  agradecimiento  por  sus  palabras 
lisonjeras,  el  deseo  que  nunca  tenga  que  lamentar 
la  pérdida  de  sus  ilusiones  teosóficas. 

Creer  en  algo:  he  ahí  una  riqueza. 

Ah,  es  doloroso  tener  que  convencerse  de  que 
madame  Blavostky  no  haya  podido  prolongar  su 
vida  quinientos  años;  que  Papús  haga  negocios 
con  sus  facultades  mágicas;  que  Peladan  esté  en 
continua  berlina,  y  que  Onofroff,  el  grande  y  culto 
Onofroff,  tenga  que  sufrir  muy  pronto  la  misma 
suerte,  el  mismo  triste  olvido  que  la  serpentina,  el 
hombre  descuartizado  y  La  Verbena  de  la  Paloma. 

cRuBÉN  Darío.» 


C£KVANTB8  IBl 


POLÍTICA 


El  riesgo. 


Se  cuenta  de  un  rastacueros,  enriquecido  en  tratos 
navales  durante  la  guerra,  que  entró  en  una  de  las 
más  renombradas  joyerías  de  Barcelona  diciendo 
« — Véndanme  ustedes  algo,  lo  más  caro  que  tengan^ 
porque  no  sé  qué  hacer  del  dinero.» 

La  frase  es  estúpida.  Pero  también  reveladora  de 
algo  que  se  masca  en  el  ambiente.  Hay,  de  cuatro 
años  acá,  una  cosecha  de  parvenus  despatarrante.  Y 
son  un  mal  ejemplo,  no  sólo  una  inmoralidad.  Esos 
señores  astrictos  al  negocio  a  ultranza,  que  se  ciscan 
en  la  ética  y  miran  al  común  de  los  mortales  con  ges- 
to de  conmiseración,  constituyen  la  podre  social  que 
lo  inficiona  todo.  Amparados  en  la  concepción  sofísti- 
ca de  la  listeza,  se  creen  seres  superiores  por  haberse 
colocado  a  la  altura  de  la  lombriz  y  tenido  la  inmen- 
sa desaprensión  de  apechugar  con  el  cieno,  saber  res- 
pirar y  moverse  en  él  impunemente. 


132  CERVANTES 

Política,  económica  y  socialmente,  han  de  alcanzar- 
nos las  salpicaduras  de  la  guerra.  Si  no  prevemos, 
en  lo  posible,  las  extralimitaciones  de  lo  que  hemos 
dado  en  llamar  tráfico  legal,  las  cosas  empeorarán 
fatalmente.  Los  logreros  de  la  fortuna,  los  cuervos, 
los  sin  escrúpulos,  siembran  una  semilla  atroz. 

¡No  sé  quehacer  del  dinero/...  Ese  majagranzos  que 
lo  dijo,  estaba  lejos  de  pensar  que  hacia  un  poema  de 
una  tontería.  Un  poema,  en  el  sentido  de  encerrar  toda 
una  revelación.  Así  es  el  espíritu  de  los  ogros  de  la 
riqueza.  Ya,  un  multimillonario  yanqui  hubo  de  excla- 
mar una  vez:  — ciMaldito  dinero!  ¡Más  me  cuesta  gas- 
tarlo que  ganarlo!»  Cuesta  más,  ya  lo  creo.  Como 
que  la  fortuna  no  es  signo  de  superioridad.  Para  ga- 
nar dinero,  así,  a  porradas  y  por  pura  especulación 
grosera,  sirve  cualquier  amoral  de  los  que  abundan  en 
la  fauna  humana.  Para  saber  qué  hacer  de  él,  ya  es 
otra  cosa. 

Hemos  escapado,  según  el  parecer  común,  al  peli- 
gro imperialista.  Nos  queda  el  riesgo  del  imperialismo 
del  caudal,  con  su  secuela  de  rebajamiento  ótico,  por 
un  lado,  y  de  aplanamieno  y  postración  por  otro.  No 
basta  con  que  se  persiga  a  los  acaparadores ,  Hay  que 
acudir  a  la  entraña  del  asunto  y  acabar  con  el  sofisma 
de  la  libertad  de  contratación,  de  la  ley  económica  ba- 
sada en  la  oferta  y  la  demanda.  Conviene  remachar 
sobre  esto:  más  que  una  conquista  democrática  repre- 
senta una  conquista  del  judaismo. 

En  España  se  agitan  actualmente  algunas  cuestio- 
nes que  no  obedecen  más  que  a  eso,  a  una  exacerba- 
ción de  la  codicia,  del  concepto  netamente  utilitarista 


CJfiKVANTBS  133 

del  vivir.  Utilitarista,  no  equitativo.  Porque  la  exis- 
tencia material  requiere  la  observación  práctica  del 
problema  capitalísimo  de  la  subsistencia.  Lo  que  no 
requiere  es  el  prurito  de  supeditarlo  todo  al  princi- 
pio, no  de  la  subsistencia,  sino  del  medro.  Aquí  que- 
remos libertades,  autonomías  y  renovaciones,  no  preci- 
samente por  espíritu  de  equidad,  sino  de  comodidad; 
no  por  ajustamos  a  unprincipio  de  justicia  y  mora- 
lidad, sino   de  provecho. 

Cuando  las  ideas  van  a  remolque  de  los  apetitos,  se 
desvirtúan,  se  empequeñecen;  no  son  ideas,  sino  hipos. 
¿Queremos  de  veras  que  el  Estado  se  preocupe  por 
esa  cuestión  capital  e  intervenga  en  la  obra  de  pacifi- 
cación por  medio  de  medidas  conducentes?  Pues  pre- 
párense a  ser  intervenidos  los  factores  de  riqueza,  los 
que  se  consideran  intangibles,  los  que  se  creen  invio- 
lables .  No  sólo  acaparadores,  sino  también  producto- 
res, industriales,  comerciantes,  propietarios,  especu- 
ladores, etc . ,  es  decir,  todos  los  elementos  que  com- 
ponen el  engranaje  económico  social,  y  pueden  y  de- 
ben influir,  a  su  costa,  con  merma,  si  es  preciso — y  sí 
lo  es — ,  de  sus  utilidades,  en  interés  común.  No  debe 
darse  el  caso  de  que  un  imbécil  pueda  decir  que  no 
sabe  qué  hacer  del  dinero . 

Sebastián  Gomila 


I3á  CERVANTES 


La  España  trágica 


Nos  preocupa  un  poco;  mejor  dicho,  nos  preocupa 
seriamente,  todo  lo  seriamente  que  lo  grotesco  del 
caso  permite,  el  concepto  que  el  Presidente  Wilson 
formara  de  España^  si  la  mira  a  través  de  los  emisa- 
rios que  nuestro  país  le  envía. 

El  presidente  "Wilson  llegó  a  Europa  un  poco  atur^ 
dido;  la  borrachera  de  la  victoria,  por  una  parte;  los 
vaivenes  del  barco,  por  otra;  la  efusividad  de  los  fran- 
ceses; la  falda  corta  de  las  francesas;  la  liga,  la  liga  de 
las  naciones;  el  champagne...  Todo,  todo  contribuía  a 
marearle  un  poco,  a  aturdirle,  a  enmarañar  sus  ideas..* 
Sin  embargo,  conservaba  claras  y  vigorosas,  con  res- 
pecto a  Europa,  las  que  desde  mozo  le  habían  ido  cul- 
tivando las  lecturas  exóticas  y  las  referencias  pintores- 
cas. Sabía  que  Francia  era  la  tierra  del  ingenio,  del 
buen  vino  y  del  cchic»,  y  que  España  era  el  país  del 
sol,  de  los  claveles  y  de  los  toros;  sabía  que  los  labios 
rojos  de  las  francesas  eran  nidos  de  placeres,  y  que 
en  los  ojos  negros  de  las  españolas  brillaban  puñales 
toledanos,  y  sabían  también  que  todos  los  franceses 
eran  elegantes  y  distinguidos  modelados  para  vivir  en 
el  gran  mundo,  y  todos  los  españoles  gentiles,  apues- 
tos, buenos  mozos,  hechos  de  encargo  para  dar  celos 
a  las  mujeres  y  para  entendérselas  con  los  toros.  La 


CKRVANTBS 


135 


figura  de  Don  Juan  Tenorio  y  la  de  Cuchares,  arran- 
cadas de  una  dislocante  «españolada»,  bailaban  un 
tango — por  supuesto,  con  te — en  el  magín  de  Wilson. 

Y  España  envió  a  París  su  representante  para  salu- 
dar al  Presidente  y  contarle  de  paso  lo  que  pasaba  en 
casa. 

Un  rato  largo  de  antesala,  y  al  fin,  el  Presidente 
que  dice,  un  poco  ilusionado  y  adoptando  una  actitud 
gallarda,  para  no  quedar  anulado  por  completo:  «¡Que 
pase  el  español!» 

Y...  El  secretario  se  había  equivocado,  sin  duda. 

— ¡He  dicho  que  pase  el  español! — insistió  Wilson. 

El  conde  de  Romanones  hizo  una  reverencia  dema- 
siado pronunciada,  y  dijo,  con  música  de  «La  patria 
chica»:  «¡Yo  soy  español»!... 

Y  luego,  chistera  en  mano,  brindó  al  Presidente  la 
suerte  suprema  de  España,  con  esa  trágica  mueca  de 
los  toreros  de  invierno  en  el  momento  decisivo. 

Wilson  no  lo  quería  creer,  no  podía  creerlo. 

Quedamos  mal  en  nuestra  primera  aproximación  al 
Presidente.  Aquello  de  la  gentileza,  de  la  apostura, 
de  la  gallardía  y  de  los  «molinetes»  ante  la  cara  del 
toro  era  una  falsa  leyenda.  ¡Para  molinetes  estaba 
aquel  hombre!  Pero  en  fin,  acaso  una  casualidad.  No 
todas  las  inglesas  son  rubias,  ni  todos  los  ingleses 
altos  y  flacos. 

Y  el  Presidente  consideró  que  no  debía  juzgar  a 
España  ni  a  la  raza  española  por  aquella  muestra.  Sin 
embargo,  la  visión  torturadora  de  Don  Juan  Tenorio 
renqueando  por  los  claustros  del  convento  con  Doña 
Inés  a  cuestas,  llevándosela  a  la  quinta...  del  Guadal- 


136  CERVANTES 

quivir  con  un  pronunciado  balanceo  de  mecedora,  tan 

pronunciado  que  la  cabeza  de  la  enamorada  novicia 

golpeaba  las  losas  del  |piso,  llegó  a  constituir  para 

Wilson  una  pesadilla. 

Cuando  de  regreso  a  su  país  le  preguntaron  por  las 
cosas  de  España,  dijo  con  un  poco  de  amargura: 

— Mal,  allí  andan  muy  mal;  no  hay  quien  los  ende- 
rece. 

Ahora,  de  nuevo  "Wilson  en  París,  ha  recibido  & 
otro  emisario  español,  a  otro  representante  de  España, 
A  un  ilustre  diplomático,  portador  de  las  peticiones,  o 
de  las  aspiraciones,  o  de  las  súplicas,  o  de  los  sueños, 
en  fin,  de  nuestra  nación  con  respecto  a  la  liga  de  las 
naciones.  Ahora  es  el  Sr.  González  Hontoria  el  que  ha 
ido  a  París. 

¡Caballeros,  por  Dios,  que  van  a  creer  que  es  «pi- 
torreo» ,  como  decimos  por  acá. 

Cuando  el  nuevo  emisario  haya  llegado  hasta  Wil- 
son, dando  traspiés  y  en  una  figura  de  «garrotín»,  el 
Presidente  no  habrá  podido  contener  esta  pregunta: 

— ¿Y  ustedes  quieren  entrar  en  la  liga?  ¿Con  esas 
piernas?^ 

No,  no  puede  [ser.  Por  decoro  de  nuestra  raza,  nos 
oponemos.  Wilson  se  dirá,  y  con  razón,  que  cuando 
en  tal  estado  se  encuentran  las  primeras  figuras  espa- 
ñolas, las  de  segunda  fila  andan  en  cuclillas,  y  las  de 
tercera  a  gatas. 

¡Quién  sabe!  Quizás  se  imagine  que  nuestros  poli- 
ticos  y  nuestros  diplomáticos  son  antiguos  toreadores 
averiados  por  los  cuernos  de  los  toros,  o  bufones  as- 
cendidos por  el  capricho  de  un  Rey... 


CEKVANTBS  ^^7 

Resueltamente  nos  oponemos,^  como  españoles  y 
como  enamorados  de  la  estética,  y  pedimos  que  vaya 
a  París  una  nueva  misión,  y  que  la  formen  los  señores 
Alba,  Goicoechea  y  Mazzantini  y,  si  es  posible,  que 
vayan  con  traje  de  luces.  Son  los  tres  ejemplares  más- 
lucidos  que  recordamos  en  este  momento. 


La  hoguera  de  las  huelgas 


Aplazamos  para  el  próximo  número  nuestras  im- 
presiones acerca  del  sindicalismo,  de  la  batalla  pre- 
sentada por  el  sindicalismo  y  de  las  conquistas  logra- 
das por  el  sindicalismo.  Esta  doctrina,  que  no  hace 
muchos  meses  ponía  espanto  a  nuestro  ánimo  y  tem- 
blores en  nuestras  carnes,  nos  es  hoy  familiar  y  simpá- 
tica. La  sindicación  es  tema  preferente  de  las  conver- 
saciones, realidad  que  acepta  con  entusiasmo  el  prole- 
tariado, poder  que  aceptan  los  gobernantes  e  ilusión 
que  acaricia  la  clase  media. 

No  tardando,  el  sindicalismo  se  adueñará  de  toda 
España,  la  sindicación  se  hará  indispensable,  y  todos 
seremos  sindicalistas,  por  supuesto,  sin  enterarnos 
por  qué  ni  para  qué  lo  somos. 

Y  ocurrirá  algo  muy  curioso,  que  señalaremos  en 
nuestra  próxima  crónica;  porque  en  los  momentos  en 
que  escribimos  estas  líneas,  encendida  en  una  gran 
parte  de  España  la  amenazadora  hoguera  de  las  huel- 


138  CERVANTES 

gas  revolucionarias,  no  juzgamos  oportuno  echar  a 
barato  un  movimiento  indudablemente  serio  y  grave, 
pero  que  ha  de  resultar  cómico  en  nuestro  país. 

El  curioso  lector  ha  de  convencerse  de  ello.  En  ma- 
nos de  los  españoles,  tan  impresionables,  tan  incons- 
cientes y  tan  graciosos,  el  sindicalismo  será  algo  asi 
como  las  Juntas  de  defensa;  primero,  será  problema 
grave;  después,  un  tema  cómico;  por  último,  una  bu- 
fonada. 

El  conde  de  Eomanones  lo  sabe  y  ya  se  está  son- 
riendo del  sindicalismo,  con  gran  asombro  del  asus- 
,  tado  ministro  de  la  Grobernación,  del  consternado  mi- 
nistro de  la  Guerra,  de  las  preocupadísimas  autorida- 
des de  Barcelona  y  del  capitán  general  de  Valencia, 
recibido  a  tiros  en  Alcoy.  Hay  que  confesar  que  el 
conde  de  Romanónos  va  capeando  bien  el  temporal 
de  los  conñictos  obreros,  cuyo  mayor  peligro  está  en 
la  sombra  que  proyecta  el  señor  La  Cierva  sobre  las 
clases  elevadas  del  Ejército.  El  jefe  del  Gobierno  si- 
gue una  política  hábil,  gracias  a  la  cual  pudo  evitar  la 
declaración  del  estado  de  guerra  en  Madrid,  parar  el 
golpe  de  ese  interesante  documento  firmado  por  va- 
rios coroneles,  solucionar  la  huelga  de  Valencia,  de 
marcadísimo  carácter  revolucionario  y  lograr  que  la 
primera  autoridad  militar  de  Cataluña  tratara  direc- 
tamente con  los  presidentes  de  los  sindicalistas,  po- 
niendo el  conflicto  barcelonés  en  vías  de  solución. 

Poco  después  de  aparecer  esta  crónica,  sólo  quedará 
alguna  huelga  aislada  y  estarán  en  libertad  bastantes 
de  los  tres  mil  o  más  obreros  barceloneses  apresados 
en  la  cárcel  de  la  ciudad  condal,  en   el  castillo  de 


CERVANTES  139 

Montjuich,  en  varios  buques  de  guerra  y  eu  un  barco 
de  la  Casa  Tayá,  habilitado  al  efecto. 

Pasado  el  nublado,  el  sindicalismo  seguirá  haciendo 
prosélitos,  y  el  conde  de  Romanónos,  dueño  de  la  si- 
tuación, bienquistado  con  la  masa  obrera  merced  a  la 
concesión  de  la  jornada  de  ocho  horas  y  a  un  barullo 
de  proyectos  sociales  que  ni  él  mismo  sabe  cómo  han 
de  ser  implantados,  pero  que  son  efectistas,  trama  la 
crisis  ministerial  como  y  cuando  le  convenga,  para  ir 
de  nuevo  a  las  mismas  Cortes  de  que  tan  alevosa- 
mente se  burló  y  arrancarles  una  fórmula  económica 
— la  de  las  dozavas  partes,  la  del  Sr.  Alba,  que  hasta 
del  enemigo  se  aprovecha  este  endiablado  conde — 
para  seguir  viviendo  tranquilamente  hasta  fin  de  año. 

Y  alejado  el  peligro  del  catalanismo — ¡quién  se 
acuerda  de  aquello! — ,  alejada  la  preocupación  econó- 
mica, atados  de  pies  y  manos  los  rivales  políticos  de 
la  familia  liberal  y  sentado  a  la  diestra  del  Presidente 
Wilson,  sólo  le  quedará  al  conde  la  amenaza  del  sin- 
dicalismo. Pero  el  conde  no  se  arredrará.  Ya  hemos 
dicho  que  el  conde  sabe  como  nosotros  que  esa  ame- 
naza es  aparente,  porque  el  sindicalismo  en  España 
morirá  en  el  ridiculo,  como  las  juntas  de  defensa. 

Y  para  tranquilidad  de  los  timoratos  añadiremos, 
que  lo  mismo  ocurriría  con  el  bolchivikismo,  si  tuviera 
la  humorada  de  visitarnos. 

Joaquín  Azwar. 


140  '  CERVANTES 


bibliografía 

Biblioteca  Reconquista.— «Las  Vidas  humildes»  ^ 
por  Luis  León  Domínguez.— Ilustraciones  de 
F.  Avrial  Aguirre  Madrid.— Tip.  de  la  «Rev.  de 
Archivos,  Bibliotecas  y  Museos». 

El  notable  escritor,  comediógrafo  y  critico  de  arte, 
nuestro  distinguido  amigo  y  colaborador,  D.  Luis 
León  Domínguez,  ha  reunido,  con  el  titulo  de  Vidas 
humildes,  unas  interesantes  y  muy  humanas  narracio- 
nes, en  las  que,  a  lo  real  y  vivido  del  asunto,  se  une 
un  verdadero  conocimiento  del  corazón  humano  y  de 
la  psicología  de  los  personajes.  El  diálogo,  fácil  y  flui- 
do, es  fiel  trasunto  del  hablar  de  nuestro  pueblo.  Hay 
un  hondo  y  poético  sentido  del  paisaje;  detalles  y  no- 
tas que  acreditan  a  un  artista,  observador  e  ideali- 
zador de  la  vida.  El  estilo  es  castizo,  diáfano,  y  corre 
al  través  de  esas  páginas,  como  una  pura  linfa.  Y,  so- 
bre todas  estas  excelencias,  flota  y  resplandece  un 
amor  entrañable  y  una  sincera  piedad,  exentos  de 
toda  sensiblería,  por  los  «de  abajo»,  por  los  débiles, 
por  los  desheredados,  por  nuestros  hermanos  de  las 
vidas  tristes,  de  las  vidas  humildes. 


CERVANTES  141 

En  suma,  un  libro  que  se  lee  de  un  tirón,  ya  que 
tiene  interés,  realidad,  belleza,  y  que  ha  constituido 
para  su  autor  un  merecido  triunfo,  al  que,  sincera- 
mente, nos  asociamos  con  nuestro  entusiasta  aplauso. 


*** 


«Parnaso  Venezolano»  (nueva  edición  aumen- 
tada). 

La  Casa  Editorial  Maucci,  de  Barcelona,  acaba  de 
publicar  una  nueva  edición  del  notable  Parnaso  Ve- 
nezolano, que  ha  sido  aumentada  y  cuidadosamente 
revisada  por  el  notable  literato  González  Oamargo, 
poeta  de  bien  adquirida  fama. 

Esta  obra,  enriquecida  con  muchos  retratos  de  los 
poetas  de  Venezuela,  puede  considerarse  como  la  más 
completa  y  modernizada  de  cuantas  antologías  venezo- 
lanas conocemos.  Forma  la  obra  dos  tomos  volumino- 
sos, impresos  en  excelente  papel  satinado  y  ostentan 
cubiertas  en  colores. 

Felicitamos  a  la  Casa  Maucci,  que  con  la  publica- 
ción de  estos  Parnasos^  contribuye  indudablemente  a 
difundir  y  popularizar  el  inmenso  acervo  de  la  poesía 
hispano-americana. 

Para  muy  pronto  se  anuncia,  y  sabemos  que  ya  está 
en  prensa.  El  Parnaso  Ecuatoriano,  formado  por  César 
É.  Arroyo,  nuestro  compañero,  a  quien  hay  que  reco- 
nocerle una  indudable  competencia,  no  sólo  para  ésta, 
sino  para  cualquiera  empresa  literaria. 

*  «  « 


142  CEUVANTE3 

Umbrales  (poesías),  por  Antonio  Espina  García. 
Este  bello  florilegio  de  líricas  meditaciones — apareci- 
do casi  simultáneamente  a  la  última  llamarada  bélica 
de  la  extinta  hoguera  europea — asume  un  alto  valor 
alegórico,  dentro  de  nuestra  zona  de  acaecimientos  li- 
terarios. Umbrales  confirma,  por  la  libérrima  estructu- 
ración de  sus  versos,  y  el  tenue  vagido  germinal  que 
irradia — como  el  de  un  alma  que  presiente  su  aurora — 
anteriores  providencias  y  tácitas  sospechas  respecto  a 
la  extinción  del  óvulo  matriz  novecentista.  Porque  a 
través  del  desasosiego  rítmico,  y  la  inquietud  supera- 
triz  que  vibran  en  algunos  poemas  de  ¡.umbrales,  se 
transparentan  los  nuevos  cauces  libertarios,  henchidos 
de  módulos  fragantes.,. 

Antonio  Espina,  poseído  de  una  magna  sinceridad, 
aplica  su  estro  en  la  auscultación  de  las  asperezas 
cotidianistas  y  pequeñas  dubitaciones  telúricas.  Sabe, 
sin  embargo,  exornarlas  de  un  capcioso  halo  estético, 
y  conseguir  darnos  fragantes  sensaciones  de  hosca 
conturbación.  Así  en  sus  poemas  «Signal»,  «Antíste- 
nes,  habla»,  «Intrarrealidad»,  etc.,  y  en  los  escuetos 
apuntes  impresionistas  de  los  meses. 

Desde  mi  atalaya  receptora,  saludo  jocundamente 
lírica  dehiscencia  de  Antonio  Espina,  y  en  mi  cordi- 
alidad de  camarada  le  preveo  implícitamente  incorpo- 
rado a  nuestra  novísima  falange  ultraista,  tan  conmo- 
vida en  su  amanecer  de  ardorosidades  irradiantes... 

*  *  * 

Motivos  líricos,  por  Eliodoro  Puche.  1919. — Cuando 
aún  conservábamos  la  ^^fragancia  aparicional,  emergí- 


CERVANTES  143 

da  de  las  tenues  melodías  que  Eliodoro  Puche — el 
hirsuto  aeda  nocturnal,  opaco  y  silenciario — derramó 
sobre  nosotros  en  su  azul  «Corazón  de  la  noche»,  he 
aquí  que  vuelve  a  brindarnos  un  nuevo  florilegio  de 
sus  rimas,  certeramente  epigrafiado  Motivos  líricos.  En 
él  aparecen  pequeños  atisbos  inmaturos... 

Mas  antes  de  glosar  sucintamente  su  contenido,  re- 
cordemos la  trayectoria  lírica  de  Eliodoro  Puche  (¡oh, 
esa  h  mutilada  de  su  patronímico  nombre,  que  debe 
danzar  obsesionante  en  su  memoria  como  un  miem- 
bro esporádico  que  hubiese  él  mismo  cercenado  vale- 
rosamente un  día...!)  En  sus  iniciales  versos  de  «El 
libro  de  los  elogios  galantes  y  de  los  crepúsculos  oto- 
ñales»— título  que  es  ya  un  paisaje  dilatadísimo — Pu- 
che logró  arrancar  su  última  vibración  melódica  a  los 
delicados  filamentos  armónicos,  que  como  tensas 
cuerdas  sonoras  pendían  olvidados  entre  la  enmaraña- 
da floresta  musical  novecentista.  Tuvieron  así  sus 
poéticos  ritmos  multicordes,  en  los  que  quedaban  mi- 
ríficamente interpretados  los  delicados  matices  eróti- 
cos y  la  melancolía  de  los  vésperos  otoñales,  el  valor 
de  una  sinfonía  terminal  que  cerraba  dignamente  la 
ruta  de  las  secuencias  rubenianas...  Recogían  así  amo- 
rosamente sus  poesías,  las  últimas  vibraciones  y  los 
postreros  extertores  de  los  plásticos  arquetipos  que 
simbolizaban  normas  orientadoras  para  todos  los  no- 
vicios. Y  extinguía  en  sí,  el  poeta  Puche,  en  un  cán- 
tico final  su  tono  de  sumisión  a  los  progenitores. 
(¡Ese  tono  y  esa  repercusión  refleja  de  los  padres  del 
modernismo,  que  hoy  decora  la  bisutería  poética  que 
inunda  las  gregarias  publicaciones  oficiales,  en  cuyos 


144  CBRVAHTB8 

senos  se  aperciben  ahora — en  la  hora  de  su  extin- 
ción— de  su  valor  radioso!) 

Mas  si  bien  Puche  clausuraba — con  otros  epígonos 
— el  ciclo  de  repercusión  modernista,  desdeñando  fru- 
tos ya  exprimidos,  no  dejaba  entrever  una  reencarna- 
ción salvadora.  Peligraba  su  vitalidad  lírica.  En  su  si- 
guiente libro,  «Corazón  de  la  noche» — magnífica  con- 
densación de  las  más  cóncavas  sensaciones  nocturna- 
les— ,  el  tono  lírico  repudiador  aún  persistía  tenuemen- 
te. Mas  he  aquí  que  es  en  estos  polirrítmicos  «Motivos 
Líricos»,  y  al  arribar  sus  últimas  páginas,  donde  el 
florecimiento  augurado  se  inicia,  ante  el  hálito  vivifi- 
cador del  tránsito  por  Madrid  del  creador  de  «Poe- 
mas árticos»,  del  elevado  poeta  Vicente  Huidobro, 
¡tan  inolvidable!...  Es  en  estos  poemitas  minúsculos 
«Lluvia  de  astros»,  «Floración  del  crepúsculo»,  «Iris», 
donde  amanece  una  sonrisa  auroral,  que  circunda  de 
matices  inéditos  sus  más  purificadas  sensaciones... 
Y  en  sus  álveos,  el  poeta  adquiere  una  prematura  to- 
nalidad— ya  olvidado  de  la  modulación  de  sus  proge- 
nitores Rubén  Darío,  J.  E..  Jiménez,  Leopardi,  Ver- 
Jaine,  Samain,  Guerín... 

Asi,  Puche,  situado  en  la  confluencia  de  un  ciclo 
lírico  que  expira  y  otro  que  alborea,  influenciado  por 
igual  de  los  palores  del  ocaso  que  de  las  rojeces  del 
orto,  se  nos  aparece  como  un  poeta  capaz  de  obtener 
en  su  rostro  las  más  subjetivas  armonías.  ¡Que  esas 
nacientes  «Estrellas  náufragas»  confirmen  estos  presa- 
gios!... 


*  *  ¡tt 


CERVANTES 


145 


LiHsmos  (Poemas),  Juan  Héctor  Picabia. — ün 
buen  espíritu  literario,  que  ya  nos  era  conocido  por 
anteriores  producciones,  ha  sufrido  ahora  un  benéfico 
«avatar»,  bajo  la  égida  del  excelso  Rabindra  Nath  Ta- 
gore — miríficamente  ofrendado  al  español  por  esos 
altivos  espíritus  inmáculos  que  se  llaman  Zenobia 
Camprubí  y  Juan  Eamón  Jiménez — Pieabia — .  ¡Oh.  la 
homonimia  evocativa  de  aquel  pintoresco  «fauve»  cu- 
bista Picabia,  propulsor  de  la  «epatante»  Revista 
«391»! — al  sentir  transmitidas  a  sus  fibras  líricas  finas 
sugestiones  emanadas  de  Tagore,  renuncia  a  su  ante- 
rior máscara  novelística,  y  adoptando  una  humilde 
actitud  epigónica  se  desposee  de  toda  fastuosa  veste 
y  de  toda  escenografía  cómplice,  para  cantar  diáfana 
y  cristalinamente  la  divina  emoción  de  las  horas,  de 
los  paisajes  y  de  las  cosas.  Precipita  sus  sensacio- 
nes en  los  límpidos  cauces  de  los  desenlazados  ver- 
sículos rítmicos... 

Fluidez,  ritmicidad,  verlainiana  «nuance»  y  una 
intersticial  aprehensión  emotiva:  Tales  son  los  carac- 
teres que  signan  estos  purificados  poemas... 


«  *  4i 


Iñs  (Poesías),  J.  Vega  Alcalá. — Una  armónica  co- 
ordinación de  prístinos  y  poéticos  apuntes  juveniles. 
Así  es  este  parco  volumen  que  nos  ha  brindado  Vega 
Alcalá.  Las  perennes  inquietudes  temáticas  que  hacen 
vibrar  cantarinamente  toda  alma  adolescente  matiza- 
da de  rosados  sentimentalismos — aún  lejanos  los  in- 
trépidos anhelos  hendidores — hallan  en  estas  páginas 

10 


146  CERVANTES 

laudes,  rítmicos  acordes  serenos.  Momentos  emotivos, 
paisajes  otoñales,  delicadas  corporeidades  femíneas 
orladas  de  tules,  pueblan  el  jardín  lírico  de  este  joven 
poeta  meridional.  Y  su  alma,  formada  bajo  el  hechizo 
de  los  hermes  novecentistas,  indica  diáfanamente  sus 
progenitores.  La  ternura  de  un  Juan  Ramón  Jiménez 
con  el  acento  elegiaco  de  un  Albert  Samain,  se  espe- 
ja en  múltiples  ritmas  como  «Amargor»,  «Fiesta», 
«Fantasía  interior»,  etc.  Sin  embargo,  debemos  espe- 
rar que  en  breve,  su  juventud  valerosa,  se  decida  a 
cantar  con  modulación  propia,  sólo  ajustada  al  ritmo 
de  su  alma... 

Poetas  y  prosistas  del  novecientos  ^B,.  Cansinos- Asséns, 
«Editorial  América»  1919. — De  entre  las  dos  lumino- 
sas estelas  en  que  se  bifurca,  rítmicamente  paralela, 
toda  la  notabilísima  labor  literaria  de  nuestro  admira- 
do Rafael  Cansinos-Asséns,  de  entre  los  dos  floridos 
estuarios  en  que  canta  undinosamente  el  fluir  cauda- 
loso de  sus  purificadas  creaciones  es  quizás  en  la  um- 
brátil ribera  crítica,  donde  más  frecuentemente  hemos 
reposado  al  tornar  de  las  paseatas  estéticas...  Es  allí, 
quizá,  donde  hemos  hallado  saciamiento  a  nuestros 
pungentes  anhelos  descubridores... 

Porque  si  en  su  franja  de  estrictas  creaciones  líricas 
resaltan  obras  tan  perdurables  y  tan  henchidas  de 
rescoldos  cardiacos  como  El  candelabro  de  los  siete 
brazos,  El  pobre  Baby,  El  secreto  de  la  sabiduría,  Las 
cuatro  gracias,  etc. — y  ese  libro  único  El  divino  fraca- 
so, que  por  su  carácter  de  Meditaciones  estéticas,  es 
como  un  momento  tangencial  de  ambas  direcciones — , 
en  la  otra  franja  se  hallan  esos  supremos  estudios  orí- 


CERVANTES  147 

ticos  de  La  nueva  literatura,  de  los  que  es  prolonga- 
ción este  nuevo  volumen,  núcleo  de  estas  leves  glosas. 
Si  en  Los  Hermes  y  Las  escuelas  literarias  triunfó  Can- 
sinos Asséns  en  la  magna  gesta  crítica  de  dar  la  exacta 
valoración  y  la  purificada  efigie,  a  cada  una  de  las 
altas  figuras  progenitoras,  exegetando  al  mismo  tiem- 
po todas  las  características  y  delicados  matices  reno- 
vadores del  movimiento  modernista  de  1900,  en  este 
nuevo  volumen  ha  acertado  a  condensar  algunas  otras 
obras  cardinales  en  esa  evolución  de  los  literatos  ame- 
ricanos, que  se  incorporaron,  en  aquel  momento,  al 
movimiento  de  España  renacentista. 

La  sinceridad  estética,  la  absoluta  devoción  hacia 
las  formas  fragantes  e  inauditas  de  Cansinos- Asséns, 
le  hacen  el  único  hermeneuta  deseado,  capaz  de  afron- 
tar exegéticamente,  con  su  peculiar  efusividad,  las  in- 
sólitas anunciaciones  literarias  a  advenir...  Su  espíritu 
vibrátil  e  inmaculado  sabe  siempre  transíusionarse 
con  el  alma  de  la  obra  que  interpreta  y  obtener  asi 
de  ella  una  límpida  imagen,  exornada  de  líricos  myr- 
thos.  Su  actitud  cordial  es  única  y  supremizada.  Con- 
trasta con  la  posición  opaca  y  morosa  que  siempre 
han  adoptado  los  profesores  preceptistas,  presuntos 
críticos,  en  estos  ocres  yermos  iberos,  obturando  sus 
cavidades  microcefálicos  a  toda  salvadora  luminaria 
nueva,  y  esgrimiendo  como  supremos  argumentos  un 
decálogo  gramatical  de  Academia  o  una  soez  burla 
histriónica  restallante  de  anécdotas  plebeyas.  Por  eso 
la  actitud  prestigiosa  de  Cansinos-Asséns  resalta  ad- 
mirativamente. La  crítica  artística,  Seulement  artisti- 
que  que  ensoñaba  Flaubert,  tiene  en  él  una  perdurable 


148  CERVANTES 

encarnación.  Adquiere  la  misma  elevación  espiritual 
en  el  radío  de  críticos  europeos  que  Walter  Pater  o 
Árthur  Symons  en  Inglaterra,  Remy  de  Gourmont, 
Camille  Manclair  o  Albert  Thibaudet  en  Francia,  y 
Víttorio  Pica  o  Mario  Turriello  en  Italia.  Integra  en 
unión  de  algunas  otras  figuras  intelectivas — como 
üuamuno,  Alomar,  Ortega  y  G-asset — ,  que  aunque  I 
no  cultivan  sistemáticamente  la  critica  dicen  de  vez 
en  vez  su  glosario  fervoroso  al  margen  de  los  nuevos 
libros — la  única  categoría  de  «crítica»  a  la  que  los  jó- 
venes debemos  conceder  fe  de  existencia.  En  cuanto 
a  los  otros...  Sea  para  ellos  nuestro  más  pungente 
desdén. 

Mas  he  de  terminar  este  rapto  enfervorizado,  al  re- 
conocer que  el  espacio  sucinto  de  una  nota  bibliográ- 
fica no  es  el  más  adecuado  para  tales  exégesis.   Y 
como  también,  por  otra  parte,  no  deseo  aún  exponer 
el  ensayo  hermenéutico  que  a  la  obra  crítica  y  lírica 
de  Cansinos- Asséns,  debe  mi  sostenido  fervor  irra- 
diante, he  de  limitarme  a  subrayar  los   capítulos  más 
certeros  y  sugestivos  de  su  último  volumen  Poetas  y 
Prosistas  del  Novecientos.  Como  de  mi  personal  dilec- 
ción, tanto  por  las  figuras  tratadas  como  por  el  defi- 
nitivo juicio  que  teje  sobre  ellas,   resaltan  los  capítu- 
los dedicados,  en  la  zona  de  escritores  americanos,  a 
Rubén  Darío,  Amado  Ñervo,   Vasseur,   Vicente  Huí- 
dobro,  Herrera  Reissig.  Y  entre  la  galería  de  españo- 
les, los  consagrados  a  Enrique  de  Mesa,  M.  Bacarisse 
y  Ramón  Gómez  de  la  Serna.  Todos  ellos  adquieren 
un  relieve  vivificador  en  la  prosa  mórbida  y  plástica, 
exenta  de  acritudes,  de  Cansinos-Asséns. 


CERVANTES 


149 


Juan  Montalvo:  Sus  mejoren  prosas. — Editorial  His- 
pánica, 1919. — Uno  délos  primeros  volúmenes  que 
llega  a  nosotros  de  esta  flamante  editorial — a  la  que 
auguramos  grandes  éxitos  por  su  excelente  criterio 
seleccionador — es  una  selección  admirablemente  rea- 
lizada por  nuestro  querido  compañero  de  Redacción 
el  prestigioso  literato  ecuatoriano  César  E.  Arroyo, 
de  las  prosas  selectas  de  su  eximio  compatriota  el  llo- 
rado Juan  Montalvo. 

La  transcendencia  literaria  de  este  volumen — en  el 
que  aparecen  algunas  páginas  inéditas  del  gran  escri- 
tor por  el  buen  gusto  que  preside  en  la  selección  y 
la  magna  difusión  de  que  Montalvo  goza  en  Améri- 
ca—  alto  y  sereno  en  la  noble  trilogía  de  genios 
desaparecidos:  Montalvo,  Dario  y  Rodó  -  es  innece- 
sario subrayarla. 

José  Enrique  Rodó,  en  su  libro  Cinco  ensayos  y  en 
el  dedicado  a  Montalvo,  interpretó  grandiosamente  el 
valor,  la  reciedumbre  y  la  probidad  que  encerraban 
las  doctrinas  del  magno  ecuatoriano.  Vargas  Vila, 
por  su  parte,  siempre  admirable,  caudaloso  y  polirrit- 
mico,  dice  en  las  palabras  preliminares  de  este  volu- 
men: «Era  excelso  entre  los  excelsos.  Ocupaba  la 
cima  de  los  grandes  espíritus.  Confinaba  por  nn  lado 
con  los  grandes  espíritus  y,  por  otro,  con  las  multitu- 
des. Era  clásico  como  Desmoulins,  y  rudo  como  Ma- 
rat.  Era  austero  y  tumultuoso.  Predecía  e  insultaba. 
Todo  en  él  era  olímpico:  el  dicterio  y  el  canto.  Nadie 
ha  escrito  mejor  que  él  la  lengua  española  en  la  Amé- 
rica latina». 

Tales   cualidades    de   estilo   y   tales    resplandores 


150  CERVANTES 

ideológicos,  son  las  características  de  capítulos  como 
«Los  héroes  de  la  emancipación  americana»,  «Capítulo 
que  se  le  olvidó  a  Cervantes»  y  «De  la  risa»,  que  ha- 
rán que  este  libro  se  difunda  y  sea  unánimente  elo- 
giado en  uno  y  otro  Continente. 

G.  DE  T. 


•t*   •i"   V 


El  arte  en  el  hogar. — Extracto  de  las  conferencias 
dadas  en  la  Academia  Universitaria  Católica,  por  el 
barón  de  la  Vega  de  Hoz.  Madrid,  1918. 

Con  impropiedad  notoria,  se  titula  este  elegante 
volumen,  bellamente  editado  por  la  Sociedad  Españo- 
la de  Amigos  del  Arte,  «El  arte  en  el  hogar», 
pues  no  trata,  como  el  título  hace  presumir,  de  los 
procesos  distintos  por  que  ha  pasado  el  arreglo  y  dis- 
posición de  las  habitaciones,  ni  tampoco  del  papel 
que  el  arte  puede  desempeñar  en  el  hogar.  Se  ocupa 
tan  solo,  de  una  manera  muy  rápida  y  algo  confusa, 
de  reseñar  las  vicisitudes  por  que  ha  pasado  el  arte  de 
construir  en  España. 

El  distinguido  miembro  de  la  Real  Academia  de  la 
Historia,  señor  barón  de  la  Vega  de  Hoz,  nutrido  de 
erudición  anecdótica  y  cronológica,  traza  en  este 
libro  una  especie  de  cuadro  sinóptico  de  materias  a 
estudiar.  Es  un  breve  resumen  de  las  conferencias, 
para  señoras,  dadas  en  la  Academia  Universitaria 
Católica  durante  el  curso  de  1917-18,  por  el  autor. 
Componen  este  resumen  ligerísimas  nociones,  sin  otro 
objeto  concertadas  que  el  de  presentar   una  idea  so* 


CERVANTES  151 

mera  de  los  diferentes  estilos  arquitectónicos  y  de  la 
formación  del  hogar,  desde  su  primitivo  y  tosco 
origen. 

Aunque  un  poco  vago  e  inconcreto  en  la  exposi- 
ción, el  libro  del  barón  de  la  Vega  de  Hoz,  cumple 
una  finalidad  educativa  indudable,  puesto  que  da  no- 
ciones y  facilita  noticias  de  documentos  con  que  po- 
der estudiar  más  firmemente  los  interesantes  asuntos 
■de  que  trata,  y  que,  en  realidad,  no  son  otra  cosa  que 
la  historia  de  la  arquitectura  española. 


if** 


Mobiliario  español  (siglos  xv,  xvi  y  xvii). — Sociedad 
Española  de  Amigos  del  Arte.  Segunda  edición,  Ma- 
drid, 1918. 

La  benemérita  Sociedad  Española  de  Amigos  del 
Arte,  que  está  siguiendo  perseverantemente  una  labor 
en  pro  del  prestigio  de  las  artes  nacionales  digna  de 
todo  encomio,  ha  editado  de  nuevo  el  catálogo  de  la 
Exposición  de  Mobiliario  español  de  los  siglos  xv,  xvi 
y  mediados  del  xvii,  organizada  por  ella  en  la  prima- 
vera del  año  1912. 

Dicha  Exposición  influyó  extraordinariamente  en 
los  gustos  del  público,  en  el  cual  pudo  advertirse  un 
innegable  y  marcadísimo  deseo  de  rehabilitar  los  es- 
tilos españoles  en  los  muebles,  olvidados  por  la  influen- 
cia que  ejercieron  exóticas  y  deleznables  importa- 
ciones . 

En  esta  segunda  edición,  primorosamente  editada, 
además  de  la  lista  de  las  obras  expuestas,  van  detalla- 


152  CERVANTES 

das  fotografías  de  ellas,  y  lleva  unas  notas  preliminar 
res  del  distinguido  escritor  Joaquín  Enríquez,  secre- 
tario de  la  Sociedad,  en  las  que  se  comenta  el  éxito 
obtenido  por  la  Exposición,  los  plausibles  propósitos 
que  animan  a  la  aristocrática  Sociedad  y  el  significado 
que  ésta  tiene  en  medio  de  la  indiferencia  e  incultura 
ambientes. 

Estos  catálogos  merecen  propagarse,  pues  represen- 
tan el  mejor  alegato  que  puede  presentarse  en  defensa 
del  arte  español  en  todas  sus  manifestaciones. 

B. 


CERVANTES  153- 


A  TRAVÉS  DE  LAS  REVISTAS 


La  Lectura^  enero  1919. — Entre  el  núcleo  de  varias 
colaboraciones  que  llenan  las  macizas  páginas  de  esta 
de  caída  re  vista — ya  sin  el  interés  ideológico  deaquella 
etapa  en  que  a  raíz  de  su  fusión  con  Renacimiento, 
acogía  abiertamente  todas  las  nuevas  corrientes  del 
pensamiento  y  de  la  literatura,  engalanándose  de  pres- 
tigiosas firmas  nuevas  resaltan:  un  documentado  es- 
tudio sobre  «El  régimen  parlamentario  y  la  guerra», 
de  Adolfo  Posada;  unas  sugestivas  páginas  sobre  «El 
proceso  ideológico  de  América»,  que  firma  R.  Vehils, 
y  unas  certeras  reflexiones  sobre  «Sienkiewicz  y  el 
movimiento  ideológico  polaco  después  de  1896»,  por 
Tadeusz  Peiper. 


*  *  * 


Comópolis,  núm.  3  marzo. — Inserta  un  vario,  y  de- 
liberadamente inconexo,  aluvión  de  atractivos  origi- 
nales. Tras  unas  «Opiniones  políticas  del  Sr.  Dato»^ 


154  CERYANTBS 

hallamos  una  extensa  y  documentada  información  de 
«El  Uruguay»,  en  todos  sus  aspectos  vitales,  por  Fer- 
nández y  Medina.  Siguen  unos  lindos  «Poemas  en  pro- 
sa», de  Gómez  Carrillo,  que  nos  revela  asi  una  nueva 
faceta  de  su  versátil  espíritu.  El  maduro  talento  de 
B.  G.  de  Candamo,  divaga  serenamente  en  torno  a  los 
últimos  volúmenes  de  crítica  literaria,  recientemente 
aparecidos,  como  «Crítica  efímera», de  Casares,  y  «No- 
velas y  no  velitas»,  de  «Andrenio»,  emitiendo  inofen- 
sivos juicios  diiucidadores;  y  entre  la  franja  de  habi- 
tuales crónicas  extranjeras,  hallamos  la  relativa  a  Fran- 
cia, por  Mousset,  y  otra  de  América.  Leemos,  final- 
mente, unas  bellas  poesías  de  Móreas,  en  la  continua- 
ción de  «Antología  francesa»,  que,  a  nuestro  parecer, 
debiera  ampliarse  hasta  poetas  más  recientes,  y  dar 
traducciones  inéditas  en  vez  de  tomarlas  cómodamen- 
te de  otra  antología  que  ya  hace  años  conocemos. 


*  *  * 


Nuestro  l'iempo,  febrero. — Nos  es  verdaderamente 
difícil  hallar  algún  trabajo  grato  que  reseñar  por  en- 
tre las  incoloras  páginas  de  esta  avejentada  revista. 
Toda  su  preocupación  se  concentra  sobie  temas  socia- 
les de  interés  secundario.  Únicamente,  en  las  páginas 
finales,  hallamos  algún  acertado  juicio  de  su  director, 
Sr.  Cañáis,  sobre  libros  recientes  y  unas  glosas  sobre 
el  concepto  del  «Novecentismo  catalán»,  que  lanzó 
Xenius,  de  C.  Rahola. 


*  *  * 


CERVANTES  155 

España  y  América,  marzo. — La  revista  agustinia- 
na  de  este  nombre  publica  en  su  último  número  la 
continuación  de  un  estudio  sobre  la  valía  cultural 
de  la  obra  de  «Nietsche»,  que  suscribe  su  antago- 
nista el  P.  Graciano  Martínez.  Otros  religiosos,  los 
PP.  B.  Ibear  y  A.  Sanz,  disertan  sobre  temas  ideoló- 
gicos. Y  los  Sres.  Silva,  Estébanez  y  Baig  Baños,  fir- 
man justas  notas  bibliográficas. 

4:  4:  ■(! 

Revista  Calasanzia,  enero  y  marzo. — Redactada 
por  PP .  escolapios,  mantiene  sus  sumarios  dentro  de 
una  natural  ortodoxia  sociológica,  moral,  literaria,  et- 
cétera... Aparte  de  sus  características  crónicas  ecle- 
siásticas pueden  subrayarse  algunos  trabajos  litera- 
rios. Poesías  tradicionalistas,  de  J.  Vitras,  S.  Pul- 
pón,  A.  Bolaños,  A.  Grau,  y  otros  originales  sobre 
diversos  temas,  de  B.  Navarro,  B.  Rodríguez,  L.  Ló- 
pez e  I.  DíaZ;  completan  los  sumarios  de  estos  nú- 
meros. 


Extrsnjero. 

Mercure  de  France,  París,  marzo. — Como  original 
de  actualidad  sobresale  un  trabajo  humorístico  de 
G.  Frejaville,  sobre  «Orígenes  y  psicología  del  Car- 
naval francés»  .  Después  resaltan,  una  bella  poesía  de 
A.  Baine,  «Juive  a  Teventail»,  y  el  comienzo  de  una 


156  CERVANTES 

novela  de  O.  H,  Hirsch,  titulada  L' Enchainement,  y 

últimamente,  informativas  crónicas  en  la  «Revista  de 

la   quincena»,   por   J.    de   Gourmont,   Gr.    Duhamel 
y  Gt.  Khan. 

*  *  * 

La  Forge,  núm.  3,  marzo. — La  Fragua  es  una  nue- 
va revista  de  arte  y  literatura,  que  orientada  por  un 
núcleo  de  jóvenes  intelectuales  franceses  indepen- 
dientes, entre  los  que  resaltan  los  nombres  de  Luc 
Meriga,  Paul  Dezanges  y  Louise  Bodin,  viene  publi 
candóse  desde  comienzos  del  año  actual.  Dentro  de  su 
tono  avanzado,  conserva  una  compostura  de  grácil 
ecuamimidad,  distanciándose  de  algunas  revistas  más 
rebeldes,  como  Sic  Lutetia,  La  PresquHle,  Les  Hum- 
bles,  Les  Journeés  de  1919,  etc.,  y  hermanándose  con 
otras  más  apaciguadas,  aun  dentro  de  su  evidente 
«izquierdismo»,  como  Les  Marges,  Les  cahiers  idealis- 
tes  franfais,  Le  carnet  critique  ylLitteratureyque  ha.io  la 
dirección  de  Andró  Bretón,  Louis  Aragón,  Philippe 
Souppault  y  Fierre  Reverdy — que  integraban,  en  unión 
de  ApoUinaire,  Vicente  Huidobro  y  Max  Jacob,  la 
olvidable  revista  extinta  Noi^d-Sud — viene  de  publicar 
su  primer  número.  Por  entre  las  sugestivas  páginas 
de  La  íorge  hallamos  originales  altamente  interesan- 
tes. Asi  un  articulo  de  Germaine  Claretie,  sobre  cEl 
papel  social  de  la  música»,  y  una  conferencia  sobre 
«La  mujer  en  el  teatro  de  Moliere»,  de  Louise  Bodin, 
Poesías  de  Loumaye  y  Rambosson.  Réplicas  a  una  in- 
trigadora enquéte,  de  Arnivalde,  sobre  el  «hombre  de 


CERVANTES  157 

mañana» ,  y  en  la  zona  de  actualidades  acertadas  cró- 
nicas de  H.  Marx,  D.  Hostel,  Bazile,  Cassou,  etc. 

UEurope  Nouvelle,  marzo. — En  los  dos  últimos  nú- 
meros que  han  llegado  a  nosotros,  y  dentro  de  la  sec- 
ción de  «El  Pensamiento  Europeo»,  leemos  meditados 
estudios  de  Chadourne,  Salmón,  Warnod  y  Henry, 
sobre  las  actualidades  estéticas. 

Héctor. 


158  CERVANTES 


NOTAS 
HISPANO- AMERICAN  AS 

Monumento  a   Cervantes   en   Panamá. 


La  «Unión  Ibero  Americana»,  por  encargo  de  la 
Comisión  creada  en  Panamá  para  elevar  un  monumen- 
to a  Cervantes,  en  la  plaza  de  este  nombre,  que  exis- 
te en  aquella  República,  ha  encomendado  la  obra  al 
escultor  D.  Julio  González  Pola,  autor  del  proyecto 
aceptado  por  dicha  Comisión. 

Entusiastas  elementos  panameños  y  de  la  colonia  es- 
pañola, presididos  por  el  prestigioso  D.  Q-ervasio 
García,  tratan  de  inaugurar  el  próximo  12  de  octubre 
dicho  monumento,  que  será  el  primero  que  se  eregirá 
en  aquella  capital. 

La  obra  será  costeada  con  el  importe  de  una  sus- 
cripción pública  abierta  a  la  que  ha  contribuido  al 
Gobierno  panameño. 


CHRVANTKS  159* 


Muerte  de  un  ilustre  poeta.  Tres  nuevos  académi- 
cos mexicanos. 

Ha  fallecido  recientemente  en  Jalapa  el  señor  Obis- 
po de  Yeracruz,  D.  Joaquín  Arcadio  Pagaza,  eximio 
poeta  mexicano.  Sus  sonetos  pastoriles  muy  difícil- 
mente podrán  hallar  iguales  en  delicadeza  y  ternura 
ni  en  ática  pureza  de  forma,  entre  las  producciones 
poéticas  del  propio  género  pertenecientes  a  cualquiera 
de  las  naciones  del  habla  española. 

Y  precisamente  el  mismo  día  del  fallecimiento  de 
Monseñor  Pagaza  (árcade  de  Roma  bajo  el  nombre 
de  Clearco  Meonio),  un  compastor  suyo:  AUcandro  Epi- 
rótico,  o  sea,  el  poeta  Juan  B.  Delgado,  obtenía  el 
nombramiento  de  miembro  de  la  Academia  Mexicana 
de  la  Lengua,  correspondiente  de  la  Real  Española, 
Corporación  a  que  perteneció  también  el  eminente 
bucoliasta  e  ilustre  prelado  veracruzano. 

Luego  ingresó  en  la  Academia  Mexicana  el  laurea 
do  vate  Luis  G.  Urbina,  actual  primer  Secretario  de 
la  Legación  de  México  en  España.  Y  pocos  días  des- 
pués, obtenía  igual  distinción  el  inspiradísimo  cantor 
místico.  Amado  Ñervo;  siendo  digna  de  anotarse  la  cir- 
cunstancia de  hallarse  los  tres  nuevos  académicos  me- 
xicanos, dentro  del  personal  correspondiente  a  la  Se- 
cretaría de  Relaciones  Exteriores  de  ese  país.  Los  tres 
tienen  excepcionales  títulos  literarios,  que  justifican 
plenamente  el  honor  recibido. 


160  CERVANTES 


Estatua  a  un  pedagogo. 

Se  ha  inaugurado  solemnemente,  en  Montevideo,  un 
grandioso  monumento  a  la  memoria  del  insigne  peda- 
gogo uruguayo,  D.  Pedro  José  Várela. 

El  Monumento  es  obra  de  Miguel  Blay,  y  ha  mere- 
cido grandes  elogios  de  la  crítica  y  el  público  urugua- 
yo. El  mismo  escultor  ha  declarado  que  la  coneidera 
su  mejor  obra. 

Amékious. 


REVISTA  HISP ANO-AMERICANA 

CZ:^VANTiS 

Madrid,  Abril   1919. 

LA  ELEGÍA  DE  LOS 
HOMBRES  CRUCIFICADOS 

Después  de  contemplar  largamente  las  glorias  del 
sexo  festejado,  del  sexo  que  nunca  conoce  la  soledad, 
me  volví  hacia  aquel  hombre,  cuyo  cuerpo  taladrado 
pende  de  una  cruz,  en  la  cumbre  de  una  colina  pela- 
da, amasada  coa  calaveras,  entre  otros  dos  hermanos 
igualmente  colgados  de  árboles  estériles.  Y  mis  ojos 
se  llenaron  de  llanto;  y  dije:  He  ahí  la  víctima  que 
debemos  llorar;  ese  adolescente  torturado  es  el  sím- 
bolo de  nuestra  tragedia  de  hombres. 

En  lo  alto  de  esa  colina,  erigida  en  la  soledad, 
reposa  su  cuerpo  nubil  entre  los  cuerpos  maduros  de 
dos  hermanos  tristes;  en  su  boca  aún  perdura  la 
mueca  de  angustia  del  que  es  sacrificado  prematura- 
mente; su  costado  sangra  de  la  única  herida  que  le 
vulneró;  y  en  su  soledad  absoluta,  sólo  le  acompañan 
las  sombras  de  la  noche,  que  han  puesto  cárdenos  los 
tres  cuerpos. 

Los  tres  hombres  que  simbolizan  todas  nuestras 


CBRTAMTBfl 


edades,  el  joven  puro  que  no  gustó  el  amor  y  sólo  vio 
a  las  mujeres  tras  un  velo  o  al  través  de  la  ternura 
indeterminada  de  la  maternidad;  el  hombre  maduro, 
cuyos  hombros  se  ensancharon  en  toda  clase  de  fae- 
nas penosas,  en  el  trabajo  y  en  la  nupcia,  y  cuyos 
labios  gastaron  todo  lo  amargo  y  lo  dulce  del  destino; 
y  ese  otro  hombre,  de  edad  indefinida,  condescen- 
diente y  dócil,  borroso  por  su  misma  dulzura,  nacido 
para  ser  el  compañero,  para  ser  arrastrado  por  los 
amigos  a  todas  partes,  para  embriagarse  en  los  con- 
vites y  beber  en  compañia  las  hieles  de  la  muerte, 
sobre  las  altas  cruces. 

Estaban  allí  los  tres,  abandonados  sobre  la  colina 
pelada:  y  nadie  sino  el  viento  besaba  sus  mejillas, 
nadie  sino  el  viento  helado  de  la  soledad  restañaba 
sus  llagas;  y  sólo  las  estrellas  se  inclinaban  para 
mirarlos:  ante  ellos,  el  último  abandono  cerraba  su 
círculo.  Pero  allá  lejos,  en  la  ciudad,  los  hombres  sus 
hermanos  corrían  tras  las  mujeres  o  se  arrodillaban 
al  pie  de  sus  tronos:  y  las  mujeres  festejadas  se 
lamentaban  de  no  poder  estar  solas. 


4<  ^  ^ 


Y  entonces  yo  me  arrodillé  ante  aquellas  cruces  y 
dije:  Yo,  hermano  vuestro,  ¡oh,  hombres!  quiero  per- 
manecer aquí  y  embriagarme  del  dolor  de  vuestra 
agonía;  yo  quiero  beber  la  amargura  de  vuestras 
heridas;  yo,  que  soy  hombre  como  vosotros,  quiero 
acompañaros  en  vuestra  soledad. 

Y  quiero  arrullaros  con  mis  palabras,  mientras 
seáis  capaces  de  oírme;   quiero    fundir  en  vuestros 


CERVANTES 


oídos  los  panales  de  miel  cogidos  en  mi  primavera 
solitaria;  quiero  estrellar  contra  vuestras  rodillas  las 
urnas  de  bálsamo  que  no  llegué  a  verter  sobre  los 
pies  de  las  mujeres;  quiero  acariciar  vuestros  ojos  con 
mi  actitud  enternecida. 

Mientras  vosotros  aún  podéis  oirme,  yo  quiero  de- 
ciros el  madrigal  pavoroso  y  tremendo  que  debe 
decirse  a  los  hombres;  a  los  hombres  dignos  de  la 
cruz  y  los  clavos;  dignos  de  beber  el  cáliz  colmado 
de  hiél,  y  de  asumir  sobre  un  madero,  con  los  hom- 
bros encogidos  por  el  dolor,  la  actitud  del  supremo 
desdén. 


*  Hf  * 


Yo  quiero  deciros:  Estáis  bien  asi,  clavados  de  pies 
y  manos,  con  la  espalda  sujeta  al  ancho  madero,  de 
modo  que  no  podáis  moveros  ni  correr  detrás  de  las 
mujeres;  estáis  bien  así,  desposados  con  la  muerte, 
vuestra  única  esposa  digna. 

¿Cómo  podrían  poseeros  las  que  ahora  no  están 
con  vosotros?  ¿Cómo  podríais  ser  de  las  que  arman 
sus  tálamos  en  los  valles  o  bajo  la  sombra  de  los 
techos?  ¿Cómo  podríais  ser  de  ellas  vosotros,  que  os 
desposasteis  con  la  muerte  y  celebráis  vuestra  nup'cia 
pavorosamente  vertical,  en  lo  más  alto  de  la  colina 
que  sostiene  las  cabezas  de  las  estrellas? 

El  alma  del  hombre  es  solitaria  y  no  puede  ser 
compartida  sino  con  el  alma  de  un  hermano;  en  el 
tiempo  de  la  vendimia,  cuando  en  vuestros  pechos  se 
desbordaba  la  fuerza,  ellas,  las  disipadoras,  os  siguie- 
ron hasta  las  colinas  de  las  vides;  pero  ahora  que  sus 


CERVANTES 


cuerpos   están  graves  de  vuestra  vida,  permanecen 
lejos  de  vosotros  y  no  vienen  a  restañar  la  sangre  de 


vuestra  agonía. 


*  ^  ;i¡ 


¿Mas  de  dónde  tomarían  ellas  la  fuerza  necesaria 
para  escalar  la  alta  colina  en  que  se  alzan  vuestras 
cruces,  y  la  otra,  más  alta,  de  vuestras  frentes,  abom- 
badas por  el  maravilloso  pensamiento?  ¿La  tomarían, 
acaso,  de  sus  rodillas,  que  tiemblan;  de  sus  senos,  que 
se  desgajan,  o  de  sus  almas,  que  se  apacientan  de 
pensamientos  pueriles?  Ellas,  que  saben  escalar  los 
tálamos,  no  son  capaces  de  llegar  hasta  vuestras 
cruces. 

Ellas  no  son  dignas  de  acompañar  vuestra  soledad 
pavorosa,  la  soledad  en  que  sólo  se  oye  el  ronco  zum- 
bar de  los  pensamientos  que  como  abejas  nuevas 
bullen  en  vuestros  cráneos  hendidos;  la  amarga  miel 
de  vuestras  frentes  no  podría  ser  gustada  por  los 
labios  de  las  que  saborean,  complacidas,  un  destino 
humilde. 

Más  de  una  vez  las  asustó  la  sombra  grave  de 
vuestro  semblante,  que  se  tendía  sobre  sus  palabras 
pueriles;  porque  aun  el  más  joven  de  vosotros,  el  que 
no  hablaba,  tenía  un  secreto  que  las  intimidaba  más 
que  una  grave  arenga;  tenía  el  secreto  terrible  de  su 
amor,  no  confesado  nunca,  y  de  la  sangre  agolpada 
en  silencio  en  sus  venas  atirantadas. 

Ellas  os  miraban  como  a  enigmas:  y  ante  la  gran 
osadía  de  vuestros  propósitos,  murmuraban:  — ¿Por 
qué  no  se  resignarán,  como  nosotras,  con  un  destino 


CERVANTES 


fácilPY  OS  predecían  las  cruces;  porque  el  inmenso 
pensamiento  del  hombre  ha  de  florecer  siempre  soli- 
tario sobre  lo  más  alto  de  una  cruz. 


*  *  * 


¡Oh,  hombres!  Vuestro  destino  es  la  soledad  y  el 
dolor:  sólo  el  viento  de  los  desiertos  es  digno  de 
besar  vuestras  frentes  grávidas  de  infinito,  y  sólo  el 
corazón  de  un  hermano  puede  comprenderos. 

Porque  ¿qué  saben  ellas,  las  que  se  cubren  con 
velos  hasta  los  pies  y  esquivan  la  mirada  de  un  niño, 
del  terrible  pudor  que  ata  vuestras  manos  y  sella 
vuestros  labios,  cuando  quieren  abrirse  al  hálito  de 
fuego  que  sale  de  vuestra  terrible  y  abrasada  prima- 
vera interior;  qué  saben  ellas,  las  fugitivas,  del  pavo- 
roso pánico  que  os  fué  preciso  vencer  para  correr  tras 
de  sus  velos,  cuando  vuestras  piernas  flaqueaban  y 
en  vano  queríais  cumplir  el  inevitable  mandato  del 
padre,  que  os  conjuraba  a  imitarle? 

¿Qué  saben  ellas  del  orgullo  viril,  de  la  terrible 
altivez  masculina,  a  la  que  está  prohibido  todo  des- 
mayo; de  nuestra  congoja  dolorosa  en  los  umbrales 
de  la  nupcia,  ante  el  mandato  que  nos  obliga  a  amar 
la  flaqueza  que  nuestra  alma  rehusa;  qué  saben  las 
que  desatan,  reacias,  dos  nudos  de  los  nudos  innume- 
rables que  quedan  por  desatar  en  nuestras  vidas, 
cuando  las  suyas  se  nos  muestran  enteramente  flojas, 
como  madejas  devanadas  en  los  pilares  de  las  cunas? 

¿Y  qué  saben  las  que  se  sientan,  desencantadas,  al 
filo  de  los  tálamos,  como  al  filo  de  aguas  amargas, 
con  un  gesto  triste  como  si  hubiesen  bebido  la  cicuta, 


6  oibVAkfys 

qué  saben  de  nuestra  desilusión  profunda,  a  la  que 
está  prohibido  manifestarse,  pero  que  lacera  nuestra 
alma,  cuando  en  sus  ojos  pequeñitos  y  en  su  mirada 
hecha  agua  hemos  visto  huir  para  siempre  la  imagen 
de  nuestra  soberbia  juventud? 

*  *  * 

¡Oh,  hombres  crucificados!  ¿Qué  es  su  pasión,  com- 
parada con  la  nuestra?  ¿Qué  es  su  pasión,  deshecha  en 
suspiros  y  en  llanto,  con  nuestra  pasión  silenciosa, 
cuajada  como  un  gran  coágulo  en  medio  de  nuestro 
pecho,  como  un  gran  coágulo  que  nunca  se  funde  hasta 
la  hora  suprema?  Ellas  tienen  como  siervos  los  gran- 
des alaridos  y  los  lloros;  pero  nosotros  sólo  tenemos 
por  amigo  al  silencio,  y  nuestra  congoja  se  pudre  en 
el  álveo  del  secreto. 

¿Qué  es  su  pasión,  ataviada  como  una  victima,  con 
la  nuestra,  huérfana  de  todo  ornamento?  En  la  piedra 
del  sacrificio,  ¿quién  hace  la  dádiva  más  perfecta,  la 
dádiva  que  no  retorna  ni  es  compensada  con  nada:  la 
ofrenda  que  cae  en  los  abismos  insondables  y  tene- 
brosos que  hay  al  pie  de  los  lechos,  y  en  los  que 
nuestra  mirada,  aturdida,  se  pierde? 

¿Qué  ofrenda  es  más  perfecta  que  la  nuestra,  en 
esa  piedra  agujereada  por  la  que  nuestra  sangre  escu- 
rre gota  a  gota,  hasta  apurar  el  raudal  de  nuestras 
venas,  sin  que  nunca  más  torne  a  nosotros  ni  nos 
enriquezca;  quién  como  nosotros  se  abandona  con  tal 
denuedo  al  placer  ambiguo  de  los  ríos  que  se  funden 
para  siempre  en  otrot>? 

¿Por  ventura  podrían  compararse  con  nosotros,  que 


CERVANTES  7' 

dilapidamos,  las  que  absorben  y  guardan,  las  que  se 
colman  en  la  nupcia,  las  que  tienen  su  cuerpo  exca- 
vado en  silos  incontables  y  están  formadas  para  rete- 
ner; podrán  compararse  con  nosotros,  que  sembramos 
en  lo  profando,  que  lanzamos  nuestros  gérmenes  des- 
de los  puentes  a  los  grandes  ríos  tenebrosos  y  fugiti- 
vos, ellas  que  todo  lo  guardan  y  comunican  por  mares 
interiores  con  el  gran  mar  de  la  germinacióri? 

¿Qué  es  su  pasión,  tan  lamentada,  su  pasión  en  la 
certidumbre,  que  tiene  para  consolarse  la  verdad  del 
hijo,  comparada  con  la  nuestra,  que  se  consume  en  la 
soledad  y  la  duda,  y  por  ninguna  plenitud  es  compen- 
sada; nuestra  pasión  insegura,  a  la  que  sólo  se  le 
muestra  para  consolarla  un  lienzo  teñido  como  la 
aurora  y  un  niño  que  las  manos  de  las  siervas  no 
extrajeron  de  nuestras  entrañas? 

*  *  * 

¡Oh,  hombres!  ¿Qué  emblema  de  nuestro  destino 
más  exacto  que  uaa  cruz?  Porque  toda  nuestra  vida 
es  un  tránsito  hacia  las  cruces,  y  sólo  en  ellas  puede 
alcanzar  nuestro  cuerpo  toda  su  longitud. 

Nuestra  misión  es  desear,  extremecernos  en  sueños 
infinitos;  nuestra  vida,  mientras  se  conserva  ilesa,  es 
un  reproche  para  nuestra  alma. 

Nuestra  misión  es  perdernos  en  la  profundidad  de 
un  pensamiento  osado;  los  senos  de  las  madres  pue- 
den agotarse,  pero  el  seno  de  nuestras  acciones  no 
debe  estar  enjuto  nunca. 

En  el  amor,  en  la  abstinencia,  en  la  ambición  o  en 
la  renuncia,  nosotros  debemos  apurar  el  fondo  de  las 


8  CERVANTES 

copas  de  nuestro  destino;  no  somos  como  aquéllas  que 
salen  enjutas  del  río  de  las  lágrimas,  y  la  mirada  que 
ponemos  en  el  horizonte  lejano  se  lleva  tras  de  sí  los 
globos  de  nuestros  ojos. 

*  *  Hí 

¡Oh,  hombres  crucificados!  Vuestros  cuerpos  sobre 
las  cruces  son  una  alegoría  prodigiosa  y  peifecta.  Toda 
vida  de  hombre  que  no  florece  un  leño  y  lo  carga  de 
un  fruto  maduro,  es  una  vida  malograda. 

Erguidos  sobre  la  soledad,  frente  al  cielo  infinito, 
estáis  llenos  de  toda  la  verdad  de  vuestro  destino: 
porque  sólo  las  colinas  son  dignas  de  poseeros,  y  sólo 
la  tierra  merece  beber  vuestra  sangre  con  sus  esté- 
riles entrañas,  que  no  aspiran  a  reproduciros. 

Bajo  el  aire  de  la  soledad,  recibía  en  vuestras  me- 
jillas el  único  beso  digno;  el  úuico  que  no  aspira  a 
mermaros  ni  a  reproducir  vuestra  imagen;  el  único 
que  no  os  incita  a  esa  danza  lasciva  que  trunca  las 
columnas  de  vuestro  peusamiento. 

Ahora  estáis  solos  al  fin,  y  ninguna  seducción  se 
muestra  a  vuestros  ojos  para  engañaros,  ¡oh,  hombres 
seducidos  tantas  veces,  que  visteis  quebrarse  las  líneas 
de  vuestros  propósitos  en  los  ojos  de  las  mujeres  y  os 
extraviasteis  en  sus  tortuosos  pensamientos!  Ahora 
al  fin  estáis  solos,  los  tres,  y  cubiertos  de  barba,  con 
vuestros  sudarios  mal  ceñidos,  resplandecéis  como 
una  verdad  tan  grave,  que  las  mujeres,  untadas  de 
afeites,  se  han  apartado,  asustadas,  de  vosotros. 

*  *  * 


CERVANTES  » 

¿Qué  harían  ellas  al  pie  de  vuestras  cruces?  Ellas  no 
puedeu  comprender  vuestro  grave  dolor  ni  tienen  en 
sus  almas  pequeñas  piedad  bastante  para  compade- 
ceros. 

Ellas  no  pueden  compadecernos  a  nosotros,  los  hom- 
bres: porque  se  creen  las  más  desgraciadas,  y  toda  la 
piedad  la  reservan  para  ellas  mismas  y  para  sus  her- 
manas. 

Ellas  se  creen  las  más  desgraciadas:  porque  sus 
piernas  tiemblan  sobre  la  fragilidad  de  sus  tobillos  y 
porque,  en  periodos  acompasados,  se  convierten  en 
clepsidras  de  sangre.  Contemplando  la  finura  de  sus 
muñecas,  se  llenan  de  misericordia  para  si  mismas  y 
quisieran  arrojar  todo  el  peso  del  destino  sobre  nues- 
tros hombros  amplísimos. 

Pero,  ¿qué  es  su  pasión  efímera,  su  pasión,  de  la 
que  siempre  renacen,  comparada  con  nuestra  pasión 
mortal  y  úuica?  ¿Qué  es  su  única  herida  y  su  desan- 
grarse jubiloso,  comparado  con  las  incontables  heri- 
das de  nuestro  cuerpo,  en  cada  una  de  las  cuales  hay 
un  negro  cuajaron  coagulado?  La  anchura  de  nues- 
tros hombros  es  una  demanda  exigente  a  los  pesos 
más  abrumadores,  y  la  anchura  de  nuestras  muñecas 
es  cortejada  desde  el  nacimiento  por  los  más  gruesos 
dogales. 

¿Qué  es  su  dolor  ligero  de  una  noche,  su  dolor  ma- 
cerado en  el  llanto  y  en  los  ungüentos,  su  festivo 
dolor,  por  el  que  se  engalanan  las  azoteas  con  lienzos 
blancos  y  se  hacen  salvas  en  los  desiertos,  y  manos 
jubilosas  cortan  las  rosas  nuevas,  comparado  con 
nuestro  dolor  grave  y  callado,  al  que  le  está  vedada 


10  CERVANTES 

toda  lágrima  y  que  ha  de  consumirse  en  sí  mismo 
como  el  duro  botón  de  esas  flores  que  no  llegan  a 
abrirse? 

¿Qué  es  su  destino,  tan  compadecido  y  lamentado, 
su  destino,  que  se  cumple  en  los  tálamos,  su  destino 
abierto  y  efusivo,  que  en  cada  instante  siembra  de 
rizos  caídos  el  agua  estremecida,  comparado  con  el 
nuestro,  cerrado  y  duro,  que  sólo  una  vez,  en  una 
hora  suprema,  se  manifiesta  claramente  en  las  cruces? 

*  *  * 

¿Cómo  podrían  compararse  con  nosotros,  ellas,  las 
sedentarias  y  apacibles,  que  están  hechas  para  ornar 
de  figuras  sedentes  los  quicios  de  las  puertas  en  los 
largos  crepúsculos,  para  mondar  naranjas  tiernas  y 
hundir  sus  manos,  llenas  de  perfumes,  en  las  brasas; 
cómo  podrían  compararse  ellas,  las  tímidas,  las  pre- 
servadas, las  defendidas  por  tantos  velos,  con  nos 
otros,  los  de  pecho  desnudo  y  liso,  los  nacidos  para 
la  guerra,  los  marcados  desde  el  principio  en  la  frente 
con  un  sigQO  de  sangre,  los  acostumbrados  desde 
niños  a  morder  el  dolor  con  dientes  que  no  rechinan? 

¿Qué  son  todos  sus  dolores,  aun  los  más  vivos,  aun 
el  dolor  de  darnos  la  vida;  qué  son  su  ileso  contacto  ] 
con  la  sangre,  en  los  novilunios  festivos,  comparados 
con  la  pasión  terrible  de  los  nacidos  para  afrontar  la 
muerte  múltiple  en  los  combates,  para  teñir  de  rojo 
penachos  más  largos  que  sus  cabelleras,  y  ungirse  el 
rostro  de  un  carmín  más  costoso  que  todos  sus  un- 
güentos? 

¿Cómo  podría  ser  lamentada  la  suerte  de  las  que  en 


CBRVANTB»  11 

los  dedos  punzados  muestran  heridillas  que  se  pue- 
den restañar  de  un  sorbo  y  hasta  en  sus  lágrimas 
conservan  el  sentido  jubiloso  de  su  belleza,  con  los 
mismos  alaridos  que  nuestra  dura  suerte,  hecha  para 
ser  destrozada  en  los  yunques  del  combate,  para  ser 
aventurada  en  todos  los  riesgos,  para  desmigajarse 
perezosamente  en  las  acciones  pavorosas  y  ser  brin- 
dada a  los  cuervos  del  fracaso  sobre  las  cumbres  de 
la  madurez? 

¿Qaé  pasión  podría  compararse,  ¡oh,  hombres!,  con 
la  nuestra,  que  no  se  exhala  en  largos  alaridos  ni  en 
libres  y  dulces  llantos,  sino  que  se  expresa  única- 
mente por  ese  magnífico  silencio  que  hay  en  torno  a 
las  terribles  alturas  de  las  cruces,  eminentes  sobre  las 
colinas,  donde  vuestros  cuerpos,  quebrantados  como 
el  de  ninguna  mujer  lo  estuvo  nunca,  apenas  estreme- 
cidos por  un  leve  temblor,  ponen  de  manifiesto  en 
una  última  amenaza  los  arcos  tirantes  de  vuestras 
últimas  costillas? 

Solos  ¡oh,  hombres!,  reposáis  al  fin  en  la  verdad 
de  vuestro  destino;  y  vuestros  cuerpos,  pendientes  de 
los  gruesos  clavos,  se  abandonan  por  primera  vez  a  la 
laxitud  de  un  abandono  absoluto,  de  una  plena  rela- 
jación en  lo  perfecto  de  vuestra  vida  consumada,  más 
grata  que  el  abandono  efímero  en  la  nupcia. 

Ahora  reposáis  en  la  verdad  de  vuestra  identidad 
y  tornáis  a  la  infancia  pura,  a  la  plenitud  de  vuestra 
infancia,  en  que  el  sentimiento  de  la  existencia  llega- 
ba hasta  vosotros  de  la  plenitud  aún  no  mermada  de 


12  CERVANTES 

vuestras  visceras;  el  temblor  que  bambolea  vuestros 
cuerpos  os  sacude  con  un  estremecimiento  semejante 
al  de  vuestros  ríñones  puros  cuando  trepabais  por 
las  columnas  en  vuestros  juegos. 

La  trinidad  que  contemplan  las  nupcias,  la  formáis 
ahora  vosotros  en  un  modo  más  puro;  entre  vosotros 
están  el  hijo  y  el  padre,  y  el  amor  ha  sido  sustituido 
por  la  amistad. 

¿Qué  mujer  atrevida  osaría  mezclarse  a  la  trinidad 
de  vuestro  pensamiento?  ¿Qué  senos  ungidos  de  leche 
se  atreverían  a  erguirse  hasta  los  vuestros,  que  desti- 
lan sangre,  y  qué  cabelleras  apelmazadas  con  bálsa- 
mos, querrían  enredarse  en  las  vuestras,  ungidas  con 
los  sudores  del  suplicio? 

*  *  * 

Ahora,  en  la  trinidad  de  vuestras  cruces,  sois  ura 
sola  y  terrible  verdad;  la  verdad  del  destino  del  hom- 
bre, que  debe  consumirse  en  el  círculo  de  los  herma- 
nos y  nutrirse  de  la  amargura  de  sus  pensamientos  pro- 
fundos. 

La  belleza  de  las  seductoras  se  os  muestra  solamen- 
te en  la  frente  candida  del  hijo,  donde  se  torna  ino- 
cente y  se  redime  de  su  malignidad;  en  la  frente  del 
hijo,  no  contaminado,  que  os  abre,  con  palabras  sere- 
nas, el  paraíso  de  sus  sueños. 

Unos  a  otros  os  contempláis  con  ojos  libres  de  to- 
dos los  engaños;  y  cambiáis,  recíprocamente,  vuestras 
angustias  mortales,  como  un  ósculo  supremo  y  puro. 

Vuestras  manos  crispadas,  muestran  aún  la  viril 
energía  de  vuestras  acciones;   pero   vuestros   cuerpos 


CERVANTES  13 

se  hunden,  pendientes,  en  la  dulzura  de  la  única  mo- 
licie que  os  está  permitida,  la  do  la  muerte. 

Como  eu  la  infancia  lejana,  cerráis  un  círculo  de 
graves  dolores  y  de  altos  ensueños,  despojados  de 
todo  engaño,  en  vuestra  desnudez  pavorosa:  bebéis 
en  el  mismo  cáliz  el  sorbo  de  la  sangre  extravasada, 
como  antes  bebiais  el  vino  en  los  festines;  la  presencia 
del  joven,  os  salpica  de  dulzura,  y  en  su  paraíso,  os 
reunís  como  en  una  mansión  de  delicias. 

La  diversidad  de  vuestros  caminos  se  cierra  al  pie 
de  vuestras  cruces;  el  horizonte  descansa  sobre  la 
colina  de  vuestra  pasión,  la  primavera  pasa  fría  y  le- 
jana por  debajo  de  vuestras  tetillas  enjutas  y  un  frío 
temblor  de  infancia,  sacude  las  vértebras  de  vuestros 
cuerpos,  inmóviles  definitivamente. 

R.  Oansinos-Assens. 


14  CERVANTBSS 


POETAS  ESPAÑOLES 

NEO-LIRISMO 

(Poesías  inéditas  del  libro  estrella  y  rosa  de  los 
VIENTOS,  próximo  a  publicarse.) 

UN    CORO    DE    GRUMETES 

Hay  un  río  de  luz 

sobre  las  aguas  negras... 

Es  la  estela  rielante  de  la  luna... 

Sigue  mi  barco  la  argentada  huella. 

Pero  sus  velas, 

¡ALAS  SOBRE  LAS  OLAS!, 
no  han  de  llevarlo  hacia  ninguna  estrella... 
¿Qué  importa?... 

¿Y  el  encanto  de  lo  desconocido, 
entre  las  sombras  de  la  duda?... 
¿Y  el  posible  choque? 
¿Y  el  naufragio  posible? 
¿Y  la  idea  de  ir  flotando 
sobre  mundos  extraños, 
y  de  que,  en  un  tropiezo, 


CnSRVANTBtl  15 

puede  quebrarse  el  GRAN  CRISTAL 

que  nos  sostiene  en  el  abismo 

en  donde  moran  las  sirenas»?... 

¡UN  CORO  DE  GRUxMETES  CANTA 

[LA  ALBORADA!. 

HA    SALIDO    DEL   PUERTO... 

Ha  salido  del  puerto 

mi  nave 

¡DE  ALAS  AFIRMATIVAS!... 

El  horizonte  ha  abierto 

una  interrogación 

entre  el  cielo,  las  olas  fugitivas 

y  mi  corazón... 

Atadas  a  la  estela 

de  mi  audaz  galera, 

todas  mis  desconfianzas  cautivas  . 

piden,  con  voces  náufragas, 

sus  alas  para  tender  el  vuelo  . .. 

¡Qué  horror,  ante  la  noche  que  se  extiende! 

Ellas  gimen... 

Pero  el  albatros  de  mi  alma 

quiere  volar  hasta  la  misma  luna, 

¡pues  cree  ingenuamente 

que  la  luna 

es  la  mayor  y  más  madura 

de  todas  las  estrellas!..- 


^^  CERVANTES 


HE    VISTO    UN    BARCO    ABANDONADO... 


He  visto  un  barco  abandonado, 
con  rumbo  hacia  playas  ignotas, 
sobre  sus  mástiles  empavesados 
revoloteaban  las  gaviotas... 
Los  gallardetes  y  las  banderolas 
agitaban  sus  alas  y  sus  colas 
y  el  gran  velero, 
independiente  y  libre, 
danzaba  con  las  olas... 

Y  allá,  en  el  horizonte, 
las  nubes,  en  complot, 
fraguaban  tempestades... 
¡AH!... 

Y  en  el  palo  mayor, 

las  golondrinas  emigrantes, 

QUE  IBAN  HACIA  EL  OLVIDO, 

¡habían  hecho  su  nido!... 

ROSA    DE   LOS    VIENTOS 

Rosa  de  los  Vientos 
que  floreces  en  las  Cuatro  Estaciones: 

NORTE 
OESTE  +  ESTE 
SUR 
Eres  la  rosa  de  las  veletas... 
Rosa  de  los  pensamientos, 
que  te  agitas  a  todas  las  impresiones: 


OBRVANTBS  17 

AMOR, 

DESEO, 

AMBICIÓN, 

RENUNCIAMIENTO. 
Eres  la  estrella  de  los  poetas... 

Rosa  del  corazón, 
abierta  a  todas  las  impresiones: 
ILUSIÓN  DE  PRIMAVERA, 
PASIÓN  DE  ESTÍO, 

DESENCANTO  DE  OTOÑO, 

OLVIDO  DE  INVIERNO. 
Rosa  del  corazón, 
mecida  por  todas  las  pasiones, 
tus  pétalos, 

¡HORAS  INTANGIBLES!, 
se  estremecen  al  suspiro  del  tedio, 
al  zarpazo  de  las  ráfagas  desesperadas 
o  de  las  brisas  ilusorias: 
DESESPERANZA- 
ENCANTO... 

Rosa  de  las  estrellas... 
Estrella  de  las  rosas... 

¡Estrella  y  Rosa  de  los  Vientos!... 

¡Rosa,  Estrella  y  Veleta 

de  los  inquietos  pensamientos!... 

¿Y  el  corazón?... 

¿Qué  horas  frías  o  cálidas 

abrirán  hoy  sus  hojas?... 

GoT  DE  Silva. 
2 


18  CERVANTES 


LA    MUSA    FEMENINA 

TRISTEZA 

Ya  volviste  a  cruzar  los  anchos  mares 

en  busca  de  mis  lares, 

que  otra  vez  te  prestaron  tierno  abrigo. 

Y  has  vuelto,  golondrina, 

a  buscar,  peregrina 

el  techo  que  cantar  te  oyó  conmigo. 
Y  ya  vuelve  otra  vez  por  la  mañana 

subida  en  mi  ventana 

a  llamarme  tu  acento  placentero, 

y  vuelves  con  tus  trinos 

a  los  campos  vecinos. 

Yo  también,  como  tú,  volar  espero. 
Qué  dichosa  serás  en  el  espacio 

extenso  y  gran  palacio, 

donde  habitan  los  astros  y  las  aves. 

Te  remontas  al  cielo, 

amiga,  qué  consuelo, 

¡lo  que  eres  de  dichosa  no  lo  sabes! 
Si  preludian  los  pardos  ruiseñores 

ansiando  pan  y  amores, 

¡oh!  qué  intenso  dolor,  ¡ay!  qué  tristeza, 

cual  niño  entonces  lloro 

y  a  Dios  piedad  imploro 

por  causarme  dolor  tanta  belleza. 


CERVANTES 


19 


Me  asustan  del  cordero  los  balidos 

y  del  campo  los  ruidos 

aunque  vengan  de  tierras  muy  remotas, 

y  el  rumor  de  la  fuente 

que  dice  blandamente 

la  escala  cristalina  de  sus  notas. 
La  nieve  me  produce  honda  tristura; 

por  su  intensa  blancura, 

semeja  cuando  cae,  un  jazminero 

de  sin  igual  belleza, 

y  al  perder  su  pureza 

por  las  huellas  del  hombre,  llorar  quiero. 
¿Qué  es  esto  que  yo  siento?  ¿Di,  Dios  mío? 

¡Que  espantoso  vacío 

dentro  del  corazón!  Tenaz  quimera, 

Cansado  peregrino 

busca  ansioso  el  camino 

de  eterno  sol,  y  eterna  primavera. 
Dicen  que  alii  las  flores  son  más  bellas: 

que  pálidas  doncellas 

tocadas  van  de  mirtos  y  laureles 

y  pulsan  arpas  de  oro 

y  cantan  dulce  coro 

doncellas,  querubines  y  vergeles. 
Bien  quisiera,  en  mi  afán,  mi  pensamiento 

penetrar  un  momento 

los  arcanos  profundos  de  mi  alma, 

para  hacer  minucioso 

un  examen  piadoso 

del  por  qué  he  de  vivir  sin  paz  ni  calma. 
En  fuerza  de  mirar  en  lontananza 


90 


CJERTANTB* 


vislumbro  una  esperanza 
como  estrella  de  hermosa  pedrería, 
y  una  voz  muy  lejana 
me  dice  alegre,  ufana: 
«Tus  penas  serán  glorias  algún  día.» 
Entonces  siento  a  mi  alma,  redimida, 
que  espera  en  otra  vida, 
preguntar  con  acento  conmovido: 
¿Qué  es  esto  que  yo  siento? 
¿Por  qué  este  sufrimiento? 
Por  el  tiempo.  Señor,  que  aquí  he  vivido. 

AüBEA  Galindo  y  Ortega. 


Las  baladas  de  la  dicha. 


EL    líAELSTROM 


¿Es  esta  misma  ola 

la  que  ayer  fué  un  enorme  maelstrom 

adonde  zozobraban  los  navios 

más  fuertes,  los  veleros 

de  gran  arboladura  complicada, 

los  vapores  panzudos  y  veloces? 

¡Cuántas  veces  mi  pobre  corazón 
se  hundió  en  el  maelstrom! 


i 


21 

OBBVANTBS 

Mis  ojos  doloridos  por  la  angustia 

miraban  antes  el  paisaje  duio 

de  acero  movedizo... 

No  pueden  convencerse  de  que  sea 

esta  orilla  la  orilla 

que  era  un  acantilado  de  una  piedra 

dura  como  el  castigo. 

¡Cuántas  veces  mi  pobre  corazón 
se  hundió  en  el  maelstrom! 

Nunca  un  ala  rozó  el  costado  duro 

de  la  roca.  Jamás  un  alga  verde 

se  enredó  en  sus  pesados  pies  inmóviles... 

Nanea  un  flexible  helécho,  en  su  cabeza, 

ni  una  actinia,  en  su  hondura, 

decoraron  su  torso  de  granito... 

¡Cnántas  veces  mi  pobre  corazón 
se  hundió  en  el  maelstrom! 

¿Es  esta  misma  ola  de  alabastro 
y  lapis  lázuli  la  misma? 

El  cielo  azul  se  pinta  de  gaviotas... 
Las  velas  blancas  llevan  por  insignias 
rosas  de  todos  los  matices  rosas 
de  colores  de  música,  de  olores 
que  hacen  llorar  de  suaves... 


22 


CERTANTBS 


¡Cuántas  veces  mi  pobre  corazón 
se  hundió  en  el  maelstrom! 

Las  náyades  vinieron  de  los  lagos 
a  cantar  en  el  coro  de  sirenas: 
«Es  el  amor,  es  el  amor»...  Sus  voces 
llegan  a  mi  tan  dentro,  que  en  la  orilla 
donde  reposo  entre  los  lirios  blancos, 
mis  ojos — dos  estrellas  en  el  día — 
ven  que  mi  corazón  en  una  barca, 
la  más  llena  de  luz  y  de  colores, 
me  abandona,  cantando  su  ventura...   ' 

¡Cuántas  veces  mi  pobre  corazón 
se  hundió  en  el  maelstrom! 

SOUS  LE  PALMIEB 

Bajo  la  palmera, 

esta  tarde  de  primavera, 

a  ti,  oh  Luchy,  fruta  en  sazón, 

te  he  de  dar  todo  mi  corazón. 

Y  morderás  mi  corazón  lo  mismo 
que  una  jugosa  fruta  tropical 
de  cálido  sabor.  Y  entonces  una 
sangre,  que  será  mía,  por  tus  venas 
correrá  como  un  río  de  ascuas  vivas. 

Verás  siempre  a  la  sombra  de  tus  párpados, 
la  imagen  de  tu  amor,  y,  en  el  sosiego 


CERVANTKS  ^^ 

de  la  noche,  percibirá  tu  oído 
todo  el  amor  del  universo.. 

Mía 
serás;  tan  mía  que  tus  ojos  negros 
se  teñirán  del  v^rde  de  mis  ojos, 
y  tu  cabello  rubio  se  hará  negro 
como  el  cabello  de  tu  amor... 

Y  entonces, 

como  una  rosa  enamorada  de  otra, 
nuestras  almas  tendrán  perfume  idéntico 
y  el  mismo  colorido  de  la  aurora. 

Bajo  la  palmera, 

esta  tarde  de  primavera, 

a  ti,  oh  Luchy,  fruta  en  sazón, 

¡te  he  dado  todo  mi  corazón! 

Los  aromas  de  oro,  y  las  acacias 
de  plata,  y  los  grandes  sicómoros 
de  púrpura,  y  los  pálidos  naranjos 
rendidos  por  la  carga  perfumada; 
las  palmeras  que  envían  desde  lejos 
sus  mensajes  de  amor  a  otras  palmeras, 
y  los  almendros — almas  florecidas — 
rompen  el  muro  del  invierno... 

El  campo 
se  comienza  a  bordar  su  amplia  casulla 
bizantina... 

Tú  y  yo  reimos  locos 
del  milagro  anual  inesperado... 
Bajo  la  palmera, 


24  CBRVANTBS 

esta  tarde  de  primavera, 

mis  labios  son 

de  la  misma  carne  del  corazón. 

Rogelio  Büendía. 


Poemas  del  ULTRA 


LAS    VOCES    DE   LA    VIDA 


Amanece. 

El  sol  lanza  sus  rayos  perezosos 

cual  si  se  restregase  los  ojos  con  ellos 

lo  mismo  que  con  unas  manos. 

Y  empiezan  a  surgir  las  voces  de  la  vida, 

esas  voces  amorfas 

que  separadas  son  gritos  estridentes 

o  palabras  ásperas, 

o  suspiros  que  huyen  de  los  labios 

como  almas, 

o  eructos  repugnantes. 

y  que  todas  juntas,  componen  un  zumbido 

de  invisibles  moscardones 

que  parece  que  hieren  el  tímpano 

con  aguijones  redondos. 

Voceo  semejante  al  polvo  de  las  carreteras 

que  desde  lejos  parece  masa  compacta 


CERVANTES  25 

y  al  meterse  dentro  de  él 
se  disuelve  en  la  retina. 

Y  se  mezcla  el  ruido  de  las  bocinas 
con  el  pregón  de  los  vendedores, 
con  los  cánticos  de  los  ciegos, 

con  los  ladridos  de  los  perros, 
con  los  rebuznos  de  los  asnos 
y  con  los  rezos  de  las  iglesias. 

Y  todos  forman  una  voz  única, 
ana  zona  sonora, 

que  rodea  a  la  ciudad, 

mezclada  con  el  humo  de  las  fábricas, 

y  que  cuanto  más  te  elevas  suena  más  profunda 

y  que  cuanto  más  te  hundes  suena  más  elevada. 

Y  así,  segundo  tras  segando 
y  minuto  tras  minuto 

y  hora  tras  hora, 

con  un  zumbido  cansado  y  estúpido, 
tan  pesado  y  estúpido  como  el  tiempo, 
siempre  igual,  siempre  igual. 

Y  asi  hasta  que  llega  la  noche 
y  aparece  la  luna  arropada 

en  una  aureola  de  luz, 

que  la  rodea, 

como  las  voces  y  el  humo  de  las  fábricas 

rodean  a  las  ciudades. 

Y  el  ruido  del  día  se  deshace 
en  el  silencio  de  la  noche, 

como  se  deshace  la  Vida  en  la  Muerte 
y  las  voces  se  apagan  poco  a  poco, 
como  se  apagan  las  estrellas 


26  CERVANTES 

al  amanecer. 

Y  ya  no  se  oye  ningún  ruido 

hasta  que  el  sol  sale  de  nuevo 

y  envía  su8  rayos  perezosos 

cual  si  se  restregase  los  ojos  con  ellos, 

como  con  unas  manos, 

y  se  quitase  las  légañas. 

MIEDO 

Ha  aleteado  un  buho,  y  una  estrella,  asustada 

del  fúnebre  aleteo,  ha  empezado  a  correr, 

y  la  luna  aparece  y  se  oculta,  atontada, 

como  un  ojo  que  asoma  y  se  vuelve  a  esconder. 

Ha  pasado  una  sombra  y  después  otra  sombra 

y  después  otra  sombra;  sí,  sí,  han  pasado  tres; 

y  es  la  última  sombra  una  sombra  que  asombra, 

porque  parece  que  anda  sin  menear  los  pies. 

Ha  temblado  la  tierra  y  un  árbol  ha  temblado, 

un  árbol  ha  temblado  y  ha  perdido  la  flor, 

y  el  rumor  de  la  fuente  de  pronto  se  ha  callado, 

la  fuente  se  ha  callado  para  escuchar  mejor. 

y  suena  un  ruido  sordo  y  repetido  y  seco, 

como  el  picar  de  un  buitre  que  se  oye  y  no  se  ve, 

y  a  cada  golpe  seco  va  contestando  el  eco 

como  si  respondiese:  ¡Qué!  ¡Qué!  ¡Qué!  ¡Qué!  ¡Qué!  ¡Qué! 

Monótono  y  cansado  se  sigue  oyendo  el  ruido, 

la  tierra  ha  tiritado  igual  que  una  mujer, 

en  el  cielo,  otra  estrella,  de  pronto  se  ha  corrido 

y  la  luna  ha  salido  y  se  ha  vuelto  a  esconder. 


CERVANTES  27 


TRISTEZA    INVERNAL 

Amada,  esta  noche—  noche  de  las  malas — 
qué  triste  es  la  Luna,  qué  roja  se  asoma. 
Fíjate;  parece  como  una  paloma 
a  la  que  prendieron  fuego  por  las  alas. 
Cae  la  nieve  mansa,  muy  lenta,  muy  lenta, 
cada  copo  arrastra  al  suelo  una  hoja 
y  tras  de  las  nubes,  la  luna,  sangrienta, 
marcha  por  el  cielo,  muy  roja,  muy  roja. 
El  frío  penetra  hasta  nuestros  huesos, 
el  aire  susurra  música  de  besos 
cual  si  blandamente  meciese  una  cuna. 
Y  en  la  noche  fría  y  entre  el  ruido  leve, 
¡qué  triste  es,  Amada,  ver  caer  la  nieve!, 
¡qué  triste  es.  Amada,  ver  pasar  la  Luna 

AL  HERMANO  ESPIRITUAL  JOSÉ  MARÍA  QUIR03^A  PLÁ,  PARA 
SU    LIBRO    «MOTIVOS    DEL    ULTRA». 

Marcha  un  loco  peregrino  por  un  áspero  camino 
que  parece  que  es  terreno  y  es  camino  sideral; 
eres  tú  ese  peregrino,  tu  camino  es  el  Destino, 
tu  calabaza,  la  Vida,  tu  bordón,  el  Ideal. 
Hoy  a  las  selvas  del  ULTRA,  como  a  un  misterio, 

[te  asomas, 
esas  selvas  tenebrosas  en  donde  es  negra  la  luz, 
selvas  en  que  todo  calla,  selvas  en  que  las  palomas 
tienen  el  pico  de  buitre  y  las  patas  de  avestruz. 


28 


CERVAMTBS 


Entra  en  las  selvas  sin  miedo,  busca  el  árbol  más 

[preciado, 
el  árbol  de  la  Quimera,  y  recuéstate  a  su  lado 
y  duerme  un  sueño  de  ensueños  apoyado  en  tu  laúd. 
Y  si  mueres  no  te  importe,  que  el  árbol  de  la  Qaimera, 
con  un  hacha  entre  los  brazos,  se  rajará  la  madera 
y  cuando  te  vea  muerto  te  ofrecerá  un  ataúd. 

Guillermo  y  Francisco  Rello. 


Invocación  a  Pan 


Si  es  verdad  como  sueño,  oh  dios  del  bosque, 
que  hay  en  mi  frente  pensativa  y  pálida 
un  destello  de  numen  vivo  como 
la  milagrosa  luz  de  la  mañana... 

Si  ea  verdad  como  sueño,  oh  dios  del  bosque, 
que  hay  en  mi  corazón  la  dulce  ansia 
de  amar  y  de  cantar  a  la  Belleza, 
a  la  Sabiduría  y  a  la  Gracia... 

A  ti,  que  eres  un  dios  artista,  acudo 
para  que  tú  me  ayudes  a  loarlas, 
y  en  esta  invocación  vengo  a  decirte: 
dame  tu  flauta,  ¡oh  Pan!,  dame  tu  flauta. 


CERVANTES  29 

Al  soplo  de  mis  labios  y  al  conjuro 
de  los  divinos  ojos  de  mi  amada, 
brotará  nuevamente  jubilosa 
aquella  vieja  música  diáfana 
con  que  tú  adormecías  en  los  bosques, 
y  en  los  floridos  prados,  y  en  las  aguas 
de  los  frescos  arroyos  a  las  ninfas 
de  pies  ligeros  y  de  carne  blanca; 
que  por  los  verdes  valles  perseguías 
y  que  de  tus  deseos  se  burlaban, 
pero  que,  al  fin,  en  tus  peludos  brazos, 
sobre  la  alfombra  de  la  selva  mágica, 
trémulas  de  terror  se  extremecían 
mientras  tu  ardor  impúdico  apagaban. 

Quiero  ¡oh  buen  dios  caprípedo  y  cornudo! 
la  juvenil  ofrenda  de  tu  flauta 
para  que  se  hagan  músicas  y  versos 
todos  los  claros  sueños  de  mi  alma. 

Quiero  que  viertas  de  tus  entusiasmos 
sobre  mi  frente  pensativa,  el  ánfora, 
quiero  que  des  a  mis  estrofas  débiles 
el  fuerte  ritmo  de  tu  voz  pagana. 

Quiero  embriagarme  y  exaltarme.  Quiero 
hacer  una  canción  gentil  y  báquica 
como  Jas  del  divino  Anacreonte, 
el  viejo  verde  de  la  Grecia  clásica. 


30  CERVANTES 

Quiero  que  pongan  sobre  mi  cabeza 
una  corona  lirica  de  pámpanas, 
y  que  a  danzar  en  torno  mió  lleguen 
las  Ninfas  y  las  Musas  y  las  Gracias,.. 

A  las  desnudas  vírgenes  deseo 
perseguir  por  las  sendas  ignoradas, 
para  poner  sobre  sus  labios  rojos, 
el  musical  torrente  de  mis  ansias. 

Quiero  que  tornen  los  dorados  días, 
los  viejos  tiempos  en  que  tú  reinabas 
y  eras  ¡oh  dios  flautista,  oh.  buen  Saturno! 
el  soberano  de  la  selva  mágica. 

Quiero  que  vuelvan  los  antiguos  himnos 
a  resonar  en  las  campiñas  plácidas 
y  en  loor  a  los  dioses,  nuevameate, 
digan  sus  dulces  músicas  las  flautas. 

Quiero  que  resucite  esplendorosa 
aquella  edad  magnífica  y  lejana, 
y  que  vuelva  a  alentar  en  los  espíritus 
el  fuego  de  la  Grecia  y  de  la  Gracia. 

Salvador  Valverde. 


CERVANTES  Si 


Poemas   nuevos 

CONCERTANTES 

— ¡Lindas  vírgenes,  salud! 
¡Buenos  músicos,  tocad! 
Venga  a  nos  la  beatitud 
de  una  eterna  mocedad... 
(¡Bravo  mosto  abrasador!) 
La,  ra,  la...  ¿Conque  festín, 
danza,  vino,  ingenio,  amor...? 
¡Prodiguémonos  sin  fin! 

(Y  saltan  al  jardín 

las  notas  del  violín: 

Voz  de  Chopín...) 

— Si  ahora  está  nuestro  deber, 

mientras  no  baje  el  telón, 

dignamente  en  mantener 

lo  escabroso  de  la  acción, 

no  se  vaya  a  interrumpir 

la  función:  es  vasto  el  plan, 

y,  ¡ay,  quien  no  sepa  decir 

su  papel!,  le  silbarán. 

(Y  la  comedia  harán, 
porque  tocando  están: 
Tan-tan  tan-tan. . .) 

— Todo  acaba,  y  marca  el  fin 

desde  luego  esta  inquietud; 

mas,  ¿qué  activo  ser  ruin 

clavetea  ese  ataúd...? 


82  CERVANTES 

Ya  vacilan  nuestros  pies... 
¡El  ocaso...!  En  conclusión, 
esto  es  todo...   En  marcha,  pues, 
la  postrera  procesión. 

(Y  allá  en  el  torreón 

solloza  el  esquilón: 

Kirieleysón...) 

PALABRAS    AMARGAS 

¿Qué  ganas  con  vivir, 

si  todo  es  falso  y  vacuo  y  descosido, 

si  nada  es  concluido, 

si  todo  se  malogra  con  morir? 

De  aquella  antigua  placidez  dorada, 

de  tanto  afán,  de  tanto  amor  ferviente, 

no  queda  nada  verdaderamente; 

sólo  tu  angustia,  nada... 

Mortal  es  la  ilusión  que  era  divina; 

no  hay  cosa  que  nos  sacie  ni  convenza; 

nuestro  vivir  acaso  comienza, 

y  acaso  se  termina... 

Tal  cumple  nuestra  efímera  jornada, 

que  en  ella  todo  es  cerca  y  es  lejano, 

y  nunca  y  siempre  es  tarde  y  es  temprano, 

sin  tiempo  para  nada. 

...  ¡Premiosas  agonías, 

destino  corto  y  triste, 

para  el  que  tú  predestinado  fuiste, 

oh  mundo,  absurda  obra  de  seis  días! 

José  Brüko. 


CBRVANTBÍ»  83 


LOS  COLOQUIOS 
SOBRE  LO  ETERNO 


De  la  Mujer 


Un  día  se  pusieron  a  dialogar  un  Fauno  y  un  Eui- 
señor. 

El  Ruiseñor  estaba  en  una  rama  en  flor.  El  Fauno 
recostábase  sobre  la  verde  hierba.  Aún  permanecía  en 
sus  pupilas  satánicas  y  encendidas,  la  fugitiva  visión 
de  la  ninfa  blanca  y  desnuda. 

Y  dijeron  de  este  modo: 

El  Fauno. — La  mujer  es  una  luminosa  escultura. 

El  Ruiseñor. — Es  un  bello  motivo  lírico. 

— Yo  acariciaría  su  carne  tersa . 

—  Yo  me  enamoraría  de  su  alma  fragante. 

— Me  parece  que  no  tiene  alma. 

— Te  lo  parece  a  ti.  Y  aun  cuando  no  la  tuviese, 
sería  lo  mismo.  No  es  preciso  que  existan  las  cosas, 
para  que  existan  en  nuestra  ilusión.  Muchas  veces  de- 
cimos: «¡Qué  buen  día!»  Y  es  porque  hace  buen  día 
en  nuestra  alma,   porgue  amaneció  esa  sugestión  eu 


84  OKRVANTBg 

nosotros,  no  porque  sea  en  realidad.  Como  hubiese 
tristeza  en  nuestro  espíritu  no  nos  parecería  así,  aun 
cuando  hubiese  un  buen  sol  y  hubiese  claridad  en  el 
cielo. 

— No  me  convences.  Hay  cosas  que  no  pueden  ser 
nunca  sugestiones.  La  mujer  tiene  una  sola  interpre- 
tación. Es  una  escultura  más  o  menos  sensual,  cince- 
lada en  mármol  rosa.  Todos  los  idealismos  de  que  se 
la  rodea,  son  morbosismos.  Carne,  materia,  arcilla. 
Tres  palabras  distintas  y  una  sola  palabra  verdadera: 
Mujer. 

— La  mujer  es  una  síntesis  maravillosa  de  armonía 
y  de  gracia  rítmica,  toda  llena  de  aroma  de  alma. 

— Yo  adoro  en  la  mujer  lo  único  que  posee.  Lo  ex- 
terno, la  belleza,  su  única  belleza.  Si  tuviese  espíritu, 
también  la  adoraría  con  ese  defecto.  Pero,  la  pobre, 
no  tiene  espíritu.  Yo  lo  prefi  ero  así,  porque  aquellas 
que  quisieran  tenerlo,  después  de  leer  alguna  novela 
de  folletín,  resultan  unas  preciosas  ridiculas,  que  se 
ponen  empalagosas  cuando  hablan  de  amor. 

— ¡Oh,  tenía  yo  una  novia...!  Su  alma  era  suprema- 
mente delicada. 

— ¡Pobre  enamorado!  El  alma  la  tenías  tú.  Porque 
la  querías  locamente  quizá,  por  eso  quisieras  que  tu- 
viese alma.  Todo  enamorado,  es  un  lamentable  Don 
Quijote.  De  Dulcinea,  hacen  un  ideal. 

— Aquella  novia  mía,  daba  claridad  cuando  se  aso- 
maba a  la  ventana  del  jardín. 

— Ni  habría  jardín,  ni  tampoco  claridad,  pero  tú  es- 
tabas apasionado  por  algo  indeciso,  y  tú  rodeabas  de 
idealismos  a  una  mujer  que  se  asomaba  a  una  venta- 


CBRVANTBS  S6 

na.  Las  cosas  ideales  no  existen  más  que  en  nosotros. 

— Las  cosas  ideales  pueden  existir  en  todos.  En  to- 
dos hay  un  poco  de  idealidad.  La  carne  es  triste.  Y 
nace  la  flor  lírica  en  la  carne.  No  se  amaría  la  vida,  si 
no  hubiese  una  ilusión. 

— Y  si  existen,  es  en  vosotros,  pobres  líricos,  que 
sólo  sabéis  soñar.  Yo  amo  la  vida,  porque  es  pánica  y 
fecunda.  No  debe  haber  alma  en  nuestro  tórax.  Es  un 
gusanqque  roe  nuestro  dintorno.  Yo  he  vivido  siem- 
pre sin  alma,  y  aún  no  he  sentido  la  necesidad  de  te- 
nerla. El  alma  crea  la  sensibilidad,  y  la  sensibilidad 
es  una  enfermedad  incurable  que  nos  hace  morir  un 
poco  todos  los  días. 

— Si  yo  no  tuviese  alma,  ¿para  qué  quería  yo  la 
vida?  Es  como  si  no  tuviésemos  luz  en  los  ojos.  Un 
almendro  sin  flor...  No  comprendo  tu  desdén. 

— No  comprendo  tu  gesto  apasionado. 

— Porque  eres  incapaz  de  sentir. 

— Y  no  me  comprendes  tú,  porque  no  has  vivido. 
La  vida  es  bien  amarga,  y  ello  te  haría  tan  escéptico 
como  a  mí  mismo.  Yo  creo  que  he  tenido  alma.  Por 
lo  menos,  un  rudimento  de  alma.  Era  un  ser  anormal. 
Pero  he  podido  amputarla. 

— Hablas  demasiado  despectivamente.  La  falta  de 
alma  es  una  anormalidad  espiritual,  así  como  la  falta 
de  un  brazo  es  una  anormalidad  somática. 

— No,  no.  Es  algo  que  sobra,  algo  asqueante.  Un 
bocio,  un  forúnculo. 

— No  debiera  escucharte,  puesto  que  no  puedo  di- 
suadirte. Para  comprenderme,  tendrías  que  poseer  la 
misma  sensibilidad  que  yo.  Estamos   demasiado  leja- 


36  CERVANTES 

nos.  Tú  amas  la  mujer  como  una  laminosa   escultura. 

— Y  tú,  pobre  apasionado,  como  un  bello  motivo 
lírico...  ¡Oh,  la  pasión  frenética  de  nuestro  instinto 
encadenado! 

— ¡Oh,  la  tristeza  de  hacer  imposibles  las  cosas,  la 
ilusión  y  la  emoción!  ¡Oh,  la  gentileza  de  morir  lenta- 
mente de  amor  y  de  amor...! 

En  esto  pasó  por  allí  un  Poeta  que  tenía  un  profun- 
do mirar,  y  se  puso  a  escuchar  el  coloquio. 

Y  dijo,  entonces,  para  sí: 

— Muy  gentilmente  discuten  los  Doctores.  j^Ie  pla- 
cen las  paganas  doctrinas  del  Fauno,  y  las  líricas  exal- 
taciones del  Ruiseñor.  Yo  acogería  las  palabras  de 
ambos  para  mí,  porque  todo  hombre,  aunque  lo  digni- 
fique la  emoción,  lleva  en  sí  uu  Fauno. 

Es  decir,  que  aquel  Poeta  justificaba  el  Deseo  Car- 
nal y  la  Ilusión  Sentimental. 

Pero,  aquel  Poeta,  era  Yo. 

De  la  Vanidad 

No  hables  de  eso.  Eso  es  lo  Perfectamente  Inútil. 

— Ja,  ja,  ja.  Siempre  con  tas  paradojas  ágiles. 

— Sí.  Te  digo  que  hablar  de  los  demás,  es  lo  Per- 
fectamente Inútil. 

— ¿Qué  hemos  de  hacer  entonces?  ¿De  quién  hemos 
de  hablar? 

— De  nosotros  mismos. 

— Continúas  con  tus  paradojas  extrañas.  Habla  más 
claro,  porque  yo  casi  no  te  comprendo.  ¿Para  qué  ha- 
blar de  nosotros  mismos? 


CBRVANTB»  87 

— Escucha  bien  para  comprenderme  con  todos  los 
sentidos.  Hablando  de  nosotros  mismos,  conseguire- 
mos una  lírica  perfección.  Y  nuestro  fio,  el  colofón  de 
nuestra  vida,  debe  ser  una  suma  e  inefable  perfec- 
ción. Si  en  lugar  de  censurar  a  tu  amiga  por  esto,  por 
aquello  o  por  lo  demás  allá,  te  censuraras  a  ti  misma 
por  esto,  por  aquello  o  por  lo  demás  allá,  tratarías  de 
hacerte  perfecta,  para  no  tener  que  censurarte  a  ti 
misma.  Sería  también  fecunda  tu  censura,  si  te  lleva- 
ses a  tu  amiga,  y  si  la  dijeses  sin  pasión  lo  que  me  de- 
cías a  mí,  lo  que  han  dicho  las  amigas  de  ella.  Claro 
que  ella  no  te  volvería  a  mirar  ni  te  diría  adiós,  por- 
que la  hiciste  pensar  un  momento  si  sería  verdad  lo 
que  ella  creía  de  su  belleza.  Esto  le  pasaría  pronto, 
porque  en  seguida  se  convencería  firmemente  al  mirar- 
se en  el  espejo,  o  al  pasar  ante  un  grupo  de  señoritos 
«bien.»  Aquel  rencor  por  que  le  habías  dicho  no  le  pa- 
saría, eso  no.  Pero  cuando  le  pasara  ese  aire  fragante 
de  la  belleza,  cuando  ya  no  pudiese  mir?.r  altivamen- 
te y  sonreír  a  los  muchachos  que  pasaran,  entonces  te 
volvería  a  sonreír  tristemente. 

— Es  preferible  que  cada  uno  conserve    su  ilusión. 

— Su  Vanidad,  mejor  dicho. 

— Sin  Vanidad,  sin  ilusión  o  como  quieras,  no  sería 
posible  tener  optimismo,  ni  deseo  de  vivir.  La  Vani- 
dad, es  el  espejismo  de  nuestra  vida.  Sin  ella,  ¿tendría- 
mos fuerza  para  seguir  caminando? 

— Mientras  tú  hablas,  estoy  meditando.  ¡El  querer 
ser,  es  Vanidad!  Yo  quisiera  ser  perfecto  como  un 
dios.  El  deseo  no  me  falta.  Pero,  ¿sería  yo  digno  de 
ser  un  dios?  ¿No  es  Vanidad  el  creerme  digno  de  ello? 


38  OBRVANTBS 

El  deseo  también  es  Vanidad,  porque  al  desearlo,  yo 
me  creo  perfecto  para  serlo.  Si  no  lo  digo,  para  que 
no  se  mofen  de  mí  las  demás,  lo  reconozco  en  mi  mis- 
mo, o  sea  en  mi  corazón. 

— Antes  me  decías  que  tener  Vanidad  era  un  peca- 
do, o  por  lo  menos,  una  gran  falta.  Y  terminas  dicién- 
dome  que  tú  la  has  sentido  alguna  vez. 

— Pero  es  que  hay  dos  especies  de  Vanidad.  A  sa- 
ber: Una  exterior  y  otra  íntima.  O  sea,  la  Perfecta- 
mente Inútil,  y  la  Diariamente  Necesaria.  La  prime- 
ra no  crea,  y  la  otra  sí.  Una  es  puramente  exterior  y 
pasajera.  La  otra  es  eternamente  íntima,  inmortal. 

— No  te  comprendo,  hermano. 

— Es  justo  que  no  me  comprendas.  Si  me  compren- 
dieras, mis  palabras  no  tendrían  un  aroma  de  eterni- 
dad. Yo,  cuando  hablo,  lo  hago  para  mí  solo.  Muchas 
veces,  para  justificarme  a  mí  mismo.  Otras  veces,  para 
adormecer  a  mi  otro  yo,  lleno  de  inquietud. 

— Te  prometo  escuchar,  siempre  que  me  hables  de 
cosas  sencillas.  Ahora  me  voa  la  catedral,  a  la  no 
vena. 

...Se  esfumó  el  aroma  de  la  Hermana,  y  el  Herma- 
no quedó  meditando... 

De  la  Bondad 

El  Cristo,  el  Apóstol,  el  Anarquista,  el  otro  Yo,  que 
llevamos  crucificado  en  nuestro  pecho,  dijo  esta  Leta- 
nía de  la  Bondad: 

— Seremos  más  buenos,  cuanto  más  comprensivos 
seamos. 


CHRVANTRS 


sd 


En  la  comprensión  hay  un  germen  de  bondad. 

Comprendiendo,  aceptamos.  Aceptando,  acogemos. 
Acogiendo,  perdonamos. 

Siendo  bueno  nuestro  corazón,  serán  buenos  los  de 
los  demás,  porque  los  creeremos  como  el  nuestro. 

La  bondad  es  una  flor  que  nace  en  nuestra  alma 
una  flor  divinamente  aromada. 

Una  flor  inocente,  porque  inocente  es  la  bondad. 

La  bondad  es  inocencia  también.  La  primitiva  ino- 
cencia del  mundo. 

Una  flor  sencilla,  porque  sencilla  es  la  bordad. 

La  bondad  es  sencillez.  La  primitiva  sencillez  del 
mundo. 

Una  flor  fragante,  porque  fragante  es  la  bondad. 

La  bondad  es  fragancia.  La  primitiva  fragancia  del 
mundo. 

Inocencia,  sencillez,  fragancia,  son  una:  Bondad. 

¡Cómo  en  la  bondad  se  une  toda  la  antigua   gracia! 

Seamos  buenos. 

Cuanta  más  bondad  haya  en  nuestro  corazón,  más 
grandes  seremos. 

Estaremos  más  cerca  de  Dios  o  de  la  ilusión  de 
Dios. 

En  verdad,  os  digo,  que  siendo  buenos,  nuestra  alma 
será  pura  como  un  cirio  ardiendo. 

Será  jubilosamente  fraternaria,  y  todos  los  hombres 
serán  hermanos  de  nuestro  corazón,  aun  sin  haberlos 
engendrado  la  madre  que  a  nosotros. 

Seamos  buenos,  y  lo  seremos  todo. 

La  bondad  es  un  relicario  que  encierra  todos  los 
dones  espirituales. 


40  CBRVANTBS 

Yo  08  requiero, hermanos,  para  que  plantéis  en  vues- 
tro corazón  este  divino  rosal... 

...Entonces,  el  Hombre  que  escuchaba,  el  Hombre 
que  tenia  la  faz  de  un  chacal  violento,  el  Hombre  que 
ruge  en  nosotros  en  los  instantes  de  odio,  dijo: 

— Tus  palabras  fueron  dichas  en  un  momento  mor- 
boso piopicio  al  misticismo. 

En  el  Hombre  no  puede  haber  bondad. 

El  alma  es  una  tierra  pedregosa  y  estéril,  que  no 
da  fruto  ni  flor. 

Nos  odiamos  a  nosotros  mismos.  Hay  momentos  en 
que  yo  quisiera  asesinarme.  Las  manos,  engarfiadas, 
son  garras  que  quisieran  estrangular  mi  corazón. 

Yo  crucifiqué  al  Cristo  que  llevaba  en  mi... 

Correa-Caldebón. 
Fécit  an.o  MDCCCCXIX. 


CERVANTES  4* 


A  FRÁNCI5  JAMME5 


Y  el  celeste  genio  de  Tournay,  desde  la  orilla 
del  Gabe  de  Pau,  tiende  en  prestigio  de  oro  a  los 
pueblos... 

Viejo,  nos  enseñó  a  ser  jóvenes,  y  abrió  sus  pa- 
nales franceses  que  se  derramaron  en  la  vecina  no- 
che española  y  real. 

«Bajo  el  agua  azul  del  cielo»,  a  lo  largo  de  los 
parques  blancos,  Isabel  de  EUébeuse,  con  sus  ojos 
dorados  y  lentos,  limita  la  sombra,  «en  el  viento 
que  sopla  en  los  labios  de  los  castaños  de  Indias...» 

¡Oh,  Isabel!... 

Llevas  el  atardecer  quebrado  de  los  Pirineos  «en 
la  sombra  misteriosa  de  tus  pechos  aún  no  en  sa- 
zón» y  en  las  haldas  de  tu  «vestido  rosa  de  color 
higo  abierto»... 

Llegarás  al  siglo  español  ¡oh  santa  ingenua!  so- 
bre «el  liquido  zafir  délas  aguas  vírgenes»,  saltán- 
dote el  alma  a  los  ojos,  bajo  «la  ceniza  de  seda  de 
de  tu  cabellera»... 

Almaida  de  Etremot,  tu  hermana,  parirá  el  hijo 


42  CERVANTES 

celeste  de  las  cabanas,  mientras  «el  Sol  de  las  nue- 
ve arroja  una  sombra  espesa  al  pie  del  pozo...» 

Y  Manzana  de  Anís,  la  dulce  coja,  estirará  su 
patita  de  pájaro  y  cruzará  España  «en  el  perfume 
de  las  lilas  negras». 

Abrirá  su  seno  cordial  y  fragante  a  los  labios  de 
las  musas  nuevas  «que  beben  las  aguas  de  mayo» 
y  ponen  su  alma  nocturna  en  «los  pavos  reales  po- 
sados en  el  luto  de  las  encinas...» 

Las  estatuas  de  la  noche  alta  se  darán  a  los  poe- 
tas, sobre  los  setos  cuajados  de  lirios,  y  bailarán 
ante  la  literatura  muerta,  con  sus  piernas  de  már- 
mol, «ágiles  y  redondas  que  saben  hollar  el  vino  de 
las  danzas  españolas»... 

Y  una  noche,  el  alma  del  ideal,  sobre  las  carnes 
rubias  de  las  vírgenes  francesas,  ascenderá  a  vues- 
tros labios,  ¡oh,  novísimos!  y  describirá  su  círculo 
de  triunfo  sobre  la  tersidad  del  agua...  «del  agua 
dorada  por  la  sombra»... 

Y  Jammes  nos  besará  en  los  párpados... 

Pedro  Iglesias  Caballero 


OBRVANTBB 


41 


MEDITACIONES  DE   ABRIL 

(Fragmentos  de  un  diario.) 


V  de  abril  de  1918. 

Durante  muchos  años  he  tenido  en  abril  pertinaz 
intención  de  anotar  en  un  diario  las  más  sabrosas 
huellas  que  esta  época  espiritual  por  excelencia  deja 
en  nosotros.  Me  entristece  pensar  que  nunca  llegué  a 
realizar  mi  anhelo.  Hoy,  ya  es  hora  de  escuchar  los 
mandatos  sentimentales. 

Recuerdo  que  en  mis  abriles  matinales — contando 
once  o  doce  años — ,  al  volver  del  colegio  con  las  yemas 
de  los  dedos  maculadas  de  tinta  violeta,  a  la  hora  de 
la  merienda,  arrellanado  en  un  sofá  con  funda  de 
dril,  veía  desfilar  las  procesiones  y  cortejos  de  mi  fan- 
tasía. Entonces  me  figuraba  ser  dramaturgo,  general 
en  jefe,  tribuno  o  santo,  mientras  miraba  abrirse  las 
lilas  en  los  frascos  de  cristal  y  saboreaba  mi  café  con 
leche,  azucarado  y  moreno,  al  son  de  las  seis  campa- 
nadas vespertinas. 

¡En  la  mañana  de  la  vida  qué  doradas  y  limpias 
son  las  tardes! 


44t  CHRVANTBS 

Este  diario,  más  que  acontecimientos  presentes, 
quizá  glose  otros  abriles  más  risueños  y  nunca  can- 
tados. 


Día  2. 
El  Jardín  Botánico. 

Una  deliciosa  inacción  ha  hecho  el  vacio  en  mi  día. 

Pero  he  visitado  por  la  tarde  el  Jardín  Botánico. 

Está  tan  convaleciente,  tan  tierno,  tan  sentimental, 
como  todos  los  años  en  esta  época.  Húmedo  y  tem- 
bloroso, sin  flores  todavía,  tiene  un  estremecimiento 
de  pubertad  y  de  unción.  Por  las  mojadas  avenidas 
caminan  sombras  largas  que  leen  en  libros  invisibles. 
Aúo  no  hay  mirlos  ni  lilas  blancas. 

He  mirado  la  primera  comunión  del  jardía  con  la 
amargura  de  la  inferioridad.  Y  mientras  hollaba  la 
arena  blanda  y  violácea  he  formulado 

¿Por  qué  tan  sólo  el  corazón 
no  ha  de  dar  flores  este  año?... 

En  cierto  año,  todo  mi  abril  se  pasó  en  el  Botáni- 
co. Entonces  el  cáliz  estaba  lleno.  Retorcía  en  las 
mañanas  gris  perla  mis  arabescos  preciosistas.  Pensa- 
ba en  un  fantasma  grato  y  hablaba  (mintiendo)  de 
unas  fantásticas  e  irrealizables  nupcias  que  se  celebra- 
rían en  octubre. 


OBBVANTBS  45 


Día  5. 
Los  especialistas. 

La  mayor  tortura  que  nos  cabe  a  los  hombres  de  la 
civilización  es  no  poder  aprehender  la  vida  en  una 
mirada  larga  y  sabrosa,  en  una  dulce  perpetuidad 
profesional.  La  existencia  pasada  por  los  innumera- 
bles cedazos  de  las  funciones  y  de  los  destinos,  es  un 
festín  del  cual  apenas  se  puede  saborear  un  manjar. 
Apenas  paladeamos  un  goce  el  mecanismo  social  nos 
le  arrebata.  Muchos  pocos:  he  aquí  lo  que  hallamos 
como  sedimento  en  el  fondo  de  nuestros  exámenes  de 
conciencia.  No  hemos  encontrado  saciedad  en  nada  y 
sabemos  que  es  imposible  conseguirla,  y  envejecer  en 
ella,  dentro  de  la  entraña  del  hartazgo. 

Lo  que  más  estimamos  son  esas  formas  en  que  la 
vida,  es  vida  propiamente  dicha — pez  libre  de  la  red 
de  las  definiciones  —y  que  son  los  únicos  jalones  te- 
leológicos:  la  música,  la  danza,  la  risa,  el  juego,  etc. 
Pero  siempre  miramos  esos  deleites  como  bálsamos 
no  usaderos  en  lo  cotidiano. 

El  legado  de  la  división  del  trabajo  ha  sido  los  es- 
pecialistas, buhos  amargos  que  sienten  que  todo  el 
hervor  de  vivir  se  les  escapa  de  las  manos  y  del  alma, 
y  no  les  deja  actividad  sino  para  otra  forma  de  juego 
que  es  el  empleo  de  la  vida  en  el  área  de  su  especia- 
lidad. Y  no  se  sacian  porque  alcanzan  la  magnitud  de 
todo  lo  que  desconocen;  todo  lo  que  les  falta  de  aque- 


46  CBRVANTH» 

Has  fiestas  en  que  cataron  de  un  placer  lejano  y  aje- 
no. Entonces  comprenden  que  aun  dentro  del  núcleo 
de  su  desbino  no  llegan  a  gozar  de  la  vida  entrañable, 
como  el  gusano  en  la  manzana  o  la  abeja  que  escarba 
en  los  estambres. 


Día  8. 
Amiel. 

El  estilo  de  Eurique  Federico  Amiel  no  tiene  edad. 
Su  Diai'io  intimo  esta  escrito  en  el  mismo  tono  y  con 
idéntica  plenitud  desde  las  impresiones  de  veintiocho 
años  anotadas  en  Berlín  hasta  las  últimas  páginas  tra- 
zadas a  los  sesenta  y  uno,  en  vísperas  de  muerte.  Y 
es  que  el  alma  de  aquel  melancólico  germánico  se 
desplazó  pronto  hacia  las  cosas,  objetivándose  en  la 
edad  menos  propicia  y  conservando  en  los  períodos 
posteriores  de  serenidad  y  de  cordura  aquella  dulce 
santidad  consistente  en  anidar  dentro  del  corazón  de 
lo  diverso  y  uno.  En  su  tristeza  dadivosa,  ansiosa 
sólo  de  su  cosecha  de  divinidad,  se  diseminó  en  los 
objetos,  o  puntualizando  más,  en  los  fenómenos  de 
los  objetos.  Si  alguien  tuvo  no  ya  tan  sólo  el  concep- 
to, sino  el  sentimiento  del  idealismo  transcendental, 
fué  aquel  místico  generoso  que  llevó  su  confianza  a 
las  reconditeces  adonde  no  llegaba  su  conciencia.  La 
vida  de  Amiel  no  se  amontonó  como  aluvión  de  he- 
chos, y  por  eso  en  ella  el  tiempo  está  desprovisto  de 
ese  amargo  aspecto  bergsoniano  y  genealógico   que 


0BRVANTB8 


i7 


enturbiará  nuestras  memorias  cuando  osemos  escri- 
birlas. 

El  mayor  de  sus  terrores  faé  el  que  experimentó 
ante  la  posibilidad  de  poseer  las  cosas,  de  destrozar 
con  la  codicia  aquello  que  sólo  puede  ser  amado  res- 
petuosamente. El  sentido  religioso  de  la  vida  le  im- 
pidió descollar  como  poeta  o  como  catedrático  y,  des- 
de muy  joven,  la  mantuvo  lejos  de  la  soberbia  cientí- 
fica que  quiere  esclarecerlo  y  dominarlo  todo.  Fué 
sin  duda  su  candor  de  místico  lo  que  mantuvo  a  su 
estilo  fuera  del  tiempo,  y  la  sonrisa  del  renuncia- 
miento le  dio  como  premio  la  certeza  de  que  aún 
viendo  desfilar  muchos  años,  no  existe  sino  una  sola 
Primavera,  única  y  eterna. 


Día  12. 
El  abolengo  de  lo  matemático. 

Bbiy  instantes  en  la  pena  como  en  el  placer  en  que 
el  espíritu  se  siente  tan  henchido,  tan  colmado,  que 
viene  a  creer  y  a  crear  metafóricamente  que  no  es  más 
que  una  crátera  o  un  vaso,  algo  que  por  su  naturaleza 
está  sujeto  a  las  dimensiones  de  la  capacidad,  y  que 
la  razón  de  vivir  es  algo  excesivo  y  desbordante. 

Cuando  fermentaba  en  nosotros  la  alegría,  y  a  bor- 
botones, se  acrecentaba  enloqueciéndonos,  le  dijimos: 
«Detente,  detente;  no  seas  tan  pródiga».  Y  esto,  como 
si  fuéramos  a  ahogarnos  en  el  estanque  de  nuestra 
propia  alma.    De  la  noción  metafórica   del  espíritu 


48 


CERVANTES 


como  vasija  de  la  vida,  nace  la  noción  primitiva  de 
la  quantitas,  y,  en  el  dolor,  la  suficiencia  de  la  delibe- 
ración suicida. 

En  nuestro  abril,  y  en  los  primeros  días  del  curso 
de  análisis  matemático,  el  profesor,  detenido  en  el 
umbral  de  la  vida,  nos  anunciaba  que  el  placer  como 
el  dolor  eran  magnitudes;  pero  nunca  cantidades...  Y 
de  aquellos  elementos  tan  importantes  tuera  del  aula 
no  volvia  a  hablarnos  en  todo  el  año. 

En  la  pena,  cuando  el  sentido  de  la  vida  llena  la 
pila  de  la  nevegación,  dejan  da  tener  valor  todas  las 
supuestas  y  endebles  razones  morales  que  han  que- 
rido erigirse  en  antidoto  del  suicidio,  porque  el  des- 
bordamiento de  la  desesperación  sabe  que  los  límites 
del  quantum  caen  dentro  de  la  muerte. 

Fué  necesidad  en  el  hombre  cuando  sintió  que  se 
anegaba  en  la  pena  o  en  el  gozo,  determinar  cuanti- 
tativamente todo  lo  que  a  su  poder  se  manifestaba 
mensurable. . . 


Día  15. — En  la  plaza  del  Hospital. 
Epicuro. 

Cuando  se  convencieron  los  cínicos  de  la  limita- 
ción de  la  vida  y  se  acogieron  a  su  parvedad,  alcan- 
zaron algo  así  como  un  sentimiento,  que  fuera  del  li- 
mite lógico  de  su  creencia  filosófica,  les  hizo  sospe- 
char que  quizá  la  finalidad  de  la  vida  fuera  in- 
aprehensible,  y  que  como  única  certidumbre  quedara 


CBRVANTKH  49 

sólo  la  muerte.  Y  desde  entonces  los  actos,  para  ellos 
no  tuvieron  otro  aliciente  que  el  de  significar  rego- 
deo para  la  tortura  apremiante  del  tiempo  y  material 
para  cubrir  la  espera  mientras  llegaba  la  muerte.  Fué 
la  idea  de  la  muerte  el  término  y  base  de  todos  sus 
pensamientos,  y  entonces,  aprendieron  a  saborear  el 
momento,  que  era  el  único  patrimonio  que  en  defini- 
tiva les  quedaba  y  conocieron  el  térpsis,  el  deleite 
provisional  y  omnímodo. 

Día  17. 
Las  palabras  prostituidas. 

Me  duele  en  el  alma  ver  cómo  han  vilipendiado  y 
vendido  aquellas  tiernas  palabras  que  he  adorado 
como  a  las  novias  adolescentes;  aquellas  palabras  con 
las  que  tuve  unas  nupcias  sentimentales  e  ignoradas 
y  que  después  han  caído  en  el  uso  del  populacho,  en 
la  boca  de  la  canalla. 

Cada  día  me  haré  más  difícil  para  los  vocablos  e 
iré  a  buscarlos  a  las  ciencias  más  recónditas  y  más 
herméticas,  en  las  hoquedades  en  que  no  penetran 
los  periodistas,  ni  los  jefes  de  negociados,  ni  los  can- 
tores ambulantes. 

Día  19. 
La  castidad. 

Los  que  somos  castos  sentimos  una  grande  pesa- 
dumbre ante  la  evidencia  geológica  y  paleontológica 

4 


50  CKRVANTIQS 

de  la  vejez  de  la  tierra,  y  el  contraste  que  ofrece  con 
la  perenne  lozanía  de  la  vida.  Hay  momentos  en  que 
sentimos  que  el  latido  vital  es  ya  algo  extemporáneo 
y  fuera  de  sazón;  que  sólo  fué  bellamente  oportuno 
cuando  el  planeta  era  joven.  Hoy  la  aparición  de  ge- 
neraciones nuevas,  teniendo  por  causa  un  impulso 
genésico,  es  algo  que  indica  que  la  vida  se  aferra  a 
unas  condiciones  adversas,  que  ya  no  son  condiciones. 
Pero  es  tan  anárquica,  tan  rebelde,  que  no  siente  su 
zurda  indiscreción  en  la  corteza  dura  y  desolada. 

Esto  siento  yo  viendo  las  piedras — los  bloques  de 
las  montañas  y  los  camafeos  de  las  sortijas — que  no 
tienen  sexo  ni  inquietud;  que  tienen  una  conciencia 
dormida  y  adecuada  a  la  situación  geológica,  quizá 
superior  a  esta  turbulenta  conciencia  vital,  que  por 
mucho  que  haya  evolucionado,  es  de  hechura  antigua 
y  caduca,  aunque  estuvo  destinada  a  nutrirse  de 
apogeo. 


Día  20. 
Ofertorio. 

Los  que  hemos  amado  con  dolor,  los  que  hemos 
delinquido  y  no  somos  tan  pobres  de  espíritu  como 
Lemaitre  que  creía  en  la  indiferencia  de  Sirio,  sole- 
mos en  la  ambigüedad  de  los  crepúsculos  atravesar  la 
ciudad  e  irnos  a  su  periferia  por  una  ronda  desierta 
o  por  paseos  dominadores  como  senderos  de  acanti- 
lado. Y  entonces,  abrumados  de  civilización  y  de  al- 


UKRVANTKS  51 

goritmo,  usurpando  a  los  niños  su  conmovedor  salu- 
do, con  las  yemas  de  los  dedos  profanadas  por  haber 
tocado  las  cosas  de  toda  la  jornada,  le  enviamos  un 
beso  de  nuestra  boca  a  las  recién  nacidas  estrellas  de 
occidente,  donde  quizá  no  haya  seres  conscientes,  ni 
vegetación,  ni  atmósfera;  pero  donde  reside  un  prin- 
cipio sentimental,  batidor  y  heraldo  de  la  Biología, 
que  parpadea  en  los  cielos  como  el  primer  fundamen- 
to de  la  razón  de  ser  del  mundo. 


Día  22. 
Algunos  filólogos... 

Parte  del  prurito  de  ciertos  filólogos  es  afán  de 
hombres  susceptibles,  puntillosos  y  cascarrabias  que 
ahondan  en  la  historia  de  los  vocablos  para  que  al 
descubrir  para  éstos  un  sigaificado  distinto  al  que  el 
vulgo  les  daba,  puedan  derrumbarse  las  acritudes  de 
adagios  y  sentencias  que  mortificaban  sus  chinchorre- 
rías de  hombres. 

Esos  filólogos  desmenuzan  las  voces  con  la  avidez 
del  afrentado  que  busca  una  justificación  atenuante 
para  el  insulto  que  ha  caído  sobre  él. 

Los  que  aspiramos  a  mártires,  mientras  quedemos 
invadidos  por  nuestra  vocación,  no  aquilataremos  el 
sentido  de  la  injusticia,  porque  toda  lapidación  nos  es 
grata. 


62  CERVANTES 

Dia  24. 
Fraternidad  con  los  dioses. 


Los  inventores,  los  poetas,  los  teósofos,  los  utopis- 
tas, todos  esos  solitarios  de  los  jardines,  de  los  mu- 
seos, de  las  bibliotecas  y  de  las  calles  anestesiadas, 
cuando  vuelven  a  la  vida  se  quejan  amargamente  de 
que  la  civilización  sea  tan  ingrata  con  ellos  que  casi 
nunca  les  ofrece  ni  las  riquezas,  ni  los  homenajes,  ni 
las  mujeres  tiernas  y  bellísimas. 

Entonces  no  aciertan  a  ver  el  cúmulo  de  desaires 
que  hicieron  al  comercio,  al  Estado,  al  Eterno  Feme- 
nino y  al  Amor,  mientras,  solos  y  sublimes,  se  divini- 
zaban a  si  mismos  por  medio  de  una  estrecha  frater- 
nidad con  los  dioses. 


Día  27. 
La  protesta. 

Este  hombre  será  inexorable  consigo  mismo  duran- 
te toda  su  vida.  La  confusión  que  sufrió  en  los  labe- 
rintos éticos  le  hizo  desertar  de  toda  selva  de  efusio- 
nes caudalosas  y  amó  el  desierto  pulverulento  y  una. 
nime  porque  en  las  arideces  rubias  y  calizas  la  vida 
no  tiene  nunciatura. 

Este  hombre  ya  sabe  que  el  sentido  carcelario   de 


CBRVANTBS 


63 


existir  se  bifurca  en   dos   consuelos:  el  pan  de  la  es- 
clavitud y  la  crátera  de  la  melancolía. 

Ha  escogido  la  segunda  forma  porque  ama  y  siem- 
pre amará  la  fluidez  y  la  diafanidad.  Y  bebiendo  me- 
lancolía se  ha  persuadido  de  que  sólo  en  el  error  y  en 
el  atolondramiento  era  posible  vivir;  pero  vivir  con 
el  riesgo  de  topar  con  el  fatum  de  la  tragedia. 

Espantado  por  las  probabilidades  dramáticas  ha 
querido  ser  instrumento  de  programa.  Y  se  ha  hecho 
ambicioso.  Ambicioso  desinteresado  y  pragmatista, 
por  la  soberbia  heroica  de  derrotar  a  la  muerte. 

Para  él,  que  no  vive  la  vida,  que  no  admite  que 
sea  esta  una  dádiva  irrepudiable,  ¿qué  valor  tiene  su 
persistir?  ¿Qué  ambición  es  esa  de  deshumanizarse  y 
de  venir  a  ser  una  cifra,  un  módulo?...  Algo  que  pro- 
testa contra  lo  viviente,  y  que  ha  de  ser  ejemplo  de 
vivientes,  lucero  para  ojos  vivos,  héroe  que  en  el  pe- 
cado— ¡oh,  el  mayor! — de  definir  la  muerte,  llevará  la 
penitencia  de  padecer  la  vida. 


Día  30. 
Metus. 

Tengo  miedo,  mucho  miedo  a  escribir  una  elegía 
tierna  y  dulcísima,  porque  entonces  perdería  su  valor 
todo  este  encono  contra  los  extravíos  sentimentales, 
que  es  como  la  armazón  espiritual  de  estos  mis  últi- 
mos años.  Siento  mucho  terror  porque  un  día,  des- 
pués de  haber  dormido  más  de  un  lustro  sobre  ua 


54  OBRVANTBS 

mísero  tablero,  como  San  Eusebio  o  San  Pacomio, 
hunda  mi  frente  en  algún  valle  virginal  y  efusivo. 
Miedo  siento  a  volver  a  ser  hombre,  ya  que  puse  todo 
mi  empeño  y  mi  anhelo  (Das  Streben)  en  deshumani- 
zarme y  tan  sólo  en  deshumanizarme. 

Mauricio  Bacarissk 


I 


CBRVANTHIS  56 


LITERATURA  SIONISTA 

Las  Siónidas  de  Yehuda  Halevy  (España-siglo  XII) 


¡Oh  Sión,  Sión  gloriosa!  ¿No  te  acuerdas,  dime,  de 
tus  hijos?  ¿De  tus  hijos  desventurados  que  por  el 
mundo  vagan  desterrados  y  errantes? 

¿No  piensas  en  nosotros  que  en  ti  pensamos  noche 
y  día  y  que  en  tu  paz  hemos  cifrado  la  única  alegría 
de  nuestro  corazón? 

Del  lado  del  Austro  y  del  lado  del  Aquilón,  de  la 
parte  de  poniente  y  de  la  parte  de  levante,  ¡oh  tú 
adorada  Sión,  que  tan  remota  estás,  Sión,  Sión  glo- 
riosa, recibe  en  estos  versos  el  ardiente  saludo  del 
alma  israelita  que  vibra  y  palpita  por  ti  con  anhelo 
infinito! 

♦  ♦  ♦ 

Y  acepta  el  triste  saludo  de  este  triste;  de  este  tris- 
te que  se  aferra  a  la  esperanza  y  se  obstina  en  esperar 
con  fe  inquebrantable. 


56  CMRVANTBS 

Y  que,  a  través  de  su  llanto,  tan  sólo  anhela  de- 
rramar sobre  tus  montes  más  lágrimas  que  la  lluvia 
con  que  el  Hermon  los  baña! 

*  *  * 

¡Que  asi  como  ahora  soy  fuente  de  llanto  inextin- 
guible y  pura  para  plañer  el  inmenso  dolor  de  inmen- 
sa ruina,  también  seré  un  arpa  jubilosa  que  cante  ¡oh 
patria  mia!  el  cántico  divino  de  tu  redención! 

*  *  * 

¡Oh  Bethel,  donde  Jacob  vio  la  escala  celeste!  Pe- 
niel,  donde  con  un  ángel  del  cielo,  lucho  en  la  soledad 
y  en  las  tinieblas.  Y  tú  ¡oh  doble  baluarte  por  él  ele- 
vado para  sus  hijos!  ¡Con  qué  honda  emoción  gime  y 
suspira  por  veros  mi  alma! 

4c  *  * 

Sión,  en  ti  la  Providencia  mantuvo  siempre  su  es- 
plendor, por  hallarte  tan  cerca  de  las  divinas  mora- 
das. Siempre  propicio  te  estaba  abierto  el  cielo,  para 
que  de  noche  y  de  día,  a  toda  hora,  tus  plegarias  lle- 
gasen más  directas  a  Dios. 

*  *  * 

La  luz  que  te  guiaba,  la  luz  con  que  refulgías,  no 
eran  las  luces  efímeras  del  sol  ni  de  la  luna,  ni  tam- 
poco la  luz  intermitente  de  las  estrellas;  tu  sol  y  tu 
guía  era  la  gloria  de  Adonai. 


OEKVANTBS 


57 


¡Ah!  ¡Que  no  pudiera  yo  ir  a  derramar  como  un 
agua  en  tu  sagrado  seno  este  mi  dolor,  esta  alma  mía 
que  en  mi  plañe!  ¡Y,  como  tus  elegidos,  bañarme  en  el 
de  mar  de  inspiración  que  sobre  ellos  dejaban  fluir 
los  puros  rayos  de  la  divina  idea! 


*  *  * 


¡Campos  donde  el  Rey  de  Reyes  plantó  sus  reales; 
basa  del  trono  erigido  al  Dios  de  los  Espacios,  Tierra 
promisión!  ¡Ay!  ¡Cuántos  viles  esclavos  no  se  sientan 
ahora  en  las  sedes  donde  veías  sentarse  antiguamente 
a  los  principes  de  tus  jerarquías! 


*  *  * 


¡Ah!  ¡Quién  me  diera  la  dicha  de  poder,  antes  que 
mi  vida  se  extinga,  llevar  mis  pasos  a  la  cuna  de  la 
Nación!  ¡Recorrer  uno  por  uno  todos  los  parajes,  soli- 
tarios y  temerosos,  donde  Adonai  se  mostraba  a  los 
profetas  en  visiones  de  luz! 


i/t  *  * 


¡Oh!  ¡Quién  me  diera  tener,  como  las  aves  del  cielo, 
alas  para  volar  a  ti  ¡tierra  elegida!  ¡Y  por  tus  valles  y 
colinas  ¡oh  Sión!  unir  en  un  mismo  llanto  tus  ruinas 
con  las  de  mi  corazón! 


itt*  * 


¡Jubiloso  me  postraría  de  hinojos  en  tu  suelo  que- 
rido; con  piadosa  veneración  me  colgaría  al  cuello  tus 
piedras,  y  para  aplacar  esta  agonía  intensa,  te  apreta- 


58  OBRVANTfiS 

ría  ¡oh  madre!  contra  mi  pecho  y  me  restregaría  con- 
tra tu  polvo  sagrado! 

,  *  *  * 

¡Sobre  todo,  cuando  viese  las  melancólicas  campi- 
ñas donde  las  preciosas  cenizas  de  nuestros  padres  ya- 
cen en  la  soledad;  o  aquella,  famosa  en  todo  el  mun- 
do, que  se  extiende  a  lo  largo  del  Hebrón  y  guarda  la 
tumba  de  los  cuatro  patriarcas! 

¡Oh,  Líbano  frondoso!  ¡Oh,  cedros  seculares!  ¡Oh, 
espléndidas  pomaradas  del  pingüe  Carmelo!  ¡Oh,  Ga- 
laad!  ¡Oh,  Jordán  de  aguas  claras!  ¡Quién  me  diera  as- 
pirar vuestro  aire  fragante  o  quedarme  mudo  de  ad- 
miración, contemplando  las  cumbres  del  abrupto 
Abarim! 

*  *  * 

¡Abarim!  Ilustre  por  la  muerte  del  más  ilustre  y  tú 
¡oh  Hor  altanero!  a  quien  le  cupo  en  suerte  guardar 
los  restos  de  Aaron:  vosotros  visteis  extinguirse  el  úl- 
timo reflejo  de  los  dos  astros  de  luz,  de  Moisés  y  su 
hermano,  que  Adonai  apagó  con  un  beso. 

Tus  auras,  tierra  querida,  están  hechas  de  espíritus 
vitales  que  dan  luz  al  pensamiento  y  al  cuerpo  fuerza 
y  vida;  tu  polvo  es  un  bálsamo,  de  mirra  son  tus  cam- 
pos y  tus  ríos  de  pura  y  dulce  miel, 

*  *  * 


0BRVANTH8  59 

¡Templo  de  Salomón!  Mis  delicias  mayores  serian 
vagar  descalzo  y  desnudo,  por  entre  las  breñas  que 
te  cubren,  por  el  lugar  donde  antaño  brillabas  y  don- 
de hoy  te  afrentan  los  infieles;  desgarrarme  los  pies 
donde  se  erguía  el  altar  que  hoy  yace  en  ruinas:  en 
verdad,  esas  serian  mis  mayores  delicias. 

*  *  ♦ 

O  en  el  lugar  terrible  donde  resplandecía  el  Arca 
sagrada — sumida  hoy  en  tal  bajeza — sin  que  las  nu- 
bes de  incienso,  con  sus  rizadas  espirales,  ni  los  que- 
rubines, con  sus  alas  abiertas,  velasen  su  terrible 
vista. 

*  *  * 

¡Ah!  ¡Como  en  mi  dolor  me  arrancaría  los  cabellos 
con  mis  propias  manos  y  los  arrojaría  al  viento! 

¡Ya  que,  en  épocas  nefastas,  manchó  el  destino  en 
tierra  impura,  sin  dolor  ni  piedad,  las  guedejas  de  los 
nazarenos! 

*  m  * 

¡Oh,  manjares!  ¡Qué  placer  podríais  brindarme!  ¿Ni 
cómo  ¡oh  licores!  podríais  aplacar  el  dolor  que  me  tor- 
tura, cuando  canes  hambrientos  sorben  impunemente 
la  sangre  generosa  y  devoran  la  carne  aún  palpitante 
de  los  leones  de  Sión? 


*  *  • 


¿Cómo  podrían  alegrar  mis  ojos  los  iris  del  día? 
¿Cómo  los  ásperos  abrojos  de  mi  vida  se  trocarían  en 


60  CURVANTES 

flores?  ¡Cuando  veo  forcejear  en  vano,  a  las  águilas  de 
Israel,  en  oscuras  cavernas,  entre  las  garras  curvas  y 
feroces  de  cuervos  insaciables! 

¡Oh,  cáliz  de  amargura!  ¡Cesa,  mitiga  tus  rigores! 
¿No  ves  que  henchido  de  dolor,  revienta  ya  mi  pecho? 
¿No  ves  que  ya  la  ola  de  tu  amargura  sube  hasta  mis 
labios! 

4c  *  * 

¡Evoco  tu  recuerdo,  ¡Aolá!  triste  Samaria,  y  paladeo 
también  el  sabor  de  tu  amargura:  que  si  Aolibá,  la  sin 
ventura  Jerusalem,  acude  a  mi  memoria,  también  aspi- 
ro hasta  las  heces  tu  vino  de  aflicción! 

*  «  « 

Salve,  ¡oh  Sión!  ¡Flor  de  gracia  y  belleza!  ¡A  cuyas 
seducciones  añade  ahora  la  pena  una  seducción  más! 
¡De  bronce  inquebrantable  son  los  lazos  con  que  a  tus 
brazos  de  madre  unía  el  amor  los  brazos  de  tu  pueblo! 

*  *  * 

De  ese  pueblo  que  acompaña  tus  sollozos  con  los 
suyos,  que  aún  llora  la  gloria  desvanecida  de  los  tiem- 
pos de  oro  de  tu  exaltación,  que  envuelve  tu  viudez 
en  lutos  y  se  regocija  en  tu  ventura  y  siempre  de  hi- 
nojos, pide  a  Adonai  tu  salvación. 

*  *  * 

¡Cuántos  ojos  no  están  siempre  en  ti  fijos,  como 
pidiéndote  amparo  en  los  trances  infernales   de  los 


í 


ÜBRVANTBS  tíl 

abismos  del  destierro,  del  cautiverio  amargo;  donde 
quiera  que  la  suerte  arroje  a  tus  hijos,  siempre  que  se 
inclinan  para  orar,  tú  eres  el  norte  de  su  oración! 

*  *  * 

¡Aunque  tu  pueblo  vea  hoy  errar  sus  miseras  greyes, 
de  monte  en  otero,  por  mil  climas  extraños,  en  la  opre- 
sión más  dura,  sólo  piensa  sin  tregua  en  tus  regios  re- 
cintos cuyo  esplendor  y  gloria  nunca,  por  mucho  tiem- 
po que  pase,  se  borrará  de  su  recuerdo! 

*  *  * 

Y  acogiéndose  a  ti,  como  se  acoge  un  niño  al  vuelo 
onaeante  de  la  falda  materna,  acogiéndose  a  tu  Sarón 
florido,  espera  un  dia  tornar,  en  alegres  coros,  a  ti, 
cantando  libremente  tu  liberación  a  la  sombra  de  tus 
palmeras! 

*  *  ¡i¡ 

Ni  Sennaar,  donde  Babel  dictó  leyes  al  Universo, 
ni  Pathros,  patria  y  cuna  del  antiguo  egipcio,  pueden 
compararse  contigo  en  excelencia  ni  hermosura  ¡ni  su 
culto  pagano  es  nada  al  lado  de  los  Tumim  y  Urim 
con  que  se  decoran  tus  sacerdotes! 

*  m  * 

¿Ni  quién  tampoco  se  atrevería  presuntuoso  a  riva- 
lizar en  fausto  y  majestad  con  tus  ungidos?  ¿Quién 
osaría  luchar  en  estro  y  perfección  con  tus  levitas, 
profetas  y  poetas? 

*  *  * 


62  CBRVANTBS 

¡Cuántas  mudanzas  registra  la  humana  historia! 
¡Cuántas  naciones  pasaron  sin  dejar  rastro  de  su  glo- 
ria antigua!  Pero  tú,  como  tu  Dios,  el  Ser  uno  y  su- 
premo, eres  eterna  y  eterno  es  tu  pueblo,  y  eterna  su 
misión! 

¡Tu  señor  se  dignó  elegir  para  morada  suya  tus 
montes,  donde  ondean  hoy  banderas  oxtrañas!  ¡Dicho- 
so aquel  que  pudiera  reclinar  la  frente  en  tus  prados 
yermos  y  acogerse  a  tus  sagrados  atrios! 

«  *  * 

Dichoso  aquel  que  en  esta  vida  horrible  de  horri- 
bles pruebas,  tiene  para  guiarse  y  calentarse  la  luz  de 
una  fe  inextioguible;  feliz  de  aquel  que  llegue  a  ver 
alborear  una  vez  más  tu  luz  divina,  ¡oh  aurora  del  dia 
del  Perdón! 

Del  día  ha  tanto  tiempo  prometido  al  pueblo  elec- 
to; del  día  venturoso,  incomparable,  de  la  reconcilia- 
ción; del  día  en  que  tu  ungido  esposo,  vendrá  a  lle- 
varte de  la  mano  al  antiguo  tálamo  nupcial. 

(Targum  de  R.  Cansinos-Asséns  . ) 


CERVANTES  6S 


CUENTOS  ESPAÑOLES 

ESTE  ERA  UN  HOMBRE 
(Lamentación  de  un  hombre  sincero.) 

Desde  el  Manicomio 

En  esta  santa  casa,  santa  en  ardores  de  misticismo, 
oasis  del  pensamiento  extraviado,  mesón  siempre 
abierto,  donde  toda  generosidad  encuentra  asilo  y 
toda  humana  locura  su  justificación...  En  esta  santa 
casa — ¡oh,  dolor  de  las  otras  tantas  casas  que  no  se 
abrieron  nunca  al  extravio  ni  a  la  anormalidad! — yo 
topé  una  mañana  azul,  de  una  azul  y  fragante  prima- 
vera. 

Abatido  mi  cuerpo  y  abatido  mi  espíritu,  llegué. 
Casa  de  alienados  era  y  por  de  cuerdos  y  muy  cuer- 
dos hube  yo  de  tomarla:  que  todo  en  ella  era  normal, 
a  no  ser  su  anormalidad,  manifiesta  si  con  las  demás 
casas  se  la  comparaba,  porque  todas  eran  de  muy  di- 
versa organización  y  echábase  de  ver  en  todas  la  per- 
fecta cordura  de  que  alardeaban... 

Y  aconteció,    pues,   que  si  exprofeso  me  hubiera 


64  CERVANTES 

sido  preparada,  no  tardaron  en  darme  posesión  de  mi 
nueva  morada. 

Como  santa  casa  la  juzgué  de  primera  intención,  y 
en  verdad  que  era  santa,  porque  santo  es  el  suelo  que 
espera  la  huella  de  nuestros  pies  y  el  rumor  de  nues- 
tras voces  y  la  luz  de  nuestros  ojos.  Entonces  abrí 
mis  labios,  resecos  y  mustios,  a  la  piedad  de  unas 
palabras  de  bendición:  porque,  ¿dónde  hallé  jamás 
morada  alguna  que  me  esperase,  si  en  cuantas  hube 
habitado  en  mi  vida  lóbrega,  fué  preciso  forzar  la 
puerta  con  ganzúa,  y  avasallar  el  suelo,  y  agotar  el 
el  rigor  de  mis  músculos  en  defender  lo  conquistado. 

También  en  esta  casa  halló  guardianes  de  mi  per- 
sona desmedrada,  centinelas  de  mi  espíritu  que  lo 
despabilasen.  Y  para  los  pequeños  caprichos  de  mi 
libérrima  voluntad — ¡oh  santo  poder  de  esta  mi  san- 
tísima casa! — una  mano  pródiga,  mano  generosa,  me 
colmó  ambas  manos.  Y  llegué  a  ser  rey,  rey  de  vastos 
Estados,  que  se  me  sometían,  orgullosos.  Y  fui  nóma- 
da de  los  bosques  que  flagelé  mis  lomos  en  holocausto 
de  mi  Dios.  Y  los  arcanos  de  la  ciencia  me  fueron  re 
velados.  Y  nada,  en  fin,  se  mantuvo  en  otro  plano 
que  en  el  de  mi  santísimo  capricho. 

Solo 

Era  yo  un  médico  rural... 

Poseso  del  dolor  de  querer  y  poseso  del  amor  de 
vivir,  viví  unas  veces  en  dolor  y  amó  otras  veces  en 
regocijo.  Y  fué  mi  mocedad  aherrojada,  por  una  larga 
senda,  siempre  adelante,  con  los  ojos  abiertos  a   los 


CBRVANTES  65 

azules  horizontes  del  corazón.  Y  acampé  a  las  sombras 
del  camino  unas  veces  y,  los  lomos  al  sol,  acampó 
otras.  No  halló  más  fuentes  a  mi  paso  que  las  de  la 
Amargura:  que  caminaba,  tacteaudo,  por  caminos  des- 
conocidos, y  la  jornada  era  larga,  y  mis  piernas 
enclenques,  y  el  corazón  loco...  Caminar  fuó  el  objetivo 
de  mi  vida.  Mas  no  só  hasta  dónde  caminó.  .  . 

Y  un  día  los  ojos  cansados  y  el  corazón  viejo,  débil 
el  cuerpo  y  el  alma  rozagante — que  el  alma  es  flor 
siempre  lozana — me  halló  solo,  ¡solo!...  Era  ida  la  dul- 
ce compañera,  la  pobre  alma  mia,  aquella  santa  mujer 
que  dio  paz  a  mi  espíritu  a  la  sombra  del  suyo,  y 
me  dio  pedazos  de  su  carne:  hijos  nuestros  muy  ama- 
dos, pero  muy  dolorosos,  flores  de  nuestro  buen  amor 
que  perfumaron  de  tristeza  mis  canas,  mis  canas  que 
brotaron  en  mi  cabeza  como  una  blanca  flor  de  bendi- 
ción para  ellos  y  ellos  las  recibieron  con  una  pena 
triste,  con  una  amarga  sonrisa,  casi  con  ironía... 

Mis  sesenta  años 

¡Mis  sesenta  años!  Ya  eran  llegados  cuando  más 
lejanos  los  tenía,  cuando  menos  los  deseaba.  Sesenta 
años  de  austera  peregrinación  por  un  santo  ideal:  el 
de  sanar  enfermos,  ensañarme  con  el  mal  y  derribarlo 
y  tundirlo  a  golpes.  Y,  victorioso  en  la  lucha  del 
Hombre  con  la  Muerte,  esperar,  maltrecho,  la  limosna 
de  unas  palabras  de  bendición,  al  abrirse,  con  alegría, 
los  labios  de  nácar  de  un  convaleciente. 

Luego  los  otros  serenos  ideales:  la  esposa  sana, 
llena  de  risa  juvenil,  las  risas  de  cascabel  de  los  hijos, 

5 


66 


CBRVANTBS 


de  los  adorables  hijos;  los  hijos  ya  hombres,  los  hom- 
bres, los  hombres  que  yo  había  dado  al  mundo;  el  or- 
gullo de  los  hijos  iluminarían  la  vida  con  mi  nombre... 
Y  la  tierna  esposa  era  ida  en  la  primera  batalla  que 
me  ganó  la  Muerte.  Y  los  hijos — rojas  flores  del  mal 
nacidas  eu  el  jardín  de  todos  mis  cuidados — también 
fueron  idos,  pero  idos  en  desagravio,  en  desagravio  de 
repulsión  de  la  juventud,  ellos,  todo  juventud — y  la 
muerte,  mi  muerte,  que  alboraba  en  mi  corazón... 

Paisaje 

Era  yo  un  médico  rural. 

Con  mis  sesenta  años  a  cuestas  y  la  tragedia  de  mi 
corazón  viviente,  aún  podía  atender,  como  en  mis 
años  mozos,  mi  gran  clientela:  y  hasta  mimarla  si  era 
llegado  el  caso. 

No  corresponde  a  mí,  en  este  doloroso  salmo  de  mi 
•vida,  sacar  a  colación  si  en  la  villa  de  Auzur,  que 
duerme  en  la  falda  de  una  gran  sierra,  era  el  doctor 
Ginés  querido  o  no  querido  de  aquel  humilde  vecin- 
dario, noble  por  los  blasones  de  su  corazón  generoso 
y  por  su  espíritu  cabal  y  recto;  pero  permítaseme  que 
sin  lisonja  vana,  y  con  el  más  sano  orgullo,  conste  en 
estas  raras  páginas,  que  por  los  naturales  de  Anzur 
estuvo  mi  alma  siempre  abierta  como  una  flor  de  ben- 
dición. 

He  mencionado  la  sierra  que  aún  nutre  y  amaman- 
ta como  a  único  hijo  a  la  villa  de  Anzur.  Es  brava  la 
sierra,  de  exuberante  flora,  agreste,  empenachada  de 
jirones  de  niebla,  al  despertar,  y  de  nubes  de  oro  al 


CBRVANTBS  67 

adormecerse.  Por  sus  sendajos  y  vericuetos  trisca  el 
ganado  a  su  placer.  Silba  el  viento,  armonioso,  en  las 
tardes  rientes,  y  en  las  melancólicas  tardes  de  octubre 
la  lluvia  canta  una  romanza  sentimental.  Bajo  el  iris 
del  sol  la  sierra  ríe.  Bajo  la  risa  funambulesca  de  la 
luna  la  sierra  duerme.  La  sierra  es  la  reina,  la  gentil 
reina,  que  tiene  por  corona  una  ermita  llena  de  unción 
y  de  paz,  y  por  sobre  la  corona — oro  de  sol  y  plata 
de  luna — en  su  áurea  cúpula  una  Virgen  rubia,  María 
déla  Sierra,  alegremente  risueña,  amorosamente  dulce, 
que  con  el  incienso  de  sus  ojos  azules  nimba  los  espa- 
cios, los  espacios  de  encaje,  que  bordean,  al  besarlos, 
las  cancelas  del  cielo. 

El  Camino 

De  la  villa  de  Anzur  a  la  ermita  hay  un  fuerte  ca- 
mino que  se  retuerce,  a  trechos  entre  la  agridez  de  las 
peñas,  a  trechos  entre  la  hostilidad  del  taraje.  Es  lar- 
go, empinado  y  cruel.  Sin  embargo,  la  santa  devoción 
de  cien  generaciones  de  romeros  lo  ha  tornado  amplio, 
recto,  lleno  de  dulcedumbre:  que  asi  los  ojos  de  la  fe, 
cegados  para  todos  los  soles  terrenales  cuando  se 
vuelven  hacia  el  reino  interior,  tienen  franqueables 
todos  ios  caminos;  el  augusto  silencio  de  éstos  se  torna 
en  regaladas  músicas,  el  viento  en  cantigas  de  abril, 
los  agobiantes  soles  del  verano  en  milagroso  fuego,  el 
polvo  del  sendero  en  rosas,  y  las  zarzas  de  los  setos 
florecen  como  los  vellones  del  Cordero  Pascual. 

Así  era  para  mí  el  camino  de  la  ermita,  desde  que 
una  mañana  fui  avisado  con   urgencia   para  asistir  a 


68  CERVANTES 

una  pobre  enferma  que  al  amparo  de  aquel  santo 
lugar  me  había  acogido  y  que  se  moría  a  chorros  ig- 
norante del  mal  que  le  carcomía  las  entrañas;  que  se 
moría  sin  saberlo,  agostadas  las  rosas  de  sus  mejillas, 
exangües  los  labios  de  seda,  blancas  y  alargadas  las 
manos  como  las  de  una  santa. 

Y  así  fué  mi  vida,  desde  aquel  día,  trocadero  de 
azares,  de  inquietudes,  de  insomnios  prolongados- 
rías  de  ensueño  que  pararon  en  tumultuosa  corriente 
y  que  arrastraron  mi  corazón  a  la  Duda,  al  miedo  de 
mí  mismo,  al  ateísmo  de  mi  ciencia,  a  un  supremo 
cansancio,  a  un  místico  dolor, 

María 

Después  de  la  muerte  de  mi  dulce  esposa,  muerte 
ya  lejana  pero  viviente  en  mí  como  una  herida  fresca, 
tornaba  por  primera  vez  a  hallarme  junto  a  la  cabe- 
cera de  un  enfermo  que  ponía  en  mí  una  doble  inquie- 
tud: la  de  deshacer  el  entuerto  de  su  mal,  de  su  irre- 
mediable mal,  y  la  de  libertar  a  mi  espíritu,  mi  pobre 
espíritu,  aferrado  al  dolor  de  su  derrota,  carcomido 
en  su  soledad,  en  el  vacío  de  su  tristeza,  de  su  amarga 
tristeza . 

"¡Era  tan  dolorosamente  triste  el  caso  de  una  mujer 
de  veinte  años,  irremediablemente  enferma,  junto  a  la 
prematura  muerte  de  mi  corazón! 

María,  bajo  la  fiebre  enervante  de  sus  ojos  negros  y 
tristes,  que  miraban  largamente  hacia  la  flora  de  su 
juventud,  sangrante.  Aferrada  a  su  mal  que  le  oprimía 
el  pecho  como  un  dogal  de  oro  delicioso  y  cruel...  Sus 


CERVANTES  69 

labios  de  seda  que  dejaban  escapar  su  vocecita  tenue, 
como  una  dolieute  música,  como  una  salmodia  de  San 
Juan  de  la  Cruz...  Su  cuerpo,  blanco,  que  se  estreme- 
cía bajo  una  fiebre  de  dolor...  Y  sus  manos  ardorosas, 
manos  de  caricia,  que  se  extendían  para  buscar  la  tem- 
planza de  mis  manos  rugosas,  convulsivas...  Yo,  el 
doctor  Ginés,  con  la  cabeza  blanca  y  mis  sesenta  años 
de  austera  peregrinación  por  un  ideal,  que  pasaba  las 
noches  en  fiebre,  tacteando  los  recursos  de  mi  ciencia, 
ya  vieja;  a  un  lado  mis  bienamados  libros,  donde  bus- 
caba el  talismán  que  nunca  hallé  y  a  otro  lado  la  cabe- 
cita  moribunda  de  la  virgen  morena...  Mis  sesenta 
años  audaces  y  florecidos,  librando  singular  batalla 
con  el  molino  de  los  veinte  años,  derrumbadas  las  as- 
oas  ¡ni  siquiera  con  el  molino  dado  con  los  brazos 
briosos!  Sa  juventud,  desfallecida.  Mi  vejez,  rebelde. 
Su  carne,  domeñada  por  el  mal.  Su  espíritu,  vacío. 
Su  carne,  decrépita.  Mi  espíritu,  latente... 

Y  en  esta  loca  saña  de  la  vida  y  de  la  Muerte,  donde 
latía  mi  corazón  con  más  brío  que  nunca,  en  este  dolo- 
roso lírico  concierto  de  su  corazón  y  de  mi  corazón, 
náufraga  mi  ciencia,  desfalleciente  su  juventud,  probé 
a  ensayar  algún  sedativo  del  espíritu...  Y  le  hablaba 
con  palabras  ingenuas  y  líricas,  y  le  invocaba  el  nom- 
bre de  las  pequeñas  cosas  terrenales...  Y  la  regalaba 
con  flores  que  eran  como  dulces  palabras  para  su  co- 
razón... 

Y  la  recitaba  cantigas  de  príncipes  enamorados: 
palabras  de  oro  que  eran  como  rosas  recién  cortadas, 
rocío  de  perfumes,  chorro  de  fuentes  armoniosas  que, 
al  caer  en  su  espíritu  vacio,  domeñaba  la  fiebre  de  su 


70  CBiRVANTBS 

carne  y  parecía  revivir  en  un  supremo  arresto  de  su 
juventud,  demolida... 

Entonces  abría  sus  labios  a  una  dolorosa  sonrisa  y 
sus  ojos  a  la  silueta  de  vida  que  huía  de  su  corazón 
y  me  bendecía  tiernamente. 

Y  yo  tornaba  a  la  vida,  a  la  vida  que  había  huido 
para  siempre  de  mí,  a  mi  vida  interior — paz  de  rego- 
cijo y  medicina  de  santidad — que  en  mis  sesenta  años 
no  me  supo  dar  mi  ciencia,  que  yo  reputaba  por  sabia 
y  generosa... 

¡Cuántas  veces,  junto  a  la  divina  enferma,  bajo  las 
aras  del  blanco  altar  de  la  Virgen,  rezamos,  juntos, 
unas  estrofas  de  bendición!  ¡Cuántas  veces  me  sentí 
chiquillo  junto  a  ella,  bajo  la  sonrisa  dorada  de  la 
Virgen  rubia! 

¡Y  en  aquella  santa  morada  sí  que  mi  ciencia  me 
dio  a  beber  divinos  goces,  nunca  por  mí  gustados! 
¡Era  el  corazón  que  triunfaba  de  la  Muerte,  del  mal  que 
roía  sus  entrañas,  bajo  la  mole  de  sus  veinte  años! 
¡Era  que  en  nuestro  pecho  cantaba  el  pájaro  azul  de 
la  Ilusión!  ¡Era  que  tras  la  jornada  del  mucho  andar 
había  llegado  el  reinado  de  los  Fuertes! 


<Soy  un  hidalgo  juglar 
que  va  sembrando  alegría 
donde  ñorece  un  pesar. 
Tanta  he  llegado  a  sembrar 
que  me  quedé  sin  la  mía...» 


Así  pude  cantar  entonces. 


OBRV ANTES 


71 


Y  una  mañana  melancólica  de  octubre,  entre  el  piar 
gárrulo  de  los  pájaros  que  salmodian  la  tristeza  del 
cielo  sin  sol  y  el  inmenso  vacío  de  mi  alma,  María,  la 
dulce  enferma,  la  virgen  de  los  ojos  en  agonía  y  de  las 
manos  b  aucas,  entró  en  el  cielo  coa  música  de  cam- 
pana y  oraciones  de  mi  corazón. 

Salmo  interior 

He  vuelto  a  recorrer  aquel  camino  de  la  ermita, 
lleno  de  espinas  y  de  ilrios,  y  he  rememorado  doloro- 
samente  mis  andanzas  por  él  en  aquellos  días  con  sus 
amaneceres  pródigos  en  mercedes  como  ella;  por  aque- 
llos días  febriles,  plenos  de  sol  y  de  emoción,  conjun- 
ción de  ella  y  de  los  divinos  momentos  de  aquellos 
días;  de  aquellos  días  en  sus  ocasos  y  de  ella  toda 
plena  de  gracia,  toda  amor. 

He  rezado  ante  la  virgen,  y  mientras  he  rezado,  la 
Vida,  trasunto  del  Infierno,  la  he  evocado  como  una 
tentación.  Pero  la  virgen  está  en  mi  compañía.  Rezo 
como  el  mudo,  como  el  pastor  huraño,  como  el  salvaje 
todo  corazón  que  amamanta  estas  peñas.  La  elocuen- 
cia de  mi  alma  falge  en  una  mirada  mía.  La  oración 
que  diría  mis  labios,  va  toda  en  una  mirada  fervorosa 
hacia  la  Virgen.  Y  la  Virgen  me  oye  porque  en  esta 
fervorosa  súplica — vuelo  de  mi  alma — la  he  ofrecido 
mi  alma  toda.  Y  la  Virgen  sonríe  con  una  mirada  azu- 
losa  y  serena,  piadosa  y  compasiva.  Y  en  mi  recogi- 
miento la  he  evocado  a  ella,  he  pedido  por  ella,  por 
mí,  por  los  dos.  Y  juraría  que  he  visto  a  la  Virgen 
cómo  me  bendecía  con  su  mano  blanca... 


72  CEEVANTHS 


Era  yo  un  médico  rural... 


I, 


Era  yo  un  médico  rural... 

Y  en  esta  santa  casa,  santa  en  ardores  de  misticismo, 
oasis  del  pensamiento  extraviado,  donde  toda  genero- 
sidad encuentra  asilo  y  toda  divina  locura  su  justifica-  | 
ción,  abatido  mi  cuerpo  y  abatido  mi  espíritu,  he  ha- 
llado dulce  asilo. 

Después  de  la  tragedia  que   derrumbó  mi  corazón, 
con  mis  sesenta  años  a  cuestas,  idos  los  hijos,  muerta 
la  dulce  esposa,  para  los  vecinos  de  la  villa  de  Anzur, 
mis  hermanos,   para  los  que  mi  alma  estuvo  siempre 
abierta  como  uua  flor  de  bendición,  ya  no  soy  el  doc- 
tor Giués,  el  módico  rural  que  ponía  en  las  heridas  de 
los  corazones  el  bálsamo  de  su  corazón  y  en  las  lla- 
gas del  cuerpo  sus  manos  generosas;  ya  no  soy  el 
doctor  Giné.-;  ya  no  soy  el  hombre  paternal  que  lle- 
naba de  júbilo  los  rostros,  a  su  paso  por  las  calles  de 
Anzur,  y  los  ojos  se  iluminaban  y  las  bocas  florecían 
en  dulzuras...  Que  ya  no  hago  cosas  cuerdas,   que  ya 
no  sé  engañar  a  nadie,  que  con  la  edad  se  gastó  tam- 
bién mi  savoir  faire;  que  ya  no  tengo  a  flor  de  labio 
las  mieles  de  otros  días,  que  sólo  soy  el  armazón  de 
mi  figura  y  no  me  queda  sino  el  corazón,  un  corazón 
viejo,  rutinario,  generoso,  como  a  la  vieja  usanza... 

Era  yo  un  módico  rural  que  con  la  ayuda  de  mí 
mismo  crucé  por  todos  los  senderos,  sin  hallar  a  mi 
paso  más  destino  que  el  dolor  ni  más  sagrada  losa  de 
mis  sueños  que  la  ciencia. 

Y  por  la  ciencia  y  por  el  dolor  sentí  la  garra  del  pe- 


CfiRVANTáS  73 

cado  en  mis  entrañas  y  en  mi  conciencia  los  aullidos 
del  mal.  Luehas,  abatimientos,  ideales,  espasmos  de 
locura,  ensueños:  todo  me  dio  la  clave  del  fracaso.  Y 
alguna  vez,  cuando  mis  ojos  se  anegaron  en  lágrimas 
y  mis  brazos  se  abrieron  a  los  designios  generosos  y 
me  llevé  la  luano  al  pecho,  sentí  la  inefable  dulzura 
de  la  Dicha;  de  una  dicha  intangible,  incolora,  dulce 
como  la  palabra  de  Cristo.  Comprendí  que  merece  vi- 
virse en  unos  instantes  de  paz,  si  rezamos  una  oración 
de  amor  mientras  nos  acarician  unos  ojos  de  mujer. 
Comprendí  que  vale  la  tristeza  de  vivir  si  velamos  a 
la  cabecerttx  de  un  enfermo,  los  libros  de  la  frágil  cien- 
cia bajo  nuestros  pies  como  la  cabeza  de  la  serpiente 
bí  jo  los  pies  del  Ángel...  De  una  ciencia  fracasada,  in- 
congruente, falsa,  que  no  muestra  el  remedio  para  el 
dolor  de  unas  heridas  que  podemos  restañar  con  rosas 
recién  cortadas  y  palabras  del  corazón. 

Era  yo  un  médico  rural  y  el  último  de  mis  enfer- 
mos era  una  virgen  tísica .  Mi  ciencia  y  sus  veinte 
años!  ¡Mi  soledad  y  su  juventud!  ¡La  gente!...  La 
gente  me  vio  muchas  veces  con  un  manojo  de  rosas 
blancas  en  la  mano,  por  el  camino  de  la  ermita. — 
¡Locura...  locura!...  —  mascullaron...  ¡Mi  ciencia!  El 
fracaso  de  mi  ciencia  me  ha  delatado  que  tengo  un 
corazón.  ¡Yo  tengo  un  corazón!  ¡Un  corazón  generoso! 
¡Y  yo  estoy  loco  porque  tengo  un  corazón!...  ¡Loco!... 
Y  me  he  acogido  a  la  piedad  de  esta  santa  casa... 

Era  yo  un  médico  rural... 

Juan  Soca. 


74  OHRVANTBS 


ESCRITORES  DE  PORTUGAL 

Una   poetisa 


Tengo  aquí,  sobre  mi  mesa  de  trabajo,  el  último  li- 
bro de  versos  de  la  ilustre  Branca  de  Gonta.  Titúla- 
se Hora  daSesta.  Como  los  dos  volúmenes  anteriores — 
Malinas  y  Cangoes  do  Meio  Dea — este  libro,  superior, 
en  exaltación  lírica,  a  aquellos  que  lo  antecedieran, 
completa  el  admirable  tríptico  amoroso  en  que  la  hija 
de  Tomaz  Ribeiro,  heredera  de  la  gloria  paterna,  per- 
petúa, en  el  oro  maravilloso  del  verso,  las  tres  fases 
de  su  existencia  de  «portuguesa  enamorada»  Maii- 
nas — la  juventud  que  comienza  a  florecer  —  Meio 
Día — el  esplendor  ofuscante  de  los  treinta  años — Ho- 
ra da  Sesta — la  plena  maduración  de  la  belleza  y  del 
sentimiento,  la  edad  en  que  la  mujer  se  vuelve  verda- 
deramente mujer,  pasando  del  fútil  encanto  de  sentir- 
se amada  a  la  divina  y  penetrante  voluptuosidad  de 
amar. 

Una  de  las  últimas  veces  en  que  platiqué  con  Bran- 
ca de  Q-onta  y  en  la  cual  su  hermosura,  tan  espiritual, 
más  me  impresionó,  fué  hace  tres  años,  en  una  fiesta 
de  arte,  en  casa  de  Alfredo  de  Cunha. 

Doña  Branca,  que  debía  decir,  en  esa  noche,  algu- 


OBRVANTH»  76 

nas  estrofas  de  su  padre,  recitándolas  al  piano  en  una 
reconstitución  galante  de  las  tardes  neo-románticas  de 
1860,  apareciera — estoy  viéndola  en  este  momento  en- 
trar en  la  sala — vestida  a  la  moda  del  tiempo,  en  seda 
amarilla  Niñón,  sembrada  de  pequeñas  rosas,  con  su 
saya  de  medio-globo  Emperatiz  Eugenia^  un  collar  de 
camafeos  al  pescuezo,  el  cabello  caído  en  caracolas 
delante  de  las  orejas,  un  lienzo  fino  de  seda  en  la 
mano,  como  si  su  figura  llena  de  distinción,  de  delica- 
deza y  de  gracia,  vagamente  cubierta  de  Is.  patina  do- 
rada de  medio  siglo,  acabase  de  descender,  en  aquella 
hora,  de  una  tela  aristocrática  de  Lupi  o  de  Métrass. 
Me  juzgué  transportado  a  la  vieja  Lisboa  de  la  crino- 
Une,  a  la  Lisboa  de  las  pasiones  funestas  y  de  las  ca- 
pas a  lo  lord  Byron,  en  que  las  mujeres  suspiraban 
por  Butháo  Pato  y  ponían  los  ojos  en  blanco  al  reci- 
tar la  India;  evoqué  la  sociedad  ingenua,  luminosa  y 
espejeante  de  San  Carlos  y  del  Paseo  Público,  que  se 
vestía  en  la  Levaillant,  que  tomaba  en  serio  el  amor — 
como  una  calamidad — ,  y  tiu  profundamente  me  su- 
gestionaba aquella  aparición  antigua,  caminando  para 
mí  en  una  niebla  luminosa  de  sedas,  de  joyas  y  de  flo- 
res, que  yo  no  pude  dejar  de  decirle,  al  besarle  con  su- 
persticioso respeto  la  punta  de  los  dedos: 

— Mi  encantadora  abuelita,  ¡hace  sesenta  años  que 
no  la  veía! 

Desde  entonces,  yo,  que  ya  no  podía  leer  a  Branca 
de  Gonta  sin  oir  su  voz,  esa  voz  caliente,  musical,  ca- 
riciosa, que  es  el  mayor  de  sus  infinitos  encantos  de 
mujer,  no  abro  ahora  un  libro  suyo  sin  que  le  tecga 
delante  de  mí,  como  la  vi  en  aquella  noche,  con  su 


76  OHRVANTBS 

romántica  saya  de  globo  sembrada  de  rosas,  graciosa 
y  leve  como  una  acuarela  de  Eugenio  Sami,  cantán- 
dome al  oído  sus  propios  versos  en  una  melodía  vaga 
que  un  viejo  piano  de  hace  medio  siglo  acompañase 
con  pasión...  Es  que  en  la  poesía  de  Branca  de  Gonta 
alguna  cosa  existe,  no  de  viejo — ¡ah,  no! — pero  si  de 
antiguo,  que  tan  bien  se  armoniza  con  esa  visión  del 
pasado.  En  la  emoción  lírica  que  anima  los  mejores 
sonetos  de  su  último  libro,  presiéntese  una  exaltación 
de  sentimiento,  un  misticismo  amoroso,  que  no  es  ya 
de  nuestro  tiempo,  que  inunda  nuestro  espíritu  de  un 
vago  perfume  de  flores  muertas,  y  que  nos  hace  pen- 
sar en  los  neo-byronnianos  de  1860,  de  quien  Branca 
de  Gonta  heredó,  con  la  sangre  que  le  corre  en  las 
venas,  el  alma  que  palpita  en  sus  versos.  Por  su  ideo 
logia  amorosa,  por  la  manera  que  siente,  por  el  voca- 
biilario  con  que  se  expresa,  hasta  la  forma  de  decía 
mar.  Branca  es  bien  la  hija  querida  de  Tomaz  Ribeiro 
y  la  útima  romáotica  para  inscribir  en  nuestras  anto- 
logías.  Eso  nótase   particularmente  en  la  Hora   da 
Sesta,  donde,  más  que  en  cualquier  libro  de  los  ante- 
riores, se  revela  su  fisonomía  de  amorosa.   Hojeo  ese 
pequeño    volumen    de  setenta   páginas,    y  la  siento 
amar,  sonreír,  sufrir,  llorar.  Su  bello  perñl  de  líneas 
armoniosas,   que  tiene  la  esfumada  dulzura    de  un 
daguerreotipo  antiguo,  me  hace  pensar  en  la  palidez 
de  Mme.  de  Beaumont,  enamorada  de  Chateaubriand; 
en  el  éxtasis  de  Mme.   Charles,   loca  por  Lamartine. 
Para  ella,  como  para  las  grandes  enamoradas  del  ro- 
manticismo, el  amor  es  idolatría,  es   encautamiento. 
Branca  de  Gonta  vive  en  la  absorción  del  hombre  que 


CKRVANTBS 


77 


ama;  siéntese  pequeña  y  humilde  a  pie  de  él;  conten- 
tariase  en  ser  polvo,  si  éste  lo  pisase. 

Para  su  espíritu  no  hay  voluptuosidad  que  se  com- 
pare al  silencio,  porque  el  silencio  es  adoración;  con- 
funde el  amor  con  el  éxtasis  religioso,  y  reza,  y  llora, 
y  deshoja  rosas  sobre  su  dios.  En  la  ansia  de  quererle 
más,  de  adorarlo  mejor,  pregunta  a  las  aguas  cómo  se 
murmura,  a  los  troncos  cómo  elevan  al  cielo  su  gesto 
mudo  de  adoración,  a  las  mariposas  cómo  besan  a  las 
flores,  cómo  embalsaman  al  aire.  Ama  al  paisaje,  por- 
que el  paisaje  se  refleja,  dorada  y  misteriosa,  en  los 
ojos  de  él.  Bendice,  a  la  tarde,  la  tranquilidad  obscu- 
recida de  un  parque  antiguo,  porque  le  da  quietud 
para  pensar  en  su  amor.  Unas  veces  balbucía,  infantil: 
Como  en  gosto  de  ti.  Otras,  lo  besa  por  los  caminos  lle- 
nos de  sol,  y  las  pervincas  azules  la  miran  sonriendo. 
Olvídase  de  sí  misma  al  mirarlo,  al  admirarle  las 
manos  fuertes,  la  caricia  lenta  de  los  gestos,  los  hom- 
bres robustos  y  olímpicos  hachos  por  Dios  para  ella 
reposar  la  cabeza  fatigada.  ¿Qaé  importa  que  la  gue- 
rra ensangriente  el  mundo,  si  al  pie  de  ella  su  amado 
vive?  ¿Qaé  importa  la  propia  muerte,  si  ella  dormirá 
mañana  junto  de  él,  más  feliz  que  Lady  Browning  en 
su  túmulo  de  Florencia?  Y  Branca  de  Gronta,  refugia- 
da en  su  sueño,  siente  caer  las  lágrimas  en  burbujas 
de  los  ojos,  estremécese  con  miedo  de  la  propia  felici- 
dad, y  su  voz  melodiosa,  su  voz  divina  de  oreada  ex- 
traviada, gime,  solloza,  implora: 

— ¡Amor^  amor,  tem  compaixáo  de  mínl 
Es  cierto  que,  a  través   del  tiempo  que   pasa,  el 
amor  es  siempre  el  mismo.  Pero  no  sé  lo  que  encuen 


78 

CBRVANTBS 

tro  de  antiguo,  de  remoto,  de  lejano  en  la  intensa  es- 
piritualidad  de  estos  versos,  que  aun  ahora,  al  cerrar 
la  última  página  del  libro  admirable  de  Branca  de 
Gonta,  es  la  misma  graciosa  figura  que  yo  veo,  en  su 
medio  globo  de  seda  Nindu  sembrada  de  rosas,  los 
cabellos  en  caracoles,  un  collar  de  camafeos  al  pescue- 
zo, recitando  la  Judía  al  claro  de  las  serpentinas  de 
un  piano... 

Julio  Dantas. 

(Evaristo  Correa  Calderón,  tradujo.) 


OBRVANTBS 


7» 


ESTUDIOS  LITERARIOS 


Pío  Baroja 


A  finales  del  siglo  pretérito,  se  reunían  en  casa  de 
Luis  "Ruiz  Contreras  un  grupo  de  jóvenes  que  luego 
habían  de  constituir  una  recia  generación  intelectual. 

Eran  Miguel  de  Unamuno,  Ramiro  de  Maeztu,  Pío 
Baroja,  el  francés  Cornuti  y  José  Martínez  Ruiz . 

Alguna  vez  asomaba  por  allí  Silverio  Lanza,  que 
vivía  en  Jetafe,  en  una  casa  constelada  de  exóticos 
aparatos  eléctricos,  y  gustaba  de  rodear  su  figura  mi- 
santrópica con  el  misterio  de  una  vida  enigmática.  Un 
día,  desde  las  brumosas  tierras  galaicas,  apareció  un 
señor  que  traía  la  jaculatoria  de  un  nombre  eufónico 
y  ancestral,  largas  guedejas  románticas. — ¡Oh,  las  pre- 
téritas melenas  de  Valle-Inclán! — dijo  recientemente 
Azorín — ,  extrañas  teorizaciones  estéticas  del  quietis- 
mo ocultista,  y  un  libro  editado  en  Pontevedra,  desco- 
nocido en  Madrid,  de  diabólicas  historias  narradas  a  la 
bella  manera  de  Barbey  d'Aurevilly. 


80  CERVANTES 

Sentía,  como  Barres,  el  anhelo  de  vivir  un  sinnúme- 
mero  de  vidas  intensamente  emocionales,  y  como  el 
David  de  la  tragedia  «Judit»  de  Fiedrich  Hebel,  con 
quien  ya  se  le  parangonó,  querría  recoger  como  en 
una  colosal  antena,  todas  las  suscitaciones  vitales. 

Contreras  les  alentaba  invitándoles  a  dirigir  sus  mi- 
radas al  vasto  panorama  de  la  ideología  universal. 
Cornuti  recitaba  versos  de  Samain,  de  Móreas,  de  Ju- 
les  Laforgue...  Sawa  alguna  vez  mostraba  orgulloso 
aquella  frente  que  en  el  lecho  de  muerte  besara  el 
Pauvre  Lelián. 

Esta  generación  tenia  de  común  una  perfecta  soli- 
daridad. 

El  trust  del  98,  le  llamó  Alvaro  Alcalá  Galiano: 
nostálgico  amor  por  las  viejas  ciudades  castellanas, 
individualismo  intemperante  y  utópico,  vagas  aspira- 
ciones místicas,  influencia  bipartita  de  nuevas  ten- 
dencias extranjeras  y  de  nuestros  clásicos,  admiración 
por  Góngora  y  por  Larra,  exaltacióa  del  Greco,  hete- 
rodoxia, agresividad,  iberismo... 

A  Góngora — el  bello  poeta  de  las  sinfonías  oro  y 
azul  según  Remy  de  Gourmont — y  a  Larra,  le  consa- 
graron fervorosas  exógesis  en  aquella  revista  Helios, 
cuya  estela  de  luz  aún  brilla  con  potentes  fulgores;  al 
Greco  el  único  número  de  Mercurio  en  el  900. 

Coa  Toledo — la  ciudad  alucinante  en  donde  se  in- 
moviliza el  tiempo,  como  creo  que  la  llamó  Valle  la- 
clan; el  pueblo,  dice  rítmicamente  Teófilo  Gautier, 
donde  la'-'  casas  tienen  un  aspecto  ceñudo  de  cárcel, 
convento  y  harón — ,  tuvieron  los  del  98  la  misma 
compenetración  anímica  que    Wassintong  Irvlng  con 


CBKVANTlOh  81 

Granada,  Jorge  Rodembach  con  Brujas,  Mauriciu  Bi- 
geon  con  Copenhague. .  . 

Los  del  98  son  un  conjunto  de  tropismos  ibéricos, 
todo  individualismo,  todo  subjetividad,  subjetividad 
qne  se  traduce  en  explosiones  anímicas,  que  hace  que 
Baroja  no  se  eleve  a  las  alturas  ingentes  del  folletín, 
esa  forma  de  novela  que  nosotros  imaginamos  hoy 
como  la  más  alta  concreción  artística,  todo  movilidad, 
acción  y  reacción,  como  la  vida  misma. 

Esa  subjetividad  profunda  los  lleva  a  la  autobio- 
grafía— Nietzsche  había  dicho  «de  la  vida,  por  mucho 
que  ahondemos,  no  podemos  retener  sino  un  pedazo 
de  autobiografía» — que  en  Baroja  se  manifiesta  por  un 
múltiple  desdoblamiento  de  personalidad.  Descompo- 
ne su  espíritu  en  tantos  segmentos  como  protagonis- 
tas crea  y  muestra  en  cada  una  un  aspecto  de  su  alma 
multiforme.  El  Baroja  místico  es  encarnado  en  el 
Fernando  Osorio,  el  hombre  de  acción  en  César  Mon- 
eada^ el  primitivo  y  rupestre,  ingenuamente  bárbaro 
— el  espíritu  libre  de  Nietzsche  con  boina  vasca  le  lla- 
ma Fierre  Boulieu — en  Silvestre  Paradox.  Entrevien- 
do esto,  había  dicho  Ramón  María  Teureiro  que  toda 
su  producción  podía  llevar  este  título  general:  «Opi- 
niones de  Pío  Baroja». 

Encontramos  en  él,  como  producto  de  Castilla,  tan 
semejante  a  la  estepa  rusa,  esa  objetivización  de  lo 
subjetivo  y  subjetivización  de  lo  objetivo,  que  estudió 
Lipps,  que  mi  admirado  y  fraternal  amigo  Alfredo 
Villacián  halló  en  toda  la  novela  rusa,  y  que  yo  en- 
cuentro— como  vagamente  quizá  presintió  André  Be- 
lessort — en  Selma  Lagerlofí  y  Hedensjerna. 


82  OKRVANTBS 

El  paisaje  de  Castilla,  seco,  despoblado — tierra  de 
santos  y  aventureros,  por  donde  aún  se  ve  errabunda 
la  triste  figura  de  Alonso  Quijauo— forja  las  abstrusas 
psicologías  barojianas,  enmarca  sus  tipos  como  los  de 
Leónidas  Audreieff  y  ellos  proyectan  sobre  las  cosas 
su  espíritu,  que  anhela  penetrarlas. 

Su  individualismo  do  es  el  enfático  de  "Walt  Wit- 
man,  el  luminoso  y  cortante  de  Soren  Kierkegaard, 
el  egolátrico  de  Federico  Nietzsche,  el  fuerte  y  sere- 
no de  Jorge  Brandes,   el  humilde  de  Emerson,  el 
lírico  y  utópico  de  Ricardo  Dehmel,   el  ingenuo  de 
Selma  Lagerloff,  el  misantrópico  de  Schopenhauer  y 
Abramovitz,  el  nebuloso,  frío  y  simbólico  de  Ibsen, 
Strimberg  y   Oclenschiager,  el  manso  de  Leonardo 
Frauk,  el  optimista  de  Berditchevski,  el  nostálgico  de 
Conrado  Feyer,  el  ótico  y  moralizador  de  Sudermann, 
Es  ibero,  perfectamente  ibero,  intensamente  emoti- 
vo, intransigente,  suspicaz,  con  una  visión  de  inutili- 
dad  de   todo  esfuerzo,  pesimista  como  Pontopidan-, 
agresivo  como  el  de  los  futuristas  itálicos,  con  quien 
coincide  en  la  visión  dinámica  de  la  vida,  en  el   des- 
precio a  los  espíritus  sedentarios  y  sumisos,  proyecta- 
do hacia  el  futuro — tan  proyectado  que,  como  los  no 
vísimos  espíritus,  pide  una  vuelta  al  pitecántropos, 
como  reacción  contra  la  civilización  actual. 

Su  iberismo  le  lleva  a  anhelos  vagamente  místicos, 
a  pesar  o  quizá  por  su  odio  fanático  al  fanatismo  reli- 
gioso, que  hace  que  Edmundo  González  Blanco  se  lo 
imagine  como  uno  de  aquellos  abates  dieciochescos 
que  en  los  jardines  de  Versalles  jugaban  a  la  irreli- 
gión   A  veces  resucita  en  él  aquel  viejo  misticismo 


CEkVANTBS  83 

castellauo.  Es  intolerante,  sombrío,  ensimismado,  fa- 
nático como  un  Ignacio  de  Loyola;  no  busca  como  los 
ascetas  un  alejamiento  vital  para  acercarse  a  Dios; 
pero  tiene  como  ellos  una  introspección  profunda,  un 
ansia  de  explorar  lo  íntimo  de  nuestro  ser,  que  tiende 
a  lo  ignorado.  (Mauricio  Maeterlink,  en  el  prólogo  a 
la  traducción  francesa  de  los  Discípulos  en  Sais,  de 
Novalis,  se  expresó  así:  «Cher  le  plupart  des  mysti- 
ques  que  nous  connaissons  le  mysticisme  est  psycho- 
logique;  c'  est-a-dire  qu'  il  s'  attache  a  une  sorte  de 
psychologique  transcendentale  oü  1'  ame  elle  méme 
s'  efforce  d'  etudier  les  passions  et  les  habitudes  de 
nótre  étre  détaché  du  mystere»).  Su  obra,  como  la 
del  popular  Sienkievich,  según  expresó  Tadeus  Pie- 
per,  es  una  continua  vacilación  entre  el  idealismo  y 
el  materialismo. 

Pasa  rápidamente,  como  un  acróbata  de  ideas  y 
sensaciones,  de  los  soliloquios  místicos  a  las  más  fieras 
rudezas  materialistas.  Hay  como  una  marca  en  las 
vidas  humanas,  dice  Stevenson;  el  alma,  como  el  mar, 
asevera  Ibsen,  tiene  flujos  y  reflujos.  Las  altísimas 
visiones  de  Camino  de  Perfección  se  transforman  en 
las  violencias  del  Tablado  de  Arlequín,  las  boiitades  de 
César  o  nada — boutades  ingenuas,  como  aquella  de 
Octavio  Mirbau  sobre  el  Palacio  de  Justicia  de  Bru- 
selas «La  obra  maestra  de  la  arquitectura  hotentote» — 
por  prodigios  metabólicos  pasan  a  ser  grandes  estu- 
pores admirativos,  reveladores  de  una  gran  incom- 
prensión— s'  admire  tout  comme  un  bride,  podría  decír- 
sele, aplicándole  la  frase  huguiana — o  cantos  insospe- 
chados a  las  cosas  pintorescas,  cosas  vulgares,  pueri- 


84  CERVANTES 

les  e  ingeuuas,  cuya  belleza,  afirma  un  critico  francés, 
era  desconocida  por  los  romáuticos  de  la  pasada  cen- 
turia, que  dice,  con  la  fruición  de  un  Ramón  Gómez 
de  la  Serna,  como  en  el  elogio  de  los  caballos  del 
I'iovivo,  eu  el  sentimental  del  acordeón. 

Eti  la  gran  división,  que  Benedetto  Croce  llama  ro- 
mántica, de  los  hombres,  en  apolíneos  y  dionysiacos, 
Baroja  corresponde  perfectamente  al  tipo  Srgundo. 
Es  fuerte,  rebelde,  agresivo,  turbulento,  apasionado, 
irradia  por  todas  partes  energía.  Esa  energía  que  des- 
pliega en  todas  direcciones,  que  proyecta  a  todos  los 
puntos,  es  lo  que  le  hace  más  próximo  a  nosotros.  Su 
recia  musculatura  intelectual,  su  justísima  fuerza  anar- 
quística  le  da  una  perenne  juventud.  Es  el  único  de 
su  generación  que  conserva  las  rebeldías  primitivas, 
aquellas  rebeldíasi  que  les  hizo  apostrofar  pública- 
mente a  Castelar  y  dirigir  iracundos  apotegmas  a 
José  Echegaray.  Los  últimos  libros  autobiográ- 
ficos tienen  la  fuerza  anímica  de  Cheterston  o  de 
Ruidyard  Kipliug. 

Caso  único  en  nuestra  sedentaria  literatura  acadé- 
mica nacional  le  llama  Andrés  González-Blanco;  mien- 
tras aquel  Azorín  primigenio,  libre  ya  su  pupila  del 
monóculo,  sin  rojo  paraguas  a  lo  Michelet,  sin  citas 
de  Gracián  y  de  Montaigne,  sin  su  ecuanimidad  pre- 
térita, se  ha  convertido  en  José  Martínez  Ruiz,  dipu- 
tado por  Lacierva,  gordo,  filisteo,  todo  prosaísmo  y 
vulgaridad.  Mientras  Ramón  d^l  Valle-Inclán,  que  or- 
questó primitivas  canciones  pastoriles,  armoniosas 
como  un  seráfico  coro  de  laudes,  precito  letanías  li- 
túrgicas, hizo  sonar  su  cuerno   de  cetrería,  mostró  a 


CBRVANTB»  85 

nuestros  ojos  atóüitos  fantasmales  procesiones  sabáti- 
cas, irisió  sus  matices  delicados  como  una  sería  suave 
de  tornasol  (se  le  podría  aplicar  la  frase  mallarmeana 
«da  la  sensación  de  un  perfume  de  iris  exhalado  por 
algún  ti^^ú  ideal  o  por  un  misal  con  estuche  de  oro, 
preciosa  reliquia  de  un  arzobispo  de  Persépolis»)  es 
una  lamentable  sombra  de  sí  mismo,  Baroja  conserva 
sus  cualidades  primigenias.  Y  aun  en  libros  sucesivos 
hará  una  auto-vivisección  espiritual,  mostrando  su 
alma  en  esos  picaros  héroes  soñadores  y  utópicos  que 
vagan  nómadas  —  con  un  perfecto  nomadismo  ibé- 
rico, nomadismo  que  quizás  explica  nuestra  histo- 
ria— ,  por  la  llanura  castellana,  como  los  personajes 
de  Karl  Larsen. 

Nosotros,  que  lo  vemos  como  un  profesor  energé- 
tico, lamentamos  que  por  su  subjetismo  no  puedan 
las  futuras  generaciones,  como  Morente  a  Sthendal, 
llamarle  profesor  de  plenitud. 

La  crítica  no  concedió  profundas  exégesis  a  Baroja, 
ni  aun  recias  apologéticas.  SuUy  Proudhome  dijo  de 
sus  novelas  que  tenían  demasiado  algas  y  no  se  pare- 
cían a  las  de  Paul  Bourget.  Louis  Bertrand  le  com- 
paró a  Flaubert,  su  perfecto  antipoda  literario.  Al- 
guien habló  del  volatinesco  mundo  de  sus  ideas.  Sólo 
Ortega  y  Grasset  halló  las  directrices  de  ese  gigantesco 
cátodo,  sólo  Cansinos- Asséns  fijó  definitivamente  su 
actitud  ante  la  retórica. 

Nosotros  quisiéramos  que  estas  páginas  juveniles 
fuesen  como  una  exhumación. 

Eugenio  Montes. 


86  CERVANTES 


ANALES   LITERARIOS 

Una  época  de  Arte  puro. 


Eü  la  árida  monotonía  del  vivir  ajeno  a  las  mani- 
nifestaciones  del  Arte,  en  que  el  mercantilismo  mo- 
nopolizador  absorbe  y  reduce  los  esfuerzos  y  extravía 
las  más  acertadas  y  seguras  orientaciones  estéticas 
para  sumarlas  a  la  rutina  ambiente,  el  hallazgo  ines- 
perado de  una  espontánea  manifestación,  libre  de  los 
comunes  prejuicios  y  completamente  extraña  a  los 
frecuentes  procedimientos  inveterados  de  ostentación, 
adquiere  ante  las  conciencias  independientes  una  re- 
levante exaltación  de  su  prestigio  y  marca  una  huella 
más  firme  e  indeleble  en  el  sendero  de  la  vida. 

Sin  embargo,  raras  veces  sou  tomados  en  conside- 
ración, por  los  distintos  elementos  que  lograron,  sea 
como  fuere,  un  puesto  doctoral,  esos  hechos  insólitos 
que  destacan  una  personalidad  pletórica  de  conscien- 
cia,  precisamente  por  lo  que  suponen  y  representan 
para  la  mediocridad  insidiosa  y  fácilmente  acomoda 
ticia  a  las  vanas  exigencias  arbitrarias  de  la  tradición, 
y;  entonces,  el  generoso  y  loable  esfuerzo  parece  per- 


CBRVANTB»  87 

derse  en  el  silencio  y  el  vacío;  pero  cuando  una  opor- 
tunidad propicia  favorece  a  la  ocasión  con  la  posibi- 
lidad de  un  retrospectivo  examen  que  permita  atraer 
la  atención  sobre  aquello  que  la  requiere,  es  grato  ver 
cómo  el  triunfo  pleno  se  recupera  al  fin  para  no  vol- 
ver a  obscurecerse,  elevándose,  por  encima  de  las 
protestas  desdeñosas  y  de  las  injustas  condenaciones 
clamativas,  la  voz  serena  y  elocuente  de  la  Verdad 
única  e  inconmovible. 

Así,  pues,  hemos  de  hacer  somera  relación  de  las 
circunstancias  que  determinaron  una  etapa  de  since- 
ridad en  las  modernas  corrientes  literarias,  hoy  tan 
intencionadamente  falseadas  y  mal  interpretadas  por 
los  que  se  acogen  al  triunfo  fácil  de  la  popularidad 
vocinglera  y  pretenden  mantener  a  toda  costa  una 
personalidad  equivoca  con  afán  de  representación  y 
de  lucro  justamente  censurables,  y  cuya  malévola  in- 
tención no  pueden  ocultar,  a  pesar  de  las  ficciones 
mejor  disimuladas  por  su  parte. 

Y  si  bien  los  precedentes  asertos  pudieran  inter- 
pretarse insidiosamente  como  un  desahogo  de  mal  re- 
primida iconoclastia  a  consecuencia  de  un  sentimien- 
to oculto  de  sinsabores  y  despechos,  no  es  difícil 
comprender,  pensando  lógica  y  despreocupadamente, 
que  nuestras  quejas  sólo  pueden  ir  dirigidas  contra 
aquéllos  que  adquirieron  el  hábito  de  la  contradic- 
ción y  de  la  remora  por  el  solo  objeto  de  entorpecer 
y  paralizar  que  muy  pocas  veces  lograron  y  con  cuyo 
procedimiento  sólo  obtuvieron,  a  la  larga,  el  propio 
perjuicio. 

*  *  * 


88  CBRTANTEft 

A  comienzos  del  año  1915,  un  espíritu  lleno  de  fer- 
vor y  de  iniciativas,  avezado  a  las  cuestiones  lite- 
rarias y  periodísticas — Emilio  Gr.  Linera — fandó,  con 
su  personal  y  valioso  esfuerzo,  una  modesta  publica- 
ción— no  ciertamente  por  modesta  insignificante — 
titulada  «Los  Quijotes»,  y  que  perseguía  el  excelso 
ideal  de  la  independencia  y  de  la  siaceridad  más  es- 
pontáneas. 

Durante  el  citado  año  se  deslizó  el  período  de  for- 
mación de  la  revista  que  la  firme  y  constante  volun- 
tad de  su  progenitor  supo  llevar  a  cabo,  merced  a  su 
inteligencia  y  a  su  seguro  conocimiento  en  tales  lides, 
hecho  que  resulta  aún  más  digno  de  consideración, 
cuanto  supone  una  lucha  intensa  y  decidida  y  de  la 
que,  fcin  claudicación  ni  equívocas  concesiones,  logró 
salir  victorioso. 

Ya  a  fin  del  primer  año  aparecen  las  firmas  del 
maestro  R.  Cansinos  Asséns  y  del  pulcro  Eduardo 
Barriobero,  así  como  la  de  un  delicado  y  joven  poe- 
ta— Jaime  Ibarra. 

Y  en  1916  entra  la  revisita  en  una  franca  y  segura 
orientación  para  continuar  durante  los  dos  años  si- 
guientes de  publicación  desarrollando  una  obra  de 
indiscutible  mérito,  amparando  las  firmas  de  jóvenes 
escritores  que  luego  han  sabido  conquistar  una  per- 
sonalidad perfectamente  definida,  entre  las  cuales  se 
cuentan,  sucesivamente,  Juan  Soca,  Paulino  Fernán- 
dez Vallejo,  Juan  González  Olmedilla — ya  precedido 
de  una  labor  provechosa — ,  Carlota  Remfry  de  Kidd, 
Eulogio  Monteagudo,  Rafael  Lasso  de  la  Vega — que 
también  se  manifestó  con  anterioridad — ,  Guillermo 


CKRVANTB» 


89 


de  Torre,  Lucía  Sánchez  Saornil  (Luciano  de  San- 
Saor),  Rogelio  Buendia,  la  malograda  y  finamente 
sentimental  poetisa  Carmen  Gutiérrez  de  Castro, 
Eliodoro  Puche,  Correa  Calderón,  Alvaro  de  Orriols, 
Pedro  Garfias,  Xavier  Bóveda,  Joaquín  de  Aroca, 
J.  Rivas  Panedas  y  otros. 

No  hemos  de  ensalzar  ni  estudiar  detenidamente 
la  obra  realizada  por  cada  uno  de  los  escritores  men- 
cionados, puesto  que,  por  una  parte,  no  necesitan 
alabanza,  y  por  otra  constituiría  el  análisis  una  labor 
excesivamente  prolija  que  no  podría  avenirse  con  la 
extensión  que  requiere  el  presente  trabajo,  cuyo  ob- 
jeto es  exclusivamente  el  de  patentizar  la  transcen- 
dencia de  la  publicación  a  que  nos  venimos  refirien- 
do en  la  vida  de  las  Letras.  Sólo  nos  detendremos  a 
fijar  nuestra  atención  preferentemente  sobre  la  obra 
del  excelente  orientador  de  la  juventud  Rafael  Can- 
sinos-Asséns,  considerándola  como  origen  y  guía  de 
las  demás  manifestaciones  simultáneas  hechas  en 
aquellas  páginas. 

Cansinos-Asséns,  con  una  prodigalidad  y  una  fuer- 
za de  originalidad  que  maravillan,  publicó  una  serie 
de  sentidísimos  poemas  en  prosa  como  sólo  él,  entre 
los  de  la  generación  presente,  es  capaz  de  componer, 
y  que  tienen  un  valor  positivo  de  verdaderas  joyas 
literarias.  Publicó  asimismo  un  importante  y  concien- 
zudo trabajo — «Cervantes  y  los  israelitas  españo- 
les»— en  el  que  puso  una  vez  más  de  relieve  sus  por- 
tentosas aptitudes  y  su  extensa  cultura,  trabajo  que 
fué  oportunamente  y  con  justicia  elogiado  por  la 
crítica. 


90  CBBVANTBS 

Aparte  de  esta  importante  y  atrayente  labor  de  su 
exclusiva  personalidad,  realizó  Cansinos  otra  no  me- 
nos estimable  y  de  un  interés  excepcional,  consisten- 
te en  diversas  traducciones  de  A.ndré  Rivoire,  Clau 
de  Serval,  Bobrofskii  (ruso),  Josep  Granger  (catalán), 
Ibnat-as-Saccan,  Ualada  bent  el  Mustakfi,  Aixa  Cent 
Ahmed  (poetisas  hispano-arábigas),  Uazir  Ibn-Abdón, 
Ibn  Sara  (poetas  hispano-arábigos),  Gabriel  D'Annun- 
zio,  Talmud  Meguila,  Talmud  Sabat,  Rabot,  Talmud 
Bavá  Mezihá  (antigua  poesía  hebraica),  Goethe,  Ana- 
creonte,  Eugenio  de  Castro,  Chr.  Winther  (lírica  da- 
nesa), Vasile  Alexandri  (lírica  rumana),  Cátulo,  Ed- 
mond  Fleg  (moderoa  poesía  hebraica),  Vicente  Huido- 
bro,  P.  Reverdy,  Roger  Allard  y  Guillermo  ApoUi- 
naire.  Estos  cuatro  últimos  representan  al  novísimo 
movimiento  intelectual  de  Francia  (el  Creacionismo), 
siendo  Cansinos-Asséns  el  úqíco  escritor  español  que. 
con  su  comprensión  excelente,  ha  sabido  interpretar 
ese  movimiento  y  darle  forma  en  castellano,  lo  que 
supone  un  importantísimo  acontecimiento,  por  cuanto 
puede  decirse  que  en  él  se  fundamentan  las  moder- 
nas orientaciones  de  la  literatura  española  (el  ul- 
traísmo) . 

*  *  * 

Hasta  fines  del  año  1918  se  publicó  la  revista  Los 
Quijotes,  coincidiendo  su  desaparición  inesperada  y 
sensible  con  la  fundación  de  una  nueva  revista  en  Se- 
villa— Grecia — ,  cuyo  advenimiento  al  mundo  de  las 
Letras  fué  proclamado  en  las  últimas  páginas  de  aq[ue- 


CEKVANTBíí  91 

lia  publicacióu  de  valor  inestimable.  Gran  número  de 
sus  colaboradores  continúan  en  Grecia  la  labor  em- 
prendida, rebosantes  de  fervor  y  henchidos  de  mara- 
villosos anhelos. 

Los  que  nos  hemos  manitestado  en  Los  Quijotes 
plenos  de  sinceridad  y  sedientos  de  ideales,  tendre- 
mos siempre  para  la  revista  que  fae  baluarte  de  la  ju- 
ventud hoy  redimida  un  sagrado  recuerdo  y  una  gra- 
titud ilimitada.  Ella  avivó  el  prodigioso  fuego  de 
nuestras  hogueras  interiores  para  que  ya,  en  adelante, 
no  pueda  extinguirse... 

César  A.  Comet 


^  #  * 


Un  manifiesto  íuturista. 


Ha  llegado  hasta  nosotros  el  siguiente  manifiesto: 

El    FüTUEISMO    ANTES    DE    LA    GUERRA,    DURANTE    LA 
GUERRA    Y    DESPUÉS    DE     LA     GUEREA. — El     FuturismO, 

surgido  en  Milán  hace  once  años,  ha  influido  a  todo 
el  universo  con  millares  de  exposiciones,  de  conferen- 
cias y  de  conciertos,  y  ha  creado  innumerables  futu- 
rismos diferentes,  según  las  exigencias  de  los  medios. 
Cada  medio  tiene  un  atavismo  particular,  un  atavismo 
retrógrado  y  pernicioso  que  es  preciso  destruir.  El 
Futurismo  ha  sido  acogido  en  todas  las  capitales  de 
Europa  y  América,  y  ha  llegado  a  ser  en  todas  par- 
tes el  punto  de  partida  de  importantes  revoluciones 


92  CBRVANTBS 

espirituales.  En  Italia  ha  sido  calumniado  durante 
largo  tiempo  y  perseguido  por  las  fuerzas  reacciona- 
rias, clericales,  moralistas,  pedantes  y  conservadoras. 
Sale  de  esta  lucha  más  pujante  que  nunca. 

El  movimiento  futurista  ejerció  desde  un  principio 
una  acción  artística,  influyendo  poderosa  e  indirecta- 
mente en  la  vida  política  italiana,  por  medio  de  una 
propaganda  de  patriotismo  revolucionario  y  anticleri- 
cal, directamente  lanzado  contra  la  Triple  Alianza,  y 
que  preparaba  nuestra  guerra  contra  Austria.  El  futu- 
rismo italiano,  profeta  y  preparador  de  nuestra  guerra, 
sembrador  y  acarreador  de  valor  y  de  libertad,  abrió, 
hace  once  años,  su  primer  meeüng  artístico  en  el  tea- 
tro Lírico  de  Milán,  al  grito  de  ¡Abajo  Austria! 

Desde  ese  día,  tales  palabras  han  constituido  el 
grito  obsesionante  de  todas  nuestras  reuniones  tem- 
pestuosas. 

Los  futuristas  italianos  están  orgullosos  de  haber 
organizado  las  dos  primeras  manifestaciones  popula- 
res contra  Austria,  el  15  de  septiembre  de  1914,  en 
Milán,  en  plena  neutralidad  italiana.  Esas  dos  mani- 
festaciones fueron  encarnizadas  y  ensordecedoras: 
ocho  banderas  austríacas  fueron  quemadas  en  la  re- 
vuelta por  los  futuristas,  que  fueron  encerrados  en  la 
prisión  de  San  Vittore. 

Los  futuristas,  siempre  a  la  vanguardia  por  las  ca- 
lles, para  exigir  a  puñetazos  la  declaración  de  guerra 
a  Austria,  fueron  también  a  ocupar  los  primeros  pues- 
tos en  el  campo  de  batalla,  obteniendo  un  gran  núme- 
ro de  muertos,  de  heridos  y  de  condecorados. 

Los  futuristas  han  fundado   durante  la  guerra  el 


CKRVANTKe  93 

partido  político  futurista,  que  tiene  por  órgano  el  dia- 
rio Roma  Futurista.  Inmediatamente  después  de 
nuestra  gran  victoria  de  Vittorio  Véneto,  se  formaron 
los  grupos  políticos  futuristas  de  Milán,  Roma,  Flo- 
rencia, Ferrara,  Tarento,  Perusa,  etc. 

El  futurismo  italiano  es  el  alma  de  la  nueva  gene 
ración  que  se  ha  batido  contra  ei  Imperio  austrohún- 
garo  y  lo  ha  aniquilado  victoriosamente. 

El  movimiento  futurista  artístico,  que  forzosamente 
se  ha  paralizado  durante  la  guerra,  recobra  hoy  su 
dinamismo  excitador  y  renovador.» 

Las  adhesiones  al  movimiento  futurista  pueden  di- 
rigirse a  Marinetti. — Corso  Venezia,  61. — Milán. 


*  *  * 


Consideramos  conveniente  la  publicación  del  mani- 
fiesto transcrito,  por  cuanto  con  él  quedan  demostra- 
das, de  una  manera  incontestable,  la  supervivencia  y 
considerable  preponderancia  del  Futurismo,  no  sólo 
en  la  vida  artística,  sino  también  en  el  desarrollo  vi- 
tal particularísimo  de  las  naciones,  constituyendo  una 
elocuente  prueba  de  su  transcendencia  para  aquéllos 
que  lo  suponían  vencido  y  relegado  al  olvido  y  a  la 
indiferencia,  proclamando  así  el  fracaso  de  todo  noble 
intento  de  renovación  progresiva. 

Conste,  pues,  que  el  Futurismo  subsiste  y  se  impo- 
ne, como  necesariamente  se  ha  de  imponer  siempre 
todo  anhelo  superativo  de  renovación,  firmemente  ci- 
mentado en  la  absoluta  sinceridad  y  orientado  hacia 
la  idealidad  más  acrisolada. 


94  CERVANTES 

Del  mismo  modo,  el  Ultraísmo  ha  de  formar  sus  nú- 
cleos energéticos  que  triunfen  de  la  mediocridad  am- 
biente. 


*  ** 


Han  manifestado  su  conformidad  con  las  tenden- 
cias ultraistas,  el  excelente  poeta  Mauricio  Bucarisse 
y  el  culto  escritor  Eugenio  Montes. 

C.  A.  C. 


CBRVANTBS 


95 


POETAS 
HISPANO- AMERICANOS 

La  venta 

— Allá  en  el  camino 
de  Sierra  Morena, — 
dijo,  alegre,  el  mozo 
a  Pedro  el  poeta; — 
a  la  sombra  triste 
de  una  vieja  higuera 
que  el  viento  despoja 
y  el  polvo  blanquea; 
allá  en  el  camino 
de  Sierra  Morena, 
en  aquel  recodo 
que  hace  la  vereda, 
tras  un  portalucho 
que  invade  la  hiedra, 
ruinosa  y  aislada, 
allí  está  la  venta. 

Unas  blancas  manos 
las  copas  ordenan, 
cortan  los  jamones 


96 


I 

CBRVANTfJS  ■ 


y  abren  las  botellas... 
Esas  manos  blancas 
que  barren  la  venta 
y  quitan  el  polvo 
de  las  alacenas 
donde  están  los  vinos 
puestos  en  hilera; 
esas  blancas  manos 
que  por  dos  pesetas 
dan  de  negro  mosto 
tres  copas  bien  llenas, 
una  rebanada 
de  queso  de  oveja, 
liabas  con  tocino, 
tortas  con  manteca, 
mermelada  de  uvas, 
y  en  final  de  cuentas 
el  plato  de  estaño 
con  las  frutas  secas, 
esas  manos  blancas... 
son  de  la  ventera. 
La  vi  en  una  tarde, 
sentada  a  su  puerta, 
mirando  a  lo  lejos, 
como  quien  espera 
ver  en  el  camino 
algo  que  no  llega... 

Por  probar  el  agua 
de  la  tiiste  venta,  ' 
por  gustar  un  rato 
de  su  sombra  fresca. 


CBKVANTBS 


97 


bajo  el  portalucho, 
(cuyas  hondas  grietas 
remedan  las  mallas 
de  una  red  de  pesca), 
detuve  mi  marcha, 
y  vi  a  la  ventera. 
Eran  sus  dos  ojos 
como  las  almendras 
que  en  aquel  platillo 
pronta  me  sirviera, 
y  sus  dos  pupilas, 
de  misterio  llenas, 
el  color  copiaban 
de  las  tristes  hiedras. . . 

Me  partió  las  nueces 
con  sus  manos  bellas, 
en  jarro  de  arcilla 
me  dio  el  agua  fresca; 
me  habló  tres  palabras 
con  voz  de  sirena, 
y  tras  un  saludo, 
tomó  las  monedas 
que  dejó  en  la  orilla 
de  la  vieja  mesa, 
levantó  las  copas, 
y  entróse  en  la  venta. 

Cuando  ya  de  nuevo 
tomS  la  vereda 
por  seguir  mi  marcha, 
volví  la  cabeza, 
y  vi  a  la  muchacha 


98  CERVANTES 

en  pie  ante  la  puerta, 

mirando  a  lo  lejos, 

como  quien  espera 

algo  que  ya  es  ido, 

algo  que  no  llega... 

Si  vas  de  camino 

por  Sierra  Morena 

— dijo  el  mozo  a  Pedro, — 

tú,  que  eres  poeta 

y  que  gustas  tanto 

de  las  cosas  bellas, 

busca  en  el  recodo 

que  hace  la  vereda 

el  portal  derruido 

donde  está  la  venta, 

y  si  la  descubres, 

haz  un  alto  en  ella... 

Quizá  la  muchacha 

que  vi  en  esa  puerta, 

buscando  a  lo  lejos 

algo  que  no  llega, 

en  sueños  te  ha  visto 

y  a  ti  sólo  espera... — 

Mas  Pedro,  inclinado, 
con  las  manos  puestas 
sobre  el  rostro,  dice, 
temblando  de  pena: 

— Ha  tiempo  el  camino 
conozco  y  la  venta. 
Mi  solar  tenia 
en  Sierra  Morena; 


CERVANTES  99 

soy  de  allá,  y  la  ruta 
crucé  con  frecuencia... 
Has  adivinado: 
la  tiiste  ventera, 
que  se  hirió  de  amores 
por  este  poeta, 
fué  mi  amada  un  día... 
y  no  volví  a  verla... 
Por  vender  mi  casa, 
por  vender  mis  tierras, 
hace  poco  tiempo 
fui  a  Sierra  Morena; 
mas  ¡ay,  de  mi  suerte! 
¡nunca  vuelto  hubiera!... 
En  aquel  recodo 
que  hace  la  vereda, 
bajé  del  caballo, 
lo  até  en  una  higuera, 
y  en  busca  de  vino 
y  de  sombra  fresca, 
dirigí  mis  pasos 
rumbo  hacia  la  venta. 
Bajo  el  portalucho 
que  invade  la  hiedra, 
donde  en  otro  tiempo 
probé  dichas  buenas 
rociadas  con  vino, 
^  por  el  suelo  ruedan 

los  despojos  viejos 
del  banco  y  la  mesa... 
¡Ay!  Mis  tristes  ojos 


100 


CBRTANTBS 


vueivo  hacia  la  puerta, 
y  busco,  temblando, 
los  de  la  ventera... 
¡Nadie  hay  en  la  casa! 
¡sola  está  la  venta!... 
Entro,  grito,  llamo... 
¡Nadie  me  contesta!... 
Las  arañas  tienden 
su  apretada  tela 
sobre  los  tocinog" 
que  del  techo  cuelgan; 
un  espeso  polvo 
cubre  las  botellas; 
pardas  cucarachas 
corren  y  aletean 
bajando  y  subiendo 
por  las  alacenas... 
Abro  los  cajones 
con  ansia  secreta 
por  buscar  en  ellos 
un  rastro,  una  huella, 
quizá  alguna  carta, 
quizá  alguna  seña... 
¡Nada!...  De  su  fondo 
la  polilla  vuela, 
y  un  ratón  que  roe 
la  vieja  madera, 
salta  sorprendido 
y  huye  por  la  puerta... 
¡Ay!  Por  los  rincones 
c;ectí  ya  la  hierba... 


CORVANTES 


101 


Méjico. 


...  ¡Sólo  el  viento  habita 
la  casucha  vieja!... 

Con  las  manos  frías, 
con  el  alma  llena 
de  asombro  y  espanto, 
salgo  de  la  venta, 
llego  a  toda  prisa 
donde  está  la  higuera, 
desato  el  caballo, 
le  pico  la  espuela, 
y  presto,  de  vista 
pierdo  la  vereda... 

¡Ay!  En  el  camino 
de  Sierra  Morena, 
ya  nunca  mis  ojos 
volverán  a  verla... 
¿A  dónde  habrá  ido 
la  hermosa  ventera?... 
Mi  alma  no  adivina, 
en  su  triste  pena, 
cómo  ha  de  llorarla: 
si  casada  o  muerta... 


Árbol  herido. 


Por  olvido,  quizás,  en  un  paraje 
tomado  por  la  sombra  y  la  maleza, 
un  leñador,  clavada  con  fiereza 
Sobre  un  tronco,  dejó  el  hacha  salvaje... 


102  CERVANTES 

Nosotros,  por  rendir  justo  homenaje 
al  árbol  majestuoso,  la  cabeza 
levantamos;  y  tú,  con  extrañeza 
dijiste  así,  mirando  au  follaje: 

— ¿Cómo  es  que  vive  aún?  ¿Cómo  no  agacha 
su  copa,  si  está  herido  de  tal  suerte, 
que  el  viento  le  ofendiera  con  su  racha? — 

Y  te  dije:  — Semeja  mi  alma  fuerte: 
con  mano  tosca  le  clavaste  el  hacha, 
y  fué  con  ella...  ¡pero  no  a  la  muerte!... — 

Amsterdan. 


Aspiración  sencilla. 


Justo  es  que  aspiren  al  laurel  divino 
los  que  al  vaciar  su  estrofa  en  molde  puro, 
cíñense  a  él,  como  a  la  copa  el  vino. 
Ganar  ese  laurel  yo  no  procuro, 
porque  es  otro,  y  humilde,  mi  camino . 

Nunca  mis  cantos  dejarán  su  huella 
bajo  naves  acordes  con  la  acústica: 
quiero,  alumbrada  por  alguna  estrella, 
tocar,  como  el  pastor,  mi  flauta  rústica, 
para  alegrarme  el  corazón  con  ella. 

OsteiiíJ^. 


103 

CHRVANTMS 


La  dádiva. 

Está  Madrid  arropada 
por  las  brumas  del  invierno... 
Cruzo  la  Puerta  de  Atocha 
con  paso  agitado  y  presto, 
porque  a  Valencia,  veintiocho, 
un  nuevo  artículo  llevo. 
De  pronto,  —¡Hermana!...—,  murmuran; 
y  al  volver  el  rostro,  veo 
la  faz  triste  y  demacrada 
de  un  mendicante  ciego 
que  tiende  al  aire  sus  manos 
con  un  ímpetu  supremo: 
— ¡Hermana!...  ¡Una  limosna, 
ya  que  ganarlo  no  puedo! — 
Al  escuchar  la  demanda 
tan  dolorosa,  del  ciego, 
con  presteza  en  un  platillo 
pongo  todo  cuanto  llevo, 
y  mientras  él  dice:  — Gracias 
por  este  santo  dinero. — 
—No  lo  agradezcas, — respondo 
con  emocionado  acento; — 
yo  lo  he  ganado  en  tu  patria; 
no  es  regalo:  te  lo  debo. 

MarIa  Enriqueta. 

(Mttxioana.) 
Madrid, 


104  CERVANTES 


MANUEL  UGARTE  EN  MADRID 

El  ilustre  literato,  sociólogo  y  propagandista,  apóstol 
esclarecido  del  ideal  hispanoamericano^  es  entrevistado 
por  el  Director  de  la  sección  hispanoamericana  de  esta 
revista  y  hace  importantes  declaraciones: — Objeto  de  su 
venida  a  España. — Orientaciones  nuevas  en  materia  de 
política  internacional. — Misión  de  los  intelectuales  y  de 
las  juventudes. — Posibilidad  de  literaturas  autóctonas 
en  los  diversos  países  americanos. —  Una  gran  revista 
hispanoamericana.  —  Juicio  que  le  merece  la  revista 
Cervantes. — Impresión  de  España. 

Procedente  de  Buenos  Aires,  la  llegado  a  Madrid 
el  insigue  Manuel  Ugarte.  El  breve  espacio  de  una  in- 
formación periodística  resulta  estrecho  marco  para  en- 
cerrar siquiera  una  fase  de  personalidad  tan  conside- 
rable y  múltiple  como  la  de  este  hombre,  que  bien 
pronto  adquirió  celebridad  resonante  en  los  dos  mun- 
dos. Poeta,  ha  producido  poesías  que,  por  la  origina- 
lidad del  fondo  y  la  sutil  levedad  de  la  forma,  son  jo- 
yas de  antología;  narrador,  sus  novelas  y  cuentos  son 
trozos  de  vida  idealizados  por  la  magia  de  un  estilo  de 
seducción;  cronista  y  escritor  de  viajes,  el  autor  de 
Crónicas  de  Bulevar  y  Visiones  de  España^  es  un  ala- 


CERVANTES  105 

do  y  a  la  vez  hondo  comentador  de  los  cuadros  y  de 
las  escenas  de  la  reolidad;  sociólogo  y  pensador,  el  au- 
tor de  El  Porvenir  de  Ja  Am&rica  Española^  ha  estudia- 
do profundamente,  por  medio  de  los  métodos  científi- 
cos y  de  los  procedimientos  más  modernos,  la  biología 
y  la  psicología,  la  estructura  anatómica  e  ideológica  de 
ese  enorme  y  maravilloso  organismo  vivo  que  se  llama 
América,  analizando  sus  componentes  étnicos,  diag- 
nosticando sus  enfermedades,  indicando  su  terapéuti- 
ca, con  el  fin  de  asegurar  al  Continente  un  futuro  li- 
bre y  colmado  de  todas  las  plenitudes;  apóstol,  en  fin, 
ha  recorrido  palmo  a  palmo,  toda  la  América  españo- 
la, desde  el  Río  Grande  hasta  el  Cabo  de  Hornos, 
predicando  la  santa  cruzada  de  la  unión  de  los  pue- 
blos de  raza  hispánica,  que  deben  oponer  un  estupen- 
do bloque  inexpugnable  a  imperialismos  atentatorios 
a  la  vida  de  sus  nacionalidades,  si  quieren  pervivir  y 
asegurar  la  continuación  de  una  superior  cultura  mi- 
lenaria. 

En  su  gira  de  propaganda  por  la  América  española 
conocimos,  en  1912,  a  este  hombre,  al  que  siempre 
habíamos  admirado  al  través  de  sus  libros,  de  sus  ver- 
sos, de  sus  artículos,  de  sus  discursos;  pero,  al  ver  la 
manera  gallarda,  caballeresca,  romántica,  cómo  reali- 
zaba este  espíritu  superior  y  raro,  su  gran  apostolado 
en  pro  del  máximo  ideal  de  nuestra  raza,  nuestra  ad- 
miración se  acentuó  y  una  profunda  estimación  nació, 
desde  aquel  momento,  en  nuestro  pecho  para  el  caba- 
llero del  idealismo  que  misión  tan  ardua  se  había  im- 
puesto, por  amor  a  la  América  latina,  llevándola  a  ca- 
bo sin  auxilio  de  nadie,  luchando  con  obstáculos  que 


106  CERVANTES 

surgían  y  enemigos  que  le  salían  al  paso  y  gastándo- 
se en  viajes  costosísimos  buena  parte  de  su  fortuna 
particular. 

En  el  referido  año  de  1912,  tuvimos  el  honor  de  ser 
compañeros  de  viaje  de  D .  Manuel  ügarte,  a  bordo 
del  vapor  Buenos  Aires,  en  la  corta  travesía  de  Colón 
a  La  Guayra.  Luego  él  siguió  su  gira  por  la  América 
del  Sur,  y  nosotros  tomamos  rumbo  a  España. 

Después,  en  1917,  realizó  D.  Manuel  ügarte  un 
viaje  de  Buenos  Aires  a  México,  invitado  por  la  Uni- 
versidad de  esta  última  capital  para  dar  unas  confe- 
rencias, que  versaron  sobre  palpitantes  problemas  de 
política  internacionalista,  constituyendo  verdaderos 
acontecimientos  en  el  país  mexicano  y  legítimos 
triunfos  para  el  elocuente  orador  argentino. 

En  México  estaba  D .  Manuel  ügarte  cuando,  por 
una  feliz  casualidad,  volvió  el  cronista  a  encontrarse 
con  él,  saliendo  juntos  de  esa  maravillosa  ciudad,  y 
atravesando  todo  el  territorio  mexicano,  por  el  itsmo 
de  Tehuantepeo,  en  un  viaje  sugestivo,  inolvidable, 
lleno  de  emociones  y  sorpresas,  llegaron  a  Salina 
Cruz,  tomando  los  dos  el  mismo  vapor  japonés,  que 
los  condujo  a  Panamá,  en  donde  se  despidieron. 

Ahora,  como  para  coronar  una  labor  que,  sin  hipér- 
bole, puede  ser  calificada  de  magna,  vuelve  ügarte  al 
solar  de  sus  mayores  y  de  sus  amores,  a  España,  en 
donde  hace  tiempo  que  triunfó,  dejando  huellas  lumi- 
nosas de  su  paso,  como  pensador  artista  y  caballero 
sin  tacha. 

Sabedores  de  lo  mucho  que  el  ilustre  propagan- 
dista y  literato  puede  realizar  aquí,  en  este  momento 


CBKYANTEIS  107 

decisivo  en  que  están  sobre  el  tapete  del  mundo  los 
supremos  problemas  de  la  Raza;  del  interés  que  indu- 
dablemente tendrá  para  los  lectores  el  conocer  el 
pensamiento  de  ligarte  con  respecto  a  problemas 
que  hoy  preocupan  hondamente  a  la  opinión,  y,  so- 
bre todo,  cumpliendo  deberes  de  una  amistad  precio- 
sa, que  de  antiguo  nos  tenía  muy  obligados,  nos  he- 
mos apresurado  a  ir  a  saludar  a  D .  Manuel  ügarte,  y 
hemos  tenido  con  él  una  entrevista,  que,  por  los  pun- 
tos en  ella  tocados,  juzgamos  de  oportunidad  y  con- 
veniencia hacerla  pública,  en  la  seguridad  de  que  los 
lectores  de  lengua  castellana  la  seguirán  con  el  inte- 
rés que  siempre  ha  despertado  en  ellos  las  opiniones 
de  este  hombre  representativo,  apóstol  y  exaltado  de 
nuestra  raza. 

Encontramos  a  D .  Manuel  Ugarte  en  un  conforta- 
ble departamento  del  Palace  Hotel,  en  donde  nos 
acoge  con  la  simpatía  y  el  afecto  de  una  ya  vieja 
amistad.  Parece  que  los  años  no  han  pasado  sobre 
este  hombre  de  excepción:  el  mismo  aspecto  juvenil, 
la  misma  sensación  de  fortaleza  y  de  vigor,  el  mismo 
espíritu  optimista,  el  mismo  gesto  mundano  y  ele- 
gante. 

Le  saludamos  en  nombre  de  la  revista  Cervantes, 
saludo  que  él  agradece,  teniendo  para  todos  y  cada 
uno  de  los  compañeros  que  forjamos  estas  páginas, 
entusiastas  frases  de  simpatía  y  de  aplauso.  Luego,  se 
entabla  entre  nosotros  el  diálogo  que  fielmente  repro- 
ducimos a  continuación: 

— ¿Se  puede  saber — le  decimos — el  primordial 
objeto  de  su  venida  a  España? 


108  CERVANTES 

— Desde  luego — nos  contesta — ;  el  propósito  supe- 
rior de  mi  venida  es,  naturalmente,  empaparme  de 
nuevo  en  la  sana  y  reconfortante  atmósfera  de  esta 
querida  tierra  española,  origen  vivificador  de  nues- 
tras nacionalidades  americanas.  Siente  el  hispano- 
americano que  llega  hoy  a  Madrid  no  sólo  la  emoción 
grande  y  fecunda  de  reminiscencias  y  recuerdos  im- 
borrables, sino  la  sorpresa  y  la  alegría  de  encontrar 
una  España  constantemente  superiorizada,  que,  cul- 
tivando sus  características,  continuando  fiel  a  sus  di- 
recciones iniciales,  ha  sabido  conservar  contacto  con 
lo  más  nuevo  y  reciente,  realizando  el  ideal  del  na- 
cionalismo dentro  de  lo  moderno  y  de  lo  moderno 
dentro  del  nacionalismo.  Más  que  un  viaje  calculado, 
es  el  mío  un  viaje  instintivo.  En  momentos  difíciles 
para  el  mundo,  y  especialmente  para  las  naciones  dé- 
biles, sentimos  los  americanos  de  habla  española  la 
urgente  necesidad  de  acercarnos  a  los  orígenes,  de 
bañarnos  de  nuevo  en  las  clásicas  fuentes  de  los  ante- 
pasados para  vigorizar  el  sentimiento  de  la  naciona- 
lidad directa  dentro  de  las  patrias  actuales  y  el  senti- 
miento de  la  nacionalidad  superior  dentro  de  la  su- 
prema entidad  moral  que  los  hispanos  formamos  en 
el  mundo. 

— ¿Cuál  cree  usted  que  debe  ser — insinuamos  nos- 
otros— ,  en  términos  generales,  la  orientación  en  ma- 
teria de  política  internacional,  de  España  y  de  las 
naciones  hispanoamericanas,  en  el  momento  presente? 

— Sólo  puedo  referirme  a  la  política  que  conviene 
a  Hispanoamérica;  pero,  en  lo  que  a  este  punto  se  re- 
fiere, no  haré  reserva  alguna,  y  entiendo  que  las  na- 


CHRVANTKS 


109 


ciones  qjie  en  el  Nuevo  Mundo  hablan  en  castellano  y 
prolongan  el  espíritu  glorioso  de  la  Madre  Patria  es- 
tán obligadas,  no  sólo  por  razones  morales,  sino  por 
urgentes  imposiciones  de  su  propia  conveniencia,  a 
acercarse  cada  vez  más  a  España,  a  hacer  una  política 
cada  vez  más  concordante  entre  ellas  y  a  engrande- 
cerse dentro  de  su  propia  atmósfera,  sin  dejarse  des- 
viar o  seducir  por  peligrosas  influencias  extrañas. 
Abierta  como  está  nuestra  América  a  todos  los  vien- 
tos del  siglo,  puede  y  debe  aceptar  todo  lo  noble  y 
fecundo,  todo  lo  vivifiante  y  creador  que  nazca  de  él; 
pero  sin  admitir  nada  excesivo  que  pueda  desnacio- 
nalizarla y  sin  olvidar  los  indestructibles  lazos  que  la 
atan  a  un  destino  y  a  una  tradición  gloriosos. 

— El  señor  Ugarte — decimos  entonces  nosotros — , 
que  ha  recorrido  todos  los  países  hispanoamericanos 
y  que  ha  pulsado  la  opinión  de  todos  y  de  cada  uno 
de  ellos,  podrá  decirnos,  teniendo  en  cuenta  el  estado 
actual  de  reorganización  que  se-  opera  en  el  mundo,  si 
ha  llegado  el  momento  de  realizar  el  ideal  de  unión 
iberoamericana  a  que  todos  aspiramos,  y  cuáles  de 
hieran  ser,  en  su  concepto,  los  medios  más  eficaces 
para  llegar  a  una  pronta  realización  de  ese  ideal. 

— Si  por  unión  iberoamericana  se  entendiera  una 
conglomeración  política  que  nos  llevara  a  reunir  a  Es- 
paña y  a  todas  las  naciones  de  América  que  se  expre- 
san en  español,  en  una  entidad  única,  contestaría  re- 
sueltamente que  no.  Clima,  distancias,  nuevos  aportes 
de  inmigración,  influencias  intelectuales,  problemas 
locales  y  causas  tan  diversas  que  sería  imposible  enu- 
merar tudas,  se  oponen  y  se  opondrán  a  la  i  econstruc- 


lio  CBRVANTas 

ción  de  un  imperio  que  fué  en  la  historia,  como  todos, 
la  etapa  esplendorosa,  pero  etapa  al  fin,  de  la  marcha 
colectiva  de  un  gran  conjunto.  Pero  si  por  unión  ibe- 
roamericana se  entiende  el  establecimiento  entre  nos- 
otros y  exclusivamente  dentro  de  nosotros,  España  y 
América  de  habla  española,  de  un  régimen  que  nos  fa- 
vorezca en  todos  los  órdenes,  desde  el  punto  de  vista 
comercial,  que  nos  acerque  y  nos  vincule  cada  vez  más, 
desde  el  punto  de  vista  intelectual  y  moral,  de  un  sis- 
tema, en  fin,  que  facilite  la  circulación  de  la  sangre 
entre  los  miembros  autónomos  de  un  mismo  cuerpo 
superior,  dejando  a  cada  uno  su  libertad  de  movimien- 
to, pero  facilitando  la  concordancia  de  un  ritmo  que 
los  fortifique  a  todos,  entonces  contesto,  con  particu- 
lar entusiasmo  y  vehemencia,  que  si.  Y  es  éste,  efec- 
tivamente, el  momento  más  favorable  para  empujar  a 
concresiones  definitivas  el  anhelo  disperso,  la  esperan- 
za que  perdura  en  los  grupos  que  hablan  la  misma 
lengua  de  un  lado  y  otro  del  Océano.  Una  de  las  en- 
señanzas de  la  guerra  que  termina,  es  la  necesidad  de 
conglomerar  fuerzas  afines  para  mantener  la  durabili- 
dad y  el  vigor  de  las  corrientes  civilizadoras  que  han 
tenido  o  deben  tener  lógica  preeminencia  en  el  mun- 
do; y  los  hispanoamericanos  que  ven  por  encima  del 
momento  las  prolongaciones  de  su  actividad,  la  ines- 
tabilidad de  su  situación,  la  grandeza  de  sus  destinos, 
ensanchan  hoy,  por  momentos,  su  concepción  final  del 
patriotismo,  superponiendo  a  la  entidad  geográfica,  la 
entidad  moral  que  los  comprende  y  los  superioriza  a 
todos,  al  propio  tiempo  que  a  todos  los  invehiera  y 
los  ampara  dentro  de  sus  entidades  políticas  distintas. 


OHKVANTBS  111 

— Siendo  esto  así,  podría  usted  indicar  la  naisióu 
llamada  a  cumplir  por  los  intelectuales  y  las  juven- 
tudes de  Hispanoamérica. 

— Son,  en  realidad,  los  intelectuales  de  América, 
los  poetas,  los  publicistas,  los  soñadores  de  todo  or- 
den, los  que  en  medio  de  la  dispersión  y  el  olvido  de 
aquellas  patrias,  delimitadas  caprichosamente  al  azar 
de  las  victorias  en  las  guerras  civiles,  los  que  han 
mantenido,  por  encima  de  los  localismos  estrechos  y 
las  realidades  efímeras,  el  hilo  central  y  salvador  de 
la  unión  espiritual  de  América.  De  suerte  que  la  mi- 
sión que  les  incumbe  en  estos  momentos  es  la  de  con- 
tinuar únicamente  la  misión  que  han  cumplido,  acen- 
tuándola de  acuerdo  con  la  época,  y  trasladándola,  en 
lo  posible,  del  orden  literario  al  orden  político  con  la 
ayuda  de  la  facilidad  creciente  de  las  comunicaciones 
y  al  amparo  de  las  superioridades  mentales  colectivas 
que  empiezan  a  prevalecer. 

— ¿Cree  usted — insinuamos  nosotros — en  la  posibi- 
lidad de  literaturas  autóctonas  en  los  diversos  países 
americanos?  ¿O  seguirá  siendo  el  idioma  el  que  de- 
termine, como  hasta  aquí,  una  literatura  común  a  to- 
dos los  que  pensamos  y  hablamos  en  español? 

— Nada  sería  más  vano  que  suponer  que  cada  una 
de  las  Repúblicas  de  América,  afines,  simultaneas  y 
concordantes,  como  son  todas,  puede  dar  lugar  a  una 
literatura  especial  que  llegue  a  distinguirse  de  las 
otras,  y  sería  pura  especulación  ideológica  y  completo 
artificialismo  cuanto  tendiera  a  ese  fin.  Dado  que  es- 
cribimos en  el  mismo  idioma,  de  acuerdo  con  prece- 
dentes  comunes   y   si^etos    a   influencias  isócronas, 


112  CERVANTES 

siendo,  como  son,  idénticos  esos  paises  por  su  com- 
posición y  antecedentes,  claro  está  que  la  resultante 
tiene  que  ser  análoga  y  que  nos  encontramos  en  la 
América  hispana  en  presencia  de  una  sola  literatura 
que  puede  tener,  según  las  regiones,   diversidad  de     \ 
matices,  pero  que  nace  en  conjunto  de  una  misma  si- 
tuación  y  de  una  mentalidad  parecida  en  la  unani- 
midad final  de  un  movimiento   indivisible.  Pero  yo 
voy  más  lejos  todavía.  Considerando  las  cosas  desde 
un  punto  de  vista  superior,  ajeno  a  los  entusiasmos 
y  los  ensimismamientos  locales,  creo  que  sólo  puede 
haber   una  literatura  castellana,  y  que  aun   siendo 
grande,  como  es,  la  diferencia  entre  la  modalidad  de 
pensamiento  y  expresión  que  puede  existir  entre  Es- 
paña y  América  en  sus  realizaciones  parciales,  no  es 
mayor  que  la  que  advertimos  entre  ciertas  regiones 
de   España  misma,   donde   fácilmente  se  trasluce  al 
través  de  la  producción  de  carácter  diverso  y  la  vir- 
tualidad especial  de  determinadas  regiones.  En  este 
orden  de  ideas,  y  salvando  todas  las  susceptibilida- 
des y  las  equidistancias,   seríamos,   pues,   dentro  del 
habla  hispana,  los    de  aquí  y  los  de  allá,  ejecutantes 
de  una  misma  orquesta,  unos  veteranos  y  otros  biso- 
ños;  éstos  más  clásicos,  aquéllos  más  modernos — aca- 
so en  apariencia — ;  selváticos  unos,  severos  otros,  ac- 
tuando cada  cual  según  las  determinaciones  de  pai- 
sajes o  medios   ligeramente  divergentes,  pero  sujetos 
todos  a  pautas,  sistemas  e  instrumentaciones  únicos, 
y  ansiosos  también  todos  de  vernos  coordinados  en 
una  orquesta  superior  y  definitiva,  que  bien  pudiera 
ser  una  Academia:  His-panoamericana. 


CBKV ANTES 


113 


— ¿Qué  orientación  opina  usted  que  debería  tener 
una  gran  revista  hispanoamericana,  que  aspire  a  ser 
el  óigano  espiritual  de  la  raza?  ¿Cuál  es  el  juicio,  sin- 
cero y  franco,  que  a  usted  le  merece  la  revista  Cer- 
vantes? 

— Desde  luego,  han  realizado  ustedes  una  obra  ad- 
mirable y  fecunda  con  esta  revista  cuyo  nombre  sim- 
bólico encarna,  en  realidad,  una  síntesis  y  expresa  con 
un  nombre  rodeado  de  laureles  y  venerado  por  to- 
dos, esa  misma  fusión  y  unidad  de  que  hablábamos 
hace  un  momento.  Pero  para  que  una  publicación, 
especialmente  hispanoamericana,  destinada  a  públi- 
cos tan  diversos  por  su  ubicación  geográfica,  ya  que 
no  por  su  composición  y  su  sentimiento,  pueda  cum- 
plir ampliamente  su  misión  de  difundir  y  concretar  el 
pensamiento  de  tan  vasta  conglomeración  de  almas  y 
de  cerebros,  sería  indispensable  multiplicar  dentro  de 
ella,  en  lo  posible,  los  núcleos  de  captación  y  de  irra- 
diación, haciéndola  a  la  vez  española,  argentina,  ecua- 
toriana, mexicana,  etc.,  dándola  todos  los  matices  y 
las  facetas  de  nuestro  iris  supernacional  y  evitando 
todo  reproche  posible  de  estancamiento  o  centralismo 
que  le  quitara  su  don  de  ubicuidad  múltiple  en  el 
amplio  campo  que  debe  fecundar.  Porque  se  hallan 
en  germen  en  Cervantes  y  en  varias  otras  grandes 
revistas  que  se  publican  en  España,  estas  sanas  direc- 
ciones, y  porque  en  América  surgen  publicaciones 
análogas,  es  que  podemos  esperar  el  movimiento  de 
conglomeración  intelectual  que  pueda  fusionar  nues- 
tras literaturas. 

— Muy  agradecidos,  por  la  parte  que  nos  toca  en 

8 


114 


CERVANTES 


lo  que  usted  acaba  de  manifestar;  y  ahora,  pasando 
a  otra  cosa,  ¿qué  impresión  le  ha  producido  España, 
en  su  nueva  visita,  al  autor  de  Visiones  de  España? 
Estimaríamos  una  impresión  sintética,  rápida  y  reve- 
ladora. 

— Mis  viajes  a  España  han  sido  frecuentes,  no  tan- 
to como  yo  hubiera  deseado;  pero  en  cuatro  oportu- 
nidades he  llegado  a  esta  hermosa  y  noble  tierra,  y 
las  cuatro  he  experimentado  la  sensación  de  repa- 
triarme moralmente  en  los  recuerdos,  de  ubicarme  en 
el  pasado  y  en  la  historia,  de  reconquistar,  en  fin,  la 
continuidad  de  una  vida.  Vine  la  primera  vez  cuando 
era  lüño,  y  aún  me  deslumhra  el  fasto  y  el  misticismo 
evocador  de  una  Semana  Santa  en  Sevilla,  la  gran- 
deza y  la  pompa  de  un  cortejo  real  en  Madrid,  el 
vocerío  popular  de  un  arrabal  obrero  en  Cataluña. 
A  estas  impresiones  confusas  de  la  primera  edad  se 
superpusieron  después  las  de  un  viaje  emprendido 
desde  Francia,  que  reflejé  en  un  libro  un  tanto  apa- 
sionado e  inexacto,  pero  sincero.  Otro  viaje  me  permi- 
tió después  fraternizar  con  la  juventud  intelectual  de 
España,  a  la  cual  he  admirado  siempre  sin  reservas. 
Pero  al  llegar  ahora,  después  de  diez  años  de  ausencia, 
en  este  despertar  magnifico  y  fecundo,  experimento  no 
sólo  las  emociones  y  el  respeto  de  otros  tiempos,  sino 
el  entusiasmo  ante  los  progresos  y  la  vitalidad  reno- 
vada. No  son  ya  sólo  la  historia  y  los  recuerdos,  no 
es  el  prestigio  de  un  pasado  glorioso,  no  es  la  emo- 
ción directa  y  personal  de  lo  que  fué  el  hogar  anti- 
guo; es  el  entusiasmo  y  el  orgullo  de  la  ascención 
actual,  de  la  amplificación  de  las   perspectivas,  del 


CBRVANTB»  115 

progreso  que  se  advierte  en  todo,  lo  que  llena  de 
alegría  y  entusiasmo  el  alma  del  hispanoamericano, 
para  quien  el  remozamiento  y  las  victorias  de  la  Ma- 
dre Patria  son,  en  cierto  modo,  victorias  de  su  pro- 
pia nacionalidad. 

Muy  reconocidos,  nos  despedimos  «hasta  siempie» 
de  Ugarte,  que  promete  visitar  esta  casa,  para  cono- 
cer personalmente  a  los  escritores,  nuestros  compañe- 
ros, que  laboran  en  Cervantes,  y  con  un  gesto  amplio 
y  efusivo,  nos  extiende  sus  dos  manos,  de  las  que 
irradian  un  fuerte  y  sano  optimismo,  una  noble  y  sin- 
cera amistad. 

César  E.  Arroyo. 
Madrid,  abril  de  1919. 


116  CERVANTES 


CUENTOS    HISPANO 
AMERICANOS 

La  conversión  del  Dr.   Próspero. 

El  Doctor  Próspero,  cura  de  X,  tomó  el  Año  Cris- 
tiano y  comenzó  a  leer  la  vida  del  sauto  de  la  fecha; 
pero  estaba  distraído,  y  las  piadosas  enseñanzas,  las 
cristianas  reflexiones,  las  escenas  maravillosas  de  san- 
tidad que  iba  leyendo,  no  le  producían  el  mismo  salu- 
dable efecto  que  otras  veces;  leía  maquinalmente, 
como  obligado  por  la  costumbre,  y  pasaba  las  hojas 
de  prisa  y  corriendo  para  acabar  pronto.  Iba  ya  a  lle- 
gar al  término,  cuando  se  encontró  con  este  pasaje 
que  le  llenó  de  turbación:  «cierta  vez  el  demonio  que 
no  dejaba  de  tentarle,  hizo  que  nuestro  santo  se  en- 
contrara con  una  mala  mujer,  y  por  haber  fijado  en 
ella  la  vista,  creyóle  ya  suyo,  y  transformándose  en 
un  horrible  mono,  le  saltó  al  cuello,  le  enroscó  en  él 
la  cola,  y  comenzó  a  dar  chillidos  espeluznantes,  cual 
si  llamara  a  los  demás  hijos  de  las  tinieblas,  para  que 
le  ayudasen  a  cargar  con  la  presa  que  ya  creía  se- 
gura...» 

¡Por  una  mujer,  dijo  el  doctor  Próspero,  por  una 


CRRVANTB8 


117 


mujer  el  diablo  que  le  salta  al  cuello  en  forma  de 
mono!  y  quedó  sumido  en  protundas  meditaciones  e 
inquieto,  como  8Í  algún  peligro  le  amenazara. 

Para  comprender  hasta  qué  punto  estas  inquieta _ 
des  eran  justificadas,  conviene  saber  que  también  él^ 
esa  misma  mañana,  había  encontrado  una  mujer,  que 
mala  debía  ser,  según  las  apariencias,  y  la  había  mi- 
rado con  más  atención  que  la  permitida  a  un  ministra 
del  altar. 

Y  seguía  meditando .  Pasaban  por  su  imaginación 
exaltada  todas  las  santas  de  la  Corte  Celestial,  espe- 
cialmente aquellas  que  no  siempre  lo  fueron,  como. 
María  Magdalena,  y  todas  las  mujeres  bellas  y  las  cor. 
tesanas  que,  de  una  manera  u  otra,  algún  papel  ha 
bían  representado  en  la  vida  de  los  bienaventurados  : 
se  acordó  de  San  Antonio,  no  por  él,  sino  poí-  la  her- 
mosa que  le  tentaba  en  el  desierto  con  sus  desnude- 
ces; y  por  una  obcecación  que  sólo  podía  ser  obra  del 
maligno,  a  todas  sus  meditaciones  iba  unida  la  ima- 
gen de  la  pecadora  que  había  visto  esa  mañana. 

Antes  de  haberla  visto,  sus  feligreses  le  habían 
anunciado  ya  su  llegada  al  pueblo;  le  dijeron  que 
había  venido  a  habitar  una  casita  no  lejana  de  la  casa 
parroquial,  pero  algo  apartada  del  camino  principal, 
en  la  que  llevaba  una  vida  misteriosa  y  capaz  de  ins- 
pirar las  más  graves  sospechas;  vivía  sola,  salía  poco 
por  las  calles  del  pueblo,  pero  daba  grandes  paseos 
por  los  campos  y  los  montes;  era  hermosa  y  provo- 
cativa; andaba  vestida  de  colores  claros;  parecía  siem- 
pre alegre,  pues  reía  mucho;  de  noche,  se  oían  en  la 
casa   músicas  desenfrenadas  y  voces  extrañas,  y  por 


118  CERVANTES 

las  ventanas,  casi  siempre  abiertas,  por  las  que  salían 
torrentes  de  luz,  se  veían  cuadros  y  estatuas  desho- 
nestas, y  lo  que  era  peor,  se  la  veía  a  ella  mi«ma  lige- 
ramente vestida;  alguien  llegó  a  decir  que  la  había 
visto  desnuda;  siempre  está  en  la  ventana  las  noches, 
dijo  otro;  sí,  añadió  un  tercero,  suele  estar  en  la  ven- 
tana hasta  que  llega  un  jinete,  que  habla  con  ella  y 
entra  a  la  casa;  y  cuando  el  hombre  entra  al  cuarto, 
dijo  una  vieja  santiguándose,  se  abrazan;  j  se  besan, 
añadió  otra,  dando  un  suspiro  y  haciéndose  una  cruz 
en  los  labios:   ¿quién  será?  ¿de  dónde  habrá  venido? 
¿cómo  se  llamará?  ¡y  no  oye  misa,  señor  cura,  pues  si 
alguna  vez  va  a  la  iglesia,  es   por  curiosidad  y  por 
tentar  a  la  gente!  Todos  estos  comentarios  y  murmu- 
raciones despertaban  la  curiosidad   del  cura  y  le  lle- 
naban al  mismo  tiempo  de  sobresalto;  pero   desde  esa 
mañana  que  la  había  visto,  ya  no  era  solamente  curio- 
sidad y  temor  lo  que  sentía,  sino  una  sensación  extra- 
ña, que  no  podía  definir:  era  algo  así  como  miedo  y 
ganas  de  vencerlo;  era  la  fascinación   del  peligro;  era 
una  gana  inexplicable  de  volver  a  verla  y  de  no  ver- 
la más,  de  huir  de  ella  y  de  tenerla  cerquita...  No  ca- 
bía la  menor  duda:   el  demonio   la  tentaba,  y  era  tan 
seductora  la  tentación,  que  el  santo  varón  se  deleitaba 
en  ella.  ¡San  Antonio    bendito,  exclamaba,  tú  que  su- 
piste vencer  al  cerdo  y  otras  bestias  inmundas  que  te 
asediaban;  tú  que  resististe  a  los  halagos  de  las  muje- 
res desnudas,  dame  fuerzas,  líbrame  de  esta  tentación! 
El  libro  se  le  había  caído  de  las  manos;  lo  recogió 
y  puso  en  el  estante,  pues  no  se  sintió  con  ánimo  de 
seguir  leyendo. 


CEKVANTMS  119 

¿Quién  era  esa  mujer  que  tauta  impresióü  había 
causado  en  el  espíritu  místico  y  sencillo  de  nuestro 
cura?  Era  la  más  inofensiva  de  las  criaturas.  La  au- 
reola de  misterio  de  que  estaba  rodeada  se  debía  úni- 
camente a  la  imaginación  de  los  vecinos  de  X,  mka 
dispuesta  a  juzgar  mal  que  bien  de  las  personas  que 
no  participaban  de  sus  costumbres  y  modo  ;de  ser  y 
de  vivir,  ¡Verdad  es  que  era  hermosa,  y  mucho!  pero 
falso,  falsísimo  que  fuera  coqueta  3^  provocativa;  a 
ellos  les  provocaba  tal  vez,  como  provocaban  al  zorro 
de  la  fábula  las  uvas  que  no  podía  alcanzar,  y  por 
eso  sin  duda  la  odiaban;  cierto  que  era  alegre  y  ama- 
ba la  música  y  el  canto;  cierto  que  en  su  casita,  lim- 
pia y  elegante,  había  mucha  luz  y  algunos  cuadros  y 
estatuas,  pero  falso  que  estos  fueran  deshonestos; 
cierto  que  le  gustaba  ponerse  a  la  ventana  las  noches 
para  esperar  a  su  marido,  a  quien  amaba  entrañable, 
mente,  y  quizás  fué  también  verdad  que  alguna  vez 
olvidando  que  la  ventana  estaba  abierta,  y  creyendo 
que  nadie  la  veía,  le  abrazó  y  le  besó;  pero  era  de¡ 
todo  punto  calumnioso  que  se  la  hubiera  visto  desna" 
da.  Los  feligreses  del  doctor  Próspero  habían,  pues, 
exagerado  unas  cosas  e  inventado  otras.  ¡Infelices!  no 
sabían  que  haciéndolo  así  y  pintando  a  la  nueva  ve- 
cina con  esos  colores  que  no  tenía,  exponían  la  salud 
eterna  de  su  virtuoso  pastor. 

Vino  la  pecadora,  como  el  cura  la  llamaba  en  sus 
adentros,  a  vivir  en  el  pueblo  simplemente  porque 
quiso  pasar  unos  días  de  campo,  descansando  de  las 
obligaciones  sociales.  Su  marido  se  había  quedado  en 
la  ciudad   para  atender  a  sus  negocios  y  no  venía  a 


120  CERVANTES 

verla  sino  dos  o  tres  veces  por  semana  y  siempre  de 
noche.  Cuando  no  venia,  la  pecadora  se  aburría  sobe- 
ranamente, y  sólo  encontraba  alguna  distracción  en 
la  música  y  el  canto  o  en  las  gracias  de  un  monito,  su 
único  compañero,  un  dije  de  animal,  que  sabia  hacer, 
para  que  riera  su  ama...  ¡qué  habia  de  hacer,  sino  mil 
monerías!  Estaba  tan  bien  domesticado  que  andaba 
suelto  por  la  casa. 

Una  de  las  monerías  que  su  ama  le  había  enseñado 
era  la  siguiente:  como  el  marido  venía  siempre  a  ca- 
ballo y  tenía  que  pasar  por  delante  de  la  ventana 
para  entrar  a  la  casa,  y  como  pasaba  muy  pegadito  a 
las  rejas  porque  la  calle  era  angosta,  el  monito  que 
siempre  estaba  con  su  ama  (no  sé  cómo  los  feligreses 
del  doctor  Próspero  no  lo  vieron,  quizás  porque  nun- 
ca pasaron  por  esa  calle)  el  monito,  decimos,  saltaba 
del  regazo  de  la  dama  al  anca  del  caballo  y  de  otro 
salto  se  ponía  en  el  cuello  del  jinete,  como  a  darle, 
por  anticipado,  la  bienvenida  en  nombre  de  su  mujer. 
¡Lo  que  reían  los  felices  esposos  con  las  inocentes 
monerías  del  monol 


4>  :)c  * 


Al  día  siguiente  de  aquel  en  que  tan  preocupado  e 
inquieto  vimos  al  doctor  Próspero,  tuvo  éste  que  ir  a 
la  ciudad.  Sus  ocupaciones  le  detuvieron  en  ella  hasta 
muy  tarde,  de  suerte  que  cuando  regresó  al  pueblo 
era  ya  de  noche.  Caballero  en  un  mansísimo  rocín, 
iba  nuestro  excelente  amigo  acercándose  a  la  casa  pa- 
rroquial y  pensando...  fácil  es  adivinar  en  quién.  El 


CBRVANTHS  121 

recuerdo  de  la  pecadora  no  se  apartaba  de  su  imagi- 
nación y  la  lucha  entre  la  gana  de  verla  y  el  deber  de 
evitar  su  presencia  era  terrible  en  su  pobre  y  flaco 
espíritu.  Se  acordaba  do  lo  que  sus  feligreses  le  habían 
contado:  torrentes  de  luz  que  salían  por  la  ventana; 
adentro  estatuas  y  cuadros  y  música  y  cantos  extra- 
ños; y  ella...  ¿si  estaría  en  este  momento  asomada  a 
la  reja?  En  esto  pensaba  justamente  al  llegar  al  pun- 
to del  camino  en  que  éste  se  bifurcaba:  de  un  lado 
ancho  y  derecho  el  ramal  que  iba  al  pueblo;  del  otro 
la  callejuela,  y  allá  al  fondo  una  claridad  como  de 
gloria;  ¡no,  no,  era  un  resplandor  de  infierno!  Ella  es- 
taría allí  en  medio  de  ese  resplandor.  Pero,  vamos  a 
ver,  ¿por  qué  ha  de  ser  malo  verla?  se  dijo  el  cura  y 
se  puso  este  sofisma:  desecha  una  mala  tentación  sin 
lucha,  no  tiene  mérito  ante  el  cielo;  pero  afrontarla, 
acercarse  al  peligro,  y  luego  burlarse  de  él  y  vencer- 
lo, ¡eso  sí  que  sería  meritorio! 

Y  no  pudo  resistir. 

Tiró  hacia  la  callejuela  las  riendas  del  caballo  y 
penetró  en  ella.  ¡Qué  emoción!  Desde  lejos  vio  en  la 
ventana  como  en  medio  de  un  nimbo  de  luz,  una  for- 
ma blanca;  se  acercó  más;  ¡era  ella,  era  ella!  vio  una 
cabellera  rubia,  vio  unos  senos  abultados  que  mal  en- 
cubrían los  pliegues  de  la  bata  blanca,  vio  unos  ojos 
que  parecían  chispas  de  luz,  y  vio...  ¡horror  de  los  ho- 
rrores! vio  un  mono  que  del  regazo  de  la  hermosa  se 
desprendía  y  de  un  salto  se  le  ponía  en  el  cuello. 
¡Vade  retro,  Satanás!  exclamó  y  puso  al  escape  su  ca- 
balgadura, pero  tuvo  aún  tiempo  de  oir  una  sonora 
carcajada  a  sus  espaldas. 


122  CERVANTES 

Viendo  el  mono  que  el  jinete  no  entraba  a  la  casa 
y  asustado  con  la  velocidad  con  que  se  le  llevaba,  co- 
menzó a  dar  espeluznantes  chillidos  y  mientras  más 
chillaba,  más  y  mejor  enroscaba  su  cola  en  el  cuello 
de  D.  Próspero. 

¡Vade  retro,  Satanás,  vade  retro! 

Paró  el  caballo  en  el  patio  del  presbiterio,  saltó  al 
suelo  el  mono  y  desapareció  a  toda  carrera,  y  el  doc- 
tor Próspero,  pálido  como  un  cadáver,  cubierto  de 
frío  sudor  y  con  las  piernas  flojas,  entró  a  su  cuarto  y 
cayó  de  rodillas  en  un  reclinatorio.  Y  desde  entonces 
fué  un  santo. 

J.  Trajano  Mera. 

(Ecuatoriano.) 


CERVANTES  123 


ARTES   PLÁSTICAS 


Gregorio  Prieto. 

En  los  vernales  días,  risueños  e  irónicos,  del  año 
pasado,  durante  los  cuales  se  desarrolla — cada  año 
que  transcurre  con  un  sentido  más  panteista,  justo  es 
reconocerlo  — ,  la  católica  farsa  seudorreligiosa  de  la 
Semana  Santa,  se  celebró  en  la  Academia  de  San 
Fernando  una  Exposición  que  estuvo  a  pique  de 
reconciliarnos  con  la  vetusta  y  esterilizadora  Escuela. 
(No  quiere  decir  esto  que  sea  únicamente  la  Academia 
de  San  Fernando  la  que  nos  parezca  vetusta  y  esteri- 
lizadora a  los  hombres  de  hoy,  ¡cá!;  nos  lo  parecen 
todas  las  Academias  de  Bellas  Artes,  por  cuanto  pre- 
tenden invadir  terreno  vedado  y  extralimitarse  de  sus 
meras  y  simples  funciones  instructivas,  olvidando  que 
el  arte  ni  se  enseña  ni  se  aprende,  por  ser  labor  indi- 
vidual e  intima.  Mauclair  ha  dicho,  con  acierto  indu- 
dable, que  los  verdaderos  maestros  no  dan  lecciones: 
sólo  sirven  de  ejemplos  y  que  todo  artista — hablando, 
naturalmente,  de  las  entidades  cotizables — vuelve  a 


124  CBlRVANTBIS 

hacer  el  arte  segúu  él  propio,  pues  no  apreude  más 
que  aquello  que  ya,  por  sí  solo,  tiene  aprendido.)  Es- 
tuvo a  punto  de  reconciliarnos,  porque  en  aquella 
Exposición  los  alumnos  de  la  Academia  de  San  Fer- 
nando hicieron  gala  de  una  independencia  y  una  re- 
beldía frente  a  las  trabas  tradicionales,  que  hablaban 
muy  alto  en  favor  de  sus  profesores — o,  por  el  con- 
trario, demostraban  que  los  alumnos  tenían  tal  cons- 
ciencia  de  los  intereses  ideales  y  tal  fe  en  sí  mismos — 
que  ponían  por  encima  de  las  normas  escolásticas,  con 
juvenil  arrogancia,  una  personal  y  afirmativa  razón 
de  ser. 

Por  primera  vez  nos  encontramos  en  aquella  oca- 
sión con  la  firma  de  Gregorio  Prieto,  que  se  destaca- 
ba con  el  grupo  de  los  más  notables  expositores.  Sus 
manchas  de  color,  en  las  que  se  acertaba  a  ver  una 
generosa  influencia  de  Joaquín  Mir,  hicieron  sospe- 
char la  existencia  de  un  paisajista  considerable. 

Más  tarde,  en  el  mes  de  noviembre,  en  las  autum- 
nales opalescencias  del  atardecer,  volvimos  a  ver  nue- 
vas obras  de  Prieto.  Fué  en  aquella  Exposición  que 
los  pensionados  en  el  Paular  celebraron  en  el  local  de 
la  Sociedad  Española  de  Amigos  del  Arte.  Pasajes 
valientes  y  atrevidos,  buscando  la  realidad  a  través  de 
las  orquestaciones  del  color,  eran  aquellos.  Y  la  gene- 
rosa influencia  de  Mir  persistía,  pero  ya  iniciaba  el 
período  en  que  se  van  debilitando  las  influencias  para 
convertirse  en  personales  atisbos  y  autóctonas  mane- 
ras, lo  cual  demostraba  que  en  el  naciente  pintor 
existía  la  fuente  creadora:  inquietud,  afán. 

Y  vuelven  otra  vez  las  auras  vernales  y  Gregorio 


CBRVANTHK 


125 


Prieto  se  nos  presenta  de  nuevo,  no  ya  entre  unos 
cuantos  y  con  el  título  de  alumno,  sino  en  calidad  de 
pintor,  pidiendo  que  su  labor  se  juzgue  sin  las  pieda- 
des ni  las  consideraciones  que  se  guarden  a  todo  es- 
tudiante, pero  con  las  rigideces  y  la  severidad  que  se 
debe  tener  para  todo  el  que  trata  de  conquistar  la 
admiración  pública. 

Este  gesto  del  joven  pintor  lo  vemos  con  simpatía; 
pero  nos  parece  prematuro.  No  por  correr  mucho  se 
llega  antes.  No  hay  nada  tan  anulador  como  la  impa- 
ciencia, que  hace  abortar  las  buenas  cualidades.  Gre- 
gorio Prieto  ha  debido  seguir  estudiando,  sin  tener 
prisa  por  alcanzar  el  halago  de  las  gentes,  y  cuando  él 
se  iiubiese  creído  en  auténtica  sazón,  conocedor  de  su 
temperamento  y  dueño  de  sus  facultades,  entonces 
era  la  ocasión  para  brindarnos  los  frutos  de  su  sensi- 
bilidad, de  su  trabajo. 

Porque,  después  de  ver  las  obras  que  ha  expuesto 
en  el  Ateneo,  no  podemos  decirle  otra  cosa  distinta 
de  la  que  ya  le  hemos  dicho  en  anteriores  ocasiones; 
es  decir,  que  es  un  muchacho  de  inteligencia,  a  quien 
le  sonríe  un  bonito  porvenir. 

En  cambio,  se  encuentra  con  algo  desagradable.  Y 
es  que  debemos  decirle  que  los  retratos  que  ha  pre- 
sentado son  completamente  infantiles:  torpes  de  dibu- 
jo, pobres  de  color  y  vulgares  de  concepto. 


Gabriel  García  Maroto. 
Kl  señor  don  Gabriel  García  Maroto,  escritor,  al 


126  CERVANTES 

parecer,  y  pintor,  ha  sufrido  una  indigestión  de  lite- 
ratura, si  hemos  de  juzgarle  por  las  «Palabras  inicia- 
doras» que  prologan  el  catálogo  de  las  obras  que  ha 
expuesto  en  el  Ateneo  y  por  las  obras,  además. 

Con  palabra  sonora  y  gesto  altanero  se  declara 
discípulo  de  Cezanne,  afirma  que  haca  pintura  litera- 
ria— ni  literaria  ni  sin  literatizar;  lo  que  hace  es  es- 
cribir literatura  a  propósito  de  la  pintura  o  con  el 
pretexto  de  la  pintura — y  que  «un  deseo  de  sincreti- 
zación,  luego  de  tantas  modulaciones  y  matizaciones 
en  torno  a  temas  secundarios,  sin  ninguna  pérdida 
esencial,  sin  ninguna  viciosa  predilección,  hace  dere- 
chas nuestras — las  suyas — veredas». 

Estos  embusteros  que  quieren  ser  ingenuos  y  son 
complicadísimos,  que  tratan  de  ser  simplicísimos  y 
son  compuestos,  que  tratan  de  ser  creadores  y  no  son 
más  que  negadores;  es  decir,  que  no  son  nada  de  lo 
que  dicen  ni  realizan  nada  de  lo  que  pregcnan  enfáti- 
ca y  engoladamente,  no  merecen  nuestra  atención. 
Pasamos  de  largo.  Lo  único  que  nos  ha  detenido  en 
la  Exposición  celebrada  en  el  Ateneo  por  el  señor  don 
Gabriel  García  Maroto.  escritor  y  pintor,  es  la  lectura 
del  catálogo,  donde  se  recogen  unas  cuantas  palabras 
de  unos  cuantos  señores  que  no  pueden  definir  jamás 
una  teoría  pictórica  y  otro  señor  intercala  peregrinas 
elucubraciones. 


Exposición   Julio  Antonio. 
Los  señores  que  se  han  erigido  en  vestales  del 


CKRVANTBS 


127 


templo  donde  se  adora  la  memoria  del  malogrado 
escultor  Julio  Antonio,  han  expuesto  en  el  Teatro  Real 
los  bustos  que  dejó  este  concluidos,  después  de  poner 
todos  los  obstáculos  posibles  e  imaginables  para  lo- 
grar, como  lo  han  logrado,  que  no  se  exponga  ningu- 
na de  sus  obras  en  París,  de  la  misma  forma  que  han 
expuesto  otros  artistas  españoles  tan  dignos  de  consi- 
deración como  el  fallecido  escultor.  Para  ellos,  en  su 
exaltación  amical,  Julio  Antonio  era  el  genio  único  de 
toda  la  escultura  española.  ¿Cómo,  pues,  iban  a  con- 
sentir que  estuviese  representado  en  París  de  la  mis- 
ma forma  que  los  demás  mediocres  y  vulgares  escul- 
tores? 

Y  ya  que  hablo  de  esto,  quiero  dejar  sentado  algo 
que  se  me  olvidó  en  el  artículo  que  publiqué  en  esta 
misma  revista,  en  el  mes  de  febrero. 

Entre  mis  papeles  existe  una  fotografía,  que  debió 
publicarse  en  La  Esfera  durante  la  primavera  o  el 
verano  de  1915,  que  lleva  el  siguiente  pie:  *Mater 
Dolorosa»,  grupo  escultórico  para  un  mausoleo.  La 
Madre  de  Dios  está  arrodillada,  sentada  sobre  los  cal- 
caños,  con  la  cabeza  levantada  al  cielo  en  actitud  do- 
lorosa  y  suplicante.  Sobre  sus  rodillas  descansa  la  ca- 
beza de  su  Hijo,  el  cual  se  extiende,  muerto,  ante  ella. 
Tal  es  lo  que  representa  dicha  fotografía.  ¿No  es  cier- 
to que  existe  una  analogía  en  el  asunto  y  en  su  des- 
arrollo con  el  grupo  funerario  que  expuso  Julio  An- 
tonio en  el  mes  de  febrero  en  el  local  de  la  Sociedad 
Española  de  Amigos  del  Arte?  Luego  ya,  la  originali- 
dad que  pudiera  éste  tener,  queda  bastante  perjudica- 
da, por  cnanto,  anteriormente,  otro  escultor-— y  no  se 


128  CERVANTES 

crea  que  es  chino,  ni  eslovaco,  ni  escandinavo;  es 
español — tuvo  esa  mifcma  ieda  y  la  desarrolló.  ¿Es  una 
idea  genial?  Luego,  además  de  Julio  Antonio,  hay 
otro  genio.  ¿No  se  trata  de  la  idea,  sino  de  la  ejecu- 
ción? Yo  respondo  de  que,  en  cuanto  a  eso,  Moisés  de 
Huerta,  autor  del  grupo  cuya  fotografía  obra  en  mi 
poder,  no  tiene  nada  que  envidiar  al  malogrado  escul- 
tor. Y  como  temperamento  de  escultor,  es  mucho  más 
varonil,  más  entero,  más  fibroso,  el  de  Huerta.  Julio 
Antonio  era  más  florentino,  más  decorador,  más  artí- 
fice. Huerta  se  deriva  de  Miguel  Ángel. 

Ahora,  el  curioso  lector  que  repase  la  colección  de 
La  Esfera,   podrá  comprobar  cuanto  queda  expuesto. 

He  de  añadir,  sin  embargo,  que  en  el  grupo  de 
Huersa  hay  dolor  y  sentimiento  humanos;  hay  reali- 
dad, mientras  que  en  el  de  Julio  Antonio  todo  es 
falso,  hierático,  frío  y  teatral. 

Y  dicho  esto,  pasemos  a  dar  cuenta  de  la  Exposi- 
ción de  los  bustos,  celebrada  en  el  regio  coliseo. 

La  camarilla  que  rodeaba  en  vida  al  infortunado 
Julio  Antonio,  envolviéndole  en  vaharadas  de  incien- 
so, y  que  sigue  usufructuando  el  secreto  de  su  arte, 
da  como  bustos  de  La  Raza  muchos  que  no  lo  son  y 
que  resultan  inferiores  al  lado  de  los  que  son.  Porque 
la  obra  grande,  indiscutible,  que  Julio  Antonio  ha 
dejado  realizada,  es  la  integrada  por  los  nueve  bustos 
que  legítimamente  pueden  llevar  el  título  de  La 
Raza:  «Hombre  de  la  Mancha»,  «Rosa  María»,  «Mi- 
nera de  PuertoUano»,  «Mujer  de  Castilla»,  «limero 
de  Almadén»,  «Ventero  de  Peñalsordo»,  «El  novicio», 
«Cabrero  de  tierras  de  Zamora»  y  «Avila  de  los  Ca- 


CBRVANTEa  l'i9 

balleros».  Los  demá8  no  son  más  que  diversos  intentos 
de  diversas  procedencias.  Aquellos  son  su  obra  españo- 
la. Estos  otros  donde  se  patentizan  las  diversas  direc- 
trices seguidas  por  su  afán  de  estudio  y  documen- 
tación. 

Se  exponen  también  dos  retratos:  los  de  los  herma- 
nos Cañedo.  Tampoco  hay  en  ellos  la  huella  española 
que  Julio  Antonio  dejó  impresa  en  La  Raza.  Se  ad- 
vierte que  estos  retratos  pertenecen  a  su  época  últi- 
ma, cuando  su  instinto  decorador  le  llevaba  a  un  vir- 
tuosismo italianizante  de  decadencia. 

Ballesteros  de  Maktos. 


150 


CJORVANTBÜ 


MÚSICA 


DEL  SENTIDO  CRITICO 

El  crítico  debe  ser  siempre  afirmativo  para  poder, 
cuando  lo  crea  necesario,  negar  con  razón  y  discutir 
conscientemente . 

Un  camino  cerrado  conduce  a  la  incomprensión. 
Hay  que  comprenderlo  todo  y  hasta  amarlo  todo, 
como  dice  D'Annunzio.  Después  ¿viene  el  segundo 
grado  de  nuestra  labor,  que  está  en  la  diferenciación 
y  en  la  selección  que,  naturalmente,  excluye  muchas 
cosas  y  condena  gran  número  de  obras;  pero  en  esa 
labor  está  un  grave  peligro,  que  es  el  personalista. 
Sucede  que  nuestro  instinto  o  nuestro  carácter  y  a 
veces  nuestro  prejuicio  piden  creaciones  que  se  con- 
formen a  nuestros  puntos  de  vista  y  a  nuestra  predi- 
lección, y  a  la  verdad  no  sé  qué  virtud  tenemos  los 
comentaristas  para  ese  privilegio  de  dominio  sobre  la 
verdad.  Al  ver  esto  en  su  desnuda  realidad,  son  mu- 
chos los  que  se  refugian  en  la  duda  y  discurren  sin 
comprometerse  con  la  obra  ajena,  pero  compróme 


I 


OBKVANTHS 


131 


tiéndose  con  sus  propios  discursos,  que  carecen  de 
base  y  de  equilibrio  y  por  eso  han  de  agotarse  por 
cansancio . 

Todo  artista  se  avalora  definiendo  su  personalidad, 
y  parece  que  la  perfección  del  crítico  está  en  no  tener 
ninguna.  Sin  embargo,  el  critico  que  no  sea  artista 
no  tiene  derecho  a  entrar  en  el  terreno  divinizado 
por  la  belleza,  y  ya  tenemos  una  contradicción.  El 
critico  debe  estar  impresionado,  influido  por  la  obra 
de  arte  que  comente,  si  no  sus  comentarios  serán 
letra  muerta,  y  los  filisteos  piden  que  no  se  apasione. 
Bien  dice  Osear  Wilde  que  hay  dos  maneras  de 
aborrecer  el  arte:  Una,  aborreciéndole;  otra,  amán- 
dole razonablemente. 

No  importa  llegar  hasta  la  injusticia,  si  se  revela 
algo  del  efecto  receptivo  de  una  idea  inspirada.  Pero 
la  injusticia  por  exclusión  es  inadmisible. 

Ei  critico  no  debe  renunciar  más  que  a  si  mismo; 
todo  lo  demás  le  pertenece.  De  esta  renuncia  brota 
la  mayor  exaltación  de  sus  amores  Íntimos,  que  viven 
del  sacrificio  de  la  objetivación.  Con  ella  desorientan, 
a  veces,  a  sus  confidentes  amigos,  y  en  ella  va  el  ma- 
yor servicio  al  arte  que  es  idea  universal  más  allá  de 
nuestro  yo  que  se  recrea  en  su  escogida  limitación. 

Nuestros  amigos  representan  la  intensificación  del 
sentimiento  de  fraternidad,  pero  la  fraternidad  abar- 
ca todos  los  hombres.  Este  es  un  sentimiento  ideal, 
superior  a  nosotros  mismos,  aunque  solamente  lo  par- 
ticipamos  con  nuestros  afines,  con  nuestros  amigos. 

Asimismo,  el  arte,  en  su  universalidad,  no  puede 
limitarse  a  una  tendencia  ni  a  un  género   determina- 


132  CERVANTES 

do,  y  contando  con  eso,  los  críticos  deben  alejarse  de 
sí  mismos  y  prender  su  voluntad,  según  la  libertad  de 
su  albedrío,  en  contra  de  lo  más  nuestro.  Alejarse  del 
yo  es,  en  muchas  ocasiones^  encontrar  la  verdad  en 
su  mayor  potencia.  Y  el  retorno  a  lo  nuestro  tiene, 
una  vez  cumplida  su  misión,  el  encanto  del  propio 
solar. 

Si  el  privilegio  de  selección  nos  encierra  dentro 
de  un  cercado  paraíso,  debemos  saltar  la  cerca  y  re- 
correr el  mundo,  de  donde  nace  el  arte  que  se  da  a 
todos,  y  hasta  penetrar  en  el  general  sentimiento 
para  procurar  su  depuración. 

Naestra  personalidad  se  forma  al  contraste  con  las 
ajenas,  pero  no  en  el  aislamiento. 

Si  todo  esto  es  aplicable  al  arte  en  general,  concre- 
tándolo al  de  la  música,  resulta  casi  evidente,  porque 
es  donde  la  forma  necesita  más  de  la  técnica,  y  allí 
donde  la  sutileza  creadora  llega  a  la  fusión  de  la  idea 
con  el  procedimiento  hasta  darle  apariencia  de  exis- 
tencia esencial,  no  puede  llegar  nunca  el  profano,  a 
no  ser  con  un  temperamento  que  calificaría  de  mila- 
groso, y  ni  éstos  ni  los  técnicos  necesitan  del   crítico. 

Aprendamos  a  renunciar,  y  así  avaloraremos  la 
exaltación  de  nuestro  yo  al  entregarse  a  la  compre- 
sión de  lo  más  ajeno. 

Cablos  Bosch, 


OERVANTB» 


133 


EL  TEATRO 

Estreno  de    «A  man  de  Santiña, 
de  Ramón  Cabanillas. 


Se  ha  estrenado  con  enorme  éxito,  en  La  Coruña, 
la  primera  obra  teatral  del  gran  poeta  gallego  Ramón 
Cabanillas. 

Nosotros,  que  aspiramos  a  ser  como  una  antena 
que  recoja  todas  las  conmociones  espirituales  de  las 
regiones,  reproducimos  el  siguiente  comentario  a  A 
man  de  Santiña,  a  raíz  de  su  estreno,  publicado  en  la 
prensa  gallega  por  el  admirable  escritor  Antonio  Vi- 
llar Ponte,  uno  de  los  más  altos  e  interesantes  inte- 
lectuales de  Galicia: 

*A  man  de  Santiña,  marca  una  etapa  nueva  y  una 
nueva  orientación  en  el  aún  naciente  teatro  gallego. 
Es,  por  otra  parte,  la  primera  obra  escénica  de  un 
poeta  de  renombre  que  ama  a  su  tierra  y  al  verbo  na- 
tural de  su  tierra  con  amores  de  fanático.  Todo  esto, 
pues,  debe  tenerse  en  cuenta  cuando  llegue  la  hora 
del  anhelado  estreno, 


1^4  CERVANTES 

Puede  adelantarse,  sin  embargo,  como  dato  satis- 
factorio y  halagüeño,  que  Cabanillas,  antes  que  otra 
cosa,   en    la  Farsada  en   dos  pasos  que  escribió  y 
desarrolló — felizmente  a  nuestro  ver — ha  pretendido 
elevar  el  gallego  desde  la  condición  dialectal  en  que 
lo  postraron  con  mejor  buena  fe  que  acierto  otros  es- 
critores, a  la  de  idioma  rico,  bello  y  flexible,  tan  pro- 
pio para  expresar  lo  grave  como  para  matizar  lo  dul- 
ce. En  este  sentido,  el  ilustre  autor  de  Vento  mareiro, 
nos  recuerda  aquellos  expertos   músicos  que  puestos 
ante  el  teclado   de  un  órgano  admirable,   saben  utili- 
zar oportunamente  todos  sus  registros.  El  idioma  de 
la  tierra,  fruto  de  una  raza  que  lleva  prendidos  en  el 
alma  todos  los  elementos  esenciales  del  lirismo  que  el 
maestro  portugués  Teixeira  de  Pascoaes  supo  utilizar 
como  componentes  de  la  novísima  escuela  literario- 
filosófica  de  un  país  en  que  la   «saudade»  es  clave, 
adquiere  en  A  man  de  Santiña  el  rancio  prestigio 
aristocrático  del  oro  viejo  de  nuestros  cancioneros. 

Se  trata  de  una  obra  de  transición,  verdadero 
puente  entre  los  tímidos  y  no  siempre  afortunados 
ensayos  de  teatro  gallego  habidos  hasta  aquí  y  los 
que  sobrevendrán  ahora.  Más  allá  de  lo  rústico  puede 
triunfar  la  lengua  armoniosa — lengua  de  reyes  sabios, 
de  trovadores  galantes  y  de  fidalgos  enamorados — 
que  fué  universal  en  la  lírica,  antaño,  como  lo  fué 
hogaño  la  italiana.  Así,  al  menos,  intenta  demostrarlo 
Ramón  Cabanillas,  y  ya  por  esto  juzgaréis  de  su  pro- 
pósito transcendente.  Pero  el  público  de  La  Coruña, 
este  público  de  fina  sensibilidad  y  de  excelente  buen 
gusto,  tantas  veces  aquilatado,  habrá  de  ser  a  la  pos- 


OBRVANTEt 


186 


tre  quien  diga  la  última  palabra,  como  la  dirán  más 
tarde  otros  públicos  de  la  tierra. 

*  *  * 

A  man  de  Santtña  desarrollada  en  forma  de  co- 
media, tiene  aquella  condición  especial  que  pedia 
Goethe  a  los  dramaturgos:  la  de  apoyarse  con  un  pie 
en  la  realidad  y  con  otro  en  la  fantasía.  Aunque  es- 
crita en  propa,  en  una  prosa  elegante  y  «trabajada», 
es  obra  de  poeta  y  de  altísimo  poeta.  Sobre  el  realis- 
mo de  los  personajes  flota  el  nimbo  áureo  y  azul  de 
la  poesía,  continuamente.  Y  la  comedia — «farsada»  le 
llama  el  autor — se  adentra  por  los  campos  del  poema, 
del  brazo  invisible  de  la  esfumación  hermana  del 
sueño,  para  volver  a  hacer  hincapié  en  el  realismo 
más  neto,  cuando  las  situaciones  teatrales  lo  requie- 
ren. Todo,  por  lo  demás,  resulta  claro,  cristalino  y 
diáfano  en  A  man  de  Santiña.  La  acción,  intere- 
sante de  por  si,  para  que  su  interés  se  avalore,  acierta 
a  verse  reflejada  en  las  bellas  palabras  del  diálogo, 
con  la  elegancia  y  la  fidelidad  de  la  flor  en  el  estanque. 

Ciertamente  no  es  obra  de  cuyo  fallo  pueda  respon- 
der la  galería  que  ruge,  se  exalta  y  se  pone  en  pie, 
con  gesto  energumenista,  movida  por  el  latiguillo  que 
despierta  el  sensiblerismo;  tampoco  es  obra  cuyo  jui- 
cio tenga  que  esperar  el  refrendo  de  las  élites  ni  de 
los  «aristarcos».  No;  es  la  obra  que  pueden  compren- 
der todos  y  que  puede  deleitar  y  aun  emocionar  a  to- 
dos los  que  no  crean  que  la  truculencia  afectista  re- 
sulta el  non  plus  uUi'a  de  los  valores  teatrales.  Una 
obra  que,  diciéndolo   de  una  vez,  es  capaz  de  ser  sa- 


136  CERVANTES 

boreada  por  cuantas  personas  gusten  de  lo  fino  y  ex- 
quisito. 

En  ella  ni  se  ahorcan  caciques,  ni  se  habla  de  mu- 
jeres deshonradas  ni  de  supersticiones  y  brujerías.  En 
cambio,  canta  a  las  rosas  de  mayo — que  en  mayo  y  en 
en  el  campo  gallego  se  desenvuelve  la  acción — ;  se 
canta  al  amor  primero  y  a  los  viejos  amores  marchitos 
y  guardados  en  el  corazón,  como  en  un  gentil  devo- 
cionario de  recuerdos;  se  canta  a  la  Tierra,  divinizan- 
do la  Patria;  se  exalta  el  paisaje;  se  idealiza  el  nuevo 
señorío  aldeano  que  trocó,  sin  renegar  del  rancio  abo- 
lengo hidalgo,  los  hierros  herrumbrosos  de  la  lanza 
por  los  hierros  brillantes  del  arado;  se  censura  el 
abandono  de  los  lares  latinos  por  los  que  creen  en  la 
cólquida  americana,  y  se  define  con  verdadera  objeti- 
vidad parnasiana  la  nueva  política  regional... 

Una  sombra  de  tragedia  íntima,  nubla  por  unos  mo- 
mentos la  alegría  del  pazo  de  los  señores  de  Río  Sa- 
gro, donde  estallan  jubilosas  las  frescas  carcajadas  de 
las  lindas  muchachas  que,  ornadas  con  flores  y  atavia- 
das para  la  fiesta  patronal,  asisten  a  la  consagración  de 
un  amor  que  padeció  el  ma)  de  la  «saudade»,  pero  la 
sombra  se  disipa  muy  pronto,  porque  la  meiga  mano 
de  Santiña,  un   encanto  de  niña  casi  mujer — así  de- 
finió Valle-Inclán  la  bagatela — tiene  la  virtud  del  in- 
genio para  traerlo  todo  a  su  ser.  Y  la  obra,  obra  de 
patriotismo  generoso  y  de   belleza  pura,  viene  a  con- 
cluir eu  una  evaporación  de  melancolías   perfumada 
por  las  rosas  de  mayo  y  santificada  por  risas  de  ju- 
ventud, por  palabras  de  prestancia  señorial,  por  ecos 
de  fiesta  campestre  y  por  cuanto  dentro  del  paréntesis 


CKRVANTBa  137 

que  forman  la  tradición  y  la  democracia,  es  digno  y 
merecedor  de  las  loas  del  poeta  que  buceó,  como  po- 
cos, en  las  entrañas  de  nuestra  raza  calumniada. 

Ramón  Cabanillas  con  A  man  de  Santiña,  ha 
hecho  una  deliciosa  sinfonía,  o,  si  queréis  mejor,  una 
sonata  de  primavera,  en  la  que  los  motivos  poéticos 
se  acuerdan  y  se  armonizan  magistralmente.  ün  poe- 
ma-sonata, pletórico  de  inspiración,  del  que,  usando 
palabras  de  D'Annunzio,  podría  decirse  que  realiza  la 
fiesta  del  sonido,  del  color  y  de  la  forma.» 


138  CERVANTES 


REVISTA  DE  REVISTAS 


Colombia. — Revista  de  propaganda  hispano-colom- 
biana,  núm.  41. — Marzo  de  1919.  -Cádiz. 

El  brillante  publicista  colombiano,  dignísimo  Cón- 
sul general  de  su  país  en  Andalucía,  con  residencia 
en  Cádiz,  D.  José  M.  Pérez  Sarmiento,  viene,  desde 
hace  tiempo,  realizando  una  hermosa  y  entusiasta  la- 
bor de  propaganda  y  de  acercamiento,  no  sólo  hispa- 
no-colombiana,  sino  hispano-americana,  valiéndose 
del  medio  más  eficaz:  la  palabra  escrita  y  la  gráfica 
información.  Desde  hace  seis  años  viene  sosteniendo 
con  éxito  creciente  en  la  urbe  gaditana,  la  bella  e  im- 
portante Revista  Colombia^  cuyas  páginas  reflejan 
dignamente  la  cultura  y  los  progresos  de  la  legenda- 
ria y  floreciente  República  con  cuyo  nombre  se  hon- 
ra esa  publicación.  El  número  llegado  últimamente  a 
nuestra  Redacción  trae  un  interesante,  ameno  y  va- 
variado  texto,  ilustrado  con  hermosas  vistas  de  Bo- 
gotá y  con  retratos  de  varias  personalidades:  el  Mi- 
nistro de  Colombia,  Excmo.  Sr.  Urrutia;  la  señora 
Isabel  Arjona  de  Obregón,  ilustre  dama  bogotana;  la 
Sra.   Blanca  Fernández  de  Balmesj,   señoritas  Rosa 


CERVANTES 


139 


Vega  y  Maria  Palou  Rivas,  flores  del  pensil  colom- 
biano; el  virtuoso  sacerdote  D.  Rudecindo  López  Lle- 
ras, D.  Ignacio  M.  de  Arredondo,  Cónsul  de  Colom- 
bia en  Bilbao;  D.  César  E.  Arroyo,  Cónsul  del  Ecuador 
en  Madrid;  D.  Carlos  Lorenzana,  publicista  colombia- 
no, y  varios  otros. 

Hí  *  * 

España  Modejma,  de  México,  hemos  recibido  los 
números  correspondientes  a  enero  y  febrero,  el  pri- 
mero de  los  cuales  está  dedicado  a  rendir  un  ho- 
menaje de  respeto  y  admiración  a  S.  M.  el  Rey  de 
España. 


140  OBRVANTHI* 


bibliografía 


La  tormenta  sobre  el  jardín  de  Cándido. — Adriano 
Bertrand. — Editorial  Prometeo,  Valencia,  1919. 

La  colección  titulada,  con  evidente  redundancia. 
La  novela  literaria^  que  publica  la  casa  editorial  Pro 
meteo,  bajo  la  dirección  expertísima  del  maestro  Vi- 
cente Blasco  Ibáñez,  se  ha  enriquecido  con  la  obra  de 
Adriano  Bertrand  La  tormenta  sobre  el  jardín  de  Cán- 
dido. 

Esta  obra,  integrada  por  cuatro  novelas:  {La  tor- 
menta sobre  el  jardín  de  Cándido,  La  ilusión  del  pre- 
fecto Mudo,  Un  soldado  de  la  primera  República  y  Los 
animales  bajo  la  tormenta),  viene  a  corroborar  la  gran 
pérdida  que  ha  sufrido  Francia  con  Adriano  Bertrand, 
muerto  recientemente  a  consecuencia  de  una  herida 
que  sufrió  en  los  primeros  episodios  de  la  espantosa 
guerra  que  acaba  de  terminar,  al  parecer. 

En  Adriano  Bertrand,  además  de  un  escritor  de  ex- 
tensa cultura  y  aguda  sensibilidad,  habia  un  pensador 
muy  estimable,  cualidades  que  se  demostraron  en  su 
obra  anterior,  La  llamada  del  suelo — título  absurdo  a 
todas  luces — ,  publicada  tambiéú  en  esta  misma  co- 


tlRRVANTBS 


141 


leccióu,  y  que  eu  La  tormenta  sobre  el  jardín  de  Cán- 
dido quedan  coxifirmadas  de  un  modo  terminante. 

Las  cuatro  novelescas  narraciones  tienen  un  sabor 
filosófico  muy  acentuado,  y  aunque  inferiores  a  la  no- 
vela anterior,  La  llamada  del  suelo,  merecen  un  since- 
ro elogio,  porque  nos  dan  a  conocer  facetas  nuevas 
del  te  nperamento  del  escritor,  desaparecido  eu  plena 
juventud. 

El  libro  lleva  el  correspondiente  prólogo  de  Blasco 
Ibáñez,  el  cual,  con  su  pluma  insigue,  traza  una  ma- 
gistral biografía  de  Adriano  Bertrand. 


♦  *  * 


El  año  artístico  (1918).— José  Francés.— Editorial 
Mundo  Latino,  Madrid,  1919. 

José  Francés,  el  atildado  escritor,  el  novelista  con- 
movedor y  apasionado  y  el  culto  y  admirable  critico 
de  arte,  continúa  la  importante  obra  que  comenzó 
hace  unos  años,  de  historiar  en  un  tomo  los  aconteci- 
mientos artísticos  ocurridos  eu  España  durante  el 
decurso  anual. 

El  último  tomo  que  acaba  de  aparecer,  bellamente 
editado  por  la  editorial  Mundo  Latino,  corresponde 
al  año  1918,  y  el  curioso  lector  podrá  encontrar  en  él 
no  solamente  las  noticias  de  las  Exposiciones  celebra- 
das, los  actos  llevados  a  efecto,  los  libros  publicados 
y  las  conferencias  dadas  durante  el  último  año — labor 
que  por  sí  sola  requiere  una  atención  codstante — , 
sino,  además,  una  especie  de  guía  para  saber  el  valor 
que  debe  otorgar  a  los  artistas  que  hoy  reflejan  la  ao- 


142  CERVANTES 

tualidad  artística,  pues  José  Francés,  cou  su  clara 
percepción,  su  lúcido  discernimiento  y  su  exquisita 
sensibilidad,  sabe  alcanzar  siempre  un  juicio  respe- 
table. 

El  año  artístico  (1918)  contiene  capítulos  interesan- 
tísimos y  de  ellos  merece  especial  mención  el  dedica- 
do a  comentar  la  Exposición  francesa  que  se  celebró 
en  el  Palacio  del  Retiro,  en  el  cual  habla  de  los  prin- 
cipales artistas  contemporáneos  de  la  vecina  Repúbli- 
ca, demostrando  su  alta  competencia  y  su  extensa  cul- 
tura. 

Esta  clase  de  libros,  aunque,  naturalmente,  de  un 
modo  imperfecto,  vienen  a  suplir  la  falta  de  historio- 
grafía crítica  de  arte  que  padecemos,  y  por  ello  sólo  se 
hace  José  Francés  acreedor  al  agradecimiento  y  al 
aplauso,  no  sólo  de  los  profesionales,  sino  de  cuantos 
sienten  amor  por  el  Arte. 

El  año  artístico  (1918)  lleva  profusión  de  grabados, 
lo  cual  le  hace  mucho  más  estimable. 


*  *♦ 


El  anillo  de  Amatista, — Anatole  France. — Traduc- 
ción de  Ruiz  Contreras,  Madrid,  1919. 

El  anillo  de  Amatista  es  el  tercer  tomo  de  los  cua- 
tro que  dedicó  Anatole  France  a  narrar  la  vida  y  los 
actos  de  su  famoso  personaje,  el  catedrático  Bergeret 

El  genial  ironista  francés  traza  con  el  vigor  suyo 
característico  el  cuadro  de  la  Francia  de  finales  de  si- 
glo, y  con  impiadosa  mano  expone  los  pormenores  de 
ios  mundos  social,  político  y  religioso. 


CERVANTES  143 

Nadie  con  más  crudeza  ui  con  mayor  elegancia  que 
el  admirable  novelista  francés  ha  observado  y  pinta 
do  las  costumbres  sociales  de  un  pueblo. 

En  El  anillo  de  Amatista  Anatole  France  cuenta, 
como  sólo  él  sabe  hacerlo,  la  forma  peregrina  en  que 
se  nombra  a  un  obispo.  ¡Qué  amargura,  qué  hondo 
escepticismo  se  siente  al  acabar  de  leer  este  libro  ad- 
mirable! 

B.  DE  M. 


*  »  4t 


Por  un  milagro  de  amor. — Novela  de  Leopoldo 
López  de  Sáa.  —  Editorial  Mundo  Latino.  —  Ma- 
drid, 1919. 

El  autor  de  Los  indianos  vuelven,  obra  que  marcó 
su  huella  perdurable  en  los  anales  de  la  novelesca 
castellana,  acaba  de  publicar  una  nueva  novela  social, 
de  sugestivo  enmarcamiento  levantino,  titulada  Por 
un  milagro  de  amor. 

Todas  las  loables  cualidades  que  la  crítica  señaló 
en  López  de  Sáa  a  la  publicación  de  sus  anteriores 
obras,  hallan  en  esta  admirable  novela  una  plenaria 
confirmación.  El  ponderado  temperamento  novelístico 
de  este  autor,  halla  su  exacto  cauce  en  la  novela  am- 
plia de  genuiua  raigambre  y  oriunda  tradición  estric- 
tamente españolas.  Dentro  de  esta  órbita,  y  bajo  la 
égida  de  los  maestros  novelistas  de  las  postrimerías 
del  siglo  XIX.  sitúa  siempre  López  de  Sáa  sus  con- 
cepciones. La  estructura  total  de  ellas  así  nos  lo  evi- 
dencia. Un  mesurado   sentido  contenidamente  decía- 


]  44  CBRVANTBg 

matorio  del  estilo  enterizo,  y  el  sosiego  diáfano  con 
que  va  delineando  prolijamente  los  personajes  y  mar- 
cando los  relieves  del  argumento,  integran  las  carac- 
terísticas de  estas  obras  y  en  especial  de  esta  última. 

No  hay  nada  en  él  de  esa  trépida  nerviosidad  que 
salta  y  vibra  curvolíticamente  en  el  complexo  arqui- 
tectural de  las  novelas — más  próximas  a  nosotros — 
del  ciclo  critico.  No  hay  nada  en  él  tampoco  de  esa 
grácil  y  sutilísima  modernidad  inconexa  que  difumina 
los  episódicos  matices .  Todo,  por  el  contrario,  es,  en 
López  de  Sáa,  cauto  y  preconcebidamente  limitado. 
Todo,  en  sus  novelas,  se  desliza  por  sendas  prefijadas. 

Asi,  en  Por  un  milagro  de  amor.  La  intensidad  ge- 
neral del  argumento  bravio  que,';en  ciertos  momentos, 
pudiera  escalar  cumbres  de  verdadero  patetismo,  des- 
emboca siempre  remansadamente...  La  extraña  pasión 
gradualmente  exacerbada  del  duque  Mairena  de  Al- 
jarafe por  la  minera  Marga^  el  odio  cruel  del  Chirri 
al  duque,  la  escena  de  la  salvación  de  G-orio,  y  el  dia- 
logar final  de  Valentina  con  César,  son  rasgos  cardi- 
nales de  la  novela  que,  empero  conseguir  bajo  la  plu- 
ma de  López  de  Sáa  un  magnífico  relieve,  no  graban 
un  dramático  momento  imperecedero. 

Sin  embargo,  ello  no  obsta  para  sostener  el  valor 
total  de  Por  un  milagro  de  amor,  bellamente  matizada 
de  descriptivos  paisajismos  y  ortodoxas  virtudes  esti- 
listas. Vaya,  por  consiguiente,  nuestra  salutación  de 
enhorabuena  a  López  de  Sáa,  con  uo  gesto  de  acucia- 
miento  para  todos  los  buenos  lectores  curioseantes 
hacia  esta  su  última  producción,  en  la  que  han  de  ha- 
llar múltiples  panorpraas  de  encanto. 


CERVANTES  145 

Henrik  Ibsen:  E/tpedros. —  Una  casa  de  muñeca. — 
Teatro  completo.  Tomo  VIL — Editorial  Mundo  La- 
tino. 

De  nuevo  hemos  vuelto  a  deleitarnos  en  la  lectura 
de  estas  dos  altísimas  obras  ibsenianas  que  constitu- 
yen piedra  angular  de  la  dramaturgia  europea  con- 
temporánea    El  cóncavo   dramatismo  psicológico  de 
Espectros  y  los  íntimos  conflictos  de  Una  casa  de  mu- 
ñeca^ harán  ambas  inolvidables  e  imperecederas;  Es- 
pectros,  principalmente — ¡oh,  las    dolorosas  torturas 
patológicas  del  protagonista   Oswaldo,  que   encarnó 
prodigiosamente  en  Zaeconi  y  en  Tallavi! — posee  un 
irrefragable  valor  de  perennidad.  La  aparición  de  es- 
tas obras  en  los  escenarios   españoles,   constituye  un 
laso  efugio   respirativo  por  entre  el  vaho  de  necedad 
que  comedias  bufas  o  hueras  acumulan  en  ellos.  Pero 
mientras  tanto   podemos  saciar  nuestra  pura  sed  de 
altas  teatralidades  en  la  traducción   de  estas  sobera- 
nas obras  ibsenianas   que  desde  Brandes  hasta  Una- 
muno  han  suscitado   hondas  reflexiones   intelectivas. 
Porque  el  teatro  de  Ibsen  arrostra  íntegramente  la 
lectura,  aún  lejos   del  complemento  escenificador.  Y 
en  las  admirabilísimas  traducciones  que  el  culto  lite- 
rato Pedro  Pellicena  va  ofreciendo  al  público  español, 
resaltan  subyugadoramente  todas   las  gemmadas  be- 
llezas de  los  dramas  de  Ibsen  que,  contenidos  en  una 
prosa  límpida  y  en  una  habilísima  escenificación,  ad- 
quieren un  valor  intrínseco,    sobreponiéndose   a  la 
nostalgia  del  escenario... 

10 


146  CBRVANTEiS 

Edgardo  A.  Poe:  Cuentos  de  lo  grotesco  y  de  lo  ara- 
besco.— Traducción  y  prólogo  de  R.  Lasso  de  la  Vega. 
Editorial-América.  Biblioteca  de  Autores  célebres. 

La  Editorial  América  es  una  de  las  nuevas  empre- 
sas editoras  que  viene  realizando  tenazmente  su  bene- 
mérito empeño  de  difusión  y  compenetramiento  espi- 
ritual hispano  americano.  Subdividida  en  siete  series, 
tienen  todas  ellas  gran  inteiés,  especialmente  las  de 
«Andrés  Bello»,  «Obras  varias»  y  «Autores  célebres». 
A  esta  última — en  la  que  figuran  interesantísimas  tra- 
ducciones de  Kierkegaard,  Carducci,  Papini,  etc. — va 
adscrito  el  volumen  que  hoy  reseñamos. 

Traducidas  por  el  sutil  lírico  Rafael  Lasso  de  la 
Vega,  hemos  saboreado  las  narraciones  poeanas  que 
integran  este  tomo.  Todas  inéditas  en  castellano,  ex- 
cepto las  dos  últimas.  Poe  es  siempre  actual.  Y  a  me- 
dida que  pasa  el  tiempo  van  descubriéndose  nuevas 
facetas  sugeridoras  de  su  vida  atormentada  y  su  obra 
alucinante.  Desde  su  difusión  por  Baudelaire  y  por 
Mallarmé  en  Francia,  va  siempre  en  progresión  cre- 
ciente su  poder  irradiante.  Últimamente,  en  España, 
este  volumen,  y  los  ya  publicados  por  la  Editorial  Ma- 
ten de  sus  Obras  completas^  han  completado  su  valor 
de  difusión. 

Cuentos  de  lo  g?'ofesco  y  de  lo  arabesco,  lleva  un  amo- 
roso prólogo  del  traductor  Lasso  de  la  Vega — forjado 
paralelamente  al  que  Baudelaire  inscribió  al  frente  de 
Histoires  extraordinaires — ,  en  el  que  se  analiza  certe- 
ramente toda  la  influencia  y  y  repercusión  universal 
de  la  obra  de  Poe. 

♦  *  * 


CURVANTES  147 

El  Descubrimiento  de  sí  mismo,  por  J.  Torres-García. 
— Barcelona. 

He  aquí  uu  bello  libro  impoluto  de  fervorosos  en- 
sayos estéticos,  provenido  del  vibrante  espíritu  bié- 
drico  de  J.  Torres  García,  que  también  sabe  espejar 
sus  inquietudes  evolucionistas  en  audaces  lienzos  pic- 
turales. 

Llega  a  nosotros,  propulsado  por  una  plectral  afec- 
tividad desde  Barcelona,  donde  mora  su  autor,  y  don- 
de convergen  al  momento,  dentro  de  la  zona  estética, 
las  más  puras  ansias  innovadoras.  En  la  perimetría 
cultural  catalana,  de  una  dilatadísima  área  espiritual, 
frutecen  selectos  núcleos  de  jóvenes  artistas  y  litera- 
tos, rotundamente  europeos,  que  viven  en  un  magni- 
fico dinamismo  accioual,  penetrados  de  las  últimas 
percusiones  intelectuales  y  en  constante  intercambio 
literario  con  las  audaciosas  y  crepitantes  juventudes 
latinas  de  la  vanguardia  artística. 

Torres-García — de  nacionalidad  uruguaya — resalta 
ya  hace  años  con  un  fornido  vigor,  entre  esas  falan- 
ges catalanas.  Su  último  libro  El  Descubrimiento  de 
sí  mismo,  expone  en  su  estructura,  de  un  epistolario 
entre  artistas,  altos  problemas  intelectivos  y  profun- 
das reflexiones  estéticas.  Vibran  en  sus  páginas  las 
agudas  ansias  que  torturan  el  alma  purificada  de  un 
artista  que,  al  irse  auscultando  psíquicamente,  va  ha- 
llando las  raigambres  de  su  personalidad,  hasta  abo- 
car en  el  hallazgo  de  su  misma  alma. 

Torres  García — maduro  temperamento  pictórico — 
cristaliza  sus  anhelos  en  estos  vértices:  originalidad, 
sinceridad  y  evolucionismo.   Y  en  torno  a  ellos,  en- 


1 48  CERVANTES 

guirnalda  finas  meditaciones,  contenidas  en  el  estilo 
simplificado  de  un  pintor  que  anota  sus  sensaciones 
al  modo  de  Eugéae  Garriere. 

Y  en  broche  armónico  cierra  el  volumen  una  «Con- 
ferencia sobre  Arte»,  en  la  que  hay  atisbos  de  las 
nuevas  estructuraciones  esquemáticas  y  afranjadas 
que  advendrán... 

G-.  DE  T. 


*  *  * 


Fiesta  de  la  Raza  organizada  por  el  Ateneo  de  La 
Laguna  (Islas  Canarias). — Hemos  recibido  un  intere 
sante  folleto  que  contiene  la  reproducción  de  discur- 
sos y  poesías  que  fueron  laidos  en  el  Ateneo  de  La 
Laguna  en  la  fiesta  que  esta  entidad  celebró  el  dia  de 
la  Fiesta  de  la  Raza,  del  año  último .  Resaltan  en  este 
folleto  pa*^^rióticos  discursos  de  los  Sres.  Cabrera, 
Cruz,  Jiménez,  Santos  Ecay,  García  Cames  y  Mora- 
les y  M.  de  Escobar,  al  lado  de  inspiradísimas  poesías 
leídas  por  los  Sres.  Rodríguez-Figueroa,  Tabares, 
Bartlett,  Hernández  Amador,  Orosa  y  Verdago. 


*  *  * 


El  Contador  Argentino^  por  A.  déla  Helguera. — 
Editorial  Araluce. — Barcelona. 

El  antedicho  volnmen  es  un  útilísimo  tratado  ele- 
mental de  contabilidad  y  teneduría  de  libros  por  par- 
tida doble  con  modelos  de  prácticas  de  contabilidad, 
cartas  comerciales  y  documentos  mercantiles.   En  la 


CERVANTES  149 

Razón  del  libro  explica  el  autor  «cómo  el  ensancha- 
miento de  las  relaciones  comerciales  de  unos  países 
con  otros,  exige  una  educación  comercial  eminente- 
mente práctica  y  especializada  que  lleve  por  guia  la 
contabilidad».  Va  destinada  esta  obra  a  las  escuelas 
argentinas.  Inútil  encomiar  su  enorme  valor  didáctico. 


*  *  * 


Formulario  de  Higiene,  por  Casáis. Edc.  Henrich. — 
Trata  este  volumen  de  la  higiene,  profilaxis  y  tera- 
péutica del  cuero  cabelludo.  Su  objeto  es  procurar  la 
conservación  de  la  salud  y,  con  ella,  las  energías  cor- 
porales y  la  brillante  apariencia  que  su  ganancia  pro- 
porciona. Ya  avalorado  do  instrucciones  cosméticas  y 
y  de  un  formulario  detalladísimo. 


*  :ic  * 


Elementos  de  Historia  Natural,  por  Joaquín  Plá 
Gárgol.  —  Edición  Dalmau. —  Caries  &  C.^ — Gero- 
na, 1918. 

Destinada  a  fines  educativos,  constituye  esta  His- 
toria Natural  un  libro  indispensable  en  todos  los  co- 
legios de  instrucción.  Se  expone  en  su  texto  la  orga- 
nización de  los  seres,  limitando,  a  favor  del  alumno, 
la  parte  de  clasificación  que  sólo  tiene  un  relativo  va- 
lor y  es  de  difícil  retención  mnemotécnica.  Siendo 
esta  enseñanza  de  las  necesarias  es,  sin  ningún  género 
de  duda,   eminentemente  útil;  este  libro  cumple  per- 


150  CERVANTES 

fectamente  tal  misión.  Va  perfectameute  editado,  con 
600  grabados  intercalados  en  el  texto. 

*  *» 

Historia  general  de  la  Edad  Moderna^  por  Eugenio 
García  Barbarín. — Edición  Dalmau. — 1918. 

Constituye  esta  obra  de  fia  pedagógico  la  más  com- 
pleta y  recomendable  historia  de  la  Edad  Moderna 
por  la  claridad  y  exactitud  que  preside  en  la  exposi- 
ción informativa  de  hechos  históricos.  Tiene,  por  lo 
tanto,  el  carácter  de  imprescindible  en  todos  los  cen- 
tros de  estudios. 

*    *   9|> 

España,  mi  patria,  por  José  Dalmau  Caries. — Edi- 
ción Dalmau. 

Como  las  anteriores,  esta  obra  tiene  una  gran  trans- 
cendencia pedagógica.  En  forma  amena  y  concisa,  há- 
llanse  en  ellas  contenidas  múltiples  referencias  sobre 
todas  las  fuentes  de  actividad  y  de  gloria  hispánicas, 
y  se  reseñan  diversos  y  ejemplares  acontecimientos 
patrióticos. 


**iti 


Otras  lecciones  de  cosas,  por  J.  Plá  Gárgol, — Edi- 
ción Dalmau. — Segunda  edición. 

Va  aumentada  esta  edición  del  amenísimo  y  útil 
libro  didáctico  de  este  título,  con  varios  nuevos  capí- 


CORVANTES 


1^1 


tulos  y  adecuadas  fotografías.   Puede   augurarse  que 
será  prontamente  agotada  como  la  edición  anterior. 


*  *  * 


Actualidad  Ibero  Americana. — El  conflicto  entrePerú 
y  Chile  (1879-1919),  por  José  Gálvez.  Editorial  Bar- 
lonesa. 

Nuestro  querido  amigo  y  colaborador,  el  notable 
poeta  y  escritor  peruano,  D .  José  Gálvez,  meritisi- 
mo  Cónsul  de  su  país  en  Barcelona,  prosiguiendo  una 
patriótica  labor  que  se  ha  impuesto  desde  que,  como 
reflejo  de  la  terminación  de  i  guerra  europea,  volvió 
a  agitarse  en  Sar  América  la  ja  vieja  diferencia  entre 
Perú  y  Chile,  por  las  provincias  de  Tacna  y  Arica  que, 
perteneciendo  al  Perú  tiene  ocupadas  Chile,  ha  publi- 
cado bajo  el  título  que  encabeza  estas  líneas  un  folleto 
en  el  que  con  gran  conocimiento  del  asunto,  limpio 
y  elegante  estilo,  y  sobre  todo  con  una  gran  sereni- 
dad, hace  la  historia  de  ese  pleito  internacional,  que 
puede  equipararse  al  que  hasta  ayer  mismo  ha  soste- 
nido Francia  contra  Alemania  por  la  Alsacia  y  la 
Lorena;  pone  de  manifiesto  la  razón  que  asiste  al 
Perú  y  confía  en  que  «la  solución  habrá  de  venir  y 
es  de  esperar  que  será  justa  y  benéfica  para  toda 
América,  y  que  en  el  Continente  iberoamericano  no 
volverán  a  repetirse  los  sucesos  dolorosos  que  ensan- 
grentaron su  suelo,  dividieron  a  quienes  deben  ser 
siempre  hermanos  y  crearon  la  odiosa  e  inferior  cla- 
sificación de  vencedores  y  vencidos,  de  conquistado- 
res y  conquistados.  De  la  Conferencia  de  la  Paz  y  de 


152  ''  CERVANTES 

la  Liga  de  las  elaciones,  debe  surgir  para  el  mundo 
una  amplia  doctrina  de  concordia  y  de  justicia,  a  la 
que  el  Perú  se  acoge  con  el  generoso  calor  con  que 
siempre  puso  su  espíritu  en  favor  de  las  grandes  cau- 
sas de  la  Humanidad.» 

Asi  termina  este  folleto,  en  el  que  palpita  un  espí- 
ritu lleno  de  nobles  anhelos  generosos  y  de  una  ele- 
vada serenidad  de  hombre  de  pensamiento,  tan  leja- 
no de  la  gárrula  patriotería. 

Con  esta  publicación,  Gálvez  ha  coronado  una  her- 
mosa y   asidua  labor  de  propaganda  patriótica  sobre 
este  asunto  de  la  cuestión   con  Chile,  que  el  brillante 
escritor  ha  llevado  a  feliz  término  en  los  principales 
órganos  de  la  Prensa  española.  Nosotros  también  tu- 
vimos el  gusto   de  publicar  en  estas  páginas  un  tra- 
bajo  de   Gálvez  acerca  de  este  palpitante  tema,  que 
es  de  esperar  no  agite  ya  por  mucho  tiempo  a  la  con- 
ciencia Sudamericana;   pues  ha  llegado   el  momento 
de  terminar  en  el  mundo,   dándoles  soluciones  de  su- 
prema justicia,  a  todas  las  viejas  diferencias  entre  los 
pueblos,  para  inaugurar  la  nueva  era  de  paz  y  de  so- 
lidaridad humanas. 

C.  E    A. 

En  esta  sección  daremos  cuenta  de  todas  las  obras  cuyos 
autores  o  editores  nos  envíen  dos  ejemplares. 


CBRVANTB8  ^^** 


NOTAS    HISPANO 
AMERICANAS 

Congreso  de  «Boy-scouts»  y  Juventudes  hispano- 
americanas. 


Oportunísima  nos  parece  la  idea  de  celebrar  en  la 
primavera  del  año  próximo,  en  esta  capital,  un  Con- 
greso de  Juventudes  hispanoamericanas. 

No  hemos  de  hacer  hoy  comentario  alguno  a  tan 
bella  idea,  limitándonos  simplemente  a  dar  cuenta  de 
la  reunión  de  personalidades  que  para  cambiar  impre- 
siones acerca  del  proyecto  se  celebró  hace  pocos  días 
en  el  local  del  Consejo  Nacional  de  la  Asociación  de 
los  Exploradores  de  España.  ' 

Por  ausencia  del  duque  de  San  Pedro  de  Galatino, 
presidente  general  de  la  Asociación,  presidió  el  comi- 
sario general,  duque  de  Luna. 

El  comandante  Zarate  expuso  el  proyecto,  cuya  rea- 
lización ha  de  redundar  en  beneficio  del  hispanoame- 
ricanismo. 

Se  constituyeron  tres  Comisiones:  una,  encargada 
de  planear  todo  lo  referente  a  cultura  y  estudios,  for- 


154  CKRVANTBB 

mada  por  el  marqués  de  Figueroa,  conde  del  Cedillo 
y  D.  Rafael  Altamira;  la  que  ha  de  entender  en  cues- 
tiones deportistas:  conde  de  la  Mortera,  D.  Francisco 
García  Molinas  y  el  Sr.  Pando  Raura,  secretario  de 
la  Juventud  Hispanoamericana;  la  Comisión  econó- 
mica: el  duque  de  Luna,  D.  Hilario  Crespo,  conde 
de  Castillo-Fiel;  siguiendo  la  de  propaganda  y  organi- 
zación y  la  Comisión  ejecutiva  del  Consejo  Nacional 
de  los  Exploradores  de  España. 

Además  de  los  citados  señores,  asistieron  el  duque 
de  la  Vega,  marqués  de  la  Cenia,  el  Sr.  Martín  Fer- 
nández, en  representación  de  la  Asociación  de  la 
Prensa,  y  los  comandantes  Trucharte  y  Téllez  de 
Sotomayor,  adhiriéndose  el  duque  de  Veragua,  mar- 
qués de  Villabrágima  y  los  señores  Royo  Villanova, 
Rodríguez  San  Pedro,  Rodríguez  Marín,  D.  Luis  Pa- 
lomo, D.  Rufino  Blanco  y  otras  personalidades. 

Reivindicación  de  España  en  Cuba. 

La  benemérita  institución  creada  recientemente  en 
en  la  Gran  Antilla  para  ejercer  una  acción  cultural 
reivindicadora  de  España  y  de  su  historia  en  la  Amé- 
rica española,  mediante  la  creación  de  premios  per- 
manentes destinados  a  fomentarla,  ha  comenzado  a 
funcionar  bajo  los  mejores  auspicios. 

El  mes  anterior  se  reunió  en  la  Habana  el  Comité 
ejecutivo,  y  se  tomaron,  entre  otros  acuerdos,  los  dos 
siguientes: 

Pedir  la  cooperación  de  todos  los  españoles  residen- 


OBRVANTBB  156 

tes  en  la  isla  por  medio  de  sus  organismos  para   que 
corporativamente  acudan  a  engrosar  la  suscripción. 

Ver  la  manera  de  confeccionar  el  álbum  que  ha  de 
elevarse  al  Key  de  España  con  las  firmas  de  todos  los 
españoles  residentes  en  Cuba  que  lo  deseen,  tribután- 
dole un  homenaje  por  sus  gestiones  personales  en  fa- 
vor de  los  prisioneros,  de  los  huérfanos  y  desvalidos 
de  la  pasada  guerra. 

Dicese  que  la  labor  del  Comité  ejecutivo  de  la 
Acción  reiviudicadora  de  España  se  realiza  rápida- 
mente, y  pronto  se  traducirá  en  iniciativas  de  grande 
y  verdadera  eficacia  para  el  logro  del  fin  noble  y  jus- 
ticiero que  se  persigue  con  su  fundación. 

Una  de  esas  iniciativas  será,  seguramente,  el  con- 
curso de  trabajos  históricos  anunciado  recientemente 
por  la  Prensa  diaria,  y  mediante  el  cual  se  premiarán 
las  biografías  de  españoles  eminentes  de  la  época  colo- 
nizadora cuya  personalidad  no  esté  debidamente  estu- 
diada. 

Amébicus 


5iS€€€66€€6€€€:€€€€:$^^S':$S5SSS?^SSSS<í 


Editorial  Mundo  Latino 


SI/ 

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tS^    NOVEDADES  DE  ABRIL    ^ 


Pesetas 


JOSÉ  FRANCÉS 


fl>   ^í  a7iO  artístico,  400  págs.,  400 
i*        grabados,  cubierta  Gil  Baja- 
dos       11,50 


(Xi 

di 
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LÓPEZ  DE  SAA 

Por  un  milagro  de  amor  (no- 
vela)  

IBSEN 

Espectro,  Una  cara  de  muñeca, 
t.  VIII  del  Teatro  completo. . 

RUBÉN  DARÍO 

Todo  al  vuelo,  España  covtem- 
poránea,  l'rosa  d¿spersa{iné- 
dita),  Lira  postuma  (id.),  to- 
mos XVIII,  XIX,  XX  y  XXI 
de  sus  obras  completas 


3,50 


3,50 


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Todos  estos  libros,  aai  como  el  fondo  de  Mundo 
Latino,  se  venden  en  todas  las  buenas  librerías  de 
América,  en  la  Biblioteca  de  las  Estaciones  del 
ferrocarril  de  España  y  en  todas  las  librerías. 

La  Casa  Yagües, 

Caballero  de  Gracia,  28,  Maiirid,  sirve  estos  li- 
bros a  España  contra  reembolso,  y  a  América 
contra  envió  de  fondos. 


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^€€€e€^€:€e€e€€€:€€i$i$$i$i$^$9d^73;$9i^^ 


OBRAS  COMPLETAS 

DE  RICARDO  DE  LEÓN 
(de  la  Real  Academia  Española) 


Pesetas. 


Edición  del  Banco  de  España.   Ocho  volúmenes 
en  4.°,  encuadernados  en  tela,  con  alegorías  de 
Coullaut  Valera  y  retrato  del  autor,  por  Vacqué.      50,00 
A  plazos  (5  pesetas  mensuales) 60,00 

DE  FRANCISCO  VILLAESPESA 

I. — Intimidades. — Flores  de  Almendro 3,00 

n. — Luchas.  — Confidencias 3,00 

ni. — La  copa  del  Rey  de  Thule. — La  musa  en- 
ferma         3.00 

IV.  — El  alto  de  los  Bohemios. — Rapsodias 3,00 

V. — Las  horas  que  pasan  (Veladas  de  amor) 3,00 

VI. — Las  joyas  de  Margarita:  Breviario  de  amor.— 
La  tela  de  Penélope. — El  milagro  del  vaso 

de  a.'ua 3,00 

VII. — Doña  María  de  Padilla. — La  cena  de  los  car- 
denales         3,00 

VIH. — El  milagro  de  las  rosas. — Resurrección. — 

Amigas  viejas 3,00 

IX. — Las  granadas   de  rubíes. — Las  pupilas   de 
Almotadid. — Las  garras  de  la  pantera. — El 

úl  imo  Abderramán 3,00 

X. — Tristitiae  rerum 3,00 

XI. — La  leona  de  Castilla. — En  el  desierto 3,00 

Xn. — El  rey  Galaor. — El  triunío  del  amor 3,00 


Pesetas 

HENRIK  IBSEN 

TEATRO    COMPLETO 

I.  — Catilina.  La  turnea  del  guerrero.  La  castella- 
na de  Oátrat 3,50 

n. — La  fiesta  de  Solhauof.   Olaf  Liliekrans.  Los 

guerreros  en  Helgeland 3,50 

ITL — Los  pretendientes  a  la  corona  y  la  comedia 

del  amor 3,50 

IV.  — Braud 3,50 

V.— Peer  Gynt 3,50 

VI. — La  unión  de  la  juventud.  Las  columnas  de  la 

sociedad.  La  casa  de  una  muñeca 3,50 

VII. — Emperador  y  Galileo 3,50 

Vni. — Espectros,    Un   enemigo   del   pueblo.    El 

pato  silvestre 3,50 

IX. — La  casa  de  Rosnier,  La  dama  del  mar.  Hedda 

Gabler 3,50 

X. — El  constructor  Soiness  El  niño  Eyoit.  Al  des- 
pertar de  nuestra  muerte 3,50 

En  preparación  obras  completas  de  José  Turroll. 

JOSÉ  FRANCÉS 

El  año  artístico  1915 6,00 

»            »           »    tela 8,00 

El  año  artístico  1916  (con  250  grabados) 10,00 

»            »           »              »              »        tela 12,00 

El  año  artístico  1917  (con  250  grabados) 1 1,50 

»            »           »              »              »        tela 13,00 

El  año  artístico  1918  (con  250  grabados) 11,50 

»            »           »             »             »        tela 13,00 

COLECCIÓN  DE  AUTORES  ESPAÑOLES 

NOVELAS 

Edmundo  González  Blanco. — Jesús  de  Nazareht.        3,00 

José  Francés. — La  estatua  de  carne 3,00 

—  El  alma  viajera 3,50 


Pegetas 

López  de  Sáa. — Lo8  indianos  vuelven 3,50 

—  Bruja  de  amor 3,50 

—  Por  uu  milagro  de  amor 3,50 

W.  Fernández  Flórez.  —  La  procesión  de  les  días.  3,00 

Elias  Cerda.—  Don  Quijote  en  la  guerra 2,00 

V.  Garda  Marti. — Don  Severo  Carvallo 2,50 

Alaria  Luisa  Latil. — Según  labremos 3,00 

—                  Genoveva 2,50 

Eugenio  Noel. — El  allegretto  de  la  Sinfonía  VII.  3,00 

Rafael  Cansinos- Asséns . — Las  cuatro  gracias.. .  3,50 

Francisco  Delicado. — La  lozana  andaluza 3,00 

J.  de  Lucas  Acevedo. — La  Caja  de  Pandora 3,00 

Martin  de  la  Cámara. — Vidas  llameantes 3,00 

Manara. — Historia  en  camisa 3,00 

ESTUDIOS  Y  CRÓNICAS 

Emiliano  Ramírez  Ángel. — Bombilla-Sol- Ventas,  3,00 

J.  M.  Carretero.  -Lo  que  sé  por  mí  (dos  series).  3,00 

J.  Costa. — Alemania  contra  España 3,00 

Pedro  Pellicena. — Los  Cosacos 3,50 

Margarita  de  la  Torre. — Jardín  de  damas  curio- 
sas   3,50 

Fola  Igurhide. — El  Actor 3,50 

Alberto  Ghiraldo. — T^os  nuevos  caminos 3,50 

Enciso. — El  soneto  en  España 3,00 

POESÍAS 

José  Montero. — Yelmo  florido  (con  ilustraciones).  4,00 

Zurita. — Picaros  y  donosos 3,00 

Mauricio  Bacaris.'^e. — El  esfuerzo 3,00 

Eliodoro  Puche. — Libro  de  los  elogios  galantes  y 

de  los  crepúsculos  de  otoño. .  2,50 

—  Corazón  de  la  noche 2,50 

—  -                Motivos  líricos 2,50 

Emilio  Carrére. — El  retablo  de  los  poetas  (Anto- 
logía)   3,50 

TEATRO 

Muñoz  Seca  y  López  Núnez.—El  Rayo 3,00 

//,  Ibsen  — Dramas  líricos 2,00 

La  castellana  de  Ostrat ^.OO 

—         Espectros 2^00 


Peseta!. 

LAS  GRANDES  FIGURAS  DE  LA  GUERRA 
EUROPEA 

Biografías  de  los  generales:  Alberto  I  de  Bélgi- 
ca.— Joffre. — Sir  John  French. — Lord  Kir- 
chener.  Con  preciosas  fototipias,  a 3,00 

COLECCIÓN  DE  AUTORES  EXTRANJEROS 

Traducidas  por  Felipe  Trigo,  Rafael  Cansinos  y 
Pedro  de  Répide. 

Victoriano  de  Saussay. — La  ciencia  del  beso. ...  3,50 

Rene  Emery. — Santa  María  Magdalena 3,50 

Maquiavelo . — Obras  festivas:  La  Mandragora. — 
El  P.  Alberico— -La  Celestina. - 

El  archidiablo  Belfegor 3,00 

Claudia  Lemaitre. —^negoa  de  Damas 3,50 


CELEBRIDADES  ESPAÑOLAS 


I. — Bécquer  ....     (encuadernados  en  tela)  ...  3,50 

II.— Zorrilla (ídem)  ...  3,50 

III. — Espronceda..                    (ídem)  ...  3,50 

COLECCIÓN  SELECTA 


Tomás  de  Quincey. — Los  últimos  días  de  Kant. .  1,00 

Kalidasa. — El  reconocimiento  de  Sakuntala 1 ,00 

Rousseau. — Decurso  sobre  las  artes  y  las  cien- 
cias.   1,00 

Luciano  de  Samosata. — La  diosa  de  Siria 1 ,00 

L.    Sterne. — Viaje    sentimental    de   un    inglés   a 

Francia 1 ,00 

F.  Alvarado. — El  filósofo  rancio.  (Cartas) 1 ,50 


AP       CervantevS;  revista  hispano- 

60  americana 

CU 

1919 

enero- 

abr. 


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